Pensar en español desde Holanda. Las marcas del lenguaje en la infancia. Las marcas de la humillación y la cercanía de la muerte que constituyen una determinada sensibilidad ya desde los tempranos años de una vida.
Una madre que lee a su hijo por las noches, en un dulce
español. Un Baruch con su madre ya muerta que ve a un hombre ser azotado en una
sinagoga. El propio Spinoza, ya joven, “marcado” por pintura roja en el frente
de su casa antes de ser excomulgado y luego casi asesinado. Suerte, la del “casi”,
que no tuvieron los progresistas hermanos de Witt, asesinados por una turba
conservadora.
“Las personas son brutales con quien está caído. Viven
contraídas en el miedo, por eso maldicen y calumnian. Maldecir a otros es una
forma de protegerse”, le dice el pintor Remdrandt a Baruch, quien a su vez
insta al “maestro” a irse a Pernambuco: “empezaríamos una vida nueva entre
gente que quizás no es como la que observas”. Irse a Brasil, hablar en español.
Una lengua menor, un pueblo que no existe todavía y un profundo anhelo de
justicia. “También el Quijote, libro que te gusta tanto, hubiera querido ir a
América”, le dice a Baruch su media hermana Rebeca.
Dormir como un filósofo. La cama donde otros miembros de
la familia han muerto o han nacido, la cama que Baruch toma como elemento de
disputa. “Dormir en donde durmieron otros antes”. El sueño, la vida, la
tradición y la invención. La austeridad y la cautela. Una cama y un taburete,
dos sillas y un tablero de ajedrez, un taburete para pulir lentes y eso sí,
unos cuantos libros y centenares de apuntes.
El anacronismo y los cruces temporales. Los días de la
peste: ¿siglo XVII o XXI? Un “Saúl oriental” pintado por Rembrandt, pero que
bien “podría haber sido chino o negro” (hoy podríamos decir: “un palestino”).
Un Baruch que dice: “el pueblo está sediento de sangre. Usa la religión para
odiar y para linchar”. ¿Cómo no pensar en el sionismo y el ataque terrorista
perpetrado por el Estado de Israel en Gaza? Spinoza y nosotres, su actualidad.
Comencé a leer este libro sobre Spinoza en el teatro en
Buenos Aires, lo terminé en Madrid, tomé algunos apuntes sobre él tras mi
retorno a la Argentina, para hacer una columna en la radio y después de algunos
meses me topé con ellos de casualidad, buscando otra cosa, como suele suceder. Conocí
a Jorge Eines y su Escuela de Teatro durante el viaje, leí libros de Diego
Tatián sobre Spinoza durante los últimos 15 años de mi vida, y no dejo nunca de
sorprenderme, de encontrar algo nuevo, de volver sobre lo ya visto desde otra
perspectiva.
Tatián y Eines, teatro y filosofía. El diálogo como “territorio
común y puente entre campos”, como señala Jorge Dubatti en el prólogo a esta
publicación de Red editorial, a quien no dejo de agradecer por el envío del
ejemplar y a les amigues de La Libre por hacer de nexo.
La postal es de esta bella librería del barrio porteño de
San Telmo, de donde pasé a retirar hace unos meses El susurro del marrano (Spinoza
en teatro). Ojalá pronto estas líneas sean llevadas a los escenarios.


No hay comentarios:
Publicar un comentario