martes, 5 de mayo de 2015

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)- Tercera parte

A propósito de la serie televisiva “Los siete locos y Los Lanzallamas”


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha)


 En esta tercera entrega, el autor continúa con un repaso y análisis de “Los siete locos” y “Los Lanzallamas”, segunda y tercera novela de Roberto Arlt adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública. 



Roberto Arlt, hay que decirlo, es un autor de la mezcla por excelencia. Y un escritor del “realismo metafísico”, según la clasificación –hoy canónica ya– de Oscar Masotta. De allí que Arlt se resista a la clasificación. “Demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo”, escribe Ricardo Piglia en un artículo publicado en 1973 en revista Los Libros (“Roberto Arlt: una crítica de la economía literaria”).
Por eso el autor de “Respiración artificial” insistirá en cierta lectura “económica” de su obra, aunque no economicista. Si para Arlt –siempre según Piglia– el origen de la riqueza siempre esconde un misterio, un crimen, el enriquecimiento (el mundo de los ricos, podríamos agregar), siempre, por principio, es ilegal. Por eso los ricos tienen algo demoníaco. De todos modos, es importante destacar que Arlt no va a optar, no va a tomar el punto de vista de la clase obrera o del pobrerío urbano. No. Va a situar su narración en un mundo intermedio (un mundo casi de ensoñación), que no es el de ninguna de las clases fundamentales de la sociedad capitalista. Es el mundo de los estafadores, los inventores, los falsificadores, los soñadores, los alquimistas que tratan de hacer dinero de la nada. Remata Piglia: “son los hombres de la magia capitalista, trabajan para sacar dinero de la imaginación”.
Por eso aquí no estamos ante una historia típicamente realista. Por ejemplo, ante una sociedad secreta, comunista o anarquista, que se organiza para realizar acciones que conduzcan al proletariado hacia la revolución social. No, el discurso de izquierda se mezcla con el del fascismo, el nietzscheanismo y otros discursos de la época, como el científico, el periodístico y el cinematográfico.
Tal como señaló Horacio González en su libro “Arlt, política y locura”, todos los lectores arltianos sabemos que la línea de continuidad entre una novela y otra se produce porque un libro termina con una pregunta y el otro comienza con su respuesta. Los 7 locos culmina con una pregunta de Erdosain: “¿Sabe que usted se parece a Lenin? Y Los Lanzallamas se inicia con la respuesta del Astrólogo: “Sí… pero Lenin sabía a dónde iba”.
Este no saber bien a dónde ir es lo que caracteriza este segmento de la narrativa arltiana. ¿Alguien sabe dónde ir en un mundo desquiciado como el de entonces? Parece que no, aunque muchos discursos intenten hacer de cuenta que no pasa demasiado, o que la Gran Guerra y la crisis del primer cuarto de siglo no han arrasado con muchos paradigmas. Arlt sí lo sabe y escribe sobre eso y no deja de dar cuenta de esa crisis.
Distribuida por la editorial Claridad el 30 de octubre de 1931, en esta segunda parte de la historia –como han señalado Mirta Arlt y Omar Borré– la obsesión de un Dios insoportablemente ausente se acentúa. Los ejes fundamentales, los temas presentados en Los 7 locos se extienden, se complementan y se saturan en Los lanzallamas. La búsqueda de felicidad, la desorientación ante la falta de explicaciones, la ausencia de salidas ante los interrogantes existenciales son la clave a partir de la cual podemos continuar entretejiendo nuestras aproximaciones interpretativas.
Repasando un poco. Se ha señalado ya que Erdosain es el prototipo del humillado: ha sido humillado por su padre y sus maestros cuando niño, por su mujer y sus patrones de adulto, y también, por Ergueta y Barsut, y hasta por algún que otro integrante de la sociedad secreta (sociedad que, recordemos, se le presentaba como una salida a la angustia, producto de todas esas humillaciones soportadas). Inventor fracasado, si le fue mal al robar, ahora sólo le queda el camino del crimen. Acción que tal vez pueda ofrecer una esperanza para su vida: que acontezca algo distinto, extraordinario. Algo que colme ese vacío que siente en su interior. El crimen, entonces, aparecerá como aquella acción que le permita cortar las amarras con la civilización.
Ahora bien, es fundamental dar cuenta que la idea del crimen se va entrelazando todo el tiempo con la del suicidio. Es que tal como ha señalado El Astrólogo, Erdosain “es un desdichado que goza con la humillación”. De allí que demore su suicidio, argumentando que es necesario sufrir más, romperse más. Porque el goce atraviesa tanto su sufrimiento como el de los demás. Erdosain, por ejemplo, contempla “inmensamente divertido” a la señora de la pensión en la que vive, mientras le dice que su hija de 14 años, “ligeramente bizca, precozmente desarrollada”, estaba con sus manos en un lugar poco adecuado para una señorita (en la bragueta de un hombre). “En la semioscuridad sonreía, disuelta su amargura, en un regocijo estupendo”, dice, mientras le ofrezca dinero a cambio de casarse con la muchachita.
Si se suicidara, todo terminaría de repente. Y su problema –según confiesa Erdosain– consiste en hundirse. “En hundirme dentro de un chiquero. ¿Por qué? No sé. Pero me atrae la suciedad. Créalo. Quisiera vivir una existencia sórdida, sucia, hasta decir basta”.
Es el Rufián quien comprende lúcidamente esta situación. Por eso le dice a Erdosain: “Si hay un criminal entre nosotros, un hombre que vaya a saber qué horrores cometió en su vida, es usted… cuando usted hablaba me dio un frio en la espalda. Fue el presentimiento; y tuve la impresión nítida: este hombre ha cometido algún crimen terrible. Esa necesidad de humillación de que habla no es nada más que remordimiento. Necesidad de hacerse perdonar por la conciencia algún acto espantoso del que no se puede olvidar. De otro modo no se explica…”.
Oscar Masotta (“Sexo y Traición en Roberto Arlt”), nuevamente, es quien ilumina estos pasajes con sus agudas reflexiones.
“Se trata de alguien que alguna vez ha cometido un crimen monstruoso. Pero nada se nos dice de ese crimen y el propio Arlt finge ante el lector que  nada sabe del pasado de su personaje. La humillación le viene a Erdosain de ese pasado oscuro y ahora él es un humillado”.
Por supuesto, cuando Erdosain intente defenderse ante el Rufian, diciendo que él no ha asesinado a nadie, el otro contestará: “No es necesario asesinar para cometer un crimen terrible. Cuando yo digo un crimen terrible, es un crimen que nadie sobre esta tierra puede perdonárselo”. Perspicaz, Haffner le dice a Erdosain que ni siquiera pegándose un tiro podría demostrar su inocencia, porque en tal caso, se leería ese suicidio como una comedia. “A pesar de haber muerto, era culpable de un crimen que no pudo confesar”.
En este sentido, podemos rescatar para terminar esta entrega las propias palabras de Erdosain, en diálogo con otro de los personajes, Luciana Espila:
“Yo vivo acosado por remordimientos… He cometido pecados atroces… No sé a quién le oí decir que en las Sagradas Escrituras se habla de un pecado que no se puede nombrar… Yo ya lo he cometido… pero no puedo nombrarlo, ¿me entedes? Desde entonces vivo acosado. Es como si me hubieran expulsado de la Existencia. Nadie, además, fíjate que castigo terrible, puede comprenderme… Decí si no es espantosamente ridículo llevar sobre las espaldas una tragedia que no se puede nombrar”.


sábado, 2 de mayo de 2015

Zéppelin Teatro: el grupo cordobés que llevó el peronismo a los escenarios

¿Qué veinte años no es nada?



Por Mariano Pacheco
(Agencia Paco Urondo)




Este viernes, Primero de Mayo, el grupo cordobés Zéppelin Teatro dará inicio a un ciclo –que se extenderán por tres meses– de reposición y reestreno de obras por sus 20 años de existencia. En “Argentina Hurra (Pensé que se trataba de cieguitos)” y “Operativo Pindapoy”, el colectivo de teatristas fundado y dirigido por Jorge Villegas realiza un novedoso recorrido por la historia del peronismo: en la primera obra, por el proceso que va desde el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, hasta su muerte en 1974, y en la segunda, por el emblemático episodio (mayo de 1970) que dará aparición pública a la organización Montoneros: el secuestro –y posterior ajusticiamiento– del dictador Pedro Eugenio Aramburu.


Locro y teatro
Tal vez no podían elegir mejor día para dar inicio a los festejos por sus 20 años de existencia. Es que para un grupo de “teatristas-activistas”, como ellos mismos se definen, el 1° de Mayo se presenta como una fecha emblemática. Así, la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores tendrá en Córdoba, este viernes, su momento de ligazón con la dramaturgia. El grupo Zéppelin Teatro realizará en la sala “La Parisina” (situada en la calle Neuquén 223, del barrio Alberdi de la capital provincial), una jornada por partida triple: a las 14 horas, reposición de su obra “Retrato de un hombre invisible” (que continuará todos los viernes de mayo a las 22 horas). Previamente, desde las 13, habrá unas empanadas con vino para los asistentes. Y luego de la función, el convite continuará con un locro, lecturas de poesías y guitarreada. “Retrato de un hombre invisible” retoma la emblemática y controvertida figura de Charlie Moore, el militante del Ejército Revolucionario del Pueblo que, promediando la década del 70 del siglo pasado, fue capturado por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y, luego de ser brutalmente torturado, fue convertido en asesor del aparato represivo argentino. 
Al día siguiente –sábado 2 de mayo– a las 22 horas, comienza por todo el mes la reposición de “Tosco” –la obra de Alejandro Finzi adaptada por Villegas– que está centrada en la madrugada del 22 de agosto de 1972 –la noche que culmina con la fuga de presos políticos y posterior “Masacre de Trelew”–, cuando el dirigente sindical cordobés se encuentra detenido en la cárcel de Rawson junto con combatientes de distintas organizaciones revolucionarias.


Peronismo en la resistencia
Durante el segundo mes de festejos, Zéppelin hará una reposición de dos obras en el teatro La Chacarita (Jacinto Ríos 1449, Barrio Pueyrredón). Durante todos los jueves y viernes de julio, desde las 21.30 horas, podrán verse, respectivamente, las obras “Argentina Hurra! (pensé que se trataba de cieguitos)” y “KyS” (Kosteki y Santillán).
En “Argentina Hurra!...”, gran parte de los componentes que son centrales en el período que se inicia con la resistencia peronista, y que se extienden hasta el retorno y posterior fallecimiento de Perón, son abordados críticamente sin concesiones por una dramaturgia que busca todo el tiempo salirse de los lugares comunes. El exilio de Perón; la radicalización de un sector de la clase obrera y los jóvenes de sectores medios; la lucha en Argentina por el retorno del líder exiliado; España, la bailarina nocturna y el policía dedicado al esoterismo; Puerta de Hierro y los caniches; el cadáver de Evita; el repliegue de la dictadura militar; las pasiones encendidas, alegrías y tristezas; la Masacre de Ezeiza (1973); la desilusión juvenil del 1° de Mayo de 1974… Una muñeca de Eva y una máscara de Perón. Un baile, un tango, “chorra”, esa canción.
Protagonizada por Matías Unsaín, Santiago San Paulo, Diego Trejo, Rubén Gattino y Laura Ledesma, con música de Cruz Zorrilla, la obra está centrada en las historias de violencia política, devenires de lealtades y traiciones que se producen al interior del peronismo en ese ciclo que va desde la instauración de la Revolución Libertadora a la instauración del accionar de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Esta tercera y última parte del “Proyecto Patria o Muerte” recibió varios reconocimientos. Entre otros, el jurado del festival Fondo Estímulo a la Actividad Teatral Cordobesa otorgó una mención especial para la actuación de Unsain, además de una consideración como “Mejor obra”, “Mejor dramaturgia” y “Mejor diseño en sonido”.
Por otra parte, el grupo viene de reponer, en el marco de la 30° Fiesta Nacional del Teatro (realizada en Salta en marzo pasado), su obra “Operativo Pindapoy”, donde desde un enfoque irónico, y a veces ácido, se recrea el secuestro-juicio-revolucionario-ejecución de Aramburu. Protagonizada por Unsaín, San Paulo y Gattino, la obra repone lúcidamente no solo el contexto histórico-político del momento de los hechos, sino también el social y cultural, así como el momento de producción de la obra. Junto con la conocida historia del “Aramburazo”, aparecen retazos del cuento “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh (sobre el devenir del secuestrado cadáver de Eva Perón), el trágico episodio conocido como “Detrás de la Puerta 12” (el superclásico futbolístico Boca-River de junio de 1968, donde numerosas personas pierden la vida) y elementos contemporáneos como la definición de “gorila” por parte de “Wikipedia”. “Operativo Pindapoy” presentada ya –entre otros sitios– en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA) y en el teatro Cervantes de Buenos Aires, recibió el premio a “Mejor dramaturgia”, “Mejor actor”  (Gattino) y “Mejor obra” por parte de la edición Córdoba 2013 del Premio Provincial del Teatro.
Con los festejos por sus 20 años de existencia Zépelin convida una serie de momentos estéticos que aportan a renovar –lejos del gesto nostálgico– el ejercicio de revisión del pasado reciente de la Argentina, en la búsqueda por no hacer del ayer un lugar muerto, ni del hoy una situación inmodificable, así como tampoco de sus obras un “entretenimiento” para “espectadores”. Momento estético, momento político. Zéppelin: un teatro entendido como asamblea.


Para infórmate sobre el resto del ciclo de obras y otras noticias del grupo:


miércoles, 29 de abril de 2015

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)- Segunda parte

A propósito de la serie televisiva 
“Los siete locos y Los lanzallamas”


Por Mariano Pacheco
(Publicado en el Portal de Noticias Marcha
miércoles 29 de abril de 2015)
  

En esta segunda entrega, el autor continúa con un repaso y análisis de “Los siete locos” y “Los Lanzallamas”, segunda y tercera novela de Roberto Arlt adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública. 


Se ha visto ya en la serie que emite la Televisión Pública desde la semana pasada. Y los lectores de Arlt también lo saben. A modo de repaso entonces, y de comentario para quienes no hayan tenido aun el placer de transitar la lectura de “Los siete locos” y “Los lanzallamas” –segunda y tercera novela de este ya clásico de la literatura argentina– retomamos el hilo de la nota publicada por Marcha el miércoles pasado.
En fin, estábamos en que –si bien con sentimientos enfrentados, puesto que Erdosain pensaba, por un lado, que el Astrólogo era un hombre de dinero, pero por otro lado, que podía ser un delegado bolchevique en el país– el protagonista de la novela se dirige hacia Constitución, para desde allí ir hasta Temperley a visitar al Astrólogo, y ver si él, finalmente, podía prestarle los 600 pesos.
Allí, entonces, en la zona sur del conurbano bonaerense, es el lugar en donde Remo se encuentra con el Astrólogo, quien se encuentra –a su vez– reunido con Arturo Hafnner (“El rufián melancólico” que explota prostitutas). A partir de ahí se teje la trama de la sociedad de los locos. Una sociedad que se erige en contrasociedad, en su intento por superar al hombre, de arrancarlo de la era del nihilismo.
El crimen será la condición de posibilidad de existencia en esa civilización en decadencia (“Erdosain quiere escaparse de la civilización”, podemos leer en Los lanzallamas). Esos tiempos en donde el dinero convierte a determinados hombres en dioses y a otros en monstruos. “Ser como dioses”. De allí que “matar a Barsut era una condición previa para existir, como lo es para otros el respirar aire puro”, escribe Arlt. Porque el crimen es lo que permite cortar las amarras con la civilización es que Erdosain siente que, al haber condenado a muerte a un hombre, ha encontrado por fin un objeto noble para su vida, un “sueño grande”.
Porque la civilización se les presenta, a los hombres y mujeres de la ciudad de Buenos Aires (la capital cosmopolita de América Latina), como un lugar al que odian, que les provoca angustia. Entre otras cosas, porque son personas que ya no pueden creer en nada. Viven en la era del nihilismo, en la cual ya no hay valores vinculantes. Por eso el Astrólogo dirá: “La humanidad, las multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los hombres van a decir: para qué queremos la vida…Nadie tendrá interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda fe”, insiste Arlt. Y luego agrega: “Créame, nosotros estamos viviendo en una época terrible… todos los hombres viven angustiados”.
Esa civilización, que se desarrolla en las grandes urbes, se presenta así como un círculo infernal. Habitada por esos hombres agonizantes con moral de esclavos. Aun los proletarios comunistas o anarquistas son un rebaño de cobardes, comenta Arlt. Por eso el “Buscador de oro” –otro de los persnajes- va a hablar de una “aristocracia natural” (a la que denominan “aristocracia bandida”), que desafíe la soledad, los peligros, la tristeza, el sol, lo infinito de la llanura. “Uno se siente otro hombre”. Y de allí que el proyecto del Astrólogo implique fundar colonias en las montañas, en donde puedan curarse las almas que enfermó la civilización. Porque las ciudades son los cánceres del mundo que  aniquilan al hombre, lo moldean cobarde, astuto, envidioso… De allí que el Astrólogo declare que, en nuestro siglo, los que no se encuentran bien en las ciudades que se vayan al desierto.
El desierto crece, dirá el filósofo Federico Nietzsche. Porque en el desierto han habitado, desde siempre, los veraces; los espíritus libres, los señores del desierto. Pero en las ciudades no, allí habitan los bien alimentados y los famosos sabios, los animales de tiro. En el pensamiento de Zaratustra, de todos modos, el presente del nihilismo –producto de la muerte de Dios– ofrece asimismo la posibilidad de gestar al superhombre. Pero solo podrán asumir ese desafío quienes enfrenten la terrible desolación. Porque muerto Dios, muerto también el hombre (el que permanecía de rodillas ante la divinidad). “¿Sabe que me gusta su símil del desierto?”, le dice Erdosain al Buscador de oro, quien le contesta: “Pero claro… para los descontentos e incómodos de las ciudades está la montaña, la llanura, la orilla de los grandes ríos”. Erdosain se siente cobarde, pero el Buscador de oro le aclara que no se puede ser valiente en la ciudad, que domestica al hombre, lo lleva a refrenar sus impulsos y lo acostumbra a ser un resignado.
¡Qué pasajes tan nietzscheanos! Veamos sino, brevemente, estas líneas de Así habló Zaratustra:
“¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande los ha colocado ahí como símbolo de sí misma! ¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlos en su caja! Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar de ahí varones?... ¡Todo se ha vuelto más pequeño! Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi especie puede pasar todavía por ellos sin duda, ¡pero tiene que agacharse!”.
Frente a toda esta pequeñez quiere rebelarse la contrasociedad de humillados del Astrólogo (“futuro en campo verde, no en ciudades de ladrillos”), Erdosain y el resto de la pandilla. Dejar atrás a ese hombre imbécil y darle paso al superhombre.
Aquí, en la narrativa arltiana, el superhombre aparece bajo la figura del Monstruo Inocente. Según palabras del Astrólogo, es a ellos a quienes toca inaugurar una nueva era. “¿Sabe? –dice a Erdosain–. Muchos llevamos un superhombre adentro. El superhombre es la voluntad en su máximo rendimiento, sobreponiéndose a todas las normas morales y ejecutando los actos más terribles, como un género de alegría ingenua… algo así como el inocente juego de la crueldad”.
También el mencionado tema de la muerte de dios aparece en algunos de esos magistrales diálogos que el Astrólogo mantiene con Erdosain. “Es que la gente bestia no comprende –continúa el Astrólogo–. Los han asesinado a los dioses. Pero día vendrá que bajo el cielo común correrán por caminos gritando: Lo queremos a Dios, lo necesitamos a Dios. ¡Qué bárbaros! Yo no me explico cómo lo han podido asesinar a Dios. Pero nosotros lo resucitaremos… inventaremos unos dioses hermosos… ¡y qué otra cosa será la vida entonces!”, puede leerse en esta saga de Arlt.
Como puede verse, las lecturas nietzscheanas, y del Zaratustra en particular, típicas en muchos escritores de la época, pueden leerse en las líneas y entrelíneas que componen esta novela.
Casi que podría decirse que toda esta secuencia narrativa –la de Los 7 locos y Los lanzallamas– puede leerse en esa clave. Hombres que hay que dejar atrás, con la superación de la sociedad. Sociedad que deberá perecer necesariamente por la violencia. Es por eso el Astrólogo le dice a Hipólita: “Lo sé. También el amor salvará a los hombres; pero no a estos hombres nuestros. Ahora hay que predicar el odio y el exterminio, la disolución y la violencia”.
¿Nietzscheanismo puro? ¡No! Nietzscheanismo mezclado con los discursos políticos de la época: anarquismo, fascismo, comunismo: una ensalada rusa.



miércoles, 22 de abril de 2015

A propósito de la serie televisiva “Los siete locos/Los Lanzallamas”

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en La Izquierda Diario 
y el Portal de Noticias Marcha
miércoles 22 de abril de 2015)


El autor nos introduce en el mundo de Roberto Arlt, a través de un repaso de su segunda y tercera novela, adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública.



Roberto Arlt, un escritor maldito en su tiempo, parece ser recuperado contra viento y marea de su propia historia. Esta mañana los lectores de diario Página/12 se toparán con la primera entrega de Los siete Locos-Los lanzallamas que, con prólogo de Guillermo Saccomanno y dibujos de Daniel Santoro, se podrán obtener junto con el diario todos los miércoles. Anoche, la Televisión Pública emitió el primer capítulo de Los siete locos, la serie televisiva que se emitirá de martes a viernes a las 22.30  horas. Adaptada por Ricardo Piglia, dirigida por Fernando Spiner y Ana Piterbarg, la serie cuenta con prestigiosos actores en el reparto: Pablo Cedrón. Carlos Belloso, Belén Blanco, Daniel Fanego, Diego Velázquez, Daniel Hendler, Marcelo Subiotto, Julieta Zylberberg, Fabio Alberti, Leonor Manso y Pompeyo Audivert


La secuencia que se abre con Los 7 locos y se cierra con Los lanzallamas es, seguramente, lo más logrado en la prolífica obra de Roberto Arlt. Es cierto que, de alguna manera, los temas centrales de estas dos novelas están esbozados ya en la primera, El juguete rabioso; así como también que el autor volverá sobre algunas temáticas en la siguiente (y su última novela), El amor brujo. Pero creo que es justo afirmar que es aquí en donde  se desarrolla con mayor plenitud.
¿De qué se trata esta historia? Fue el propio Arlt quien primero la comentó. En una de sus clásicas Aguafuertes (“Los 7 locos”, publicada en El Mundo el 27/11/1929), dijo:
“El plazo de acción de mi novela es reducido. Abarca tres días con sus tres noches, se mueven aproximadamente veinte personajes. De estos 20 personajes, siete son centrales (…) que culminan en un protagonista, Erdosain, verdadero nudo de la novela”.
Esta primera parte de la historia, entonces, se estructura a partir de tres días, en los cuales, uno de los personajes –el Astrólogo–, se propone organizar una sociedad secreta para revolucionar la sociedad. Ya veremos que esta logia es muy particular. O particularmente loca. Erdosain aparece como una pieza clave para ponerla en pie, ofreciendo la solución económica: propone secuestrar a un pariente suyo (que lo ha humillado) para obtener el dinero necesario con el cual comenzar a funcionar. Gregorio Barsut, el primo de Elsa, su mujer –asegura Erdosain– tiene una herencia de 20.000 pesos, de una tía por parte del padre, que murió en un manicomio.
Arlt construye sus ficciones con retazos que va recolectando de todos lados. Así, aquello que aparece a simple vista como una “locura imaginativa”, un “delirio”, es –sin embargo– extraído de las noticias periodísticas. La organización de una sociedad secreta en Estados Unidos, llamada La Orden del Gran Sello (con objetivos y dinámicas de funcionamiento similares a las que aparecen en la novela), fue noticia en distintos diarios por aquellos días,  según remarcó alguna vez el propio autor.
Erdosain llega al Astrólogo porque piensa que él, tal vez, podrá prestarle el dinero que en la empresa donde trabaja le reclaman, puesto que lo descubrieron robando. Como en su primera novela, la importancia del robo es central en la narrativa arltiana.
Bien, entonces, detengámonos un momento a ver qué ha sido lo que llevo a Erdosain a transformarse en un “estafador”, un “ladrón de 600 pesos”. De alguna manera, podríamos decir, la esperanza de que acontezca algo extraordinario en su vida, algo distinto, inesperado, ya que se consideraba vacío, “una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”. Inventor fracasado, al robar, Erdosain experimenta la alegría de un inventor. Casi como que se vio “obligado a robar”, dice. Convencido de que Barsut, por quien siente una profunda repulsión, ya que “amontonaba obscenidades sin nombre, por el sólo placer de ultrajar la sensibilidad del otro, convencido –decía– de que no iba a prestarle los 600 pesos, acude a “mangueárselos” al farmacéutico Erguera, el ex “gran pecador”, el que más conoce la biblia en Pico, un jugador preocupado profundamente por presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe, a los angustiados, “turros” fraudulentos (“rajá turrito… te pensás que porque leo la biblia soy un otario”, le dirá  Ergueta a Erdosain ante el mangazo).
Así como suele sostener la crítica que, desde Oscar Massota (Sexo y traición en Roberto Arlt) es prácticamente imposible no hacer referencia al tema de la traición, lo mismo sucede con la condición del “humillado”, en este caso de Erdosain (el exponente más alto de los humillados, según el introductor de Lacan en nuestro país). Desde un primer momento este tema aparece con fuerza: cuando se menciona que Gualdi (el contador de la empresa donde trabaja), lo ha humillado en distintas oportunidades, (“a pesar de ser un socialista”), hasta el apartado titulado “El humillado”, pasando por distintas menciones a lo largo de las dos secuencias de la historia. “Él era el fraudulento, el hombre de los botines rotos, de la corbata deshilachada, del traje lleno de manchas, que se gana la vida en la calle mientras la mujer enferma lava la ropa en la casa”. Él, Remo Erdosain, sería humillado por su mujer, que se va con otro hombre. Y antes, como ya se ha dicho, fue humillado por sus patrones, y por Ergueta, y por Barsut…
Pero antes –mucho antes aun: de casarse, de ingresar en el mundo del trabajo–, Erdosain había sido humillado en su propia casa, siendo niño, y también en el colegio. Por su padre, quien –según le contará al capitán que se va con su mujer– lo inició en ese “feroz trabajo de la humillación”. Tanto en las amenazas, como en los actos de violencia y sus efectos.
En cuanto a las amenazas, porque era su padre quien, cuando él tenía unos 10 años y cometía alguna falta, le decía: “mañana te pegaré”, y entonces, atormentado, “dormía mal, con un sueño de perro, despertándose a media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya era de día, más cuando la luna cortaba el barrote de la ventana, cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo”.
También en los actos, porque era su padre, igualmente, quien lo obligaba a arrodillarse, con un golpe en el hombro, haciéndole apoyar su pecho en el asiento de una silla, con su cabeza entre sus rodillas… (“crueles latigazos me cruzaban las nalgas”). Y cuando lo soltaba, corría llorando a su cuarto, con el alma hundida en las tinieblas (“Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea”).
Y luego de las amenazas y de los actos de violencia sobre su cuerpo, los efectos en su subjetividad. Porque él sabía que a la mayoría de sus compañeros de aula no les pasaba lo mismo, y entonces, estando en la escuela, cuando los escuchaba hablar de sus casas, una “atroz angustia” lo paralizaba. Y ahí, cuando se encontraba en esos momentos de tormento interior, si alguno de sus maestros lo llamaba, solía no escucharlos, y entonces… y entonces, ahí sí la angustia llegaba a su punto más alto. Porque solían retarlo sus maestros, provocando la risa de sus compañeros. Una vez, por ejemplo, un maestro le gritó: “¿Pero usted, Erdosain, es un imbécil que no me oye?”. Y luego de las risas, desde ese día, sus compañeros comenzaron a llamarlo “el imbécil”.
Seguramente por todo esto es que Erdosain, ya de grande, no retrocedía casi nunca hacia los tiempos de su infancia. “Ello quizás se debiera a que su niñez había transcurrido sin los juegos que le son propios, junto a un padre cruel y despótico que lo castigaba duramente por la falta más insignificante”. Un padre que “no lo besaba nunca” y, en cambio, “lo humillaba continuamente”.
Tal vez por esto, también, se sentiría luego humillado en distintos sitios. Aun, por ejemplo, en la nueva sociedad secreta. Allí Erdosain se sentirá humillado por el hombre a quien llaman El Buscador de Oro, quien, sabiendo que él se considera un inventor, cuando habla de la violencia necesaria para cambiar la sociedad, dice despreciar a los teóricos de la violencia, argumentando que el superhombre no surgirá del desorden sino de la obediencia, y pone el ejemplo de la disciplina castrense, y sobre todo, de la empresarial, rematando: “Ya ve, Erdosain, que nosotros no inventamos nada”.




jueves, 16 de abril de 2015

Entrevista a Martín Kohan ("El país de la guerra", su último libro)

“La teoría sirve para problematizar, no para resolver.
Y bien empleada no se presta a las aplicaciones”


Por Mariano Pacheco, @PachecoenMarcha
(Nota publicada el miércoles 15/04/2015 en www.laizquierdadiario.com)


Reconocido narrador que supo transitar asimismo la escritura del ensayo y la crítica literaria, Martín Kohan publicó recientemente El país de la guerra, un libro en el que intenta pensar la historia argentina como historia de guerra, con sus héroes y sus batallas. De Mitre a Walsh, de Belgrano a Aira, un recorrido por los siglos XIX, XX y los prolegómenos del XXI.
  
 
Publicado por Eterna Cadencia a fines del año pasado, en El país de la guerra, el último libro de Martín Kohan, puede leerse una historia de la patria pensada como historia de guerra, con sus héroes y sus batallas (y también con sus ausencias). La historia del país, desde sus inicios –e incluso antes, si se cuenta en su haber la resistencia a las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807– hasta los últimos tramos de la más reciente ofensiva neoliberal. De Bartolomé Mitre a César Aira, pasando por Domingo Faustino Sarmiento y Rodolfo Walsh, Manuel Belgrano y Ernesto Guevara, para nombrar algunos pocos –aunque emblemáticos– nombres propios que atraviesan la narración, el ensayo.
 Martín Kohan es escritor. Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, ejerce allí la docencia como profesor de teoría literaria en la Facultad de Filosofía y Letras y también, en la Universidad de la Patagonia. Ha publicado dos libros de cuentos, cuatro de ensayos y diez novelas, entre la que se destaca Ciencias morales (2007), ganadora del Premio Herralde de novela en ese año y llevada al cine en 2009 con el título La mirada invisible, bajo la dirección de Diego Lerman.
En diálogo con Miradas al Sur, Kohan aborda un recorrido por su último libro y, a partir de él, por el vínculo –siempre conflictivo, entre la narrativa y la política o, para decirlo al modo de David Viñas, entre la literatura argentina y la realidad política nacional.

Escritores, narrativas y batallas
La primera pregunta, desglosada en dos, tiene que ver en realidad con algo que no está en el libro, porque tal vez no está presente en la literatura argentina actual. Por eso me pregunto –preguntándote– qué pasa con las narrativas actuales, con las “estéticas de la época”, para tomar el nombre del dossier de una revista que salió a las calles en estos días.
--¿Hay una incapacidad de la literatura actual, de los últimos años, para hablar de los conflictos de la Argentina contemporánea? No digo representar, ni abordar las huellas de la dictadura en democracia sino los conflictos propios de estos últimos quince años.
--Personalmente no veo una incapacidad así en la literatura actual. O no la veo como incapacidad, porque no pretendo de la literatura que funcione como un reflejo inmediato de su época (ni como documento, ni como testimonio; ni siquiera como realismo). En algún momento varios nuevos narradores parecían urgidos por definirse, como generación literaria, a partir de la crisis de diciembre de 2001; pero entiendo que esa voluntad no se plasmó ni cuantitativa ni cualitativamente en libros que solventaran esa autodefinición. Me parece que la literatura encuentra sus mejores posibilidades cuando establece mediaciones, cuando produce distancias (incluso, o sobre todo, con lo inmediato). Puedo dar un ejemplo: El trabajo, de Aníbal Jarkowski.

--¿Será que el peronismo perdió en la actualidad ese núcleo de dramatismo que tuvo entre 1945 y 1975, que inspiró tanto a escritores peronistas como antiperonistas (e incluso a quienes intentaron “zafar” de esa dicotomía, pero que entendían que por allí pasaba en gran medida el conflicto político del momento)?
--Me temo que el peronismo no perdió su dramatismo: sigue produciendo violencia y muerte con relativa frecuencia. Lo que no necesariamente implica guerra, porque no todo dispositivo de violencia y muerte supone que haya guerra; de ahí que en el libro yo no me haya ocupado más que de lo que me ocupé, incluidas las ficciones de guerra de lo que en rigor para mí no era guerra, como Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares o La guerra de los gimnasios de César Aira, ambas relacionadas con el peronismo en cada una de sus coyunturas.

Literatura y coyunturas
Un poco en relación a las preguntas anteriores, o para reforzar la inquietud, digo, sin llegar a ser batallas, momentos de guerra en sentido estricto, desde diciembre de 2001 a hoy se produjeron en la Argentina una serie de conflictos, algunos muy violentos, en los que incluso hubo muertos de por medio. Pocho Leprati (Rosario), Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (Avellaneda), Mariano y Cristian Ferreyra (Barracas y Santiago del Estero), Luciano Arruga (Lomas del Mirador). Otros con menos dramatismo también marcaron a importantes franjas de la población: Ley de Medios, conflicto entre el gobierno nacional y las patronales agropecuarias. En el libro llegas hasta algunos trabajo de Aira en los que logra dar cuenta de una serie de fenómenos como el de los cartoneros, en textos de 1993 (La Villa) y 2001 (La guerra de los gimnasios), antes del estallido.

--¿No encontraste textos posteriores o te pareció que no lograban tener el grado de intensidad que sí tenían los otros con los que trabajaste?
--Yo traté, a lo largo de todo el libro, de no deslizarme hacia la guerra en un sentido metafórico, porque entonces casi no habría habido nada que no fuera pertinente para mi trabajo. Por eso traté de ser muy preciso en la delimitación del concepto de guerra que quería manejar, de tal modo que no toda violencia cupiera en la definición. Entonces, es cierto que no faltaron hechos de violencia en la Argentina reciente, muchos muy graves; pero no creo que debamos pensarlos en clave de guerra. Como de hecho no me ocupé de la Patagonia rebelde, o de la Semana trágica, o del bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, bajo ese mismo criterio.

--Después de haber trabajado la historia argentina –sobre todo desde una historia de la literatura nacional– pero también una amplia gama de conceptualizaciones sobre la guerra y la violencia (que puede rastrearse siguiendo los epígrafes, abundantes, que abren cada capítulo), ¿te parece que las teorías de la guerra siguen aportando a pensar la literatura y la realidad política?
--Yo creo que sí, o por lo menos para mí resultaron indispensables. Pero no porque establezcan un parámetro fijo, sino porque componen un mapa diverso, con puntos de vista que se contraponen, con discusiones explícitas o subyacentes. La teoría a veces se invoca para que venga a resolver lo que hará la lectura, y así es como se la aplica; mi formación (el libro está dedicado a Josefina Ludmer) tiene más que ver con la premisa de que la teoría sirve para problematizar, no para resolver, y que bien empleada no se presta a las aplicaciones.

Procesar la escritura
En épocas en donde parece primar cierto afán por la instantaneidad y una “avidez de novedad” –para decirlo con las palabras de Martín Heidegger– vos te dedicaste varios años a investigar y trabajar sobre este tema.
--¿Qué es lo que más rescatas del proceso de producción que implicó el armado de este libro, después de tantos años?

 --Lo que más satisfacción me produjo es haber podido escribir textos críticos de la misma manera (con la misma atención al lenguaje y a la forma) en que escribo textos de ficción. No tengo dudas de que la crítica forma parte de la escritura literaria, pero a veces parecemos más dispuestos a enunciar esa premisa, con su correspondiente remisión a Roland Barthes, más que a hacerla valer realmente en lo que hacemos.

miércoles, 15 de abril de 2015

A 35 años de la muerte de Jean Paul Sartre

Un intelectual perverso y polimorfo (*)


Por Mariano Pacheco**
(Nota publicada en Contrahegemonía web)


Perversa y polimorfa si las hay, la figura de Jean Paul Sartre no deja de interpelarnos.


Si partimos de la conceptualización psicoanalítica realizada por Sigmund Freud, la perversión-polimórfica nos remite a las diversas formas, distintas a la norma. Y qué duda cabe que Sastre (junto a Simone de Beauvoir) fue un gran quebrantador de las normas de su época.
No importa que luego haya sido tomado para el cachetazo por todos los pensadores franceses que aun hoy tienen primacía en la academia y en gran parte del mundo intelectual. No se trata, de todos modos, de contraponer su figura a la de sus pares contemporáneos, que –tanto como él– continúan diciéndonos tantos cosas (pensadores que escribieron por Sartre, más allá de que muchas veces su producción estuvo contra él). Sí se trata de rescatar a Sartre de cierto “olvido” o de tantas lecturas apresuradas –más allá de que esta también lo sea– que suelen reducirlo a un dogmatismo intolerable.
¿Cómo no hacernos eco de frases como “nuestra intención es contribuir a que se produzcan ciertos cambios en la sociedad que nos rodea” o “nos colocamos al lado de quienes quieren cambiar a la vez la condición social del hombre y la concepción que el hombre tiene de sí mismo”? Ambas frases pertenecen a su clásico libro de posguerra, ¿Qué es la literatura?, publicado como Situation IV. Libro en el cual también arroja esta otra frase canónica: “¿Cómo –dicen– es que eso de escribir compromete?”. El compromiso del escritor, he aquí el inicio de un mal entendido. Porque más allá de su posición personal durante los 60 y 70 (su visita a la Cuba revolucionaria, junto a Simone de Beauvoir; su prólogo a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon; su rol durante el mayo francés; sus discursos a los obreros en la puerta de la fábrica Peugeot –subido a un barril– mientras se desarrolla un conflicto sindical, por marcar sólo los hitos más conocidos, más destacados), su teoría del compromiso poco y nada tiene que ver con lo que suele “divulgarse” bajo el mote de intelectual comprometido. En primer lugar, porque el compromiso es una posición existencial, que excede la opción política (léase: es comprometido quien dice tener ideas de izquierda). Se puede estar comprometido con la derecha o, más aun –nos dice Sastre– la abstención de posición también es una elección. Veamos, además, que Sartre habla de “contribuir” y “colocarse al lado”. Nada que ver con esa figura vanguardista del intelectual comprometido como aquel que ejerce la dirección del proceso.
No sólo se le ha criticado a Sartre que esa figura del compromiso estaba teñida de un intelectualismo vanguardista, sino que se sostuviera sobre principios de una libertad incondicionada, eterna. Sin embargo, cuando se refiere a este tema, sus conclusiones son contundentes (en sentido contrario al que se le critica). Dice: “Totalmente condicionado por su clase, su salario, la naturaleza de su trabajo, condicionado hasta en sus sentimientos, hasta en sus pensamientos, a él le toca decidir el sentido de su condición y la de sus camaradas y es él quien, libremente, da al proletariado su porvenir de humillación sin tregua o de conquista y de victoria, según se elija resignado o revolucionario; y es de esta elección de lo que es responsable”. Como se ve, el obrero también está comprometido. Y algunos años más tarde (en 1955), en una entrevista realizada a propósito de su obra teatral Nekrassof, sostiene: “Hoy lo que importa es situar los conflictos humanos en situaciones históricas y demostrar cómo dependen de ellas. Nuestros temas deben ser sociales, pues son los temas mayores del mundo en el cual vivimos...”.
En cuanto a escribir, Sartre nunca deja de sostener que es un oficio. ¿Qué es un escritor? Simple: un hombre entre los hombres, según define en su autobiografía Las palabras. Escribir, nos dice, es actuar. Y porque la palabra es acción, puede aportar a producir ciertos cambios en la sociedad. La palabra puede ser un arma en el combate por la emancipación. Claro, se podrá objetar: ¡Mientras unos actúan poniendo el pellejo otros lo hacen desde su escritorio! Pero también en esto Sartre es claro, no vacila: “Llega el día en que la pluma se ve obligada a detenerse y es necesario entonces que el escritor tome las armas... La escritura lanza al escritor a la batalla”. Lo arroja al combate, entre otras cosas, porque la literatura (en sentido amplio), es como un llamamiento. Se escribe para que otros lean. Por eso, porque no se escribe para esclavos, es que escribir es, también, cierta forma de querer la libertad, de luchar por ella. No es que haya que elegir entre un fin u otro. Los fines se inventan –insiste Sartre–. “El hombre tiene que inventar cada día”. Una utopía, sí, puede ser: escribir para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo. Una utopía que no niega, sin embargo, los desafíos organizativos y políticos que presenta la guerra. De hecho, alguna vez supo señalar que la necesidad de formar cuadros para intervenir en funciones especializadas como la industria, el periodismo, etc., entraban en tensión con el principio de una comunidad que produce sus valores. Tensiones que, más que dejarlas a un lado, fueron incorporadas como parte constitutiva de sus intentos narrativos. Por ejemplo, con su propuesta de narrativa situada: que no ofreciera respuestas tranquilizadoras, sino que inquietara; que dejara dudas y esperas por todas partes, que obligara al lector a gestarse sus propias conjeturas (que fueran, a su vez, un punto de vista más entre las perspectivas de los personajes), en fin, obras que irritaran porque proponen tareas incumplidas, inconclusas, obligando al lector a asistir a “experiencias cuyo desenlace es incierto”.
Finalmente, Sartre nos interpela –también– porque no puede dejar de resonar en nuestras cabezas su otra célebre frase, esa de la Crítica de la razón dialéctica: “el marxismo, lejos de estar agotado, es aún muy joven, casi está en la infancia, apenas si ha llegado a desarrollarse. Sigue siendo, pues, la filosofía de nuestro tiempo; es insuperable porque aún no han sido superadas las circunstancias que lo engendraron”. Mucha agua ha pasado ya por debajo de los puentes y no me animaría a sostener, hoy, que definirse como marxista allane muchos caminos, ni que facilite mucho las cosas. Sin embargo sigue siendo (el marxismo) indispensable, si es que pretendemos continuar sosteniendo una perspectiva de clase, no dogmática, pero sí radical, en cuanto a no dejar de reconocer la centralidad que el conflicto entre el trabajo y el capital tienen en nuestra sociedad.
En este sentido (¿heterodoxo?), podemos rescatar las palabras de nuestro compatriota Eduardo Grüner, quien hace algunos años planteó algo similar. Dijo –en pleno avance de las ideas conservadoras en el mundo tras de la caída del Muro de Berlín– que había que redefinir tanto la teoría como las prácticas que bregaban por la transformación; que ya no se trataba de el socialismo, de el Estado, de el proletariado, sino de una “puesta en cuestión” de esas identidades “monolíticas, tributarias de un pensamiento maniquéo y perezoso”. De todos modos, insistía –insistimos– esta “puesta en cuestión” puede hacerse, aun, desde el interior de un pensamiento marxista que se encuentra (asimismo) en una permanente reconstrucción de su identidad. Porque esa es una de sus virtudes: ser, en el campo de las ciencias sociales, uno de los pocos pensamientos capaces de “ponerse en crisis desde su interior”, recogiendo y reprocesando otros (y valiosos) discursos “exteriores”. Como también señala Grüner, pero en otro lado, el marxismo, por sí sólo, no basta para pensar la historia. El mejor marxismo lo supo siempre. El mejor marxismo –los mejores marxismos, puesto que hay tantos– nunca fueron solamente marxismos”.
En fin: por todo esto es que Sartre continúa siendo una figura clave para repensar las posibilidades de labor intelectual, de izquierda, que apuesten a revolucionar la sociedad. Una figura como la de él puede ser criticada, entre tantas otras cosas, por su excesiva exageración del rol individual, aunque no por su actitud prolífica. Dan cuenta de ello los 10 tomos de Situaciones, publicados entre 1947 y 1976; sus 10 obras teatrales; su novela La Náusea y los 3 tomos (4, si le sumamos el casi inayable “Una extraña amistad”) de Los caminos de la libertad; sus cuentos reunidos en El muro; sus guiones cinematográficos La suerte está echada, El engranaje y el bosquejo sobre la vida y obra de Sigmund Freud; su autobiografía Las palabras; sus obras filosóficas El ser y la nada, y los dos tomos de su Crítica de la razón dialéctica (por nombrar las de mayor renombre); sus textos de crítica literaria como Baudelaire, Jean Genet, comediante o mártir, El idiota de la familia o las notas y entrevistas reunidas en el volumen titulado Un teatro de situaciones; sus conferencias como El existencialismo es un humanismo; sumado a su activismo político (que va desde sus tareas en el marco de la resistencia ante la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, hasta sus vínculos con los mao en los 70, pasando por sus alianzas y rupturas con los comunistas franceses, según las circunstancias) y su permanente labor periodística, cuyo símbolo emblemático fue la revista mensual Les temps modernes.
Esta laboral prolífica y multi (o trans) disciplinaria, de la cual Sartre ha sido un ejemplo emblemático, se torna hoy central, sobre todo a la hora de pensar las tareas para una Nueva Generación Intelectual.

* Kamchatka, Nietzsche, Freud, Arlt. Ensayos sobre política y cultura (Alción, Córdoba, 2013).
* Ensayista y periodista. @PachecoenMarcha.


lunes, 6 de abril de 2015

Prólogo a Kamchatka. Nietzsche, Freud, Arlt: ensayos sobre política y cultura (de Mariano Pacheco)

Inactualidad, demora y repetición: un prólogo

Por Omar Acha

Los ensayos reunidos en este libro de Mariano Pacheco, en mi lectura, confluyen en un nudo problemático, gravitan alrededor de un eje conceptual. Asedian las convicciones básicas del progresismo intelectual afirmado en América Latina durante las últimas décadas. Intervienen, entonces, en el panorama cultural heredado tras el disciplinamiento con que las dictaduras anochecieron el suelo de las democracias capitalistas.


Hoy el progresismo intelectual –el caso argentino es al respecto ejemplarha encontrado su clímax, pues campea en oficialismos y en oposiciones. Se ha constituido en un puntal del complejo establishment cultural local. Sus matices son oportunidad de ventas en librerías y notas en “revistas de cultura”. Pero sobre todo, estimulan alineamientos aparentemente antagónicos en torno a convicciones compartidas. Es innecesario ironizar al respecto, pues quienes mejor piensan dentro de la estela progresista saben bien, y lo han dejado entrever, que sus divergencias se componen en el seno de lo que no es cuestionado: la economía y la democracia capitalistas.
Para reconocer el nervio ideológico del progresismo intelectual es suficiente recordar las palabras claves de lo que desde 1983 se impuso como el deseo de una nueva “cultura política”: democracia, derechos humanos, inclusión social, república. Esa “cultura política” no fue exclusividad de un único cuartel doctrinario. Justamente, prosperó como establishment cultural porque fue el suelo donde se plantearon las disputas posteriores entre las voces audibles, entre posturas “razonables”. Fue, y hoy lo es más que nunca, el a priori incuestionable e impensable de la hegemonía intelectual del país burgués. Todo “pensamiento” y todo desacuerdo se emplazan en la naturalización y universalización de los puntos de partidas progresistas.
¿Quién se atreve a cuestionar de qué se habla, políticamente, cuando se utilizan los “derechos humanos” como arma de legitimación del dominio? Porque hoy solo es un signo de la libertad, borrándose el horizonte burgués que consagra. ¿Quién pone en suspenso la virginal impunidad de la “democracia”? Porque ya no se plantea su funcionalidad con la opresión partidocrática y clasista sobre la decisión popular. ¿Cuándo será posible denunciar la degradación del asistencialismo que conserva a los pobres en una pobreza un poco menor? Porque es indecible que ese asistencialismo legitima a las élites dominantes en su supremacía para la que se reclama, además, la gratitud de “los humildes”. Aquellas y otras preguntas del mismo estilo están ausentes en la discursividad vigente. Lo están porque sus supuestos han quedado en el pasado arcaico: la transformación social, la democracia plebeya, el poder popular, el socialismo. Son éstas, y no las otras (democracia, capitalismo), las palabras prohibidas, impronunciables por gente cuerda. No las pronuncian las dos ramas del progresismo intelectual: la vertiente liberal-socialdemócrata y la vertiente nacional-popular. Si creemos a los discursos progresistas de hoy, las vindicaciones revolucionarias son patrimonio de despreciadas “sectas políticas”, tan atenazadas en sus monólogos como externas de la realidad. La democracia sin adjetivos es el nicho sagrado de todas las posturas “críticas”.
La pulsión de inactualidad respecto al consenso reformista late en la prosa con que Mariano Pacheco contraviene la serenidad ideológica de la cultura progresista. Lo hace siguiendo los trazos de tres nombres: Nietzsche, Freud y Arlt. Son más que citas oportunas. En verdad, las tres referencias no bastan –ellas solas– para consolidar una posición. Sabemos que las citas de referencias “prestigiosas” son obligadas tanto para las carreras académicas como para las escrituras progres. Pululan por doquier ponencias, artículos y libros en tren de “publicar” o brindar apoyos a las opciones sistémicas de nuestro tiempo.
No es entonces cuestión de citas lo que Pacheco nos propone. Es más bien una intersección de enigmas poco compatibles con los remilgos del pensamiento progresista. Retorno, repetición, traición, son las palabras claves de este libro. Antes de insistir en la decisiva cuestión de la repetición –ese intríngulis teórico de toda escritura inactual– me interesa destacar algo más sobre el cuestionamiento de la monocordia progresista.
Hoy surgen cada tanto agrupaciones intelectuales con sus respectivas “declaraciones”. Pareciera que vivimos, por ende, en un tiempo de renacimiento intelectual. Se dice que los intelectuales han regresado a la política. Sin embargo, un consenso poco sorprendente atraviesa y hermana las disputas aparentes, de superficie, entre las tribus intelectuales. Los desacuerdos suelen ordenarse alrededor de cómo se sitúan ante el kirchnerismo, aunque ese lugar antes estuvo ocupado por el alfonsinismo y el menemismo. De allí que la cuestión de fondo no sea el kirchnerismo. El tema general es la base progresista de todas las alternativas, con excepciones de las presuntas y desoídas manías de la izquierda “ultra” (y decir “ultra” ya es situar al otro en lo que es y hace nada, ni interlocutor ni antagonista porque es incomunicable). El galardón por el que se torean es cuál vertiente es realmente la progresista, mientras las otras lo serían de manera equívoca o inconsecuente. Debaten por la misma razón y con la misma razón. Pero eso no es un debate.
Contrastadas con las fisuras emergidas durante el bienio 2001-2002, son discusiones restauracionistas, es decir, relegitiman los problemas que la crisis vino a desnudar y sin embargo no eran radicalmente nuevos. En nuestros días el establishment intelectual se nutre de una agenda progresista remozada, matizada por las exigencias que esa crisis legó, pero sin que la mueva una fidelidad al evento ni la perplejidad ante sus promesas irresueltas.
En este panorama adquiere un nítido perfil la demora en el nacimiento de una nueva generación intelectual en la Argentina, la suspensión de un advenimiento que se anuncia en mil indicios pero cuya coagulación es todavía una espera. No me refiero a las invocaciones “generacionales” que reclaman transmisiones de legitimidad y sentido para las camadas más jóvenes, sin un apreciable esfuerzo por acometer la injusticia de erigir una palabra propia. Que intelectuales de menor edad asuman las ideas de intelectuales más viejos (no interesa que añadan alguna acotación marginal sin alterar el fondo) es bien distinto del pronunciamiento generacional.
El pronunciamiento debe eludir atorarse en el circuito infernal del resentimiento. Para exaltar su vitalidad requiere la invención de perspectivas, la producción de obras. Las apelaciones que nos propone Mariano Pacheco no son las únicas posibles, pero ciertamente los usos de Arlt, Freud y Nietzsche que nos ofrece convergen en la emergencia de un programa de invención no progresista. Traer esos nombres a la palestra, ya no como citas en mercancías académicas, ni tampoco solo como pimienta para arrojar a los ojos somnolientos del gradualismo intelectual. Más bien, como nutrientes para conversaciones con la nueva generación.
La heterogeneidad de Freud, Arlt y Nietzsche se hace vector alrededor de la repetición. La repetición delata el doblez de la “integración”, desnuda la ideología del “progreso”, la hipocresía de la “inclusión” condescendiente. Mientras el pensamiento progresista pretende “avanzar”, realizar prudentes “pasos adelante” hacia una mejoría justipreciable “en el contexto” (como esos sindicalistas que “entienden la situación” y acuerdan bajas salariales), la revelación de lo repetitivo cruza el vector confiado y progrediente con la certidumbre de su hipocresía.
La repetición revoca el origen y la meta para lanzarnos al cuadrilátero del antagonismo, donde se gana o se pierde, donde todo empate oculta algún ardid. Escenas que se reiteran, pugnas perpetuas engalanadas pero no eliminadas. En el orden ideológico de nuestras convicciones ordinarias, la repetición se pliega en el cuerpo y la muerte, ese destino de toda carne.
Pensar radicalmente no es separable del hacer físico. Una muy prolongada tradición ha escindido el quehacer intelectual del olor y el calor que acompañan a la flexión muscular, al choque de los huesos. Refigurar la praxis intelectual como movimiento corporal agresivo, diverso del mero daño, es un envase adecuado para exceder los conformismos progresistas. Leo los escritos de Mariano Pacheco anudados a vigorosas formas corporales, por ende en sesgo adverso respecto de la cópula sin fricciones del adaptacionismo académico (que regurgita cualquier obra como “tema de tesis”) y de los malabares castratorios con los que el progresismo licua adaptativamente la conflictividad raigal de la crítica. Por eso distingo gotas de transpiración viñesca –por David– en este libro.  
Nos hallamos en la demora de una gestación del quehacer intelectual emancipado del progresismo. Esa demora no la decide la providencia. Tampoco es el resultado de una conspiración de los viejos de alma o de nacimiento. Anida en ella la apertura para un comienzo de la creación intelectual. Pues si es cierto que el capital y la democracia burguesa reinan en nuestra tierra, las realidades mundiales están henchidas de impulsos para pensar, escribir o filmar de otro modo. También las situaciones argentinas y latinoamericanas avistan potencialidades de insurgencia, aunque también revienten de hegemonía y adaptación. El capítulo intelectual de esa novedad acompaña el vilo de nuestro tiempo. Un primer paso en ese sentido consiste en avanzar contra el legado político-ideológico de la represión política de la última dictadura: el progresismo. Demora, inactualidad y repetición, entonces, son las claves con las que quiero invitar a recorrer los ensayos de Mariano Pacheco. Ejercicios de desavenencia con el tiempo dominante, con todos sus guardianes y sus oportunistas.


Ahora en librerías, ciudad de Córdoba y Buenos Aires-

LISTADO LIBRERÍAS

Ciudad de Córdoba

El Espejo (Dean Funes 163, local 4, Paseo Santa Catalina-Frente a la Legislatura)
Punto de Encuentro (Independencia 620, casi esquina Avenida Hipólito Iirigoyen- frente al Paseo del Buen Pastor)
Porta Culturas (Belgrano 884, Galería Caribú, local 4- A metros del Paseo de las Artes)
Café del ALBA (9 de Julio 482- Peatonal)

Ciudad de Buenos Aires


Hernández (Avenida Corrientes 1436)