martes, 25 de julio de 2023

“La filosofía y la vida” (Taller Virtual)

Ciclo intensivo de abordaje de Deleuze, Nietzsche y Spinoza




Coordinación: Mariano Pacheco


Deleuze –el profesor Deleuze, aquel con el que aprendemos a leer mientras lo leemos– propone establecer “relaciones moleculares” con los autores que abordamos, con los que nos vinculamos desde una determinada sensibilidad filosófica, descubriendo a los que verdaderamente amamos, para con ellos, encontrar nuestras propias moléculas. Como él mismo hizo con Spinoza y Nietzsche.

La filosofía como creación de conceptos –según Deleuze definió junto a Guattari– siempre tiene que ver con nuestra historia y, fundamentalmente, con nuestros devenires. ¿En qué nos implican entonces estas filosofías? ¿Qué relaciones se establecen entre las ideas de estos pensadores y nuestras propias –impropias– vidas?

La ética de Spinoza leída como una etología (es decir, como una ciencia práctica de los modos de ser), para poder salirnos del lugar en el que padecemos el mundo y abrirnos paso hacia los encuentros que potencien nuestras capacidades de hacer, de sentir y de pensar.

Filosofar con el martillo, elemento diferencial crítico-creador, tal como Deleuze lee en el obrar de Nietzsche: gestar otra sensibilidad para tramar nuevas imágenes del pensamiento, que nos permitan inventar nuevas posibilidades de vida. Trazar genealogías, interpretar síntomas, modelar tipos.


Dos encuentros virtuales. 

Actividad arancelada

Miércoles 2 y 9 de agosto, de 19 a 21 (hora argentina)


CONSULTAS: profanaspalabras@gmail.com

 

domingo, 23 de julio de 2023

Por el sendero luminoso de David Viñas

 






POR MARIANO PACHECO*

 

“¿Para qué escribo? Muy simple. Para que esos posibles lectores que se me parecen contribuyan al movimiento que los arranque y me arranque de la humillación. , para superar ese nivel de casi país que padecemos y para que nuestra literatura sea algo completo…”. 

David Viñas, Las malas costumbres (solapa)

 

 

En 1964 David Viñas publica su disruptivo libro Literatura argentina y realidad política. De allí en más, ni la literatura, ni la historia, ni la crítica en Argentina se leerán del mismo modo. Es el mismo año en que José Luis Manguieri funda La rosa Blindada, emblemático proyecto político-editorial que toma el nombre del libro homónimo de poesía de 1936 escrito por Raúl González Tuñón –nombrado “Director de honor” por el colectivo editorial– en homenaje a la insurrección masacrada de los mineros de Asturias, ocurrida en España en octubre de 1934. Para entonces, desde hacía una década ya Viñas venía publicando novelas, y un año antes había publicado ese magistral Manifiesto que figura en la solapa de su único libro de cuentos, Las malas costumbres (casi podría decirse que los cuentos acompañan la solapa). También había fundado y dirigido, junto a su hermano Ismael, la emblemática revista Contorno (1953-1959), de la que participaron –entre otros– León Rozitchner, Oscar Masotta y Adelaida Gigli; revista que en su Nº 2, de 1954, rescata la figura de Roberto Arlt.


Tuñón y Artl, el legado y el parricidio

Arlt murió joven y como un maldito entre los malditos. O en los bordes heréticos de las iglesias literarias. Tuñón, se sabe, apadrinó a Juan Gelman, y luego, al Cuarteto Cedrón.

Pero eso sucedió antes de que el Río de la Plata se transformara en una marea de muertos sin sepultura, y antes de que el deseo revolucionario se extinguiera de nuestra sociedad. Lo que vino después del “Plan Cóndor” es archi-conocido: la teoría de los dos demonios, el reconocimiento de escritores militantes, emblemas de la cultura de izquierda, sólo como “poetas”, “periodistas” y “escritores”. Así y todo, personajes como los de Rodolfo Walsh, Francisco Urondo y Haroldo Conti no dejaron de acompañar a nuevas generaciones, pero más como figuras que como expresiones de proyectos estético-políticos a revisitar. Tuñón murió en 1974, pero Viñas nos acompañó hasta bien entrado el siglo XXI, molestando siempre, con su zumbido de moscardón inasimilable a la cultura de posdictadura.


Entrevistas

2018: como en el viejo zaping, pero ahora en youtube. Busco “Viñas”, “David Viñas”, “entrevistas”. La lista de reproducción larga varias posibilidades. Ya las he visto todas, en distintos momentos, pero cada tanto –en alguna noche de desvelo– suelo volver a mirar algunas.

1995: Viñas participa de una charla en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Gente sentada en sillas, muchas pibas y pibes jóvenes en el suelo. Numerosos carteles colgados con rostros de otros jóvenes, pero protagonistas de las coyunturas acontecidas veinte años atrás. Están desaparecidos, entonces y ahora. Tal vez alguno haya aparecido (su cadáver en realidad) producto del trabajo realizado por el Equipo Argentino de Antropología Forense. No lo sabemos. Lo que sí sabemos, porque ha quedado registrado en una cámara filmadora, es que Viñas liga el rostro de esos militantes con los de sus hijos, también desaparecidos por el Terrorismo de Estado. David nombra a María y Lorenzo Ismael Viñas y luego a Víctor Choque.

¿Quién se acuerda de Víctor? De Cabezas muchos. Es que José Luis era fotógrafo, y su nombre fue mencionado durante mucho tiempo, cada día, en los noticieros de Canal 13. “No se olviden, de José Luis Cabezas”, repetía a diario Santo Biassatti con rostro adusto. Pero de Víctor no. Se olvidaron rápido los medios hegemónicos. Pero entonces Viñas lo recordó. Había muerto hacía poco tiempo. Y David lo puso en serie con sus hijos detenidos-desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. ¿Hizo mal? Poco importa. Lo que importa es su coherencia.

Víctor Choque fue un obrero de la construcción, salteño, asesinado en Ushuaia el 12 de abril de 1995, justo dos años antes de que Teresa Rodríguez fuera asesinada cuando pasaba por las cercanías de un piquete en Cutral Có. Son los años cínicos, los años del Menemato, según supo tempranamente caracterizar, y nombrar, David Viñas, el hombre que desde la literatura y la crítica había trazado un hilo invisible entre los indios, los gauchos, los cabecitas negra, los subversivos, es decir, entre todos aquellos asesinados por esa “constante con variaciones” que fue la “violencia oligárquica” en Argentina. Estamos “en ejercicio de la memoria”, insiste David. Y recuerda también a los fusilados en la Patagonia Rebelde en los años 20; a los fusilados en José León Suárez, a mediados de los años 50 y a los asesinados durante el Cordobazo, ya finalizando los años sesenta. Todas secuencias del siglo XX.

 

2017: releo un libro de Viñas, tras haber realizado un ejercicio viñesco: leer con atención el diario La Nación. Luego escribo: fines de la década del ‘50 del siglo XX, Viñas escribe Los dueños de la tierra. Fines de la década del ‘90 del siglo XIX. David sitúa el inicio del relato de su novela. Dos personajes discuten sobre “la mejor manera de cazar indios”. “Como si fueran guanacos o cualquier cosa”, dice uno. Porque “matar era como violar a alguien. Algo bueno”, comenta otro. El relato avanza, y las frases pronunciadas resuenan desde el fondo de la historia en esta cruda realidad del siglo XXI. “¿Nosotros venimos aquí a divertirnos o qué?”.

El interrogante es del libro de Viñas, no de la “Revolución de la alegría” que, a través de la Gendarmería Nacional, ha detenido-desaparecido al joven trabajador de la economía popular Santiago Maldonado.

Meses después aparecerá el cadáver de Maldonado flotando sobre un río. Nuevas operaciones mediáticas, políticas, judiciales. El veredicto final determina que Santiago se ahogó mientras cruzaba el río, sin padecer su cuerpo violencia previa. Para muchos la prueba de que seguimos en democracia. Ergo: ya no se cometen delitos de lesa humanidad. Para otros tantos la autopsia no cambia algo sustancial: Maldonado escapaba de una represión (ilegal), desatada por Gendarmería Nacional. El artesano estaba en el sur del país junto a la comunidad mapuche que resiste el avance represivo del Estado argentino que toma la Ley Antiterrorista (aprobada durante el anterior “gobierno progresista”) para “inventarse” ese nuevo enemigo público. Ese mismo Estado que casi un siglo y medio atrás recorrió similares latitudes en una campaña que denominó del desierto, pero resulta que ese desierto lo habitaban los indios, tan condenados entonces como hoy.

“Era famoso en toda esa parte de la Patagonia. Bond. Y cuando esos animales -o lo que fuera- caían, él los golpeaba hasta que agacharan la cabeza, no miraban más y quedaban completamente oscurecidos como su propia piel”, leo en la novela de Viñas, quien agrega: “lo que molestara tenía que ser eliminado”.

Las mismas tierras patagónicas en donde semanas después, en una nueva represión a las comunidades mapuches, la Prefectura Nacional asesina a Facundo Nahuel, otro joven, trabajador de la economía popular (menos reivindicable por nuestras bellas almas progresistas, al parecer, porque no era blanquito y capitalino como Maldonado): las mismas latitudes en donde hace casi un siglo atrás el Estado exterminaba trabajadores criollos, de Argentina y de Chile, y también, inmigrantes. Esos que le habían salido como tiro por la culata en los planes de Don Faustino, el Sarmiento que había promocionado que pobláramos el “desierto” con gente de bien, europeos, no negros de mierda –como ahora– venidos de países cercanos, o de tierras tan lejanas que no sabemos ni ubicar en el mapa. Entonces vinieron europeos, sí, pero resulta que esa gente de bien no era tan de bien, al parecer. Eran anarquistas, hombres y mujeres de espíritu libertario, no iguales pero parecidos a los gauchos e indios que en malones y montoneras se habían resistido a la captura operada por el Estado en su búsqueda por transformarlos en ciudadanos de la república burguesa, es decir, en fuerza productiva para el capital.

 

2018: sigo viendo videos. Los años van variando, la actitud de Viñas no. Aparece más joven o más viejo, siempre con bigotes, voz decidida, intervenciones punzantes.

Viñas con cincuenta y pico, durante el exilio mexicano; Viñas viejito ya, más de ochenta años, meses antes de morir, contando que está metido en un proyecto para fundar una nueva revista sobre temas latinoamericanos. Lamenta que en Argentina no exista ninguna biblioteca donde poder investigar seriamente sobre literatura Latinoamericana.

Viñas cultiva siempre la incomodidad como posición existencial. David es una gran figura ampliamente reconocida y con trayectoria en el campo cultural argentino; ya rechazó unos años antes la beca Guggenheim; ya se le reconoce el mérito de haber acuñado el concepto de menemato; ya fue candidato a intendente de la ciudad de Buenos Aires por una lista de izquierda. Tiene setenta años y va a participar de una mesa sobre “intelectuales y política” del programa “Los 7 locos”, que se emite por la televisión pública. Un breve extracto de ese programa se hizo luego famoso porque Beatriz Sarlo se indigna en un momento y se va. El extracto se viralizó bajo el nombre de “El antecedente de `Conmigo no, Barone`”, pero lo sustancioso de la intervención de Viñas no está allí, sino en otra parte del video. Es 1995, mitad de la “década perdida”, la “segunda década infame” o como se quiera llamar a ese doble mandato de Carlos Saúl Menem en la presidencia de la Nación. Viñas, impoluto, les dice en la cara todo lo que les tiene que decir a quienes comparten mesa con él. No se ruboriza, no se acobarda, no da tregua ni hace concesiones. Es un buen ejemplo de cómo debería entender un intelectual crítico que tiene que posicionarse frente a una cámara de televisión.

Viñas aclara que se debe distinguir entre intelectuales críticos y sumisos. Es interrumpido por la conductora, que le dice que no cree haber invitado gente sumisa a su programa. Y Viñas vuelve a la carga, e insiste en que se siente abrumado por la presencia de tantos funcionarios. Hace un paréntesis a su alocución para señalar que en un lugar llamado “Los siete locos” la escenografía está compuesta por personas a las que les falta la cabeza, cuando la locura tiene que ver con la cabeza y no con los pies. “Todas parejas heterosexuales”, remarca, y agrega: “yo que participo activamente en la homosexualidad me siento discriminado”. La conductora intenta conciliar, pero Viñas insiste en que no se reconoce como colega de quienes están en esa mesa, algunos de los cuales han pasado del menemato a la Alianza. Y recuerda que a mayor riesgo de crítica, mayor riesgo de sanción. Cita los nombres de Rodolfo Walsh, de Silvio Frondizi y de John Willian Cooke. La conductora se impacienta. Viñas no retrocede. Rescata su derecho a definirse por la discrepancia. “¿Nada más?”, lo increpa la conductora. “Y nada menos”, agrega Viñas, quien remata: “decir No es empezar a pensar”.

El video sigue. Hago una pausa y me levanto a buscar ese libro que publicó cuatro décadas antes de asistir a ese set televisivo. Releo Los dueños de la tierra y encuentro esas líneas que había ido a buscar; esa frase que tanto me gusta y que pongo en serie con sus dichos en “Los siete locos” para cerrar estas líneas de homenaje al gran intelectual irreverente; extracto de su novela de 1957 que dice así:

 

“Y era bueno poder ver a los enemigos, si hasta era saludable poderlos odiar enteramente, como un ojo mira redondamente a un blanco. Es que ese odio sí que se lo sentía con de esa forma total, resultaba placentero, no incomoda, llenaba el cuerpo y lo sostenía a uno. Hasta adquirían importancia y su verdadero valor los enemigos y uno se definía a partir de ellos. `No` a lo que comen, `no` a lo que leen, `no` a lo que tienen metido en la cabeza…– le había dicho Yuda”.

 

 

 

sábado, 22 de julio de 2023

Literature According to Sartre


By Mariano Pacheco

(Translated by Tamina Pitrelli)

 

¿How could we not make an echo of phrases like “our intention is to contribute to the production of certain changes in the society that surrounds us” or “we place ourselves next to those who want to change both the social condition of man and the conception man has of himself”? Both quotes belong to his classic post-war book, What is literature? Situation II, published for the first time in 1948 Paris by the emblematic publishing house Gallimard, and in Buenos Aires in 1950 by Editorial Losada.

This is the book in which that other cannonic phrase is thrown: “How —they say— is it that that writing thing compromises?”. The writer’s compromise; behold the beginning of a misunderstanding. Because beyond his personal position during the sixties and seventies (his visit to revolutionary Cuba, next to Simone de Beauvoir; his foreword to The Condemned of the Earth by Frantz Fanon; his role during May 68 in Paris; his speeches to labourers at the doorsteps of the Peugeot factory —standing on a barrel— as a workers union conflict unfolds, only to point out his most known, most outstanding breakthroughs), his theory of compromise has little to nothing to do with what is usually “divulged” under the compromised intellectual label.

Firstly, because compromise is an existential position, that exceeds political option (read: he who says to have leftist ideas is compromised). One can be compromised with the Right, or, more so —Sartre tells us— the abstention from a position is also a decision. As it can be read in the quoted extracts, Sartre speaks of “contributing” and placing oneself “next to”. Which has nothing to do with that “ivory-towerist” figure of the compromised intellectual as he who places himself above the process of the real movement. Or at least, that, is how I like to read, in a gesture for recovering this old partisan who both academic trends and rigorous criticism tossed from critical thinking sent to the museum, as an old piece —in best case scenario—  when they didn’t simply send him to the old-age pensioners’ line.

Sartre hasn’t only been criticized for that figure of compromise being stained by an avant-garde intellectualism, but rather that it was sustained on the principle of an unconditional, eternal freedom. Nevertheless, when he refers to this issue his conclusions are blunt (unlike what he’s criticized for), in sustaining, for example, matters as the ones that follow:

“Totally conditioned by his class, his salary, the nature of his labour, conditioned even in his feelings, even in his thoughts, it is his turn to decide the sense of his condition and that of his comrades and it is him who, freely, gives the proletariat its prospects of humiliation without a truce or of conquest and victory, depending on whether he chooses himself resigned or revolutionary; and it is for this decision that he is responsible.”

In regards to writing —as he did as well in his autobiography The Words—, Sartre never ceases to claim that it is a job. “Writing —he tells us in the text that I’m recovering— is acting.” And because word is action, it can contribute to producing certain changes in society. Written and spoken word, then, can be a weapon in the combat for emancipation. Of course, it can be objected: While some act by biting the bullet others do it from their desks! But in this, as well, Sartre is clear, and doesn’t hesitate to affirm: “There comes a day in which the pen sees itself forced to stop and it is then necessary for the writer to take up arms… Writing throws the writer into battle.”

Writing throws the writer into battle, among other issues, because literature (in its broad sense), is like a calling. One writes for others to read. Therefore, because one doesn’t write for slaves, it is that writing is, also, a certain way of wanting freedom, and fighting for it. It’s not that one must choose between one aim or the other. Aims are invented —Sartre insists—. “Man must invent every day.” To write for a public that has the freedom to change it all.

 

martes, 18 de julio de 2023

Medianera, un film de 2011, reestrenado en 2023, que no pierde actualidad

 


Un film sobre Buenos Aires; sobre la conectividad que nos desconecta; sobre la soledad, pero también, del deseo de estar con otres; sobre la angustia y la ansiedad; sobre nuestras vidas contemporáneas en la ciudad. Medianeras tiene la particular virtud de reestrenarse en pantalla grande en 2023, 12años después de su debut cinematográfico, y parecer actual. En ese sentido, más allá del género (comedia romántica, quizás un poco fuera de foco en tiempos en que se lanzan dardos al “amor romántico”), la película guionada y dirigida por Gustavo Taretto y protagonizada por Javier Drolas y Pilar López de Ayala (en el papel de MyM: Martín y Mariana), logra captar, en su momento de emergencia, todo aquello que va a exasperarse con el paso del tiempo, sobre todo después de la pandemia del COVID-19: la vida-delivery, empastillada, colapsada, astillada, teletrabajada, estresada, angustiada, encerrada producto de la confusión de ámbitos laborales y hogareños y el ensimismamieto existencial.

El film, en el que también actúan Inés Efrón, Rafael Ferro, Carla Peterson, Adrián Navarro, Jorge Lanata, Alan Pauls, Romina Pauls y Miguel Dedovich, puede verse hoy y mañana en el Cine Gaumont de Congreso, a las 20.20 horas

domingo, 16 de julio de 2023

¿Procesar al proceso? Acerca del film "Argentina, 1985", de Santiago Mitre

 La memoria es un campo de batallas y el cine una de sus principales trincheras.

 


Por Mariano Pacheco*


Desde su intervención en el campo cultural, esta película no puede visualizar que es posible (como lo fue alguna vez) replantear el esquema del orden económico, político, social y cultural reinante, para abrir espacio de creación de nuevas condiciones. La falta de recuperación de la identidad política de la militancia, el trasfondo económico de la dictadura y los debates en torno al concepto de guerra.

 

Como film que apela a una estructura y recursos de composición del cine clásico, Argentina, 1985, la película dirigida por Santiago Mitre está muy bien: las actuaciones, la musicalización, sobre todo la reconstrucción de la trama judicial como núcleo temático central. Las canciones interpelan un cierto inconsciente colectivo progresista, que se ve reforzado por el hecho de que el gran “héroe nacional” (el fiscal Julio Strassera) sea interpretado por Ricardo Darín. Si bien Peter Lanzani se destaca en su rol de fiscal adjunto (Luis Moreno Ocampo), las interpretaciones de Norman Briski (en el papel de Ruso, uno de los grandes guías del héroe) y Carlos Portaluppi (recordado por gran parte del público como “Dominicci”) en su papel de Juez, logran sobresalir más allá de sus episódicas apariciones. Seguramente la parte más endeble de la película tenga que ver con el modo en que se representan las infancias y adolescencias: sobrecargadas de sentidos actuales, el pequeño hijo del fiscal y su hermana mayor parecen desenvolverse con modos más típicos de 2022 que de 1985. De todas formas, el gran problema del film aparece a la hora de pensarlo como artefacto cultural que interviene en la producción de sentidos de la sociedad (como se ve que está sucediendo, con 173.000 espectadores sólo en los primeros dos días).

 

Procesar el proceso

Toda producción artística implica una posición política. En este caso de manera mucho más explícita, al tomar un hecho de la historia contemporánea del país. Por lo tanto, las clásicas preguntas sobre qué contar y qué no, y cómo hacerlo, se tornan aquí fundamentales. Aquí, la audiencia puede quedarse con la amarga sensación de que Argentina, 1985 podría haber sido producida en 1990, en 2001 o en 2010, porque toma la historia del Juicio a las Juntas casi como si no hubiese pasado nada desde entonces.

Se sabe que la memoria es un campo de batallas y, por lo tanto, los recuerdos, los modos de procesar el pasado, no permanecen iguales a sí mismos con el transcurso de los años, sino que se ven atravesados por las luchas sociales, políticas, culturales. Y el modo en que se hizo en 1985 el Juicio a las Juntas estuvo fuertemente condicionado por el contexto histórico heredado: el miedo esparcido por el cuerpo social, cierta necesidad de poner el foco en la violación de los derechos humanos cometida por los integrantes de las fuerzas de seguridad sin hacer demasiado hincapié (cuando no negando u ocultando abiertamente) la identidad política y el proyecto de sociedad de quienes padecieron en sus cuerpos el accionar terrorista del Estado y una escasa indagación sobre los motivos económicos, políticos y culturales del golpe del 24 de marzo de 1976.

De ese cóctel de omisiones, temores y ocultamientos surgió el “Nunca más” y su consecuente “teoría de los dos demonios”, que ponía eje en el “enfrentamiento” entre militares que no supieron, no pudieron o no quisieron llevar adelante la represión estatal con parámetros legales y unas fuerzas guerrilleras que, sin llegar a torturar, sí secuestraron y mataron. Ese argumento, si así puede llamarse, se ve reforzado por la idea (que aparece claramente en el film) de que la Argentina de mediados de la década del setenta del siglo pasado era una sociedad tomada por la violencia política que había que erradicar y un modo de hacerlo era a través de la salida de los militares de sus cuarteles.

Lo que no puede leerse desde esos anteojos con los que se miró al Proceso entonces, es que para 1975 las organizaciones revolucionarias que llevaban adelante la lucha armada estaban, en términos militares, fuertemente debilitadas, producto de la represión estatal y para estatal: el “Operativo Independencia” del Ejército en Tucumán para “aniquilar” a las fuerzas insurgentes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que se menciona en el film, y los omitidos asesinatos perpetrados por la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A, que operó sobre todo contra la izquierda peronista, hegemonizada por Montoneros, quienes en 1975 padecen un duro golpe al fracasar su intento de copamiento del Cuartel militar de Formosa (también en 1975, el ERP sufre el duro revés de su fracaso al intentar copar el cuartel bonaerense de Montechingolo).

Por otra parte, luego del shock inflacionario de mediados de ese año, al que la clase obrera responde con numerosas y masivas movilizaciones y un entramado organizacional novedoso (las Coordinadoras de Gremios en Lucha), las clases dominantes en Argentina no parecen estar muy dispuestas a poner en discusión su programa de reordenamiento económico y social. Sobre todo después de la experiencia de las décadas anteriores. Y aquí radica uno de los puntos más importantes a poder sostener en cualquier debate sobre aquellos años: la violencia política no comenzó cuando emergieron en el país puebladas y organizaciones armadas, a fines de los años sesenta e inicios de los setenta; ni siquiera cuando, durante los últimos años de los cincuenta, sectores de la clase obrera ejercieron el sabotaje, sino cuando los militares derrocaron al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, a quien se intentó asesinar, junto con otras acciones tremendamente violentas como secuestrar el cadáver de Eva Duarte y mantenerlo clandestinamente enterrado por una década y media; o fusilar civiles y militares ilegalmente; o bombardear la Plaza de Mayo en pleno día; o torturar en cárceles, asesinar y obligar al exilio a opositores políticos; o hacer desaparecer militantes; o intervenir militarmente los sindicatos; o, simplemente, proscribir al movimiento político mayoritario del país. Todas esas acciones desataron luego el ejercicio de una contra-violencia popular que buscó abrir nuevamente caminos para democratizar la sociedad argentina, en algunos casos, y, en muchos otros, sostener una apuesta por revolucionar las bases mismas del modo capitalista de organizarla.

Cuando esta trama del contexto queda excluida de los testimonios singulares de quienes padecieron la represión, como sucedió en 1985 con el Juicio a las Juntas y como queda expresado en el film dirigido por Santiago Mitre, nos queda una colección de relatos individuales del terror. Y sabemos: el terror paraliza, funciona como fantasma que acecha como una pesadilla el cerebro de los vivos.

 

Cepillar la historia a contrapelo

Queda tal vez como ejercicio de quienes se dedican al cine ayudarnos al resto de los mortales a llevar adelante el ejercicio de imaginar otros modos posibles de abordar acontecimientos históricos de envergadura teniendo en cuenta las discusiones y producciones que una sociedad se da a sí misma sobre esos mismos acontecimientos con el paso del tiempo. 

Lo que no podemos dejar de mencionar aquí es la importancia que tuvieron en el imaginario social de quienes habitamos este país las numerosas producciones cinematográficas (documentales y de ficción), los libros, las investigaciones periodísticas y académicas, la confección de archivos testimoniales y la recuperación de textos teóricos, panfletos, documentos de discusión política de la década del setenta, incluyendo los de la última dictadura cívico-militar. 

El film no parece reparar en nada de esto a la hora de abordar ese juicio, ni tampoco la discusión política que atravesó a la sociedad argentina (o amplias franjas de ella al menos) en estas décadas recientes. Ya era una discusión, incluso en 1985, cuáles habían sido los sentidos del golpe de 1976, su contexto previo y sus consecuencias. Basta leer la “Carta abierta de un escritor a la Junta militar”, redactada por Rodolfo Walsh durante el verano de 1977 y dada a conocer en marzo del mismo año, para trazar una radiografía del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”; auto-denominación que suele ser condenada por el progresismo sin reparar en la importancia que tuvo en tanto declaración explícita de intenciones de los sectores de poder, puesto que sí, ese “Proceso” fue una dictadura que ejerció el más despiadado terrorismo de Estado, pero no por el hecho mismo del ejercicio de la violencia (“perversión moral”) sino por su claro objetivo político: para reorganizar la nación sobre nuevas bases (momento de inicio del modelo neoliberal que luego va a consumarse plenamente durante el menemato).

 

Un arma cargada de futuro

Si algo tuvo la generación del setenta fue la vocación de cambiarlo todo y, para ello, la de abandonar los lugares de comodidad (y no me refiero aquí a una cuestión social, ni tampoco a un “afán sacrificial”, sino a la incomodidad de tener que pensar un accionar capaz de garantizar una eficacia transformadora).

Una comodidad que parece haberse instalado en estos años y que nos imposibilita muchas veces pensar. Pensar, por ejemplo, para poder procesar el debate sobre la violencia política, tema tabú si los hay en los marcos de esta democracia de la desigualdad que heredamos tras la derrota de las apuestas de los setenta por revolucionar la sociedad. Hubo algunos intentos, sí, hace ya más de una década, cuando varios intelectuales críticos salieron al cruce de aquellas confesiones de invierno del cordobés Oscar del Barco; con los testimonios del juicio por la “Contraofensiva montonera”, para citar dos ejemplos emblemáticos. Pero parece un hecho que es una discusión que cuesta abordar, sobre todo, a niveles de amplitud social, más allá de los ámbitos militantes. 

Si la memoria es efectivamente un “campo de batalla”, como sostuvo el pensador italiano Remo Bodei, las miradas retrospectivas deberían poder trabajar no sólo sobre los hechos del pasado sino incluso sobre los modos mismos de ejercitar la memoria. En este caso, el “Nunca más” como emblema del Juicio a las Juntas, pudo encerrar en 1985 el sentido de nunca más a la represión como la que desplegaron los militares entre 1976 y 1983. Ese parece ser el pliegue consciente, el más evidente, detrás del cual se oculta uno inconsciente (menos evidente y quizás por ello más poderoso): ese que sostiene el terror después del terror, para advertir que todo desborde será nuevamente tratado de un modo aleccionador. 

Por eso el Juicio a las Juntas y el prólogo de Ernesto Sábato al Informe de la CONADEP, se entretejieron con el ovillo liberal que tuvo como producto final esa “teoría de los dos demonios” que obturó pensar el protagonismo popular en épocas nacionales de dictaduras y en contextos internacionales de revolución, desconociendo aquella máxima foucaultiana que sostiene que, aun en tiempos de paz, estamos en guerra los unos contra los otros, porque un frente de batalla atraviesa toda la sociedad, continua y permanentemente, poniendo a cada uno de nosotros en un campo o en otro. Acorde con los tiempos consensuales, la afirmación de que “no existe un sujeto neutral”, porque siempre, necesariamente, “somos el adversario de alguien”, sostenida por Michel Foucault en La guerra en la filigrana de la paz, fue descartada de plano durante estas décadas, en donde el ejercicio de la violencia se produce siempre contra los sectores populares.

Pero parece ser el tema tabú de nuestras democracias. Por eso no quisiéramos dejar de preguntarnos, como Jorge Jinkis lo hizo hace ya años en su ensayo titulado Inclemencias (recopilado en su libro Violencias de la memoria), si no hay algo de los vencidos, de su identidad singular y contradictoria, que se pierde al esquivar el uso de la palabra guerra. Para el psicoanalista argentino, el hecho de que los militares hayan usado esa palabra para justificar una matanza que tuvo una amplia masa de civiles cómplices no debería implicar necesariamente la negación de que hubo un enfrentamiento y que parte de quienes se enfrentaron (las fuerzas insurgentes) sostuvieron una estrategia de guerra (popular, revolucionaria). “Hubo una guerra aunque también haya sido una matanza”, insiste Jinkis, para aclarar enseguida que reconocerlo no empareja “bandos” ni iguala nada con nada.

Por las asimetrías de poder entre los bandos enfrentados –la maquinaria terrorista del Estado Militar, incluyendo la poderosa alianza civil sobre la que se sostenía, y el de los sectores populares en lucha, incluyendo sus “organizaciones armadas”–, en parte, pero en gran medida por la “operación de victimización” que el “alfonsinismo” –y la “clase política” en general–, el “sindicalismo sobreviviente”, las “empresas periodísticas”, los “intelectuales” y gran parte de la sociedad realizaron sobre la figura de la militancia de la década anterior, la idea de que el conflicto social sostenido durante dos décadas había desembocado en un enfrentamiento que se encontraba a las puertas de una guerra civil comenzó a ser borrado del horizonte de los debates de la época. 

Visto desde esa óptica, entonces, el “Nunca más” del Juicio a las Juntas no es pronunciado sólo respecto del “terrorismo de Estado”, sino también del deseo revolucionario. Considerado totalitario, ese deseo, esas apuestas de transformación revolucionaria de la sociedad, son colocadas en el lugar del Otro Terrorismo. Así, la fórmula “recordar para no repetir” –tal como señala Eduardo Grüner en el prólogo al libro de Jikins antes mencionado–, no es sólo una mala teoría de la repetición –ya que al poder no le interesa solamente reprimir, sino y sobre todo producir– sino que esa fórmula, dicha desde el poder, puede ser también –y sobre todo– una amenaza: “Recuerden que ya sucedió una vez, no vaya a ser que les suceda de nuevo”.

Argentina, 1985, desde su intervención en el campo cultural, parece quedar presa de esa cosmovisión, la que no puede visualizar que es posible (como lo fue alguna vez) replantear el esquema del orden económico, político, social y cultural reinante, para abrir espacio de creación de nuevas condiciones. ¿Debemos sentir tanto orgullo entonces de ese Nunca Más? Pasado del trauma, presente del síntoma; ojalá no sea una severa advertencia hacia adelante. Las nuevas generaciones tendrán la última palabra. Como decía Roberto Arlt: que el futuro diga.

 

*Nota publicada en el portal Tierra Roja en octubre 2022.