jueves, 11 de junio de 2009

Crónica del 26 de junio de 2002


Es el primer capítulo del libro que estoy por publicar


1. El día que soltaron los perros


Las balas aturden a la tarde, buscan invadir de silencio/el clamor de voces que cantan rebeldía

Manuél Suárez, en Mano con mano.


“La noche avanza sobre el día, pálida y agónica/La única eternidad que se escucha es el silencio/De los muertos es la quietud de la muerte/De los vivos la desesperación de la vida”.

Vicente Zito Lema en: Agonías in memoriam de Darío y Maxi

I-

El miércoles 26 de junio de 2002, a pesar de las nubes, el sol salió temprano. Soplaban vientos leves y la temperatura era de las más bajas del año. Así y todo, alrededor de las 10 de la mañana, la mayoría de los integrantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados de Almirante Brown se encontraban en el playón de la estación de trenes de Claypole. Varios vecinos provenientes de las barriadas 2 de abril (Rafaél Calzada), Cerrito y Don Orione (Claypole), esperaban ansiosos que llegaran sus pares del barrio de Ypona (Glew), para quienes el viaje se tornaba más largo que en otras ocasiones: la decisión era no arribar a la estación de Avellaneda con el “vía Temperley”, sino dar toda la vuelta, con el “vía Quilmes” (al que todos llamaban “La Chanchita”, diferenciándolo así del otro, “El Eléctrico”).

Por aumento general del salario (y una duplicación de 150 a 300 pesos en el monto de los subsidios para los desocupados); alimentos para los comedores populares; mejoras en salud y educación; desprocesamiento de los luchadores populares y en solidaridad con la fábrica ceramista Zanón, de Neuquén -quien corría el peligro de ser desalojada luego de haber sido recuperada por sus trabajadores-, los movimientos de desocupados –por entonces denominado “duros”- se proponían levantar barricadas en los puentes de acceso a la Capital Federal.

El ya mencionado 26 de junio de 2002 fue un día en que esos hombres y mujeres a quienes llamaban “piqueteros” se dispusieron a resistir: a la política económica que pulverizaba los ingresos producto de la devaluación; a la oleada creciente de autoritarismo estatal y represión para-policial. Estaban dispuestos a no aflojar ante las amenazas lanzadas desde el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde: “prohibir los cortes de ruta”.

Desde José C Paz, La Plata, Guernica, Solano, Lanús, Florencio Varela, Quilmes y Esteban Echeverría, las banderas de los distintos grupos que integraban la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, partían hacia Avellaneda. Los del MTD de Allen, en cambio, se dirigieron hacia el Puente que separa las provincias de Río Negro y Neuquén.

El ánimo estaba caldeado aquél miércoles 26 de junio de 2002. La predisposición al enfrentamiento, ante la imposibilidad de desplegar el corte sobre Puente Pueyrredón, se hacía evidente entre los presentes; sobre todo entre los más jóvenes. Ante cada declaración del gobierno, mayor voluntad de batallar por parte de un importante sector de los movimientos. Otro sector, por supuesto, se replegaba. Entre los muchachos dispuestos a resistir se encontraban Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, jóvenes de 21 y 25 años. Darío y Maxi no se conocían… todavía.

II-

En el playón de Claypole, como siempre lo hacían antes de partir a una medida de lucha, los desocupados de La Verón realizaron una asamblea, para repasar los objetivos de la jornada y los criterios de seguridad; para darse fuerzas colectivamente. En aquella oportunidad, además, debían darse un poco más de ánimo, ya que la situación se anunciaba complicada.

Fueron pocas las voces que se animaban a tomar la palabra en aquél complicado día. Una de ellas fue la de Mateo, uno de los “referentes”[1] del movimiento. Dijo algo así como que no podían permitirse que el miedo se les impusiera, ya que ese era el objetivo del gobierno: evitar que sean bloqueados los puentes y accesos a la capital federal; formas de lucha que, ya en otras situaciones difíciles, les habían permitido “torcer el brazo del gobierno”, y conquistar las reivindicaciones por las que habían movilizado.

Aunque algunos tengamos hoy, tal vez, que volver con el lomo apaleado, remató, antes de gritar ¡Aníbal Verón!, con todas sus fuerzas. ¡Presente! respondieron casi todos. Luego, cuando gritó más fuerte: ¡Ahora!, nuevamente se escuchó un eco de voces diciendo: ¡Y siempre! Mi voz, recordó más tarde Mateo, ya no era mi voz, sino que se confundía con la del resto. ¡Donde nos vemos compañeros!, exclamó finalmente; frase que no pronunció como pregunta, ya que todos, absolutamente todos, sabían y compartían la respuesta: ¡En la lucha! Ahí empezaron los cánticos: Piqueteros carajo, gritó Mateo. Piqueteros carajo, gritaron todos. Piqueteros carajo… canción típica ya, que solía acompañar la mencionada arenga.

Cuando Mateo gritó Aníbal Verón y todos respondieron presente, ninguno se imaginó que, tan solo unas horas mas tarde, estarían gritando presente… luego de nombrar a uno de sus compañeros.

III-

El viaje en tren se tornó tenso. Aunque en cada estación, más y más piqueteros subían rumbo a la estación de trenes de Avellaneda. Los muchachos y las chicas de seguridad conversan, repasan paso a paso el plan de un posible repliegue, ante el eventual caso de que la represión avance sobre las columnas. Un grupo de Indymedia Argentina[2] filma todo: los gestos, los movimientos de las manos, los labios temblorosos de las conversaciones que, cada tanto, sólo cada tanto, se intercalan con algunas sonrisas.

Al llegar a la estación notaron que un helicóptero sobrevolaba a escasos metros de altura. Hoy se viene complicado, comentó Mateo a Oscar, uno de sus compañeros de la CTD de La Plata. Ante tamaña intimidación, el muchacho sólo atinó a responder: Parece que sí. Al bajar las escaleras y pasar el hall de la estación, se ubicaron sobre la avenida Pavón. El de Almirante Brown era uno de los últimos movimientos en ubicarse en la columna. Por eso varios muchachos fueron corriendo para adelante, para ver que sucedía. “Estamos muy atrás”, dice el PeladoCésar. Mateo asienta con la cabeza y ambos comienzan a correr hacia la cabecera de la columna. Había rumores de que no los dejaban pasar, pero desde ahí no veían nada.

Eran las 11.30, 11.40 horas del ya mencionado 26 de junio. La movilización hacia Puente Pueyrredón se ponía en marcha. Recién entonces, la Agencia de Noticias Red-Acción (ANRED), lanzó el primero de una larga seguidilla de comunicados: “Urgente-Las columnas se están movilizando”. La cabeza informativa denuncia: “El gobierno prefiere reprimir a escuchar los legítimos reclamos. Se han detectado tropas de infantería y carros hidrantes bajo el Puente Pueyrredón. La CTD Aníbal Verón cortará ese acceso dentro de plan de lucha coordinado. Si el dólar continúa subiendo se pulverizará el poco valor que le quedan a los 150 Lecop”.

Devaluación-represión. Palabras claves durante aquellos días. Sobre todo para estos movimientos, integrados por los sectores más postergados de la población; esos que durante años se vieron expuestos a una situación calamitosa, que algunos hasta llegaron a denominar como “genocidio social”. Así y todo, desde el poder, se pretendía que no expresaran públicamente su situación. Se les quiso privar de su derecho a la protesta; arrancándoles así esa herramienta (El Piquete), con la cual el conjunto de la sociedad Argentina se tuvo que topar cuando los desesperados, por fin, dijeron BASTA.

Fue esta una de las razones por la cual, el mencionado comunicado, también denunciaba:

Las amenazas y los despliegues de las últimas horas son una clara coacción hacia nuestras organizaciones y la ciudadanía en general, amedrentando nuestros derechos constitucionales de petición, es decir del estado de derecho, ante la grave emergencia social en la cual nos encontramos miles de ciudadanos argentinos, cuando en realidad deberían estar preocupados por los reclamos que el pueblo hoy manifiesta”.

IV-

Al llegar a la base del Puente, quienes marchaban por Pavón pueden ver a los del Bloque Piquetero Nacional (BPN) y Barrios de Pie, llegando por avenida Mitre. Adelante estaban todos los dirigentes: Néstor Pitrola, del Polo Obrero; Roberto Martino, del Movimiento Teresa Rodriguez; Beto Ibarra, del Movimiento Territorial de Liberación; Jorge "Huevo" Cevallos, del Movimiento Barrios de pie...

Si bien la CTD Aníbal Verón nunca armaba cordones con dirigentes, como lo hacía, por ejemplo, el BPN, sin embargo, era común que los referentes no marcharan en la columna de los movimientos distritales, sino adelante, en la cabecera, junto a la bandera principal. Cuestión que desmiente las primeras versiones que, tanto la policía como el gobierno, difundieron por los medios masivos de comunicación: que las fuerzas del orden, a diferencias de otras oportunidades, no tenían con quien dialogar.

A las 12 horas del mencionado 26 de junio, ANRED lanzó el segundo comunicado del día:

“Los Movimientos de Trabajadores Desocupados enrolados en la Coordinadora Aníbal Verón resolvimos coordinar el corte de los accesos a la Capital Federal junto con el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), el BPN y Barrios de Pie. Los cortes están comenzando y se ubican en los Puentes Uriburu, Vélez Sarfielf, La Noria, Saavedra, Nicolás Avellaneda y Pueyrredón”.

- “Nos estamos acercando mucho”, dice Gaby, del MTD de Varela. Mateo responde que no, que no pasa nada, que está todo controlado. No lo sabe, pero en cuestión de segundo todo estará fuera de control. Gaby hace un gesto que puede verse a través de su capucha. Hay algo que no le cierra. Tal vez precaución, quien sabe.

Cuando las columnas que marchaban por ambas avenidas quisieron confluir, ahí, en ese momento absurdo, todo comenzó. Esperen a que nos acomodemos bien, gritó Gisela, una de las chicas que en ese momento cumplía un rol de seguridad, dentro de la columna de La Verón. Es que “las doñas” estaban a punto de sacar los termos y los mates, algunas de ellas hasta las sillitas, que solían llevar a las movilizaciones. Esperen compañeras, insistió. Y las doñas, esas que habían sido las primeras en dar batalla en las barriadas, miraron como nunca lo habían hecho antes. Tenían miedo: más que el que habían sentido cuando, en las asambleas barriales, algunos de los referentes plantearon que las personas de mayor edad se quedaran, que el horno no estaba para bollos y que la cosa, esta vez, venía jodida en serio. Tenían miedo y, paradójicamente, no era por ellas, sino por sus hijos, sus hijas, jóvenes, adolescentes en algunos casos, que se encontraban en ese momento a punto de lanzar la primera piedra. Porque entre el “esperen” y el “compañeras”, empezaron las corridas, los balazos de goma, los gases lacrimógenos. Un cordón policial se había interpuesto entre las miles de personas que integraban ambas columnas. El Pelado César abrió su mochila y sacó unas cuantas piedras que había recolectado en el camino, desde le la estación al puente. Mateo corrió para atrás, unos breves metros, hasta donde estaban sus compañeras y compañeros de la seguridad del movimiento. “Vamos, cumpas”, gritó, “que están reprimiendo”. La Tota lo miró desconcertada. Era ella la había estado participando en las reuniones previas, donde cada movimiento adquirió un rol de organización dentro del esquema de emergencia. El esquema estaba previsto en caso de que se desatara la represión. Unos enfrentarían la primera línea policial que intentara avanzar. Otros, se quedarían a la altura del Puente viejo, para tratar de impedir que la fila policial que se apostara allí encajonara a la columna. Finalmente, otros estarían atrás, garantizando la retaguardia. Al MTD de Almirante Brown le tocaba garantizar la vigilancia del Puente Viejo. Por eso cuando Mateo llegó agitado, gritando que avanzaran, las caras de los muchachos y las chicas fue de desconcierto. Por eso, todos, vacilaron... entre aquella orden, y la quietud de La Tota, que con sus escazos 20 años coordinaba la seguridad del movimiento, había una contradicción. “Vamos cumpas”, gritó La Tota, mientras comenzaba a correr hacia delante. Se escucharon entonces unos ruidos tremendos, gritos... el ambiente zambullía a todos en una profunda desesperación.

Desesperación, eso sintió Yamila cuando creyó que se desmayaba y no podía respirar. La represión policial se había desatado, avanzaba ferozmente: a su paso nada quedaba en pie. Por unos instantes, el efecto de los gases se mantuvo flotando sobre el aire. Yamila no podía correr. No podía gritar. No sabía que hacer. Creía que se había congelado: estaba clavada en el suelo. Un muchacho que corría a su lado cayó en el asfalto, luego de que una ráfaga impactara sobre su pierna derecha. Una inmensa bocanada de aire negro se apoderó del cielo: a escasos metros, ardía un colectivo. Decenas de jóvenes continuaban ofreciendo resistencia.

En esos momentos de desconcierto, sin embargo, un fotógrafo profano de La Plata tuvo la capacidad de captar aquello que, el fotógrafo francés Henry Cartier Bressón, denominó alguna vez como “El instante decisivo”. Podemos verlos: Kosteki y Santillán –quienes, como ya se ha mencionado, no se conocían- de espaldas a la cámara, de frente a la represión policial. Maxi viste una campera verde, de estilo militar. Tiene puesta una gorra negra, con visera. Una bufanda del mismo color le cubre el rostro. Darío, con una gorra blanca de lana, también se cubre el rostro con una bufanda negra. Lleva puesta una campera de cuero y unos jeans gastados. Juntos, como los otros, corren. Como tantos, a su vez, tiran piedras a las embravecidas fuerzas del orden que avanzan con furia sobre ellos. Algunos sacan sus gomeras; otros simplemente corren, a toda velocidad. Tras ellos, una partida policial, deseosa de detenerlos, no deja de pisarles los talones.

V-

Corrían, esquivando balas que, a esa altura, sospechaban ya, no eran de goma. O no simplemente (uno de ellos era Sebastián Conti, del barrio 2 de Abril, del MTD de Almirante Brown, quien minutos después será herido gravemente, cerca del supermercado Carrefour. Seba corre, dolorido, un poco fatigado, asfixiado. Piensa que, en realidad, son los efectos de los gases que no lo dejan respirar bien). Pasaron fugazmente el denominado Puente Viejo –donde se encontraba apostada la Prefectura-, doblaron por Pavón y siguieron corriendo. Una chica, aterrada, paralizada, lloraba en un costado de la Avenida. Vamos, cumpa, le gritó uno de los muchachos que pasó a su lado. Yamila logró entonces reaccionar, desclavarse del suelo y comenzar a correr, como todos los demás. Algunos continuaban arrojando piedras, los palos con los que se cierran las columnas... carteles publicitarios, bolsas de basura; todo lo encontraban al alcance de sus manos, intentando frenar lo que días después, hasta el propio Presidente Duhalde, tuvo que calificar públicamente como "una verdadera cacería".

“Las organizaciones intentaban marcar la calle con una valla de cuerpos y delimitar un territorio, lejano al corte del Puente Pueyrredón, pero con el mismo sentido: hacer en la ordenación social un lugar para la afirmación del derecho a una vida digna. La retirada ordenada da cuenta de un poder político, de un lazo que no se deja romper sin ofrecer resistencia, ni aun en los peores momentos. Pero así como el corte no fue tolerado y se impidió la transformación del puente en un territorio de lucha de los piqueteros por medio de su ocupación policial, tampoco se toleró una retirada organizada. Podemos decir, que el territorio de la organización mismo, en el que una muchedumbre de desocupados con sus familias se constituye en “movimiento piquetero”, fue un objetivo de la represión”[3].

“Ofrecer resistencia”, eso hacían los muchachos y las chicas de los movimientos. Impedir que los lazos solidarios se resquebrajaran, que los más temerosos se paralicen, que los más arrojados pierdan la serenidad, que la represión desarticulara “el cuerpo político de la movilización en una multiplicidad de cuerpos individuales”, como bien señala Gómez.

A las 12.50 horas del mencionado 26 de junio, los manifestantes que se replegaron por avenida Pavón llegaron a la Estación de Avellaneda. Entre ellos se encontraba Mateo, quien pasó por la vereda, pero no entró: en esos escasos segundos, en los que casi no se puede pensar, se le cruzó por la cabeza que, si cortaban el servicio de los trenes, serían fácilmente detenidos en los andenes, sin tener lugar para correr. Por eso siguió a un grupo que, delante de él, continuaba corriendo por la Avenida. Uno de esos muchachos que pasó la estación era Darío Santillán. Por alguna razón, nunca sabremos cual, volvió al lugar... y entró.

VI-

El ya mencionado miércoles 26 de junio de 2002, luego de decirle a sus compañeras y compañeros del barrio “vayan, que yo me quedo”, Darío le da una mano a Maxi. Extiende la otra hacia los policías, que ingresan al hall de la estación con sus escopetas. “Nuevamente el gesto del límite, la muralla, la resistencia ahora reducida a una palma abierta”[4]. Faltan escasos minutos para que Darío Santillán sea asesinado. Ahorro la descripción de su sangre esparciéndose sobre el suelo; del gesto de sus verdugos arrastrándolo hasta subirlo y tirarlo sobre la camioneta policial.

En esos momentos, Sergio Kowalewski toma las famosas fotografías que permitirán, días más tarde, desmentir las versiones oficiales: que los piqueteros se mataron entre ellos. Imágenes que más tarde, Florencia Vespignani inmortalizará en dibujos que se reproducirán por miles

Tal vez podamos imaginar que, en ese momento, Darío escuchó resonar en su cabeza palabras de aliento. Similares, quizás, a las del film El señor de los anillos: “Quizás llegue el día en que el valor del hombre le falle. En que olvidemos a los amigos y rompamos todo lazo de amistad. ¡Pero este no será el día! Una hora de lobos y escudos desechos, cuando la era del hombre será hecha añicos. ¡Pero este no será el día! Por todo lo que aman en la tierra, hoy deben resistir…”

Resistir, eso hicieron ellos, por más que la parca viniera pisándoles los pies; por más que su amistad se gestara recién ahí y se mantuviera solo por unos escasos minutos. Porque Darío y Maxi nunca habían hablado. Y sin embargo, se encuentran ahí, compartiendo sus últimos minutos de vida juntos. Imagen de compromiso y solidaridad. Insistamos: ¿En qué pensaría Darío para quedarse? ¿En el ejemplo laburante de sus padres, ambos enfermeros? ¿En los valores profundamente cristianos con los que fue criado? ¿O en la concepción guevarista del hombre nuevo que había forjado en sus años de militancia estudiantil? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que la mayoría de los del grupo que venían con él, pasaron de largo la estación y, al hacerlo, varios se preguntaron por qué la policía se detuvo ahí, en vez de ir tras ellos, que venían arrojando piedras y palos contra los agentes.

Luego de unos minutos alguien propuso, directamente, acercarse hacia los patrulleros, y arrojarles piedras, para tratar de sacarlos del lugar. Es el momento en que otro colectivo se incendia y es utilizado como barricada. “Van a entrar y meter presos a todos los que estén allí. Seguro que hay gente mayor”, dijo un muchacho al que sólo se le veían los ojos. Lo que nunca sospecharon, es que en vez de llevarlos presos, los policías comenzarían a disparar a sangre fría…

VII-

Las camionetas policiales avanzan. “¡No nos dispersemos!”, gritó uno de los referentes de La Verón. Pero nadie lo reconoció, salvo los más allegados. Por eso nadie acató las directivas de un flaco con el rostro cubierto. Otro gritó: “¡apuren que vienen las lanchas!”, y casi todos salieron disparando en dirección opuesta. Mientras tanto, otro grupo, más pequeño, se quedó armando barricadas. “¡Nos están partiendo el grupo!”, volvió a gritar el referente, y se acomodó sus largos cabellos tras la capucha. Pero nadie lo escuchaba.

Continuaron corriendo por Pavón: cruzaron unas vías abandonadas y un puente, y continuaron corriendo. Estaban casi acorralados. Las camionetas policiales les venían pisando los talones (“Otra vez las lanchas”). En una esquina de Pavón, pasando una gomería, doblaron a la izquierda. Hicieron dos cuadras y se toparon con un alambrado de las vías del ferrocarril. Ya no tenían escapatoria. (“Perdimos, cumpa, acá si que perdimos”). En ese momento, lo inesperado: una moto pasa por allí. Se detiene: era un muchacho del Sindicato de Mensajeros y Cadetes (SIMECA) que, al enterarse de la represión, se fue hasta Avellaneda, para ver que podía hacer. Es en ese instante mágico cuando un colectivo de la línea 100 dobla y este compañero le cruza su moto al vehículo. Al subir al colectivo pueden ver como un grupo de policías venía bajando en fila, formados, corriendo por la bajada de una especie de puente por el que subió el colectivo. No sabían dónde estaban… ni a donde iban a ir…

Luego de unos minutos de andar el colectivo dobló y cruzó la avenida Mitre. Ahí se bajaron y tras unos minutos, se dispersaron: un grupo se fue a los barrios, otro comenzó a caminar por Mitre y otro, partió por unas calles cercanas a la Avenida. En el andar, Mateo y Tito pasaron por un local del Partido Comunista, que posteriormente fue allanado a las patadas por la policía. Saludaron a unos compañeros del MTL de Almirante Brown y pensaron en quedarse, pero luego se dijeron que no, que un local comunista, en medio de una represión policial, no era el lugar más indicado para esconderse. Acordaron que lo mejor sería ir a la estación de Lanús, a ver si encontraban a alguien allí, ya que ese era el lugar que tenían previsto como sitio de repliegue, si algo eventualmente salía mal. Y evidentemente, a esa hora, todo estaba saliendo bastante mal.

VII-

A las 15 horas del ya mencionado 26 de junio la situación era extremadamente grave. Tito y Mateo tomaron un colectivo. Se dirigieron a la estación de trenes de Lanús, lugar previsto –como se dijo- para reunirse en caso de emergencia. Al llegar se encontraron con varios de sus compañeros. A las 15.15 horas decidieron repartirse: un grupo quedaba allí, esperando por si alguien más llegaba. Otro, a los barrios. Y un tercero partió rumbo al Hospital Fiorito. A las 15.20 horas ANRED largó el tercer comunicado: “Urgente” –decía- “Continúan las detenciones en Avellaneda. Hay persecuciones y reducen a pequeños grupos alrededor del Hospital Fiorito. Hay 2 muertos asesinados por la espalda, 2 heridos graves en quirófano, 90 heridos, 54 detenidos en la 1° de Avellaneda…”

Todo estaba fuera de control y sobrepasaba cualquiera de los planes previstos. Se producía descaradamente aquello que, Eduardo Rinesi, ha llamado “La tragedia de la acción política”. Es decir, la imposición del carácter irremediablemente contingente de las cosas, que hace que “naufraguen incluso nuestros proyectos más sabiamente elaborados y más enérgicamente conducidos”[5].

Conducidos dentro del patrullero, los muchachos y las chicas del área de seguridad del MTD de Almirante Brown sonreían irónicamente: si bien marchaban presos, lo hacían unidos, tal como lo habían programado. Porque la contingencia guía, digamos, el 50% de nuestras acciones… pero el otro 50% lo dirigen nuestros planes.

Planes, en ese instante, Mateo no tenía. Más que dirigirse al Fiorito y ver. En el trayecto sonó su celular: Mateo, el “Huevo”. Jorge Cevallos le avisa que por la tarde se juntarían todos los dirigentes en la casa de Raúl Castells, para dar una conferencia de prensa. Mateo responde que, de La Verón, no hay nadie que pueda ir: todos los referentes estaban, bien replegándose con la gente a los barrios, o yendo a la comisaría o al hospital; o bien corriendo, todavía, esquivando las balas de la policía provincial.

Quienes llegaron al hospital intentaron, en vano, averiguar algo sobre los heridos. Estaban los canales de televisión, la diputada de izquierda Vilma Ripol y militantes de distintas organizaciones. Allí pueden ver como entran herido a Mariano, uno de los muchachos del MTR. Minutos más tarde, un muchacho del PO es apresado y golpeado por los agentes… luego de que estropeara el ojo de Alfredo Fanchioti, con una trompada que lo dejó perplejo frente a las cámaras de televisión, que transmitían en vivo las palabras del comisario: “Los piqueteros, por una interna entre sectores, se mataron entre ellos”.

Entre ellos se contenían. Porque lo importante, en ese momento, no era la actitud individual, de cada uno. Lo importante era el comportamiento grupal. Porque en ese momento, la comisaría 1ª de Avellaneda no tenía nada que envidiarle a la imagen que todos, de alguna u otra manera, hemos fabricado alguna vez sobre el infierno. Pero ahí estaban. Jóvenes, adolescentes. Los muchachos y las chicas de las distintas áreas de seguridad de los movimientos, conteniéndose, dándose fuerzas. Evitando mostrarse débiles ante el sadismo de sus verdugos.

XIX-

A las 17.20 horas del mencionado 26 de junio ya eran varios los que se preguntaban: ¿dónde carajo se habrá escondido está Darío? (Santillán) No estaba ni en el listado de los presos ni en el de los heridos. No aparecía ni llamaba por teléfono. ANRED lanza el cuarto comunicado del día, anunciando que la represión continuaba en silencio. “La CTD Aníbal Verón denuncia que hay un virtual estado de sitio en el sur del Conurbano bonaerense: hay razzias y muchos desocupados no pueden volver a sus hogares. Hubo disparos de bala de plomo en Gerli y varios cayeron heridos en las vías de la estación. Alrededor del Fiorito siguen las detenciones y la policía aun no puede definir la cantidad de detenidos”.

A las 19 horas, en la Universidad Popular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, La Verón realiza una conferencia de prensa. Son escasos los medios presentes en el lugar. Crónica TV y algún que otro canal de cable. Algunos medios alternativos y unas pocas radios. Si bien gran parte del país ya conoce la identidad de los asesinados, los militantes presentes en la conferencia todavía no. Hacen una denuncia generalizada: sobre la ilegalidad de los procedimientos de las fuerzas policiales, sobre la responsabilidad del gobierno como mando político de la represión…

A las 23.30 horas, una de las tareas más difíciles: pronunciarse públicamente sobre la matanza. “La policía bonaersense asesinó a dos jóvenes integrantes de los Movimientos de Trabajadores Desocupados enrolados en la Coordinadora Aníbal Verón”. Así fue titulada la tragedia por ANRED. Último comunicado del extenso día, en el que ninguna palabra alcanzaba para definir lo sucedido. Porque es eso precisamente la tragedia, escribió alguna vez Rinesi: mirar al cielo, preguntar ¿por qué?, y oír como los dioses callan.




[1] La cuestión de los referentes se retoma en el apartado “Digresiones IV: “Notas sobre las bases, la militancia”.

[2] Algunas de esas imágenes fueron utilizadas en el video PIQUETE, Puente Pueyrredón, realizado por este grupo en julio de 2002 (Formato original: Mini DV, Digital 8, VHS-C/color). Duración: '35 min. Otras consultas:www.argentina.indymedia.org.

[3] Joaquín Santiago Gómez. Represión y Justicia en la masacre de Avellaneda, en Prensa De Frente.

4. Joaquín Santiago Gómez, op.cit.

5. Rinesi, Eduardo, Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo, Buenos Aires, Colihue, 2003,.



jueves, 28 de mayo de 2009

Digresiones sobre la ética o palabras sobre Darío Santillán


Notas en cuaderno (azul) de tapa dura


“En no importa que circunstancias, de no importa que época y de no importa que lugar, el hombre es libre de elegirse traidor o héroe, cobarde o vencedor. Al elegir para sí mismo la esclavitud o la libertad, elegirá al mismo tiempo un mundo donde el hombre es libre o es esclavo. Y el drama nacerá de sus esfuerzos para justificar la opción. Ante el rostro de los dioses, ante la muerte o ante los tiranos nos queda una misma certeza, triunfante o angustiada: la de nuestra libertad”.

Jean Paul Sartre, en Un teatro de situaciones


Introito:

El miércoles 26 de junio de 2002 fue un día en que esos hombres y mujeres a quienes llamaban “piqueteros” se dispusieron a resistir: a la política económica que pulverizaba los ingresos producto de la devaluación; a la oleada creciente de autoritarismo estatal y represión para-policial. Estaban dispuestos a no aflojar ante las amenazas lanzadas desde el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde: “prohibir los cortes de ruta”.
Por aumento general del salario (y una duplicación de 150 a 300 pesos en el monto de los subsidios para los desocupados); alimentos para los comedores populares; mejoras en salud y educación; desprocesamiento de los luchadores populares y en solidaridad con la fábrica ceramista Zanón, de Neuquén -quien corría el peligro de ser desalojada luego de haber sido recuperada por sus trabajadores-, los movimientos de desocupados –por entonces denominado “duros”- se proponían levantar barricadas en los puentes de acceso a la Capital Federal.
“Los Movimientos de Trabajadores Desocupados enrolados en la Coordinadora Aníbal Verón resolvimos coordinar el corte de los accesos a la Capital Federal junto con el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), el BPN y Barrios de Pie. Los cortes están comenzando y se ubican en los Puentes Uriburu, Vélez Sarfielf, La Noria, Saavedra, Nicolás Avellaneda y Pueyrredón”, manifestaron aquel día a través de un comunicado de prensa.
La jornada culminó con un saldo de 34 heridos y los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Darío, Maxi, se han tornado un ejemplo generacional. No individual, sino más bien colectivo. Un ejemplo que con los años ha proliferado. Porque en cada uno de quienes asumen una militancia cotidiana, hoy en día, de una manera o de otra, están presentes Kosteki y Santillán. Porque como dicen los murales pintados con el rostro de Darío en las paredes de los Centros Comunitarios del MTD de Lanús: “Tu ejemplo de trabajo y de lucha se multiplica”. O como dice la consigna pintada con esténcil en paredes y murales, o estampadas por el Proyecto autogestivo Serigrafía 26/6 en pines, remeras, buzos, camperas y banderas: “Multiplicar su ejemplo, continuar su lucha”.

POSDATA: “Apostillas sobre la Libertad”.

“En el obrar generacional decidimos el espacio de nuestra libertad. No La Libertad, una simple quimera filosófica, absoluta, promotora de los mayores despotismos, sino la vindicación de nuestra voluntad compartida de rebelarnos contra los automatismos de las relaciones sociales de hoy. La libertad de desplegar las potencias de la imaginación en un envase de plebe levantística… En el corazón mismo de la eficacia del poder un pliegue inesperado puede inaugurar un espacio de resistencia. Sobre eso tiene razón Sartre, porque justamente es esa libertad la que es posible conquistar…” (Omar Acha, La Nueva generación de intelectuales, p.122-123)


Primer movimiento. “Un ethos generacional

“Por tu vida entera serán juzgados cada uno de tus actos”.

Jean Paul Sartre, en Muertos sin sepultura.


Hacer referencia a la muerte de Darío como un acto ejemplar –Darío tomando la mano agonizante de Maxi, a quien no conocía; quedándose en la Estación a pesar de los riesgos de la represión- hacer esa referencia, decía, implica hablar de una cierta eticidad. Porque la muerte, muchas veces, puede ser el punto final de una frase, como supo decir el escritor japonés Yukio Mishima. Es decir, la muerte puede no significar nada o significar mucho. Puede ser ese punto que cierra todo un sentido, sea de una oración, sea el de la existencia de una vida. Pienso que no podemos juzgar a las personas sólo por alguno de los grandes gestos heroicos que puedan llegar a realizar en su vida, sino que debemos hacerlo por el conjunto de sus acciones. Y en ese sentido nos planteamos poder ver la vida de Darío no sólo desde la forma heroica en que enfrentó el miedo ese 26 de junio de 2002, sino desde el conjunto de sus actos, de sus tareas cotidianas.
Cabe aclarar que no se trata aquí de revalorizar la muerte, de hacer un culto al martirologio ni nada por el estilo. Por el contrario: se trata de rescatar esa decisión –que Darío llevó hasta sus últimas consecuencias- de compromiso con determinados valores. “Estamos hablando de priorizar una experiencia ética, no de afanes sacrificiales de inmolación. Nos referimos al hecho de estar siempre en la necesidad del otro y a una integridad que desafía la apatía, la mezquindad, la idiotez moral y la mediocridad reinante. Aludimos al acto eminente de liberar la libertad ejerciéndola en el riesgo y la pasión” .
Hablar de eticidad –al menos en este caso- implica referirnos, no a conceptos abstractos, sino a la vida cotidiana. Porque Kosteki y Santillán –como otros tantos anónimos- pertenecieron a esa clase de personas que en lo cotidiano trabajan, piensan, estudian, sienten, pelean… tienen aciertos y errores. Darío y Maxi pertenecieron a esa clase de hombres y mujeres que cotidianamente sufren, se divierten, lloran, ríen, se enamoran… por eso fueron sencillos y extraordinarios. Porque fueron capaces de indignarse ante las injusticias y rebelarse; porque tuvieron voluntad de luchar.
Por todas esas cosas –y seguramente muchas otras más- es que Kosteki y Santillán son expresión de esa ética que las nuevas generaciones de militantes fuimos construyendo al calor de las luchas de la última década. Generación que tiene “como imperativo insoslayable la des-burocratización y democratización de las instancias de participación”. Jóvenes que nos nutrimos de una “narrativa autonomista”, basada en un “ethos militante” que subraya esas características.
Ahora bien: ¿qué es esto del ethos? ¿No quedamos en situarnos en medio de la vida cotidiana y no en conceptos abstractos? Por supuesto. Aunque ciertos conceptos, tal vez, puedan ayudarnos a explicitar mejor una serie de ideas, de opiniones. Entonces, basta de rodeos.
Ética -palabra que deriva del griego ethos- significa, según señaló Martín Heidegger, “estancia, lugar donde se mora”. La palabra, insiste el filósofo alemán, “nombra el ámbito abierto donde mora el hombre”. Cita, intentando ejemplificar esta idea, una frase de Heráclito: “Su carácter es para el hombre su demonio”. Aunque Heidegger sugiere una traducción alternativa: “El hombre, en la medida en que es hombre, mora en la proximidad de dios”. Finalmente, hace referencia a un relato de Aristóteles, que es el siguiente:

“Se cuenta un dicho que supuestamente Heráclito dijo a unos forasteros que querían ir a verlo. Cuando ya estaban llegando a su casa, lo vieron calentándose junto a un horno. Se detuvieron sorprendidos, sobre todo porque él, al verles dudar, les animó a entrar invitándoles con las siguientes palabras: ´También aquí están presentes los dioses´” .

Sin embargo, la definición típica de ética –tal como podemos encontrarla, por ejemplo, en un diccionario de filosofía- no es esta, sino la de costumbre . Y al historizar el término nos llevará hasta Aristóteles, quien planteaba que el ethos aparece ligado a una acción, una virtud, un modo de ser. Un adjetivo que indica si nuestros comportamientos prácticos, encaminados a la consecución de ciertos fines, son éticos, virtuosos. Es decir: amistosos, justos.
Bien: hagamos una interpretación libre, como gustan decir a los brasileros del Movimiento Sin Tierra. Adoptemos la actitud sugerida por Horacio González: rescatar, como originalidad del pensamiento argentino, su capacidad de mezclar tradiciones, elaborando “el derecho a tener una tesis” .
Subrayemos, entonces, esta idea: es en lo ordinario donde hay lugar para que acontezca lo extraordinario. Como bien lo señaló Heidegger, citando al propio Heráclito: “La estancia (ordinaria) es para el hombre el espacio abierto para la presentación del dios (de lo extra-ordinario)” . Mezclemos tradiciones, saberes, procedencias; mixturemos conceptos (¿abstractos?) con cotidianeidad (¿concreta?). Porque tal como señaló Agnes Heller, “todo movimiento social importante se enfrenta más pronto o más tarde con las cuestiones centrales de una ética” . Son muy interesantes, en este sentido, las hipótesis de esta socióloga marxista. Veamos una de ellas. “Marx ha dicho que los hombres se transforman a sí mismos al transformar el mundo; no falseamos nada si invertimos del modo siguiente ese pensamiento: sólo podemos transformar el mundo si al hacerlo nos transformamos también a nosotros mismos” .
Si rescato estas líneas de la discípula de Geoges Lukács, es porque sospecho que nos incitan a entablar una articulación entre lo individual y lo colectivo. Nos permiten subrayar –nuevamente- que en lo cotidiano es posible gestar otra idea y otra práctica de nosotros mismos, de nuestras relaciones con los otros (“la vida cotidiana puede pensarse como un espacio clandestino en el que las prácticas y los usos subvierten las reglas de los poderes” ). Es posible, entonces, que los valores dominantes no sean los únicos y presentar, aquí y ahora, otra forma de entender el mundo y habitarlo.
Si así es, tal vez podemos permitirnos entender lo extra-ordinario de otra manera. No como a un dios (sea al estilo cristiano o como en Heidegger… ¡vaya a saber uno cómo lo entendía ese hombre!), sino más bien como a la utopía , ese sitio actual que instituye un horizonte. Que permite que el horno no sea sólo para calentarnos y fabricar el pan de cada día. Que los bloques de cemento no sean sólo para abrigar el hogar y los lugares de reunión. Sino que nos ayuden a que la solidaridad, el compañerismo, sean los valores con que habitamos el mundo. Nuestra práctica política cotidiana. Una costumbre. Con la que transitemos, como Maxi, como Darío, los caminos de la libertad.

Apostillas sobre Darío y Maxi:

“…Darío nos ayudará a sostener la ira para que las lágrimas se nos hagan escorpión o látigo, para pegar justo en el centro de la magia a la hora de la rebelión, para que la piedra se haga palabra y las canciones se hagan suburbio, para que la conciencia se encuentre con la dicha y viceversa”. Miguel Mazzeo, en Los oficios de Darío.
“… Toda la mugre del a humanidad se concentra en esas muerte temprana… Sin personas como Darío la mierda se hace más soportable, la paranoia puede disfrazarse de prudencia, la tilinguería de buen gusto, la vaciedad del alma simular templanza, los policías pueden no parecer policías y el certificado de defunción del os seños permite sacar el carnet de la normalidad”. Guillermo Cieza, en Estado de Gracia.
“La noche avanza sobre el día, pálida y agónica/La única eternidad que se escucha es el silencio/De los muertos es la quietud de la muerte/De los vivos la desesperación de la vida”. Vicente Zito Lema en: Agonías in memoriam de Darío y Maxi.



Segundo movimiento.Literatura, ética y política

“La literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es”

Ricardo Piglia, en Formas breves

“Lo que la literatura percibe no es tanto un estado de cosas (hipótesis realista) sino un estado de la imaginación”

Daniel Link, en Prólogo a El juego de los cautos.

Existe, entre ética y política, una tensión, digamos, permanente. –“La política es la mierda”- me dice Roberto. Cuenta que Perón –que convengamos, algo sabía de política- solía plantear con frecuencia que “hasta con mierda se construye”. Prefiero rescatar unas líneas de Ricardo Piglia, quien, en su célebre novela Respiración Artificial, pone en boca de uno de sus personajes la siguiente frase: “El profesor, por ejemplo, era un hombre que reflexionaba sobre los principios. Mejor dicho, le digo, era un hombre de principios. Especie también rara en estos tiempos. ¿Qué tenemos sino los principios para sostenernos en medio de toda esta mierda? ”
Política de principios: la mejor política. La frase fue arrojada por otro argentino, ya no desde el campo de la literatura, sino desde el específicamente político. Palabras del Comandante Ernesto Che Guevara repetidas a gusto por Darío Santillán.
Hay otra idea de Ricardo Piglia que me interesa destacar. La que sostiene que “el lector de ficciones es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético” . En ese sentido, podríamos pensar al revolucionario, también, como aquél que ve en la política, en un proyecto de transformación radical de la sociedad, un modelo ético. El militante como lector que descifra en la realidad las huellas de una ética a potenciar.
-“Muchas veces –insiste Roberto- la política se contrapone a los principios. Y un riesgo es aferrarse tanto a los principios, que después te vuelvas incapaz de intervenir cuando la coyuntura se corre un centímetro de los planes trazados”. Creo entender a que se refiere: como si no se pudiera tolerar que el contexto político fuera para un sitio diferente al esperado. Insiste, también, en que la política “es la mierda”. Y que la nueva izquierda, muchas veces ensimismada, “no ha querido ensuciarse…”.
- “Para los que entendemos a la política como una invención”, contesto…
El silencio se debe al término que utilizo. Lo tomo de Cerdéiras. Espero que diga algo, que saque a relucir su biblioteca para retrucar al viejo Raúl desde un marxismo sólido, pero no. Él no dice nada, así que continúo. – “Para los que entendemos a la política como una invención, no podemos desligar, escindir a la política de la ética que se va gestando en las luchas por construir otro tipo de sociedad. De allí que “intervenir” implique “convivir”, estar “en medio” de la mierda, es cierto –digo- pero preservando otro tipo de valores. Combatiendo a los hegemónicos”.
El silencio de ahora se debe a la interrupción de la charla.
-“Parece la laguna de Chascomús. Arreglá ese mate, querés”. Luego, con uno bizcochos agridulces sobre la mesa, retomamos la conversa. –“Claro que si nos autoaislamos–digo-, si nos repetimos hasta el cansancio lo bellos y lindos que somos, como te gusta decir a vos…”. –“Si, pará, todo muy lindo: pero no me vas a negar que muchas veces la tendencia en la izquierda autónoma es al aislamiento, en un país con la historia que tiene, con el peronismo pisándonos los talones todo el tiempo. No jodamos: aislarse es perder la batalla…”.
Tras unos segundos de silencio contesto: -“Está bien, pero no se puede pretender masividad a cualquier costo. Porque: ¿qué pasa cuando el contexto histórico es adverso a las apuestas de transformación radical? No nos integramos; no nos rendimos, viejo”. La discusión sube de tono. –“De ahí la importancia que le asignamos a la frase del Che: Política de principios, la mejor política. No contraponiéndolas, sino tratándolas de integrar. Sino pensá en lo que señaló Susan Sontag: actuar por principios… sigue siendo una acción política. ¿Te acordás?: Resistes por una acción solidaria. Con las comunidades que sostienen principios y con los desobedientes: aquí y por doquier. Del presente. Del futuro ”. –“No me jodas –retruca- que a la Sontag te la hice leer yo…”.

Bien, demos una vuelta de tuerca a esta cuestión de la importancia de la literatura en todo esto. Retomemos las palabras de esta norteamericana tan atípica. “Una de las tareas de la literatura –dice- es formular preguntas y elaborar afirmaciones contrarias a las beaterías reinantes”. Y convengamos que, en nuestra realidad –tal vez más que nunca- los lugares comunes abundan por doquier. Todo parece venir servido en bandeja. De esas de comida rápida. Y ahí, la literatura tiene, o más bien puede, jugar un papel importante. Ofreciendo mitos que se contrapongan a los fetiches; construyendo contra-experiencias insurgentes; intentando comprender algo del mundo, para contarlo. Aprendiendo a relacionarnos -como remarcó Sontag- “con la maldad de la cual son capaces los seres humanos, sin corrompernos –convirtiéndonos en cínicos o superficiales- al comprenderlo” .
Si, como decíamos, una de las funciones de la literatura es “profetizar”, el vínculo con el accionar de la militancia es estrecho, muy estrecho. Porque tanto el escritor, como el lector y el militante, son personas que están atentas, que buscan descubrir y mostrar aquello que a simple vista no está. El género policial podría ser un buen ejemplo. Rodolfo Walsh, su figura más acabada.
En este sentido, una de las tareas de la militancia es anunciar (no en el sentido de quien describe “las leyes de la historia”, sino más bien como quien persiste en la posición de que las situaciones no son inmutables. Tal vez la imagen de un brujo sea más eficaz que la de un científico). Anunciar a la vez que construir, aquí y ahora, la idea de que “otro mundo es posible” (y los ejemplos que en la práctica lo adelanten, al menos en pequeña escala). Donde se pueda y como se pueda (es decir, en medio de la mierda). De esta forma, el vínculo entre literatura y política no parece ser tan lejano. De allí la importancia del concepto de “prácticas pre-figurativas”. Es decir, que el socialismo del siglo XXI será desde ahora o no será. Será en la medida en que podamos alejarnos de lo que quieren imponernos como política (la política como gestión). Y una buena política: aquella que evita la corrupción. En la medida en que podamos hacer de la política una práctica de invención, que construya otras formas de habitar este mundo.


Tercer movimiento.La ética de las pasiones alegres”.

“Y así uno puede reírse, y cree que no está hablando en serio, pero sí se está hablando en serio, la risa ella sola ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra…”.

Julio Cortázar, en Rayuela.

Hay, en la tradición de la militancia de izquierda, un componente sacrificial difícil de sortear. El militante, suele decirse, es aquel que deja todo, que hace todo por los otros (por el pueblo, por los proletarios). Es aquel que está dispuesto a entregar su vida. Su vida en un combate, pero también aquél que la deja porque disuelve su individualidad en la apuesta colectiva de hacer la revolución. Cabe resaltar aquí una coincidencia con el más rayado de los hermanos Lamborghini, quien alguna vez remarcó que había que terminar de una buena vez con toda esa sanata de “la cultura sacrificial de la izquierda liberal”. Con toda esa “cosa llorona, bolche, quejosa, de lamentarse ”, dijo, en relación al hastío que todo eso le provocaba.
Que no se malentiendan estas palabras, no planteamos aquí la “liviandad” pos-moderna del no-compromiso, del todo es igual, total, si son interpretaciones entre interpretaciones. Total, si los que vienen luego de un cambio serán iguales o peores a los que están…
Sin embargo –y reconociendo la necesidad del compromiso, cierta disciplina basada en el respeto por los acuerdos alcanzados colectivamente, etc- hay algo de toda esa tradición que incomoda. Ya la palabra misma nos remite a un pasado que se nos impone como autoridad. El respeto por los muertos, por los que dejaron la vida y fueron derrotados, más que animarnos a continuar la lucha, a veces, pareciera que nos obligaran a tener que hacerlo. Hay una “pesadez pesadillesca” en esa carga moral del deber-ser-revolucionario. La indignación trasformada en enojo, el enojo que deviene mal-humor, cierta militancia que pierde la capacidad crítica y hasta el sentido del humor…
Por eso, estas breves líneas pretenden indagar algunas hipótesis, algunos comentarios acerca un anti-modelo militante que sustente la alegría de saberse formando parte de una experiencia que trasciende la individualidad, que hace del compartir, del luchar, del rebelarse un motivo para reír, para convidar con entusiasmo. Entonces, que la ética de las pasiones alegres se instale como único mandato de nuestras conductas sociales .
Toda esta tradición sacrificial de cierta militancia, se enlaza, además, con una tradición del pensamiento. En los marxistas, claro está. Aunque no tanto en Marx, quien supo apelar a la ironía cada vez que lo estipuló necesario. Lo mismo con los guevaristas y la idea del hombre nuevo. Esto nos llevaría de lleno a otro tema . De todas formas quisiera destacar, en relación a esto, dos imágenes que hace rato me vienen llamando la atención: una de Guevara; otra de Darío Santillán. Son dos fotografías en donde ambos aparecen riendo. Si las rescato es porque sospecho que nos devuelven de ellos una imagen más vital, más entusiasta que otras tantas imágenes que andan dando vueltas por ahí.
Guevara ríe. Luce su uniforme y su boina. Sabemos que descansaba poco y trabajaba mucho. Que asumía múltiples tareas: de trabajo intelectual y manual; de combate y diplomacia; que promovía el trabajo voluntario, que hacía del predicar con el ejemplo un lema inclaudicable. Y sin embargo, a pesar de todo eso (y de su asma), lleva una sonrisa sobre su rostro. Darío, con los brazos abiertos y luciendo una remera de Hermética, camina junto a sus compañeros. Todos tienen entre 15 y 18 años. Es del año 1998. Sobre la Calle 844, en Solano, a media cuadra del colegio donde estudiaba (El Piedra Buena), puede verse el humo de unos neumáticos encendidos sobre el asfalto. La Coordinadora de Estudiantes Secundarios protagonizó por esos días una serie de medidas de lucha en la zona. Entre ellas, la toma del Colegio de la cuadra siguiente al Piedra Buena (la Técnica n° 3). Hacia allí va Darío, marchando junto a otros estudiantes, con una amplia sonrisa sobre su rostro.

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Desde esta perspectiva generacional, entonces, podríamos afirmar que, si bien continuamos rescatando la idea de ir creando mujeres y hombres nuevos, la pensamos desde un sitio radicalmente diferente a como fue pensada hace unas décadas.
Tal vez la relectura que Guilles Deleuze realiza de Federico Nietzsche en los 60 pueda servirnos como ejemplo. La misma figura del “loco de Turín”; su figura o, más bien, sus escritos . Nietzsche ha sido un tipo muy consecuente con sus afirmaciones. Un extremista de la narrativa, un provocador. Tal vez por eso su Zaratustra sea la muestra crítico-creadora por excelencia: porque su apuesta es simultáneamente por crear una nueva forma de filosofar, a la vez que una propuesta de aniquilamiento de la tradición. De un solo y mismo golpe de martillo.
Veamos, sólo a modo de ejemplo, algunas “figuras nietzscheanas”:
Figura del escultor, que destruye la piedra y crea su obra, en el mismo movimiento. “La crítica es al mismo tiempo lo más positivo”, dirá Deleuze. “La crítica no ha sido jamás concebida por Nietzsche como una reacción… La crítica no es una reacción del re-sentimiento, sino una Expresión activa de un modo de existencia activo: el ataque y no la venganza… ”. Deleuze encuentra en Dionisos –el dios que nació riendo- la posibilidad de entablar una polémica con la tradición dialéctica; de contraponer la idea de la diferencia a la de la contradicción. Al elemento especulativo de la negación, dice, Nietzsche opone el elemento práctico de la diferencia: objeto de la afirmación o del placer, el placer de saberse diferente. Al NO de la dialéctica, el SÍ, el eterno y santo decir sí de la afirmación.
Figura del niño, que juega a los dados, afirmando el devenir. El lanzamiento de los dados como afirmación del azar; y la afirmación de la necesidad en su combinatoria. El alegre mensaje del pensamiento trágico, que afirma su querer por lo que acontece. Es tarea de Dionisos, insiste Deleuze, hacernos ligeros, enseñarnos a danzar, concedernos el instinto del juego… Él es quien danza y se metamorfosea, quien se llama Polygethes, el dios de las mil alegrías…. El jugador-artista. Zeus-niño: Dionisos, al que el mito nos presenta rodeado de juguetes divinos.
Claro que podríamos pensar que este juego de palabras no difiere en nada con las divinidades cristianas. Sin embargo no es así. Aun con los dioses de su lado, Nietzsche ríe de la divinidad. Ríe porque lo encuentra justamente como una invención humana, demasiado humana. Como la creación de quien juega como un niño. Los dioses murieron… pero de risa, cuando el cristianismo pretendió reducir la divinidad a un solo dios. Un dios, para colmo, que se hace carne en un humano como nosotros. Y no sólo eso, sino de un dios que hace torturar y matar a su hijo… (“terrorífico”, dirá Deleuze)
El sí al no, decíamos, y no a la inversa. Entonces, al papel del trabajo, de la contradicción, de la reacción (de lo negativo en primer plano), a la pesadez, al resentimiento de la venganza, a la abstracción especulativa (la pretensión de síntesis), al aspecto teleológico (la permanente búsqueda de justificación, redención del presente en un futuro); a todos estos aspectos, Nietzsche opone -en sentido crítico-, la alegría del placer, la afirmación de la diferencia, la ligereza de la danza, el sentimiento concreto de la acción, la agresividad de la indignación y la creación.

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Para terminar, unas palabras de Deleuze , rescatando el pensamiento de Spinoza.
“La alegría consiste en colmar una potencia”. Aquí podemos relacionar el concepto nietzscheano de conquista. No como sojuzgamiento del otro, sino como posibilidad de alcanzar un objetivo. Concepto afirmativo, creador –marcador de formas, de sellos-, “todo él impregnado de vida y de pasión” .
“La tristeza, por el contrario, es cuando me alejo de una potencia que tengo. Es todo poder sobre mí. Podría haber hecho tal cosa, o tal otra, pero no pude”. Las circunstancias me lo impidieron. Otra vez aquí podemos meter por la ventana al loco de Turín. Las grandes cosas se hacen siempre más allá de las dificultades. Dice: “todo lo decisivo surge a pesar de ”.
Efectuar, entonces, algo de la propia potencia, eso sería algo bueno. El pensador francés, sin embargo, va más allá. Dice que toda potencia es buena. Lo malo sería lo más bajo de una potencia. Muy en la línea de la voluntad de poder nietzscheana. Las fuerzas podrán ser afirmativas o negativas. Las acciones activas o reactivas. El telón de fondo será siempre el devenir.
La maldad sería impedir a alguien que haga lo que puede hacer, que efectúe su potencia. Sea obstaculizándoselo materialmente o instigando con el discurso. Porque a decir de Spinoza, ni siquiera sabemos lo que puede un cuerpo.
En este sentido, y aunque suene ilógico, puede haber –dice Deleuze- alegrías tristes. Son aquellos que se regocijan porque sacan su poder de la tristeza. Podríamos pensar –tal vez de una manera un tanto disparatada, “tirada de los pelos”, como se dice- en los punteros pegotistas de las barriadas. Esos tipos, por ejemplo, que en algún punto gozan con su situación de privilegio; con esa diferencia que tienen con respecto al resto de sus vecinos. Aunque formen parte de la base de una pirámide que también a ellos los oprime. Y al militante de organizaciones populares, por el contrario, como aquellos que hacen de su situación, no una excusa para la resignación, sino, por el contrario, la punta de lanza de una experimentación.

POSDATA II:Apostillas sobre la risa”.

“Mi anhelo de risa me devora… ¡Un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rio!...” F.Nietzsche, en Así habló Zaratustra (Ensayo)/ “El colonizado sabe todo eso [lo que el colono, empleando un lenguaje zoológico, dice de él] y ríe cada vez que se descubre como animal en las palabras del otro. Porque sabe que no es un animal”. Franz Fánon, en Los condenados de la tierra (Ensayo)/ “Si nosotros no nos divertimos nos van a ganar siempre”. Leandro Albani, en En el barro (Cuentos). “Anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción, rojo y alegre como una revolución”. Raúl González Tuñón, en Escrito sobre una mesa de Montparnasse (poema). “Disfrute y luche” consigna del Colectivo de cultura y acción popular Libres del Sur de Avellaneda. “Lucha sí, risa también”. Consigna postulada en varios bares de Euskal Herria (País Vasco). “Sin risa no hay revolución”. Julio Cortázar.

POSDATA III:Sobre las apostillas”.

“Anotación que completa, aclara, interpreta un texto”. Tal la definición que el diccionario nos da sobre el término. Hubo momentos en que tanto literatos, como ensayistas y poetas, se vieron deslumbrados por los procedimientos cinematográficos. El montaje, por ejemplo, es algo que despertó en tipos como Walter Benjamin la fascinación por la idea de que, juntando distintos fragmentos, el lector podría armarse una interpretación propia, distinta a la de otro que leyera el mismo collage de frases.
Tal vez podríamos agregar, en el mismo sentido, que juntar citas, hacer ese recorte de un fragmento para juntarlo con otros fragmentos, produce un “desarreglo” de los textos originales. Someter los modelos a una especie de desajuste, de forma tal que desquiciemos al original, adosándole nuestra experiencia, nuestras inquietudes, preguntas, problemáticas , es parte, también, de nuestra apuesta.

FOTOGRAFÍA: "I feel like going home", Nan Goldin