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martes, 2 de abril de 2024

Reseña de Travesía. Jugar con maldón, de María Pía López

El deseo de sostener el antiguo arte de contar


Por Mariano Pacheco

(Perfil Cultura)

 


“La conversación se hace fantasma y persiste en la lectura”, escribe María Pía López en este breve, bello, profundo libro de ensayos publicado por editorial EME, en el que aparecen tematizados, narrados y pensados términos como la amistad, el tiempo, la traducción, el caminar y el nadar, el fuego, los gritos, las composiciones y genealogías, la enseñanza, los territorios, la crueldad, los nombres, la lucha, la memoria, la práctica misma de la escritura.


Lectura, escritura, conversación, un tríptico clave para ingresar a esta narración (también podríamos sumar la observación). Algo de la pregunta por la composición (de palabras, de cuerpos, de vidas, de relatos) está presente desde el inicio del libro. Dejar constancia en un archivo, saber registrar como modo de dar cuenta. ¿De qué? De experiencias, de relatos, de luchas, de amistades, de conversaciones. Las vidas dañadas, insiste Pía, suelen ser aquellas que se despliegan sin red, y persisten frágiles y solitarias. “Hacer red”, entonces, es componer.


“Una narración sirve para explicar, contener, hacer circular la información. También para construir militancias, acoger a otras personas, organizar la comprensión común”, escribe la autora, quien destaca que narrar es una labor política, en tanto “organiza un sentido para lo que hacemos y despliega una capacidad de compresión crítica”. Conversar, contar, narrar. Pero también caminar, para dejarse llevar por la curiosidad, para encontrar otras geografías, salirse de la propia zona, de la reflexión individual, de la práctica ensimismada. Como cuando se habita un aula desde una docencia que prioriza la curiosidad del otro, del estudiante. Y de nuevo el archivo, la conversación, la amistad. González y Rinesi (o Diego Sztulwark, quien escribe tras leer el libro la carta –el email, en rigor de verdad– que termina funcionando como epílogo del libro). Horacio poniendo en circulación “la biblioteca que lo había conmovido, con la cual interpretaba el mundo”; Eduardo rescatando de su maestro común esa capacidad de hacer pasar “de unxs a otrxs un saber” (una perspectiva que es siempre compresión del mundo). Narrar, entonces, como capacidad “de tejer en relación a un espacio palabras que comprenden modos de habitarlo”.


Sumergirse en las palabras, escritas o comentadas, como quien ingresa al mar para nadar. De la práctica del yoga a la de nadar en aguas abiertas. Pía insiste en lo importante de estas prácticas para su escritura, así como la de caminar. La quietud y el movimiento. Parir complicidades.


Sería difícil de entender este libro sin los movimientos existenciales que produjeron los feminismos en su última oleada, con la “marea verde”. Quizás por eso la inflexión del femenino resulta fundamental en los nombres y las historias singulares y colectivas que aparecen en estos relatos: mujeres militantes setentista, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, piqueteras, hijas de detenidxs- desaparecidxs, secuestradas, presas, activistas trans, lesbianas, cantautoras, escritoras, cineastas, docentes… Reconocidas por el gran público y anónimas. Pía enhebra relatos donde el punto de vista feminista busca no ser excluyente, a la vez que se propone desbordar y recrear todo el “devenir punitivista” que encierra y victimiza la potencia arrolladora de este nuevo/ viejo fenómeno emancipatorio.

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