martes, 8 de febrero de 2011

Gilles Deleuze y Félix Guattari: Insumos para construir un pensamiento insumiso

Micropolíticas (*)
POR: Mariano Pacheco
Antimodelos imperceptibles. Micropolíticas de la vida cotidiana. Movimiento creativo desde las bases. En fin: palabras en homenaje a Félix Guattari y Gilles Deleuze.
Inspirados en las reflexiones del antropólogo francés Pierre Clastres, en Las sociedades contra el Estado, Deleuze y Guattari trazan un legado con mujeres y hombres que concibieron su existencia por fuera de la lógica estatal. Son conocidas sus tesis de la meseta numero 12 de su segundo tomo de Capitalismo y esquizofrenia. Glosemos, de todos modos, algunas aristas de su “Tratado de nomadología: la máquina de guerra”. Allí, los autores de Anti Edipo, contraponen la máquina de guerra (MG) al aparato de Estado (AE). La primera, dicen, tiene otro origen: es previa a su derecho y exterior a su soberanía. Posee otra justicia. Potencia de la metamorfosis, multiplicidad pura y sin medida, la figura que eligen para condensar sus postulados es la de la manada. De otra especie y naturaleza, el nómade es la figura del devenir por excelencia. No porque se desplace geográficamente (y esto es importante remarcarlo), sino porque abre otros trayectos, otros recorridos imprevistos, imperceptibles, a su vez, para las anteojeras del Estado. En este sentido, el recorrido del nómade es más parecido al de una guerrilla que al de un ejército regular. Huir, sí, “pero mientras se huye, tomar un arma” (Deleuze-Parnet, 2004; p. 154). Huir, que no es lo mismo que escapar. Atacar, siempre, al poder. Destruir lo dado para crear algo nuevo.
También apelan, Deleuze y Guattari, a la contraposición de los juegos de Go y de Ajedrez. Dos nuevos ejemplos de AE y MG. El ajedrez como juego de Estado, con sus piezas cualificadas (el peón siempre es peón; el caballo, caballo; y el alfil, siempre es alfil...), sus piezas codificadas, con propiedades intrínsecas de las que se derivan sus movimientos, posiciones y enfrentamientos. El Go, en cambio, se caracteriza por la tercera persona, la función anónima y colectiva de fichas que son siempre bolas situadas. “El ajedrez es claramente una guerra, pero una guerra institucionalizada, regulada, codificada, con un frente, una retaguardia, batallas. Lo propio del go, por el contrario, es una guerra sin línea de combate, sin enfrentamiento y retaguardia... Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo” (Deleuze y Guattari: 2007; p. 361).
Conjurar los equivalentes del AE en los colectivos militantes; esa es una enseñanza importante que podemos tomar de estas reflexiones. Porque no se trata (solamente), de evitar que en un futuro (de producirse) la revolución degenere. Se trata, también -y sobre-todo- de combatir hoy los dispositivos a través de las cuales un sector del movimiento se especializa al punto de constituirse en un aparato separado de sus pares (cuestión que no tiene por qué implicar negar las mediaciones: ¡los nómades tenían jefes –insisten– pero eran más parecidos a un líder o una estrella de cine que a un hombre de poder!).
Conjurar, entonces, las formas cotidianas de clasificación, de jerarquización, de promoción de la división entre trabajo intelectual y manual; o dicho en otras palabras: de las lógicas que profundizan la diferencia entre gobernantes y gobernados.
Conjurar (sostienen en otra meseta -titulada “Micropolítica y segmentaridad”-), los microfascismos que cada uno de nosotros lleva adentro. “Las organizaciones de izquierda no son las últimas en segregar sus microfascismos. Es muy fácil ser antifascista al nivel molar, sin ver al fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta, mima, con moléculas personales y colectivas” (Ibídem; p. 219).
En fin: gestar dinámicas performativas, imperceptibles desde el punto de vista de la macropolítica estatal; partiendo de la realidad y no de un modelo ideal a alcanzar. Saber diferenciar las apuestas propias de las lógicas de la coyuntura, interviniendo, sí, no diciendo: “tenemos otros tiempos a los de la coyuntura”; no quedándose en la pura micropolítica, como quien se queda regando sus flores en un pequeño jardín.
Por todo esto, es que podemos considerar a la máquina de guerra, al Movimiento, como perverso y polimorfo, ya que no se remite a una única norma ni a una forma fija y premoldeada: de allí que sea más que un modelo un antimodelo, que apuesta por la experiencia creativa. En este sentido (tal como el subcomandante Marcos dijo alguna vez, refiriéndose a los zapatistas y a otras experiencias que han surgido en los últimos años en distintos lugares del mundo), nuestras experiencias –que alguna vez fueron denominadas como movimiento de movimientos– son un síntoma (1) de rebelión del nuevo milenio.

Notas
1) Restituyendo este concepto a la narratividad específica a la cual pertenece (el psicoanálisis), podríamos pensar nuestras experiencias de modo similar a cómo Freud pensó el inconsciente en relación con la razón. Como el yo en relación con el ello, el capital surge del trabajo. De su explotación. El retorno de la rebelión del trabajo explotado como síntoma de un trauma. Como la máquina de guerra deleuziana, el inconsciente freudiano funciona con otra lógica que la de la conciencia (aunque en rigor, no sea una lógica). No se parece a la realidad: constituye otra realidad (con otra dinámica). Así son nuestras experiencias. Tal vez un tanto monstruosas desde el punto de vista de la razón del capital.

(*) La Nueva Izquierda Autónoma y el Socialismo desde Abajo. Notas para un debate sobre nuestras prácticas y los desafíos por venir, trabajo preparado para Socialismo desde abajo, libro editado por El Colectivo, que reune ensayos con enfoques de distintos autores (de próxima aparición).

domingo, 9 de enero de 2011

MONTONEROS SILVESTRES- Folletín digital


(PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL) 


POR: Mariano Pacheco

Capítulo 1-         Octubre 77: Este 17 Montoneros vence 

Segunda entrega: "Beto"


"Una semana antes del 17 de octubre los Montoneros silvestres de la zona sur del conurbano bonaerense lanzan una campaña de agitación y propaganda con la consigna: “Este 17 Montoneros vence”. Pintadas, volanteadas, carteles, todo lo que encuentran a su alcance, bastante limitado en el momento. Debido a su marcada presencia, el ejército había ido a instalarse en la zona por aquellos días"...
 Relato completo en: 
www.montonerossilvestres.blogspot.com

viernes, 7 de enero de 2011

Lecturas de fin de semana

Apología del ensayo
POR: Mariano Pacheco

 “El arte del ensayo es un modo esporádico de la práctica filosófica. Su ejercicio es transdisciplinario y de un género mestizo de escritura. Incluye, además, al que lo practica, en cuanto delega en un sustantivo y un verbo una subjetividad que habla desde una posición. El ensayo no es una teoría porque no es explicativo sino mostrativo. No es una teoría porque tampoco es un cuerpo organizado sino desmembrado. El ensayo se ofrece con un estilo de escritura, porque el estilo es lo que devela la opacidad del lenguaje. Y tiene una voluntad de verdad pero de una verdad contingente, conjetural, ocasional”.
Tomás Abraham, El último oficio de Nietzsche


Sobre duelos y duelistas

“... si se puede decir que en todo ensayo que se precie de tal hay una política, en el sentido amplio de que el ensayo puede ser pensado como un campo de batalla en el que se juega el conflicto de las miradas que se echan sobre la cultura”.
Eduardo Grüner, Un género culpable.

¿Investigar los movimientos sociales desde los propios movimientos? ¿Gestar una práctica de conocimiento situado, que parta de las propias experiencias a investigar, de las cuales el propio investigador participa como un militante? Para gran parte de las corrientes académicas actuales de nuestro país eso suena, como mínimo, inactual.
Me pregunto, en primer lugar, si la literatura –o más bien, si quienes nos dedicamos a la literatura– puede realizar algún aporte a la construcción de un conocimiento que surja y se proyecte desde el interior de las experiencias que pugnan por gestar prácticas de emancipación. Quizás la respuesta pueda ser afirmativa, si partimos desde un espacio textual que no pretenda objetivizar las prácticas de otros, sino que apueste por co-construir algunas preguntas y ensayar algunas hipótesis a modo de provisorias respuestas. Ensayemos entonces...
El ensayo. ¿Un género? En caso de serlo: un género de batalla. Aun con su propio estatuto dentro del sistema literario. Los ensayistas como duelistas. O como partisanos.
Duelistas fueron Benjamín y Sartre, Gramsci y Foulcault, Mariátegui y Guevara, Sarmiento y Echeverría... Por supuesto, también Nietzsche, Freud y Marx: el trío infernal. La página entera podría llenarse haciendo una lista con ellos. Pero eso no interesa ahora. Intentaré hacer, eso sí, un breve recorrido –tal vez a modo de glosa– por alguna de estas estaciones del pensamiento. Ya veremos bien por cuales. Ya veremos desde donde. Siempre –conviene aclararlo de entrada– rescatando su costado ensayístico.
Porque el ensayo, en principio (por principios), calza con nuestros propósitos y preferencias (nuestros deseos).
Porque el ensayo es una práctica que se propone conjurar –cuando no enfrentar de manera directa– el “terrorismo académico”. La escritura (del ensayo), es una práctica que, de alguna manera, se propone actualizar (mediante su lectura), los recorridos de lecturas que hemos emprendido en distintos momentos, urgidos por distintas preocupaciones, atravesados por distintos deseos y diferentes coyunturas. ¿Qué otra cosa es el ensayo, sino una conversación entre lectores? Gestar nuevas conversaciones, con nuevos lectores, entonces, es uno de los propósitos de la ensayística. O para decirlo con las palabras de Malraux (mediadas por la lectura y la escritura de Grüner), el derrame sobre el mundo de las reflexiones que provocan las lecturas, no es otra cosa que el pasaje del tratado al ensayo, de la ciencia a la conversación.
Conversaciones cargadas de interrogantes. Porque sí, es cierto, somos una generación que se caracteriza por la incertidumbre. Sin embargo, hay algo de lo que estamos seguros: no estamos dispuestos a celebrar lo dado. En ese sentido –lo admito– nos declaramos culpables: de una lectura situada, que busca pensar desde las luchas de la periferia latinoamericana (situada, aunque no estancada; nuestras luchas locales y regionales buscan ligarse todo el tiempo, entre sí, pero también, cada lucha nacional y continental, con la internacional. Eso sí: sin tutelas teóricas eurocentristas).
Porque entendemos que la puesta en cuestión de la división tajante entre trabajo intelectual y trabajo manual no puede quedar a la espera de la transformación radical de la sociedad –porque es la división fundamental que establece el capital y sobre la que se erige la separación entre gobernantes y gobernados– gran parte de nuestros esfuerzos van en el sentido de gestar prácticas performativas que repiensen y pongan en cuestión la supuesta naturalidad de dicha relación.
Porque creemos que los intelectuales no somos otra cosa que trabajadores de la cultura y, como tales, muchos de nosotros, activistas, militantes (no pensadores de las luchas de otros, sino luchadores: políticos, sindicales, intelectuales... culturales...). En ese sentido, la ensayística es un tipo de escritura mucho más afín a nuestros propósitos. Por su impureza, mezcla, dislocamiento; escritura apasionada, desestabilizadora, anticlasificatoria. Por todo esto es que hago (hacemos) esta reivindicación apologética del ensayo.


lunes, 3 de enero de 2011

Folletín digital

MONTONEROS SILVESTRES
Historias de resistencia a la dictadura militar en la Zona Sur del Conurbano

Por: Mariano Pacheco

PRIMERA PARTE: Del golpe al mundial

I-         Octubre 77: Este 17 Montoneros vence

Primera entrega: Marcela y Ramón
LUNES 3 DE ENERO DE 2011: www.montonerossilvestres.blogspot.com

lunes, 27 de diciembre de 2010

Poesias de un compañero platense

Porque el Sur todavía duele
Por: Marco Teruggi




I

Soy hija de piqueteros…

la bolsa se abre y se cierra

el tren grita

el pegamento inunda la mente.



Lo que hace mal es el hambre

lo que hace mal son los despidos en Terrabusi…

El plástico,

acompaña la mano que junta a duras penas

la realidad.



El tren.

El vacío.



Dialogo atormentado de jaleo y recuerdo,

teatro de sombras sobre ojos dolidos.



Como quema el Sur

las gargantas negadas que se consumen en cada respiro.





Seco mis lunas rojas y negras,

la sudestada asoma en esta mañana

el río que cuida los muertos

baila majestuoso con el viento.

II

Desnuda, la ciudad de las diagonales se abre

en esta tarde de remolinos

la casa de los conejos

se viste de canciones.



Hoy es tu cumpleaños

hija de la guerrilla,



el micrófono llora palabras

las paredes, desde su Resistencia

observan silenciosas

aquel coro de miradas

que enfrenta a los Dioses del olvido.



El frío baila en los círculos de los disparos

la imprenta ya no sueña que Evita es montonera

el auto clandestino carga una rosa cansada

el limonero

regala sus frutos.



Una carta interrumpe el invierno

habla de tu madre

comandante de derrotas sin naufragios

que se sienta y acaricia de colores

mis lunas marchitas.

III


Su sonrisa partida se ilusiona

la noche brilla y las historias de desalojos llegan a su fin,

prende otro cigarrillo,

las casas estarán listas dentro de pocos meses.



Recuerda, la toma, las asambleas, la placita

hasta aquel día en que leyeron la orden

y el limón entre los dientes

el choque, los gases, las corridas.



Recuerda, lleva en sus ojos la casilla del arroyo contaminado,

las humillaciones de la policía, los hijos atrapados.





Levanta la mirada,

pronuncia la palabra Digna,

su boca se puebla de luz

un suspiro de sangre se desliza por su mejilla.



Apaga el cigarrillo.

IV
Que Bellas se ven las estrellas

desde los Techos de Cartón.





El pañuelo reposa sobre la mesa

el cielo no sabe que pronto se tapará de humo

recogiendo las palabras de los vientres que no se rinden.



Y si mi voz desliza utopías

sabrán protegerlas las voces del río

recibirlas las calles subvertidas

cantarles el mañana.



Nuestro Sur ya no puede esperar

seremos

pájaros rojos al despertar.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A nueve años del 19 y 20 de diciembre

El 19/20 de diciembre y la Nueva Izquierda Autónoma en Argentina
Reflexiones en torno a la insurrección de 2001

POR: Mariano Pacheco para Prensa De Frente
(Diciembre de 2010)


Si es cierto, como alguna vez afirmó Martín Heidegger, que cada generación gesta su héroe, y si es cierto, asimismo, que las jornadas del 19/20 de diciembre de 2001 funcionan como símbolo insoslayable de lo que en otras oportunidades hemos denominado como Nueva Izquierda Autónoma, cabe preguntarnos, a casi una década de la rebelión, cuanto de aquellas apuestas ha quedado consolidado en experiencias organizativas; cuanto han avanzado estos procesos, cuánto han logrado disputar poder.
Hacernos estas preguntas implica, desde el vamos, reconocer que las huellas de diciembre de 2001 aun persisten en la actualidad, más allá de la reconstitución institucional del régimen y de un gobierno (producto de la rebelión), que viene promocionando una serie de medidas progresistas y que apela (fundamentalmente desde el plano retórico), a cierto imaginario de cambio de “modelo”. De todos modos no quisiera ocupar espacio hablando del kirchnerismo y sí insistir (contra lo que aun los kirchneristas más progresistas sostienen en la actualidad), en la productividad de la crisis. Claro, esto implica concebir la crisis no como mal a conjurar, sino en su positividad (en términos políticos y no en sus aspectos económicos, en las carencias materiales que implica en las condiciones de vida de las clases populares, claro está). La crisis como momento propicio para rever que hacemos, quienes somos, hacia donde vamos. No en vano se ha insistido (Sheldon Wolin a sido uno de ellos) en que los grandes enunciados de la filosofía política surgen de los momentos de crisis (contra ellas, insiste Wolin). También Eduardo Rinesi (Las máscaras de Jano. Notas sobre el drama de la historia) ha destacado que las crisis “son momentos enormemente productivos, de desentumecimiento, de desperezo, de apertura de la historia”. Como la crisis es el corazón intimo y el reto mayor del pensamiento político, no deberíamos apresurarnos a huir de ella, a querer dar cuenta de ella (desde un lugar externo), sino que el desafío es poder permanecer actuando y pensando en el interior mismo de la crisis.
En este sentido, las jornadas del 19/20 son de vital importancia, entre otras cosas, porque colocaron a la política misma en otro lugar. Es más, tal como señaló en su momento Raúl Cerdeiras, la insurrección permitió hacernos nuevamente la pregunta: “¿Qué es la política?” (Revista Acontecimiento, Nº 23, mayo de 2002). Entonces, si entendemos a la política como invención, como subversión de lo existente, o como “acción colectiva organizada por determinados principios, que aspira a desplegar las consecuencias de una nueva posibilidad que en la actualidad se encuentra reprimida por el orden dominante”, según sostuvo Alan Badiou (“La hipótesis comunista”, Revista Acontecimiento Nº 36-37, otoño de 2009), entonces, decía, la participación en el proceso electoral y la gestión del Estado –binomio por excelencia de la democracia formal– no pueden concebirse como momentos fundamentales de una política revolucionaria (que no es lo mismo que entender que nunca, allí, se ven plasmados momentos de las relaciones de fuerzas entre los proyectos –de clase– enfrentados en la sociedad). Claro que los matices de la gestión estatal pueden ser demasiado amplios. Nadie está negando la abismal diferencia que pueda existir, por ejemplo, entre una dictadura sangrienta que reprime y clausura cualquier tipo de derecho, y un gobierno progresista que promueva reformas que amplíen los derechos sociales y laborales, los derechos humanos en general. Pero no deja de ser gestión de lo existente, regido por la lógica dominante de la representación. Cuando esa lógica se quiebra, entonces, es que estamos a las puertas o transitando ya hacia otra cosa, hacia la subversión del orden existente.
Por supuesto: pensar desde la crisis implica concebir que el motor de los cambios está en el conflicto y que, precisamente porque es el conflicto el motor del cambio, no podemos saber, de antemano, cuales pueden llegar a ser los resultados. Por eso una política revolucionaria se asienta sobre las bases conceptuales de la contingencia, del carácter abierto de los procesos históricos.
En este sentido, diciembre de 2001 opera como símbolo generacional, porque fue allí el momento donde más claramente fue puesta en cuestión la legitimidad de las clases dominantes (luego del aplastamiento, a sangre y fuego, de las apuestas revolucionarias de los 60 y 70).
Que no se haya logrado, como en Bolivia o en Venezuela, expresar esos cambios en las correlaciones de fuerzas en el Estado, no quiere decir que debamos quitarle mérito a lo sucedido, sino tan sólo resaltar los límites (nuestros límites), no impugnando la experiencia sino proyectándola. Porque no caben dudas, si hablamos desde la inmanencia de las experiencias, que fueron aquellos días (semanas, meses) momentos de apertura a la impugnación del orden social, de sus clasificaciones y jerarquizaciones, de sus lenguajes. En fin, que hubo, durante ese período de aceleración temporal, política. Y queda claro, desde la perspectiva que se viene sosteniendo en estas líneas, que no hay propiamente política para decirlo nuevamente con las palabras de Rinesi sino “cuando ese carácter presuntamente inmutable y necesario del Orden es desnaturalizado, conmovido, puesto en cuestión” (Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquieavelo).
Momento de condensación, entonces, de una puesta en crisis, de un sacudón de la cosmovisión posdictatorial (entre otras cuestiones, las jornadas de diciembre de 2001 pusieron sobre la mesa, como una discusión actual y ya no sobre décadas anteriores, el tema de la violencia política de los de abajo. Debate que aun queda como cuenta pendiente, y que reaparece cada vez que las luchas populares avanzan y, con ellas, la represión estatal y paraestatal). Esa cosmovisión, decía, que venía insistiendo, una y otra vez, en que no se podía cuestionar el pacto de los consensos de la representación. Las “guerras sucias”, escribió Pilar Calveiro, fueron una batalla decisiva en el marco de la Guerra Fría y su victoria, lograda a base del terror, permitió la apertura incondicional de nuestra América, a la vez que la marcó en sus formas económicas, políticas y, lo que es más fuertes aún, en sus horizontes de pensamiento, “recortando” lo pensable de lo que definitivamente debía expulsarse de toda consideración (Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los 70).
Porque si desde 1983 la política funcionó cada vez más como conservación de lo existente, como espectáculo (reforzado por una predominancia cada vez mayor de la virtualidad televisiva), las jornadas de diciembre de 2001 recuperaron, nuevamente, un lugar central para la corporalidad en la  política, entendida como ejercicio de interpretación de la historia y transformación de la sociedad, quebrando así el “terror dictatorial” presente en los cuerpos y las subjetividades durante el período “democrático”. Sí, nos dice María Pía López, porque “hacer política luego de la dictadura es el ejercicio de la conservación, el intento de constituir los fenómenos sociales como datos irreversibles: si los desaparecidos son irreversibles, también lo son la concentración de poder –económico y social–, la violencia policial, la deuda externa” (Mutantes, trazos sobre los cuerpos).
 Insisto con el carácter simbólico de 2001 porque en ese período se condensan y se proyectan experiencias previas, tanto en el plano nacional como en el internacional (en Argentina, desde la pueblada de Cutral Có en 1996; en Nuestra América, desde la insurrección zapatista en enero de 1994; y en “el primer mundo”, desde las manifestaciones “antiglobalización”, sobre todo a partir de 1999, cuando se produce en Seattle la protesta contra la cumbre de la Organización Mundial de Comercio, la OMC). Son las resistencias del nuevo siglo, si tomamos la periodización “soviética” propuesta por el historiador Erik Hobsbawm, para quien el siglo XX culmina con la caída de los socialismos reales en 1989.
Por último, quisiera afirmar que el predominio de las (actuales) prácticas preformativas, por sobre las (futuras) instituciones (por no decir Estado, que trae más confusiones que aclaraciones) que deberíamos gestar para auto-regir el comportamiento social, no implica negar la necesidad de que el movimiento se solidifique. Implica, simplemente (y no por simple menos fundamental), afirmar su primacía ontológica (así como ontológicamente, el mundo que ya desde ahora vamos gestando, tiene una preponderancia por sobre el mundo que nos obstaculiza el impulso y obstruye nuestro flujo creativo. En este sentido, es un mundo que es preciso aniquilar –más que superar–, pero no es el fundamento a partir del cual definimos nuestro ser-hacer).
Y la afirmación de esta primacía tiene consecuencias políticas fundamentales. En este sentido, haciéndonos eco de las palabras de Louis Althusser, podemos decir que nunca jamás, por principio, el partido –decía él, nosotros diremos el movimiento– debe considerarse “Partido de gobierno”, por que su función es ser el instrumento número uno de la “destrucción” del Estado burgués. Aun apoyando o participando de un gobierno, insiste, debe estar fuera del Estado. Porque sin esa autonomía, no saldremos jamás del Estado burgués, por más “reformado” que este sea (“El marxismo como teoría ´finita´”).
En fin, hay política desde abajo, por el cambio social, cuando nuestra clase logra organizarse, librar batallas (¡y ganarlas!), conquistar mejores condiciones de vida, gestar otras formas de vínculos, otros valores y otra subjetividad; una institucionalidad propia, diferente a la hegemónica. Proyectar una política popular revolucionaria, que logre cambiar la correlación de fuerzas, entonces, es un desafío para los próximos años. Gestar un movimiento político de masas capaz de proyectar toda la experiencia acumulada en estos años a sectores cada vez más amplios del pueblo trabajador.
Otro país, y ya no el eterno retorno de lo mismo...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Para escuchar este fin de año

Corazón de Piel Afuera / Godino del cuarteto Cedrón

Desde hace algunos años, los seguidores de la larga trayectoria de Juan “Tata” Cedrón, tenemos la oportunidad de verlo más seguido: ya no como en los 90, cuando venía de vez en cuando, y nos apresurábamos a visitarlo en el Foro Gandhi de la calle Corrientes, sin saber cuando contaríamos con el privilegio nuevamente. Ahora lo sentimos más cerca, ya que tras largos años de exilio en Francia y de rumbear por distintos sitios del mundo (desde 1974), se ha radicado (en 2004) nuevamente en su querida ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, este cuarteto que ya lleva casi medio siglo de recorrido, nos ha sorprendido con nuevos discos: Frizón Frizón y Orejitas perfumadas (basado en la obra de teatro que realizaron con textos de Roberto Arlt). En este año bicentenario, vuelven al ruedo con un nuevo disco-doble. En el primero (Corazón de Piel Afuera), el Tata musicaliza 11 poemas de Miguel Angel Bustos y se despacha con un solo musical, también de su autoría. En el segundo, musicaliza 14 canciones de 9 autores: un anónimo, Pedro Atieza, Luis Alposta, Evaristo Carriego, Julio Huasi, Mario Clavell y su ya clásico poeta de cabecera, Raúl González Tuñón, a quien supo entrevistar en sus años de juventud.
Pionero como cantautor (desde sus magistrales presentaciones en el Café Concert “Gotán”, allá por el año 64-65), el Tata supo transitar entre los clásicos y la vanguardia. Desde Madruga, este cuarteto que comenzó siendo trío, no ha parado de musicalizar gran parte de la obra poética de Juan Gelman. Tal vez porque digan lo que digan –como escribió Francisco Urondo en la presentación de ese primer disco– nos conocen por el tango, nos recuerdan por el tango, somos tangueros, para bien o para mal. Tal vez por eso recomiendo este disco doble. Porque digan lo que digan –recuperando nuevamente las palabras de Paco– los tangos de Cedrón me parecen muy buenos. Y además, canta como un campeón.