viernes, 28 de mayo de 2010

Presentación del libro en La Plata y Bs As




Reseña del libro en: www.prensadefrente.org

Estuvieron presentes:
En Bs As: Omar Acha y Alberto Bonet
En La Plata: Martín Obregón y Esteban Rodriguez

CORTAR Y PEGAR: la risa generosa de Pacheco
Notas sobre “De Cutral-Có a Puente Pueyrredón. Una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados”, de Mariano Pacheco, editado por la Editorial El Colectivo, Bs. As, 2010.
Texto leído por Esteban Rodríguez en la presentación
La Plata, Facultad de Humanidades, 20 de mayo de 2010.

Pacheco. No voy a hablar de Mariano o Marianito –como lo conocimos nosotros acá, en La Plata, allá por el 2001-, sino de Pacheco. Pacheco suena contundente, tajante, impone autoridad. No él, sino su apellido. Tal vez porque Pacheco se acomoda mejor a la imagen que nos hicimos de él cuando protagonizaba discursos de barricadas ante auditorios masivos que lo escuchaban atentamente, no sólo por su juventud sino por el entusiasmo y la claridad con la que se expresaba. La distancia prudencial que se reconocerá enseguida en el uso y abuso del apellido no está para ganar una supuesta imparcialidad que vuelva objetiva, y por añadidura verosímil, nuestra intervención. Con Pacheco leemos y escribimos con apasionada parcialidad. Lo llamo Pacheco a Mariano porque él me llama Rodríguez. Aunque creo que fue al revés. Pero no importa, más allá de saber quién fue el primero que empezó a llamarlo al otro por su apellido, lo importante acá es que con el uso del apellido nos fuimos espiando y averiguando, construyendo una amistad que se demora a base de risa y discusiones y más risas. Pero esas discusiones y sobre todo las risas, que siempre estuvieron acompañadas por rondas de mate o cerveza, nos fueron demostrando que se puede construir, no sólo una amistad sino también transitar los mismos caminos sobre la base del disenso.

No. Siempre desconfié de aquel aforismo zapatista convertido en muletilla por la militancia autonomista argentina, una de sus consignas favoritas: “construimos a partir del consenso”. La democracia no es la fatalidad de tener que decir sí, sino la oportunidad decir no. Lo que define cualquier experiencia democrática no es el consenso sino el disenso. Si no preguntémosle a los troscos arrepentidos cuando se la pasaban haciendo auditorías ideológicas a todos aquellos que no compartían el programa que, no habiendo decidido lo habían aprendido de memoria y defendían con uñas y dientes. Se sabe: el trosquismo, pero también el guevarismo y el marxismo leninista, viven dividiéndose hasta transformar a la izquierda en una sopa de siglas que, a esta altura, amerita una guía de páginas amarillas para poder entender las escisiones que protagonizaron y protagonizan con orgullo pavo. Digo, en la izquierda tradicional no hay lugar para disentir. Cualquier debate que no respete las instancias jerárquicas, que vaya a contrapelo de la línea correcta, será considerado fraccional y, si no se retractan en un tiempo prudencial, serán expulsados de sus filas, es decir, deberán fundar su propio partido o su propio grupo de estudio. Insisto: No se trata de acordar sino de ejercer el desacuerdo, más aún en experiencias tan complejas y plurales como las que repasa Pacheco en este libro. Por eso digo que me parece que este tipo de consignas no son fieles a nuestras experiencias. La gran pregunta para los movimientos sociales, los grandes desafíos para la militancia contemporánea, no es cómo encajar todas las partes en un instrumento sino como articular todas las luchas, todas las discusiones que somos y vamos a ser seguramente, porque esto va para largo. Porque además, como Pacheco nos recuerda, no fuimos y no somos una experiencia total, rigurosamente vigilada por el “petit buró”, sino una multiplicidad heterogénea: una lucha construida con muchas luchas, luchas abiertas, sin un final feliz asegurado de antemano. La lucha de los MTD fue una lucha con muchas dudas, muchas idas y vueltas, muchos giros y muchas preguntas que quedaron en el tintero. El libro de Pacheco repasa esas tareas inconclusas, pero también el camino recorrido y compartido, sólo a partir del cual tiene sentido y podemos reconocer aquellas tareas pendientes.

Más allá de las modas. Ya sabemos del esnobismo de la academia, siempre dispuesta a pensar la novedad sociológica con la literatura de turno. Pero conocemos también de memoria el esnobismo de la militancia estudiantil, subestimando y subordinando su propia lucha a la lucha de “último momento!”, esa lucha que va ganando la tapa de los diarios. Digo, el diario Clarín pero también los diarios de Yrigoyen que lee y escribe! Porque el lugar que tiene Bolivia hoy en día, con Evo Morales a la cabeza, es el lugar que hace tiempo ocuparon los desocupados o los trabajadores de las fábricas recuperadas. Sí sí, también los piqueteros se pusieron de moda en los claustros universitarios, convirtiéndose en el objeto preferido de investigaciones, pero también en el sujeto favorito para pensar la acción colectiva, detrás de la cual había que cerrar filas, ideológica y políticamente hablando. También los piqueteros se convirtieron en la “niña mimada” de los jóvenes culposos que solemos ser cuando nos pesa nuestro estatus de clase media universitaria. Dije “mimada”, pero a veces no tanto. Porque también hay que reconocer que los piqueteros continuaron siendo, para gran parte de la izquierda argentina, la oportunidad para desenterrar viejas polémicas prejuiciosas a través de los cuales se impugna todo aquello que no se adecue a la doctrina que los maravilló de una vez y para siempre. Esa izquierda autoritaria que se apresuró a ver, en la figura del piquetero, una versión sui generis del trabajador en harapos de Marx, “esa masa informe, difusa y errante” que reconocemos con el mote de lumpenaje.
Por el contrario, en el libro de Pacheco, los piqueteros no son abordados como objeto de estudio, pero tampoco son postulados como el sujeto privilegiado para organizar el protagonismo popular. Los piqueteros tienen nombre y apellido, discuten, viajan, se cagan de frio o de calor, toman mate, escuchan música, arriesgan, se equivocan, lo vuelven a intentar. Los piqueteros de Pacheco no escatiman en chicanas, son mezquinos y solidarios, ingenuos y astutos, testarudos y permeables a la vez. Los piqueteros de Pacheco, digo, se parecen a nosotros.
Pacheco piensa a los piqueteros desde adentro, es decir, desde el interior de la propia experiencia de lucha. Una lucha revisitada con sus contratiempos, que no pierde de vista la perspectiva de los propios actores involucrados en esas luchas, una lucha –insisto- que no tiene problemas en reconocer cada una de las trayectorias contradictorias que se fueron condensando en el proceso de esa lucha en zigzag, con marchas y contramarchas; una lucha –o muchas- a través de la cuales se iban forjando aquellas experiencias novedosas de organización. No se escribe, entonces, desde la vereda de enfrente sino desde las experiencias que formó parte.

Ingenuidad y piedad. Pacheco tampoco escribe con el deseo de saldar antiguas rencillas, o para apuntar traiciones. Pacheco tiene piedad. Sabe que todos estábamos en el error, en el sentido de que nadie era un iluminado, nadie la tenía clara. Todos estaban aprendiendo en circunstancias sociales y políticas muy desfavorables. De esa manera, Pacheco nos devuelve la ingenuidad que fuimos, y nos recuerda también que la inocencia que se respiraba en la frescura de aquellos ambientes es una de las materias primas favoritas para ensayar cualquier desafío.
Frankenstein. La Aníbal Verón fue un cuerpo hecho con restos de otros cuerpos, una figura montada sin un plan previo. En las heridas que llevaba se averiguaba su derrotero, su impertinencia, las preguntas pendientes y los debates inconclusos. En él confluyen las comunidades eclesiásticas de base, pero también militantes revolucionarios de la década del ‘70 y antiguos delegados sindicales. Así como es impensable la Verón sin la militancia estudiantil “independiente”, sin Madres o sin HIJOS, también resulta impensable –y eso es una idea mía, no de Pacheco- sin el clientelismo político. En la Verón confluyeron nuevas con viejas luchas, clásicas y novedosas recetas. Hay un diálogo entre distintas generaciones que organizaron sus luchas de acuerdo a repertorios diferentes. Pero aquellas diferencias no estaban para marcar una distancia sino para enriquecer las luchas presentes. La complejidad de la coyuntura con la que tenían que medirse los desocupados, caracterizada, por la carestía, la fragmentación social y el sectarismo y la dispersión política, necesitaban de la imaginación y la paciencia. Y los MTD fueron una suerte de artefacto surgido de aquellos “laboratorios” militantes del conurbano bonaerense que Pacheco se propuso revisar.
Las horas sin dormir. Como dijo Martín Obregón, el libro de Pacheco no es un libro de historia, pero tampoco es un libro de sociología. No es un ensayo político ni teórico y tampoco una pieza de ficción. Es un poco de todo eso. El libro de Pacheco se mueve por los bordes de todas aquellas disciplinas. Es un libro indisciplinado. Pero todos aquellos lenguajes, aparecen atravesados por crónicas y anécdotas. Sin embargo, tampoco es un libro de crónicas y, mucho menos, un anecdotario. Por un lado. las anécdotas que se comparten no están para aportarle pintoresquismo a los hechos o volver excéntricos a sus protagonistas, sino para dar cuenta de la dimensión cotidiana de una experiencia que no se hacía apelando a discursos pomposos, o frases exitosas o con recursos suculentos; sino a los ponchazos. Las discusiones no siempre podían saldarse en las asambleas. Había un grado de improvisación importante. Y también el azar tenía su lugar en la vida de los MTD. Las anécdotas es el formato que escoge Pacheco para señalar el trasfondo de una lucha desalineada.
En cuanto a las crónicas, digamos que le permiten a Pacheco dar cuenta del giro vertiginoso que iban tomando los hechos. La crónica es la manera de reconocer la aceleración del tiempo. Las cosas se escapaban de las manos y la voluntad se impregnaba de su voracidad. Voracidad que reconocemos enseguida cuando Pacheco repasa las agendas sobrecargadas de reuniones, en los viajes interminables en tren, en los planes de lucha que espaciaban las asambleas de base, en las horas sin dormir de los referentes.
Lo micro y lo macro. Ahora bien, ¿por qué volver a leer algo que creemos, al menos nosotros, saber de memoria, que conocemos de taquito? Alguna vez Derrida dijo que la memoria es una tarea pendiente. Tal vez porque la memoria suele ser una aplanadora de los matices. En la historia del movimiento de trabajadores desocupados, los matices nos son menores. Son las discusiones pendientes, las diferencias que fueron desencontrando a algunos militantes y encontrando a otros. Hay una frase que se repite en el libro, dice Pacheco: “otra vez los desajustes de la memoria.” En efecto, cuando Pacheco pregunta sobre los hechos a sus protagonistas, estos no suelen coincidir. Los recuerdos se vuelven contradictorios. Cada uno se fue armando su propia versión sobre los hechos en los que participaron. Y esas diferentes maneras de recordar los hechos nos hablan no sólo de lo que cada uno depositó en su momento en ellos, sino también de las luchas superpuestas que encaraban, de los diferentes frentes de batalla con los que tenían que medirse. Las grandes luchas y las grandes consignas había que saberlas combinar con las pequeñas luchas de la vida cotidiana, que involucraban no sólo a las disputas con los punteros y la policía en el barrio, sino también a las rencillas entre militantes y malentendidos entre vecinos, que no fueron pocas y que amenazaban constantemente volar por los aires la incipiente experiencia que avanzaba a los tumbos. Como dice Pacheco, citando a Deleuze y Guattari: “todo es política, pero la política es a la vez micropolítica y macropolítica.”
Corte y pegue. El libro se escribe con método “cut y paste”, recortando y pegando, escribiendo y reescribiendo. Porque como nos advierte Pacheco, el libro se volverá a pensar con cada nueva lectura, con cada oficio nuevo, cada nuevo desafío militante. Pero todo aquello iba quedando en el haber de Pacheco. Por eso no sólo está Svampa sino las Manos de Filippi, Borges y Zibechi, Marx y Nietzsche, Sartre y Perón, Cesar Aira y Louis Althusser, Reguillo y Moyano –los dos Moyano, el escritor y el camionero que alguna vez presto una pechera a Pacheco, por si no lo sabían!-; están Fanon y Deleuze, Foucault y la Bersuit, Fidel Castro y Saer, Martín Kohan y Santucho, el gordo Cooke y Peter Capusotto, Hernán López Echagüe y los Redondos, Oliverio Girondo y Mao Tse Tung, Mazzeo y Piglia. Porque en la nueva izquierda se puede cantar a Viglietti sin resignar Intoxicados, y no está mal visto escuchar a Violeta Parra y a los Babasónicos a la vez, nos dice Pacheco. Pero este repertorio contradictorio, todos aquellos nombres, este pastiche, no está para dar cuenta de una erudición que no se arroga, pero tampoco para repasar un canon que se repita como tradición. En todo caso el canon disparatado que construye Pacheco –con el cual me identifico- está para decirnos que no estamos solos, que no nos encontramos en el grado cero de la historia y que la realidad y el deseo no son mundos separados y separables. Si no es la primera vez que discutimos todas estas cosas, no estamos solos en la ruta. Transitamos una lucha que no empezó con nosotros, acompañado de fantasmas que irrumpen una y otra vez en la escena contemporánea, a veces reclamando que se salden cuentas pendientes, otras veces recordando los callejones sin salida que no supieron, o a lo mejor no quisieron esquivar en su momento. Cada uno de nosotros, entonces, llegaba con sus propias lecturas y esas lecturas no se disponían para la repetición sino para la interrogación. Cada autor que se interpela en este libro es una pregunta que espera una respuesta de parte de las nuevas generaciones.
Pero como si fuera poco, al lado de todos aquellos libros o de todas aquellas bandas, hay grafitis y titulares de diario, muchos panfletos, comunicados de prensa y documentos de militancia, cantitos, consignas, revistas y páginas y páginas de noticias levantadas de redes de comunicación alternativa. Pero como es un libro escrito con el cuerpo, están además los cuadernos borradores de Pacheco. En aquellas libretas se fueron registrando cada una de las reuniones con otras organizaciones o el gobierno, el orden del día de las asambleas, los debates gruesos y finitos, pero también las discusiones trasnochadas en las cocinas de los amigos o de los comedores del barrio. Por eso el lector encontrará en el libro las tribulaciones que develaban y develan todavía a Pacheco mientras cursa alguna clase en Puán o atiende la boletería del subte, pero también –nos imaginamos nosotros- mientras servía un café, cobraba la clase de tango, desgravaba alguna entrevista, o mientras preparaba su columna semanal para la radio de Madres.
Los viajes de Marco Polo a ciudades invisibles. El libro de Pacheco es un libro lleno de viajes, de excursiones a experiencias invisibles, o mejor dicho, invisibilizadas por el sentido común que gravita en los periodistas, pero también en la sociedad en general; expresiones “utópicas” del cambio social –y que conste que lo digo entre comillas, porque no se trata de “no-lugares”, sino de experiencias concretas que tienen lugar aquí y ahora, luchas prefigurativas, como le gustaba decir a Gramsci. Porque para Pacheco, como para Mazzeo o Althusser, el socialismo, o mejor dicho, el comunismo, no es una tarea pendiente, que se carga a la cuenta del Estado, a la toma del estado, sino “algo” que lo vamos averiguando en el presente que nos toca, en cada una de las experiencias contradictorias que se vienen ensayando. Por eso hay viajes a Corrientes, a Chaco, a Santiago del Estero, a Rosario, Córdoba, Neuquén o Brasil. En esos viajes fueron madurando también las ideas y las experiencias que se repasan en este libro. Porque con cada viaje, los militantes tenían la oportunidad de intercambiar experiencias pero también de medirse con otros repertorios, conocer otras experiencias que a veces no se habían animado a llegar hasta las últimas consecuencias y otras veces habían resuelto los mismos problemas que mantenían los MTD con otras envites creativos. Con cada viaje, la agenda de los compañeros, se iba modificando, corrigiendo, creciendo.
Hasta por los codos. Pacheco es verborrágico, como yo. Y las quinientas páginas son prueba de su verborragia. Pero también es alguien que sabe escuchar y guardar lo que escucha. Por más que no esté de acuerdo, Pacheco iba tomando nota. Y las quinientas páginas son prueba de ello también. Porque Pacheco sabe que siempre estamos en el error cuando realizamos nuestras apuestas, porque nos hay verdades de una vez y para siempre, porque sabe que lo que puede servirnos para construir hoy, mañana puede hacernos retroceder. Por eso hay que aprender a recordar las posiciones minoritarias, y no apresurarse a descalificarlas o jactarse de ellas. Y por eso hay que mirar con piedad las discusiones que fuimos: porque siempre estamos, de alguna u otra manera, en el error, sobre todo cuando las correlaciones de fuerza son desfavorables. Los amigos de Pacheco nos sorprendemos de su memoria. Pacheco es un archivista de datos inútiles o, mejor dicho, aparentemente inútiles. Porque son datos que, con el paso del tiempo, se vuelven vigorosos, proponen otros recorridos, prometen nuevos sentidos. Repito, Pacheco es verborrágico pero también generoso, muy generoso. A través de su verborragia hablamos todos nosotros, conservamos lo que fuimos y lo que no nos animamos a ser. Pero también lo que podemos ser todavía.
Nombres que se repiten. El libro de Pacheco recupera el lugar que tuvieron los activistas en la movilización y en la organización de las experiencias que aquí se narran. Porque si bien es cierto que se trata de experiencias horizontales, no hay que perder de vista al núcleo de militantes que dinamizaron aquellas prácticas. Y subrayo este punto, porque otro de los fetiches de la izquierda autónoma es la horizontalidad. Una horizontalidad que, en parte, se verifica en el lugar que ocupan las asambleas de base en el movimiento, en la preocupación por la capacitación de las bases a través de la educación popular, en la rotación de tareas, en los mandatos concretos y revocables en cualquier momento, etc. Sin embargo, todo ello no debería llevarnos a descontar y, mucho menos a desmerecer, el papel que jugaron los activos militantes en este proceso. En rigor a la verdad, Pacheco reconoce el rol de la militancia social en general y de muchos militantes en particular en todo este proceso de radicalización, masificación y coordinación de las luchas. Por eso hay nombres que se repiten en este libro. Es impensable La Verón sin Pablo, sin Darío, sin Guillermo o sin Mariano, Flor, Axel, Celina, Mercedes, Nico, Martín, Fernando, Orlando y tantos otros nombres. Porque como dice Pacheco, “Hubo acontecimientos que nadie previó, ni planificó. Pero la organización que fue dando continuidad a esos procesos fue promocionada por activistas. (…) Sin el rol activo de un núcleo de militantes, los MTD no existirían. Fueron los activistas, con una línea determinada (…) los que impulsaron la conformación de los movimientos.” (p. 263) Ni los MTD, ni La Verón, ni ahora el Frente surgieron espontáneamente, ni son el resultado de la maduración de las condiciones objetivas. Detrás de todos estos procesos de articulación estuvieron y están sus referentes.
Por supuesto que con su protagonismo se corrieron y se corren una serie de riesgos: el vanguardismo, el punterismo y el personalismo son prácticas que forman parte del paisaje político, que gravitan por igual tanto en el imaginario social como en la militancia social. Prácticas que hay que seguir de cerca porque amenazan replicar la vieja política puesta en crisis por estas organizaciones. De allí que estos mismos referentes hayan sido los principales interesados en rotar las responsabilidades que asumían, en continuar fortaleciendo los espacios de base con la capacitación de sus militantes. Pero más allá de estos riesgos, que continúan, no podemos restar mérito al papel que jugo por este “núcleo dinamizador” o, como dice Mabel Thwaites Rey -citada por Pacheco-, “el grupo más activo, más dispuesto a asumir responsabilidades, a comprometerse en la organización colectiva, en trascender lo inmediato y a ejecutar acciones para el conjunto.” (p. 263)
Nótese que no se habla de “líderes” ni de “dirigentes” –nos advierte Pacheco-, precisamente por las connotaciones negativas que tienen estas palabras en el sentido común. Pero se trata igualmente de referentes carismáticos. Carisma que se averigua enseguida no sólo en los contactos que tienen (en el capital social diría Bourdieu), sino también en su capacidad para hablar en las asambleas, en los medios o frente a las autoridades (es decir, en el capital cultural y simbólico).
Narrar y guardar: los legados. Hay una frase del libro que arroja luz sobre la tarea que se propuso Pacheco. La frase no es de él sino de Walter Benjamin. Dice: “Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas.” (p. 255) Y rescato esta frase porque me parece que esta es la empresa que se impone Pacheco, una tarea que tiene sentido porque hay una experiencia con capacidad para retener todas aquellas historias, que sabe que no surgió de un repollo, ni fue cultivada en ningún laboratorio de investigación. Pacheco narra una historia que la contó –como él mismo se encarga de recordarnos al comienzo del libro- varias veces. Pero si Pacheco puede seguir contándola, si tiene sentido hacerlo, será no sólo porque sabe escribir, sino también porque existe una necesidad y capacidad para contenerlas; capacidad hay que buscarla –dicho sea de paso- en el Frente Popular Darío Santillán. Las experiencias que se narran en este libro se fueron sedimentando y el Frente es la expresión de aquellas pacientes cristalizaciones que tuvieron lugar. Con sus limitaciones, el Frente continúa haciéndose cargo de la agenda que propuso la movilización de los desocupados, para el campo popular en general. Y Pacheco, narrando, actualiza aquella demanda, nos recuerda los desafíos pendientes, pero también el camino recorrido que hizo posible seguir escuchando estas historias, estos reclamos, estas urgencias, estos legados.
Lucha sí, risa también. ¿Cómo escribir después de Capusotto? ¿Cómo militar después de “Todos por dos pesos”? ¡¿Cómo no vamos a reírnos de nuestros clichés, de los lugares forzados que nos empecinamos a continuar practicando a veces muy a pesar nuestro?! Buster Keaton decía: cuando uno mira las cosas por el ojo de una cerradura, el mundo se nos vuelve trágico, pero si uno abre el plano, entonces la realidad se vuelve paródica. Quiero terminar hablando de la risa, del lugar que tiene la risa en la militancia que llevamos a cabo. A través de la risa aprendimos a no temerle a las palabras que vamos tanteando mientras averiguamos de qué se tratan las experiencias que nos cautivan, las apuestas que hacemos, que vamos forjando. Siempre tuvimos una risa en la mano que descontracturaba los cuerpos, que relajaba los rostros. Aprendimos a reírnos de nosotros mismos, a tomarnos y no tomarnos demasiado en serio. La risa es nuestro insumo secreto para seguir tirando de la cuerda, continuar discutiendo y seguir rodando. Coincido con Pacheco en que “el hombre nuevo” se parece más a Darío que al Che –Pacheco no lo dice de esta manera, le pesa todavía la figura del Che. A mí no, por eso puedo decirlo: No me interesa la figura del Che, a pesar de que tengo una postal en mi biblioteca con su rostro-, y tampoco comparto los estímulos morales que recomendaba para su tropa. No adhiero a su idea de que la militancia se construye sobre la base de una serie de sacrificios y renunciamientos. Renunciar a las amistades o familiares que no comparten nuestro punto de vista, que no comulgan nuestras verdades; renunciar o postergar el deseo, las vacaciones en el sur o los viajes a Bolivia (porque ahora vamos todos a Bolivia!), etc. etc. Darío, la imagen que el Frente recupera de Darío, con los brazos abiertos, luciendo una remera de Hermética, “nos devuelve una imagen vital, entusiasta”, dice Pacheco. No apunta con el dedo sino que extiende los brazos. No interpela con una mirada adusta, no apela a golpes bajo, no nos psicopatea con nuestra culpa burguesa, esa misma culpa que nos lleva a subestimar nuestros tareas, el lugar que tenemos. Una culpa que intentamos disimular o desandar vistiéndonos de otra manera o comiéndonos las “s”... Darío es un joven que escucha rock, que usaba campera de cuero, que andaba desalineado. Que no dudaba en levantar el puño o taparse el rostro, pero no dudaba tampoco en convidar su lucha con una risa en el rostro. Esa imagen, la de Darío riendo, es la que Pacheco eligió para contar la experiencia de los MTD.
Con Pacheco nos gusta recordar las frases que pronunció Cortázar cuando la intelectualidad militante lo descalificaba y censuraba por sus intervenciones lúdicas, divertimentos tributarios –se le reprochaba- de la burguesía que llevamos adentro. Decía Cortázar: “Descreo de los revolucionarios de cara larga.” “No hay revolución sin risa.” En definitiva, no sólo hacemos “un saber alegre” -como le gustaba definir a Nietzsche a su gimnasia diaria que lo llevaba a explorar lugares nunca antes frecuentados por los pensadores pusilánimes y disciplinados-, sino que también nuestras propias prácticas son empresas apasionadamente alegres. Experiencias que reclaman de los afectos y también de la risa, de los afectos que interpela la risa. Sobre todo cuando la lucha se hace cuesta arriba y reclama los tiempos largos de la historia. Porque como dicen los vascos de la izquierda abertzale: “lucha sí, risa también.”
Eterno retorno. Hay una frase al comienzo del libro que me cautivó. Esa frase dice: “Por alguna razón, nunca sabremos cual, volvió al lugar…” (p. 30) Pacheco está repasando una escena conocida por todos nosotros, un acontecimiento que nos marcó hasta volverse una referencia ineludible para pensar nuestra militancia. Pero también una escena que llegaría a constituir otra bisagra para la historia política Argentina. No hace falta decir demasiado para averiguar de qué acontecimiento se trata, en quién está pensando Pacheco. Y quiero terminar con esta frase porque el libro de Pacheco es un libro que quiere hacerse cargo de semejante pregunta, entender el sentido que encerraba: ¿por qué volvió Darío? Pacheco intuye que la respuesta a semejante pregunta es compleja, supone demorarse en la historia de “La Verón”. Pensar la Verón más acá y más allá de “La Verón”. Para comprender la ética de aquél acto, para entender la solidaridad de la que estaba hecha, los afectos que se pusieron en juego, las convicciones que se resumían en ese simple y trágico acto, había que volver sobre el camino recorrido, sobre aquella “comunidad de amigos”, con todas sus peleas y malentendidos, pero también con todas las risas, las horas de aguante que supone compartir la intemperie de una experiencia que nunca tuvo vergüenza en reconocer sus limitaciones, los errores, los aprendizajes constantes que la terminarán poniéndolo en otro lugar, siempre, con más sospechas que certezas, con más intuiciones que razones. Volver entonces, para revelar la promesa que somos o podemos ser si caminamos entre todos. Volver para inventarnos de otra manera, para afirmarnos cuando negamos. Volver para practicar la fuga y fugar para practicar “el salto del tigre”. Eterno retorno de una lucha irreversible, una lucha vieja y nueva a la vez.

martes, 23 de febrero de 2010

¿Otro libro de Roberto Arlt? Sí, otro más…


Imagen: Ricardo Carpani, “Retrato de Roberto Arlt”

A mediados de 2009 Fondo de Cultura Económica publicó un nuevo libro de Roberto Arlt: El paisaje en las nubes, crónicas en El Mundo 1937-1942. Compilado por Rose Corral, estas 766 páginas introducidas por la investigadora franco-mexicana reúnen 236 crónicas hasta ahora nunca publicadas en formato libro. Gracias a él, ahora podemos sumergirnos en un recorrido que va desde una sequía en Santiago del Estero, hasta la crisis hospitalaria, pasando por figuras como Al capone o Hitler, por mencionar algunas de las paradas más notorias. En el prólogo, Ricardo Piglia se pregunta: ¿Qué hubiera pasado con Roberto Arlt de no haber muerto a los 42 años? ¿Hacia dónde habría avanzado su escritura?”. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que su escritura nos continúa interpelando (tanto o más) como la de un escritor actual. Porque, ¿qué duda cabe de que Arlt es el gran periodista, narrador, dramaturgo, etnólogo, sociólogo, psicólogo y pensador de la Argentina?
Polemista, hincha pelotas, Arlt vuelve nuevamente a presentarse como un autor a reivindicar por quienes pretendemos afirmar nuestros deseos de producir aportes para redefinir una agenda epocal; para quienes nos sentimos parte de esa “comunidad imaginaria” que podríamos denominar “Proyectos 19/20”, y que Omar Acha llamó, en un libro reciente, “La nueva generación intelectual”, y a la cual atribuyó como signo distintivo el espíritu insurreccional de la jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Recuperar entones, cierta disposición polémica, sin necesidad de andar pidiendo permiso o, lo que es mucho peor, sin tener que andar pidiendo disculpas por el tono. De allí que el espíritu combativo, la mezcla de registros y el carácter interpretativo del ensayo sea una de las maneras de materializar esta apuesta generacional. Y de allí la presencia de Arlt. No como efeméride, sino más bien todo lo contrario. Aunque sea difícil abandonar la tentación de remarcar que en 2010 se cumplen 60 años de la primera publicación crítica que rescató a Arlt como figura central de nuestra literatura nacional. Me refiero a la biografía de Raúl Larra, Roberto Arlt, el torturado.
De todos modos y más allá de cualquier efeméride –y tal como afirmó Piglia en su relato titulado “Un cadáver sobre la ciudad”– Arlt “es el más contemporáneo de nuestros escritores”. Tal vez haya sido esta contemporaneidad la que llevó en los últimos años al Cuarteto Cedrón a montar una obra teatral-musical con sus textos. O a Horacio González a escribir un ensayo (Arlt, política y locura, Colihue-Puñaladas-Ensayos de Punta, Buenos Aires, 1996) y a decir que “es la fuerza inagotable del equívoco lo que permite que Arlt siga siendo un personaje de nuestras lecturas. Leerlo –insiste González– va a ser siempre un oficio incierto. Labor de quien acompaña la aventura arltiana con la incesante pregunta: ¿qué habrá querido decir?”. En fin, insisto, contemporaneidad que ha llevado a Arlt, entre otras cosas, a ser parte de la currícula de los colegios secundarios y de distintas materias en facultades de universidades del país. Al menos en la Universidad de Buenos Aires. Contemporaneidad que llevó a Silvia Saitta a recopilar y publicar otras (inéditas hasta entonces) Aguafuertes Porteñas. Digo, Saitta, González y el Tata Cedrón, por citar sólo ejemplos cercanos, de quienes comparten la misma ciudad. Y la misma insistencia de la “actualidad Arlt”.
Inoportuno, molesto, desagradable, como lo llamó David Viñas (“Arlt, un escolio”, en revista Contorno N° 2, Buenos Aires, mayo de 1954), Arlt es el típico tipo que “denuncia automáticamente todas las reglas del juego y por eso golpea, patea, afana, despotrica y termina pegándole al réferi. Y todo porque no entiende la diferencia entre ámbito festival y ámbito vital. Porque para él todo es uno. Y de ahí su informalidad…”. En fin, tal vez por eso, y porque es de la clase de personas que “desconoce los buenos modales y las reglas del arte…”, es que se nos presenta hoy, nuevamente, como una figura a indagar, a releer, y a “descubrir”, en los nuevos textos que, a casi 70 años de su muerte, siguen siendo desenterrados de los archivos y puestos en circulación.
Clásico o novedad, Arlt no termina de decir todo lo que tiene por decir. Cuatro novelas, dos volúmenes de cuentos, casi un centenar de obras de teatro y una infinidad de crónicas y Aguafuertes, han provocado medio siglo de investigaciones críticas y ensayos. Provocación que sigue en marcha. Porque seguramente –como él mismo supo señalar en su prólogo a Los lanzallamas– no crearemos nuestra literatura (nuestra ensayística, podría agregar) conversando sobre ella, sino escribiendo un libro tras otro; libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. ¿Queda otro camino? Parece que no. Sólo el de la prepotencia de trabajo…

martes, 26 de enero de 2010

REFLEXIONES SOBRE CULTURA, EN EL TRABAJO


Creando una cultura de los de abajo
¿Existe la cultura obrera o sólo existe la cultura dominante? ¿Qué estamos queriendo decir cuando hablamos de cultura? ¿Cuáles son los vínculos que se establecen entre política y cultura en el marco de las luchas sindicales de l@s trabajador@s[1]? Estas preguntas están elaboradas sólo como disparadores de una discusión amplia que tiene que comenzar por algún lado. No es que crea que estas son las preguntas desde las cuales, necesariamente, tenemos que partir. Estas líneas pretenden aportar a ese debate que nos parece central a la hora de desarrollar una actividad cultural en el marco de un nuevo sindicato.



I

Cultura es un término demasiado amplio, en el cual se pueden nuclear actividades tan disímiles como los distintos tipos de arte, la arquitectura, la filosofía, la política, las costumbres, la religión, la moral, la ciencia, el trabajo…

Por lo general, suele afirmarse que la cultura dominante es homogénea. Y que por ser la cultura de la clase que tiene el poder, es aquella que es aceptada por el conjunto de la sociedad. Eso es más bien lo que le gustaría a la burguesía. Pero la complejidad de las relaciones humanas (por definición culturales, es decir, no naturales), implican una serie de conflictos difíciles de simplificar en ecuaciones como esa. Sabemos que donde hay poder, suele haber resistencia. También que allí en donde se gesta algo alternativo, por otra parte, nunca es puro e incontaminado de aquello a lo que se enfrenta o combate. O para decirlo en otros términos, no hay creación de alternativas por fuera del contexto en el cual se habita.

Realizada esta aclaración, quisiera resaltar ahora que la propuesta, para estas líneas, es tratar de pensar la cultura de los de abajo, o popular[2], rescatando una idea conflictivista de la cultura. Idea fundamental para l@s trabajador@s, ya que en su mentiroso afán de “paz”, la burguesía intenta siempre, permanentemente, ocultar los conflictos que se derivan de la sociedad dividida en clases antagónicas (los propietarios y los no propietarios de los medios de producción).

Ahora bien, ¿por qué prestarle tanta atención a la cuestión cultural, si el principal problema de l@s trabajador@s es material, derivado de su condición social? O para decirlo en otros términos, si las relaciones fundamentales en toda sociedad son las relaciones de producción. Precisamente porque allí ha radicado uno de los problemas fundamentales de los proyectos de transformación social. Me refiero a tod@s aquell@s que han concebido al capitalismo, fundamentalmente, como sistema económico, desatendiendo sus otros aspectos. Si bien lo material, la economía, es determinante (en última instancia), me parece importante destacar que el capitalismo no se sostiene solamente por la explotación, sino también por la dominación que ejerce sobre el conjunto de la población; por la imposición sobre las mayorías de una determinada manera de entender el mundo (el peruano José Carlos Mariátegui supo señalar en su libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, que “el capitalismo no es sólo técnica; es además un espíritu”). Por lo tanto, un proyecto que pretenda transformar la sociedad (la economía y la política), no puede dejar de tener en cuanta la importancia de ir gestando una nueva cultura, donde los valores, las simbolizaciones, los sentimientos y deseos, sean tenidos en cuenta junto con las formas de entender la realidad (la conciencia crítica).

Claro, más de un@ se preguntará: si el conjunto de l@s trabajador@s se encuentran explotad@s y dominad@s por el capitalismo, ¿no es burguesa la cultura que expresan? ¿Por qué hablar entonces de cultura popular? En principio, cabe destacar que ni siquiera la cultura dominante se vive de manera similar en los distintos sectores de la sociedad. Muchas veces, la cultura popular, expresa una relectura –en otra clave- de la cultura dominante. Por otra parte, hay dinámicas que, muchas veces, escapan a los prototipos, a las reglas generales del mercado (cuestión que no quita, como sucede generalmente, que luego sean reabsorbidas por el mercado).

Bien. De todas formas, eso no quiere decir que toda expresión de la cultura popular sea progresiva en relación a un proyecto de emancipación. También, que algunos elementos surgidos de sectores que no son obreros, son asimilados luego por estos en perspectiva transformadora.



II

Partir de una visión afirmativa de la cultura popular –como la que me propongo en este escrito- no implica, de ninguna manera, dejar de reconocer las asimetrías de poder existentes; es decir, el carácter subalterno –dentro de la sociedad- de estos sectores. Ahora bien, como supieron remarcar los antropólogos argentinos Daniel Míguez y Pablo Seman en la introducción al libro Entre Santos, cumbias y piquetes. Las culturas populares en la Argentina reciente, “que las clases subalternas sean dominadas no quiere decir que deba describírselas con las categorías de los dominantes”. Por lo tanto, el punto de vista en estos casos, está puesto más en las capacidades creativas de los de abajo, que en la situación de precariedad y necesidad en la que viven, o ante las meras respuestas a lo existente.

Por supuesto, en el combate por la emancipación del capital, l@s trabajador@s, sus organizaciones, van gestando un tipo de cultura que tiene que ver más con las batallas en las cuales se inscriben que con abstractas generalidades humanas (la burguesía puede darse ese lujo, porque está exenta de la producción y reproducción del mundo, que recae en manos de otra clase).

Ahora bien: ¿Quién dice que en la resistencia no se cruzan también los deseos, los anhelos y las potencias de quienes combaten? ¿Por qué entender a la resistencia, siempre, como un movimiento reactivo? Activo y defensivo al mismo tiempo, el movimiento de la resistencia puede llegar a ser aquél que a la vez que lucha por cambiar su situación injusta, busca crear algo diferente en el aquí y ahora. Así entendida, la política es pre-figura, en la actualidad, de aquello que anuncia como una apuesta a generalizar en un futuro.

En este movimiento de lucha, de resistencia y creación, los de abajo suelen ir gestando otro tipo de valores, otras costumbres a las impuestas por la lógica del capital. También, en muchas ocasiones, esculpen un tipo de arte (al que podríamos denominar como “arte por el cambio social”), como parte de sus expresiones simbólicas y afectivas, fundamentales a la hora de ir constituyendo una nueva cultura.



III

Ahora bien, esa otra cultura, ¿puede llegar a constituirse de manera incontaminada de los valores y las concepciones que del mundo tiene la burguesía? No. Precisamente, porque son clase dominante, se imponen mayoritariamente; cuestión que no implica, como hemos visto, la única cultura que existe en la sociedad.

Alguna vez, el líder comunista ruso León Trotsky escribió que era un contrasentido hablar de arte proletario. Escribe en su libro Literatura y Revolución: “entre el arte burgués que se agota, repitiéndose o callándose, y el arte nuevo, que todavía no existe, surge un arte de transición, que aunque más o menos relacionado con la revolución, no es, sin embargo, el arte de la revolución”. No podemos dejar de tener en cuenta, de todas maneras, que el jefe del Ejército Rojo habla en un contexto totalmente diferente al nuestro: el proletariado acaba de salir victorioso de la primera revolución socialista en el mundo y la expectativa es que esa revolución contagie al mundo entero, o al menos, de manera inmediata, a los países europeos (cuestión que, como sabemos, no sucedió). Entonces, su perspectiva era que el proletariado fuera clase dominante sólo en un período de transición, mientras la revolución se extendiera internacionalmente. Luego (Trotsky habla, de todas formas, de años o incluso “décadas” como de “período corto”), una vez superada la guerra civil que se desataría para derrocar al proletariado triunfante, la tarea sería dejar atrás al socialismo como momento de transición y pasar a la era comunista, es decir, a un período de la humanidad en donde no existieran las clases sociales y, por tanto, cesaría la explotación y la dominación de unos sobre otros.

Para él, durante la transición, priman las potencias destructoras y no constructoras. Por eso evalúa que las fuerzas vitales se depositarían en cuestiones más urgentes que el arte; por ejemplo, la alimentación, los preparativos para nuevas batallas en defensa de la revolución, la alfabetización de las grandes masas, etc.

En fin, una visión bastante diferente a la que se viene sosteniendo en estas líneas. Una concepción que, a la vez que reconoce los límites que impone la sociedad en la cual vivimos (y por la cual concuerda en que es un contrasentido hablar de arte proletario), no por eso deja de apostar a mancomunar el arte (un arte por el cambio social) con la vida, con las batallas del trabajo contra el capital.

Pero todo esto parece un cuento chino. O Ruso, dadas las circunstancias. Pasemos, entonces, a un punto de vista más ligado a las experiencias. Acotemos el panorama y veamos un ejemplo: el de la Argentina de la última década.



IV

Durante los últimos diez o quince años, en nuestro país, se han producido una gran cantidad de transformaciones estructurales. Cambios que no podemos dejar de tener en cuenta a la hora de pensar la cultura. Tanto de la dominante como de la que busca hacerse un espacio contrahegemónico. Veamos algunos ejemplos.

En el mundo del trabajo, con el crecimiento de la precarización, la sobreocupación, y subocupación, sin dejar de mencionar el record de desocupación; en las innovaciones tecnológicas, con la proliferación de teléfonos celulares, desde el Movicom a las actuales marcas que incluyen cámaras de fotos y video, mp3, etc. amén de los cambios introducidos a partir de la aparición de internet; en la religiosidad, con la pérdida de exclusividad del catolicismo y la divulgación de nuevos cultos; en la familia tradicional y las perspectivas de género, a partir del reconocimiento de las uniones civiles, el desarrollo del trabajo de organizaciones de travestis, lesbianas y transexuales, de los Encuentros Nacionales de Mujeres[3], de las modificaciones de roles domésticos, de las políticas barriales para paliar la crisis social[4]; en los gustos musicales (por citar sólo un tipo de expresión artística), con la aparición de la cumbia villera, el rock Chabón y la propagación de múltiples bandas, poniendo en cuestión la tradición de pocas “grandes bandas” en cada género.

En este contexto, las mujeres y hombres que vivimos del trabajo, también (y sobre todo) nos hemos visto expuestos a distintos sacudimientos políticos y crisis económicas. La precarización de la vida (con su consecuente empobrecimiento generalizado) fue intensa y llegó a fragmentar como nunca a nuestra clase. Muchas fueron, también, las resistencias y luchas que se libraron, en el camino de recuperar viejos derechos y conquistar otros nuevos. La novedad, tal vez, radique en que muchas de estas experiencias se dieron por fuera de la lógica formal del mundo del trabajo.

Me parece, en este sentido, que la experiencia de las empresas recuperadas y de los Movimientos de Trabajadores Desocupados en las barriadas son dos grandes ejemplos que no puedo dejar de mencionar.

Tanto en las recuperadas como en los movimientos, junto con la conquista y defensa de derechos elementales a la subsistencia, se fueron dando experiencias ligadas al arte, los oficios y la educación. Proyectos en donde se organizaron actividades vinculadas a la música, la plástica, la comunicación, la artesanía, la serigrafía, etc. Los innumerables festivales que se han realizado en apoyo a las fábricas. La conformación de Bachilleratos Populares[5] han sido tal vez el ejemplo más radical de estas experiencias de los de abajo.

Al mismo tiempo en que se gestaban y surgían estas múltiples experiencias, un sector del movimiento obrero resistió la tercerización y la precarización, y libró luchas por la estabilidad laboral, por mejores condiciones de trabajo, por aumento salarial, por mantener las vacaciones, los aguinaldos, los aportes jubilatorios; en fin, por defender las históricas conquistas que las burocracias sindicales fueron entregando.

En este contexto es que hoy se puede hablar de la importancia de continuar apostando a la gestación de una cultura propia, nacida de nuestras propias luchas, generando nuevas prácticas y formas de relacionarnos cotidianamente. En este sentido, no podemos dejar de reivindicar que la lucha (la acción directa), las asambleas como mecanismo de participación masivo y el carácter antiburocrático en las formas de organización, hacen a una cultura política fundamental en la perspectiva de fortalecer la autonomía de l@s trabajador@s, de consolidar una visión independiente de nuestra clase.



(*) Articulo publicado como Dossier de Debate N° 1, Acoplando, Revista de cultura de la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro (AGTSyP), Año I, N° 2, Buenos Aires, diciembre de 2009. Ilustración: Diego El Turco Abu Arab.


Notas:

[1] Para quienes les resulte extraña la inclusión del @, aclaramos que es una forma de designar el carácter masculino y femenino del género. Por otra parte, es un intento por señalar –aunque de manera limitada- la imposición machista inscripta en nuestra gramática.

[2] Por popular me refiero a los distintos sectores de la población que son trabajadores en distintos rubros (incluyendo a la clase obrera, pero excediéndola), y otros sectores directamente excluidos de los “beneficios” del mundo tradicional del trabajo (claro ejemplo son los pobres que habitan las barriadas periféricas de los grandes centros urbanos). Es decir, una concepción de lo popular que excluye de plano cualquier tipo de alianzas con la burguesía.

[3] También fueron muy importantes los abordajes de las problemáticas de género a través de talleres en los barrios, universidades y sindicatos.

[4] Los comedores y merenderos comunitarios fueron impulsado mayoritariamente y de manera masiva

[5] Los Bachilleratos Populares son colegios secundarios para adultos autogestionados por fábricas recuperadas y movimientos sociales que, si bien emiten título oficial, son docentes –junto con las organizaciones- quienes definen los programas de estudio en base a una pedagogía que busca formar sujetos críticos de la realidad. Funcionan unos treinta en Ciudad y Provincia de Buenos Aires.

jueves, 11 de junio de 2009

Crónica del 26 de junio de 2002


Es el primer capítulo del libro que estoy por publicar


1. El día que soltaron los perros


Las balas aturden a la tarde, buscan invadir de silencio/el clamor de voces que cantan rebeldía

Manuél Suárez, en Mano con mano.


“La noche avanza sobre el día, pálida y agónica/La única eternidad que se escucha es el silencio/De los muertos es la quietud de la muerte/De los vivos la desesperación de la vida”.

Vicente Zito Lema en: Agonías in memoriam de Darío y Maxi

I-

El miércoles 26 de junio de 2002, a pesar de las nubes, el sol salió temprano. Soplaban vientos leves y la temperatura era de las más bajas del año. Así y todo, alrededor de las 10 de la mañana, la mayoría de los integrantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados de Almirante Brown se encontraban en el playón de la estación de trenes de Claypole. Varios vecinos provenientes de las barriadas 2 de abril (Rafaél Calzada), Cerrito y Don Orione (Claypole), esperaban ansiosos que llegaran sus pares del barrio de Ypona (Glew), para quienes el viaje se tornaba más largo que en otras ocasiones: la decisión era no arribar a la estación de Avellaneda con el “vía Temperley”, sino dar toda la vuelta, con el “vía Quilmes” (al que todos llamaban “La Chanchita”, diferenciándolo así del otro, “El Eléctrico”).

Por aumento general del salario (y una duplicación de 150 a 300 pesos en el monto de los subsidios para los desocupados); alimentos para los comedores populares; mejoras en salud y educación; desprocesamiento de los luchadores populares y en solidaridad con la fábrica ceramista Zanón, de Neuquén -quien corría el peligro de ser desalojada luego de haber sido recuperada por sus trabajadores-, los movimientos de desocupados –por entonces denominado “duros”- se proponían levantar barricadas en los puentes de acceso a la Capital Federal.

El ya mencionado 26 de junio de 2002 fue un día en que esos hombres y mujeres a quienes llamaban “piqueteros” se dispusieron a resistir: a la política económica que pulverizaba los ingresos producto de la devaluación; a la oleada creciente de autoritarismo estatal y represión para-policial. Estaban dispuestos a no aflojar ante las amenazas lanzadas desde el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde: “prohibir los cortes de ruta”.

Desde José C Paz, La Plata, Guernica, Solano, Lanús, Florencio Varela, Quilmes y Esteban Echeverría, las banderas de los distintos grupos que integraban la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, partían hacia Avellaneda. Los del MTD de Allen, en cambio, se dirigieron hacia el Puente que separa las provincias de Río Negro y Neuquén.

El ánimo estaba caldeado aquél miércoles 26 de junio de 2002. La predisposición al enfrentamiento, ante la imposibilidad de desplegar el corte sobre Puente Pueyrredón, se hacía evidente entre los presentes; sobre todo entre los más jóvenes. Ante cada declaración del gobierno, mayor voluntad de batallar por parte de un importante sector de los movimientos. Otro sector, por supuesto, se replegaba. Entre los muchachos dispuestos a resistir se encontraban Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, jóvenes de 21 y 25 años. Darío y Maxi no se conocían… todavía.

II-

En el playón de Claypole, como siempre lo hacían antes de partir a una medida de lucha, los desocupados de La Verón realizaron una asamblea, para repasar los objetivos de la jornada y los criterios de seguridad; para darse fuerzas colectivamente. En aquella oportunidad, además, debían darse un poco más de ánimo, ya que la situación se anunciaba complicada.

Fueron pocas las voces que se animaban a tomar la palabra en aquél complicado día. Una de ellas fue la de Mateo, uno de los “referentes”[1] del movimiento. Dijo algo así como que no podían permitirse que el miedo se les impusiera, ya que ese era el objetivo del gobierno: evitar que sean bloqueados los puentes y accesos a la capital federal; formas de lucha que, ya en otras situaciones difíciles, les habían permitido “torcer el brazo del gobierno”, y conquistar las reivindicaciones por las que habían movilizado.

Aunque algunos tengamos hoy, tal vez, que volver con el lomo apaleado, remató, antes de gritar ¡Aníbal Verón!, con todas sus fuerzas. ¡Presente! respondieron casi todos. Luego, cuando gritó más fuerte: ¡Ahora!, nuevamente se escuchó un eco de voces diciendo: ¡Y siempre! Mi voz, recordó más tarde Mateo, ya no era mi voz, sino que se confundía con la del resto. ¡Donde nos vemos compañeros!, exclamó finalmente; frase que no pronunció como pregunta, ya que todos, absolutamente todos, sabían y compartían la respuesta: ¡En la lucha! Ahí empezaron los cánticos: Piqueteros carajo, gritó Mateo. Piqueteros carajo, gritaron todos. Piqueteros carajo… canción típica ya, que solía acompañar la mencionada arenga.

Cuando Mateo gritó Aníbal Verón y todos respondieron presente, ninguno se imaginó que, tan solo unas horas mas tarde, estarían gritando presente… luego de nombrar a uno de sus compañeros.

III-

El viaje en tren se tornó tenso. Aunque en cada estación, más y más piqueteros subían rumbo a la estación de trenes de Avellaneda. Los muchachos y las chicas de seguridad conversan, repasan paso a paso el plan de un posible repliegue, ante el eventual caso de que la represión avance sobre las columnas. Un grupo de Indymedia Argentina[2] filma todo: los gestos, los movimientos de las manos, los labios temblorosos de las conversaciones que, cada tanto, sólo cada tanto, se intercalan con algunas sonrisas.

Al llegar a la estación notaron que un helicóptero sobrevolaba a escasos metros de altura. Hoy se viene complicado, comentó Mateo a Oscar, uno de sus compañeros de la CTD de La Plata. Ante tamaña intimidación, el muchacho sólo atinó a responder: Parece que sí. Al bajar las escaleras y pasar el hall de la estación, se ubicaron sobre la avenida Pavón. El de Almirante Brown era uno de los últimos movimientos en ubicarse en la columna. Por eso varios muchachos fueron corriendo para adelante, para ver que sucedía. “Estamos muy atrás”, dice el PeladoCésar. Mateo asienta con la cabeza y ambos comienzan a correr hacia la cabecera de la columna. Había rumores de que no los dejaban pasar, pero desde ahí no veían nada.

Eran las 11.30, 11.40 horas del ya mencionado 26 de junio. La movilización hacia Puente Pueyrredón se ponía en marcha. Recién entonces, la Agencia de Noticias Red-Acción (ANRED), lanzó el primero de una larga seguidilla de comunicados: “Urgente-Las columnas se están movilizando”. La cabeza informativa denuncia: “El gobierno prefiere reprimir a escuchar los legítimos reclamos. Se han detectado tropas de infantería y carros hidrantes bajo el Puente Pueyrredón. La CTD Aníbal Verón cortará ese acceso dentro de plan de lucha coordinado. Si el dólar continúa subiendo se pulverizará el poco valor que le quedan a los 150 Lecop”.

Devaluación-represión. Palabras claves durante aquellos días. Sobre todo para estos movimientos, integrados por los sectores más postergados de la población; esos que durante años se vieron expuestos a una situación calamitosa, que algunos hasta llegaron a denominar como “genocidio social”. Así y todo, desde el poder, se pretendía que no expresaran públicamente su situación. Se les quiso privar de su derecho a la protesta; arrancándoles así esa herramienta (El Piquete), con la cual el conjunto de la sociedad Argentina se tuvo que topar cuando los desesperados, por fin, dijeron BASTA.

Fue esta una de las razones por la cual, el mencionado comunicado, también denunciaba:

Las amenazas y los despliegues de las últimas horas son una clara coacción hacia nuestras organizaciones y la ciudadanía en general, amedrentando nuestros derechos constitucionales de petición, es decir del estado de derecho, ante la grave emergencia social en la cual nos encontramos miles de ciudadanos argentinos, cuando en realidad deberían estar preocupados por los reclamos que el pueblo hoy manifiesta”.

IV-

Al llegar a la base del Puente, quienes marchaban por Pavón pueden ver a los del Bloque Piquetero Nacional (BPN) y Barrios de Pie, llegando por avenida Mitre. Adelante estaban todos los dirigentes: Néstor Pitrola, del Polo Obrero; Roberto Martino, del Movimiento Teresa Rodriguez; Beto Ibarra, del Movimiento Territorial de Liberación; Jorge "Huevo" Cevallos, del Movimiento Barrios de pie...

Si bien la CTD Aníbal Verón nunca armaba cordones con dirigentes, como lo hacía, por ejemplo, el BPN, sin embargo, era común que los referentes no marcharan en la columna de los movimientos distritales, sino adelante, en la cabecera, junto a la bandera principal. Cuestión que desmiente las primeras versiones que, tanto la policía como el gobierno, difundieron por los medios masivos de comunicación: que las fuerzas del orden, a diferencias de otras oportunidades, no tenían con quien dialogar.

A las 12 horas del mencionado 26 de junio, ANRED lanzó el segundo comunicado del día:

“Los Movimientos de Trabajadores Desocupados enrolados en la Coordinadora Aníbal Verón resolvimos coordinar el corte de los accesos a la Capital Federal junto con el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), el BPN y Barrios de Pie. Los cortes están comenzando y se ubican en los Puentes Uriburu, Vélez Sarfielf, La Noria, Saavedra, Nicolás Avellaneda y Pueyrredón”.

- “Nos estamos acercando mucho”, dice Gaby, del MTD de Varela. Mateo responde que no, que no pasa nada, que está todo controlado. No lo sabe, pero en cuestión de segundo todo estará fuera de control. Gaby hace un gesto que puede verse a través de su capucha. Hay algo que no le cierra. Tal vez precaución, quien sabe.

Cuando las columnas que marchaban por ambas avenidas quisieron confluir, ahí, en ese momento absurdo, todo comenzó. Esperen a que nos acomodemos bien, gritó Gisela, una de las chicas que en ese momento cumplía un rol de seguridad, dentro de la columna de La Verón. Es que “las doñas” estaban a punto de sacar los termos y los mates, algunas de ellas hasta las sillitas, que solían llevar a las movilizaciones. Esperen compañeras, insistió. Y las doñas, esas que habían sido las primeras en dar batalla en las barriadas, miraron como nunca lo habían hecho antes. Tenían miedo: más que el que habían sentido cuando, en las asambleas barriales, algunos de los referentes plantearon que las personas de mayor edad se quedaran, que el horno no estaba para bollos y que la cosa, esta vez, venía jodida en serio. Tenían miedo y, paradójicamente, no era por ellas, sino por sus hijos, sus hijas, jóvenes, adolescentes en algunos casos, que se encontraban en ese momento a punto de lanzar la primera piedra. Porque entre el “esperen” y el “compañeras”, empezaron las corridas, los balazos de goma, los gases lacrimógenos. Un cordón policial se había interpuesto entre las miles de personas que integraban ambas columnas. El Pelado César abrió su mochila y sacó unas cuantas piedras que había recolectado en el camino, desde le la estación al puente. Mateo corrió para atrás, unos breves metros, hasta donde estaban sus compañeras y compañeros de la seguridad del movimiento. “Vamos, cumpas”, gritó, “que están reprimiendo”. La Tota lo miró desconcertada. Era ella la había estado participando en las reuniones previas, donde cada movimiento adquirió un rol de organización dentro del esquema de emergencia. El esquema estaba previsto en caso de que se desatara la represión. Unos enfrentarían la primera línea policial que intentara avanzar. Otros, se quedarían a la altura del Puente viejo, para tratar de impedir que la fila policial que se apostara allí encajonara a la columna. Finalmente, otros estarían atrás, garantizando la retaguardia. Al MTD de Almirante Brown le tocaba garantizar la vigilancia del Puente Viejo. Por eso cuando Mateo llegó agitado, gritando que avanzaran, las caras de los muchachos y las chicas fue de desconcierto. Por eso, todos, vacilaron... entre aquella orden, y la quietud de La Tota, que con sus escazos 20 años coordinaba la seguridad del movimiento, había una contradicción. “Vamos cumpas”, gritó La Tota, mientras comenzaba a correr hacia delante. Se escucharon entonces unos ruidos tremendos, gritos... el ambiente zambullía a todos en una profunda desesperación.

Desesperación, eso sintió Yamila cuando creyó que se desmayaba y no podía respirar. La represión policial se había desatado, avanzaba ferozmente: a su paso nada quedaba en pie. Por unos instantes, el efecto de los gases se mantuvo flotando sobre el aire. Yamila no podía correr. No podía gritar. No sabía que hacer. Creía que se había congelado: estaba clavada en el suelo. Un muchacho que corría a su lado cayó en el asfalto, luego de que una ráfaga impactara sobre su pierna derecha. Una inmensa bocanada de aire negro se apoderó del cielo: a escasos metros, ardía un colectivo. Decenas de jóvenes continuaban ofreciendo resistencia.

En esos momentos de desconcierto, sin embargo, un fotógrafo profano de La Plata tuvo la capacidad de captar aquello que, el fotógrafo francés Henry Cartier Bressón, denominó alguna vez como “El instante decisivo”. Podemos verlos: Kosteki y Santillán –quienes, como ya se ha mencionado, no se conocían- de espaldas a la cámara, de frente a la represión policial. Maxi viste una campera verde, de estilo militar. Tiene puesta una gorra negra, con visera. Una bufanda del mismo color le cubre el rostro. Darío, con una gorra blanca de lana, también se cubre el rostro con una bufanda negra. Lleva puesta una campera de cuero y unos jeans gastados. Juntos, como los otros, corren. Como tantos, a su vez, tiran piedras a las embravecidas fuerzas del orden que avanzan con furia sobre ellos. Algunos sacan sus gomeras; otros simplemente corren, a toda velocidad. Tras ellos, una partida policial, deseosa de detenerlos, no deja de pisarles los talones.

V-

Corrían, esquivando balas que, a esa altura, sospechaban ya, no eran de goma. O no simplemente (uno de ellos era Sebastián Conti, del barrio 2 de Abril, del MTD de Almirante Brown, quien minutos después será herido gravemente, cerca del supermercado Carrefour. Seba corre, dolorido, un poco fatigado, asfixiado. Piensa que, en realidad, son los efectos de los gases que no lo dejan respirar bien). Pasaron fugazmente el denominado Puente Viejo –donde se encontraba apostada la Prefectura-, doblaron por Pavón y siguieron corriendo. Una chica, aterrada, paralizada, lloraba en un costado de la Avenida. Vamos, cumpa, le gritó uno de los muchachos que pasó a su lado. Yamila logró entonces reaccionar, desclavarse del suelo y comenzar a correr, como todos los demás. Algunos continuaban arrojando piedras, los palos con los que se cierran las columnas... carteles publicitarios, bolsas de basura; todo lo encontraban al alcance de sus manos, intentando frenar lo que días después, hasta el propio Presidente Duhalde, tuvo que calificar públicamente como "una verdadera cacería".

“Las organizaciones intentaban marcar la calle con una valla de cuerpos y delimitar un territorio, lejano al corte del Puente Pueyrredón, pero con el mismo sentido: hacer en la ordenación social un lugar para la afirmación del derecho a una vida digna. La retirada ordenada da cuenta de un poder político, de un lazo que no se deja romper sin ofrecer resistencia, ni aun en los peores momentos. Pero así como el corte no fue tolerado y se impidió la transformación del puente en un territorio de lucha de los piqueteros por medio de su ocupación policial, tampoco se toleró una retirada organizada. Podemos decir, que el territorio de la organización mismo, en el que una muchedumbre de desocupados con sus familias se constituye en “movimiento piquetero”, fue un objetivo de la represión”[3].

“Ofrecer resistencia”, eso hacían los muchachos y las chicas de los movimientos. Impedir que los lazos solidarios se resquebrajaran, que los más temerosos se paralicen, que los más arrojados pierdan la serenidad, que la represión desarticulara “el cuerpo político de la movilización en una multiplicidad de cuerpos individuales”, como bien señala Gómez.

A las 12.50 horas del mencionado 26 de junio, los manifestantes que se replegaron por avenida Pavón llegaron a la Estación de Avellaneda. Entre ellos se encontraba Mateo, quien pasó por la vereda, pero no entró: en esos escasos segundos, en los que casi no se puede pensar, se le cruzó por la cabeza que, si cortaban el servicio de los trenes, serían fácilmente detenidos en los andenes, sin tener lugar para correr. Por eso siguió a un grupo que, delante de él, continuaba corriendo por la Avenida. Uno de esos muchachos que pasó la estación era Darío Santillán. Por alguna razón, nunca sabremos cual, volvió al lugar... y entró.

VI-

El ya mencionado miércoles 26 de junio de 2002, luego de decirle a sus compañeras y compañeros del barrio “vayan, que yo me quedo”, Darío le da una mano a Maxi. Extiende la otra hacia los policías, que ingresan al hall de la estación con sus escopetas. “Nuevamente el gesto del límite, la muralla, la resistencia ahora reducida a una palma abierta”[4]. Faltan escasos minutos para que Darío Santillán sea asesinado. Ahorro la descripción de su sangre esparciéndose sobre el suelo; del gesto de sus verdugos arrastrándolo hasta subirlo y tirarlo sobre la camioneta policial.

En esos momentos, Sergio Kowalewski toma las famosas fotografías que permitirán, días más tarde, desmentir las versiones oficiales: que los piqueteros se mataron entre ellos. Imágenes que más tarde, Florencia Vespignani inmortalizará en dibujos que se reproducirán por miles

Tal vez podamos imaginar que, en ese momento, Darío escuchó resonar en su cabeza palabras de aliento. Similares, quizás, a las del film El señor de los anillos: “Quizás llegue el día en que el valor del hombre le falle. En que olvidemos a los amigos y rompamos todo lazo de amistad. ¡Pero este no será el día! Una hora de lobos y escudos desechos, cuando la era del hombre será hecha añicos. ¡Pero este no será el día! Por todo lo que aman en la tierra, hoy deben resistir…”

Resistir, eso hicieron ellos, por más que la parca viniera pisándoles los pies; por más que su amistad se gestara recién ahí y se mantuviera solo por unos escasos minutos. Porque Darío y Maxi nunca habían hablado. Y sin embargo, se encuentran ahí, compartiendo sus últimos minutos de vida juntos. Imagen de compromiso y solidaridad. Insistamos: ¿En qué pensaría Darío para quedarse? ¿En el ejemplo laburante de sus padres, ambos enfermeros? ¿En los valores profundamente cristianos con los que fue criado? ¿O en la concepción guevarista del hombre nuevo que había forjado en sus años de militancia estudiantil? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que la mayoría de los del grupo que venían con él, pasaron de largo la estación y, al hacerlo, varios se preguntaron por qué la policía se detuvo ahí, en vez de ir tras ellos, que venían arrojando piedras y palos contra los agentes.

Luego de unos minutos alguien propuso, directamente, acercarse hacia los patrulleros, y arrojarles piedras, para tratar de sacarlos del lugar. Es el momento en que otro colectivo se incendia y es utilizado como barricada. “Van a entrar y meter presos a todos los que estén allí. Seguro que hay gente mayor”, dijo un muchacho al que sólo se le veían los ojos. Lo que nunca sospecharon, es que en vez de llevarlos presos, los policías comenzarían a disparar a sangre fría…

VII-

Las camionetas policiales avanzan. “¡No nos dispersemos!”, gritó uno de los referentes de La Verón. Pero nadie lo reconoció, salvo los más allegados. Por eso nadie acató las directivas de un flaco con el rostro cubierto. Otro gritó: “¡apuren que vienen las lanchas!”, y casi todos salieron disparando en dirección opuesta. Mientras tanto, otro grupo, más pequeño, se quedó armando barricadas. “¡Nos están partiendo el grupo!”, volvió a gritar el referente, y se acomodó sus largos cabellos tras la capucha. Pero nadie lo escuchaba.

Continuaron corriendo por Pavón: cruzaron unas vías abandonadas y un puente, y continuaron corriendo. Estaban casi acorralados. Las camionetas policiales les venían pisando los talones (“Otra vez las lanchas”). En una esquina de Pavón, pasando una gomería, doblaron a la izquierda. Hicieron dos cuadras y se toparon con un alambrado de las vías del ferrocarril. Ya no tenían escapatoria. (“Perdimos, cumpa, acá si que perdimos”). En ese momento, lo inesperado: una moto pasa por allí. Se detiene: era un muchacho del Sindicato de Mensajeros y Cadetes (SIMECA) que, al enterarse de la represión, se fue hasta Avellaneda, para ver que podía hacer. Es en ese instante mágico cuando un colectivo de la línea 100 dobla y este compañero le cruza su moto al vehículo. Al subir al colectivo pueden ver como un grupo de policías venía bajando en fila, formados, corriendo por la bajada de una especie de puente por el que subió el colectivo. No sabían dónde estaban… ni a donde iban a ir…

Luego de unos minutos de andar el colectivo dobló y cruzó la avenida Mitre. Ahí se bajaron y tras unos minutos, se dispersaron: un grupo se fue a los barrios, otro comenzó a caminar por Mitre y otro, partió por unas calles cercanas a la Avenida. En el andar, Mateo y Tito pasaron por un local del Partido Comunista, que posteriormente fue allanado a las patadas por la policía. Saludaron a unos compañeros del MTL de Almirante Brown y pensaron en quedarse, pero luego se dijeron que no, que un local comunista, en medio de una represión policial, no era el lugar más indicado para esconderse. Acordaron que lo mejor sería ir a la estación de Lanús, a ver si encontraban a alguien allí, ya que ese era el lugar que tenían previsto como sitio de repliegue, si algo eventualmente salía mal. Y evidentemente, a esa hora, todo estaba saliendo bastante mal.

VII-

A las 15 horas del ya mencionado 26 de junio la situación era extremadamente grave. Tito y Mateo tomaron un colectivo. Se dirigieron a la estación de trenes de Lanús, lugar previsto –como se dijo- para reunirse en caso de emergencia. Al llegar se encontraron con varios de sus compañeros. A las 15.15 horas decidieron repartirse: un grupo quedaba allí, esperando por si alguien más llegaba. Otro, a los barrios. Y un tercero partió rumbo al Hospital Fiorito. A las 15.20 horas ANRED largó el tercer comunicado: “Urgente” –decía- “Continúan las detenciones en Avellaneda. Hay persecuciones y reducen a pequeños grupos alrededor del Hospital Fiorito. Hay 2 muertos asesinados por la espalda, 2 heridos graves en quirófano, 90 heridos, 54 detenidos en la 1° de Avellaneda…”

Todo estaba fuera de control y sobrepasaba cualquiera de los planes previstos. Se producía descaradamente aquello que, Eduardo Rinesi, ha llamado “La tragedia de la acción política”. Es decir, la imposición del carácter irremediablemente contingente de las cosas, que hace que “naufraguen incluso nuestros proyectos más sabiamente elaborados y más enérgicamente conducidos”[5].

Conducidos dentro del patrullero, los muchachos y las chicas del área de seguridad del MTD de Almirante Brown sonreían irónicamente: si bien marchaban presos, lo hacían unidos, tal como lo habían programado. Porque la contingencia guía, digamos, el 50% de nuestras acciones… pero el otro 50% lo dirigen nuestros planes.

Planes, en ese instante, Mateo no tenía. Más que dirigirse al Fiorito y ver. En el trayecto sonó su celular: Mateo, el “Huevo”. Jorge Cevallos le avisa que por la tarde se juntarían todos los dirigentes en la casa de Raúl Castells, para dar una conferencia de prensa. Mateo responde que, de La Verón, no hay nadie que pueda ir: todos los referentes estaban, bien replegándose con la gente a los barrios, o yendo a la comisaría o al hospital; o bien corriendo, todavía, esquivando las balas de la policía provincial.

Quienes llegaron al hospital intentaron, en vano, averiguar algo sobre los heridos. Estaban los canales de televisión, la diputada de izquierda Vilma Ripol y militantes de distintas organizaciones. Allí pueden ver como entran herido a Mariano, uno de los muchachos del MTR. Minutos más tarde, un muchacho del PO es apresado y golpeado por los agentes… luego de que estropeara el ojo de Alfredo Fanchioti, con una trompada que lo dejó perplejo frente a las cámaras de televisión, que transmitían en vivo las palabras del comisario: “Los piqueteros, por una interna entre sectores, se mataron entre ellos”.

Entre ellos se contenían. Porque lo importante, en ese momento, no era la actitud individual, de cada uno. Lo importante era el comportamiento grupal. Porque en ese momento, la comisaría 1ª de Avellaneda no tenía nada que envidiarle a la imagen que todos, de alguna u otra manera, hemos fabricado alguna vez sobre el infierno. Pero ahí estaban. Jóvenes, adolescentes. Los muchachos y las chicas de las distintas áreas de seguridad de los movimientos, conteniéndose, dándose fuerzas. Evitando mostrarse débiles ante el sadismo de sus verdugos.

XIX-

A las 17.20 horas del mencionado 26 de junio ya eran varios los que se preguntaban: ¿dónde carajo se habrá escondido está Darío? (Santillán) No estaba ni en el listado de los presos ni en el de los heridos. No aparecía ni llamaba por teléfono. ANRED lanza el cuarto comunicado del día, anunciando que la represión continuaba en silencio. “La CTD Aníbal Verón denuncia que hay un virtual estado de sitio en el sur del Conurbano bonaerense: hay razzias y muchos desocupados no pueden volver a sus hogares. Hubo disparos de bala de plomo en Gerli y varios cayeron heridos en las vías de la estación. Alrededor del Fiorito siguen las detenciones y la policía aun no puede definir la cantidad de detenidos”.

A las 19 horas, en la Universidad Popular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, La Verón realiza una conferencia de prensa. Son escasos los medios presentes en el lugar. Crónica TV y algún que otro canal de cable. Algunos medios alternativos y unas pocas radios. Si bien gran parte del país ya conoce la identidad de los asesinados, los militantes presentes en la conferencia todavía no. Hacen una denuncia generalizada: sobre la ilegalidad de los procedimientos de las fuerzas policiales, sobre la responsabilidad del gobierno como mando político de la represión…

A las 23.30 horas, una de las tareas más difíciles: pronunciarse públicamente sobre la matanza. “La policía bonaersense asesinó a dos jóvenes integrantes de los Movimientos de Trabajadores Desocupados enrolados en la Coordinadora Aníbal Verón”. Así fue titulada la tragedia por ANRED. Último comunicado del extenso día, en el que ninguna palabra alcanzaba para definir lo sucedido. Porque es eso precisamente la tragedia, escribió alguna vez Rinesi: mirar al cielo, preguntar ¿por qué?, y oír como los dioses callan.




[1] La cuestión de los referentes se retoma en el apartado “Digresiones IV: “Notas sobre las bases, la militancia”.

[2] Algunas de esas imágenes fueron utilizadas en el video PIQUETE, Puente Pueyrredón, realizado por este grupo en julio de 2002 (Formato original: Mini DV, Digital 8, VHS-C/color). Duración: '35 min. Otras consultas:www.argentina.indymedia.org.

[3] Joaquín Santiago Gómez. Represión y Justicia en la masacre de Avellaneda, en Prensa De Frente.

4. Joaquín Santiago Gómez, op.cit.

5. Rinesi, Eduardo, Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo, Buenos Aires, Colihue, 2003,.