“Quien no ha delirado nunca es presa de la literalidad, de la tiranía de la ortodoxia, de la evidencia y la obviedad”, escribe Marina Garcés en este pequeño gran libro, “El tiempo de la promesa”, en el que agrega: “el delirio es un momento de la imaginación”.
Me interesa la indagación que la filósofa catalana hace
en este “Cuaderno de Anagrama” en torno a la posible promesa entre iguales,
porque –según subraya- es entre iguales que podemos crear y formar parte del tiempo
común de la promesa, ser sujetos de la propia palabra y sus consecuencias.
En tiempos de “cinismo e indiferencia” como los que
corren, en medio de situaciones que tienden a cerrarse, la promesa puede abrir
un intervalo. Cuando estos desaparecen todo deviene desierto, “mar abierto, sin
cuadernos y sin recuerdos”.
De allí que, en este mundo que se presenta sin salida, “sin
salvación, sin protección, sin crecimiento” en el que parece que sólo cabe la
pregunta en torno a quién sufrirá más, la idea de “hacer una promesa y
mantenerla” puede implicar seguir queriendo lo que alguna vez se quiso, pero
también, la puerta de ingreso a un nuevo comienzo, ya que una nueva legitimidad
social no se construye (solo) con programas políticos, sino (también) con
promesas, entendidas como acción de palabras que enlaza temporalidades, como
contramemoria y como contratiempo.
Si en un mundo sin promesas el descontento sólo puede
tomar formas depresivas, coléricas o apáticas, las promesas por construir, por
conquistar, pueden ser, por el contrario, una forma de interpretación de las posibilidades
de una época, de una situación.
De allí que la promesa pueda permitirnos recordar,
escuchar, accionar.
Como dice Marina Garcés hacia el final de su ensayo, si
alguna vez una de las dimensiones de “tomar el poder” tuvo que ver con “tomar
la palabra”, hoy también debería aparecer bajo la idea de “tomar la promesa”:
para “recordar” las que no se han cumplido; “escuchar” las que han quedado silenciadas
y “accionar” para hacer posibles las que no nos hemos atrevido aún a concretar.
