martes, 30 de noviembre de 2010

El Gran Turco y La Otra Argentina

La Villa es una novela del literato César Aira, editada por EMECÉ a mediados de 2001, aunque el autor fecha el texto tres años antes. De hecho, esas son las últimas marcas de la tinta negra sobre el blanco papel: “29 de julio de 1999”. Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros es un texto de non fiction del periodista Cristian Alarcón, editado por NORMA a mediados de 2003. Entre santos, cumbias y piquetes. Las culturas populares en la Argentina reciente, es una compilación de una docena de ensayos, coordinados e introducidos por Daniel Míguez y Pablo Semán –ambos doctores en antropología– editada por BIBLOS a fines de 2006. Quisiera detenerme en estos tres libros, editados en tres momentos distintos de la Argentina, pero que sin embargo abordan un mismo período y desde una visión bastante similar. Si quieren, un detenerse en estos textos a modo de reseña, de comentario; aunque no tanto…
 Radiografía la patria menemista

“El siglo XVIII aun no comprendía, en la misma medida en que lo comprendió el siglo XIX, la identidad existente entre riqueza nacional y pobreza popular”.
Karl Marx, El capital (tomo I, vol. 3)

“Cuando sale del trabajo, Homero viene pensando/ que al bajar del colectivo, esquivará algunos autos/ cruzará la avenida, se meterá en el barrio/ pasará dando saludos y monedas a unos vagos/ Dobla en el primer pasillo y ve que va llegando…”
Viejas locas, Homero.


I


En los últimos años, diversos registros abordaron la cuestión de la marginalidad, la pobreza y pauperización de los trabajadores en nuestro país y, de la mano de este proceso socio-económico y político, los cambios que acontecieron en la cultura de “los de abajo”. No cabe duda que dentro de la clase que vive del trabajo –para usar un término del brasilero Ricardo Antúnez– el sector más golpeado por la implementación del modelo neoliberal ha sido aquél que habita en las periferias de los grandes centros urbanos. Todos aquellos, todas aquellas que, mientras sus pares explotados paraban la olla a costa de un trabajo cada vez más precarizado, que les insumía cada vez más horas de sus vidas, ellos, ellas –decía– se vieron empujados a situaciones de pobreza extrema. A ese abismo que algunos cientistas sociales han llamado la descomposición del tejido social; la ruptura de los lazos. Aunque muchas veces parezca lo contrario, algunas vertientes de las ciencias sociales, el periodismo y la literatura han dado cuenta de este proceso.

Unos de esos textos ha sido el de Alarcón, que logra combinar lo mejor de la crónica periodística con lo mejor de la tradición abierta por Truman Capota al publicar A sangre fría, allá por fines de los 50.

Conurbano norte, a unas 15 cuadras de la estación de San Fernando. Víctor Manuel Vital, “El Frente”, un pibe chorro de 17 años es fusilado por un cabo de la policía bonaerense cuando se está entregando para conservar su vida. Alarcón se mete en La San Fernando, La 25 de mayo y La Esperanza para reconstruir aquel asesinato del 6 de febrero de 1999. Pero al hacerlo, retrocede algunos años, en los cuales da cuenta del tránsito de los ladrones a los bardos. Se mete en las villas, con sus pibes chorros, sus tranzas y sus buches. Sus historias de presos, sus modos de sobrevivencia, sus creencias, sus festejos y sus desgracias. Mientras en la ciudad proliferan los hipermercados y las casas de electrodomésticos, en las barridas se multiplican los kiosquitos que venden de todo (incluido, por supuesto, los sanguches de mila completa), y los remises. Hay símbolos sociales muy explícitos de este proceso: realitys como Gran Hermano y programas como Video Match, por citar sólo ejemplos de la T.V.

Hay tres figuras fuertes –además de la central del Frente Vital– que Alarcón hace aparecer en su relato y que quisiera rescatar: la de La abuela, la Mai ubanda, a través de quien habla (en Portugués) el espíritu de una “Africana”; la de El Sapo, uno de esos dealer, a través de quienes las drogas llegaron a la villa (los porros y la merca, pero también las pastillas, las Rohinol, las Rophi –como le dicen los pibes– con las que preparan “la jarra loca” mezclándolas con vino). El Sapo es presentado como uno de esos “ratas” que se ganan la plata quedándose en la villa, mientras los pibes salen a robar para darles de comer. Un “tranza”, que arregla con la policía, informándole muchas veces sobre los movimientos de los pibes chorros. Por último, la figura de Daniel, un joven cartonero que la impunidad de un país en el que proliferan los countries le arranca la vida. La historia de este adolescente de 14 años, seguramente, es la más desgarradora. Daniel es el menor de de cuatro “hermanos chorros”. Se dedica a hurgar la basura. Hurgar la basura. Una frase que también aparece en la novela de Aira: “la gente no se dedicaba a hurgar la basura por vocación, o mejor dicho: habría bastado un pequeño cambio socioeconómico para que esa misma gente hiciera otra cosa. ¡Pero resultaba que ahora hacían precisamente eso: hurgar en la basura!”.

La historia trágica de Daniel culmina cuando se asoma (“un segundo”), por la ventanilla del tren blanco (asignado sólo a cartoneros). Es ahí cuando una viga de hierro, de esas que la empresa coloca para que nadie, absolutamente nadie, ingrese a la estación sin pagar su boleto, le revienta la cabeza. Todos gritaron y golpearon el piso –cuenta Alarcón– para que el maquinista frenara. Pero no: el tren blanco –que ni freno de mano tiene– no para en San Isidro. Tren que estaba hecho –según se describe en el libro– “para los privados de todo derecho. El vagón en el que viajan pagando sin excepción cada uno su boleto es un desperdicio de los viejos trenes al que se le quitaron los asientos para convertirlo en un depósito de los indeseables que de otra manera molestarían con sus carros a cuesta a los pasajeros. Sin vidrios en las ventanas, sin luz, los vagones funcionan, al decir de los maquinistas, fuera de toda legalidad”. Cuando llegaron a San Fernando pidieron una ambulancia… que tardó 20 minutos en llegar.

Alarcón remata: “El único de los hijos de Matilde que no había pisado el camino del delito agonizaba por culpa de un golpe de la misma exclusión que había provocado todas las balas de las que se salvaron sus hermanos”.

Es la situación de los nuevos pobres de la Argentina. La contracara de la opulencia de los nuevos ricos, los que comen piza y la acompañan con champagne. La historia de los indigentes, aquellos que ya ni siquiera califican para pobres, que ya ni siquiera son mano de obra barata para la explotación del capital. De allí que Aira sostenga: “¿Qué pobres? Señor, ésa es una palabra antigua. Antes había pobres y ricos. Ahora ese mundo desapareció, y los pobres se quedaron sin mundo. Por eso mis patronas dicen: ya no hay pobres… Ya no existe el viejo mundo de las recompensas y los castigos. Ahora es cuestión de vivir nada más. No importa cómo”.

II


En ese trajinar de changas, cirujéo, cartoneo, delito y esperar-a ver-que-pasa, se va tejiendo una de las transformaciones más radicales en la dinámica cotidiana de los de abajo. Junto con el cambio en la estructura económica, en las instituciones políticas, también van a operarse una mutación en el proceso cultural. De los de arriba y de los de abajo. Es estos últimos van a detenerse los ensayos compilados por Míguez y Semán, quienes sostienen que no hay por qué describir la producción simbólica de los subalternos con las categorías de las clases dominantes. De allí que los trabajos de una docena de autores busquen dar cuenta de la significación, para los sectores populares, de los nuevos fenómenos que van emergiendo: la cumbia villera; el rock chabón; las identidades futbolísticas, carcelarias y delictivas; la santificación popular como el caso Gilda; la crisis de la familia tradicional y de la división sexual del trabajo a partir de la desocupación masiva y el nuevo rol que ocupa la mujer en la lucha por la subsistencia; la emergencia de los comedores comunitarios y las luchas del movimiento piquetero; el clientelismo y el surgimiento de legítimos liderazgos populares que cuestionan la lógica clientelar; la pérdida de hegemonía del catolicismo y la proliferación de múltiples “instituciones” como la Iglesia Evangelista, la Universal y tantas otras más; la diversificación de las ONG que buscan aplicar medidas focalizadas para la crisis, entre otros tantos temas que han aparecido como rasgos distintivos de este nuevo ciclo histórico.

Proceso en el cual se buscan, muchas veces, soluciones del tipo “baja en la edad de imputabilidad”, sin reparar en que estos problemas estructurales no pueden paliarse con medidas que profundicen la brecha ya no entre quienes tiene y quienes no tienen, sino entre quienes tiene muy poco y quienes ya no tienen nada. Ciclo histórico que golpea no sólo en las condiciones materiales de existencia, sino también en las representaciones simbólicas. Porque el hambre genera desnutrición, enfermedades de distinto tipo, resta fuerza biológica a la sociedad –según ha destacado la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar en su artículo “Las formas de la realidad”-, pero “la representación de la pauperización con la cual miles de seres humanos buscan comida en bolsas de basura a las puertas de supermercados vallados repletos de alimentos genera desesperación o desesperanza, dolor o furia homicida”. Esa furia que a veces se expresa en revuelta y ación colectiva; y otras veces, en degradación de los lazos sociales.

En fin, de este ciclo histórico neoliberal no han estado ausentes ciertas expresiones de la cultura. Por suerte, no todo ha sido producción-basura, como tantas y tan malintencionadas veces se pretende presentar el período. Como alguna vez expresó Michel Foucault, donde hay poder, hay resistencia. También aquí, durante la argentina menemista, hubo resistencia cultural. Por supuesto, también hubo de la otra.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Reseña del libro de M.Lowy...

La teoría de la revolución en el joven Marx- Michael Löwy
Herramienta ediciones- Editorial El Colectivo. Buenos Aires, agosto de 2010.
Por Mariano Pacheco para Revista Sudestada


Reeditado recientemente en Argentina (nuevamente, en realidad, ya que había sido reeditado en 1997), este libro publicado inicialmente en 1970 tiene la gran virtud de intervenir ahora en un contexto de debate de ideas a nivel mundial bastante distinto al de hace una década y media. Si entonces los apologistas del capital decretaban (otra vez, como a principios del siglo XX), la “muerte del marxismo” (y con él, la muerte de la historia, de la luchas de clases), por estos días -tras una descomunal crisis financiera internacional-, las ideas subversivas, los planteos revolucionarios de Karl Marx cobran un nuevo impulso. Impulso que, sin dejar de sostener la invariable comunista (la autoemancipación de las mujeres y hombres que viven del trabajo), no mira para el costado a la hora de revisar las apuestas y experiencias de décadas anteriores, que condujeron, entre otras cosas, al stalinismo.
De allí que el aporte de Löwy sea fundamental para continuar revisitando los planteamientos centrales de Marx a la luz de las luchas y los procesos de organización que los de abajo se vienen dando en distintos lugares del mundo en la actualidad (sobre todo en Nuestra América), donde la idea de socialismo se ha reinstalado nuevamente entre amplios sectores de nuestros pueblos. Enrolado en el legado comunero, que pone el foco en el proceso de autoorganización de la clase en sus luchas, el autor se inscribe, asimismo, en el legado abierto por el capítulo 6 inédito del tomo I de El capital. Ese que “suelda” el joven y el maduro Marx; el que sostiene que el modo de producción capitalista no es sólo producción de mercancías, sino fundamentalmente producción de plusvalor. Afirmación que conduce al corazón mismo de la teoría marxista de la revolución comunista: no es posible modificar o “reformar” el sistema. Desde esta perspectiva y tal como remarca el propio autor en la introducción a la edición inglesa: “la teoría de la revolución del joven Marx sigue siendo la mejor brújula para conocer el propio camino en el actual y confuso panorama histórico”.

martes, 19 de octubre de 2010

Wong Kar Wai y Manuel Puig


Publicada en Revista Sudestada, octubre de 2010
Cruces entre literatura argentina y cine oriental


“Para cambiar nuestra sociedad, lo que funciona mucho más [que el cine] es gente que sabe hablar; los grandes oradores o los rifles...”
Werner Herzog

¿Qué pueden tener en común, un narrador argentino como Manuel Puig y un cineasta chino como Wong Kar Wai? Más allá de que ambos eran homosexuales, a primera vista, parecen no tener nada que los una. Y sin embargo, los une una pasión cruzada: Puig solía mostrar su “videoteca” cuando le preguntaban que leía; y Wong Kar Wai supo declarar, ante la pregunta por sus influencias cinematográficas, que Puig fue uno de sus principales referentes en cuanto a fuentes de inspiración narrativa. Un breve recorrido por dos creadores un poco incomprendidos por la izquierda y, seguramente también, un poco injustamente tildados de esteticistas.
Con ánimo de amar (2000) y 2046, los secretos del amor (2004) son los dos films que llevaron a que Wong Kar Wai lograra un reconocimiento a nivel internacional. Alguna vez, el Cine Club Eco que se encuentra sobre la calle Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires, proyectó un ciclo con toda su obra. Actualmente, algunas de sus películas pueden conseguirse en los videos club y, por supuesto, buscando en internet, ¡todo se encuentra!
Cuando debutó en la televisión local, a los 19 años, seguramente no imaginó que rápidamente se convertiría en asistente de producción. Mucho menos que sería, a la brevedad, guionista de películas y series televisadas.
Su ópera prima, Wong gok ka moon (As Tears Go By o El fluir de las lágrimas), es de 1988. Le siguieron Dung che sai duk (Ashes of Time o Cenizas del tiempo), y Chungking express en 1994; A-Fei Zhengchuan (Days of Being Wild o Días salvajes), y Duo luo tian shi (Fallen Angels o Ángeles caídos), en 1997.
Wong Kar-Wai nació en Shanghai, en 1958. En 1964 se mudó con sus padres de la China Comunista hacia Hong-Kong. Tenía cinco años y el dialecto que se hablaba en su nueva morada era diferente al que él conocía. Se le hizo difícil hacer amigos. Quizás por eso pasaba las tardes en el cine, junto a su madre. Este dato, aparentemente anecdótico, es sin embargo fundamental para su futura estética cinematográfica. También era común que el niño Wong acompañara a su madre por los bares de la ciudad, donde escuchaban música latina. “Cuando era niño –recordará años mas tarde– no sabía qué era un bolero, pero ya entonces me fascinaba. Yo los encontraba divertidos, y el ritmo me gustaba mucho. La música latina es muy creativa...”.
Años mas tarde, muchos de sus personajes que optarán por la soledad y el aislamiento, serán acompañados por boleros como música de fondo. Esto no tiene, sin embargo, que hacernos creer que su mirada sobre el hombre es pesimista. “Es verdad que mis personajes están terriblemente solos, pero quieren dejar de estarlo. Buscan desesperadamente algo: lo malo es que lo que buscan ya pasó. Ahí surge la nostalgia, la culpa y el dolor...”. Lo que en el fondo le preocupa a Wong son los sentimientos del Hombre. “Nosotros queremos saber qué les ocurre a esas personas que no se encuentran nunca...”. Por eso, ver una película de Wong Kar Wai es una experiencia que nos traslada a una apertura de la sensibilidad, tanto estética como visual. En su cine no hay grandes historias, ni un desarrollo complicado de argumentos. No es que desprecie los relatos: de hecho trabajó como escritor durante diez años. Pero, según él mismo ha declarado, “la historia es una parte de la película, pero una película no es solamente una historia”. Por eso sus guiones son apenas borradores. Filma y filma, y después, recorta, y ahí ve que es lo que queda.
En su universo, todo está teñido por la nostalgia de la temporalidad, del transcurso del tiempo donde el presente se plantea como algo perecedero. Es como si el quiénes hemos sido, quiénes somos y seremos, se planteara como una constante, una suerte de metafísica del tiempo que se escurre. Por eso, quizás, es que pueda parecernos que estamos siempre frente a la misma historia. De hecho, en varias películas, existe una continuidad, a través de personajes que se repiten. Aunque la conjugación de música, colores y planos es, seguramente, el lugar donde reside su mayor fuerza. En cuanto a la música, Wong dirá que la manera de utilizarla en sus películas es muy impresionista; que cada capítulo o cada historia tienen su propia banda sonora y que cuando escribe, tiene la música en la cabeza. La introducción de música latina (el bolero), y la preeminencia de colores según el film, será una de sus marcas personales. Si en Días salvajes prima el verde, en 2046 y Con ánimo de amar el color predominante será el rojo.
Uno de los últimos film en esta línea fue Eros (2004, protagonizado por Chang Chen y Gong Li), un corto difundido junto con otros de Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh. En 2008, las pantallas de Buenos Aires proyectaron My blueberry nights (El sabor de la noche), una excepción dentro de su obra, por sus características claramente occidentales (es su debut en lengua inglesa y la historia transcurre en gran medida sobre la Ruta 66, en Estados Unidos), aunque es justo remarcar que mantiene algunos de sus históricos movimientos de velocidad (aceleramiento y desaceleramiento), un entone musical acompañando la historia (esta vez con blues, jazz y country), y una fotografía que no tiene nada que envidiar a sus anteriores obras.
De todos modos, su acercamiento más concreto a nuestra cultura (occidental) ha sido a través de Happy Together, Felices juntos, filmada en Buenos Aires en 1996, basada en una de las historias de Puig (The Buenos Aires Affair), uno de sus principales referentes narrativos, como ya se ha señalado.
Publicada en 1973 e inmediatamente censurada, la tercera novela de Puig fue a parar a la lista de libros prohibidos por el gobierno justicialista. Luego, y tras recibir varias amenazas telefónicas, emprende un extenso viaje por distintos países, desde los cuales va a continuar su producción: El beso de la mujer araña, en 1975 (la novela en donde un preso común le cuenta películas a un preso político); Pubis angelical, en 1979; Maldición eterna a quien lea estas páginas, en 1981. Ese mismo año y viviendo en Brasil, escribe su última novela: Cae la noche tropical. Luego de haber viajado por Estados Unidos, Brasil, Italia, entre otros sitios, se topa con la muerte en México, el 21 de julio de 1990.
Manuel Puig -nacido el 28 de diciembre de 1932 en el pueblo bonaerense de General Villegas- destacó alguna vez que, al igual que Won Kar Wai, solía acudir al cine, junto a su madre. El machismo –típico de la época, pero sobredimensionado en un pueblo como el que habita- se le presenta al niño Puig como una sofocante normalidad. De allí que sus por lo menos cuatro visitas semanales al cinematógrafo, aparezcan como lo otro al cotidiano, que estimula su imaginación. Ya de grande, si bien tuvo un paso por las facultades de Arquitectura y Filosofía y Letras, lo suyo, claramente, se fue perfilando para el lado de la narratividad cinematográfica. Que se haya destacado como escritor no contradice la frase precedente, ya que la narratividad Puig está teñida, entremezclada por el mundo cinematográfico. En 1968 aparece–producto de un guión fallido- su primera novela: La traición de Rita Hayworth. Continúa su producción, en 1969, con Boquitas pintadas (donde el género epistolar inunda las páginas), que lo llevará al reconocimiento internacional.
Novela rosa, psicoanálisis, radioteatro, folletín y cine, retazos a partir de los cuales Puig supo, contra viento y marea, hacerse un lugar en la historia de nuestra literatura nacional, e internacional. Tanto, que ha llegado hasta la otra punta del planeta. Hasta las lejanas tierras del cineasta Won Kar Wai, quien supo declarar: “El escritor argentino Manuel Puig inspiró mi forma de contar”.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Contraviento y marea



A las 21.25 horas del viernes 17 de septiembre de 2010, cuando se abrieron las puertas del Anfiteatro del Bauen (hotel recuperado por sus trabajadores, ubicado en pleno centro porteño), los percusionistas de Contraviento (un grupo musical de la zona sur del Conurbano Bonaerense), entraron al lugar junto al público, como quien encabeza una movilización, dando inicio así a lo que cualquier crítico cultural se apresuraría a clasificar como un show.


Notas sobre Es-Cultura Popular

“Nosotros contra la democracia burguesa/contra/contra/contra la demagogia burguesa/ contra la pedagogía burguesa/ contra la academia burguesa/Contra/contra/contra…”
Raúl González Tuñón, Las brigadas de choque

“No a lo que comen, no a lo que leen, no a lo que tienen metido en la cabeza…”
David Viñas, Los dueños de la tierra

De la calle al escenario y viceversa. Tal la dinámica de Contraviento, el grupo de rock, folclore, murga, hip hop... integrado por Marcial en guitarra, quena y voz, Joaquín en bajo, Orlando, Aguja y Tito (ex violero de La bersuit vergarabat) en guitarras, Anita en teclado, Facundo en batería, Lautaro, Carlos y Juan en percusión y el trío de voces femeninas compuesto por Olga, Meme y Vanesa (al que se le suma el coro-rap de Arón).
Algunas veces, las canciones de su repertorio van de la sala de ensayo a las movilizaciones y pasan a ser coreadas como cánticos de protesta. Otras, esas consignas surgidas al calor de los neumáticos encendidos sobre el asfalto de las rutas, en las barricadas, fueron escuchadas luego –arreglos estilísticos mediante– en sus recitales. Porque si bien es cierto que Contraviento es una banda de música, también es cierto que se la pasan buscando tender puentes con otras disciplinas, mezclar la música con plástica, las artes visuales, la poesía... Una banda de música, sí, pero algo más que eso: “una banda de compañer@s”, como ell@s mismos se definieron alguna vez. Compañer@s en el sentido fuerte del término. Porque si hay algo que caracteriza a casi tod@s l@s integrantes de la banda, es el compartir. Y no sólo el juntarse para ensayar y tocar en los recitales (cuestión común en cualquier conjunto musical) sino también juntarse para compartir las actividades de militancia. Las que se convocan desde el Frente Popular Darío Santillán (que la mayoría del grupo integra) pero también, las organizadas por otras fuerzas políticas y culturales, donde suelen asistir sin andar dándole muchas vueltas al asunto.
Una banda… decíamos. Tal vez podamos hablar de los integrantes de Contraviento como los integrantes de una manada. Intensidad nómade. Puro movimiento.
Con la flauta de Dioniso. Si bien Marcial ya pasó los 50 años, parece que tuviera la mitad. Toca la guitarra, pero sobre todo, la quena. Ha participado en talleres barriales de murga y de plástica, aunque lo suyo siempre fue la música. Cuando comenzó con los talleres, los primeros que lo siguieron fueron sus sobrinos Camilo, Juan y Facundo. Tenían por entonces 4, 10 y 11 años. Fue a principios de 2001. Siempre con la quena, junto con su hermana Olga y su cuñado Orlando, fue adaptándose a su vuelta a Buenos Aires. Regreso que no le debe haber resultado nada fácil. No después de 18 años...
Instalado en San Clemente del Tuyú desde 1982 –luego de un breve paso por Brasil–Marcial trabajó de artesano, de alfarero, y por supuesto, de músico. Allí participó –junto con otros colegas– de la fundación de la Escuela de Bellas Artes de San Clemente y, más tarde, del primer colegio secundario con orientación en artes de la zona. Realizando talleres didácticos, enseñando las notas musicales a los niños, así fue parando la olla durante todos esos años. Si se fue de la gran ciudad escapando un poco de la locura del rock and roll del período de finales de la dictadura (según alguna vez me contó), ahora volvía para sumergirse nuevamente en la locura, pero esta vez de otro carácter: la de un Buenos Aires y un Conurbano desquiciados, sacudido por la insubordinación de los piquetes y el hastío que meses más tarde se expresaría con el ruido de las cacerolas. Desde entonces, Marcial -con su quena- pasó a ser un símbolo de un sector de luchador@s sociales de la Argentina: l@s de la Nueva Izquierda Autónoma.
Intermedios. “Queremos dejar testimonio/ que vivimos/ que somos/ que las luchas de nuestros pueblos hermanos/ no nos son ajenas/ y que integrados en abrazos sin mucha tecnología/ son nuestra poesía rústica”. Con este extracto de “Ante posibles distorsiones”, el poema del militante revolucionario Eduardo “Carlon” Pereyra Rossi, el presentador dio paso al escenario a Mari y Grillo, que se hicieron cargo del bloque titulado “Nuestra América”, en una semana cargada emotiva y simbólicamente por una serie de conmemoraciones: a un día de la masiva movilización por el aniversario 34 de La noche de los lápices; a 37 años del derrocamiento del presidente socialista Chileno y a 4 años de la desaparición (en democracia), de Jorge Julio López, testigo clave en los juicios contra los militares genocidas. Dos mujeres recitando, con una potencia estremecedora, dos poemas: “Tengo”, del cubano Nicolás Gullén y “Salvador Allende”, del compatriota Vicente Zito Lema. El otro bloque estuvo a cargo de Solana, Mechi y Angi, del grupo Que trama, que convidaron a los presentes con sus pasos de danza contemporánea.
Un piquete a la ignorancia. Con esa consigna, durante el verano de 2004, Contraviento impulsó una seguidilla de actividades en Matrix, un centro cultural ubicado en la zona de Constitución. “Las jornadas” fueron un foco de encuentro para escuchar música, ver videos y películas, montar ferias con los productos de los proyectos productivos autogestionados de los movimientos sociales. Encuentros para compartir, para continuar amasando un arte para el cambio social; un arte que, a su modo, también, funcione como el piquete de los movimientos, pero esta vez, alterando la circulación de símbolos. Así comenzó un poco el historial de este tipo de arte que comenzó a desarrollarse en los talleres de las barriadas y en el piquete, en la movilización.
Porque siempre que hubo acciones directas Contraviento estuvo ahí. Fueron parte de la recuperación de la Estación Avellaneda y su reapertura como Estación Darío y Maxi; de la conformación (en la misma estación), del proyecto de arte popular bautizado como Es-Cultura Popular, donde decenas de artistas han aportado sus obras a este bastión simbólico de los movimientos sociales. Fueron parte, asimismo, de las actividades organizadas en repudio por la masacre de Avellaneda: los 26 de cada mes en la Estación Darío y Maxi o en Puente Pueyrredón; en Lomas de Zamora, en 2005, cuando comenzó el juicio a Fanchioti y el resto de policías que ejecutaron los disparos con balas de plomo en la represión del 26 de junio de 2002, en la denominada Masacre de Avellaneda, donde fueron heridas más de 30 personas y en la cual asesinaron a Maximiliano Kosteki y a Darío Santillán. Fueron parte, también, del “acampe” organizado frente a los Tribunales y de la puesta en escena (allí mismo) de la obra teatral La pasión del piquetero, escrita por Vicente Zito Lema y dirigida por Coco Martínez, recientemente reeditada por la Editorial El Colectivo.
En las calles, en los lugares de enseñanza y en los barrios. Contraviento y marea, organizando actividades en el Comedor Popular “20 de diciembre”, del MTD-La Cañada, en Quilmes, o en el Instituto Nacional de Arte –IUNA–, donde impulsaron, junto con estudiantes del lugar, la autodenominada Es-Cultura popular, ¿Cátedra? (realizada en 2008 y 2009). Siendo parte de espacios culturales más amplios, como aquél que impulsó las murgas para las movilizaciones de los 24 de marzo: Los muertos de hambre, en 2006; La Vaca, Videla y el Pingüino, en 2007; y el Pulpopular, inaugurado en la marcha por la defensa de los recursos naturales y la soberanía alimentaria, en septiembre de 2007. O ese otro organizado por el Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía, que desde 2005 viene realizando los Cabildos de juegos.
Acciones, todas éstas, que no impidieron que la banda se suba a escenarios a tocar. Hubo varios recitales en estos años, pero algunos de ellos han marcado ya la historia del grupo: en 2005, cuando tocaron en Quilmes junto con Arbolito, y en la puerta del Pale de Glace, cuando a través de León Ferrari, las obras plásticas realizadas con motivo de la masacre de Avellaneda pasaron de los espacios sociales y de lucha a los de la institución-museo. O esos otros realizados en el Centro social y cultural Olga Vázquez, en la ciudad de La Plata, o en el Predio recuperado Rocanegra, en Montechingolo (Lanús). También los realizados en la puerta de la ex Estación Avellaneda en distintas oportunidades (en 2008, por ejemplo, junto a Resistencia suburbana).
Por último, quisiera destacar que Contraviento inspiró el surgimiento de otras bandas de música que tratan de estrechar vínculos entre el arte, la lucha popular y la vida cotidiana: La huella en el sur del Conurbano; Cumpas del barrio en la Ciudad de Buenos Aires y Condenadas al éxito en la de La Plata, entre otras.
Contraviento y el Arte por el Cambio Social. Con este título, alguna vez escribimos con Miguel Mazzeo unos “Apuntes para un manifiesto”. Los apuntes quedaron en eso, pero la experiencia de arte por el cambio social no dejó de proliferar por aquí y por allá en estos años, en distintos lugares del país. Contraviento ha sido una más de estas experiencias. También, como se ha remarcado, una de las pioneras. Una experiencia surgida desde abajo, al calor de la lucha por mejorar las condiciones de vida de los de abajo y en los intentos por encontrar nuevos caminos de transformación radical de la sociedad (“Revolución, socialismo y revolución”, como cantan ellos).
Contraviento supo aportar esa alegría necesaria para enfrentar las pésimas condiciones de vida en la cual nos hemos visto sumergidos durante años y las dificultades que la lucha por cambiar esas situaciones nos han presentado. Artistas y militantes, varios de los integrantes de Contraviento viven hace décadas en la misma barriada.
Conocí a algunos de ellos en agosto de 1997, cuando se realizaron uno de los primeros cortes de ruta en el Conurbano Bonaerense. En el marco de un paro activo nacional, el cruce de Florencio Varela y el del Triángulo de Bernal fueron bloqueados. A pocas cuadras de “El Triángulo”, ahí nomás del cruce de las Avenidas Calchaquí y Zapiola (a menos de una hora de colectivo, si uno se toma –por ejemplo– el 148 en Plaza Constitución), se encuentra el barrio La Cañada, donde nació Contraviento y donde todavía ensayan. Frente a la sala de ensayos de Contraviento, en diagonal, se encuentra la Plazoleta 22 de agosto y, enfrente, un mural en homenaje a los desaparecidos del barrio. El barrio por donde andaba siempre Eduardo “Roña” Beckerman, el militante Montonero, referente de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), secuestrado y asesinado por las TRES A (La Alianza Anticomunista Argentina) el 22 de agosto de 1974, luego de que terminara una reunión preparatoria de las actividades conmemorativas por los dos años de la Masacre de Trelew (el fusilamiento de militantes de las principales organizaciones armadas luego de que algunos de sus pares lograran evadirse de la cárcel de Rawson). Plazoleta y mural que fueron fundados por algunos de los integrantes de Contraviento.
Contraviento, la banda musical con la cual hemos compartido tantas cosas juntos, durante todos estos años, tocó en el Bauen. Y grabó allí los primeros temas de su primer disco (CD, se dice ahora). Somos muchos los que esperamos la salida de ese disco. Para tener la música de Contraviento, ahora también, en nuestras casas. Para poder regalarla y que muchos otros conozcan a esa “banda de compañer@s” con la cual venimos intentando, colectivamente, destruir fetiches y gestar nuevos mitos. Mitos que continúen alimentando los procesos de resistencia y abriendo el camino hacia el cambio social.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Reseña de Bleichmar en Revista Sudestada


La subjetividad en riesgo (Segunda Edición), de Topía editorial (2010)

Por Mariano Pacheco- Revista Sudestada (septiembre 2010)

La subjetividad en riesgo se publicó por primera vez en 2005. Esta una nueva edición (ampliada) cuenta con una introducción de Eva Giberti. El libro compila una serie de artículos publicados por Silvia Bleichmar entre los años 1996 y 2006, casi todos en Topía, una Revista de “Psicoanálisis, Sociedad y Cultura” –dirigida por Alejandro Vainer y Enrique Carpintero- que desde hace dos décadas viene aportando al debate en estos temas.
Los textos de este libro tienen la gran virtud de poner a funcionar los conceptos específicos del psicoanálisis en el campo de lo social. Es decir, Bleichmar acopla la narratividad psi con los problemas de la cultura y la política contemporánea, dando cuenta de los conceptos con brillante lucidez, sin dejar por eso de cuestionar aspectos del entramado freudiano que hoy se tornan insostenibles. Como buena psicoanalista (en sentido de rigurosidad y no moral), ha sido capaz de “matar al padre” y tramitar “el duelo”.
Bleichmar (1944-2007) estudió Sociología y Psicología en la Universidad de Buenos Aires y luego profundizó su formación en psicoanálisis en la Universidad de París VII. Su tesis doctoral estuvo dirigida por el reconocido psicoanalista francés Jean Laplanche. Fue docente en las universidades de Buenos Aires, la Plata y Córdoba, y también en México, Francia, Brasil y España.
La subjetividad en riesgo, un libro para leer, o releer. Para continuar “sosteniendo los paradigmas”, pero “desprendiéndose del lastre”, según palabras de la autora. Y continuar pensando los aportes que el psicoanálisis puede hacer en el camino de construir otra subjetividad: regida por otras lógicas que las impuestas por el capital.