Leí el “Segundo manifiesto por la filosofía” en los días en que recorrí París.
Tomé esta foto mientras visitaba la École normale supérieure, en una suerte de gesto místico
antiracionalista de tratar de captar algo de las ideas estando de cuerpo
presente en uno de esos sitios tan emblemáticos de la vida intelectual. Fue en
vano.
Lo que sí me quedó como importante de aquellos días
fueron unas notas que tomé en mi cuaderno y ahora transcribo en un Word,
mientras detecto lo aún impactado que sigo por la lectura de este gran libro.
Badiou, heredero de la “Gran época” de ese fuerte momento
filosófico que fue el de las décadas del 60 y 70 del siglo XX, retoma aquí
(2009) su “Manifiesto por la filosofía de dos décadas antes (1989) y se plantea
“no ceder en nada” respecto de sostener el “optimismo del pensamiento” en esa
declaración de guerra frente al reino de la opinión del mundo contemporáneo.
Pensada la “lógica de los mundos” como diferencia de las
diferencias, recomienda prestar atención a aquellas cosas que aparecen en el
mundo y merecen una preocupación filosófica.
“¿Qué es una vida digna de ese nombre?”, se interroga. Y sostiene
que toda filosofía digna de ese nombre debería poder responder que “vivir es
actuar para que no haya más distinción entre la vida y la idea”, ya que la idea
es la que “ordena una subjetivación” y una subjetivación es lo que le permite a
un cuerpo orientarse en el mundo para experimentar su devenir intramundo.
Si esto es posible, insiste Badiou, es porque en el mundo
hay cosas, excepciones que, si bien se gestan en un tiempo y en un lugar
determinados, tienden a la universalidad. Y son esas excepciones (esas “verdades”)
las que unifican mundos sobre la base de una apertura de lo uno hacia la
multiplicidad de multiplicidades (el vacío).
Retomando el inicio de su segundo tomo de “El ser y el
acontecimiento”, titulado “Lógica de los mundos” (2008), Badiou arremete contra
el régimen de opinión que, dice, sostiene que:
“No hay más que cuerpos y lenguajes”.
Y, por lo tanto:
“Existen individuos con opiniones y culturas diversas
cada una con sus derechos”.
Es sobre la base de esta fórmula de la política como “gestión
de derechos” que la sociedad contemporánea asegura el “mejor provecho para los
individuos”, con su paradigma de “crecimiento armonioso” y “desarrollo
sustentable”.
Así, frente al “cuerpo banal” sostenido por el reino de
las opiniones, el cuerpo de verdad asume el desafío que le presenta la filosofía
contemporánea como tarea: vivir una vida que sea conmensurable con la idea.
Para ello resulta fundamental sostener una fidelidad a
los acontecimientos que puedan sobrevenir y conmocionar localmente la
estructura del orden social.
Así, entre sus tareas contemporáneas, la filosofía tiene
la de desmoralizar el pensamiento, desatar la potencia de desestabilización de
las opiniones dominantes, convocar a la juventud a posicionarse allí donde se
decida la creación continua de una verdad nueva. “Identificar aquello que, de
una verdad, hace suficiente excepción a las leyes del aparecer para poder valer
universalmente”, remata Badiou.
Una verdad, entonces, es la consecuencia de una
modificación local de las prescripciones trascendentales. Por eso una verdad no
puede sino nacer de un acontecimiento (su aparecer es azaroso y procede de todo
aquello cuya existencia era totalmente inaparente).
De allí la máxima filosófica que sostiene:
“Mira lo que adviene y no sólo lo que es”.
Máxima que insiste en que hay que sostener para poder
trabajar en las consecuencias de lo nuevo, aceptando la disciplina apropiada al
devenir de esas consecuencias.
“Declararse en cuerpo y alma partidario de ese enunciado”,
declara Badiou, en relación al enunciado primordial que forma afinidad entre
los cuerpos existentes y las ideas que sostienen la mutabilidad del mundo y la
capacidad humana de hacer advenir lo nuevo.
Hay, así, una “contingencia brutal” en este enunciado
primordial: huella de la potencia del acontecimiento que no es más (ni menos)
que la perturbación del orden del mundo.
Por último, no quiero dejar de resaltar esto que Badiou
dice a propósito de sus “Manifiestos por la filosofía”:
“Digamos que a un manifiesto por la existencia continuada
de la filosofía (contra el pathos de su fin) sucede un manifiesto dedicado a su
pertinencia revolucionaria (contra el dogmatismo servil que hace de ella un
componente de las propagandas de occidente)”.








