miércoles, 27 de agosto de 2025

“El nervio óptico” de María Gainza

 


¿Leíste “El nervio óptico” de María Gainza?, me dice Diego, un amigo argentino, artista visual, que desde hace años vive en Finlandia y tiene un ojo muy atento a las cuestiones formales en la literatura y el arte. Me lo pregunta mientras tomamos un café y conversamos en un bar de la calle Corrientes, antes de su partida.

 

No lo había leído y lo anoté entre esas cosas que “había que leer” después de su recomendación, sobre todo porque intuí que había logrado captar –como pocos—algunas inquietudes que le compartí respecto de los problemas que suscita la escritura, un tipo de “escritura sintomática”, como decimos en el Taller. Tiempo después, en una de esas clásicas recorridas por librerías de Saldos y Usados en la misma avenida porteña, lo encontré (en muy buen estado y a un precio super económico). Fue mi oportunidad.

 

Cuando lo empecé a leer no entendía el por qué de la recomendación: hasta que lo terminé. “Uno escribe algo para contar otra cosa” fue una de las frases que allí leí y anoté en mi cuaderno, junto con esta otra: “en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo el arte…”.

 

En la novela se ponen en juego el pasado reciente de la protagonista, el de su familia y el del país; la cuestión de la pérdida y de cómo lidiar con ella, así como con los propios fantasmas y neurosis. Un libro en donde se entremezcla la crónica urbana, la autoficción y la crítica de arte. Es un texto, por lo tanto, que se mete desde la literatura con la discusión sobre las formas del arte, las formas del lenguaje, la herencia, los vínculos humanos.

 

Once capítulos que funcionan como una suerte de relatos breves que podrían leerse por separado. Una gran cantidad de referencias a pinturas y museos y perspectivas críticas que, sin embargo, no hacen del libro un tratado intelectual, sino que toda esa erudición aparece entramada en la narración.

 

Subrayé varios tramos de la novela, aunque algunas frases las transcribí a mi cuaderno:

 

¿Acaso una buena obra no transforma la pregunta “qué está pasando” en “qué me está pasando”? ¿No es toda teoría también autobiografía?

 

Cuando una obra es buena, no necesita acompañante terapéutico.

 

El estilo es un medio para insistir sobre algo

 

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