viernes, 10 de noviembre de 2017

Reseña de El psicoanálisis en la revolución de Octubre, editorial Topía


LIBROS PARA EL CAMBIO SOCIAL

Por Mariano Pacheco
 
La intrepidez de un pensamiento audaz como el psicoanálisis y una época de expansión de la idea comunista. ¿Qué pasó con la práctica y los postulados impulsados por Sigmund Freud en las tierras en donde por primera vez las ideas de Karl Marx funcionan como usina para poner en marcha la maquinaria de construcción de una nueva sociedad? 
 

“El coraje es necesario para un hombre de acción, pero parece que es necesario un monto mucho mayor de audacia para pensar”
Prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer
(Lev Vygotski y Alexander Luria)

Cinco autores ensayan cinco textos diferentes para abordar el vínculo entre marxismo y psicoanálisis, en este año plagado de aniversarios fundamentales para la cultura de izquierdas en el mundo: 50 del asesinato de Ernesto Che Guevara, 150 de la publicación de El capital de Marx y, finalmente, 100 de la Revolución Rusa, acontecimiento sobre el que se concentra este libro. Publicado recientemente por editorial Topía, El psicoanálisis en la revolución de Octubre (compilado por el director de la revista Topía, Enrique Carpintero), cuenta con textos del propio Carpintero, Eduardo Gruner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz y Juan Carlos Volnovich. El libro tiene además un apéndice donde se reproduce el prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer (emblemático libro de Sigmund Freud), escrito por Lev Vygotski y Alexander Luria; texto presentado por Juan Duarte, quien realizó la traducción del ruso al castellano.

Reconstrucción de un imaginario revolucionario
En su texto titulado “De Rusia: ¿con amor? Luces y sombras de la Revolución de Octubre”, Eduardo Gruner contextualiza la situación de los primeros años del proceso soviético y su posterior decadencia, ascenso del stalinismo de por medio. El autor de El género culpable problematiza la relación entre memoria y olvido en el mundo contemporáneo, llamando la atención sobre el “prestigio desmedido y peligro” que adquirió el concepto de memoria en el actual discurso de la “corrección democrática” y advierte asimismo sobre lo problemático de la estrategia del olvido del Ser de las revoluciones promovida por el poder: recordar todo el tiempo que estos procesos no valen la pena de ser recordados y mucho menos repetidos, colocando al fracaso de las apuestas revolucionarias como destino ineluctable de los procesos de transformación. Gruner se pregunta por qué se ha mitigado entre las masas el imaginario revolucionario, y afirma que hay que volver a discutir “el horizonte revolucionario como tal”. Recordando una frase del escritor Gilbert Chesterton sentencia: “las causas perdidas son precisamente las que podrían haber salvado al mundo”.
En “Los freudianos rusos y la Revolución de Octubre”, Carpintero destaca por su parte el hecho de que la revolución bolchevique haya abierto “el camino de la creatividad” en todos los ámbitos, al romper con la rígida censura religiosa (en especial en las manifestaciones artísticas y científicas), y reconstruye el ingreso del psicoanálisis en Rusia a partir de una figura (Osipov) que, si bien tuvo sus posiciones políticas conservadoras (cuando triunfa la Revolución del 17 emigra a Praga, sin ir más lejos), fue una figura muy importante en el período pre-revolucionario. Osipov, reseña Carpintero, fue un psiquiatra que había sido encarcelado en 1897 por haber participado del movimiento estudiantil, y luego expulsado de la Universidad de Moscú, donde estudiaba Medicina (estudios que continúa luego en Alemania y Suiza). Años después (1906), al regresar a Rusia, Osipov trabajó en la clínica de la Universidad de Moscú, donde enseñó y practicó la terapia impulsada por Freud, con quien poco después estudió en Viena, convirtiéndose a su vez en uno de sus traductores al ruso. En 1910, junto con Moshe Wulff (el primer médico que practicó el psicoanálisis en Rusia), Ospiv funda Psikhoterapiia, una revista en la que publica algunos artículos sobre teoría freudiana. Aparecieron 30 números de esta publicación desde su fundación hasta 1914, cuando deja de salir por razones económicas vinculadas al contexto de inicio de la 1° Guerra Mundial, tras la que Wulff se establece en Moscú para abrir un departamento especializado en el abordaje de enfermos mentales desde una perspectiva psicoanalítica en una una clínica psiquiátrica. A diferencia de Ospiv, Wulff sí fue partidario de la Revolución de Octubre, aunque luego (1927) tuvo que emigrar producto de la persecución stalinista (su estadía en Berlín dura unos años, tras los cuales debe emigrar nuevamente, ésta vez producto de la persecución del nazismo).
En su ensayo, Carpintero también realiza una reivindicación de mujeres que fueron fundamentales en esta historia de vínculos entre el marxismo y el psicoanálsis, como Alexandra Kollantai, la primera mujer en participar de un gobierno y la primera en ejercer la función de representante ante un gobierno extranjero. “Con el nuevo gobierno fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública, desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres”, descata Carpintero, quien recuerda que fue la “Rusia de los Sóviets” el primer lugar en el mundo en donde se estableció total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito (medidas anuladas luego por el stalinismo, quien se propuso afianzar la figura de la familia tradicional). También es recordada Tatiana Rosenthal, formada en el feminismo, el freudismo y el marxismo, quien llegó a participar de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, mujer que formó parte del “comité de bienvenida” a Lenin en abril de 1917 y dos años más tarde, fue designada médica principal y supervisora de la sección clínica del Instituto de Patología Cerebral. Finalmente, Carpintero rescata a Sabina Spierein, mujer que estudió medicina, se analizó con Jung y fue discípula de Freud, además de tener como paciente a Jean Piaget; figura también reivindicada por Juan Carlos Volnovich en su texto “Sabina Spielrein. Expropiación intelectual de la historia del psicoanálsis” en donde, entre otras cuestiones, recuerda que Sabina, al llegar a Moscú, fue recibida con todos los honores por las autoridades del Partido, por ser considerada la psicoanalista mejor formada en el país (luego integró la presidencia de la Unión Psicoanalítica y co-dirigió el Hogar psicoanalítico, además de ejercer la docencia en la Universidad de Moscú y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, la única institución estatal de psicoanálisis en el mundo).


El ocaso de los ídolos
En “La Revolución Rusa y sus resonancias entre psicoanalistas europeos. La construcción de una izquierda freudiana”, Alejandro Vainer se propone romper con dos mitos fundamentales: el que coloca a Freud como un héroe (en sentido grandilocuente de “genio”) y el que restringe al psicoanálisis como una práctica específicamente burguesa.
Vainer destaca el carácter colectivo de los inicios del psicoanálisis, en el cual maestros, pares y discípulos jugaron un rol fundamental dentro del “movimiento”, emergente a su vez de una sociedad y una cultura determinada. “La visión liberal burguesa del genio es la de un individuo, y no la del pico más alto de un movimiento que es histórico social, encarnado en lugares y en una producción colectiva de grupos de trabajo”, destaca Vainer, argumentando contra la idea que coloca a Freud en el lugar de un “héroe iluminado” que creó, él sólo, el psicoanálisis.
Operación de lectura que realiza el coordinador general de la revista Topía cuando también desmitifica el carácter exclusivamente burgués del psicoanálisis. Y lo hace rescatando un texto del propio Freud, de 1918, titulado Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica, en donde el profesor vienés afirma que los psicoanalistas pueden atender a las clases acomodadas de la sociedad, haciendo poco por las capas populares, cuyo sufrimiento neurótico es “enormemente más grave”. “Esta ponencia de Freud fue muchas veces repetida y citada. Pocas veces puesta en su materialidad histórica y las consecuencias concretas para el movimiento psicoanalítico”, sostiene Vainer, antes de rescatar la experiencia de la “Budapest pre-revolucionaria” donde tuvo origen el proyecto de fundación de Clínicas Psicoanalíticas Gratuitas (12 expandidas por Europa), que también tuvieron carnadura en centros neurálgicos como Berlín (1920) y Viena (1922), en momentos claves de sus procesos históricos, con intentos revolucionarios en Alemania (como los encabezados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de la Liga Espartaquista previos a la República de Weimar) y en medio de la “Viena roja” gobernada por el “austro-marxismo” que, entre otras cosas, llevó adelante una audaz política de salud pública en el marco del cual se desarrolló la experiencia del Ambulatorium. En Berlín, por ejemplo, el Poliklinik tuvo como política establecer los honorarios de acuerdo a las posibilidades que los pacientes manifestaban en su primera entrevista. Con instalaciones montadas a partir de la fortuna personal donada por Maz Eitingon, el lugar fue acondicionado por Ernest, el hijo arquitecto de Freud, y llegó a contar no sólo con habitaciones con divanes sino también con modernas técnicas de aislamiento acústico. Por allí pasaron 969 varones y 989 mujeres, la mayoría trabajadores, desocupados y estudiantes, en una quinta parte analizados gratuitamente (algo similar pasó en Ambulatorium, por donde pasaron 800 mujeres y 1445 varones).
Ambas experiencias cayeron al son del tambor de los nuevos aires de la historia. El avance del stalinismo en Rusia fue acompañado por el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Tal como destaca el autor, en la década del 30 “el giro a la derecha de la Asociación Psicoanalítica Internacional terminó de consumarse”.


Encuentros y desencuentros
Cabe destacar el aporte realizado por Hernán Scorofitz a esta publicación, quien en su ensayo “León Trotsky, el freudiano de la revolución de octubre”, realiza un recorrido por las posiciones del jefe del Ejército Rojo en relación a la disciplina fundada por Sigmund Freud (esto dicho con todos los reparos ya mencionados por Vainer).
En este texto, Scorofitz recuerda que Trotsky comienza a interesarse por el psicoanálisis en los años inmediatos a la revolución de 1905, mientras permaneció exiliado en Viena y frecuentó tertulias en cafés donde asistían personas pertenecientes al núcleo íntimo de Freud. Si bien el teórico de la revolución permanente tuvo momentos de mayor y menor entusiasmo frente a los postulados freudianos (una de sus hijas que frecuentaba divanes se suicidó), nunca consideró al psicoanálisis como “incompatible” con el marxismo, como sí lo hizo la posición oficial del stalinismo, quien consideró al freudismo como “desviación burguesa”, algo de lo que muy bien da cuenta en su texto Volnovich, quien recuerda que así como en 1923 la Unión Psicoanalítica Rusa se incorpora a la Asociación Psicoanalítica Internacional (convirtiéndose el Instituto Psicoanalítico de Moscú en el tercer instituto de formación de psicoanalistas reconocido por Freud en el mundo, tras el de Viena y Berlín), al año siguiente –tras la muerte de Lenin-- trotsky cae en desgracia y el psicoanálisis pierde a su protector. Tiempo después de desmantelan instituciones de vanguardia, como el Hogar de niños y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, proceso que se acrecienta en 1930 cuando el Primer Congreso de Psicología de la Unión Soviética denuncia al freudismo como teoría reaccionaria y disuelve la Unión Psicoanalítica Rusa y, finalmente, en 1933 se prohíba el psicoanálisis en la URSS.
Coincidiendo con el centenario de la gesta de aquel pueblo que supo dar figuras como la de Vladimir Lenin y poner en marcha la construcción del primer Estado Obrero en el mundo, la salida de este libro en Argentina contribuye a repensar los vínculos entre las apuestas de los procesos de transformación material de la sociedad (hoy tan vigentes como hace un siglo) en serie con los procesos de transformación subjetiva, es decir, la relación existente entre el cambio en las relaciones de producción y las relaciones de los hombres y las mujeres (los devenires diversos en realidad) consigo mismo y con los demás.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Nuestro Lenin


Semana de homenaje por los 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo

Por Mariano Pacheco*

Gran capacidad de síntesis Vladimir. Y de expresar en fórmulas claras sus ideas.
¿Qué implica ser leninista hoy? Seguramente no serlo. O más bien: asumir que hay tantos Lenin como situaciones atravesó El Pelado en su vida política. “El análisis concreto de las situaciones concretas”, he aquí una de sus fórmulas claras, tan claras como plantear al socialismo en términos de “Electrificación+Sóviets”. El siglo transcurrido desde que los bolcheviques tomaron el poder en Rusia han colocado al leninismo en el centro de los debates de las izquierdas del mundo. ¿Qué no se ha dicho ya? La respuesta a esta pregunta, tan de perogrullo, puede encontrarse en otra fórmula quizá, que esbozamos en estas líneas: el pensamiento crítico es siempre situado.
Lenin escribió alguna vez que las consignas que servían para un momento no servían para otro. ¡Gran lección de leninismo! Lo que sea dicho del leninismo entonces, hoy, no es tanto algo que el jefe bolchevique haya escrito o pronunciado alguna vez, sino más bien sus modos de abordar los momentos. ¡Carecemos de nuestras propias Tesis de abril! O de diciembre podríamos decir. ¿Qué queda del momento leninista de 2001? Tal vez la lección de haber sido demasiados soberbios, muy posmodernos, extremadamente reacios a pensarnos al interior de un legado y no sólo en ruptura con una tradición, que dicho sea de paso, sólo rechazamos en función de lo oído alguna vez, y no producto de una lectura crítica (siempre situada). Además –de nuevo--: ¿con qué momento de esa tradición se rompe? Pensar a Lenin es pensar su fase de “Todo el poder a los sóviets”, pero también su respuesta creativa del ¿Qué hacer?, y su testamento, y su caracterización del imperialismo como fase superior del capitalismo y, y, y… La síntesis disyuntiva de la que tanto hablaron Félix Guattari y Gilles Deleuze.
Análisis crítico de las situaciones concretas, entonces. He ahí un legado fundamental del leninismo. ¿O no desconocemos, muchas veces, los modos concretos en que el capital se ha desarrollado en estas tierras? Y no me refiero sólo a la “formación social concreta”, sino más bien a las formas en que se ha estructurado no sólo la explotación sino además la dominación, las formas de subjetividad que imperceptiblemente nos atan a menudo a la servidumbre, por la cual tanta veces luchamos como si se tratara de nuestra libertad.
Hace unos días, en un bar de la ciudad de Buenos Aires, conversando con El Ruso y Diego Sztulwark, éste último decía que había que pensar a Lenin a partir de un determinado modo de leer la realidad, algo que retomó en estos días en un texto publicado por los amigos del portal Lobo suelto. Lectura que reclama de nuestros mayores esfuerzos, si no queremos resignarnos a entender la política (aún la que aspira a la emancipación) desde el lugar de siempre-por-detrás-de-las-situaciones. Intento singular, siempre renovado, de aportar por intervenir en la escena contemporánea desde una posición generacional, esa Nueva Generación de Intelectuales de Izquierda esbozada por Omar Acha hace años atrás (intento seguramente trunco pero siempre en reclamo de ser reactualizado).
¿Qué nos queda de Lenin entonces? ¿Con qué Lenin nos quedamos? Seguramente con el crítico agudo, con el militante audaz, en medio de una situación caracterizada por el recorte de los horizontes entendidos como posibles. El Lenin con el que nos quedamos es el que no se resigna a dejar de pensar cada situación para captarla en su singularidad, y por lo tanto, intervenir creativamente en ella. El Lenin que inspira a asumir un lado claro de la barricada, el que no tiene empacho en señalar con dureza los límites entre un bando y otro. Ese que hace todo lo posible por forzar la situación lo más que de, para que el cielo por asalto no sea una metáfora meramente enunciada, sino PROYECTO, con todo el compromiso existencial que ese concepto implica.

*Editorial de La luna con gatillo: una crítica política de la cultura (emisión del jueves 2 de noviembre de 2017)

sábado, 4 de noviembre de 2017

150, 50, 100 (o la potencia de la invariante comunista en la actualidad)



Marx, el Che y la Revolución Rusa

Tres números, tres aniversarios redondos que nos ayudan este año a repensar las políticas de emancipación y trazar un legado entre las luchas actuales y las que nos precedieron para tejer “un secreto compromiso de encuentro” entre las generaciones del pasado y la nuestra, como supo recomendar Walter Benjamin.

Por Mariano Pacheco para Contrahegemonía web


Pasó ya un siglo y medio desde que Karl Marx publicara la primera edición de su estudio El capital; un siglo desde que, encabezados por Vladimir Lenin, los bolcheviques conquistaran el poder en Rusia y edificaran el primer Estado obrero en el mundo, abriendo un nuevo surco de posibilidades para el desarrollo internacional de la revolución socialista; y, finalmente, medio siglo desde que fuera asesinado en Bolivia Ernesto Guevara, el Comandante nuestroamericano que pretendió juntar el legado de Marx y de Lenin con el de Bolívar y de San Martín para desatar en todo el territorio de la Patria Grande un nuevo Vietnam. ¿Qué nos queda de esta tríada de aniversarios, más allá de las efemérides? ¿Es posible reactualizar un legado contestatario o estamos condenados a la mera repetición hueca de los recordatorios nostálgicos? Intentaremos en este breve ensayo volver sobre los pasos de estos tres grandes acontecimientos de la cultura de izquierdas en el mundo, en la búsqueda por frenar un instante la caminata, mirar atrás y tomar nuevas fuerzas para continuar la marcha.


Transformarse en otro
El marxismo entendido como proceso permanente de desalienación puede ser el punto de enlace de la tríada de aniversarios redondos a los que asistimos en 2017. En tal caso, no habría “ruptura epistemológica” entre el joven Marx idealista y el Marx maduro advenido a la ciencia, entre otras cuestiones, porque los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 pueden ser leídos en serie con los estudios sobre El capital.
Por supuesto podría objetarse que hay en los textos primeros de Marx cierto humanismo ingenuo y que la “teoría de la alienación” ha sido leída en clave sujeto-céntrica de pensar que la superación del capitalismo habilitaría algo así como un reencuentro total del hombre con sí mismo. Se sabe, esta mirada no haría más que caer en un nuevo idealismo, contrario al materialismo tantas veces pregonado por el autor de La lucha de clases en Francia. Por otra parte -y no entraremos aquí en ese debate pero al menos dejamos sentadas las bases de su enunciación- ya hace tiempo y allá lejos tanto Federico Nietzsche como Martin Heidegger anunciaron que tras la muerte de Dios moría el hombre (como ser puesto de rodillas frente a la divinidad) pero que sus sombras podían permanecer por largo tiempo (¿qué otra cosa sino una sombra de la muerte de Dios sería colocar al hombre o a la ciencia en su lugar?). Siguiendo los rastros de lectura trazados por Facundo Nahuel Martín (Marx de vuelta. Hacia una teoría crítica de la modernidad) podríamos decir que la “puesta en cuestión” de la unidad sujeto-objeto bajo el primado del sujeto puede desarrollarse desde una perspectiva materialista (el impulso a entregarse al devenir de la experiencia histórica por parte del “ser genérico”) presente ya en los Manuscritos. Leídos desde este punto de vista, los textos juveniles de Marx funcionan como una máquina de guerra que corroe las bases de legitimación del capital como sujeto de la totalidad opresora que reemplaza el lazo social comunitario por el lazo social abstracto de las relaciones de intercambio, que son las que priman en la nueva lógica de división del trabajo que reemplaza la producción para la subsistencia por la producción para el intercambio como fundamento del nexo social e instala a la lógica de la acumulación como finalidad dominante de la economía (producción para la reproducción ampliada de valor).
Cuando Marx plantea, en El capital, que las fuerzas productivas creadas por el hombre han dejado de pertenecerle para tiranizarlo (“así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo”), no hace más que retomar sus planteos juveniles en torno a la relación estrecha entre proceso de valoración de las cosas y desvalorización del mundo humano que se le revela no en respuesta a una pregunta abstracta sobre el origen de la propiedad privada sino en la elucidación del interrogante en torno al papel del trabajo enajenado en el devenir histórico de la humanidad.
La lucha por la desalienación, entonces, puede ser leída en clave idealista como intento de efectuar un “reencuentro total” del hombre con sí mismo, o bien puede ser entendida como una batalla por combatir el “maltrato físico y espiritual” que pone en el sistema capitalista al trabajador enfrentado a su creación; que opone a propietarios con no propietarios; que cosifica las relaciones sociales; en fin, que hace que las personas pasen la mayor parte de su tiempo diario en una actividad en la que no pueden afirmarse sino que se niegan a sí mismos de manera permanente.
De allí que Marx, tal como Antonio Gramsci señaló en los Cuadernos de la cárcel, haya iniciado intelectualmente una “edad histórica” que seguramente durará hasta el posible advenimiento de una sociedad regulada (algo similar supo plantear décadas después Jean Paul Sartre cuando en su Crítica de la razón dialéctica afirmó que “el marxismo es la filosofía insuperable de nuestra época, en tanto no han sido superadas las condiciones que le dieron nacimiento). Y más allá de todos los cambios operados en la dinámica capitalista, con su análisis de la mercancía, Marx realiza una operación de lectura fundamental al establecer que es el trabajo asalariado el que crea valor, que es la explotación la que genera el plusvalor, la ganancia de la clase capitalista. Operación de lectura que reclama reactualizaciones en cuanto a un análisis de los modos concretos de la explotación concreta en el siglo XXI, pero que en lo central -entendemos- no ha perdido actualidad.


Mercancía, deber y liberación
En un pasaje de su célebre texto titulado El socialismo y el hombre en Cuba, publicado en el Semanario uruguayo Marcha en marzo de 1965, Ernesto Guevara destaca que en la transición al socialismo, la máquina sólo aparece como “trinchera” en la que se cumple un deber. “El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación a sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja: el cumplimiento de su deber social”. En clara sintonía con los planteos de Marx, Guevara problematiza la temporalidad presente en los cambios materiales y subjetivos, prestando particular atención a éstos últimos. “Las variaciones son lentas y no son rítmicas” argumenta, no sin advertir que el “escolasticismo” ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el “tratamiento sistemático” de un período complejo como el de la transición, en el que todavía operan muchos elementos del capitalismo.
Tal como hemos sostenido recientemente en un breve texto dedicado a recuperar las “hipótesis” de Ricardo Piglia en torno a Guevara, como lector y como escritor, no puede dejar de remarcarse que junto con su labor como combatiente guerrillero y militante internacionalista, hubo en el Che una profunda vocación por contribuir al desarrollo de la teoría revolucionaria desde estas latitudes. Vocación que se enlaza con sus intentos juveniles de erigirse en escritor, que está estrechamente ligada con su afán por “volcarse al mundo” a través de los viajes, en los que nunca dejó de leer y en los cuales comenzó a escribir (cartas, diarios y “notas de lectura”). Viajes por Latinoamérica que no sólo lo pusieron cara a cara con los condenados de la tierra de este continente sino también con quienes -décadas atrás- habían ya teorizado sobre el marxismo desde una perspectiva situada, como el amauta José Carlos Mariátegui.

Embarcarse, y después ver
Si algo distingue a figuras como la de Marx y Guevara, pero también la de Lenin y Trotsky, es que fueron profundamente audaces. Y que supieron cultivar un fuerte entrelazamiento entre diferentes esferas existenciales pujando por no escindir teoría y práctica, militancia política y reflexión, crítica de lo dado y proyección de pautas para un mundo nuevo.
Lejos de ese oxímoron que ha sido conocido bajo el nombre del “marxismo académico” como del pragmatismo extremo característico de muchas expresiones surgidas tras las derrotas de los proyectos emancipatorios del último siglo y medio, la cotidianeidad de estos revolucionarios estuvo marcada por la actividad política y la escritura (y un constante ejercicio de lecturas y formación). En todos los casos (también se podría sumar al “poeta” Mao y al “crítico” Gramsci) fueron personas de su tiempo fuertemente informados sobre los debates contemporáneos y no sólo en política, sino también en ciencia, arte, filosofía, literatura.

jueves, 26 de octubre de 2017

SANTIAGO MALDONADO: EL PIBE QUE PUSO El CUERPO...

... Y SE PUSO EN EL LUGAR DEL OTRO 


Por Mariano Pacheco

De Kosteki y Santillán a Mariano Ferreyra, y ahora a Santiago Maldonado. La bronca popular ante los crímenes de Estado y también, la expansión horizontal de microfascismos promovidos verticalmente por los mass media.



En ese golpe bajo, en la bajez

de esa mofleta, en el disfraz

ambiguo de ese buitre, la zeta de

esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad

Hay Cadáveres

Néstor Perlongher, “Cadáveres”


Como Darío Santillán en junio de 2002, tendiendo una mano a Maximiliano Kosteki herido de muerte; como Mariano Ferreyra en octubre de 2010, tendiendo una mano solidaria a los trabajadores precarizados del ferrocarri Roca, también Santiago Maldonado se caracterizó por ejecutar en ese gesto que trasciende la solidaridad y se transforma en una actualización de lo más humano que tenemos como seres humanos: la capacidad de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier lugar del mundo, como supo remarcar el Comandante Nuestroamericano Ernesto Che Guevara hace poco más de medio siglo atrás. Santiago puso el cuerpo junto a la comunidad mapuche de Pu Lof, no sólo se solidarizó con ellos: se puso en su lugar. Sintió el lugar del otro transformado en Otro absoluto por el poder que domina las instituciones del país, y se expande horizontalmente con sus ideas y valores por el cuerpo social (el “micro-gatismo”, según supieron decir desde el colectivo Juguetes perdidos en un reciente posteo de Facebook); ese microfascismo que tanto hemos visto proliferar en los últimos años, incluso entre trabajadores y sectores populares, que miran con indiferencia la situación, o incluso se identifican con sus dominadores, aquellos que nos explotan y tratan a cada instante de des-humanizarnos.
“Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, entrando en murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo”. Como Erdosain, el personaje de Los siete locos de Roberto Arlt, muchos sentimos el jueves “las primeras náuseas de la pena” al enterarnos aquello que se sospechaba: que el cuerpo “plantado” en aquél río de Chubut era el de Santiago Maldonado. Pena porque otra vez sangre joven regaba los ríos de la patria (esta, nuestra patria, la que no tiene pruritos a la hora de afirmar que es la de quienes la habitamos y la construimos, y eso incluye Mapuches y tantos pueblos que precedieron a la Argentina, pero también bolivianos y peruanos, senegaleses y quien sea que se plante en estas tierras); pena porque otra vez, “en la provincia donde no se dice la verdad” (como supo señalar Néstor Perlongher en su poema citado a modo de epígrafe, y al que podríamos agregar, en “el país en el que no se dice la verdad”), hay cadáveres. Pero también bronca por otro asesinato perpetrado por el Estado contra un joven de nuestro pueblo (esta vez un joven trabajador de la economía popular). Bronca y furia además, por haber tenido que escuchar dichos asquerosos de personajes repugnantes como Elisa Carrió (que comparó el cadáver de Santiago con el de Walt Disney); furia por los operadores del periodismo canalla (“el terrorismo mediático”) que se apresuraron en deslindar responsabilidades del Estado y poner en el lugar de victimarios a las víctimas que se salieron de ese lugar en el momento mismo en que decidieron emprender la lucha (la que cultivó la amistad de Santiago Maldonado); furia por el oportunismo bien-pensante del progresismo ramplón, que se auto-adjudicó el lugar de representación de la bronca popular. Y tristeza nuevamente por ver cómo el dispositivo de la representación electoral (parlamentarismo que subordina la política al Estado y encuentra en el momento electoral la síntesis entre el pueblo y sus organizaciones partidarias) nos separa de lo que podemos, de nuestras potencias plebeyas para cuestionar lo dado. Tristeza conjurada por la bronca que se transforma en protesta y se ve atravesada por el deseo de resistencia, es decir, de revolución. Y alegría de sabernos, miles (aunque no tantos miles como nos gustaría, miles al fin y al cabo), miles de almas dispuestas a salir a las calles para honrar ese gesto que es ejemplo y reclama ser multiplicado: el de ponerse en el lugar del otro, el de poner el cuerpo (cuerpo que no es solo acción sino también pensamiento y sentimiento) para dejar de ser aquello que hicieron, que están haciendo de nosotros.

lunes, 23 de octubre de 2017

El voto al FIT (a pesar de las diferencias) y l@s compañer@s de ruta


El desafío de que le árbol no nos tape el bosque

@PachecoenMarcha



A diferencia de otras elecciones, no le fue bien al FIT esta vez en Córdoba, pero sí en otras provincias, como Jujuy y Mendoza. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores cosechó alrededor de 1.300.000 votos en todo el país, conquistando que Romina del Pla y Nicolás del Caño ingresen al Congreso Nacional (está por determinarse también si Marcelo Ramal) y Myriam Bregman junto con Gabriel Solano entran a la Legislatura porteña (mañana seguro habrá un panorama más claro y detallado, cito ésto sólo a modo de ejemplo).
Cuando Trotsky se refirió a los integrantes de las vanguardias artísticas que se posicionaban, producían y entendían al arte desde otro lugar que el que lo hacían los bolcheviques tras el triunfo revolucionario del 17, el jefe del Ejército Rojo no dudó en calificarlos como “compañeros de ruta”.
Soy de los que piensan que no hay mucho por esperar en los marcos de las democracias parlamentarias, que cuando el pueblo y sus organizaciones se expresan en las calles y ejerciendo otro tipo de democracia e su cotidianeidad (de base, más directa y participativa), la política –en sentido fuerte-- logra fugar de la norma del dispositivo de la representación electoral que subordina la política al Estado y que parece tenernos tan atados a los modos ajenos de expresarnos. Así y todo no dejo de valorar cuando en una radio, un diario o revista, un canal de televisión se le da espacio a legisladores o candidatos de izquierda, porque expresan (al menos los del FIT), muchas veces, lo que muchos pensamos y sentimos en esos momentos en donde parece que no hay una voz que pueda hacerse oír en esos espacios. Lo mismo sucede cuando se produce una represión o cuando hay detenidos. En general, ellos están ahí. Hemos compartido además muchísimas luchas juntos (no puede decirse lo mismo de otros candidatos, aunque seguramente tengan mejor “intención de voto” y posturas progresistas, e incluso muchos de ellos, con quienes coincidimos en las críticas a la gestión Cambiemos, no pudimos coincidir en otros momentos en los que fueron gobierno) y por eso los considero “compañeros de ruta”, que en estos tiempos no es poco. Diferencias, a montones. Basta poner los ejemplos de la caracterización del proceso de la revolución bolivariana en Venezuela, la valoración de los sujetos emergentes como el precariado y sus organizaciones como la CTEP, sus concepciones sobre el feminismo, la valoración de la herramienta-partido, su mirada retrospectiva de fenómenos como el peronismo (al menos en sus modos de base y combativos), etcétera, etcétera, etcétera. Pero no dejan de ser los partidos que están en las calles cuando hay que estar y que en sus campañas expresan lo que muchos consideramos que hay que expresar. Y en esta elección además han ingresado las compañeras y los compañeros de Poder popular, más cerca del guevarismo y el marxismo latinoamericanista que muchos reivindicamos, mientras las otras expresiones de izquierda (con excepción de Luis Zamora), naufragaron en la fragmentación que expresaron en las PASO… ¡en nombre de una crítica al sectarismo del trotskismo!
Para quienes de verdad pensamos que la construcción de una política revolucionaria para este momento histórico pasa por otro lado, no debería ser tan engorroso ir y votar al FIT, y hacer pública esa postura.
Así que para terminar las líneas de esto que pretendía ser un breve posteo de facebook y se extendió, sólo felicitar a las y los camaradas del FIT por expresar en esta elección un poco de dignidad en medio de tanta mierda.

Mariano Pacheco, domingo 22 de octubre de 2017.

miércoles, 11 de octubre de 2017

¿Existe la hegemonía macrista?

Apuntes para pensar la coyuntura

Por Mariano Pacheco para revista Zoom

El lugar de Cambiemos en el nuevo mapa político. El peso específico del PRO, las tensiones con sus socios radicales y las dificultades de la oposición peronista.

 



A días de las elecciones legislativas, el escenario político argentino es un cúmulo de interrogantes y, como siempre, un campo fértil para las hipótesis. En Santiago del Estero y en el Senado de la Nación, el oficialismo vivió estas semanas una serie de internas entre “amarillos” y radicales que, menos que expresar debilidades en la coalición gobernante, podrían ser leídas como una avanzada del PRO sobre sus socios mayores de la Unión Cívica Radical. Por su parte, el peronismo y el progresismo “nacional y popular” continúan en su laberinto: Cristina Fernández no logra cerrar el frente interno justicialista con vistas a componer un armado amplio que pueda vencer a Mauricio Macri en 2019, pero mantiene, a su vez, una fuerte gravitación en torno a su figura, en tanto no parece emerger un liderazgo alternativo dentro del peronismo “clásico”. ¿Estamos, acaso, ante un nuevo ciclo político en la Argentina, donde Cambiemos no expresaría tanto una alianza entre el PRO y la UCR sino una nueva hegemonía, desplazando a las históricas identidades radicales y peronistas?

El mapa interno de Cambiemos
El triunfo en Corrientes del radical Gustavo Valdés –con foto junto a Marcos Peña y Rogelio Frigerio incluida– trajo paz a las aguas internas cambiemitas, tras unas semanas donde una serie de movimientos –en especial la renuncia del chaqueño Ángel Rozas a manejar el interbloque oficialista en el Senado y las peleas que casi dejan a Cambiemos sin candidatos en Santiago del Estero– volvieron a traer a flote el despecho con que no pocos correligionarios viven una relación que consideran asimétrica con sus socios macristas. ¿Son esos movimientos la antesala de una fractura o se trata simplemente de los pataleos de algunos sectores radicales molestos ante una lógica asociativa interna que no es nueva pero que sí parece ir in crescendo?

Para el sociólogo Gabriel Vommaro, la conformación misma de Cambiemos como coalición muestra un patrón de relación entre socios que, más allá de algunas diferencias, se mantiene hasta el día de hoy. Para el autor del recientemente editado La larga marcha de Cambiemos. La construcción silenciosa de un proyecto de poder y coautor de Mundo PRO, un detallado y previsor estudio sobre el partido fundado por Mauricio Macri, en este mapa interno de Cambiemos se pueden observar, como mínimo, tres aristas principales.

Por un lado, el PRO, una estructura con implantación principalmente local (Buenos Aires), más alguna relevancia en la zona centro del país, que no sólo dispone de figuras de peso y popularidad (como el propio Macri y María Eugenia Vidal), sino que cuenta también con un proyecto político, es decir, “gente que sabe para qué ganar y qué hacer con el poder”.

“Si uno mira el proceso no resultaría extraño –explica Vommaro– que el PRO pueda apostar a dar un nuevo salto cualitativo en su historia y pasar a promover Cambiemos como una nueva identidad en la que quede subsumido el radicalismo”

“Después –continúa Vommaro–, como segundo socio, aparece el radicalismo, un partido centenario con una implantación nacional que sigue siendo importante a pesar de su crisis. Basta ver provincias como Jujuy, Mendoza, Córdoba o Corrientes para ver que Cambiemos tiene una cara bastante radical”, apunta.

Finalmente, la tríada se completa con los socios menores con peso dispar como “el Partido Fe, que conducía el Momo Venegas, una especie de ´pata peronista´ pequeña, y Elisa Carrió, como figura con proyección nacional, que si bien tiene una agenda diferente a la de Macri, por ahora comparten lo esencial, porque los une sobre todo el espanto”, señala Vommaro.

Para el investigador la cuestión central es analizar qué pasó después de las últimas PASO, en donde el PRO “dejó muy en claro” cómo quiere que funcione la dinámica interna de poder en Cambiemos: “el que gana conduce, el que pierde acompaña”. El autor del libro que desentraña cómo se armó Cambiemos, insiste en pensar, a modo de ejemplo de lo señalado, cómo se conformó el gabinete nacional, “constituido básicamente por gente del PRO y del ámbito privado y las ONG en un 80%, y con radicales que están ahí no tanto por ser del partido sino por cierta amistad que supieron cultivar con el presidente”.

Alianzas, votos y perspectivas
Vommaro admite que, hasta hace muy poco tiempo, le resultaba difícil ver al PRO conformándose como una fuerza política nacional porque sus acciones parecían orientadas más a construir gobernabilidad que a edificar una fuerza propia. En el marco de esa estrategia, el macrismo se permitía darle más espacio y autonomía a sus aliados. Sin embargo, tras los resultados electorales de agosto, Vommaro sugiere que esto podría haber mutado, iniciando incluso un proceso que quizás se profundice tras las elecciones de octubre.

“Si uno mira el proceso no resultaría extraño que el PRO pueda apostar a dar un nuevo salto cualitativo en su historia y pasar a promover Cambiemos como una nueva identidad en la que quede subsumido el radicalismo”, explica, y repasa la historia del PRO: “en 2003 se funda Compromiso para el Cambio, que agrupa pedacitos de expresiones a nivel local bajo el liderazgo de Macri. Luego, en 2005, hace una alianza con Recrear y entre 2007 y 2010 se come a Recrear, luego de la ruptura entre Patricia Bullrich y López Murphy. Y en la fusión de Recrear con Compromiso para el Cambio y la fundación del PRO, el macrismo logra hegemonizar casi todo el espacio de centro-derecha de la Argentina, subsumiendo incluso otras fuerzas como la UCeDé o expresiones provinciales como el Partido Demócrata en Mendoza o el Partido Liberal en Corrientes. Ahí no todos, pero sí la mayoría de los partidos provinciales que habían apostado por constituir una fuerza conservadora nacional, se pliegan al PRO. Ahora, en tal caso, habrá que ver cuál va a ser la postura del radicalismo: si se va a dejar absorber en una nueva dinámica porque hay sectores que creen en la conveniencia de gestar una nueva identidad o si, por el contrario, van a dar una pelea para que Cambiemos sea una coalición con socios claramente identificables”, concluye.

Para el también sociólogo Pablo Semán, sin embargo, lo que expresa Cambiemos políticamente es independiente de las alianzas partidarias, porque tanto su dirigencia como los “formuladores” de su propuesta para interpelar a la sociedad (que es la que enmarca sus políticas públicas) han logrado “captar e inducir un estado de ánimo en la sociedad” que le permite generar un consenso a favor de sus políticas que no necesariamente se traduce en una aprobación de una mayoría electoral.

“Según Grimson, no se podrá salir de ese laberinto sin una representación más plural de la oposición”

“Cambiemos puede tener entre el 40 o el 45% de los votos –explica Semán– y, sin embargo, la imagen positiva de sus dirigentes es superior, e incluso el consenso de buena parte de sus políticas es superior que su caudal electoral y su presencia en instituciones de todos los niveles”.

Semán insiste en la importancia de preguntarse por los actores y los significados de ese consenso. Y arriesga que es la dirigencia de Cambiemos la que se encarga de elaborar una interpelación a la sociedad. “Ese es el trasfondo de pensar en un relanzamiento del ciclo político, pero no por el carácter de las alianzas, que son un subproducto de esa interpelación lanzada a la sociedad”.

Para Semán, no hay que dejar de tener en cuenta que hoy por hoy el PRO es “el dueño del discurso de la alianza que gobierna” e incluso opina que si los radicales quisieran irse eso no importaría tanto, porque lo que importa “es la propuesta de futuro que ha sido lanzada a la sociedad y que en gran medida amplias franjas aprueban”. Y remata: “ese consenso se basa en esa actividad interpretativa formuladora de una utopía de los dirigentes de Cambiemos y también en la forma en que despliega su actividad política Unidad Ciudadana. Porque hoy por hoy la estructura del conflicto político en Argentina se da por la presencia (irritante para una mayoría) de Cristina Fernández de Kirchner y la confianza relativa en las propuestas de Cambiemos. Entonces se produce esta situación de que tenés un 75% de la población que no aprueba la política económica de Cambiemos pero por otro lado tenés un 65% que de ninguna manera querría que vuelva Cristina. Y esos porcentajes, en gran medida, dependen de esa confrontación discursiva que es la que caracteriza el ciclo político, y que sospecho que va a ser más largo, porque el modo de oposición cristinista se va a erosionar, y sólo en ese momento podrá surgir (o no) una alternativa o respuesta real al macrismo”.

Laberintos ciudadanos
Para Alejandro Grimson el escenario post PASO no presenta muchas novedades. El doctor en antropología señala que ya se sabía de antemano que Cristina Fernández tendría un piso alto en los resultados electorales, así como un techo bajo, por lo menos en la provincia de Buenos Aires. Y al respecto señala una paradoja: “por un lado, Cristina obtiene un porcentaje muy alto de votos respecto de otros candidatos, pero esos resultados no parecen ser suficientes como para tener certeza de poder ganarle al gobierno, en un resultado que parece muy disputado”. En ese sentido, agrega, hay ahí “todo un tema con la estrategia política” y destaca el famoso 54% de la elección de 2011. “Si en las PASO de 2017 juntás todas las fórmulas peronistas sumás el 54%. Entonces ahí ves que, desde 2013 en adelante, lo que hubo fue un proceso de divisiones que hoy, al parecer, no podría ser reconstruido sin reconstruir las alianzas que se habían producido en ese momento, lo cual a esta altura tampoco parece posible de reconstruir. Por lo tanto, con la excepción de que se produjera un cambio en la situación política nacional, parece que estamos ante un callejón sin salida, sumergidos en una suerte de laberinto”.

“Cambiemos puede tener entre el 40 o el 45% de los votos –explica Semán– y, sin embargo, la imagen positiva de sus dirigentes es superior”

Según Grimson, no se podrá salir de ese laberinto sin una representación más plural de la oposición. Y comenta: “si uno mira todas las movilizaciones que hubo durante el último año y medio se puede ver que hay una gran cantidad de identidades políticas allí presentes e incluso mucha gente que no adscribe a ninguna identidad política determinada. Y esa gente te da una pauta de que hoy el descontento no se sintetiza en ninguna candidatura”. De allí el panorama sombrío que visualiza Grimson: “si Cambiemos triunfa en la provincia de Buenos Aires y en Santa Fe, uno puede trazar una perspectiva donde el macrismo esté al frente del gobierno por cuatro años más, salvo que se produzca algún hecho político que no esté en la agenda y modifique la situación. Hay algo que merece ser pensado y es esto de que, durante los primeros tres meses de gobierno de Macri, muchos decían que ese proyecto duraba poco, mientras otros decíamos que no sabíamos cuánto podía durar pero sí afirmábamos que estábamos convencidos de ver ahí una voluntad política muy firme de quedarse por muchos años, que puede rastrearse de alguna manera en esa discusión sobre shock o gradualismo y en su concepción del gradualismo. Lo que hay que tener en cuenta es que la afirmación de que dos de cada tres bonaerenses votaron contra el ajuste es un buen slogan para hacer campaña electoral, pero desde el punto de vista del análisis político es, por lo menos, imprecisa. Porque un gran porcentaje de esos votantes no están de acuerdo con el ajuste pero tampoco están de acuerdo con Cristina, e incluso algunos no están de acuerdo con el ajuste pero igual votan a Cambiemos. Yo creo que gran parte del caudal de votos de Massa, por ejemplo, es de personas que creen que Massa actuó bien en el Congreso en este tiempo. Insisto: está bien dirigirse a esos votantes, y hablarles, pero es muy difícil tener una llegada sin escuchar”.

¿Nueva hegemonía?
Para el periodista y editor de La Izquierda Diario, Fernando Rosso, sin embargo, resulta apresurado hablar de una nueva hegemonía de Cambiemos o del PRO en Argentina. Y argumenta que, en principio, no necesariamente un triunfo electoral implica una nueva articulación hegemónica. Y pone como ejemplo el 54% obtenido por Cristina Fernández en 2011, quien dos años después pierde en la provincia de Buenos Aires.

“Yendo a una definición lo más clásicamente posible del concepto de hegemonía, que es que un sector social, una clase dirigente pueda hacer de sus intereses particulares un interés universal y convencer al resto de los sectores sociales de ese proyecto, diría que se necesitan determinadas condiciones para construir una hegemonía, que hoy por hoy el PRO o Cambiemos no tienen”, comenta Rosso, y enumera: “desde condiciones internacionales (hoy mucho más complejas que las que se dieron durante el auge del kirchnerismo e incluso del menemismo) hasta relaciones de fuerzas entre la clases sociales que no han sido modificadas como para imponer una hegemonía que exprese el espíritu del programa verdadero que tiene Cambiemos, que es imponer un proyecto neoliberal”.

“Para Fernando Rosso, sin embargo, resulta apresurado hablar de una nueva hegemonía de Cambiemos o del PRO en Argentina”

Rosso aclara que sus afirmaciones no quieren decir que Cambiemos no haya avanzado e incluso que pueda confirmar su victoria en octubre en la provincia de Buenos Aires y otros lugares del país, sino que sólo intenta mostrar los límites que un triunfo en las urnas puede tener. Para el periodista, la clave está en pensar la derrota o no que han padecido los sectores populares en los últimos dos años, derrota que él entiende aún no se ha producido.

“Los sectores sociales y las organizaciones que enfrentamos al gobierno debemos marcar cuáles son las contradicciones que éste tiene para tratar de enfrentarlo y ponerle límites a sus proyectos. Si sucede que siguen haciendo ajustes pero con un cierto gradualismo, esto expresará una relación de fuerzas no tan desfavorable, lo que hará que tengan que patear la crisis para más adelante. Y de hacer eso se convertirán en otra cosa, no habrán impuesto su hegemonía sino negociado con una relación de fuerzas determinada, negociación que tampoco hará que solucionen las cuestiones de fondo, que son los desequilibrios políticos y sociales que ya venían de la última etapa del kirchnerismo”, reflexiona Rosso, quien, para terminar, retoma la definición de Juan Carlos Portantiero para decir que, más que ante una nueva hegemonía de Cambiemos, nos encontramos ante una situación de “empate catastrófico” en el cual, “dicho gramscianamente”, aún permanecemos “entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer”, más allá de los sectores que más o menos deformada o distorsionadamente expresan relaciones de fuerzas más profundas en la arena electoral.