lunes, 27 de diciembre de 2010

Poesias de un compañero platense

Porque el Sur todavía duele
Por: Marco Teruggi




I

Soy hija de piqueteros…

la bolsa se abre y se cierra

el tren grita

el pegamento inunda la mente.



Lo que hace mal es el hambre

lo que hace mal son los despidos en Terrabusi…

El plástico,

acompaña la mano que junta a duras penas

la realidad.



El tren.

El vacío.



Dialogo atormentado de jaleo y recuerdo,

teatro de sombras sobre ojos dolidos.



Como quema el Sur

las gargantas negadas que se consumen en cada respiro.





Seco mis lunas rojas y negras,

la sudestada asoma en esta mañana

el río que cuida los muertos

baila majestuoso con el viento.

II

Desnuda, la ciudad de las diagonales se abre

en esta tarde de remolinos

la casa de los conejos

se viste de canciones.



Hoy es tu cumpleaños

hija de la guerrilla,



el micrófono llora palabras

las paredes, desde su Resistencia

observan silenciosas

aquel coro de miradas

que enfrenta a los Dioses del olvido.



El frío baila en los círculos de los disparos

la imprenta ya no sueña que Evita es montonera

el auto clandestino carga una rosa cansada

el limonero

regala sus frutos.



Una carta interrumpe el invierno

habla de tu madre

comandante de derrotas sin naufragios

que se sienta y acaricia de colores

mis lunas marchitas.

III


Su sonrisa partida se ilusiona

la noche brilla y las historias de desalojos llegan a su fin,

prende otro cigarrillo,

las casas estarán listas dentro de pocos meses.



Recuerda, la toma, las asambleas, la placita

hasta aquel día en que leyeron la orden

y el limón entre los dientes

el choque, los gases, las corridas.



Recuerda, lleva en sus ojos la casilla del arroyo contaminado,

las humillaciones de la policía, los hijos atrapados.





Levanta la mirada,

pronuncia la palabra Digna,

su boca se puebla de luz

un suspiro de sangre se desliza por su mejilla.



Apaga el cigarrillo.

IV
Que Bellas se ven las estrellas

desde los Techos de Cartón.





El pañuelo reposa sobre la mesa

el cielo no sabe que pronto se tapará de humo

recogiendo las palabras de los vientres que no se rinden.



Y si mi voz desliza utopías

sabrán protegerlas las voces del río

recibirlas las calles subvertidas

cantarles el mañana.



Nuestro Sur ya no puede esperar

seremos

pájaros rojos al despertar.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A nueve años del 19 y 20 de diciembre

El 19/20 de diciembre y la Nueva Izquierda Autónoma en Argentina
Reflexiones en torno a la insurrección de 2001

POR: Mariano Pacheco para Prensa De Frente
(Diciembre de 2010)


Si es cierto, como alguna vez afirmó Martín Heidegger, que cada generación gesta su héroe, y si es cierto, asimismo, que las jornadas del 19/20 de diciembre de 2001 funcionan como símbolo insoslayable de lo que en otras oportunidades hemos denominado como Nueva Izquierda Autónoma, cabe preguntarnos, a casi una década de la rebelión, cuanto de aquellas apuestas ha quedado consolidado en experiencias organizativas; cuanto han avanzado estos procesos, cuánto han logrado disputar poder.
Hacernos estas preguntas implica, desde el vamos, reconocer que las huellas de diciembre de 2001 aun persisten en la actualidad, más allá de la reconstitución institucional del régimen y de un gobierno (producto de la rebelión), que viene promocionando una serie de medidas progresistas y que apela (fundamentalmente desde el plano retórico), a cierto imaginario de cambio de “modelo”. De todos modos no quisiera ocupar espacio hablando del kirchnerismo y sí insistir (contra lo que aun los kirchneristas más progresistas sostienen en la actualidad), en la productividad de la crisis. Claro, esto implica concebir la crisis no como mal a conjurar, sino en su positividad (en términos políticos y no en sus aspectos económicos, en las carencias materiales que implica en las condiciones de vida de las clases populares, claro está). La crisis como momento propicio para rever que hacemos, quienes somos, hacia donde vamos. No en vano se ha insistido (Sheldon Wolin a sido uno de ellos) en que los grandes enunciados de la filosofía política surgen de los momentos de crisis (contra ellas, insiste Wolin). También Eduardo Rinesi (Las máscaras de Jano. Notas sobre el drama de la historia) ha destacado que las crisis “son momentos enormemente productivos, de desentumecimiento, de desperezo, de apertura de la historia”. Como la crisis es el corazón intimo y el reto mayor del pensamiento político, no deberíamos apresurarnos a huir de ella, a querer dar cuenta de ella (desde un lugar externo), sino que el desafío es poder permanecer actuando y pensando en el interior mismo de la crisis.
En este sentido, las jornadas del 19/20 son de vital importancia, entre otras cosas, porque colocaron a la política misma en otro lugar. Es más, tal como señaló en su momento Raúl Cerdeiras, la insurrección permitió hacernos nuevamente la pregunta: “¿Qué es la política?” (Revista Acontecimiento, Nº 23, mayo de 2002). Entonces, si entendemos a la política como invención, como subversión de lo existente, o como “acción colectiva organizada por determinados principios, que aspira a desplegar las consecuencias de una nueva posibilidad que en la actualidad se encuentra reprimida por el orden dominante”, según sostuvo Alan Badiou (“La hipótesis comunista”, Revista Acontecimiento Nº 36-37, otoño de 2009), entonces, decía, la participación en el proceso electoral y la gestión del Estado –binomio por excelencia de la democracia formal– no pueden concebirse como momentos fundamentales de una política revolucionaria (que no es lo mismo que entender que nunca, allí, se ven plasmados momentos de las relaciones de fuerzas entre los proyectos –de clase– enfrentados en la sociedad). Claro que los matices de la gestión estatal pueden ser demasiado amplios. Nadie está negando la abismal diferencia que pueda existir, por ejemplo, entre una dictadura sangrienta que reprime y clausura cualquier tipo de derecho, y un gobierno progresista que promueva reformas que amplíen los derechos sociales y laborales, los derechos humanos en general. Pero no deja de ser gestión de lo existente, regido por la lógica dominante de la representación. Cuando esa lógica se quiebra, entonces, es que estamos a las puertas o transitando ya hacia otra cosa, hacia la subversión del orden existente.
Por supuesto: pensar desde la crisis implica concebir que el motor de los cambios está en el conflicto y que, precisamente porque es el conflicto el motor del cambio, no podemos saber, de antemano, cuales pueden llegar a ser los resultados. Por eso una política revolucionaria se asienta sobre las bases conceptuales de la contingencia, del carácter abierto de los procesos históricos.
En este sentido, diciembre de 2001 opera como símbolo generacional, porque fue allí el momento donde más claramente fue puesta en cuestión la legitimidad de las clases dominantes (luego del aplastamiento, a sangre y fuego, de las apuestas revolucionarias de los 60 y 70).
Que no se haya logrado, como en Bolivia o en Venezuela, expresar esos cambios en las correlaciones de fuerzas en el Estado, no quiere decir que debamos quitarle mérito a lo sucedido, sino tan sólo resaltar los límites (nuestros límites), no impugnando la experiencia sino proyectándola. Porque no caben dudas, si hablamos desde la inmanencia de las experiencias, que fueron aquellos días (semanas, meses) momentos de apertura a la impugnación del orden social, de sus clasificaciones y jerarquizaciones, de sus lenguajes. En fin, que hubo, durante ese período de aceleración temporal, política. Y queda claro, desde la perspectiva que se viene sosteniendo en estas líneas, que no hay propiamente política para decirlo nuevamente con las palabras de Rinesi sino “cuando ese carácter presuntamente inmutable y necesario del Orden es desnaturalizado, conmovido, puesto en cuestión” (Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquieavelo).
Momento de condensación, entonces, de una puesta en crisis, de un sacudón de la cosmovisión posdictatorial (entre otras cuestiones, las jornadas de diciembre de 2001 pusieron sobre la mesa, como una discusión actual y ya no sobre décadas anteriores, el tema de la violencia política de los de abajo. Debate que aun queda como cuenta pendiente, y que reaparece cada vez que las luchas populares avanzan y, con ellas, la represión estatal y paraestatal). Esa cosmovisión, decía, que venía insistiendo, una y otra vez, en que no se podía cuestionar el pacto de los consensos de la representación. Las “guerras sucias”, escribió Pilar Calveiro, fueron una batalla decisiva en el marco de la Guerra Fría y su victoria, lograda a base del terror, permitió la apertura incondicional de nuestra América, a la vez que la marcó en sus formas económicas, políticas y, lo que es más fuertes aún, en sus horizontes de pensamiento, “recortando” lo pensable de lo que definitivamente debía expulsarse de toda consideración (Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los 70).
Porque si desde 1983 la política funcionó cada vez más como conservación de lo existente, como espectáculo (reforzado por una predominancia cada vez mayor de la virtualidad televisiva), las jornadas de diciembre de 2001 recuperaron, nuevamente, un lugar central para la corporalidad en la  política, entendida como ejercicio de interpretación de la historia y transformación de la sociedad, quebrando así el “terror dictatorial” presente en los cuerpos y las subjetividades durante el período “democrático”. Sí, nos dice María Pía López, porque “hacer política luego de la dictadura es el ejercicio de la conservación, el intento de constituir los fenómenos sociales como datos irreversibles: si los desaparecidos son irreversibles, también lo son la concentración de poder –económico y social–, la violencia policial, la deuda externa” (Mutantes, trazos sobre los cuerpos).
 Insisto con el carácter simbólico de 2001 porque en ese período se condensan y se proyectan experiencias previas, tanto en el plano nacional como en el internacional (en Argentina, desde la pueblada de Cutral Có en 1996; en Nuestra América, desde la insurrección zapatista en enero de 1994; y en “el primer mundo”, desde las manifestaciones “antiglobalización”, sobre todo a partir de 1999, cuando se produce en Seattle la protesta contra la cumbre de la Organización Mundial de Comercio, la OMC). Son las resistencias del nuevo siglo, si tomamos la periodización “soviética” propuesta por el historiador Erik Hobsbawm, para quien el siglo XX culmina con la caída de los socialismos reales en 1989.
Por último, quisiera afirmar que el predominio de las (actuales) prácticas preformativas, por sobre las (futuras) instituciones (por no decir Estado, que trae más confusiones que aclaraciones) que deberíamos gestar para auto-regir el comportamiento social, no implica negar la necesidad de que el movimiento se solidifique. Implica, simplemente (y no por simple menos fundamental), afirmar su primacía ontológica (así como ontológicamente, el mundo que ya desde ahora vamos gestando, tiene una preponderancia por sobre el mundo que nos obstaculiza el impulso y obstruye nuestro flujo creativo. En este sentido, es un mundo que es preciso aniquilar –más que superar–, pero no es el fundamento a partir del cual definimos nuestro ser-hacer).
Y la afirmación de esta primacía tiene consecuencias políticas fundamentales. En este sentido, haciéndonos eco de las palabras de Louis Althusser, podemos decir que nunca jamás, por principio, el partido –decía él, nosotros diremos el movimiento– debe considerarse “Partido de gobierno”, por que su función es ser el instrumento número uno de la “destrucción” del Estado burgués. Aun apoyando o participando de un gobierno, insiste, debe estar fuera del Estado. Porque sin esa autonomía, no saldremos jamás del Estado burgués, por más “reformado” que este sea (“El marxismo como teoría ´finita´”).
En fin, hay política desde abajo, por el cambio social, cuando nuestra clase logra organizarse, librar batallas (¡y ganarlas!), conquistar mejores condiciones de vida, gestar otras formas de vínculos, otros valores y otra subjetividad; una institucionalidad propia, diferente a la hegemónica. Proyectar una política popular revolucionaria, que logre cambiar la correlación de fuerzas, entonces, es un desafío para los próximos años. Gestar un movimiento político de masas capaz de proyectar toda la experiencia acumulada en estos años a sectores cada vez más amplios del pueblo trabajador.
Otro país, y ya no el eterno retorno de lo mismo...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Para escuchar este fin de año

Corazón de Piel Afuera / Godino del cuarteto Cedrón

Desde hace algunos años, los seguidores de la larga trayectoria de Juan “Tata” Cedrón, tenemos la oportunidad de verlo más seguido: ya no como en los 90, cuando venía de vez en cuando, y nos apresurábamos a visitarlo en el Foro Gandhi de la calle Corrientes, sin saber cuando contaríamos con el privilegio nuevamente. Ahora lo sentimos más cerca, ya que tras largos años de exilio en Francia y de rumbear por distintos sitios del mundo (desde 1974), se ha radicado (en 2004) nuevamente en su querida ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, este cuarteto que ya lleva casi medio siglo de recorrido, nos ha sorprendido con nuevos discos: Frizón Frizón y Orejitas perfumadas (basado en la obra de teatro que realizaron con textos de Roberto Arlt). En este año bicentenario, vuelven al ruedo con un nuevo disco-doble. En el primero (Corazón de Piel Afuera), el Tata musicaliza 11 poemas de Miguel Angel Bustos y se despacha con un solo musical, también de su autoría. En el segundo, musicaliza 14 canciones de 9 autores: un anónimo, Pedro Atieza, Luis Alposta, Evaristo Carriego, Julio Huasi, Mario Clavell y su ya clásico poeta de cabecera, Raúl González Tuñón, a quien supo entrevistar en sus años de juventud.
Pionero como cantautor (desde sus magistrales presentaciones en el Café Concert “Gotán”, allá por el año 64-65), el Tata supo transitar entre los clásicos y la vanguardia. Desde Madruga, este cuarteto que comenzó siendo trío, no ha parado de musicalizar gran parte de la obra poética de Juan Gelman. Tal vez porque digan lo que digan –como escribió Francisco Urondo en la presentación de ese primer disco– nos conocen por el tango, nos recuerdan por el tango, somos tangueros, para bien o para mal. Tal vez por eso recomiendo este disco doble. Porque digan lo que digan –recuperando nuevamente las palabras de Paco– los tangos de Cedrón me parecen muy buenos. Y además, canta como un campeón.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Carta a las compañeras y compañeros del Bachillerato Popular Roca Negra

Carta a las compañeras y compañeros del Bachillerato Popular Roca Negra

POR: Mariano Pacheco

Un gran escritor argentino –Ricardo Piglia– supo escribir alguna vez que el final era lo que otorgaba sentido a la experiencia. Lo decía a propósito del cuento. Y precisamente, por un cuento (así lo viví entonces), es que me acerqué a formar parte del equipo docente del proto-bachi, hace de esto ya tres años. Y digo cuento, porque a eso me sonó cuando me dijeron que se iba a construir un colegio secundario, allí, en el predio que alguna vez había logrado expropiar el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Lanús, tras intensas luchas y calurosas y friolentas jornadas de trabajo autogestivo, para hacer de esa vieja fábrica abandonada una nueva fábrica de trabajo para los sin trabajo.
En fin, en ese predio comenzaron las clases en marzo de 2008 y ahí estuve, con la tropa de voluntariosos que, sin cobrar un salario por sus tareas, apostaban de todas formas a la construcción de ese espacio de educación, de creación, de lucha y organización. Esas primeras semanas fueron de las más felices de mi vida. No podía creer que, cinco años antes, yo mismo estaba ingresando en un colegio de adultos para terminar el secundario que alguna vez había abandonado. ¡Y ahora me encontraba dando clases! Por supuesto, durante 2004-2005, cuando cursé los dos años que me faltaban, el humor social y los medios empresariales de comunicación no hacían más que demonizar esa increíble experiencia de los movimientos sociales que, apenas unos años antes, eran una novedad saludada por amplios sectores de la sociedad, incluidos algunos de esos medios de comunicación. Por eso vi con tan buenos ojos que desde el movimiento surgiera una iniciativa de ese tipo.
Las primeras veces que llegué al Bachi de Roca (así comenzamos a decirle, todas y  todos y diré todas y todos una sola vez, porque sino la redacción se torna insoportable, a pesar de que reconozca el componente machista de la gramática occidental), decía, las primeras veces que ingresé al predio, no podía dejar de mirar los bloques de cemento que aparecían por distintas partes. Y me acordaba de Darío Santillán, ese amigo, hermano, compañero con el que tantas alegrías y enojos y luchas y debates y discusiones y peleas tuvimos, como tendríamos de ahora en más entre los integrantes de esta nueva experiencia. Me acordaba de Darío no sólo por los bloques, sino también por esta apuesta educativa. Algo que pocas veces se recuerda, aun entre los que compartimos un tramo del recorrido de batallas con él, es que había sido (Darío) un muy buen estudiante. Y que apenas terminó el secundario fue corriendo a anotarse en un profesorado de historia, allí, frente al Piedrabuena, en San Francisco Solano. Nunca empezó. Ese año (2000) el país comenzó a verse envuelto por una oleada de luchas de las que Darío decidió ser protagonista...
Si menciono todo esto es porque la imagen de Darío está presente en el predio de Roca por todas partes, porque allí trabaja su hermano Leo (“el Pelado”), al que todos vemos cuando entramos, junto a su compañera y su hijo, atendiendo el kiosquito. Y porque pienso que, de no haber sido asesinado, seguramente se hubiera prendido (al menos por tiempo, porque así suele ser: uno asume tareas un tiempo en un lugar, otro tiempo en otros), decía, seguro que Darío se hubiese anotado para dar alguna materia en el bachillerato, tal como se anotó alguna vez en los equipos de Educación Popular que desarrollaban tareas de formación en el MTD.
Pasaron tres años y se egresa la primera camada de estudiantes. Algunos, compañeros de Darío. Otros, vecinos que se arrimaron con algunas desconfianzas y muchas dudas (seguramente) y que hoy tal vez se lleven de esta experiencia otra imagen de lo que esos medios empresariales de comunicación “vendían” (ahora, luego de las clases de taller de comunicación ya lo saben: la información es un mercancía más en la sociedad) de ese cuco al que llamaban (muchas veces con desprecio), “los piqueteros”.
Han pasado tres años y es este final el que otorga sentido a esta experiencia. Y abre nuevos horizontes. Lo más importante, para todos es, de todas formas, que se llevan el título secundario. Y sí, para eso se acercaron, todos y cada uno de los estudiantes. Y tal vez, ese simple papelito haya sido el móvil de algunas transformaciones imperceptibles en la vida de cada cual. A mí, por lo menos, terminar el secundario me permitió conseguir un trabajo mejor. Anotarme en la universidad, comenzar una carrera. Ojalá muchos de ustedes sigan estudiando. No sólo por lo que puedan conseguir de mejor en la vida, eso tal vez ahora ya no sea tan importante, sino para ustedes mismos. La lectura, el estudio (en mi caso la literatura, pero puede ser cualquier otra cosa), abre caminos insospechados. Muchas veces nos hace reflexionar, ser mejores personas, descubrir mundos que sólo la imaginación que dispara la lectura puede provocar. Y ya saben, para leer no hace falta plata, sino ganas. “Culo en silla”, como me dice siempre mi maestra Andrea Gallegos.
Han pasado tres años y ya no doy más clases en el Bachi. De todos modos, siempre me llegan las novedades a través de Diana, mi compañera (su “profe” de organización comunitaria). Espero que Malena (la hija que esperamos y que nacerá en marzo del próximo año, cuando ustedes ya no estén en el aula y, en su lugar, haya otros nuevos), decía, espero que nuestra hija crezca en un país, en un mundo menos egoísta, menos mezquino, más justo, más solidario, más libre. En fin, en un mundo más parecido al que fuimos gestando estos años en el Bachi.
Disculpen la extensión, pero las emociones fuertes es difícil expresarlas en pocas líneas. Un abrazo para todas, para todos. Y no olviden las palabras de Roberto Arlt, ese que vimos en las clases de Lengua y Literatura de primer año (ese que a muchos, ya lo sé, no les gustó nada). Arlt decía, no sé si recuerdan: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo... El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes”. El título que tienen entre manos es también parte de esa prepotencia de trabajo... y de estudio. ¡Ustedes se lo ganaron! ¡Felicitaciones!

Valentiín Alsina, 3 de dciembre de 2010

martes, 30 de noviembre de 2010

El Gran Turco y La Otra Argentina

La Villa es una novela del literato César Aira, editada por EMECÉ a mediados de 2001, aunque el autor fecha el texto tres años antes. De hecho, esas son las últimas marcas de la tinta negra sobre el blanco papel: “29 de julio de 1999”. Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros es un texto de non fiction del periodista Cristian Alarcón, editado por NORMA a mediados de 2003. Entre santos, cumbias y piquetes. Las culturas populares en la Argentina reciente, es una compilación de una docena de ensayos, coordinados e introducidos por Daniel Míguez y Pablo Semán –ambos doctores en antropología– editada por BIBLOS a fines de 2006. Quisiera detenerme en estos tres libros, editados en tres momentos distintos de la Argentina, pero que sin embargo abordan un mismo período y desde una visión bastante similar. Si quieren, un detenerse en estos textos a modo de reseña, de comentario; aunque no tanto…
 Radiografía la patria menemista

“El siglo XVIII aun no comprendía, en la misma medida en que lo comprendió el siglo XIX, la identidad existente entre riqueza nacional y pobreza popular”.
Karl Marx, El capital (tomo I, vol. 3)

“Cuando sale del trabajo, Homero viene pensando/ que al bajar del colectivo, esquivará algunos autos/ cruzará la avenida, se meterá en el barrio/ pasará dando saludos y monedas a unos vagos/ Dobla en el primer pasillo y ve que va llegando…”
Viejas locas, Homero.


I


En los últimos años, diversos registros abordaron la cuestión de la marginalidad, la pobreza y pauperización de los trabajadores en nuestro país y, de la mano de este proceso socio-económico y político, los cambios que acontecieron en la cultura de “los de abajo”. No cabe duda que dentro de la clase que vive del trabajo –para usar un término del brasilero Ricardo Antúnez– el sector más golpeado por la implementación del modelo neoliberal ha sido aquél que habita en las periferias de los grandes centros urbanos. Todos aquellos, todas aquellas que, mientras sus pares explotados paraban la olla a costa de un trabajo cada vez más precarizado, que les insumía cada vez más horas de sus vidas, ellos, ellas –decía– se vieron empujados a situaciones de pobreza extrema. A ese abismo que algunos cientistas sociales han llamado la descomposición del tejido social; la ruptura de los lazos. Aunque muchas veces parezca lo contrario, algunas vertientes de las ciencias sociales, el periodismo y la literatura han dado cuenta de este proceso.

Unos de esos textos ha sido el de Alarcón, que logra combinar lo mejor de la crónica periodística con lo mejor de la tradición abierta por Truman Capota al publicar A sangre fría, allá por fines de los 50.

Conurbano norte, a unas 15 cuadras de la estación de San Fernando. Víctor Manuel Vital, “El Frente”, un pibe chorro de 17 años es fusilado por un cabo de la policía bonaerense cuando se está entregando para conservar su vida. Alarcón se mete en La San Fernando, La 25 de mayo y La Esperanza para reconstruir aquel asesinato del 6 de febrero de 1999. Pero al hacerlo, retrocede algunos años, en los cuales da cuenta del tránsito de los ladrones a los bardos. Se mete en las villas, con sus pibes chorros, sus tranzas y sus buches. Sus historias de presos, sus modos de sobrevivencia, sus creencias, sus festejos y sus desgracias. Mientras en la ciudad proliferan los hipermercados y las casas de electrodomésticos, en las barridas se multiplican los kiosquitos que venden de todo (incluido, por supuesto, los sanguches de mila completa), y los remises. Hay símbolos sociales muy explícitos de este proceso: realitys como Gran Hermano y programas como Video Match, por citar sólo ejemplos de la T.V.

Hay tres figuras fuertes –además de la central del Frente Vital– que Alarcón hace aparecer en su relato y que quisiera rescatar: la de La abuela, la Mai ubanda, a través de quien habla (en Portugués) el espíritu de una “Africana”; la de El Sapo, uno de esos dealer, a través de quienes las drogas llegaron a la villa (los porros y la merca, pero también las pastillas, las Rohinol, las Rophi –como le dicen los pibes– con las que preparan “la jarra loca” mezclándolas con vino). El Sapo es presentado como uno de esos “ratas” que se ganan la plata quedándose en la villa, mientras los pibes salen a robar para darles de comer. Un “tranza”, que arregla con la policía, informándole muchas veces sobre los movimientos de los pibes chorros. Por último, la figura de Daniel, un joven cartonero que la impunidad de un país en el que proliferan los countries le arranca la vida. La historia de este adolescente de 14 años, seguramente, es la más desgarradora. Daniel es el menor de de cuatro “hermanos chorros”. Se dedica a hurgar la basura. Hurgar la basura. Una frase que también aparece en la novela de Aira: “la gente no se dedicaba a hurgar la basura por vocación, o mejor dicho: habría bastado un pequeño cambio socioeconómico para que esa misma gente hiciera otra cosa. ¡Pero resultaba que ahora hacían precisamente eso: hurgar en la basura!”.

La historia trágica de Daniel culmina cuando se asoma (“un segundo”), por la ventanilla del tren blanco (asignado sólo a cartoneros). Es ahí cuando una viga de hierro, de esas que la empresa coloca para que nadie, absolutamente nadie, ingrese a la estación sin pagar su boleto, le revienta la cabeza. Todos gritaron y golpearon el piso –cuenta Alarcón– para que el maquinista frenara. Pero no: el tren blanco –que ni freno de mano tiene– no para en San Isidro. Tren que estaba hecho –según se describe en el libro– “para los privados de todo derecho. El vagón en el que viajan pagando sin excepción cada uno su boleto es un desperdicio de los viejos trenes al que se le quitaron los asientos para convertirlo en un depósito de los indeseables que de otra manera molestarían con sus carros a cuesta a los pasajeros. Sin vidrios en las ventanas, sin luz, los vagones funcionan, al decir de los maquinistas, fuera de toda legalidad”. Cuando llegaron a San Fernando pidieron una ambulancia… que tardó 20 minutos en llegar.

Alarcón remata: “El único de los hijos de Matilde que no había pisado el camino del delito agonizaba por culpa de un golpe de la misma exclusión que había provocado todas las balas de las que se salvaron sus hermanos”.

Es la situación de los nuevos pobres de la Argentina. La contracara de la opulencia de los nuevos ricos, los que comen piza y la acompañan con champagne. La historia de los indigentes, aquellos que ya ni siquiera califican para pobres, que ya ni siquiera son mano de obra barata para la explotación del capital. De allí que Aira sostenga: “¿Qué pobres? Señor, ésa es una palabra antigua. Antes había pobres y ricos. Ahora ese mundo desapareció, y los pobres se quedaron sin mundo. Por eso mis patronas dicen: ya no hay pobres… Ya no existe el viejo mundo de las recompensas y los castigos. Ahora es cuestión de vivir nada más. No importa cómo”.

II


En ese trajinar de changas, cirujéo, cartoneo, delito y esperar-a ver-que-pasa, se va tejiendo una de las transformaciones más radicales en la dinámica cotidiana de los de abajo. Junto con el cambio en la estructura económica, en las instituciones políticas, también van a operarse una mutación en el proceso cultural. De los de arriba y de los de abajo. Es estos últimos van a detenerse los ensayos compilados por Míguez y Semán, quienes sostienen que no hay por qué describir la producción simbólica de los subalternos con las categorías de las clases dominantes. De allí que los trabajos de una docena de autores busquen dar cuenta de la significación, para los sectores populares, de los nuevos fenómenos que van emergiendo: la cumbia villera; el rock chabón; las identidades futbolísticas, carcelarias y delictivas; la santificación popular como el caso Gilda; la crisis de la familia tradicional y de la división sexual del trabajo a partir de la desocupación masiva y el nuevo rol que ocupa la mujer en la lucha por la subsistencia; la emergencia de los comedores comunitarios y las luchas del movimiento piquetero; el clientelismo y el surgimiento de legítimos liderazgos populares que cuestionan la lógica clientelar; la pérdida de hegemonía del catolicismo y la proliferación de múltiples “instituciones” como la Iglesia Evangelista, la Universal y tantas otras más; la diversificación de las ONG que buscan aplicar medidas focalizadas para la crisis, entre otros tantos temas que han aparecido como rasgos distintivos de este nuevo ciclo histórico.

Proceso en el cual se buscan, muchas veces, soluciones del tipo “baja en la edad de imputabilidad”, sin reparar en que estos problemas estructurales no pueden paliarse con medidas que profundicen la brecha ya no entre quienes tiene y quienes no tienen, sino entre quienes tiene muy poco y quienes ya no tienen nada. Ciclo histórico que golpea no sólo en las condiciones materiales de existencia, sino también en las representaciones simbólicas. Porque el hambre genera desnutrición, enfermedades de distinto tipo, resta fuerza biológica a la sociedad –según ha destacado la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar en su artículo “Las formas de la realidad”-, pero “la representación de la pauperización con la cual miles de seres humanos buscan comida en bolsas de basura a las puertas de supermercados vallados repletos de alimentos genera desesperación o desesperanza, dolor o furia homicida”. Esa furia que a veces se expresa en revuelta y ación colectiva; y otras veces, en degradación de los lazos sociales.

En fin, de este ciclo histórico neoliberal no han estado ausentes ciertas expresiones de la cultura. Por suerte, no todo ha sido producción-basura, como tantas y tan malintencionadas veces se pretende presentar el período. Como alguna vez expresó Michel Foucault, donde hay poder, hay resistencia. También aquí, durante la argentina menemista, hubo resistencia cultural. Por supuesto, también hubo de la otra.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Reseña del libro de M.Lowy...

La teoría de la revolución en el joven Marx- Michael Löwy
Herramienta ediciones- Editorial El Colectivo. Buenos Aires, agosto de 2010.
Por Mariano Pacheco para Revista Sudestada


Reeditado recientemente en Argentina (nuevamente, en realidad, ya que había sido reeditado en 1997), este libro publicado inicialmente en 1970 tiene la gran virtud de intervenir ahora en un contexto de debate de ideas a nivel mundial bastante distinto al de hace una década y media. Si entonces los apologistas del capital decretaban (otra vez, como a principios del siglo XX), la “muerte del marxismo” (y con él, la muerte de la historia, de la luchas de clases), por estos días -tras una descomunal crisis financiera internacional-, las ideas subversivas, los planteos revolucionarios de Karl Marx cobran un nuevo impulso. Impulso que, sin dejar de sostener la invariable comunista (la autoemancipación de las mujeres y hombres que viven del trabajo), no mira para el costado a la hora de revisar las apuestas y experiencias de décadas anteriores, que condujeron, entre otras cosas, al stalinismo.
De allí que el aporte de Löwy sea fundamental para continuar revisitando los planteamientos centrales de Marx a la luz de las luchas y los procesos de organización que los de abajo se vienen dando en distintos lugares del mundo en la actualidad (sobre todo en Nuestra América), donde la idea de socialismo se ha reinstalado nuevamente entre amplios sectores de nuestros pueblos. Enrolado en el legado comunero, que pone el foco en el proceso de autoorganización de la clase en sus luchas, el autor se inscribe, asimismo, en el legado abierto por el capítulo 6 inédito del tomo I de El capital. Ese que “suelda” el joven y el maduro Marx; el que sostiene que el modo de producción capitalista no es sólo producción de mercancías, sino fundamentalmente producción de plusvalor. Afirmación que conduce al corazón mismo de la teoría marxista de la revolución comunista: no es posible modificar o “reformar” el sistema. Desde esta perspectiva y tal como remarca el propio autor en la introducción a la edición inglesa: “la teoría de la revolución del joven Marx sigue siendo la mejor brújula para conocer el propio camino en el actual y confuso panorama histórico”.

martes, 19 de octubre de 2010

Wong Kar Wai y Manuel Puig


Publicada en Revista Sudestada, octubre de 2010
Cruces entre literatura argentina y cine oriental


“Para cambiar nuestra sociedad, lo que funciona mucho más [que el cine] es gente que sabe hablar; los grandes oradores o los rifles...”
Werner Herzog

¿Qué pueden tener en común, un narrador argentino como Manuel Puig y un cineasta chino como Wong Kar Wai? Más allá de que ambos eran homosexuales, a primera vista, parecen no tener nada que los una. Y sin embargo, los une una pasión cruzada: Puig solía mostrar su “videoteca” cuando le preguntaban que leía; y Wong Kar Wai supo declarar, ante la pregunta por sus influencias cinematográficas, que Puig fue uno de sus principales referentes en cuanto a fuentes de inspiración narrativa. Un breve recorrido por dos creadores un poco incomprendidos por la izquierda y, seguramente también, un poco injustamente tildados de esteticistas.
Con ánimo de amar (2000) y 2046, los secretos del amor (2004) son los dos films que llevaron a que Wong Kar Wai lograra un reconocimiento a nivel internacional. Alguna vez, el Cine Club Eco que se encuentra sobre la calle Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires, proyectó un ciclo con toda su obra. Actualmente, algunas de sus películas pueden conseguirse en los videos club y, por supuesto, buscando en internet, ¡todo se encuentra!
Cuando debutó en la televisión local, a los 19 años, seguramente no imaginó que rápidamente se convertiría en asistente de producción. Mucho menos que sería, a la brevedad, guionista de películas y series televisadas.
Su ópera prima, Wong gok ka moon (As Tears Go By o El fluir de las lágrimas), es de 1988. Le siguieron Dung che sai duk (Ashes of Time o Cenizas del tiempo), y Chungking express en 1994; A-Fei Zhengchuan (Days of Being Wild o Días salvajes), y Duo luo tian shi (Fallen Angels o Ángeles caídos), en 1997.
Wong Kar-Wai nació en Shanghai, en 1958. En 1964 se mudó con sus padres de la China Comunista hacia Hong-Kong. Tenía cinco años y el dialecto que se hablaba en su nueva morada era diferente al que él conocía. Se le hizo difícil hacer amigos. Quizás por eso pasaba las tardes en el cine, junto a su madre. Este dato, aparentemente anecdótico, es sin embargo fundamental para su futura estética cinematográfica. También era común que el niño Wong acompañara a su madre por los bares de la ciudad, donde escuchaban música latina. “Cuando era niño –recordará años mas tarde– no sabía qué era un bolero, pero ya entonces me fascinaba. Yo los encontraba divertidos, y el ritmo me gustaba mucho. La música latina es muy creativa...”.
Años mas tarde, muchos de sus personajes que optarán por la soledad y el aislamiento, serán acompañados por boleros como música de fondo. Esto no tiene, sin embargo, que hacernos creer que su mirada sobre el hombre es pesimista. “Es verdad que mis personajes están terriblemente solos, pero quieren dejar de estarlo. Buscan desesperadamente algo: lo malo es que lo que buscan ya pasó. Ahí surge la nostalgia, la culpa y el dolor...”. Lo que en el fondo le preocupa a Wong son los sentimientos del Hombre. “Nosotros queremos saber qué les ocurre a esas personas que no se encuentran nunca...”. Por eso, ver una película de Wong Kar Wai es una experiencia que nos traslada a una apertura de la sensibilidad, tanto estética como visual. En su cine no hay grandes historias, ni un desarrollo complicado de argumentos. No es que desprecie los relatos: de hecho trabajó como escritor durante diez años. Pero, según él mismo ha declarado, “la historia es una parte de la película, pero una película no es solamente una historia”. Por eso sus guiones son apenas borradores. Filma y filma, y después, recorta, y ahí ve que es lo que queda.
En su universo, todo está teñido por la nostalgia de la temporalidad, del transcurso del tiempo donde el presente se plantea como algo perecedero. Es como si el quiénes hemos sido, quiénes somos y seremos, se planteara como una constante, una suerte de metafísica del tiempo que se escurre. Por eso, quizás, es que pueda parecernos que estamos siempre frente a la misma historia. De hecho, en varias películas, existe una continuidad, a través de personajes que se repiten. Aunque la conjugación de música, colores y planos es, seguramente, el lugar donde reside su mayor fuerza. En cuanto a la música, Wong dirá que la manera de utilizarla en sus películas es muy impresionista; que cada capítulo o cada historia tienen su propia banda sonora y que cuando escribe, tiene la música en la cabeza. La introducción de música latina (el bolero), y la preeminencia de colores según el film, será una de sus marcas personales. Si en Días salvajes prima el verde, en 2046 y Con ánimo de amar el color predominante será el rojo.
Uno de los últimos film en esta línea fue Eros (2004, protagonizado por Chang Chen y Gong Li), un corto difundido junto con otros de Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh. En 2008, las pantallas de Buenos Aires proyectaron My blueberry nights (El sabor de la noche), una excepción dentro de su obra, por sus características claramente occidentales (es su debut en lengua inglesa y la historia transcurre en gran medida sobre la Ruta 66, en Estados Unidos), aunque es justo remarcar que mantiene algunos de sus históricos movimientos de velocidad (aceleramiento y desaceleramiento), un entone musical acompañando la historia (esta vez con blues, jazz y country), y una fotografía que no tiene nada que envidiar a sus anteriores obras.
De todos modos, su acercamiento más concreto a nuestra cultura (occidental) ha sido a través de Happy Together, Felices juntos, filmada en Buenos Aires en 1996, basada en una de las historias de Puig (The Buenos Aires Affair), uno de sus principales referentes narrativos, como ya se ha señalado.
Publicada en 1973 e inmediatamente censurada, la tercera novela de Puig fue a parar a la lista de libros prohibidos por el gobierno justicialista. Luego, y tras recibir varias amenazas telefónicas, emprende un extenso viaje por distintos países, desde los cuales va a continuar su producción: El beso de la mujer araña, en 1975 (la novela en donde un preso común le cuenta películas a un preso político); Pubis angelical, en 1979; Maldición eterna a quien lea estas páginas, en 1981. Ese mismo año y viviendo en Brasil, escribe su última novela: Cae la noche tropical. Luego de haber viajado por Estados Unidos, Brasil, Italia, entre otros sitios, se topa con la muerte en México, el 21 de julio de 1990.
Manuel Puig -nacido el 28 de diciembre de 1932 en el pueblo bonaerense de General Villegas- destacó alguna vez que, al igual que Won Kar Wai, solía acudir al cine, junto a su madre. El machismo –típico de la época, pero sobredimensionado en un pueblo como el que habita- se le presenta al niño Puig como una sofocante normalidad. De allí que sus por lo menos cuatro visitas semanales al cinematógrafo, aparezcan como lo otro al cotidiano, que estimula su imaginación. Ya de grande, si bien tuvo un paso por las facultades de Arquitectura y Filosofía y Letras, lo suyo, claramente, se fue perfilando para el lado de la narratividad cinematográfica. Que se haya destacado como escritor no contradice la frase precedente, ya que la narratividad Puig está teñida, entremezclada por el mundo cinematográfico. En 1968 aparece–producto de un guión fallido- su primera novela: La traición de Rita Hayworth. Continúa su producción, en 1969, con Boquitas pintadas (donde el género epistolar inunda las páginas), que lo llevará al reconocimiento internacional.
Novela rosa, psicoanálisis, radioteatro, folletín y cine, retazos a partir de los cuales Puig supo, contra viento y marea, hacerse un lugar en la historia de nuestra literatura nacional, e internacional. Tanto, que ha llegado hasta la otra punta del planeta. Hasta las lejanas tierras del cineasta Won Kar Wai, quien supo declarar: “El escritor argentino Manuel Puig inspiró mi forma de contar”.