En Lecturas imaginarias Diego
Tatián logra entramar, desde el trabajo que viene realizando desde hace décadas
en torno al filósofo Baruch Spinoza, una colección de relatos que transitan en
un híbrido que va y viene entre la filosofía y la literatura, estableciendo conexiones
inéditas entre libros, recorridos biográficos y escenas históricas.
Mariano Pacheco (La Tecl@ Eñe)
Si en su trabajo específico con el
concepto la filosofía nos permite situarnos críticamente (políticamente) en el mundo.
En su abordaje de las fabulaciones de las que los seres humanos somos capaces,
la literatura propicia un ensanchamiento de la imaginación.
En este caso, a través de veintiún nombres,
y fechas, y lugares, se estructuran veintiún relatos, publicados en formato
libro en 2020 por la editorial platense EME en su colección madriguera. Algunos
de esos nombres, que aparecen zurcidos por los hilos de Spinoza en este trabajo
de escritura/ imaginación que realiza Diego Tatián, son los de John Berger,
Romain Rolland, Paul Celan, George Eliot, Virginia Woolf, Clarice Lispector,
Deodoro Roca, Wichy El Rojo (Luis Rogelio Nogueras), Elsa Morante, Malcon X,
Roland Barthes, Zbigniew Herbert, Lu Andreas Salomé, Gustave Flaubert…
En tiempos de cerrazón de la mirada
histórica, el autor de Lecturas imaginarias logra abordar la cuestión de
la imaginación, no tanto desde una textualidad conceptual, sino desde la
literatura. Así, el problema filosófico aparece trabajado desde un tipo de
relato en el cual la imaginación es desplegada, puesta en juego en la escritura
misma.
Un ejemplo: Nueva Delhi, 11 de agosto
de 1926, Roman Roland. Tatián plantea que, aunque el texto mismo no lo diga así,
nada veda imaginar que el joven bengalí de esa historia que está contando,
preso por resistir la ocupación británica en su tierra, apela al “relámpago Spinoza”
para nutrir de lucidez filosófica el combate por la liberación. Así, el
filósofo “pulidor de lentes” aparece, se hace presente, en una “imprevista
ofrenda a la insumisión” que un olvidado activista, en las horas solitarias de
su encierro, encuentra a través de la palabra escrita la posibilidad de formar
comunidad con un desconocido escritor francés llamado Romain Roland, que había
narrado su experiencia con la lectura de la Ética en un texto traducido
al bengalí, llegado a sus manos por azar, y acaso sin saberlo, formaba asimismo
comunidad “con miles de rebeldes de muchos tiempos, ya muertos e incluso aún no
nacidos”.
Otro ejemplo: Clarice Lispector,
Virginia Woolf. Escribe Tatián: ese día, en un lugar alejado de allí, una joven
de 20 años llamada Clarice comenzaba a vivir su vida y acababa de descubrir a Spinoza
en un pequeño libro que leyó, como sucede con los libros que marcarán la vida
para siempre, por casualidad. Virginia había leído el nombre del filósofo
holandés en alguno de los libros que estaba presentes en la biblioteca de su
padre, el escritor Leslie Stephan. De allí que entonces conjeture: “aunque las
separaban 40 años, Clarice Lispector y Virginia Woolf se hubieran entendido, o
al menos hubieran tratado de entender juntas la adversidad que se abate sobre
criaturas tan delicadas como lo fueron ellas”.
Más cerca nuestro, al menos en la
geografía, parece ser ese otro relato situado en Montevideo, el 3 de noviembre
de 1943. “Aunque libros de ética hay muchos, nos gustaría imaginar que el
volumen destacado en la biblioteca de esa obra, llamada Constructivo con
Flores y Reloj, sea la Ética de Spinoza”, escribe Tatián,
refiriéndose a una pintura de Joaquín Torres García, pintada sobre cartón, en
Uruguay, luego de haber pasado un tiempo en Europa. “Que haya sido precisamente
ese el libro descabalado traído de Madrid, que estaba en su taller al momento
de componer esa pintura, no resultaría extraño y acaso se deba a un natural interés
del pintor universalista, constructivo, en una filosofía escrita a la manera de
los geómetras”, insiste Tatián, quien destaca que al filósofo y al pintor los
unía cierta pasión por la geometría. “Si existe un spinozismo latinoamericano –remata–
esta imagen debería estar albergada allí como conjetura de una inspiración”.
Por último, y más cerca aún de
nuestras tradiciones nacionales, quisiera rescatar de esta colección de relatos
ese que Tatián sitúa en su Córdoba natal, un 29 de mayo, pero no de 1969 –día en
que la clase obrera protagoniza esa rebelión que pasó a la historia bajo el
nombre de “Cordobazo”– sino de 1945. Para introducir esta historia da un salto
hacia adelante, se sitúa en la tarde del 23 de abril de 2018, cuando la Facultad
de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba recibe una donación de 49
cajas con libros, que “por su significado simbólico y cultural constituían la
biblioteca más importante de la ciudad”. Una parte de esa biblioteca que el
doctor Deodoro Roca atesoraba en el sótano de la vieja casona de Rivera Indarte
544 había sido destruida el 24 de marzo de 1976, cuando comienza la última
dictadura que, a través de un comando del temible Ejército entonces bajo el
mando de Lucio Benjamín Menéndez, incendia el estudio jurídico de su hijo
Gustavo. La otra mitad (unos 2.000 libros y folletos de arte, filosofía,
historia, crítica cultural y humanidades) es la que va a parar a la mencionada Facultad.
Entre esos libros se encuentra una edición francesa de la Ética de Spinoza.
De allí que Tatián se pregunte si Deodoro habría leído alguna vez ese libro, y recuerde
asimismo que el propio Gustavo mencionó que en algún momento de 1945, su amigo Guevara
(aún adolescente), mientras estudiaba en el Colegio Nacional de Montserrat,
recorría con fruición los libros de la biblioteca de su padre, que había muerto
tres años antes. Según el relato de Gustavo, una particular atracción ejercían
sobre Ernesto los 23 tomos de las Mil y Una Noches.
“La biblioteca de Deodoro fue una pequeña
república de las letras que reunió de manera efímera, como dos astros que se
cruzaron en ella sin encontrarse, a los que acaso sean los dos nombres más
importantes que ha dado Córdoba en su historia intelectual y política. ¿Se
habrá detenido Ernesto en este libro de Spinoza, escrito en francés, una lengua
que le era esquiva? ¿Habrá sido atraído por el nombre de su autor? ¿Lo abrió
siquiera por curiosidad?”.
Tatián se interroga mientras recupera esa
historia que, en 1964, Eduardo Galeano contó en Cuba sobre quien pasó a la
historia como El Che: resulta que a los 17 años Guevara había comenzado a
construir una especie de “Diccionario de filosofía”, porque entendía que tanto
él como sus amigos lo necesitaban. “Diecisiete años era la edad exacta de
Ernesto cuando hurgaba en la biblioteca de Deodoro, invitado por su amigo
Gustavo a la casona de Rivera Indarte”, puntualiza el autor de este libro, no
sin destacar que, en ese proyecto de diccionario (cuyo original conserva el
Centro de Estudios Che Guevara de La Habana), hay una entrada titulada “Spinoza,
Benito Baruch”. Apenas una línea en Deodoro, una breve entrada en el Che y un
libro, remata Diego Tatian: “el reformista y el revolucionario no alcanzaron a
conocerse. Sin embargo, el materialismo aleatorio de lo real, otra manera de
nombrar la magia de las cosas, a veces vincula a los seres de manera inesperada”.
Cuando terminamos de leer estos
veintiún relatos, y cerramos el libro, algo de esa magia que produce la
escritura nos asalta por completo. Casi en estado de ensoñación –podríamos pensar,
en sintonía con ese otro materialismo filosófico, el “ensoñado” promovido por
León Rozitchner– nos dan ganas de cerrar los ojos, y soñar que en estos tiempos
oscuros también nosotres podemos hacer serie con esas historias rebeldes,
insumisas… Es entonces cuando recuerdo el consejo de Lenin: “es preciso soñar, pero
con la condición de creer en nuestro sueños”.

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