miércoles, 25 de mayo de 2011

ENTREVISTA A EDUARDO GRÜNER

Entrevista realizada por Mariano Pacheco, Juan Rey y Diana Hernández

"Yo no estoy en contra de la palabra revolución, como no estoy en contra de la palabra comunismo. Al contrario, quisiera que se la pudiera rescatar del destino maldito que ha tenido. Ahora, hay que discutir qué significa hoy en día eso, como proyecto, como movimiento, como orientación”l
Presentación.
Grüner, Eduardo . Socióogo, ensayista y crítico cultural doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Profesor de las materias Antropología y Sociología del Arte y Teoría política en la UBA. Durante los años 80 dirigió Cinégrafo, una revista de crítica de cine. Recientemente ha publicado La Oscuridad y las Luces (Edhasa, 2011), un riguroso estudio sobre la primera revolución en América Latina, realizada en Haití en 1805. Ha publicado numerosos artículos en distintos medios periodísticos y revistas especializadas, y realizado los estudios introductorios de obras como Nietzsche, Freud, Marx de Michel Foucault y La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 de Karl Marx. Además del libro antes mencionado, ha publicado, entre otros: Un género culpable. La práctica del ensayo: entredichos, preferencias e intromisiones (Homo Sapiens Ediciones: Rosario, 1996), Las formas de la espada. Miserias de la teoría política de la violencia (Colihue, 2007), El sitio de la mirada (Norma, 2000), El fin de las pequeñas historias (Paidós, Espacios de Saber, 2002) y La cosa política o el acecho de lo real (Paidós, Espacios de Saber, 2005).
Introducción
Con este primer encuentro nos proponemos iniciar una serie de reportajes, diálogos, conversaciones y polémicas en torno al marxismo (o los marxismos) y la cultura; acerca de la política y la producción cultural vista desde una perspectiva de izquierda, radical, que rescate la rebeldía para pensar e intervenir. Nos encontramos en un momento en el cual resulta imperioso rediscutir conceptos tales como política, cultura, izquierda, revolución, entre otros. Es con ese ánimo que nos encontramos con Eduardo Grüner, quien amablemente nos recibió en su casa el 13 de mayo de 2011 para charlar sobres estos temas, sin formalismos ni pretensión de cerrar alguna discusión, sino por el contrario apostando a la apertura del debate y la reflexión permanente, aporte fundamental a la lucha contrahegemónica y por los sentidos. 

Revista Herramienta: Una de las cosas que venimos trabajando desde la revista, a partir de un libro de Omar Acha, La Nueva Generación Intelectual[1], es la reflexión acerca de la emergencia de determinados sectores que vienen intentando producir por fuera de la lógica histórica del Peronismo y también de la izquierda partidaria o tradicional en la Argentina, enmarcados en lo que venimos denominando como Nueva Izquierda… autónoma, independiente. Digamos que, a partir del Zapatismo en América Latina, de las puebladas en Argentina y todo el proceso en torno al 19/20 de Diciembre, surge un proceso político que plantea cosas novedosas en relación a la tradición de izquierda.
Eduardo Grüner: Bueno, podemos discutir mucho sobre qué pasó con todo ese proceso, pero una de las principales novedades, me parece, es esta mayor fluidez o permeabilidad horizontal entre lo político, lo cultural, lo artístico, lo literario, lo social; una cosa más abierta o en todo caso menos estructurada o menos rígida que lo que tradicionalmente han planteado los partidos de izquierda. Eso creo que es una novedad, efectivamente. Y me da la sensación de que cada vez más, aún los partidos tradicionales de izquierda, tienen que parar un poquito la oreja ante estas novedades… ojalá…
RH: Así como uno puede detectar, en el campo de lo político esas producciones, esas novedades; a nivel más de producción cultural, si analizáramos la última década, los últimos quince años en la Argentina desde una mirada de izquierda, ¿cómo ves vos ese proceso?
E.G: Bueno, producción cultural es un término de una amplitud enorme, y no hay, me parece, un desarrollo homogéneo en diferentes áreas de la cultura. La literatura, por ejemplo, sigue siendo, a pesar de todo - y cuando digo a pesar de todo, digo a pesar de la progresiva y continuada concentración editorial y de la industria cultural -, la literatura, supongo que por las propias características o naturaleza de ese trabajo, logra colarse más y tener una pluralidad mayor, sobre todo la joven literatura, que yo conozco poco… de la más joven literatura argentina quiero decir. Es un terreno diferente al del cine, donde parece haber una suerte de batalla entre la industria cultural en el sentido más pleno del término y el Estado, las industrias culturales vinculadas al Estado, por capturar las nuevas camadas. Me parece que tienen menos margen los cineastas para escaparse de alguna clase de encuadramiento, aunque fuera bajo alguna etiqueta… Yo me río siempre, digo bueno: ¿por dónde vamos? ¿Por el nuevo nuevo nuevo nuevo cine argentino? Porque desde la Década del ´60 vengo escuchando hablar del Nuevo Cine Argentino. Y muchos de los que hicieron el Nuevo Cine Argentino en la década del ´60 ya se murieron. Entonces, como más o menos todos los años hay un Nuevo Cine Argentino… Antes era Lucrecia Martel y ahora será no sé quién… Ya el concepto de nuevo se me escapa. Pero me parece que, cada vez más, experiencias que en sus inicios fueron como una apertura, como el BAFICI por decir algo, van quedando cada vez más encuadraditas, arrinconaditas en el nicho de la industria cultural vinculada al Estado. Y después tenés cosas como las artes plásticas, en el sentido más amplio del término, donde ahí la dispersión es mucho mayor en cuanto a estilos. Todavía estamos en ese terreno, me parece, por lo relativamente poco que conozco, todavía estamos viviendo los coletazos del posmodernismo; y además, eso ya hace mucho que está sometido a la lógica del mercado de manera muy manifiesta, muy fuerte. Ahí sí, cosas como esa Feria Anual de Artistas plásticos que se hace siempre en la Rural… Digo, esa feria que parecía al principio armarse como una suerte de espacio alternativo, ya es absolutamente la feria de las galerías, como la Feria del Libro terminó transformándose en la feria de las grandes editoras, sobre todo internacionales. Todo parece como que encontrara, más tarde o más temprano, su nicho de mercado, como dicen los hombres de marketing. Bueno, [al menos] la literatura [entendida] en todas sus formas y con sus diferencias internas también, porque la poesía sigue siendo como el género marginal, el que más o menos se las arregla con ediciones pequeñas en editoriales independientes. Eso siempre tuvo un espacio de circulación más alternativo, o como se lo quiera llamar. De todas maneras, planteando la cuestión general, sí me parece que después del 2001, por poner una fecha emblemática -porque no son cosas que se producen de la noche a la mañana, por supuesto… hay emergentes, acontecimientos, que condensan, digamos, una serie de movimientos subterráneos, como pudo haber sido lo del 2001 en tanto acontecimiento- pero que venían gestándose desde antes y que después del 2001 algunos volvieron a encontrar un cauce más o menos oficial u oficioso y otros siguieron su rumbo, que tienen que ver con lo que yo llamaría una mayor seriedad y un mayor rigor, por lo menos como búsqueda. No en todos los casos se logrará. Por ejemplo, una especie de retorno a la relación compleja, mediatizada, sutil, no mecánica, entre arte y política, por llamarlo de alguna manera… o literatura y política, o lo que corresponda en cada caso. En los años ´90, por las razones que todos conocemos, estaba como más disculpado hacerse el distraído con esa relación, y buscar por otro lado. Yo vengo notando en los últimos años, incluso en la Facultad, en las materias que doy en la carrera de Artes, esta mayor apertura, una mayor preocupación por encontrar vínculos, insisto, no mecánicos, no esquemáticos, entre el universo de lo político en el sentido amplio pero estricto del término y lo estético. Esta preocupación [vinculada] a la famosa fórmula llamada estetización de la políticapolitización del arte. Yo lo condenso en eso, pero es una problemática que mueve cada vez más interés.
RH: ¿Y eso lo vez a partir del 2001 entendido como proceso, o posteriormente?
E.G: No, posteriormente. Bueno, obviamente que siempre -de manera marginal, o individual, o en pequeños grupos- eso existió. Me refiero a esto como un fenómeno que uno puede considerar que es ya una suerte de cambio de paradigma, por nombrarlo de alguna manera, en la escucha y en el interés de las generaciones más jóvenes. Y en diversas formas de la producción artística se nota un cierto retorno a un realismo crítico, a un realismo problemático, que no es obviamente el naturalismo ramplón o el realismo socialista de los años ´30, o ninguna de estas tonterías; pero sí el abandono, yo diría ya más o menos definitivo, de ese paradigma posmoderno en el sentido trivial o superficial del término.
RH: En este fenómeno que mencionas, ves una crítica de fondo o una crítica que podríamos asociar al fenómeno “seissieteochista”, jugando con el nombre del programa emitido por canal 7 (TV estatal)?
E.G: Yo me refiero más a que hay una especie de situación de transición, con un mayor interés puesto en la vinculación con lo político. Ahora, a partir de ahí, si eso es verdaderamente crítico en un sentido frankfurtiano por nombrarlo de alguna forma, o es simplemente criticón como digo yo -que hago siempre esa diferencia entre el pensamiento crítico y los criticones que critican los síntomas ignorando la raíz de la cuestión-, por supuesto que ahí estamos en un serio problema. Eso que ustedes llaman el “seissieteochismo” a mi juicio no tiene nada que ver con la crítica, en el sentido profundo del término. Eso es, en el mejor de los casos, criticar al adversario; lo cual es, por supuesto, en el terreno de la política, no sólo legítimo sino necesario, pero no es pensamiento crítico. En una época, ustedes recordarán o sabrán que se hablaba del “pensamiento único”, y yo suelo decir que el “pensamiento único” no es que todos piensen lo mismo -que es absurdo, nadie podría pretender semejante entelequia-, sino que cualquier cosa que vos pienses quedás siempre encuadradito en uno de los dos bandos dicotómicos en los que se supone que está dividido el espacio político. En este caso, si no sos K, sos un gorila, de la derecha, de Clarín y de la Sociedad Rural. Como si fueran las dos únicas posibilidades y uno no pudiera tener un pensamiento crítico que suponga señalar, tomar distancia en el buen sentido del término, y señalar todo lo que le parezca señalable, de un lado y del otro, desde una posición, desde una plataforma en donde , por supuesto, estamos en contra de todo lo que significa la derecha, pero no por eso uno tendría que dejar de señalar que buena parte de esa derecha también está dentro de ese campo que se supone se opone a la derecha más salvaje o más gorila, o como se la quiera denominar. Eso es una preocupación en varios sentidos para mí. Es una preocupación política, porque veo muy acotado ese otro campo de autonomía crítica. Es una preocupación cultural, porque veo empobrecido el debate cultural en ese sentido, y el programa que ustedes mencionan es una clara muestra. Digo, ahí no hay debate. Lo que aparece, en el mejor de los casos -cuando hay algún personaje un poco más interesante como invitado- es como una discusión de amigos en el café, en donde están todos del mismo lado, parten de esa base y bueno…
RH: Una “polémica en el bar” nacional y popular…
E.G: No se discuten las premisas, digamos. No se discuten las raíces. Bueno, sobre las cosas que se discuten ahí, uno puede estar de acuerdo en un montón de cuestiones, pero si no vamos a la raíz… Yo lo ejemplifico con esto: la discusión ahí parecería ser entre los que dicen que está todo bien y los que dicen que todavía falta algo (o mucho, no importa). Entonces, frente a eso, yo siempre pregunto: a ver, falta poco, más o menos, o mucho, ¿para qué? Porque yo, para saber si efectivamente falta algo y qué es lo que falta, tengo que saber a dónde estoy yendo. No es lo mismo que se diga faltan 200 Km para llegar a Mar del Plata si yo quiero ir a Jujuy. ¿No? No me sirve para nada… Entonces, la verdad, yo creo que no falta nada en este famoso modelo; no falta nada, en el sentido de que el modelo es este. ¿Cuál es el misterio, lo que hay que profundizar tanto, desarrollar tanto? El modelo es este, y uno puede decir [que] todo lo demás es mucho peor y entonces, eventualmente, a lo mejor, si hay una segunda vuelta habrá que votar lo menos peor -que será lo que facilite ciertas condiciones para que uno desarrolle su propia política-, o no, no importa. El voto en realidad es relativamente secundario en esta discusión. Lo que sí me parece fundamental es definir cuál es el objetivo estratégico, como se decía en otras épocas. Vos después adaptarás tu táctica más o menos a eso, pero si eso no está claro y vos te identificás con lo que hay, porque lo otro podría ser peor… Y además, ¿qué es exactamente lo otro? ¿qué es exactamente? Porque no hay esa diferencia radical donde se estén jugando realmente dos –como hubieran dicho los griegos- dos leyes diferentes para la polis. No, es un tironeo. El otro día lo dije, no me acuerdo en qué radio -más bien pro oficialista-, en donde el periodista, evidentemente simpatizante del Gobierno, me preguntaba por la oposición; y todo el tiempo me inducía a que yo dijera que la oposición era idiota, torpe, imbécil. Y yo le dije: mire, todo eso es cierto, no hay ninguna duda y cualquiera que lea los diarios lo puede ver; ahora, el problema central no es que sea torpe, idiota… el problema central es que es innecesaria, porque el Gobierno está haciendo las tareas burguesas que hacen falta para arribar prontamente a un país normal, y lo está haciendo mucho mejor de lo que lo podría hacer cualquiera de los otros idiotas que andan por ahí postulándose. Y cada vez más esa derecha económica, política, etcétera, va advirtiendo que, finalmente, con el Gobierno se pueden hacer estupendos negocios a cambio de algunas concesiones más o menos redistributivas y en el campo de los derechos humanos, que son bienvenidas, y que uno no podría razonablemente estar en contra, pero que, convengamos, no afectan de manera estructural ningún poder establecido. Entonces, uno finalmente termina moviéndose en esos márgenes muy estrechos, muy pequeños. En ese terreno yo no tengo ningún inconveniente en confesar que me siento cada vez más solo. Por ejemplo, hay toda una tierra de nadie entre lo que podríamos llamar los partidos de izquierda más tradicionales, más duros, más rígidos, y Carta Abierta, por decir algo. Digo Carta Abierta porque hablo desde la inevitable posición de un pretendido intelectual, entonces ,bueno, hablo de eso. Hay toda una tierra de nadie que no está trabajada, por así decir. Entonces uno termina estando obligado a… Bueno, yo ahora le he dado -con todas las reservas del caso- mi firma al Frente de Izquierda, en el sentido de que creo que tienen que poder postularse y hacer escuchar su voz, en un momento donde la reforma electoral es tremendo lo que hizo. Está obviamente, por lo menos objetivamente, orientada al bipartidismo, perjudicando especialmente a las fuerzas de izquierda existentes o potenciales o futuras. Entonces, bueno, esa gente tiene que tener lugar para que la sociedad los escuche, pero yo mantengo todas mis reservas, mis críticas y mi independencia respecto de ello. Entonces, quiero decir, es un momento muy contradictorio -también este es un año electoral, y sabemos cómo se exacerban las posiciones y se polarizan en esos contextos- pero digo, es un momento muy contradictorio, donde, por un lado no se puede negar que hay un renovado interés por la política, pero queda encastrado y, hasta cierto punto manipulado, por esta idea dicotómica, por este binarismo, que es parte de la lógica del sistema; en donde la oposición es, por así decir, oposición de Su majestad, como se decía…
RH: Si, en ese sentido resulta paradójico que todo aquello que fue cuestionado en el 2001 como la política tradicional, hoy presenta a esas experiencias del 2001 como la “no política”.
E.G: Es complicado. Muchas veces se dice que el Gobierno kirchnerista, primero Néstor y después Cristina, son en cierto modo el producto del 2001. El equipo político, digamos así, de la clase política tradicional que, con algunas ideas renovadoras y articuladas y buena cintura política, logró remontar ese vacío de poder que planteó el 2001. Bueno, esa es una manera de entenderlo. Creo que hay mucho de verdad en eso. Pero la otra cara, de la cual nos tenemos que hacer cargo, es que es también el producto de la derrota del 2001. El 2001 fue derrotado. Entonces, hagámonos cargo de eso. Ustedes son muy jóvenes, pero del Alfonsinismo se decía “es la democracia de la derrota”. No solamente de la derrota de Malvinas, que era lo inmediato, sino de la derrota del proyecto revolucionario, con todas las críticas retrospectivas que podamos hacer a todo eso. Pero bueno, es la derrota de eso, y fue la derrota también en el sentido de que recuperamos formalmente la democracia, la cual –[como] se demostró- no bastaba para comer, educarse y todo eso. Además, recuperamos una democracia que era completamente rehén de un proyecto económico y social que sí había triunfado totalmente con el Proceso. Y digo a propósito “el Proceso”, no digo la Dictadura desaparecedora y todo eso, que también lo fue… Muchas veces, desde la corrección política se dice “oh, no digas Proceso”... ¡No señor! El lenguaje del enemigo sabe lo que habla: ¡fue un proceso de reorganización nacional a fondo! Eso fue, y eso todavía lo es. Todavía estamos en la estela, en las huellas de esa transformación. Entonces, lo que tenemos, tiene que ver con eso también, con toda esta historia de los últimos cuarenta años en Argentina.
RH: Las voces oficiosas hablan del 2001 como aquello a lo que no se quiere volver, negando no inocentemente la potencialidad creadora, rebelde, que implicó ese momento a nivel cultural, a nivel político.
E.G: Sin dudas. Desde las asambleas, las fábricas recuperadas, etcétera, claro. Pero ahí también, lo que pasó fue que ese estallido del 2001 mezcló muchísimas cosas, y fue un acontecimiento que, hasta cierto punto, nos cayó del cielo -como rayo en día sereno, decía Marx-, sin que la izquierda, aún en sus expresiones más creativas, renovadoras, estuviera preparada para procesar eso. Porque vos tenés en el 2001 desde los sectores más marginales, piqueteros, saqueando supermercados, hasta las señoras de Barrio Norte reclamando los dólares del corralito. Reclamando legítimamente, si vos querés, pero bueno… Digo, lo que habitualmente se conoce como lucha de clases, quedó como parcializado, disperso, una especie de rizoma como dirían Deleuze y Guattari. Yo dije en ese momento, en un artículo, que había que contemplar que parte de lo que había sucedido en el 2001 tenía, como si dijéramos un sustrato conservador y restaurador. Cuando una señora de clase media reclama sus dólares en el corralito porque se los afanaron, lo que está diciendo es “yo quiero ser una señora de clase media, con mis ahorros”. O, cuando un ciudadano cualquiera reclama por la corrupción estatal, dice “quiero ser un ciudadano de un país políticamente ordenado, jurídicamente transparente”. Entonces digo, también está ese aspecto de gente reclamando estar en el lugar en que los sociólogos, los economistas y los politólogos le decían que tenían que estar. La clase media con la clase media, etcétera. Todo ese mundo ordenadito fue el que apareció de pronto en descomposición en la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola!”, la cual no podía durar mucho. Ahora nos damos cuenta de que eso no podía durar mucho. Que la verdad de fondo no iba a demorar en surgir. Y, efectivamente, ahí lo tenemos a Darío Santillán y todo lo que sucedió. Todos esos aspectos hay que contemplarlos cuando uno piensa en el 2001. Que era una cosa medio indecidible, no estaba todo dicho. Sabemos que solo con la consigna Que se vayan todos no se arreglaba nada, porque había que tener algo preparado para sustituir a todos esos que se iban a ir. Además, el QSVT, para el 90% de los que gritaban eso, significaba los políticos corruptos, no las clases dominantes en el sentido fuerte del término. No estaba en cuestión, en la mayoría de los casos, una transformación radical de las estructuras sociales, ni una revolución socialista. Entonces, se fueron algunos, que volvieron por la ventana; vinieron otros, más o menos nuevitos, que actuaban necesariamente con la misma lógica de los que se habían ido. Y así, más o menos, esta gente logro recomponer un sistema político, entre comillas “normalizado”, pero que responde, en lo básico, a la historia de siempre. Yo no estoy diciendo que sea lo mismo que en los noventa. No soy necio. Claro que no es lo mismo. ¡El mundo no es el mismo!. No es un problema argentino: el mundo no es el mismo. Ya, junto con los coletazos de ese proceso, comenzó la crisis capitalista a nivel mundial, y por supuesto que todo eso también se hizo notar.
RH: Algo curioso es que, desde el oficialismo, se le agradece a Kirchner haber instalado, generado, vuelto a traer, la discusión política. Ahora, ¿Ese no es un proceso previo?
E.G: Esa es una pobre idea que muchas veces se tiene de lo político. Yo digo: ¿perdón?, ¿dónde se había ido la política? Se habla de un retorno de la política. ¿Dónde se había ido? ¿Me están diciendo en serio que durante los noventa no se hizo política? ¡Caramba! Yo, desde mi modestísima posición, hice un montón de política en los noventa. Y había movilizaciones de todo tipo, desde el caso María Soledad, hasta todo eso que podríamos nombrar… que en cierta manera fueron como gimnasias proto revolucionarias, preparatorias del 2001. Uno lo puede ver así también, retrospectivamente. Y esta discusión que hay ahora, esta cosa que aparece como dicotómica pero que está todo del mismo lado, se verifica por ejemplo en algo que nadie con una mínima formación marxista puede tolerar, que es que parece que todo fuera el Estado contra el mercado; como si el Estado fuera una entelequia abstracta, que no está atravesada por los poderes de clase, por la economía, etcétera. Una especie de idealización esquemática de un keynesianismo que, en realidad, nunca existió en la historia, porque Keynes tenía claro que lo que quería en su momento era recomponer la crisis de los capitalistas. ¿O para qué se hizo el Estado de bienestar y todo eso? ¿Para hacer una revolución? ¡No! Más bien para pararla. O para evitarse otra solución, que fue la de Hitler, Mussolini y todo eso, que también fue una respuesta al mismo problema de la crisis. Estoy hablando un poco simplificadamente, por supuesto que hubo otros factores. Entonces ahora se habla del Estado, como si el Estado no perteneciera a la lógica del mercado. Se dice: “Porque en los noventa se había retirado el Estado y ahora volvió”. Perdón, pero en los noventa no se había retirado a ningún lado. Hizo falta mucha acción del Estado para privatizar todo, y hacer todos los desastres que hizo Menem. Porque había que hacer leyes, decretos, reglamentos, coimear gente y reprimir a los que se resistían. Y todo eso lo hizo el Estado. O sea que estuvo muy activo el Estado en los noventa. Y la estructura básica de ese Estado no ha cambiado. Entonces ahora hay más tironeos, el Estado le disputa un poquito más al mercado ciertas cosas. Le dice “dejame repartir un poco porque…” Y todo eso está bien, pero no es un cambio de lógica sustantivo.
RH: Sí, prima también cierta idea de reducir la política a la gestión del Estado, que se muestra con una cara progresista. Sin embargo, en términos teóricos es bastante reaccionaria la idea de que la productividad política esté en el Estado.
E.G: Es la revolución pasiva de la que hablaba Gramsci. Aún cuando haya efectos beneficiosos para la clase obrera, los sectores populares, es una lógica de arriba hacia abajo, no es una lógica apoyada en la presencia activa, la movilización de las multitudes de las que habla el amigo Negri -robándole a Spinoza, hagamos los honores que corresponden-. Entonces sí, con esa lógica… que otra vez te empobrece el lenguaje, porque si vos ahora criticas el populismo, entonces sos un Neoliberal, sos Vargas Llosa. No, yo critico estas lógicas de lo que habitualmente se llama populismo desde otra posición. Por supuesto que frente a Vargas Llosa yo voy a apoyar el populismo, pero déjenme que cuando no está Vargas Llosa diga lo que pienso…
RH: Pensando sobre la producción de sentido, o contra sentidos a los hegemónicos, de alguna manera uno puede ver que, así como la dictadura recortó el horizonte de lo posible, hoy también reformismo, o el “progresismo”, también limita esa perspectiva de lo posible en el sentido de que la política, lo progresivo, es pensada únicamente dentro de estas relaciones económicas y este sistema político. ¿Qué rol ves que juega, o que viene jugando en los últimos años lo que podría ser denominado como una intelectualidad crítica, radical, de izquierda, marxista?
E.G: Veo muy poco. Hay muchos buenos amigos en torno al campo cartabiertista. Soy muy amigo de Horacio González, fui muy amigo de Nicolás Casullo. Tengo muy buena relación con Ricardo Foster, Kaufman… con María Pía López. Son buena gente, pensante, inteligente, con honestidad intelectual. Ahora, bueno, me da la impresión de que se ha producido un distanciamiento, en donde toda esa camada de intelectuales críticos que, si vos le preguntas a cualquiera de ellos se referencian en Adorno, en Gramsci, en Sartre… han quedado como si te dijera acantonados en esta lógica que no es la que ellos defenderían conversando francamente en el café; en esta lógica de defensa unilateral de un gobierno con el cual se sienten legítimamente identificados pero que cada vez menos les deja espacio para la crítica de lo que les parezca mal. No es que no la haya habido... Sí mostraron su indignación con el caso de Mariano Ferreyra, con el caso de los indígenas Qom… Pero bueno, ¿y?... Porque si vos decís “que feo lo de los Qom” tenés que decir “¿Y Insfran? ¿Y la alianza con Insfran? ¿Hasta dónde llegamos con las consecuencias lógicas de las críticas que estamos haciendo?” Doy ese ejemplo como podría citar otros. Hablo sobre esto, porque me tocó escribir un largo artículo sobre los Qom que no he logrado publicar. Voy a ser prudente, porque por ahí todavía sale, pero por el momento no ha sido publicado. Quiero decir que, frente a eso, que por muchas complejas razones hizo que los intelectuales más conocidos, con mayor figuración pública y con una trayectoria que en muchos de esos casos es muy defendible, quedaran en ese lugar... Y frente a eso no se ve algo equivalente por el lado izquierdo. Algo que pueda trazar un puente con esa gente y que no se queden ellos mismos en la crítica de principios en bloque, brutal y petardista contra todo lo que no sean ellos mismos. Esa es la tierra de nadie que, me parece, sigue de alguna manera faltando explorar. Vamos a ver qué pasa de aquí a octubre, pero tampoco hay que poner todo el peso de la cuestión en las elecciones, porque más difícil -me parece a mí- se va a poner la situación después de las elecciones. En esa cancha se van a ver los pingos: porque, si bien no soy economista ni afecto a hacer predicciones, todo indica que la crisis va a llegar en algún momento, que el famoso “viento de cola” va a virar, al menos parcialmente. Y el famoso discurso de ayer [se refiere al discurso realizado por la Presidenta Cristina Fernández en José C. Paz, en el cual mencionó que no iba a aceptar presiones ni extorsiones], sobre el cual todo el mundo está discutiendo, es un indicador que el gobierno sabe… Porque se interpreta que fue contra la CGT y Moyano, pero el problema es que hay conflictos por todos lados que la CGT y Moyano no manejan: los petroleros, los docentes, el subte, etcétera. Algunos los maneja directamente la izquierda, otros los maneja vaya a saber qué intereses, que quizás estén a la derecha de Moyano… es un lío eso, pero evidentemente hay como una percepción de que no es tan fácil la paz social esa que tanto el gobierno como la UIA están pidiendo. Y entonces se va a poner complicada la cosa.
RH: Hace poco recordábamos que, antes de morir, David Viñas - una persona que muchos teníamos como referencia- dijo que “un intelectual crítico no puede ser oficialista”…
E.G: Yo repetí eso en un articulito y en el homenaje en la Biblioteca Nacional. Y acá hay un síntoma interesante para interesar: no pasó nada. No salió ninguno de los muchachos de Carta Abierta ni de ningún otro lado a discutir eso. Evidentemente, no se quiere discutir esa cuestión. No se quiere que aparezca como un problema que haya que pensar, hablarlo y debatirlo.
RH: Si bien esa frase nos alegró, nosotros vimos cierto riesgo en que una crítica de esa naturaleza quedara únicamente en el terreno de lo individual, que es como un contrasentido a una crítica radical, de izquierda…
E.G: Por supuesto. Claro que existe ese riesgo. La posición del intelectual siempre es una posición desgarrada, tensa, entre esto que ustedes dicen. Lo dije también en ocasión de lo de Viñas -que, por otra parte, era amigo mío-. Entonces, decía: bueno, inevitablemente aquellos que nos pensamos como intelectuales, somos individualistas pequeño burgueses. Esa es la posición en la historia, desde el famoso caso Dreyfus. Nos ponemos muy nerviosos cuando intentan bajarnos línea, cuando nos dicen lo que tenemos que decir, lo que es bueno para el Partido, movimiento, o lo que fuere. Y me parece que está bien que conservemos eso, pero estamos todo el tiempo bailando en esa cuerda floja, teniendo que cuidarnos de no caer en la crítica individual, exasperada y exacerbada a todo lo existente. Por otra parte, yo reivindico el hecho de que un intelectual se sienta identificado con un gobierno y lo defienda. Ahora, ahí se resolvió la tensión para el otro lado: perdiste o corrés el riesgo de perder toda independencia crítica; te transformás en lo que tradicionalmente se llamó un “intelectual orgánico”, pero del oficialismo.
RH: Te lo preguntábamos porque desde un sector, quizás minoritario, de gente de izquierda, ligada a experiencias sindicales, o movimientos sociales, se hace una crítica a esta figura individual, heredada desde los setenta o desde lo que fue malinterpretado como el intelectual comprometido. Siempre desde la voluntad de generar colectivos de trabajo, militancia, etcétera. En ese sentido, la pregunta es ¿vos no ves una especie de falencia, digamos, en los intelectuales de izquierda o marxistas en los últimos años? Porque, entre el funcionario partidario, de izquierda, pero funcionario partidario al fin, y el intelectual pequeñoburgués que trabaja individualmente, también hay un espacio, no? Althusser decía eso de “estar a la escucha”, de los movimientos sociales, de los que producen un sentido que todavía no está sistematizado. Veíamos con preocupación esto: ¿dónde se puede no ser Carta Abierta ni un funcionario partidario de izquierda?
E.G:Estoy totalmente de acuerdo con eso. No hemos encontrado ese lugar; no fuimos capaces, cuando apareció Carta Abierta, por ejemplo, yo fui a algunas reuniones (siempre me negué a firmar), a donde me convocaron desde mi lugar de un potencial “compañero de ruta critico” (hay etiquetas para todo). Llegó un momento en que no me llamaron más… (risas). Quiero decir que no pudimos… Efímeramente existió algo que se llamaba “el otro camino”, pero no se le pudo dar una continuidad… Hubiera sido muy interesante que apareciera un conglomerado, un movimiento abierto de intelectuales de izquierda dispuestos a dialogar con Carta Abierta y a aquellos que no se pudieran poner de acuerdo señalarlo también; hubiera sido una cosa más equilibrada y hubiera obligado, incluso, a Carta Abierta a matizar más su apoyo irrestricto, unilateral. Y hubiera obligado a la izquierda a no ser el bloque de cemento que estamos obligados a ver. Cuando empezó Carta Abierta muchos decíamos que eso estaba bien, pero que no iba a prosperar como uno hubiera querido si no tendía algún vínculo con otros sectores fuera de la intelectualidad. Incluso en la Universidad Carta Abierta no tuvo presencia masiva; mucho menos en las fábricas, en los barrios, o en los movimientos sociales. Y eso es algo que una izquierda que se diga tal no puede permitirse hacer: esa sería la diferencia específica que la izquierda podría plantar. Independientemente de que después hubiera distintos registros de discursos…
RH: En relación a la pregunta anterior, vemos que hay un montón de compañeros que desde la universidad o desde la producción teórica o cultural están vinculados a diversas experiencias de lucha, pero no logran tener visibilidad pública...
E.G: Es que es difícil. Porque hay que tomar en cuenta lo que decía antes: el casi natural constitutivo individualismo de los intelectuales, que está más allá de las personalidades o psicologías de cada uno, está inscripto casi en el ADN del trabajo intelectual que, en última instancia, es un trabajo solitario. Uno no puede escribir asambleísticamente. Cuando yo escribo frente a la máquina estoy solo conmigo mismo. Pero eso no debería impedir esto otro que ustedes dicen. Debería hacerse el trabajo desde las bases de la izquierda sobre los intelectuales de izquierda más conocidos, que pueden tener alguna llegada a los medios, para poner incluso en discusión la lógica de la vinculación de esos intelectuales con los medios, que es otra discusión muy compleja. Yo pertenezco al rango de los que clásicamente Humberto Eco llamaba los “apocalípticos”; creo que los medios son una porquería por definición. No porque Ernestina de Noble sea la dueña, o Mitre...más allá de eso, me parece que en la televisión está en la naturaleza misma del medio aunque vos lo podés llenar con contenidos mejores o peores. El programa al que ustedes se referían (6-7-8) es una demostración de que no se puede romper con esa lógica de funcionamiento del medio. Entonces, lo que tenés es el medio o el programa que dice lo contrario de lo que dice Grondona, pero que no sale de la misma lógica. Eso el sistema lo tiene armadito; la industria cultural de la que hablan Adorno y Horkheimer no es un chiste. Es realmente lo que Weber llamaba una “jaula de hierro”. Todo eso es algo que, al menos una docena de intelectuales conocidos podría poner en discusión en el espacio público, si tuviera el apoyo de una izquierda abierta; admitiendo que se deslicen criticas también a ella y donde uno no sea un funcionario o soldado que haya obediencia debida por izquierda. Ese es el tironeo en el que estamos, que es histórico, pero que cada vez que suceden cosas más dramáticas en la sociedad se vuelve a plantear. A lo mejor estamos condenados a la repetición, pero mientras uno este en este mundo, tiene que pelear para que no sea así.
RH: En qué complejidades crees que metió a la izquierda política argentina el kirchnerismo? Con todo este discurso pretendidamente de izquierda (o que toca banderas que siempre han sido de izquierda). ¿Y qué desafíos ves para esta izquierda por venir?
E.G:Son esos intersticios que no estamos sabiendo ocupar, porque también la izquierda tiene con el pueblo y consigo misma muchas deudas, políticas y teóricas. Porque ustedes dicen “el kirchnerismo”; el kirchnerismo es el fenómeno que nos tocó en los últimos ochos años, pero hay que repensar que significa el peronismo: existe esa teoría de que “si no hubiera existido el peronismo en 1945, la izquierda…”. Macana. La izquierda de ése momento, el Partido Comunista, el Partido Socialista, o los pobres heroicos anarquistas, masacrados, no tenían ninguna posibilidad; ni tenían la idea... O sea que no es que el peronismo impidió que existiera no sé qué revolución socialista en el 45 ¿quién la estaba por hacer? Eso no quita que pensemos muy seriamente qué significó el peronismo, cuáles fueron sus límites; que podemos plantear en diálogo crítico con esa historia, como para construir una diferencia que no sea el simple gorilismo de derecha. Hubo gente en su momento, Viñas… bueno, el Grupo Contorno, el propio Martínez Estrada, que venía de la derecha liberal y terminó junto a Cuba, que trataron de pensar complejamente el fenómeno. Se ha perdido mucho eso. La propia izquierda nacional que existió en un momento, el Movimiento de Liberación Nacional. O Abelardo Ramos, que ya sabemos también dónde fue a parar el “Colorado” Ramos… Pero bueno, digo, había ahí un intento de pensar más complejamente. Al trotskismo se le criticó mucho tiempo la política de “entrismo” en el Peronismo en los años 50, en la resistencia. Y yo también tengo muchas críticas que hacer a esa política, pero por lo menos uno puede decir que es un síntoma de que había una preocupación por tratar de entender eso y trabajar en plantear una alternativa, sin perder los vínculos con, en ese momento, la clase obrera realmente existente. Eso se ha perdido un poco. Porque uno puede seguir como miembro de la izquierda o como imaginario de la izquierda, uno puede seguir decidiendo ser revolucionario, pero ¿qué quiere decir hoy la revolución? El concepto de revolución hay que volver a discutirlo. Es obvio que no podemos pensar en la Revolución de Octubre, ni siquiera en la cubana. Bueno, se hizo como se pudo en un momento determinado, en condiciones y contextos que no se van a repetir, que están totalmente perdidos. El mundo cambió. El mundo capitalista cambió mucho. Yo no estoy en contra de la palabra revolución, como no estoy en contra de la palabra comunismo. Al contrario, quisiera que se la pudiera rescatar del destino maldito que ha tenido. Ahora, hay que discutir qué significa hoy en día eso, como proyecto, como movimiento, como orientación. Qué significan hoy el Estado, la Nación. Todo eso no se puede tirar a la basura como si fueran desechos arqueológicos sin volver a discutir ni usarlos como si no hubiera pasado nada en el medio. Socialismo, Comunismo, Revolución… todo eso hay que discutirlo.
RH: Vos en algunos trabajos planteas que el mejor marxismo es aquel que no se concibe como una cosa monolítica sino que tiene una apertura, que es heterodoxo. Y decís: el mejor marxismo es el que no es solamente marxismo.
E.G: Sí, es una especie de chiste… de chiste amargo, cruel o irónico, contra la idea de que el marxismo sería una especie de recetario, de fórmulas generales, que permitiría explicar todo. Por supuesto que no es así, y nunca fue así para Marx. El otro día en la Facultad de Ciencias Sociales, en unas Jornadas de Ciencias Políticas, me tocó una mesa en donde los marxistas teníamos nuestro corralito… en una mesa sobre problemas, actualidades y deudas del marxismo. Ahí nos acantonaron. Y yo empecé por citar una famosa frase de Sartre de principios de los años 60, de la Crítica de la Razón Dialéctica, que dice: “el marxismo es la filosofía insuperable de nuestro tiempo”. Y a ver, ¿qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que ya está todo dicho con el marxismo, que no se puede pensar más? ¿Que ya tenemos los libros, vamos al Capital y encontramos todo?… Por supuesto que Sartre no quiere decir esto. Lo que quiere decir es que, hasta nuevo aviso -y por eso creo que sigue siendo vigente esa frase- estamos en el Capitalismo. [Sigue vigente] la crítica marxista al Capitalismo, no el modelo de cómo va a ser el socialismo o el comunismo. No, el marxismo es ante todo una crítica radical al capitalismo. Y sigue siendo la más rigurosa, la más profunda, la mejor argumentada, la mejor demostrada que yo conozca hasta el día de hoy. Puede ser que el día de mañana aparezca otra, pero… Entonces, mientras eso exista, el marxismo va a ser absolutamente pertinente, necesario e imprescindible. Pero el marxismo no es un conjunto de respuestas a esas preguntas, es más bien un método para generar las preguntas. Digo, haciendo una metáfora marxista, es un modo de producción de conocimiento crítico, de saberes y de efectos de verdad que, a diferencia de cualquier otra teoría moderna sobre la sociedad, la historia o la política, tiene una diferencia específica y única, que es que está basada en la práctica, que está basada en el criterio de la praxis, donde el conocimiento o la formulación teórica o la interpretación, es inseparable de la acción transformadora. Hay solamente otra teoría, para ir a la cuestión de qué diálogos se pueden imaginar, hay solamente otra teoría de la modernidad que, siendo completamente distinta y ocupándose de cosas completamente diferentes, actúa con la misma lógica: se trata del Psicoanálisis. En la teoría de Freud también es inseparable, como diría Althusser, la teoría de una práctica. Es la práctica de una teoría, pero al mismo tiempo, y en primer lugar, es la teoría de una práctica que en la propia práctica se va redefiniendo. Por supuesto, hay un par de núcleos duros fuera de los cuales estás en otra cosa que no es el marxismo. Yo decía: ser marxista no es obligatorio; ahora, si uno quiere serlo, no puede renunciar a la idea de lucha de clases, por ejemplo. No digo reducir todo a eso, porque sin duda hay una cantidad de otros fenómenos que pueden cruzarse más cercanamente o más lejanamente con eso, pero vos no podés renunciar a eso, porque sino estás en otra cosa. Ya ahí hay una pista para decir... bueno, uno puede frente a un Gobierno apoyar todas las medidas que parezcan beneficiosas; pero cuando desde que la propia presidenta de ese Gobierno todo el tiempo se insiste en que no cree en la lucha de clases… ¡como si la lucha de clases fuera Dios! Eso es como decir: “no creo en la ley de gravedad”… Bueno, subite a la terraza y tirate, y vas a empezar a creer… cuando ya sea demasiado tarde. Digo entonces, claro que están esos núcleos duros, esos fundamentos o primeros principios digamos, de los que uno no se puede bajar. Pero después, me parece que el propio Marx es un ejemplo de alguien que era de las personalidades europeas más cultas y de los intelectuales más sofisticados del siglo XIX, que nunca dejó de dialogar todo lo críticamente que hiciera falta con todas las tendencias culturales y las formas de pensamiento, no sólo de su época sino también del pasado, releyendo permanentemente eso. Leer a los grandes clásicos no es leer algo que fue genial en su momento y que entonces quedó ahí en la biblioteca como algo a lo que uno vuelve por una especie de placer arqueológico; sino que es ponerlo… levantar una productiva anacronía que, como diría Benjamin, se resignifica en este momento de peligro trayéndolo del pasado. Ese es un diálogo que hay que mantener permanentemente, para hacer esa apertura. Voy a poner un ejemplo extremo: uno de los filósofos, de los pensadores sin dudas más influyentes (si no el más influyente del siglo XX), que es Heidegger, resulta que era nazi, o bueno, pasó… No quiero entrar en la discusión de hasta qué punto lo fue… Ahora [bien], se encuentran huellas fuertísimas de Heidegger en Adorno, que lo recusó virulentamente…
RH: En Sartre también.
E.G: Y en Sartre, ni que hablar. Sartre es un discípulo rebelde que inventó una máquina nueva con eso, y lo hizo muy bien. Pero digo, toda la crítica de lo que Heidegger hubiera llamado “la metafísica de la técnica” y todo eso, pasó a la idea de la crítica de la racionalidad instrumental… en la Escuela de Frankfurt. Entonces, ¿qué quiero decir con esto? Que no es una cuestión de eclecticismo. Lo que quiero decir es que hacer pensamiento crítico desde la izquierda es, ante todo, una posición de lectura, no algo que vos ya encontrás, que con eso no podés hacer [nada] porque viene planteado por un nazi, por un burgués o por quien sea... Es lo que vos leés en él y para qué lo usás; cómo entresacás de la lógica de ese pensamiento, incluso de derecha, lo que vos podés resignificar para tu propia producción. Porque sino, si uno realmente cree que en los tres tomos de El capital ya está todo, entonces para qué te vas a tomar tanto trabajo de leer tanto y ocupar tanto espacio en la biblioteca… si con los tomos de El capital ya tenés solucionados los problemas… No, no es así. Hay que pensar todo eso de nuevo. Yo daba este ejemplo, extremo si ustedes quieren: en los últimos 10 o 15 años Badiou, Slavoj Zizek, Agamben, Roberto Expósito, Jacob Taubes -y no sé si me estoy olvidando de alguien- publicaron libros o ensayos importantes sobre San Pablo. Todos estos son intelectuales de izquierda. Algunos, como Zizek, se siguen diciendo marxistas; otros más o menos, otros no… No importa. Todos ellos son intelectuales de izquierda. Y vos decís, ¿por qué se ocupan de esta antigüedad? No importa si son creyentes o no, pero digo, es una interesante manera que han adoptado algunos intelectuales de izquierda de no hacerse los distraídos con lo que un psicoanalista llamaría como el “retorno de lo reprimido”, de toda esta discusión acerca de la teología política, cuando en verdad… Ni que hablar de lo que ha significado en las últimas décadas el tema del fundamentalismo religioso, que está haciendo política mundialmente, y de la más extrema. Y no me refiero solamente al islámico, sino por supuesto también al protestantismo de derecha norteamericano y todos esos fenómenos. Además, hay una tradición en la izquierda en general, incluso mucho antes de Marx, que pasa por Spinoza, y llega hasta Benjamin, Bloch, en donde está presente esta preocupación por lo teológico-político y todo eso. Entonces, bueno, algunos tipos – con los cuales yo no estoy de acuerdo con todo lo que dicen, pero no importa- se dieron cuenta de que uno no se puede hacer el distraído con eso, y que no basta con andar por el mundo repitiendo que la religión es el opio de los pueblos y creyendo que con eso ya explicaste todo… Este es un ejemplo extremo de una cantidad de diálogos críticos que el marxismo, el pensamiento marxista, y la izquierda en general se está debiendo. Nos está debiendo a todos.
RH: Muchas gracias, Eduardo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

La República de La Boca llega a Europa

Los tangueros más orilleros del mundo arriban a nuevos puertos

POR: Mariano Pacheco para diario Sur capitalino

 “El tango necesita salir un poco de la burbuja, dar ese salto del campo del tango al campo de lo social”.
“En la boca pasan más cosas que las que se ven en caminito. Y ahí es donde ponemos una bandera que nos separa. Nosotros no tenemos nada que ver con la estética de caminito. Lo que queremos hacer es otra cosa. Y la boca no es caminito”.
Pablo Bernaba, director del Quinteto Negro La Boca


El Quinteto Negro La Boca se va de gira por distintas ciudades de Europa. Postales de un recorrido por la dinámica de un grupo de jóvenes que se reconoce en las antípodas de la estética política de Caminito.

De gira por Europa. El del Bicentenario fue un año gratamente agitado para el Quinteto Negro La Boca: salió a la calle con su primer disco, participó del Festival de Tango de Uruguay, del Primer Festival de Tango de la República de La Boca, y se presentó unas 70 veces en distintos sitios a lo largo de todo el año. En 2011, por supuesto, no se quedará atrás: luego de haber participado, en marzo, del Segundo Festival de Tango Independiente, ahora se van de gira por distintas ciudades de Europa. El 26 de mayo es el día D.
Tienen entre 23 y 36 años. Con Pablo Bernaba y el “Gallego” Daniel Arbós en los bandoneones, Maximiliano Larrea en guitarra, Lucas Pereira en contrabajo y Patricia Mariana Szilagyi al piano, este quinteto de tango formado en 2008 estará durante todo junio y julio por Berlín, París, Barcelona, Londres, Manchester, Edimburgo, Frankfurt, Munich, entre otras importantes ciudades.
Como su primer disco (que ya lleva mil copias vendidas) la gira, también, lleva el nombre de Tangos contaminados. “Claro que hay como una suerte de destino natural del músico de tango de llegar a Europa, pero nosotros lo vemos como un proceso: queremos ser el barrio allá”, me dice Pablo Bernaba, el director de la Orquesta, mientras me convida un mate amargo. Cuenta también, entusiasmado, que ya han sido invitados para tocar en el Festival de Tango de Montreal, en Canadá, el próximo año (2012). Si bien llegó por primera vez a La Boca de una manera azarosa, desde hace siete años vive, por decisión, a media cuadra de la legendaria bombonera. “La Boca -dice Pablo- ha sido un lugar de importancia central en la conformación del tango”.
Tangos contaminados. Así se llama, también, el ciclo que desarrollan en el barrio, una noche al mes, desde marzo de este año. Surgido en el marco del Segundo Festival de Tango Independiente, organizado conjuntamente por el Quinteto y Malevaje Arte Club, “el ciclo más orillero del mundo, porque se hace a 2 cuadras del riachuelo”, cuenta con la presencia de orquestas, cantores y bailarines, pero también de destacados actores y escritores.
Doble movimiento del tango: contra la contaminación del riachuelo y por la contaminación del tango. Que se incorporen grupos nuevos, que el género se mezcle. Pablo pone el ejemplo del teatro, y cuenta que junto al historiador Osvaldo Bayer, tienen la idea de hacer algunas cosas juntos. Tras haber estrenado un tema (Severino Di Giovani) con letra de Bayer, y de haber realizado con él una charla sobre tango y anarquismo en el Festival de La Boca, ahora proyectan hacer alguna puesta en escena teatral junto escritor, y hasta barajan la posibilidad de un disco en común. “Es una manera de acercar letristas que no son del género. El tango necesita salir un poco de la burbuja”.
Pablo insiste en que el tango fue un género genuinamente popular, que no nació del laboratorio sino del pueblo, de los inmigrantes, que lo tocaba el verdulero y lo bailaban todos. “Después llegaron los grandes músicos que, sin duda, lo enriquecieron. Y hoy el tango, para mí, es más de culto que popular. Por eso es una meta estético política del Quinteto colaborar para acercar al tango, desde nuestro lugar chiquito, a lo popular. Y por eso no lo queremos sacar del baile. Eso fue fundamental para su nacimiento y su desarrollo y hoy es fundamental también: el bailarín no debe ser denostado. Por eso tocamos tanto en milongas, porque allí el tango es más masivo, más popular”.
Alguna vez, el poeta y escritor Francisco Paco Urondo, presentando Madrugada, el primer disco del Cuarteto Cedrón, escribió: “Digan lo que digan, el tango está entre nosotros”. Digan lo que digan, el tango sigue estando entre nosotros, también, en el nuevo milenio. Y ahora estará entre los europeos, una vez más, de la mano de este quinteto del sur porteño.

Para más información: www.quintetonegrolaboca.com.ar.




lunes, 9 de mayo de 2011

Reseña del último libro de Rinesi

Las máscaras de Jano. 

Notas sobre el drama de la historia.

Eduardo Rinesi- Editorial Gorla (2009)


 POR: Mariano Pacheco
(Publicado en Revista Sudestada-mayo de 20011)

En este libro, Rinesi continúa algunas hipótesis trabajadas en otro anterior: Política y tragedia. Hamlet, de Hobbes a  Maquiavelo (Colihue, 2003). Si en aquella oportunidad se detuvo en la tragedia como género literario (como momento teatral, particularmente en Hamlet, de William Shaspeare), pero también como pensamiento conflictivo a partir del cual poder reflexionar en torno a los problemas centrales de la filosofía política –de allí que se detenga en Hobbes y Maquiavelo, pero también en Hegel, Gramsci y Laclau–, ahora Rinesi volverá sobre el teatro clásico y la filosofía hobbesiana, pero sólo para dar cuenta de este otro gran tema filosófico, político, literario: la comedia.
Porque puede adelantarse a su tiempo y ayudarnos a pensar situaciones que el mundo aun no presenta, la literatura aparece en estas líneas en un lugar destacado, no como un auxiliar de la filosofía y la política, sino como su arcilla fundamental, que permite pensar las tensiones vivas de la escena contemporánea.
Si en la tragedia son los dioses quienes se imponen a los hombres, en la comedia –por el contrario– son los hombres los que se imponen sobre los dioses (que ya no existen o permanecen malheridos). Si Rinesi va a los clásicos no es para descubrir en ellos verdades ocultas (y rebelarlas), sino porque como agudo lector y ensayista audaz, se permite ser trabajado por las obras a la vez que trabaja sobre ellas.
Finalmente, y luego de un erudito trabajo con los clásicos, Rinesi se detiene en momentos de la política actual. No de la coyuntura, pero sí de los problemas culturales que tensionan nuestra época. Por ejemplo: en las risas reactivas de los espectadores de los cines ubicados en algunos de los shopping de la ciudad de Buenos Aires.
Escritura desde el barro, que intenta pensar los momentos de la historia como momentos llenos de tensiones y conflictos a partir de los cuales vislumbrar una nueva posibilidad y, con ella, un nuevo momento de inauguración.

miércoles, 20 de abril de 2011

Jovenes y política

¿Borrón y cuenta nueva?
El papel de los jóvenes en la política contemporánea

POR- Mariano Pacheco
 Para Topía, revista de psicoanálisis, cultura y sociedad, abril de 2011



“En la narración conviene siempre aplicar los secretos del arte de la lencería. Una historia seduce siempre más por lo que oculta. Lo que sugiere siempre es más revelador que aquello que se exhibe”.
Guillermo Sacomanno, La lengua del malón

Palabras preliminares

Rumiando, así proponía Nietzsche acercarse a los textos. Una manera parecida quiero sugerir en estas líneas para arrimarnos, ya no a una textualidad, sino a ciertos procesos políticos de nuestro país. Postales de un recorrido por los procesos de politización de la juventud argentina en la última década y media. Ahora que parece –o que ciertos comunicadores sociales parecen haber descubierto– que no toda la juventud argentina se comió el versito del éxito neoliberal (aun para pobres, porque el exitismo como modelo también tiene un lugar para los desplazados del centro de la producción y el consumo). Por  eso intentaré seguir en estas líneas aquello que Rosana Reguillo Cruz ha definido como el enfoque socio-cultural: aquel que parte de miradas de largo plazo, restituyendo a los procesos su historicidad.
En este sentido, habría que decir, en primer lugar, que lo que hoy aparece como una novedad es sin lugar a dudas que un sector importante de la juventud se organice, se movilice, construya un proyecto de militancia en base al apoyo a un gobierno, puesto que fue el conjunto de la clase dirigente (política, sindical, etc.) la que entró en crisis y fue cuestionada en 2001. Por supuesto, trazar una genealogía de la politización de los jóvenes implica intentar, al menos, acoplar estas experiencias con las del resto de sectores populares, ya que hablar  de los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y referir estos intereses a una edad definida biológicamente –como alguna vez señaló Pierre Bourdie– constituye una manipulación evidente. Esto, a su vez, implica desde el vamos asumir que no hay una juventud, sino juventudes atravesadas por las luchas de las clases que constituyen la sociedad. Esto, que no es más que el piso (hoy que se habla tanto de ellos), una obviedad, es necesario remarcarlo, porque existe una tendencia muy fuerte en sectores ya no reaccionarios sino “progresistas”, que suelen olvidarla, ocultarla, ponerla en lateralidades tales que se nos borran del horizonte. Entonces, tal como suele plantear Eduardo Gruner, cabe preguntarnos, aquí también, qué clase de lucha es esa lucha de clases.

Del 96
Las jornadas insurreccionales del 19/20 de diciembre de 2001 funcionan como símbolo insoslayable de todo aquel proceso de insubordinación al modelo neoliberal que se venía dando desde hacía algunos años en nuestro país.
En Nuestra América, con la emergencia del zapatismo en México, a partir de la rebelión indígena producida en la Selva Lacandona en 1994, un nuevo horizonte se abre para todos aquellos que no se resignaban a aceptar que la mundialización capitalista debería seguir por siempre así, triunfante y sin oponentes, tal como se presentaba tras la caída de los socialismo reales. El zapatismo fue, en este sentido, un componente fundamental en el proceso de politización de los jóvenes en toda América Latina. Fueron ellos, además, quienes tuvieron la capacidad de poner sobre la mesa la necesidad de abordar el desafío de articular lo local (allí donde se producía la invención de una mirada y un territorio), junto con lo nacional y lo global (y también la necesidad de articular las tradiciones populares con la emergencia de las nuevas tecnologías).
En Argentina, 1996 es un año clave.
Por un lado, en marzo de 1996, se produce una gigantesca movilización de repudio por los 20 años del golpe. Es el comienzo de la desarticulación de la teoría de los dos demonios, que había primado en el sentido común de nuestra cultura durante más de una década. Es además el momento de emergencia de HIJOS. Los Hijos por la identidad, la Justicia, Contra el Olvido y el Silencio, tienen la misma edad que tenían sus padres al ser detenidos-desaparecidos. Luego de dos décadas de lucha de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, ahora son estos jóvenes quienes toman en sus manos la continuidad de las banderas de sus abuelas, pero también de sus padres. Tienen una consigna potente: Si no hay justicia, hay escrache. Y junto con sus métodos de protesta contra un sistema judicial que no funciona y el escrache social de los responsables de los crímenes, estos muchachos y estas chicas inundan de colores, de ritmos y alegrías todas sus batallas.
Toda una nueva narrativa literaria y cinematográfica comienza a surgir, asimismo, por esos años.
También en 1996 se producen las primeras puebladas (De Cutral Có y Plaza Huincul a Tartagal y Mosconi), que fueron contagiando el entusiasmo y la eficacia, mostrando que la protesta social obtenía conquistas materiales que posibilitaban hacer menos difícil la extremadamente difícil situación por la que atravesaba una porción enorme de la población trabajadora del país, ahora sin trabajo. El piquete y la asamblea se extenderán rápidamente por todo el país, dando surgimiento a los nuevos movimientos sociales, de fuerte base territorial y matriz comunitaria. Ante cada protesta, el menemismo despliega las fuerzas de Gendarmería para reprimir. Y son los jóvenes los grandes protagonistas de los piquetes, de la resistencia (con piedras y gomeras) que logra evitar el desalojo o recuperar la ruta luego de intensos combates callejeros que a veces duran todo un día o toda una noche.
A partir de 1996 (y durante todo el 97 y el 98), van a producirse además importantes luchas contra la Ley Federal de Educación. Actos, movilizaciones y cortes de calles. Nuevamente, luego de varios años de inexistencia, surgirán Centros y Coordinadoras de Estudiantes en los colegios secundarios. Diversas conmemoraciones (los 24 de marzo y los 16 de septiembre, sobre todo) irán chocando contra los directivos de las escuelas y un todavía sentido común antisubversivo instalado en muchos padres. Esos jóvenes, protagonistas de aquellas experiencias, ligarán su intervención en los colegios con los acercamientos a las barriadas populares, realizando apoyo escolar y recreación con niños, junto con una búsqueda por expresar culturalmente sus rebeldías (fanzines, programas de radio, recitales, etc. Toda una movida juvenil, además, contra el gatillo fácil).
El activismo en las universidades comienza, también en esos años, a dar sus primeros pasos de combate contrahegemónico, librando batallas contra la Ley Superior de Educación e intentando contrarrestar el discurso neoliberal. Son las experiencias (de izquierda) que a partir del nuevo milenio le arrancarán varias federaciones (la de La Plata y Buenos Aires, por ejemplo) a la conservadora Franja Morada.
Será toda esa juventud la que va a confluir en la rebelión de diciembre de 2001. Todos aquellos nucleados en agrupaciones estudiantiles, culturales, en movimientos sociales, que junto con otros miles de jóvenes trabajadores (entre los que no se puede dejar de destacar, por su participación activa y su firme decisión de enfrentar la represión, a los “motoqueros”) y de sectores medios y populares de la ciudad y el conurbano (no necesariamente jóvenes), protagonizarán aquellas jornadas que reclamaron primero que se vayan todos y luego pregonaron por la unidad de los piquetes y las cacerolas.
Experiencias a las que se le van a sumar las de las fábricas recuperadas y el emergente sindicalismo de base, junto con las experiencias de resistencia contra el saqueo de los recursos naturales y la contaminación; el avance del feminismo y de las asociaciones que fueron haciendo cada vez más visible la lucha por la diversidad de géneros; la emergencia de colectivos culturales y comunicacionales que comenzaron a cuestionar el monopolio de la producción y circulación de la información y el autoencierro del arte en sus propias lógicas. En fin, todas esas experiencias que en Argentina emergieron desde abajo y a la izquierda, junto con los importantes avances populares producidos en el resto de Nuestra América, han sido elementos fundamentales en la emergencia de una nueva manera de entender el mundo y de intervenir sobre él.

El año del Bicentenario
El 2010 fue el año del bicentenario primero y de la muerte de Néstor Kirchner después. Dos hitos a partir de los cuales los voceros oficiales (oficialistas) insistieron una y otra vez con la nueva argentina, la que había recuperado la política gracias al  ex presidente y que comenzaba a ser parida ahora por jóvenes que despertaban tras largos años de estupidismo neoliberal. Es curioso que la reinstalación de los parámetros tradicionales de la política (sus formas estatales de entenderla, de practicarla, de enunciarla) sea resimbolizada como la recuperación de la política, poniendo en el lugar de la no política a todas las experiencias que en 2001 buscaron, precisamente, sacar a la política del lugar de la gestión de lo existente y colocarla nuevamente en el horizonte de los cuestionamientos al orden social vigente y sus intentos de cambiarlo.
Por supuesto, también 2010 es el año de las tomas de colegios secundarios y universidades en Córdoba y Buenos Aires (dos ciudades que, si bien no son la Argentina, convengamos que representan históricamente dos núcleos claves de la geografía nacional), del asesinato de Mariano Ferreyra por parte de una patota sindical de la CGT y de la muerte de otros hermanos en Formosa y Lugano. Hechos, estos últimos, que pusieron sobre el tapete que tras 8 años del nuevo modelo el problema principal de los sectores populares (la precarización de la vida: el trabajo y la vivienda, pero también el transporte en el que hay que trasladarse día a día para ir de un sitio al otro) sigue sin poder resolverse, en un país con crecimiento y ganancias empresariales record. ¿Qué perspectiva de futuro puede construirse un joven que no puede construir su propia casa ni zafar de trabajos siempre de segunda o tercera categoría?
En fin, quería destacar que estas últimas luchas, sobre todo en las movilizaciones de los secundarios, podían visualizarse toda una rebeldía, una creatividad, una alegría, una voluntad de pelea que nos hace sospechar que todo el recorrido del período 2000-2003 no está sepultado, no es sólo parte del pasado.
Recuerdo que hace dos años (en septiembre de 2008), cuando se dio una coyuntura de lucha educativa similar, con paros de docentes universitarios y secundarios en reclamo de mejoras salariales y mayor presupuesto para infraestructura, acompañados  por varias tomas de facultades en la Universidad de Buenos Aires  (Sociales; Filosofía y Letras; Psicología), conjuntamente con una serie de tomas de colegios secundarios en la Ciudad (exigiendo mejoras edilicias y la restitución de becas para estudiantes, quitadas por el ejecutivo conducido por Mauricio Macri), recuerdo –decía– que escribí unas líneas en la cuales afirmaba que se solía insistir con frecuencia en que éramos una generación adormecida, atontada, estupidizada por los mensajes de textos de los celulares (ahora con twiter), los programas televisivos tipo Tinelli (ahora hay que sumarle nuevamente Gran Hermano), la Playstation, el chat y el tránsito permanente por la web (ahora con Facebook); que jóvenes con impulsos revolucionarios eran los de los 60´ y ´70 y no como hoy en día, que como mucho se pelea cuando la soga ya se la tiene por el cuello (ahora, con el seisieteochismo a la cabeza, pareciera que los jóvenes por fin tenemos un lugar para hacer realidad los sueños de esa generación desaparecida. Por supuesto, tal como sostiene Florencia Peña: ¡todo se lo debemos a Néstor! ¡Cómo si entre 1996 y 2003 nada hubiese pasado en este país).
En fin, también el tema de los 70 es un tema escabroso. Por supuesto, no hay que ni detenerse en las estupideces que puedan decir tipos como Jorge Lanata (y que luego tienen ecos en personajes tan disímiles como Martín Caparróz, Susana Gimenez o Mirta Legrand), pero sí hay que prestar atención a la disputa presente por los significados actuales de aquellas apuestas de transformación. La de esas mujeres y esos hombres que hoy nos ayudan a descubrir y definir “el pasado olvidado de las batallas reales, de las victorias efectivas, de las derrotas que dejan su signo profundo”, como alguna vez supo escribir Michel Foulcault. Nos ayudan a corrernos de la efeméride vacía, del ritual estéril, del fetiche de las placas y las conmemoraciones, y a colocar en primer lugar la voluntad que apuesta por una transformación radical de la sociedad y no por conformarnos con mejorar un poco la situación actual. En este sentido, que actualidad cobran las palabras sostenidas por Walter Benjamin en sus Tesis Sobre el concepto de historia: “Encender en el pasado la chispa de la esperanza... [porque] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer” (Tesis VI). Chispa que nos ayude a tender esos puentes, para que las luchas de antaño funcionen en el presente como una suerte de “inspiración”. Porque la reivindicación de los muertos (los desaparecidos de ayer y los de hoy -¿dónde carajo están Luciano Arruga y Jorge Julio López?-, los asesinados por la dictadura y los caídos en las luchas durante la “democracia”, desde Teresa Rodríguez a Maximiliano Kosteki, Darío Santillán y Carlos Fuentealba, pasando por los caídos durante el 19 y 20 de diciembre de 2001), decía, que la búsqueda testaruda por no olvidar a nuestros muertos, no tiene por qué ser una cuestión moral, ya que es una cuestión política. Memoria ligera, entonces, capaz de continuar con sus luchas y multiplicar esos ejemplos. La de todas aquellas, todos aquellos que se rebelaron, que tuvieron voluntad de luchar por transformar la sociedad.

domingo, 17 de abril de 2011

Publicado en la Revista Herramienta N° 46

Notas sobre la emergencia de una Nueva Generación Intelectual en la  Argentina
 (Dossier "2001-2011: una década en disputa", abril 2011)


A modo de introducción
Como en la historieta de Héctor Germán Oesterheld, El Eternauta, para quienes nos sentimos parte de la Nueva Izquierda Autónoma, las jornadas insurreccionales del 19/20 de diciembre de 2001 funcionan como símbolo insoslayable de un héroe que es colectivo. Tanto las experiencias que surgieron entonces como las que se venían desarrollando y se fortalecieron con la rebelión, dan cuenta de un proceso de insubordinación al modelo neoliberal y de revisión de las apuestas revolucionarias de transformación social. La revuelta permitió volver a entender la política en una clave creativa y no subordinada a los poderes hegemónicos. Puso en cuestión la lógica estatal, pero también, las visiones vanguardistas, partidocéntricas e intelectualistas a las que tan apegadamente se encontraron siempre ligadas las experiencias de la izquierda tradicional.
De alguna manera, en diciembre de 2001, se puso de manifiesto aquello que se venía amasando desde el subsuelo de la historia: que la política (de emancipación) necesita de los cuerpos en movimiento y de la emergencia de nuevas subjetividades. De allí la importancia que tuvieron las puebladas que desde 1996 se dieron en el país (Desde Cutral Có en adelante)[1] y la emergencia del zapatismo en México en 1994, junto a las luchas antiglobalización que se produjeron en los países centrales.
Desde entonces, la recuperación de empresas por parte de sus trabajadores y su puesta en funcionamiento bajo lógicas cooperativas y autogestivas; los piquetes que parieron a las organizaciones territoriales en las villas, asentamientos y barridas populares; las cacerolas que dieron emergencia a las asambleas barriales en las principales ciudades del país; la recuperación de algunos cuerpos de delegados y comisiones internas que fueron gestando interesantes expresiones de un nuevo sindicalismo de base, democrático y participativo; la reconquista de algunos centros de estudiantes y federaciones universitarias; la explosión de luchas de los estudiantes secundarios; la emergencia de experiencias de resistencia contra el saqueo de los recursos naturales y la contaminación; los escraches de los HIJOS en continuidad con la pelea emprendida tiempo antes por las Madres y las Abuelas por la memoria, contra el olvido y por la justicia en relación a las atrocidades cometidas durante la última dictadura cívico-militar; el avance del feminismo y de las asociaciones que fueron haciendo cada vez más visible la lucha por la diversidad de géneros; la emergencia de colectivos culturales y comunicacionales que comenzaron a cuestionar el monopolio de la producción y circulación de la información y el autoencierro del arte en sus propias lógicas. En fin, todas esas experiencias que en Argentina emergieron desde abajo y a la izquierda, junto con los importantes avances populares producidos en Venezuela y Bolivia, han sido elementos fundamentales en la emergencia de una nueva manera de entender el mundo y de intervenir sobre él. Como parte de este proceso, entiendo, se ha ido gestando, también, una nueva generación de intelectuales de izquierda.

Partisanos (Los intelectuales como activistas y trabajadores de la cultura)

“Era muy joven y no sabía que el mundo académico era más peligroso que el de los espías. En el mundo de los espías existen algunos agentes dobles; en el académico, todos los agentes son dobles”.
Pablo De Santis, La traducción

Nueva generación intelectual. Las incitaciones y ensayos de Omar Acha abrieron un horizonte de debates al interior de un sector de la intelectualidad contemporánea. Entre la fecha de publicación de su libro (2008) y hoy (2011), se han producido una serie de textos que han contribuido a profundizar este debate. Entre ellos, los publicados en el dossier de la revista de la cual el propio Acha es miembro del Comité Editor: El Nuevo Topo (N° 6, 2009). En paralelo, Maristella Svampa propició la figura del “intelectual anfibio” y una serie de intelectuales se nuclearon en torno a Carta Abierta.[2]
Un breve repaso por ciertas aristas de los planteos mencionados pueden ayudarnos a profundizar este debate, y continuar afirmando que una Nueva Generación Intelectual (de Izquierda), está emergiendo en nuestro país, en nuestro continente.
Acha plantea en su libro algo que hoy me parece central: no se puede continuar hablando del intelectual en términos clásicos. Quienes filman, diseñan escenarios, actúan, son tan intelectuales como quienes escriben o editan libros (así como quienes se dedican a las prácticas artísticas –músicos, malabaristas, murgeros–, periodísticas –sean del blog o del papel– o docentes). Teniendo como punto de partida el ánimo de ruptura del período de crisis del 2001-2002 (momento en el cual la “generación anterior” se mostró incompetente, conservadora), la nueva generación de intelectuales se encontraría aun en un momento de emergencia. Claro que para Acha el tema de los 70 es central (de ahí que ameriten un balance crítico, que permita “atravesar” los problemas allí planteados), entre otras cosas porque como generación nos vemos marcados por una ausencia (la de una generación diezmada por la dictadura y silenciada –como proyecto– por los “consensos democráticos”), con la cual poder polemizar. Pero eso no quita que asumamos que somos una generación de nuevo tipo: tal vez la primera que no piensa, siente y crea apelando a una filosofía de la historia progresiva, a ideas trascendentes y liderazgos carismáticos. Bien, pero entonces: ¿qué nos une? La asunción grupal de una situación histórica; la vocación de hacer una obra colectiva, dice Acha, y aclara enseguida que no tiene que ser, necesariamente, unitaria, homogénea ni uniforme, sino que basta con que tenga una serie de temas comunes alrededor de los cuales articularse. En fin, una generación que, a diferencia de la anterior (y Acha remarca una y otra vez que no se trata de décadas de nacimiento sino de las maneras en que se encara la praxis cultural), entusiasmada hoy en día con la narratividad kirchnerista, no pretenda “restaurar el mito de la Argentina normal”. Una generación que asuma el desafío de pensar, sentir, actuar por fuera de la lógica binaria hegemónica, esa que parece condenarnos a tener que optar siempre entre el obrerismo marxista o el caudillismo peronista. Una generación que, desde una perspectiva latinoamericana, contribuya a gestar un movimiento de revolución cultural.
Por su parte –y en consonancia con buena parte de los planteos de Acha–, Ariel Petruccelli destaca esta cuestión de que lo que importa (lo que nos importa), es la definición política y no tanto sociológica del concepto. Es decir, cómo pensar a una nueva generación de intelectuales... de izquierda. Una intelectualidad que, a diferencia de la de épocas precedentes, no privilegie (no busque privilegiar tanto) las grandes figuras, sino más bien que se empeñe en gestar colectivos, grupos, asociaciones de trabajo intelectual, que se ligen –que se acoplen– a otras prácticas militantes. De allí (o por eso mismo) que la Nueva Generación de Intelectuales de Izquierda no pueda pensarse desligada de la emergencia de una Nueva Izquierda –según destaca Mazzeo: una “Nueva nueva izquierda”– parida al calor de la protesta social, de la acción directa y los procesos de autoorganización popular del período 2000-2003. Una nueva intelectualidad que reivindique una hermenéutica situada.
Partisanos. Incómodos en la academia –sitio por excelencia donde se promueve, se cristaliza la relación saber-poder– no podemos sentirnos parte de lógicas que nos resultan casi por completo ajenas (habitar la academia tal como un obrero habita su fábrica, y no su sindicato –la metáfora sólo es válida en caso de que no sea un organismo burocrático, está claro–). Si bien no se debe emprender la marcha cuando no se conoce bien la topografía del territorio enemigo, también es cierto (siguiendo los consejos de Sun Tzu), que los territorios en el interior del reino enemigo son estratégicos,  mucho más que los cercanos a sus fronteras. De allí que no sea muy prudente descartar, de antemano y por purismos conceptuales, la intervención en la academia. Pero es una disputa al interior de un dispositivo que pretendemos cambiar de raíz. Porque a diferencia de lo que promueve la intelectualidad radical (son nuevamente palabras de Mazzeo) la academia estandariza opiniones, moldea la producción, obliga a la especialización, busca adaptar todo a su lógica burocrática. De allí que, tanto los horizontes como los lenguajes de una y otra, permanezcan a universos antagónicos. Y es ese antagonismo el que nos hace sentirnos un tanto ajenos a los postulados de Svampa, para quien el intelectual (anfibio) es aquel capaz de “habitar y recorrer varios mundos, y desarrollar por ende, una mayor comprensión y reflexión sobre las diferentes realidades sociales y sobre sí mismo” (2008; p. 31). Por supuesto (y en esto tiene razón), que se corre el riesgo de que el “investigador militante” se convierta en un activista tiempo completo, descuidando la práctica específica.
Bien. Ahora sí, para ir cerrando –y tomando ya un poco de distancia del arte de la guerra oriental– podemos acercarnos más a la idea de duelo. Claro que ya no será un duelo de características tradicionales (individualizado y aristocrático), sino uno más acorde a nuestra época. Un duelo entre fuerzas sociales y políticas, pero que a diferencia del combate, no pretenda evitar una estrategia de aniquilamiento del enemigo, aspirando sólo a la capitulación de sus fuerzas, sino que recupere el propósito manifiesto del duelo: “que una de las dos partes –según lo expresó un gran duelista literario–, al menos, resulte herida, cuando no muerta inmediatamente”. Más adelante, en la misma novela, el autor afirma: “Preguntados si la situación estaba zanjada esta vez, emitieron su convicción de que se trataba de un asunto que sólo lo estaría cuando una de las dos partes cayese sin vida sobre el campo del honor” (Conrad: 1977; pp. 18-60). Claro que –retomando nuevamente los planteos del ancestral teórico chino– es importante descubrir a los agentes del enemigo que se hayan infiltrado en el ejército propio, así como sembrar discordias en sus filas (caos), apelando a la astucia y al engaño para debilitarlo y aumentar las propias fuerzas, en la búsqueda del triunfo.

Perversos y polimorfos

“Avanzaron en la línea de la mecánica nacional (copiar-adaptar-injertar-inventar)”
Ricardo Piglia, Blanco nocturno

¿Cómo definir, entonces, nuestra posición actual? Tal vez podamos apelar a algunos adjetivos para dar cuenta de lo que se está tratando de decir. Polifónicos, polifacéticos, policromos, polígrafos... en fin: perversos y polimorfos. Hurgando en los significados de estas palabras se me vinieron a la cabeza algunos ejemplos que pueden venir bien para ilustrar estas ideas.
Polifonía (varias voces). El grupo musical Contraviento[3] ha creado, con el devenir de sus presentaciones en distintos sitios, una canción de canciones, donde los instrumentos musicales se van entremezclando con las voces principales, las del coro, y las del “público” (va entre comillas, porque es cierto que en determinados momentos, cuando los músicos se mezclan con su público, es difícil diferenciar quien es quien), y lo que surgió como un himno de lucha callejera aparece ahora como el fragmento de una canción más larga, donde se incluyen melodías que incitan a emociones encontradas.
Polifacético (varias fases). Desde hace varios años, para las jornadas de resistencia cultural que todos los 25 y 26 de junio se organizan en el distrito de Avellaneda (en la ex estación de ferrocarril Avellaneda, hoy Estación Darío y Maxi, transformada en una Escultura Popular),[4] decía, en esas actividades que se realizan en conmemoración y homenaje de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki (jóvenes asesinados en 2002, en la represión a la movilización sobre Puente Pueyrredón), se ha confeccionado una bandera de banderas. Cada organización, colectivo, movimiento (“piquetero”, pero también cultural, feminista, estudiantil, sindical...), ha puesto lo suyo: una bandera, o pedazo de bandera, con su color, su símbolo, su nombre. Así se ha gestado esa bandera gigante, sucia, desprolija, hecha de retazos, con la cual los integrantes de los distintos  grupos se mezclan en la movilización.
Policromo (varios colores). No resulta un dato menor que los colores rojo y negro, celeste y blanco, violeta, azul-verde-amarillo-rojo-violeta-blanco-naranja, aparezcan mezclados en una misma columna movilizada. Es más, no es que confluyan distintos colores que identifican a distintas organizaciones en una única columna, sino que esos colores aparecen mezclados, muchas veces, en un mismo movimiento, y aun en una misma bandera. Tal vez esa mezcla sea un rasgo distintivo de la Nueva Izquierda (Autónoma) que se viene gestando en nuestro país en la última década.
Poligrafía (o escritura en diversas materias). ¿Qué tipo o género de escritura es ese que lleva en su nombre la identificación con lo provisorio, lo previo a un texto definitivo? ¡El ensayo! El ensayo. ¿Un género? En caso de serlo: un género de batalla. Aun con su propio estatuto dentro del sistema literario. Los ensayistas como duelistas. O como partisanos. El ensayo como forma de escritura que posibilita ir y venir entre distintos “géneros” y diversas “disciplinas” (seguramente por eso es considerado muchas veces un “género menor”). Porque el ensayo es una práctica que se propone conjurar –cuando no enfrentar de manera directa– el “terrorismo académico”. Y su escritura, una práctica que se propone actualizar (mediante su lectura), los recorridos de lecturas que hemos emprendido en distintos momentos, urgidos por distintas preocupaciones, atravesados por distintos deseos y diferentes coyunturas. ¿Qué otra cosa es el ensayo sino una conversación entre lectores? Gestar nuevas conversaciones, con nuevos lectores, entonces, es uno de los propósitos de la ensayística. O para decirlo con las palabras de Malraux (mediadas por la lectura y la escritura de Grüner), el derrame sobre el mundo de las reflexiones que provocan las lecturas, no es otra cosa que el pasaje del tratado al ensayo, de la ciencia a la conversación. En ese sentido, la ensayística es un tipo de escritura mucho más afín a nuestros propósitos. Por su impureza, mezcla, dislocamiento; escritura apasionada, desestabilizadora, anticlasificatoria. Por todo esto es que hago (hacemos) esta reivindicación apologética del ensayo.
Perversión-polimórfica (diversas formas, distintas a la norma). Lo perverso polimorfo, en clave psicoanalítica (o freudeana, para ser más preciso), remite a lo atípico, lo otro de lo normal[5] (Laplanche y Pontalis: 1997), es decir, remite a toda desviación respecto de la norma. Según el fundador del psicoanálisis, perversiones sexuales son  la homosexualidad, la peidofilia, la bestialidad, el fetichismo, el travestismo, el vouyerismo, el exhibicionismo, el sadomasoquismo, entre otras (Freud: 1984). No está de más remarcar que aquí la lectura del psicoanálisis es político-cultural (otra, muy otra, es la discusión “psíquica” en relación a las prácticas de la salud mental, según me dijeron mis amigos psicoanalistas rosarinos, Verónica y Esteban Fridman). Es que todas las idas y venidas, las vueltas y rodeos del profesor Freud en textos como el citado Tres ensayos..., nos llevan a un modelo de sexualidad machista, heterosexual, monogámico. Por más que el doctor vienés haya reconocido que todo individuo, sin excepción, puede elegir un objeto del mismo sexo (es más, no sólo que puede, sino que inconscientemente todos, todas, alguna vez, hemos efectuado esta elección), no deja de ser, esta, una sexualidad marcada por la normativa. Bien: ¿pero qué tiene que ver todo esto con la cuestión político-cultural? Tal vez nada, aunque no se puede ignorar el peso que el psicoanálisis ha tenido (y aun tiene), a la hora de efectuar estos análisis. En fin, y para concluir, se podría decir que estas conceptualizaciones psicoanalíticas nos vienen bien para (invertidas), pensar (desmoralizadas, como lo hizo el mismo Freud), las coordenadas político-culturales que pongan en cuestión la normatividad social vigente.

Glosa (I)

“Yo adoro sus contradicciones –“yo me traiciono a mi mismo”–. Su rechazo del Nobel. Sus diferentes devenires que imposibilitan su “captura”. Su definición. Sartre fue sólo Sartre”.
Eduardo Pavlovsky, Resistir Cholo, cultura y política en el capitalismo

Perversa y polimorfa si las hay, la figura de Jean Paul Sartre no deja de interpelarnos.
¿Cómo no hacernos eco de frases como “nuestra intención es contribuir a que se produzcan ciertos cambios en la sociedad que nos rodea” o “nos colocamos al lado de quienes quieren cambiar a la vez la condición social del hombre y la concepción que el hombre tiene de sí mismo”? Ambas frases pertenecen a su clásico libro de posguerra, ¿Qué es la literatura?, publicado como Situation IV. Libro en el cual también arroja esta otra frase canónica: “¿Cómo –dicen– es que eso de escribir compromete?”. El compromiso del escritor, he aquí el inicio de un mal entendido. Porque más allá de su posición personal durante los 60 y 70 (su visita a la Cuba revolucionaria, junto a Simone de Beauvoir; su prólogo a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon; su rol durante el mayo francés; sus discursos a los obreros en la puerta de la fábrica Peugeot –subido a un barril– mientras se desarrolla un conflicto sindical, por marcar sólo los hitos más conocidos, más destacados), su teoría del compromiso poco y nada tiene que ver con lo que suele “divulgarse” bajo el mote de intelectual comprometido. En primer lugar, porque el compromiso es una posición existencial, que excede la opción política (léase: es comprometido quien dice tener ideas de izquierda). Se puede estar comprometido con la derecha o, más aun –nos dice Sastre– la abstención de posición también es una elección. Veamos, además, que Sartre habla de “contribuir” y “colocarse al lado”. Nada que ver con esa figura vanguardista del intelectual comprometido como aquel que ejerce la dirección del proceso.
No sólo se le ha criticado a Sartre que esa figura del compromiso estaba teñida de un intelectualismo vanguardista, sino que se sostuviera sobre principios de una libertad incondicionada, eterna. Sin embargo, cuando se refiere a este tema, sus conclusiones son contundentes (en sentido contrario al que se le critica). Dice: “Totalmente condicionado por su clase, su salario, la naturaleza de su trabajo, condicionado hasta en sus sentimientos, hasta en sus pensamientos, a él le toca decidir el sentido de su condición y la de sus camaradas y es él quien, libremente, da al proletariado su porvenir de humillación sin tregua o de conquista y de victoria, según se elija resignado o revolucionario; y es de esta elección de lo que es responsable” (1981; p. 22). Como se ve, el obrero también está comprometido. Y algunos años más tarde (en 1955), en una entrevista realizada a propósito de su obra teatral Nekrassof, sostiene: “Hoy lo que importa es situar los conflictos humanos en situaciones históricas y demostrar cómo dependen de ellas. Nuestros temas deben ser sociales, pues son los temas mayores del mundo en el cual vivimos...” (1979; p. 54).
En cuanto a escribir, Sartre nunca deja de sostener que es un oficio. ¿Qué es un escritor? Simple: un hombre entre los hombres (2000; p. 159). Escribir, nos dice, es actuar. Y porque la palabra es acción, puede aportar a producir ciertos cambios en la sociedad. La palabra puede ser un arma en el combate por la emancipación. Claro, se podrá objetar: ¡Mientras unos actúan poniendo el pellejo otros lo hacen desde su escritorio! Pero también en esto Sartre es claro, no vacila: “Llega el día en que la pluma se ve obligada a detenerse y es necesario entonces que el escritor tome las armas... La escritura lanza al escritor a la batalla”. Lo arroja al combate, entre otras cosas, porque la literatura (en sentido amplio), es como un llamamiento. Se escribe para que otros lean. Por eso, porque no se escribe para esclavos, es que escribir es, también, cierta forma de querer la libertad, de luchar por ella. No es que haya que elegir entre un fin u otro. Los fines se inventan –insiste Sartre–. “El hombre tiene que inventar cada día” (ibídem; p. 251). Una utopía, sí, puede ser: escribir para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo. Una utopía que no niega, sin embargo, los desafíos organizativos y políticos que presenta la guerra. De hecho, alguna vez supo señalar que la necesidad de formar cuadros para intervenir en funciones especializadas como la industria, el periodismo, etc., entraban en tensión con el principio de una comunidad que produce sus valores (1977). Tensiones que, más que dejarlas a un lado, fueron incorporadas como parte constitutiva de sus intentos narrativos. Por ejemplo, con su propuesta de narrativa situada: que no ofreciera respuestas tranquilizadoras, sino que inquietara; que dejara dudas y esperas por todas partes, que obligara al lector a gestarse sus propias conjeturas (que fueran, a su vez, un punto de vista más entre las perspectivas de los personajes), en fin, obras que irritaran porque proponen tareas incumplidas, inconclusas, obligando al lector a asistir a “experiencias cuyo desenlace es incierto” (1979; p. 208).
Finalmente, Sartre nos interpela –también– porque no puede dejar de resonar en nuestras cabezas su otra célebre frase, esa de la Crítica de la razón dialéctica: “el marxismo, lejos de estar agotado, es aún muy joven, casi está en la infancia, apenas si ha llegado a desarrollarse. Sigue siendo, pues, la filosofía de nuestro tiempo; es insuperable porque aún no han sido superadas las circunstancias que lo engendraron” (1995; p. 34). Mucha agua ha pasado ya por debajo de los puentes y no me animaría a sostener, hoy, que definirse como marxista allane muchos caminos, ni que facilite mucho las cosas. Sin embargo sigue siendo (el marxismo) indispensable, si es que pretendemos continuar sosteniendo una perspectiva de clase, no dogmática, pero sí radical, en cuanto a no dejar de reconocer la centralidad que el conflicto entre el trabajo y el capital tienen en nuestra sociedad.
En este sentido (¿heterodoxo?), podemos rescatar las palabras de nuestro compatriota Eduardo Grüner, quien hace algunos años planteó algo similar. Dijo –en pleno avance de las ideas conservadoras en el mundo tras de la caída del Muro de Berlín– que había que redefinir tanto la teoría como las prácticas que bregaban por la transformación; que ya no se trataba de el socialismo, de el Estado, de el proletariado, sino de una “puesta en cuestión” de esas identidades “monolíticas, tributarias de un pensamiento maniquéo y perezoso” (1996). De todos modos, insistía –insistimos– esta “puesta en cuestión” puede hacerse, aun, desde el interior de un pensamiento marxista que se encuentra (asimismo) en una permanente reconstrucción de su identidad. Porque esa es una de sus virtudes: ser, en el campo de las ciencias sociales, uno de los pocos pensamientos capaces de “ponerse en crisis desde  su interior”, recogiendo y reprocesando otros (y valiosos) discursos “exteriores” (ibídem; p. 72). En fin, como señala Grüner en otro lado, el marxismo, por sí sólo, no basta para pensar la historia. El mejor marxismo lo supo siempre. El mejor marxismo –los mejores marxismos, puesto que hay tantos– nunca fueron solamente marxismos” (2007; p. 38).
En fin: por todo esto es que Sartre continúa siendo una figura clave para repensar las posibilidades de labor intelectual, de izquierda, que apuesten a revolucionar la sociedad. Una figura como la de él puede ser criticada, entre tantas otras cosas, por su excesiva exageración del rol individual, aunque no por su actitud prolífica. Dan cuenta de ello los 10 tomos de Situaciones; sus 10 obras teatrales; sus 5 novelas; sus cuentos; sus guiones cinematográficos; su autobiografía; sus obras filosóficas; sus textos de crítica literaria o las notas y entrevistas sobre teatro; sumado a su activismo político y su permanente labor periodística, cuyo símbolo emblemático fue la revista mensual Les temps modernes.
Esta laboral prolífica y multi (o trans) disciplinaria, se torna central a la hora de pensar las tareas para una Nueva Generación Intelectual.

Perspectiva afirmativa

“Según Nietzsche lo trágico nunca ha sido comprendido: trágico=alegre. Otro modo de plantear la gran ecuación: querer=crear. No se ha comprendido que lo trágico era positividad pura y múltiple, alegría dinámica”
Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía

Cuando Federico Nietzsche realiza la distinción tajante entre pensador obrero y pensador artista, hace un gran aporte a las formas de concebir la producción de sentido. Claro, para quienes hoy –desde abajo y a la izquierda– pretendemos aportar, contribuir a la gestación de expresiones de resistencia cultural (de disputas con el sentido hegemónico), nos puede resultar chocante esta terminología nietzscheana. Ahora, si procedemos de manera desprejuiciada y nos ponemos “a la escucha” de esos conceptos (es más, podríamos ir más lejos e invertir los nombres con los que Nietzsche designa cada uno de esos términos), conseguiríamos –quizás– apropiarnos activamente de algunos de sus planteos.
Por ejemplo, cuando Nietzsche menciona la moral de esclavos y la diferencia de la aristocrática, no necesariamente tenemos que pensarla en términos “sociológicos”. Es más, nos va a resultar contraproducente, porque vamos a terminar generando un proceso de identificación con paradigmas que nada tienen que ver con las perspectivas de emancipación. Tomás Abraham supo destacar que se puede ser amo-proletario y esclavo-burgués, porque la micropolítica de los cuerpos no depende de la clase social, sino del sitio pulsional del que deriva el deseo.
La especie aristocrática (nótese que no es una clase social, sino un tipo de personalidad), es la que se presenta a sí misma como creadora de valores. Su arte peculiar es el del reino de la invención (Nietzsche: 2007; p. 224). Es el filósofo artista, precisamente, el que tiene como tarea crear valores, el que se sabe poseedor de fuerzas configuradoras. El pensador obrero, por el contrario, sólo reproduce lo existe. Es como aquel profesor que da clases en la Universidad (pongamos por caso la de Buenos Aires, pero puede ser cualquier otra), y que durante años (décadas aun), repite siempre el mismo monólogo ante su auditorio de estudiantes. Claro: se presenta como una eminencia, porque repite (y pretende que todos escuchen bien, tan bien que luego –previo atolondramiento de anotaciones en cuadernos o libretas– puedan vomitar todo ese conocimiento acumulado en los exámenes, donde se evaluará su capacidad de retención), decía, la eminencia repite todo ese saber que posee, porque se ha leído todo. Maquinaria perversa del aparato académico: uno que habla, muchos que escuchan y anotan para luego repetir y, en un futuro, con suerte (porque al menos en la UBA, un gran porcentaje de los docentes trabajan ad honorem, es decir, gratis), cambiar de rol, estar allí, en las mismas aulas, ya no escuchando y anotando sino hablando.
En fin, nuestro profesor (o profesora, porque la igualdad de género aquí viene bien al caso), el que repite hasta los mismos chistes, es sólo un ejemplo actual del pensador obrero.[6] Pero hay muchos más. Podría hacerse una colección de cuentos o relatos, de índole kafkiana, inspirados en las historias de los y las investigadores de CONICET: sus paseos por congresos, sus papers, sus proyectos de investigación mismos, muchas veces. Como decía, basta detenerse a pensar un minuto o dos, y saldrán varios de ejemplos más.
La perspectiva afirmativa no es, de todos modos, la del optimista boludo, que dice a todo sí y que no sabe decir no (es el asno el que sólo sabe decir y hacer sí; que dice sí a todo a lo existe, como supo señalar Zaratustra). La creación no es la resultante entre las fuerzas activas y reactivas, sino las fuerzas mismas configuradas de determinada manera.

Palabras finales
Seguramente porque el ensayo es un género que lo permite, en estas líneas he tratado de abordar distintos enfoques, distintas perspectivas disciplinares y corrientes teóricas (una teoría es exactamente como una caja de herramientas, supo decirle Deleuze a Foucault). También han estado presentes experiencias del activismo político, porque estoy convencido de que ellas tienen mucho que aportar a la reflexión y la producción teórica. En este sentido, no está de más recordar las palabras que Foucault le dijera a Deleuze: “Hay un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida el discurso y el saber de las masas”. Si entendemos que la producción intelectual de izquierda no debe hacer seguidismo de las masas, pero tampoco caer en la ilusión vanguardista de pretender transmitir saberes ya preestablecidos y dirigir desde la posición del que ya se las sabe todas, porque tiene conciencia, porque conoce el funcionamiento que rige la lógica del capital, etcétera, etcétera, entonces –decía– la tarea de esta Nueva Generación Intelectual que ha parido la resistencia a la ofensiva capitalista de las últimas décadas, tiene como objetivo central revisar las coordenadas estéticas, éticas y teórico-políticas que guiaron el accionar de las generaciones precedentes.
Tal vez como bisagra, entre nuestra generación y las anteriores, se encuentren algunos de los planteos de Deleuze y Guattari. Por eso quisiera hacer aquí sólo un breve recorte de su vasta y prolífica obra. Tan sólo recuperar algunas de sus preguntas, que sospecho serán centrales para nosotros en los próximos años: ¿Es posible sustraer el pensamiento del modelo del Estado? ¿Existe algún medio para conjurar la formación de un aparato de Estado (o sus equivalentes en un grupo)?
Las hipótesis que ensayan en uno de los tomos de Capitalismo y esquizofrenia (en la meseta titulada “Tratado de nomadología: La máquina de guerra”) me resultan sumamente provechosas. Veo allí una enorme potencia para un pensamiento revoltoso, insubordinado, subversivo.
Ellos advierten sobre las complicidad, las mutuas implicancias que se establecen entre la forma-Estado y el modelo hegemónico del pensamiento. Si para el pensamiento es interesante apoyarse en el Estado (porque logra así una gravedad que nunca tendría por sí sólo, transformándose en un centro gracias al cual todo –incluido el propio Estado– parecieran existir gracias  a su eficacia y sanción), no menos interesante es para el Estado desplegarse en el pensamiento, y recibir de él la sanción de forma única, universal. “En efecto, la forma-Estado gana algo esencial al desarrollarse así en el pensamiento: todo un consenso. Sólo el pensamiento puede inventar la ficción de un estado universal de derecho”. El Estado proporciona así una forma de interioridad al pensamiento, pero éste proporciona al Estado la forma universal. Curioso intercambio entre la razón y el estado, dicen: “la razón realizada se confunde con el estado de derecho, al igual que el estado de hecho es el devenir de la razón” (2004: p.p. 380-381).
Por eso van a rescatar a Nietzsche y sus aforismo, a diferencia de la máxima que, en la república de las letras, funciona como un acto orgánico de Estado. El aforismo, dicen, siempre espera su sentido de una nueva fuerza exterior, de una última fuerza que debe conquistarlo o someterlo, utilizarlo.
Inventar, entonces, he aquí el núcleo central del pensamiento. Ahora bien, el intelectual, tal como lo estamos entendiendo ahora desde la Nueva Izquierda Autónoma, no sería un especialista en conceptos. En todo caso, su rol filosófico (digamos) consistiría en crear conceptos. “Crear conceptos siempre nuevos”, insistirán Deleuze y Guattari años más tarde, porque “los conceptos nuevos tienen que estar relacionados con problemas que sean los nuestros, con nuestra historia y, sobre todo, con nuestros devenires” (2009; p. 33). Es decir, una creación inmanente a las experiencias. Producidos, o co-producidos, junto a las luchas y los procesos de organización que como clase nos vamos dando. No refugiados en una cátedra, detrás de un escritorio sino en la calle. Calles –como señaló alguna vez Cortázar– muchas veces llenas de barricadas y ásperas confrontaciones.
Por supuesto, se podrá criticar mucho todo lo expuesto en este trabajo. De todos modos, no importa. O sí, y ¡bienvenido sea! ¿O no es, acaso, parte de las tareas del propio ensayo gestar polémicas y debates? Porque más que atender a  un propósito individual, tal como remarcó Susana Gómez, “el ensayista político pregunta sobre las preguntas que están en discusión sobre un tema particular” (Gómez: 2007; p. 19). Y las respuestas, o la elaboración misma de esas preguntas, conlleva siempre una posición, que entra en discusión con otra. Alguna vez –y lo menciono porque un poco en ese espíritu está escrito este ensayo– ante sus detractores, Freud escribió: “¡Son muchas acusaciones de una vez! Pero estoy preparado para rebatirlas todas…” (Freud: 1984; p. 241). Un poco en este espíritu, decía, estas líneas pretenden intervenir en los debates (en las preguntas inconclusas, las respuestas truncas) que nos atraviesan como generación. Porque de alguna manera necesitamos un poco más de irreverencia y audacia si pretendemos hacer oír nuestra voz  luego de los efectos del terror (¿O acaso no ha sido ese el signo de la época postdictatorial?). Irreverencia y audacia como la que se vio en las calles durante las jornadas insurreccionales del 19/20 de diciembre de 2001. Así también en el espacio textual, comprendiendo a la literatura como un cross a la mandíbula (Arlt: 1997; p. 386), poniéndonos los guantes para refutar los ideales (Nietzsche: 2006; p.), tal vez lleguemos a conquistar un pedazo de ese suelo anhelado. O tal vez, por qué no, ponernos los guantes para refutar a quienes se empecinaron (y aun se empecinan, tras un discurso progresista que se conforma con arreglar un poco lo existente, sin transformarlo de raíz), decía, darle un cross a la mandíbula a quienes niegan que en nuestra época, aún, es posible tomar el cielo por asalto.

Bibliografía                                      

Abraham, Tomás, El último oficio de Nietzsche, Sudamericana, Buenos Aires, 2005.
Acha, Omar, La nueva generación de intelectuales, Herramienta Ediciones, Buenos Aires, 2008.
Arlt, Roberto, Obras. Tomo I: Novelas, Losada, Buenos Aires, 1997.
Conrad, Joseph, El duelo, Alfaguara, Madrid, 1977.
De Santis, Pablo, La traducción, Planeta, Buenos Aires, 2006.
Deleuze, Gilles y Guattari, Féliz, “Tratado de nomadología: La máquina de guerra”, en Mil mesetas, capitalismo o esquizofrenia, PRE-TEXTOS, Valencia, 2004.
Deleuze, Gilles y Guattari, Féliz, ¿Qué es la filosofía?, ANAGRAMA, Barcelona, 2009.
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[1] Puede consultarse Pacheco, Mariano, De Cutral Có a Puente Pueyrredón, una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados, Desdele subte-El colectivo, Buenos Aires, 2010.
[2] No ahondaré en este tema por cuestiones de espacio.
[3] Puede consultarse sobre esta experiencia cultural en: http://suenacontraviento.blogspot.com (Pacheco, Mariano: Contraviento y marea, septiembre de 2010).
[4] Puede consultarse sobre la reapertura de la Estación en: http://www.profanaspalabras.blogspot.com  (Pacheco, Mariano: Multiplicar su ejemplo, continuar su lucha, diciembre de 2010).
[5] En otro ensayo,(Nietzsche, Freud y Roberto Arlt. Notas y reflexiones encontradas (en prensa), desarrollo con mayor amplitud este tema. De todos modos, quisiera destacar aquí que fue la discípula argentina de Leplanche quien ha destacado -en lecturas contemporáneas- que la perversión debía ser pensada ya en otra clave: como proceso de goce basado en la des-subjetivación del otro. Es decir, la perversión como un ejercicio sobre el cuerpo del  otro, despojándolo en su capacidad de acción, no sólo sexual sino intersubjetiva. En sus propias palabras: “No se trata ya de la transgresión de la zona, ni del modo de ejercicio de la genitalidad, sino de la imposibilidad de articular, en la escena sexual, el encuentro con el otro humano” (Bleichmar: 2005; pp. 115-116).
[6] La docencia –¡y no sólo en las Universidades!, también los colegios secundarios y aun en los primarios–puede ser (es) un oficio y una trinchera. Hay experiencias muy interesantes que se viene desarrollando desde espacios gremiales, pero también por fuera: desde la intervención (tanto en las formas como en los contenidos) en las aulas hasta la elaboración y ejecución de proyectos de extensión, de publicaciones, pasando por grupos de estudio, de investigación, de lectura y reflexión. También están las experiencias de docencia en el marco de los Bachilleratos Populares y el desarrollo de talleres de diverso tipo, con niños, adolescentes, jóvenes y adultos (filosofía, periodismo, literatura, artes plásticas, video y fotografía, música). Por supuesto, no todo aquel o aquella que realiza este tipo de actividades es de por sí un intelectual. Hace falta una perspectiva determinada para que allí se produzca otra cosa que no sea la repetición automatizada de una tarea.