Invariantes de la historia
nacional
Por Mariano Pacheco
PINO Y NUESTRA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
Fernando Pino Solanas falleció en París tras contraer COVOD-19
CAPÍTULO DEL LIBRO CABECITA NEGRA*
Los hijos de Fierro,
cuyo guión y dirección realiza Fernando Solanas, fue terminada en
1975, luego de la muerte de Perón y cuando el peronismo ya ha
estallado por los aires. Para entonces el Grupo Cine Liberación
(integrado por PinoSolanas, Octavio Getino y Gerardo Vallejo) estaba
claramente posicionado como parte de aquello que se denominó el
“tercer cine” (precisamente, el de liberación, luego de la
oleada del “primer cine” –modelo de la industria
norteamericana–, y el “segundo cine” –sobre todo de
procedencia europea–, denominado “de autor”).
El film, definido por Ángeles
Masó como el “Potemkin” del cine argentino (La vanguardia,
Barcelona, 18 de enero de 1979), fue realizado en la Argentina
durante los años 1973 y 1974, pero finalizado por Solanas en su
exilio europeo. Es la primera ficción de Pino y se proyectó por
primera vez en Cannes, Francia, en 1978 (en el país recién pudo
verse por primera vez en marzo de 1984).
Protagonizada por Julio
Troxler (El hijo mayor); Antonio Ameijeiras (El hijo menor);
Martiniano Martínez (Picardía); Juan Carlos Gené (El Negro); César
Marcos (Pardal); Arturo Maly (Cruz); Jorge De La Riestra (Vizcacha) y
Sebastián Villalba (Angelito), la película cuenta con canciones
interpretadas por Alfredo Zitarrosa, sobre la base de letras
elaboradas por Mauricio Kartun. Aldo Barbero y Fernando Vegal ofician
como “relatores” de esta película que supo realizarse con
actores “no profesionales”, y en la que abundan locaciones en el
conurbano bonaerense, en localidades como Lomas de Zamora,
Berazategui, Temperley y Monte Chingolo.
En 1980, en un texto titulado
“Carta a los espectadores”, Pino Solanas comenta:
A comienzos de los años
70, y con la idea de reflejar el momento histórico que vivíamos,
comencé a concebir una nueva película. Dos proyectos rondaban mi
cabeza: por un lado, una recreación del Martín Fierro; por el otro,
la solitaria resistencia que diariamente protagonizaban los
trabajadores contra el sistema oligárquico militar. Inicialmente
había dos películas, dos imágenes diferentes: una mítica
simbólica y una realista cotidiana. Pero no estaban separadas; eran
las caras de una misma historia y, con el correr de los meses, se
fueron amalgamando, confundiendo, enriqueciendo con cientos de
relatos y memorias que recogí en los barrios, los cafés, los
sindicatos, en los patios y las generosas cocinas del gran Buenos
Aires. Estas notas exponen el planteo histórico y temático de Los
hijos de Fierro.
Casi tres décadas más tarde,
en una entrevista publicada en el diario Página/12, el 24 de
mayo de 2008, Solanas rememora las complicaciones para realizar el
film, en un clima de violencia estatal y paraestatal creciente:
Estábamos grabando en
Tandil y de pronto por la radio de un auto informaron que habían
matado a Troxler. Imagínese. Estaba haciendo una película y me
empezaron a liquidar a los protagonistas. Era un gran dolor, una
pesadilla.
Luego de la muerte de Troxler,
el cineasta pasa a la clandestinidad. En ese contexto, durante un
mes, reescribió en versos octosílabos el guión, originalmente en
prosa.
Y escribe Solanas sobre la
relación entre el guión y el texto original de José Hernández:
La figura en la que estas
mayorías reconocen a su conducción es Martín Fierro, y lo concebí
no sólo como un personaje más sino como su punto de convergencia,
el vértice de la pirámide, la síntesis de la representación de su
conciencia histórica. El peregrinaje de Fierro a través del
desierto es el difícil tránsito de la Nación en el llano, la
búsqueda del camino liberador para la patria cautiva. En cuanto a
los demás personajes, conservé los principales del poema original:
el Hijo Mayor, el Hijo Menor, Picardía, Cruz, Vizcacha, la Cautiva.
Y agregué otros: Pardal, Angelito, El Negro, Elvira, Teresa, Alma.
Todos tratados en dos niveles alternados: el individual y el
colectivo. Ninguno de ellos encarna a una persona real; constituyen
la presencia de diversos roles, tendencias políticas en el seno de
la clase trabajadora. Del mismo modo, la insurrección del capitán
Cruz es simplemente el sueño de Picardía y de muchos cuadros
sindicales de la época, aunque la realidad dio, en el 56 oficiales
como Valle, Tanco y Cogorno.
Por último, el cineasta
aclara:
Los Hijos de Fierro es un
canto a la unidad y a la resistencia del pueblo argentino, frente a
los diversos proyectos de dominación que han sido lanzados contra él
a lo largo de su historia. Intenta reconstruir, a partir de la
historia oralmente transmitida, la epopeya protagonizada por el
pueblo desde la pérdida de su soberanía como consecuencia de un
golpe militar hasta su recuperación. Tiene una clara referencia: la
etapa que transcurre entre el golpe militar del 55 y el triunfo de
las elecciones del 73…
***
El film parte de una
“operación revisionista” típica de la época: se remonta hasta
las Invasiones inglesas para dar cuenta de los “anhelos populares”
de “paz, justicia y liberación”, la búsqueda de realización de
la patria grande latinoamericana.
Una murga nos advierte: “Suena
el bombo y a contar, la memoria popular”.
El relato parte de la
“detención de Fierro” y la “insurrección de octubre”, para
dar cuenta de la “marcha revolucionaria de Fierro y su pueblo”.
Pueblo que aparece sintetizado en los hijos de Fierro, quienes acuden
a la frontera para reunirse con su padre, quien les entrega a cada
uno una bandera.
Estas banderas encierran la
memoria de las viejas luchas… Expresan una mística y una doctrina
que nuestros enemigos no podrán destruir porque está inculcada en
el corazón de los trabajadores.
Con estas palabras, Fierro
bendice a los hermanos. El mayor se llevará la bandera de la
independencia, y en él queda la tarea de organizar la insurrección.
Al menor, le toca la bandera de la soberanía, y su misión es poner
en pie los barrios populares. Picardía, cuya bandera es la justicia,
es quien reorganizará las comisiones de fábrica para la
resistencia.
La justicia y la libertad
no se regalan: se conquistan, se defienden, y a veces, hay que morir
por ellas.
Las imágenes de gauchos
torturados se intercalan con la voz de Fierro:
La sangre que se derrama no
se olvida hasta la muerte.
Las citas del Martín Fierro
se superponen con los desafíos de los hermanos peronistas.
Un bandoneón suena de fondo.
El paisaje semirrural es la imagen con la que se introduce a los
espectadores al “bloqueo enemigo” realizado por la Revolución
Libertadora. El destierro de Fierro es presentado junto con el
“cadáver profanado de su mujer”: la Cautiva, quien dejó su
legado: llevar las banderas a la victoria.
Fierro es un gaucho con
sombrero que parte hacia el desierto junto a su caballo. Ha elegido
el tiempo, antes que la sangre.
Así finaliza la ida.
***
La segunda parte del film
comienza con una afirmación tajante:
En cada barrio y lugar de
trabajo había un hijo menor, un hijo mayor y un picardía.
A renglón seguido se cuenta
la historia de cada uno.
Picardía es Cirilo Fuentes,
pobre, huérfano, quien vivió la “dignidad del trabajo” durante
la época en que gobernó Fierro.
El hijo menor es Santiago
Almeida, quien estudió en la “Politécnica”. Simboliza la
“infancia privilegiada”. Cuenta que no pudo conocer las
conquistas sociales de las que hablaba su padre, y su ingreso al
trabajo estuvo marcado por el incremento de la productividad. “Ni
mate ni cigarrillo”, cuenta, aunque aclara que en los lugares de
trabajo “había organización”: se paraba la sección al
compás de la marchita.
Andrés Brende es el hijo
mayor. Su ingreso en la película coincide con su salida de la
cárcel. No quiso disparar y, manso, lo agarraron en el sindicato,
nos enteramos, mientras vemos que “el actor” es Julio Troxler,
sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez, quien
–como hemos visto con anterioridad– también actúa
(interpretando su propio papel) en el film Operación masacre.
La guerra aparece como un
elemento que está entrelazado con la poesía y la canción.
Así, mientras los
protagonistas comparten un asado, se aclara que “el amor, como la
guerra, la hace el criollo con canciones”.
***
La tercera parte comienza con
un montaje de imágenes, en las que podemos ver cómo la policía
encarcela obreros mientras Fierro huye a caballo hacia el desierto.
Nadie quiere un perseguido
por el imperio. Qué compromiso más serio albergar a Martín Fierro.
La voz en off de Fierro
da cuenta del primer período de exilio de Perón, cuando luego de
sostener que, entre la sangre y el tiempo, él elegía el tiempo,
pasa a dar directivas desde el exterior para enfrentar a la
dictadura.
Las frases que aparecen en el
film son célebres:
Muchachos: cuanto más nos
golpean más nos quiere el pueblo.
Hay que organizarse,
estamos en guerra.
No hay que librar una sola
y gran batalla sino miles de pequeños combates. Donde la fuerza
está, nada. Donde la fuerza no está, todo. Golpeando cuando duele y
donde duele.
En este tramo del relato se
narra la parte más intensa de la resistencia peronista. El hijo
mayor tiene al barrio como su centro de operaciones. Allí se
concentran los “malandrines”, la “barra de la esquina” que es
su “brigada”, la que realiza actos relámpago y pone caños.
Allí, mientras un bandoneón suena y la muchachada juega al billar,
ingresa en el film un personaje secundario, “El Negro”, que
simboliza una figura central de ese período histórico: un “Gordo”,
que nos recuerda claramente a John William Cooke.
De la mano de la historia de
los hermanos avanza en sentido cronológico el relato sobre los
sucesos históricos de aquellos años.
Picardía, que es el “enlace
sindical”, permanece clandestino, escondiéndose en humildes
casillas, mientras la policía lo busca con pedido de captura en mano
(Nunca estuvo tan sola, la clase trabajadora).
Tras recordar que con “voto
en contra o voto en blanco” se participó en las primeras
elecciones, luego se pudo rescatar a los gremios intervenidos. De
nuevo cambia el tono del relato. Ahora se suman el bombo y el canto a
las banderas y los papelitos. Y las consignas bélicas ya no son
contra los militares sino contra sectores del propio movimiento:
Vizcacha, traidor, te
mandamo’ al asador.
Vizcacha/Vandor aparece en
pedo, rodeado de guardaespaldas, aconsejando “hacerse amigo del
juez”.
***
La cuarta parte de la película
reconstruye los primeros indicios del “Operativo retorno”, y
también, las contradicciones que cada vez se hacen más marcadas
dentro del movimiento. Y también puede “leerse” en el relato la
“picaresca” de Perón:
El pueblo en la resistencia
fue leal y fue paciencia…
Qué pasa que no regresa,
dice el pueblo con sorpresa.
El Gordo aparece leyendo
cartas de Perón, quien habla de “socialismo”.
Por las buenas en avión, o
por las malas, insurrección, dice la voz en off.
En este tramo, la poesía
ocupa un espacio mayor, y junto con la superposición e imágenes de
la ciudad y el desierto, pueden escucharse melodías de tango.
La contracara de la espera es
la cárcel, y la tortura, que el hijo mayor lleva en su cuerpo como
una marca, un testimonio de los años duros de la resistencia.
En el relato aparece algo que
ya había sido señalado por Jean Paul Sartre décadas antes, a
propósito de la ocupación alemana de París: que los tormentos de
los verdugos no tienen por objetivo, solamente, obtener información:
Ellos no solo buscaban
información, sino convertirme en delator, puede escucharse en
boca del hijo mayor.
Algo similar había escrito el
filósofo francés en su emblemático texto titulado “La situación
del escritor en 1947”, incorporado a su libro ¿Qué es la
literatura? (Situation II). Allí, Sartre plantea que, en
primer lugar, la tortura es una empresa de envilecimiento:
Sean cuales sean los
sufrimientos soportados, es la víctima la que decide, en última
instancia, el momento en que los tormentos son insoportables y es
necesario hablar; la suprema ironía de los suplicios consiste en que
el paciente, si cede, aplica su voluntad de hombre a negar que sea
hombre, se hace cómplice de sus verdugos y se precipita por sí
mismo en la abyección. El verdugo lo sabe y espía el
desfallecimiento, no solamente porque va a obtener información que
desea, sino porque ello le probará una vez más que tiene razón de
emplear la tortura y que el hombre es un ser al que hay que tratar a
latigazos; así, trata de aniquilar la humanidad en su prójimo.
Por
supuesto, cuando el autor de La náusea
se refiere aquí al silencio (ese silencio “con el que la víctima
enfrenta a sus verdugos” y, a partir del cual, “nace y renace,
una y otra vez, su humanidad”), ese silencio es el que implica no
colaborar.
***
La cronología histórica se
ve alterada cuando ingresan en el film momentos y personajes que, al
mejor estilo de la estructura freudiana del sueño, funcionan a la
vez operando elementos de “desplazamiento y condensación”. El
ejemplo más claro es cuando aparece “El Capitán Cruz”. El
relato mezcla referencias al Martín Fierro, la historia del General
Juan José Valle y el imaginario guevarista típico de fines de los
años sesenta.
Esperaron en vano, fusiles
y machetes, para un nuevo 17.
La voz en off, en clara
referencia al fracaso del “Operativo retorno” de diciembre de
1964, nos cuenta que “una partida extranjera” detuvo a Fierro en
su marcha.
A su vez, el Capitán Cruz
(“gaucho-milico”) es derrotado en los combates y asesinado.
Son los caminos de aprendizaje
del movimiento peronista, que fue de la intentona cívico-militar a
los intentos por “pactar” con sectores del régimen, pasando por
la vía insurreccional. El camino arduo hacia el retorno está
empedrado de buenas intenciones. Y otras que no tanto.
***
La derrota es huérfana. El
lema es conocido. Y si bien Solanas no lo cita, da cuenta de esta
idea cuando relata que cada hermano vio en el otro los motivos de las
derrotas. Así, el film refiere las contradicciones que crecen dentro
del movimiento. A la desconfianza entre sectores se suman las
divisiones: duros y blandos. Intransigentes y dialoguistas con el
régimen que proscribe y excluye al peronismo. Las divisiones “por
abajo”, de todos modos, no ponen en entredicho las decisiones de
Fierro (“Se juraron respetar tan solo a Fierro. De Fierro abajo, a
ninguno”). Fierro es contundente ante las divisiones:
Cuando el imperio da palos
no debe haber desunión.
Pero algunos sectores, los más
combativos, empiezan a sacar lecciones de las diversas batallas
libradas. Con una estética bastante vanguardista para la época, el
grupo Cine Liberación apela a ciertas animaciones, entremezcladas
con tramos en donde Alfredo Zitarrosa canta una milonga, para contar
una “partida de truco” en la que quedan claras las trampas a las
que apela la burocracia sindical para sostenerse al frente de los
gremios.
***
Fierro insiste en sostener la
unidad: “Ni sectarios ni excluyentes”.
Pero las disputas ya no se dan
solo por abajo, sino que llegan hasta la mismísima cúspide del
vértice. Vizcacha quiere disputarle a Fierro la conducción del
movimiento. Y la historia es conocida: Vizcacha, en su covacha,
termina asesinado.
Los años pasan y la situación
empeora para los sectores populares. Un bandoneón le pone el tono a
las imágenes de casillas de villas al costado de una vía. Los “días
más felices” parecen haber quedado demasiado lejos. Como los
momentos de unidad de los hermanos.
El Gordo critica a Fierro. Y
saca conclusiones: “Solo la clase obrera peronista es
revolucionaria”. El hijo mayor defiende a Perón, dice que es
revolucionario y que el problema está en los hijos que no resuelven.
La cronología avanza y a través de anécdotas singulares de los
personajes se va abordando la historia nacional.
Entre vinos y asado, entre
guitarreadas y conversaciones, un cordobés cuenta chistes y Picardía
anuncia su mudanza a Córdoba. El hijo menor afirma que desea que el
hijo que espera con su compañera sea quien dé continuidad a la
revolución que empezó su padre, y que él continuó.
***
Una cinta con la voz de Fierro
y una fogata son el escenario a partir del cual comienza “La
vuelta”. Los tres hijos escuchan el casete: “Es la hora de los
pueblos, desde aquí y hasta el Oriente”.
Las imágenes del Cordobazo
son acompañadas por la emblemática consigna “Solo el pueblo
salvará al pueblo”.
Picardía pelea en las
barricas del Cordobazo, junto a su hijo, que es asesinado en los
combates callejeros. El hijo mayor vuelve al trabajo, y afirma: “yo
sentía que el poder lo daba la organización y participación de la
masa laburante. Si no, no hay revolución”. El hijo menor quería
el poder para hacer lo que el pueblo quería, y también, para poder
rescatar a la cautiva.
Fierro sentencia:
El enemigo se siente
vencido y comienza a retirarse… ¿Qué tenemos que hacer?
¡Perseguirlo! No dejarle levantar la cabeza.
Pero el enemigo no se repliega
ordenadamente. Es como un gato acorralado. Saca las uñas, pelea.
Prisioneros políticos son fusilados en la cárcel (“Trelew”). La
mujer de uno de los hijos de Fierro es detenida, torturada, mientras
la sombra de Fierro es vista en la frontera. Es el comienzo del fin.
El retorno de Fierro ha comenzado.
Los tres hermanos reunidos en
torno a la fogata comparten esperanzas, pero también dolores, y
muchos interrogantes:
–¿Podremos vencer al
fin? ¿Tomar sin fuerza el poder?
–¿No es muy tarde para
Fierro después de tanto destierro?
–¿Y qué imperio se
retira? ¡Ningún poder se suicida!
–¿No vendrán
provocaciones, divisiones, volviéndonos enemigos?
–¿Estamos realmente
unidos o enfrentados, y sobre Fierro hermanados?
–¿Habrá descabezamiento
y cundirá el desaliento si no estamos unidos?
***
Hacia el final, se produce un
duelo entre el hijo menor y un verdugo. Se encuentran rodeados de
mujeres y hombres que enarbolan pancartas con la figura de Evita y
banderas con consignas revolucionarias.
El comandante dice: “al
matrero, no le da el cuero”, pero finalmente es derrotado.
Fierro convoca a una gran
alianza nacional para aislar a la dictadura (“deshaceré esta
madeja aunque me lleve la vida”).
El pueblo avanza con sus
banderas. Fierro dice:
No hay tiempo que no se
acabe ni viento que no se corte. Cuando el pueblo se decide a la
lucha, es invencible… Vuelvo para reconstruir la Nación desde el
olvido, uniendo a los argentinos en una revolución que de la
liberación que todo el pueblo ha elegido.
Suenan bombos; flamean
banderas; llueven papelitos; suena una murga.
La voz en off de Fierro
expresa este último monólogo:
Los hermanos se organicen y
estén siempre vigilantes.
Porque digo como antes: que
vivan con precaución.
Nadie sabe en qué rincón,
se oculta el que es su enemigo.
Y guarden estas palabras
que les digo al terminar: que mi obra ha de continuar hasta dársela
concluida.
Y si la vida me falla
ténganlo todos por cierto, que el gaucho hasta en el desierto,
sentirá en esta ocasión, tristeza en el corazón, al saber que yo
estoy muerto.
Y con esto me despido, sin
expresar hasta cuándo.
Nuestra marcha sigue
andando y no tendrá conclusión.
El pueblo es la sucesión
de esto que se está contando.
Yo llevo en mis oídos la
música más maravillosa, que es para mí, la palabra del pueblo
argentino…
La última frase pronunciada
por Fierro causa escalofríos oída a la distancia. Es el preanuncio
de la derrota por venir. Ni el director, ni los espectadores
virtuales del film en ese momento (1975) podían saberlo, pero no
puede ignorarlo el espectador actual (2016). Por eso, la película,
más allá de sus valoraciones estéticas, no puede ser tomada sino
como uno de los últimos grandes documentos culturales de la época.
Dice Fierro:
Lo que decida el destino
después lo habrán de saber.
* CABECITA NEGRA. Ensayos sobre literatura y peronismo (Punto de encuentro editorial, 2016),