miércoles, 21 de enero de 2026

Las spinozistas “lecturas imaginarias” de Diego Tatián



En Lecturas imaginarias Diego Tatián logra entramar, desde el trabajo que viene realizando desde hace décadas en torno al filósofo Baruch Spinoza, una colección de relatos que transitan en un híbrido que va y viene entre la filosofía y la literatura, estableciendo conexiones inéditas entre libros, recorridos biográficos y escenas históricas.

 

Mariano Pacheco (La Tecl@ Eñe)

 

 

Si en su trabajo específico con el concepto la filosofía nos permite situarnos críticamente (políticamente) en el mundo. En su abordaje de las fabulaciones de las que los seres humanos somos capaces, la literatura propicia un ensanchamiento de la imaginación.

 

En este caso, a través de veintiún nombres, y fechas, y lugares, se estructuran veintiún relatos, publicados en formato libro en 2020 por la editorial platense EME en su colección madriguera. Algunos de esos nombres, que aparecen zurcidos por los hilos de Spinoza en este trabajo de escritura/ imaginación que realiza Diego Tatián, son los de John Berger, Romain Rolland, Paul Celan, George Eliot, Virginia Woolf, Clarice Lispector, Deodoro Roca, Wichy El Rojo (Luis Rogelio Nogueras), Elsa Morante, Malcon X, Roland Barthes, Zbigniew Herbert, Lu Andreas Salomé, Gustave Flaubert…

 

En tiempos de cerrazón de la mirada histórica, el autor de Lecturas imaginarias logra abordar la cuestión de la imaginación, no tanto desde una textualidad conceptual, sino desde la literatura. Así, el problema filosófico aparece trabajado desde un tipo de relato en el cual la imaginación es desplegada, puesta en juego en la escritura misma.

 

Un ejemplo: Nueva Delhi, 11 de agosto de 1926, Roman Roland. Tatián plantea que, aunque el texto mismo no lo diga así, nada veda imaginar que el joven bengalí de esa historia que está contando, preso por resistir la ocupación británica en su tierra, apela al “relámpago Spinoza” para nutrir de lucidez filosófica el combate por la liberación. Así, el filósofo “pulidor de lentes” aparece, se hace presente, en una “imprevista ofrenda a la insumisión” que un olvidado activista, en las horas solitarias de su encierro, encuentra a través de la palabra escrita la posibilidad de formar comunidad con un desconocido escritor francés llamado Romain Roland, que había narrado su experiencia con la lectura de la Ética en un texto traducido al bengalí, llegado a sus manos por azar, y acaso sin saberlo, formaba asimismo comunidad “con miles de rebeldes de muchos tiempos, ya muertos e incluso aún no nacidos”.

 

Otro ejemplo: Clarice Lispector, Virginia Woolf. Escribe Tatián: ese día, en un lugar alejado de allí, una joven de 20 años llamada Clarice comenzaba a vivir su vida y acababa de descubrir a Spinoza en un pequeño libro que leyó, como sucede con los libros que marcarán la vida para siempre, por casualidad. Virginia había leído el nombre del filósofo holandés en alguno de los libros que estaba presentes en la biblioteca de su padre, el escritor Leslie Stephan. De allí que entonces conjeture: “aunque las separaban 40 años, Clarice Lispector y Virginia Woolf se hubieran entendido, o al menos hubieran tratado de entender juntas la adversidad que se abate sobre criaturas tan delicadas como lo fueron ellas”.

 

Más cerca nuestro, al menos en la geografía, parece ser ese otro relato situado en Montevideo, el 3 de noviembre de 1943. “Aunque libros de ética hay muchos, nos gustaría imaginar que el volumen destacado en la biblioteca de esa obra, llamada Constructivo con Flores y Reloj, sea la Ética de Spinoza”, escribe Tatián, refiriéndose a una pintura de Joaquín Torres García, pintada sobre cartón, en Uruguay, luego de haber pasado un tiempo en Europa. “Que haya sido precisamente ese el libro descabalado traído de Madrid, que estaba en su taller al momento de componer esa pintura, no resultaría extraño y acaso se deba a un natural interés del pintor universalista, constructivo, en una filosofía escrita a la manera de los geómetras”, insiste Tatián, quien destaca que al filósofo y al pintor los unía cierta pasión por la geometría. “Si existe un spinozismo latinoamericano –remata– esta imagen debería estar albergada allí como conjetura de una inspiración”.

 

Por último, y más cerca aún de nuestras tradiciones nacionales, quisiera rescatar de esta colección de relatos ese que Tatián sitúa en su Córdoba natal, un 29 de mayo, pero no de 1969 –día en que la clase obrera protagoniza esa rebelión que pasó a la historia bajo el nombre de “Cordobazo”– sino de 1945. Para introducir esta historia da un salto hacia adelante, se sitúa en la tarde del 23 de abril de 2018, cuando la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba recibe una donación de 49 cajas con libros, que “por su significado simbólico y cultural constituían la biblioteca más importante de la ciudad”. Una parte de esa biblioteca que el doctor Deodoro Roca atesoraba en el sótano de la vieja casona de Rivera Indarte 544 había sido destruida el 24 de marzo de 1976, cuando comienza la última dictadura que, a través de un comando del temible Ejército entonces bajo el mando de Lucio Benjamín Menéndez, incendia el estudio jurídico de su hijo Gustavo. La otra mitad (unos 2.000 libros y folletos de arte, filosofía, historia, crítica cultural y humanidades) es la que va a parar a la mencionada Facultad. Entre esos libros se encuentra una edición francesa de la Ética de Spinoza. De allí que Tatián se pregunte si Deodoro habría leído alguna vez ese libro, y recuerde asimismo que el propio Gustavo mencionó que en algún momento de 1945, su amigo Guevara (aún adolescente), mientras estudiaba en el Colegio Nacional de Montserrat, recorría con fruición los libros de la biblioteca de su padre, que había muerto tres años antes. Según el relato de Gustavo, una particular atracción ejercían sobre Ernesto los 23 tomos de las Mil y Una Noches.

 

“La biblioteca de Deodoro fue una pequeña república de las letras que reunió de manera efímera, como dos astros que se cruzaron en ella sin encontrarse, a los que acaso sean los dos nombres más importantes que ha dado Córdoba en su historia intelectual y política. ¿Se habrá detenido Ernesto en este libro de Spinoza, escrito en francés, una lengua que le era esquiva? ¿Habrá sido atraído por el nombre de su autor? ¿Lo abrió siquiera por curiosidad?”.

 

Tatián se interroga mientras recupera esa historia que, en 1964, Eduardo Galeano contó en Cuba sobre quien pasó a la historia como El Che: resulta que a los 17 años Guevara había comenzado a construir una especie de “Diccionario de filosofía”, porque entendía que tanto él como sus amigos lo necesitaban. “Diecisiete años era la edad exacta de Ernesto cuando hurgaba en la biblioteca de Deodoro, invitado por su amigo Gustavo a la casona de Rivera Indarte”, puntualiza el autor de este libro, no sin destacar que, en ese proyecto de diccionario (cuyo original conserva el Centro de Estudios Che Guevara de La Habana), hay una entrada titulada “Spinoza, Benito Baruch”. Apenas una línea en Deodoro, una breve entrada en el Che y un libro, remata Diego Tatian: “el reformista y el revolucionario no alcanzaron a conocerse. Sin embargo, el materialismo aleatorio de lo real, otra manera de nombrar la magia de las cosas, a veces vincula a los seres de manera inesperada”.

 

Cuando terminamos de leer estos veintiún relatos, y cerramos el libro, algo de esa magia que produce la escritura nos asalta por completo. Casi en estado de ensoñación –podríamos pensar, en sintonía con ese otro materialismo filosófico, el “ensoñado” promovido por León Rozitchner– nos dan ganas de cerrar los ojos, y soñar que en estos tiempos oscuros también nosotres podemos hacer serie con esas historias rebeldes, insumisas… Es entonces cuando recuerdo el consejo de Lenin: “es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestro sueños”. 

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