lunes, 29 de mayo de 2023

El Cordobazo y la revuelta de las ideas

 El Mayo argentino de 1969: lucha de calles y batalla de ideas. La  cuestión de la subjetividad. Lxs trabajadorxs de la salud mental y el psicoanálsis, lxs escritorxs y el compromiso revolucionario 




POR MARIANO PACHECO


Lucha de calles, lucha clases… y batalla de ideas. Las implicancias de “El Cordobazo” en la discusión librada al interior del pensamiento crítico de la época. Filosofía, literatura y psicoanálisis en debate. León Rozitchner y la intersección filosófica entre marxismo y psicoanálisis: la dimensión de la subjetividad en la lucha revolucionaria, la problematización en torno a qué implica formar la militancia y las categorías con las que pensamos la actualidad, la historia y los procesos de cambio; Rodolfo Walsh y Francisco Urondo, militancia y escritura en en la búsqueda de la palabra justa: el debate en torno a la novela, la emergencia del periodismo de investigación/denuncia/testimonio. La Asociación Psicoanalítica Argentina en la encrucijada: los psicoanalistas en huelga y la trasmisión extraacadémica del saber. La revuelta en las ideas. Apuntes para una discusión.

 

Lucha de calles, lucha de clases… y batalla de ideas

Los hechos históricos que pasaron a la historia bajo el nombre de “El Cordobazo” son por demás conocidos: la CGT había convocado a un Paro Nacional para el 30 de Mayo de 1969, y en Córdoba se decide llevar adelante la huelga desde el día anterior a las 11 horas, con modalidad “activa”. La alianza entre los sindicatos de Luz y fuerza –dirigido por Agustín Tosco– y SMATA –cuyo líder era Epidio Torres– garantizaron la unidad del movimiento obrero local, más allá de las diferencias ideológicas, políticas, metodológicas. El vínculo estrecho con la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) y la intervención del Ejército para intentar calmar las aguas de una protesta inédita –pero que venía con antecedentes parciales a nivel provincial y nacional– terminan por diseñar un mapa cuyo rasgo distintivo es el carácter popular de la revuelta.

El contexto nacional, Latinoamericano e internacional de la rebelión también es por demás conocido, así que no ahondaremos demasiado, más allá de una simple enumeración, a modo de “ayuda-memoria”: triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959; caída del comandante Ernesto Che Guevara en octubre de 1967 en Bolivia; Masacre de Tlatelolco en octubre de 1968 en México, año en que la revuelta adquiere un carácter mundial, con epicentro en la lucha de la comunidad negra en Estados Unidos y de la juventud (obrera y universitaria) en Francia (emblemático Mayo en París), que suman así a los “países centrales” a la pelea anti-imperialista mundial, que ya venían librando numerosos pueblos, y cuyo símbolo más emblemático pasa a ser el Vietcom, quien acaudilla al pueblo vietnamita que enfrenta a las tropas norteamericanas (luego de haber derrotado antes a Francia). En una perspectiva más de largo plazo, podemos leer la coyuntura 68/69, como el momento de mayor desarrollo de un proceso que, de algún modo, es el que abre el siglo XX: me refiero al triunfo de los bolcheviques en Rusia en 1917 que abre la secuencia que se sigue con la rebelión espartaquista en 1919 en Alemania; la Revolución China en 1949; la derrota de Francia en Argelia en 1961, etcétera.

El contexto de lucha de clases a nivel mundial tiene en Argentina su especificidad peronista, en la que no nos meteremos, pero que no puede obviarse a la hora de pensarse los procesos de radicalización de las luchas del movimiento obrero tras los bombardeos a Plaza de Mayo que buscaban aniquilar al presidente Juan Domingo Perón, los fusilamientos llevados adelante por la dictadura (“Revolución libertadora”) y la proscripción del peronismo, que dan inicio al proceso de resistencia que incluyó huelgas y sabotajes, accionar de comandos, organización sindical clandestina, primeras experiencias de guerrilla rural (Uturuncos en 1959; Taco Ralo en 1968), momentos de tipo insurreccional (toma del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959) y emergencia de “figuras de frontera” entre la experiencia peronista y las ideas/apuestas socialistas-revolucionarias, como lo fueron John William Cooke y Alicia Eguren.

Figuras como las de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, introducen con fuerza –en occidente– la discusión acerca de cuál iba a ser el compromiso de la intelectualidad crítica respecto de los proyectos políticos que los distintos pueblos del mundo llebaban adelante entonces en sus ansias por liberarse. El apoyo de Sartre a las revoluciones en Cuba y en Argelia dan paso a un cruce fructífero entre tradiciones diversas. En Argentina, por su parte, la caída del peronismo habilita una relectura del fenómeno, que muta a pasos agigantados en ese movimiento que va de la gestión del Estado a la resistencia silvestre.

Para fines de la década del ´60 el mundo entero es un volcán en erupción, y las ideas no permanecen ajenas a la lava roja que se esparce por aquí y por allá.

 

El nido de víboras de la subjetividad

En 1972 –el mismo año en que Gilles Deleuze y Félix Guattari publican en Francia el Antiedipo, primer tomo de Capitalismo y Esquizofrenia— León Rozitchner publica en Argentina su Freud y los límites del individualismo burgués, libro en el que aborda dos obras “sociales” del fundador del psicoanálisis (El malestar en la cultura y Psicopatología de las masas y análisis del yo), según sus propias palabras, para indagar “el núcleo de verdad histórica” que es cada sujeto; trabajo que continuará años después –ya en el exilio– cuando brinde una serie de conferencias que luego serán publicadas, en 1981, bajo el título de Freud y el problema del poder.

Así como resulta fructífero leer el AntiEdipo en serie con el “Mayo Francés”, también resulta potente y es altamente recomendable leer el Freud de León en serie con el “Mayo Argentino”.

Para León –que estudió durante años en Francia y conoce bien las jergas europeas– se trata de volver a determinados clásicos, como son Freud y Marx –también Clausewitz– pero no para detenerse en elucubraciones de una abstracta verdad universal, transhistórica, sino para –precisamente– recuperar ese materialismo presente en los grandes textos de la tradición del pensamiento occidental: la indagación de una verdad concreta, situada, capaz de transgredir los límites que la época se empecina en imponer. De allí que la introducción de 1972 advierta sobre el riesgo de dejarse colonizar por las modas de los centros europeos (“Es allí otra la verdad que se grita y no la nuestra”).

Se trata, para Rozitchner, de realizar un retorno al sujeto luego del temporal estructuralista a partir del cual lo impersonal disolvió la responsabilidad personal (“Dejamos de hablar para ser hablados”). Por eso la Introducción funciona como una gran provocación a la hegemonía cultural de las izquierdas de entonces. León, él también –como cancheramente afirmó Louis Althusser– declara la culpabilidad de su lectura, de su escritura: éste es un libro con sujeto –afirma Rozitchner–, escrito en primera persona. Una primera persona del singular que se interroga sobre la eficacia –personal y colectiva– en el ámbito de la actividad política.

¿Que qué tiene que ver todo esto con el Cordobazo? Rozitchner lo dejará en claro desde el primer párrafo de su Freud:

“¿Cómo justificar, entre nosotros, un libro más? La pregunta no es retórica: ¿es posible escribir sin pudor otra cosa que no sea sobre la tortura, el asesinato, la humillación y el despojo cuando el orden de la realidad en que vivimos se asienta sobre ellos? Y sin embargo es sobre eso de lo que aquí se escribe, es sobre su fondo lo que aquí pensamos. Pero tampoco se trata de un desplazamiento de la violencia hacia el campo de los signos. Un libro violento debe sonar a burla para quien enfrenta realmente la tortura y la muerte. Hay, en toda expresión literaria, un paso no dado todavía, una distancia que ninguna palabra podrá superar, porque ese paso existe en un más allá hacia el cual la palabra apunta; aquel por donde asoma la presencia de la muerte si se osara darlo”.

El desafío del Freud de León es claro: se trata de unir lo más individual con lo más colectivo, tal como ya venía haciendo en intervenciones anteriores, como su texto “La izquierda sin sujeto” (publicado en la revista La rosa blindada en 1966) y su ponencia presentada en Cuba –en enero de 1968– en el marco del Congreso Cultural de La Habana.

Obviamente –como también sucede con la lectura de la obra de Deleuze y Guattari– no puede entenderse este subrayado de la cuestión de la singularidad sino a la luz de las discusiones de la época, donde el cuerpo queda muchas veces “sacrificado” en función de un “ideal”, de una apuesta que lleva por nombre un proyecto centrado en la terrenalidad pero que no deja de ser una trascendencia (nos referimos a las versiones dogmáticas del marxismo, no al marxismo en general, obviamente); a la luz de experiencias históricas del socialismo devenido en proyecto autoritario de Estado, con lógicas homogeneizadoras y opresivas (stalinismo). Por eso, de algún modo, hoy se trataría de hacer una lectura en donde el subrayado esté puesto en el elemento colectivo, más que en el individual. Pero la operación de poner a Marx –y las apuestas teórico-políticas de la revolución, sea lo que sea que ello implique hoy– en serie con la pregunta por las formas de subjetivación, sigue siendo la misma (o al menos, una muy parecida): “para comprender qué es la cultura popular, qué es la actividad colectiva, qué significa formar un militante”.

Si en 1972, para León, se trataba de combatir el “empobrecimiento de la teoría”, que resaltaba entonces “el momento objetivo de la estructura de producción como único enemigo”, dejando de lado “el problema de los sujetos por ella determinados”, hoy –2019– los emprobrecimientos de la teoría viran hacia otras latitudes, dando por enterrados –por ejemplo– algunos conceptos fundamentales de la crítica marxista, cuando no se trata directamente de encerrar en un baúl, bajo cuatro llaves, el conjunto del archivo europeo y el legado nacional/Latinoamericano, es decir, cuando se trata de enterrar la producción de conceptos críticos para librar la batalla, también –como insistía Fidel Castro– en el terreno específico de las ideas.

Lucha de clases –entonces– en el terreno de la teoría, para deshacer –como insiste León– las trampas que la burguesía incluyó en nosotros como su eficacia más profunda. Esa que produce, a su vez, nuestra ineficacia, “a pesar del declarado intento de destruirla”. El remate de Rozitchner en la Introducción a Freud y los límites del individualismo burgués no tiene desperdicio; y no puede cobrar tanta relevancia en la actualidad: “¿cómo pensar efectivamente el tránsito hacia la revolución si hemos sido hechos con categorías de la burguesía?”.

Aquí, precisamente aquí, es donde el planteo “Deleuze/Guattari” entra en diálogo con el marxista desarrollado por Lenin: se trata de asumir, en todas sus consecuencias, que la batalla por emanciparse del yugo de la explotación/dominación/opresión (de clase/género/raza) es simultáneamente una lucha económica y política, pero también de ideas (y afectos). Es decir, que no alcanza con la organización social de base, la disputa política por los modos de organizar la sociedad, sino que además es necesario crear los propios conceptos desde los cuales criticar el orden del capital, y pensar el propio proceso de transformación.

 

***

“´El Cordobazo´ marcó un antes y un después en la Salud Mental. A partir de ese momento se transformaron las luchas ideológicas y teóricas. La política tomó el centro de la escena. Fue el fin de una época y el inicio de otra”, relatan Enrique Carpintero y Alejandro Vainer en el primer tomo de Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los ´60 y ‘70, libro en el que destacan que la denominación misma de Trabajadores de la Salud Mental (TSM) es uno de los emergentes de la rebelión protagonizada por el pueblo de Córdoba el 29 y 30 de Mayo de 1969.

Para entonces, Buenos Aires ya llevaba una larga década de transformaciones socio-culturales. En 1957, de la mano de ciertos aires “desarrollistas” típicos de esos años, se fundan al interior de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) las carreras de Psicología (cuyo antecedente se había producido dos años antes en Rosario) y Sociología (tiempo después se abrirán, también, las carreras de Antropología y Artes). “La Facultad de Filosofía y Letras, como en los años ´20, volvió a ocupar un lugar central en el mundo intelectual”, cuentan Vainer y Carpintero, a la vez que destacan que entonces, dicha casa de estudios estaba situada sobre la calle Viamonte (luego trasladada a Púan), zona donde por otra parte funcionaban las oficinas de la revista Sur, la librería “Verbum” y algunos bares en los que se congregaban estudiantes (y en donde también, tiempo después, se instalaría el Instituto Di Tella); años –aquellos que de algún modo daban inicio a la década del ´60– en los que funcionaban revistas como Contorno (que venía saliendo desde 1953 pero que da un importante giro tras la caída del peronismo) y El grillo de papel (1957/1960). Por otra parte, a inicios de 1958 se funda el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Para entonces, el joven Oscar Masotta –lúcido lector de Karl Marx y Jean Paul Sartre que provenía de la revista Contorno— se topa –vía Enrique Pichón Riviére– con la teoría de Lacan, autor que empieza a trabajar, de manera autodidacta, hasta que en 1964 participa en unas jornadas realizadas en la Escuela de Psiquiatría Social –fundada por Pichón– interviniendo con una ponencia titulada “Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía”, texto que será publicado al año siguiente en Pasado y Presente, la revista fundada por José María Aricó y Juan Carlos Portantiero tras romper con el Partido Comunista. Es el inicio de la introducción de la teoría lacaniana en el país, y el comienzo del fin de la hegemonía médica en el ámbito del psicoanálisis. Nuestros años sesenta se cierran de algún modo en Mayo de 1969, momento en que Masotta se encuentra preparando sus Seminarios sobre Lacan, que dictará entre julio y agosto en el Di Tella (luego compilados en el libro titulado Introducción a la lectura de Jacques Lacan).

La intersección entre filosofía, psicoanálisis y política está entonces en su momento más fructífero. Y El Cordobazo no es un hecho ajeno a este proceso. El 28 de mayo de 1969, de hecho, la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) –adherida a la Asociación Psicoanalítica Internacional fundada por Sigmund Freud en 1910– emite una declaración, a través de su Comisión Directiva, en la que alerta “a los poderes públicos” por la situación que atraviesa el país, signada por una “represión violenta e indiscriminada que ya ha costado vidas”. La APA declara para el día siguiente la única huelga de su historia, que coincide con El Cordobazo. De allí la importancia de destacar aquello que recuerdan Carpintero y Vainer, a saber: que a partir de la rebelión en Córdoba, el compromiso político pasa a ser el eje de todas las discusiones (algo similar veremos a continuación que sucede también en el ámbito de la literatura). Para muchos ya no se podía seguir solamente encerrados en la práctica profesional (especificidad que de todos modos tenía momentos más que interesantes, como la experiencia desarrollada en el Hospital Lanús desde los años cincuenta en el marco del Servicio de Psicopatología, bajo la dirección de Mauricio Goldemberg). Y la conclusión es evidente: los Trabajadores de la Salud Mental, “tenían que aportar de alguna manera al cambio social”.

 

En busca de la palabra justa

“Los hechos producidos en Córdoba y en Rosario proveen a la novela un nuevo centro de verdad… Los hechos son los que importan en estos días. Pero más que escribirlos, hay que producirlos”, anota Rodolfo Walsh en su diario, el día 6 de junio de 1969. Si uno lee Ese hombre y otros papeles personales –el diario, entrevistas, extractos de textos de Walsh compilados por Daniel Link– encontrará parte de las discusiones de la intelectualidad de la época expresadas en una suerte de desgarramiento por el que atraviesa el propio cuerpo del autor de Operación masacre. Algo he tratado ya en el libro Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo, donde le dedico un extenso capítulo al autor de “Esa mujer”, pero no quisiera dejar de subrayar aquí ese itinerario de autoreflexión y de discusiones con sus pares.

En enero de 1969 Walsh abre las anotaciones de su diario con unas reflexiones sobre el vínculo entre literatura y militancia:

“Ahora mismo fantaseo que la novela es el último avatar de mi personalidad burguesa, al mismo tiempo que el propio género es la última forma del arte burgués, en transición a otra etapa en que lo documental recupera su primacía”.

La misma idea repetirá Walsh en la ya hoy famosa entrevista que le hace Ricardo Piglia tiempo después. Para entonces Walsh ya se ha politizado e ingresado a la militancia de la mano de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Pasó de ser ese periodista curioso y solitario, interesado por los cuentos policiales, el ajedrez y las traducciones –de la época de Operación masacre— a ser el director del periódico CGT, ese moderno y audaz experimento político-periodístico lanzado por la combativa CGT de los Argentinos dirigida por el gráfico Raymundo Ongaro. Dirigente sindical con quien Walsh discute, y se lamenta –en su diario– por la posición que éste tiene respecto de la literatura, y por cómo entiende su relación con el mundo obrero. Aunque asume que las críticas que le hace Raymundo contienen un núcleo de verdad. El centro del debate gira en torno a las posibilidades (o no) de escribir literatura para los obreros y no para los burgueses. ¿Pero qué ejercicio narrativo implicaría eso? Walsh asume que sus “guiños al lector culto” fastidian al dirigente sindical, pero también le critica a éste que piense que la literatura para obreros sean los best-sellers y los textos que se construyen desde una narrativa “fácil” que subestima al lector (“debe ser posible, sin embargo, escribir para ellos”).

En el periódico CGT Walsh dirige, piensa la prensa (lee los escritos de Lenin sobre el tema) en sus múltiples aspectos: formas de redacción, contenidos, tipo de diagramación, esquema de distribución, modos de devolución de qué piensan los lectores (fundamentalmente obreros) de aquello que están haciendo. Allí también publica una serie de notas que luego será reunidas en el libro titulado ¿Quién mató a Rosendo?, que cierra la trilogía abierta por sus textos sobre los fusilamientos de 1956 y que continúa con El caso Satanowsky (donde indaga sobre los vínculos entre las servicios d einteligencia y el periodismo).

Pero también el Walsh de fines de los ´60 es el que regresó de Cuba (donde participó activamente de la experiencia de la Agencia Prensa Latina) y lejos de ingresar de inmediato a una organización revolucionaria, se puso a escribir cuentos (hoy por hoy obras maestras de la literatura nacional), por los cuales fue premiado, reconocido en la República de las Letras y, por lo tanto, también exigido por sus lógicas (“¡Que escriba una novela para demostrar que es un gran escritor!”, se dice, paradójicamente, en el país donde su figura literaria central es Jorge Luis Borges, escritor reconocido internacionalmente, traducido a varios idiomas… ¡Quien nunca escribió una novela!).

Desde esa tensión hay que poder leer su diario, y sobre todo, las anotaciones de 1969. Walsh comenta –como hemos visto– que se resiste a escribir la novela por motivos político-ideológicos. Pero también remata sus reflexiones subrayando: “Pero tampoco estoy seguro de esto, que puede ser una excusa para mi momentáneo fracaso”.

La tensión pasa por entender que también las formas de escritura son susceptibles de cambios, si el mundo se transforma. Comenta Walsh en una entrevista que sale publicada en la revista Siete días en junio de ese año del Cordobazo:

“En este momento vivo en un movimiento oscilante entre el periodismo de acción, que me exige estar en la calle, escribir con grandes apuros y terminar, tal vez, un capítulo o dos en un día, y el repliegue para escribir ficción”.

Está claro que en Walsh, como en gran parte de los escritores en ese momento, el periodismo opera en las líneas exteriores y la literatura en las interiores, cada una con sus lógicas y sus ritmos, sus temporalidades (vanguardia/retaguardia). “Una novela sería algo así como una representación de los hechos, y yo prefiero su simple presentación”, comenta en la mencionada entrevista. Y un mes después escribe en su diario: “comprendí que había renunciado a escribir, por lo menos en la forma en que me había acostumbrado a pensar que lo haría”.

 

***

“Empuñé un arma porque busco la palabra justa”, escribió alguna vez Francisco “Paco” Urondo, poeta, escritor, guionista, dramaturgo, quien confluiría con Walsh en Montoneros una vez que la organización a la que pertenecía, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), se fusionara con aquella, y también se adhirieran al mismo nombre los Descamisados y una parte de las FAP.

Después del Cordobazo, y de una reflexión profunda respecto del rol de la guerrilla urbana en países como Argentina, Uruguay y Chile, la opción de la lucha armada fue muy palpable para muchos escritores. Otros, sin ingresar en las filas de las fuerzas que confrontaban también en el plano militar, mantuvieron asimismo su activismo en el marco de distintas revistas y organizaciones políticas de izquierda. De allí que prácticamente ningún escritor contestatario se mantuviera al margen de estas discusiones.

Parte de estos debates (crisis de la novela; primacía de lo testimonial en la escritura; preponderancia del elemento documental) quedaron registrados en una breve nota que, bajo el nombre de “Escritura y acción”, Urondo publicó en La opinión literaria, en agosto de 1971. Allí recopila las opiniones de importantes escritores, como Haroldo Conti, David Viñas, Nicolás Casullo, Germán García, Miguel Briante, Manuel Puig, Alicia Steimberg y Jorge Carnevale.

Urondo destaca la importancia de esta discusión en países en donde “el pasaje de un tipo de sociedad a otra pareciera inevitable”. Y cita los testimonios de los distintos entrevistados.

Puig plantea que, por el hecho de que una novela lleve tanto tiempo de elaboración, conduce a que, “cuando uno la termina, la realidad del país ha cambiado totalmente en relación con lo que era cuando se inició el trabajo”. Conti, por su parte, destaca que la presión de los hechos parece conducir a los escritores hacia una literatura de testimonio. “Por ese lado podría buscarse una salida a la crisis de la narrativa”, comenta. Y agrega: “en este momento, quizás lo que tenga vigencia sea una novela de tipo testimonial; hay que buscar formas más vitales, más rápidas; por ejemplo, haciendo cine, uno siente que está en el mundo”. “Si escribir supone una actitud lúcida con respecto a la realidad, está bastante claro que la realidad lleva a sentir la necesidad de reaccionar políticamente y descubrir que la novela no es una de las armas más eficaces para la acción”, expresa Briante, quien agrega: “una novela no es una ametralladora”. García caracteriza la época como de “crisis en la forma tradicional de leer novela” y relaciona dicha crisis con el momento político, donde –dice– “la lectura de la realidad pasa por otro tipo de textos: ensayística, economía, política, etcétera”. Para Casullo, el escritor debería asumir “otro tipo de escritura”, o al menos, “no la escritura de ficción solamente”. “Pero en este momento, el escritor que asume la participación en el proyecto de cambio social debe encontrar los espacios de la palabra escrita más eficaces para colaborar en ese proyecto”, remata. Carnevale insiste en que, para el escritor con aspiración política, “la solución de la dicotomía entre literatura y política puede darse en el pasaje de la tarea individual y reconocida, la tarea de propiedad privada, a una tarea anónima colectiva; en última instancia, clandestina”. Steimberg (finalista del premio Monte Ávila de ese año), subraya el “llamado de afuera” que dice sentir: “necesitaría dejarme penetrar por los hechos”. Viñas, finalmente, se refiere a ese tiempo como un momento “en que el héroe es cuestionado”, tanto en la política como en la literatura, y concluye en que, por lo tanto, hay “algunas ventajas” en los colectivos de trabajo, donde no hay “roles fijos, cristalizados”, porque el que manda rota.

Como puede verse, tras el Cordobazo, no fue sólo la estrategia política general la que entró en debate en el campo intelectual, sino también las estrategias concretas que cada quien se debería dar en el terreno específico en el que intervenía (o dejaría de intervenir, llegado el caso).

 

Violentar el pensamiento

No se trata de idolatrar el pasado, de caer el el gesto nostalgioso de adoración de tiempos pretéritos. Ni de hacer ejercicios contrafácticos, ni tampoco renunciar a la intervención presente en nombre de un desencanto que no puede ser otro si se compara la era del realismo capitalista contemporáneo con los momentos de mayor avance de las luchas de clases a nivel internacional. Si algo enseñan el mejor psicoanálisis (los momentos más lúcidos de producción del Profesor Freud) y el mejor marxismo (con momentos de creatividad extrema como lo son las Tesis sobre el concepto de historia de Walter Benjamin) es que desde una perspectiva revolucionaria no se puede medir y entender el tiempo de la misma forma en que lo hace la burguesía. De lo que se trata, entonces, es de medirnos, aquí y ahora, con la época, y apostar por cambiar –insistimos– todo lo que deba ser cambiado.

Si hay un legado que nos deja el “69 Argentino” (y el 68 mundial) es precisamente el de recuperar la audacia, no sólo para la acción, sino también para el pensamiento.

Ya no se trata de dilucidar hoy si lo que hay que hacer es comprender el mundo o transformarlo, sino que la apuesta por cambiarlo todo implica comprender para transformar, transformar para comprender. Hay que diagnosticar e intervenir (tratar) sobre el fondo de un mundo que no deja de enfermar, de producir dolor en los demás.

Violentar el pensamiento, diríamos un poco parafraseando el título del libro que José Luis Pardo le dedicó a Deleuze, implica hoy también ejercer la crítica a los modos burocráticos del saber, a los apologistas del solipsismo y los onanistas que pretenden monopolizar el quehacer intelectual.

Ya no se trata, entonces, sólo de dar vuelta la tortilla, sino de voltear lo dado pero no para realizar una simple inversión, sino para revolver, para ejercer la revuelta (“punto en el que una cosa se desvía, cambiando de dirección”, según la tercera acepción de la palabra que aparece en el Pequeño Larousse Ilustrado).

Sólo así podremos quebrar la hegemonía de la época, la que se sostiene en el mito de los consensos democráticos. Sólo así podremos violentar las ideas, insurreccionar el pensamiento, y hacer de “El Cordobazo” un legado activo para los tiempos por venir.

 

 * Texto publicado en 2019 en el marco del "Dossier Cordobazo", editado de manera conjunta entre La luna con gatillo, Contrahegemonía web, Resumen Latinoamericano y Lobo suelto!

domingo, 14 de mayo de 2023

Prólogo a Roberto Arlt. Por la senda de Nietzsche y Freud, de Mariano Pacheco

Clara Beter ediciones, Buenos Aires, 2023

Por Emiliano Scaricaciottoli 

Generalmente, se lee a Pacheco en la calle. No hay demasiada mediación entre este erizo ensayístico que en algún momento fue parte de su Kamchatka... (2013) y uno de los ensayos más reivindicativos de una escuela, como el de Roberto Arlt. Por la senda de Nietzsche y Freud que, con honores, se reedita por el sello Clara Beter: una escuela en un mundo sin referencias, en un collage de supervivencia, en un montón de currículum para tan poca vida. Insisto: se lee a Pacheco en el tránsito hacia una órbita de sentidos. Como él logra leer al Nietzsche de la aporía en el bosque (de los Caminos de Bosque, dirá luego, tímidamente, Heidegger); al Freud de la aporía de la clínica (cocainómanamente, un superviviente de las instituciones); al Arlt de las calles (y no precisamente de los trenes, como lo ha repetido de manera aburrida y políticamente correcta la crítica de los pasajes internos, esos que no terminaban en París). En este curioso recorrido, en el transeúnte que Pacheco encarna, se interseccionan la academia y la pueblada, de esa calle, de esa turba evangélica y negra (a lo Almafuerte) que no sabe distinguir entre desclasados y descerebrados. Hay un Pacheco para el bosque, entonces, uno dionisíaco. Uno para la clínica, para la institución. Y uno para la calle, entre humillados y criminales. Aún quienes cortamos las calles somos criminales, claro, pero con sentido. Ese Arlt que camina con Pacheco, atravesado por aquellas lúcidas notas (ni libro, notas) de Masotta en 1965, se permite entrar y salir de formas molares, nosocomios, eso que decía antes: escuelas. El vértigo de formar parte de esta escuela -una forma de vida que defiende el psicoanálisis en la calle -y que de Literal a la fecha no ha dado tregua- ha internalizado la posibilidad de refutar a Foucault: es Freud, dice Pacheco, el “gran pensador del siglo XX”. El mismo que no se “turbaba (…) por invadir desde el psicoanálisis los campos del arte”. Ahora bien, digámoslo con Nicolás Rosa o con Germán García y sin que nos escuche Masotta: es Freud un gran escritor y, en consecuencia, el psiconálisis la mejor literatura para los oídos del siglo. Música para nuestros oídos. Embellece una nota al pie de Lou Salomé entre el lecho de Freud y Nietzsche. Y no es decoro, artificio. Es la necesidad de ponerle música a este descomunal ensayo que también se hace literatura en su afán de expropiarle a la universidad -a sus lecturas represivas y naftalinosas- el bosque, la clínica y la calle. Arlt fue un gran bandido en los ojos de Astier o Erdosain. Un bandido a contrapelo, como señalaba Roberto Carri, para separar el morbo de ver a la gran masa obrera feliz y contenta ese gran Otro morbo: de verla llorona, afiliada, forzada a la angustia de su propio reflejo. Decía Osvaldo Lamborghini, en una entrevista de 1976 -quien tampoco se turbaba para invadir al psicoanálisis desde la literatura y luego perderse, devenir, como le gusta a este Pacheco- que el gran enemigo era González Tuñón, “los albañiles que se caen de los andamios, toda esa sanata (…) de lamentarse”. El lamento, reescribe con lucidez Pacheco, se transforma en ir un poco más allá de la nomenclatura. Del “realismo” al “socialista”, vaya a saber uno. Porque en la trinidad poco sacra que conforman Arlt, Nietzsche y Freud la cultura es implementación de elementos demiúrgicos. No ocultos, sino ya diseñados. La lengua, esa lengua rapaz que atraviesa el periodismo (en Arlt), la ciencia (en Freud) y la metafísica (en Nietzsche) trasciende a cualquier hermenéutica. Se hace combate. Se pide en la lengua un elemento de lucha, una guerra prolongada de expropiación. Extirparle la humillación al humillado; la ley al tótem; el sentido a la verdad. ¿Dónde está la verdad? En el delito de la lengua. En la estesis que se infiere de ese delito. Decía Masotta y con justicia lo trae Pacheco: Arlt construye bandidos “subversivos al revés”. No hay que aplicarle justicia poética a la clase, sino beber sin método... Como Mansilla, como Quiroga, como Baudelaire, como aquel Guattari que Pacheco desoculta en Brasil por el 82. Este encuentro romántico, seductor, en la trinidad de un corpus desmembrado pero que se vincula. Confiesa Pacheco la necesidad de un “vínculo”. Yo prefiero ver allí una constelación. Algo no buscado, no requerido, que no conviene. En la estrategia mística de Gurdjieff, en esa aporía, Pacheco busca el “encuentro con sus propios hombres notables”. Hombres que forman un “trío de tres unidades” (citado de algún Pappo’s Blues). Inseparables, pero desarmoniosos. Porque, volviendo a Lamborghini -que, a esta altura, es volver también a Masotta- Pacheco logra hallar una arqueología punk en las lenguas díscolas de su trinidad. En ese estadio muy poco universitario, por cierto, en el que lo no dicho no es lo que hay que relevar; sino lo que hay que disfrutar. Ese enjambre dionisíaco (en la modulación nietzscheana) y apolíneo (en la freudiana) que atraviesan las obras de Roberto Arlt aquí caminadas (no leídas, transitadas, pisadas, sucias, antihigiénicas) expresa el vértigo de otra lengua, extranjera, que rompe la trinidad. Es el propio Pacheco el que se permite recuperar las tesis de Masotta para cantarle re truco a los sistemas binomiales. Es en la verborragia, en el exceso del Astier leído por la pulcritud académica (“inventar o trabajar”) donde Pacheco instala el problema de la inmigración y, peor aún, de ser hijo. De lo que no se puede dejar de ser, y con lamentación, siempre volviendo a Astier, marcharse al sur: el largo camino de estos hombres notables por sus desiertos. El sur de la lengua: ¿dónde se localiza? ¿En el Nietzsche hiperbóreo negado durante el descenso de aquella montaña? ¿En el Freud escita que auricularmente muere en la voz de Salomé? ¿En el Arlt de los hijos sin padres, del que pasaba a saludar por las oficinas de Zamora y recibía alguna puteada de Castelnuovo? ¿Del inorgánico Arlt? “La escritura como devenir”, sentencia Pacheco y me permito este envido: ¿encontró Pacheco en estas páginas ese otro cruce peatonal entre lo que llamo “la zona Deleuze” (desprotegida de asambleas y cortes de ruta) y “la zona Guattari” (bienaventurada de sacar la tesis al barro del lenguaje)? Conviven en constante tensión, en todo este libro, esas dos zonas en pugna. Como conviven lo dionisíaco y lo apolíneo; Viñas y Piglia; Dostoievski y Turgueniev. Sin aflojar tensiones, sin conformar, sin moderar. Una rabia, Mariano, que no debía extrañarse ni cajonearse, para que entre los excesos de tu lengua literaria y ensayística también hallemos algún numen digno de ser vivido. Roberto Arlt. Por la senda de Nietzsche y Freud.

 

PRESENTACIÓN EN CABA

El libro se presenta el jueves 18 de mayo, a las 19 horas, en el 3º piso del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Corrientes 1543). Estarán presentes junto al autor: Emiliano Scaricaciottoli (prologuista), Gito Minore (editor) y Susana Cella (Coord. del Departamento de Literatura y Sociedad del CCC).



miércoles, 4 de enero de 2023

Acerca del libro "2001. Odisea en el Conurbano", de Mariano Pacheco

 Vida y vicisitudes de un chico del conurbano

 

Por Carlos Noro para ArteZeta

 

En este libro, el escritor y militante Mariano Pacheco elige contar su visión de la historia utilizando un interesante gesto literario y autobiográfico. Entre la ficción y el relato de sus propias vivencias (con nombres y personas que van y vienen, a veces de manera estable y otras de manera frenética), es una especie de Odiseo contando su propia historia. Una que tuvo las dificultades propias de quienes fueron “los hijos de la derrota” de los setentas, que crecieron en los ochentas y llegaron a los noventas con el aluvión neoliberal y la pizza con champagne como el gesto aspiracional de un jet set, donde el uno a uno y el consumo desmedido eran la supuesta regla de vida para las clases acomodadas.

A esa visión, Pacheco le opone su propia historia hecha de dificultades, obstáculos y crecimiento en el conurbano profundo. Un lugar donde va construyendo, junto a su propio crecimiento, la idea de una sensibilidad social. Con el tiempo se transformará en militancia estudiantil, luego en trabajo territorial, más adelante se vinculará con el movimiento piquetero y, finalmente, llega a militar en diferentes movimientos sociales. En este sentido, una de sus virtudes narrativas es la relación que el autor establece entre sus intentos, pequeñas victorias y desencantos con las idas y vueltas de un país en donde la militancia debió ser reconstruida luego de los setentas.   

Resulta entrañable también como Pacheco, alias Petty, da cuenta a lo largo del libro de los distintos descubrimientos subjetivos que funcionan de manera paralela a la militancia política. Allí aparecen los primeros amores (y los últimos), el alcohol, los fichines como lugar de encuentro con diferentes personajes que dan pie a diversas historias cruzadas. Da la sensación de que la historia se fuera contando al oído, en primera persona, mientras el 2001 se mantiene como el punto cúlmine. Aparece con el resultado de todo este crecimiento que Pacheco se encarga de destacar como un proceso colectivo.

La música es otro componente importante de esta historia en donde también aparece la idea de lo colectivo. Por allí suenan el punk de 2 Minutos, Sin Ley y las letras combativas de Ricardo Iorio en Hermética. La construcción de una identidad musical desborda en una perspectiva política y una manera de entender la realidad. Este soundtrack es el que le permite a Pacheco dar cuenta de la manera en que fue generando una amistad con Darío Santillán, símbolo para la lucha popular en los años siguientes. Este es otro punto fuerte del libro ya que permite ver otra cara más íntima del joven militante asesinado el 26 de junio de 2002 por la represión policial en la Masacre de Avellaneda.  

Mariano Pacheco, a través de su propia historia, construye una interesante memoria respecto al pre y post 2001 que seguro quienes vivieron y recorrieron el conurbano en aquella época sentirán completamente entrañable. Se trata de una gran manera de recuperar la historia en primera persona para dar cuenta de las diferentes trayectorias de las clases populares.

 

2001, Odisea en el Conurbano, de Mariano Pacheco (Indómita Luz editora)

 

martes, 3 de enero de 2023

Entrevista a Mariano Pacheco sobre su libro "2001. Odisea en el Conurbano"



 Por Juan Borges


AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo inició a investigación del libro?

 

Mariano Pacheco: De alguna manera el libro podemos ubicarlo como una autobiografía. Lo que trata de narrar es como vivimos los años 90 hasta el 2001 quienes nos hicimos adolescentes y jóvenes en aquellos años. Lo que hice fue un proceso de rememoración, episodios que había vivido como importantes pero que a su vez le habían sucedido a personas de mi misma edad. La decisión de fecharlo en 1991 fue para agarrar una década entera, hasta diciembre del 2001. Se fue gestando un micro mundo de la zona sur del conurbano centrado en el pasaje del 91 al 92.

En el libro recorro los primeros capítulos con estas vivencias. Viví mucho la música de aquella época. Una segunda parte del libro arranca con la militancia. Voy a una primera marcha el 24 de marzo de 1996, que fue a su vez la primera grande de los organismos de Derechos Humanos luego de las leyes de impunidad.

Nosotros también comenzamos a participar de la reconformación de muchos centros de estudiantes de Quilmes, la coordinadora de zona sur, las tomas de colegios. También participamos de escraches a genocidas organizadas por HIJOS. Era el comienzo de una época de mucha combatividad y ebullición social. En esa etapa comienzo en la militancia política, conozco a Darío Santillán en al que fue la agrupación 11 de julio. Después nos empezamos a vincular al MTD Avellaneda, que termina conformando el movimiento de trabajadores desocupados “Resistir y vencer”, que es uno de los fundadores del Movimiento Evita años más tarde.

En otros libros anteriores había consultado diversos medios más también. Además, de recuperar mis anotaciones en cuadernos que fueron conformando un collage de crónica, análisis y narrativa en torno a los movimientos sociales de esos años.

Pero en este caso, en “2001, Odisea en el conurbano” lo que hice fue más un trabajo recordatorio de mi propia experiencia.

 

APU: ¿Qué particularidades tuvo el 20 de diciembre de 2001 en el conurbano bonaerense?


MP: En la zona sur del conurbano tuvo varias particularidades. Venia de todo un proceso profundo de lucha desde los años 90, si bien no hubo grandes movilizaciones en la propia zona sur muchos de los contingentes que dieron batalla en la Avenida de Mayo y 9 de Julio frente a las fuerzas policiales provenía de allí. Nos movilizamos sin banderas y nos fuimos cruzando en la lucha de calle con muchos compañeros que habíamos compartido numerosas movilizaciones, cortes de ruta, piquetes, toma de edificios públicos. Que eran los preponderantes métodos de lucha en esos años. Hubo muchas movilizaciones en los días previos.

En el libro cuento como el 17 de diciembre con la Coordinadora Aníbal Verón bloqueamos los hipermercados que estaban en la zona de Quilmes, sobre la avenida Calchaquí en un operativo cuasi insurreccional con camiones, micros cargados de neumáticos y movilizaciones partiendo de diferentes puntos.

Desde la militancia del movimiento piquetero reclamábamos alimentos para la navidad, un bono navideño, que no den de baja los subsidios sociales, que se aumentara el monto de dinero que se percibía en ese entonces. La zona sur del conurbano tuvo esa particularidad, los días previos al 20 de diciembre presenciamos movilizaciones masivas y radicalizadas.

 

APU: ¿Cuál considera que es el legado que han dejado aquellos militantes y modos de organización?

 

M.P.: El principal legado es la experiencia de un pueblo que llega a un límite y se pone de pie y dice “Ya basta”, como lo había expresado el zapatismo en México en enero de 1994 y como lo habían hecho los numerosos movimientos sociales, sobre todo de matriz campesino-indígena de toda nuestra América que van desde mediados de los 90 en adelante.

Expresaban un límite al neoliberalismo que venía aplicando su modelo de ajuste y represión. Desde las experiencias populares siempre vienen los rumbos a seguir. Ahí se encuentra la matriz nacional y popular del peronismo como elemento contestatario contra los poderosos que siempre está expresando resistencia. Hay una memoria ligada a la justicia social y a la soberanía nacional en nuestro pueblo.

Para nosotros fue muy importante ver las banderas argentinas flameando en las puebladas de Cutral Co, también en las experiencias del 20 de diciembre de 2001.

De alguna manera preanunciaba lo que después sería una perspectiva Nacional y Popular transformadora que aun hoy todavía no pudo recuperar los horizontes revolucionarios como estaban presente en las décadas del 60 y el 70. Se empieza a vislumbrar a partir de procesos como la experiencia bolivariana de Venezuela o la de Evo Morales en Bolivia una mirada transformadora en nuestra región.

Creemos hoy, a veintiún años de la insurrección del 20 de diciembre de 2001 y a cuarenta de la recuperación democrática el gran desafío es entretejer el legado de todo ese ciclo de luchas con el ciclo de luchas anteriores para volver a recuperar un horizonte revolucionario para nuestra Patria, nuestra América y para el mundo entero. Es el desafío contra este orden mundial capitalista, neoliberal que parece presentarse casi sin fisuras como única orientación posible para la humanidad.

 

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Entrevista a Eduardo Rinesi

 “Los pueblos suelen elegir líderes carismáticos, encantadores y enamorantes porque ese es el modo en el que puede hacer oír su voz”

 


Por Mariano Pacheco

(Revista Zoom)

 

Desde hace tiempo Eduardo Rinesi viene trabajando en el cruce entre política y tragedia y sus hipótesis guiaron buena parte de sus libros, el no casualmente titulado Política y tragedia. Hamlet, de Hobbes a Maquiavelo, pero también Resto y desechos. El estatuto de lo residual en la política y el más reciente ¡Qué cosa la cosa púbica! Apuntes shakespeareanos para una república popular, en el que comienza afirmando que le gustaría abordar “un conjunto de discusiones políticas de gran actualidad y –me parece a mí—de gran interés entre nosotros”, mientras anuncia que recorrerá en sus páginas un puñado de obras de William Shakespeare centradas en la historia de la antigua república romana, enfoque que le permite volver a trabajar sobre la hipótesis de que el dramático conflicto es un principio constitutivo de la política y que la tragedia misma se constituye en una potente reflexión (estetizada y estilizada) sobre lo frágil y precario que tienen siempre nuestras vidas, o como escribe en este ultimo libro, “sobre el peso que tienen sobre nuestras vidas un conjunto de fuerzas que son superiores a las nuestras y que no podemos entender ni controlar”. A continuación, la conversación que el ex rector de la Universidad de General Sarmiento mantuvo con Revista Zoom, diálogo en el que la figura de Shakespeare se entrecruza con la de Cristina Fernández y los tiempos desquiciados de la tragedia Antigua parecen anunciar los tiempos violentos de la política moderna.

  

Escribiste tu último libro durante la pandemia, y llamativamente, lo publicaste unos meses antes del el intento de asesinato de Cristina Fernadez de Kirchner, pero uno puede leer con curiosidad frases como la siguiente: “Así la pregunta por las razones de los cuchicheos entre estos jóvenes, de la elite romana que se reúnen en secreto para planificar el asesinato de un líder popular, es el complemento necesario de otra pregunta que tenemos que formular, por las razones de la necesidad de estos mismos muchachos tan intensos de dar razones publicas de su crimen después de haberlo cometido”. ¿Alguien podría decir que esto se escribió después de que viste los noticieros de esas horas tan intensas que vivió la Argentina!


Se podría decir marxiana o borgeanamente, que se trata de una nueva repetición. Una historia que se ha repetido varias veces. Ya nos advirtió Marx sobre el grotesco de las repeticiones. Y me parece que la discusión en Argentina, quizás en toda América Latina durante los últimos 40 años, se puede dividir en dos mitades casi iguales de tiempo: la de las dos últimas décadas del siglo pasado, y la de las dos décadas iniciales de este siglo. En las dos décadas finales del siglo pasado lo que discutimos fue sobre todo la cuestión de la democracia. Salíamos de dictaduras muy terribles, el desafío era construir una democracia estable, que nos asegurara que nunca más (esa expresión tan característica de los 80’), volviera a repetirse el horror que habíamos conocido. El contrapunto era democracia (que era lo que había que conquistar y consolidar) y autoritarismo (que era lo que había que evitar). Me parece que en Argentina, después del gran desbarajuste del 2001, la recomposición del orden de 2002 (que después se cristaliza en 2003), reaparece el viejo fenómeno argentino, el fenómeno de un movimiento de características populistas que alcanza el poder formal en el gobierno del Estado. Un gobierno que despliega desde allí un conjunto de políticas que uno podría llamar, para abreviar y no entrar en discusiones, “progresista”, caracterizado por contar con un fuerte acompañamiento de los sectores populares y con un marcado liderazgo, que es una característica propia, por otra parte, de los populismos en toda América Latina. Uno piensa en los populismos clásicos, desde el Varguismo hasta el Yrigoyenismo, pasando por el peronismo,  y puede ver que son populismos asociados a la figura de un líder carismático. Cuando uno piensa en los neo populismos del siglo XXI, como el chavismo, o los gobiernos de Evo Morales en Bolivia y el Kirchnerismo en Argentina, ve movimientos asociados al liderazgo de una figura muy encantadora que es lo que quiere decir carismático, etimológicamente. Y en la discusión teórica política argentina y latinoamericana, durante estas dos primeras décadas del siglo XXI, a la idea de populismo se contrapuso la idea de república. Si en los 80’ la palabra democracia estaba positivamente connotada y se oponía a la de autoritarismo, luego una gran cantidad de sectores del establishment mediático, y académico empezaron a valorar positivamente la idea de república, para contraponerla a lo que designaba la palabra maldita: populismo . Sobre el populismo se escribió un montón. En 2003 Ernesto Laclau  sacó su famoso libro La razón populista, donde retoma viejas cuestiones que él venía estudiando desde fines del año 70’. Ese libro es muy interesante y discutible. Ha sido discutido, pero más allá de todas las sutilezas en los modos académicos en los que se pensó el primer populismo,  cuando se lo contrapone a la república, es porque se identifica al populismo casi exclusivamente con uno solo de sus rasgos, el liderazgo carismático de quienes conducen los procesos populistas. Se contrapone la república a los movimientos con liderazgos carismáticos fuertes, a la idea de líderes del pueblo.

 

En ese contexto apareció hace algunos años un libro, Razones públicas, de Andrés Rosler, que leí con mucho interés y desencuentro, que me hizo pensar mucho en cosas sobre las que ya venía dando vueltas en torno a la idea de república, pero que además me señaló el interés de ir a ver en cómo Shakespeare pensaba el problema. El libro alude notoriamente a Julio Cesar. Estos muchachos conjurados, los “copitos romanos” diríamos, que no se llamaban Brenda o Fernando, sino Casio y Brutto, y que no tenían celular sino sus “cuchicheos”. Porque el celular vendría a ser la forma contemporánea de los cuchicheos, de esos conspiradores antiguos que se quieren sacar de encima a un líder popular llamado Julio Cesar, que no era un tirano, ni había cometido ningún acto que lo identificara como un tirano, pero que sin embargo estos muchachos decían, y se decían a sí mismos, para autojustificarse en su acción magnicida: “Es cierto, no es un tirano, pero el amor que le dispensa el pueblo es tan grande que puede sentirse tentado a convertirse en un tirano”. Y la tiranía, para ellos, era una cosa tan terrible que valía la pena llenarle el cuerpo preventivamente de puñaladas. Lo sacaron, así, violentamente del camino, y después el líder del grupo conspirador --que se llama Bruto-, da un discurso al pueblo, argumentando que quiere dar razones públicas de lo que hizo. De ahí toma Andrés Rosler el título de su libro, que si bien no dice que está bien que hayan matado a Julio Cesar, sí es entendible que estos muchachos dieron razones públicas al pueblo. Lo que uno no puede evitar quedarse pensando después de leer un libro así, es si no resulta mucho mas interesante, más que andar dando razones públicas de lo que se hizo, es haber hecho una consulta pública. Estos muchachos saben que no pueden, que su causa no cuenta con el favor del pueblo, y saben que Julio Cesar es un líder amado por su pueblo. Por eso creo que en el fondo lo que estos muchachos no se aguantan es al pueblo. Quiero decir: quienes odian a los líderes del pueblo y los acusan de una media docena de cosas, que son básicamente siempre las mismas,  en todas partes y a lo largo de la historia (de quedarse con vueltos, de ser antipáticos, de tener mal aliento o lo que sea), todas esas imputaciones que se repiten sistemáticamente contra los líderes del pueblo a lo largo del tiempo, muestran que en el fondo lo que hay no es un odio al líder sino al pueblo mismo.

 

¿De algún modo esa es un poco la tesis central de tu nuevo libro, no?

 

Claro, en el fondo, lo que quise plantear es que con la palabra república decimos dos cosas diferentes. Y esto es una vieja discusión que arranca con Aristóteles, pasa por la tradición  renacentista y llega a los autores contemporáneos que distinguen una república minoritaria y aristocrática y una república mayoritarista o popular. Para ejemplificar, podemos recordar que en la antigua Grecia, Esparta era una república  aristocrática conducida por una elite con buenas leyes mientras que Atenas era una república popular conflictiva y tumultuosa, como le gustaba decir a Maquiavelo, pero que por eso mismo, a través de los tumultos iba cambiando  permanentemente sus leyes, para hacerlas cada vez mejores. En el renacimiento Italiano, el contrapunto es entre Venecia --a la que los italianos llamaban “La serenísima”, porque era virtuosa y gobernada por buenas leyes y eran una elite seria-- y Florencia --que era un despelote--. Maquiavelo decían que prefería la segunda, porque si le daban a elegir enre la tranquilidad de Venecia y el despelote de Florencia, se quedaba con su ciudad, que constantemente estaba cambiando sus leyes, gracias a que las luchas del pueblo se expresaban en las calles. Las repúblicas elitistas, entonces, tienden a ser calmas y por el contrario, las mayoritarias y populares, tienden a ser tumultuosas, esa es una característica. Pero además, en las repúblicas elitistas no hay líderes personalistas y en las repúblicas democráticas o populares sí los hay. Porque el pueblo, para hacer oír su voz, suele elegir líderes. Y este no es un fenómeno solo argentino o latinoamericano. Veamos el ejemplo de Julio Cesar sino, resulta interesantísimo. Y antes del de Julio Cesar el de Pompeyo, en la antigua Grecia el de Pericles.

 

Los pueblos suelen elegir líderes carismáticos, encantadores y enamorantes, porque ese es el modo en el que puede hacer oír su voz. En cambio las élites no tienen esa necesidad, porque ellas son la  fuerza, tienen el dinero, los diarios,  los canales de televisión, tienen la tierra. No necesitan líderes. Su poder radica en otro lado. Y frente a ese poder, muchas veces, los sectores populares no tienen más remedio que construir una identidad colectiva de la mano de un liderazgo muy fuerte, y eso es lo que las elites no soportan, y por eso los impugnan. Eso es un poco lo que intento sugerir en mi libro, escrito tiempo antes de que ocurriera el intento de magnicidio contra Cristina. Pero desde un punto de vista más teórico, la tesis fuerte es: no hay una forma de república sino dos. Hay un republicanismo aristocrático y anti-popular, que no necesita líderes, porque tiene a las leyes y tiene las relaciones de poder que esas leyes sostienen, encubren y reproducen, y hay otro tipo de repúblicas, que son las democráticas o populares, que en general están asociadas a la figura fuerte de líderes carismáticos, muy amados por los sectores populares. Esas repúblicas tienen en América latina un nombre que no hay que poner como la contracara de la república, sino como una de sus formas posibles, y es nombre es populismo. El populismo es el nombre del republicanismo popular en América Latina.

 

Y entre esos liderazgos y el pueblo aparecen las “mediaciones populares”, ¿no? Me interesaba introducir en la conversación esta discusión, que es un poco  de coyuntura pero que tiene una larga historia. Me refiero a ese tercer elemento, situado entre una sociedad en movimiento –com se decía en 2001-- y unos liderazgos que expresan multitudes, esos entramados organizacionales que aparecen en gran medida identificados con esos liderazgos  pero que a su vez también los tensionan. Y no lo pienso solo en términos de las discusiones más recientes entre Cristina Fernández de Kirchner y ciertos movimientos populares, de raigambre territorial y matriz comunitaria que trabajan en el marco de las economías populares, sino también sobre el protagonismo de las juventudes de los 70’ y Perón, o incluso antes, entre el planteo de comunidad organizada y rol del Estado rol, entre sindicalismo y organizaciones libres del pueblo y estatalidad en el peronismo clásico.

Desde lo que venís trabajando en términos teóricos, ¿te parece que hay algo de esa dimensión de las mediaciones que podríamos pensar?


Me parece que es necesario pensarlas. Me gusta mucho la pregunta y me parece que da en el clavo de una cuestión que hoy es fundamental pensar. Quiero retomar lo que veníamos diciendo para tratar este tema que propones. Hay dos formas de pensar la república: una aristocrática o minoritaria, otra mayoritaria o popular. La primera tiene como sujetos a las élites más poderosas y quiere a los sectores populares de la ciudadanía dóciles y ordenados bajo el imperio de la ley. En la segunda, en cambio, hacen de esos sectores populares de la ciudadanía el sujeto de la historia. Con el costo que eso tiene, que son los tumultos, el desorden, las contingencias de la historia que no siempre se presenta tan ordenada.

Ahora bien: a mi me gustaría recuperar, para tratar de responder a tu pregunta, la idea de democracia, como parte de una república popular. Recuperando un sentido muy preciso de la palabra democracia, que discutimos mucho en los años 80` y que después dejamos de lado por la consolidación del alfonsinismo y todo lo que vino después en los 90’, años en los que nos acostumbramos a pensar a la democracia más como rutina. Pero había una idea con la que el alfonsinismo había coqueteado y que aparece muy fuerte, ya que vos lo mencionaste, en el 2001, y es la idea de la democracia como participación. Como participación popular deliberativa y activa de  los sujetos, y muy específicamente, de los ciudadanos del bajo pueblo, en los asuntos colectivos. Me parece que hay una diferencia entre la idea del pueblo como un sujeto que tiene que ser tenido en cuenta como fuerza histórica conducida, en general, por un líder personalista, carismático y amado por ese mismo pueblo, y la idea --para mi mucho más democrática-- de ese pueblo como un sujeto activo que construye su propio futuro común a través de la discusión y de la deliberación, de prácticas asamblearias, de la contraposición de argumentos, de la elección de abajo a arriba de sus dirigentes, de la organización  de abajo hacia arriba de las mediaciones. Ahí hay una cuestión para pensar porque, a mi me disgustan los asesinos de Julio Cesar, pero tampoco tengo el poster de Julio Cesar en mi dormitorio, y te digo esto porque no me parece un modo muy virtuoso de la política el que se construye con liderazgos personalistas fuertes que se sostienen sobre una posición de fuerte pasividad de ese mismo pueblo. En eso Shakespeare es lúcido y extraordinario, cuando presenta los diálogos entre ciudadanos, es hasta divertido, porque los presenta como muy torpes y necios y no porque sean poco inteligentes, sino porque se han vuelto torpes y necios por una forma de educación política, aociada al punto luminoso del líder que no les permite a esos sujetos desplegar todas las potencialidades democráticas. Entonces me parece que deberíamos decir que la república es también la república de los pueblos que vienen con líderes carismáticos les guste o no a los gorilas y habría que dar un paso más y decir que esas repúblicas además de ser populares y democráticas, si propician, generan y estimulan los canales y generan las mediaciones que alienten la participación de esos ciudadanos y de todo el bajo pueblo.

Participación que viene con discusiones y argumentaciones, por más que eso a los líderes no les guste ni un poquito. Allí tenemos un asunto interesante para pensar, porque en general los pueblos construyen esas mediaciones como pueden, y no de las maneras luminosas, transparentes y perfectas con las que las imaginaríamos si pudiéramos diseñar, como decía el viejo y querido Cooke, con escuadra y tira-línea. No: esas construcciones se hacen con el barro de la historia, como se puede, con los dirigentes que se puede, que pueden interesarnos y parecernos más o menos auspiciosos respecto a la  posibilidad  de profundizar esa democracia. No necesitamos recordar las fuertes competencias que el sindicalismo representó para el  liderazgo político de Perón y de Nuevo, hay que decir, ¡qué capo Shakespeare!,  porque tiene una claridad tremenda de este tema en todas las obras, pero sobre todo en Coriolano  y en Julio Cesar, esas obras extraordinarias donde la comprensión que tiene Shakespeare sobre el desprecio que tienen por el César los tribunos, vale decir, las formas pre-históricas de nuestros diputados, de nuestros políticos profesionales, de nuestros representantes que desprecian al líder porque les  compíte  y el desprecio es mutuo, porque al lider no le gustan ni un poquito esos otros personajes que le impiden la comunicación directa que todo líder aspira tener con su pueblo. Creo que ese es un asunto importante para pensar, creo que si queremos una república que además de ser popular sea democrática tenemos que sostener las mediaciones que los pueblos se van construyendo en su camino, lleno de dificultades, sinuosidades  y de torpezas también. Pero no vale que cuando los pueblos consiguen construir esas mediaciones y organización popular, los liderazgos digan que este o aquel dirigente no les gusta. No vale insinuar que los dirigentes populares se quedan con un porcentaje de no se que cosa y fiscalizarlo, como se está hacienda ahora. Yo estoy muy enojado con este gobierno que eligió no fiscalizar la deuda externa, que es un curro del primer al último dólar, que decidió no fiscalizar el modo en que se obtuvo esa deuda externa y decidió pagarla, pero ahora está fiscalizando y llamando incluso a las universidades públicas para que lo ayuden a fizcalizar a los movimientos populares que este pueblo, golpeado y averiado, consiguió precariamente construir. Me merecen fuertes críticas esas tendencias fáciles a despreciar a esos dirigentes y a esas mediaciones populares. Definitivamente creo que no podemos decirle al movimiento obrero organizado cosas como “yo trabajo desde chiquita, no vengan a pedir cargos”. Como si hubiéramos nacido ayer y como si no supiéramos que pedir cargos es también parte de la lucha política. ¿La única? ¡Claro que no! ¿La más noble? ¡No!, pero es parte también de la política y deberíamos ser capaces de pensarla con menos prejuicios para aceptar que hay república allí donde el pueblo es sujeto de la historia, con sus líderes carismáticos, personalistas y enamorantes, pero también con esas mediaciones, que cuestionarlas no expresan más que un gesto jacobino, arrogante y poco democratico. La democracia es el gobierno del demos, con los mecanismos que ese demos va construyendo en su difícil andar por la historia.