Transcripción
de la conferencia dictada en Buenos Aires con el auspicio de la Asociación
Psicoanalítica Internacional (IPA), 7 de Julio de 1997.
La
relación entre psicoanálisis y literatura es por supuesto conflictiva y tensa. Por
de pronto, los escritores han sentido siempre que el psicoanálisis hablaba de
algo que ellos ya conocían y sobre lo cual era mejor mantenerse callado.
Faulkner, Nabokov, observaron que el psicoanalista quiere intervenir en aquello
que los escritores, desde Home ro, han convocado, con esa rutina ceremoniosa
con la que se convocan las musas, en relaciones muy frágiles y siempre tocadas
por la gracia. En esa relación imposible de provocar deliberadamente, en esa
situación de espera tan sutil los escritores sintieron que el psicoanálisis
avanzaba como un loco furioso. Pero hay otro punto sobre el cual los escritores
han dicho algo que, me parece, puede ser útil para los psicoanalistas. Nabokov
y también Manuel Puig, nuestro gran novelista argentino, insistieron en algo
que a menudo los psicoanalistas no perciben o no explicitan: el psicoanálisis
genera mucha resistencia pero también mucha atracción; el psicoanálisis es uno
de los aspectos más atractivos de la cultura contemporánea, y lo es porque
todos queremos tener una vida intensa; en nuestras vidas triviales, nos gusta
admitir que en algún lugar experimentamos grandes dramas, que hemos querido
amar a nuestros padres y que, entonces, vivimos en un universo de gran
intensidad, donde hemos logrado superar el tedio, la monotonía en la que
habitualmente estamos inmersos. El psicoanálisis nos convoca a todos como
sujetos trágicos; nos dice que hay un lugar en el que todos somos sujetos extra
ordinarios, tenemos deseos extraordinarios, luchamos contra tensiones y dramas
profundísimos, y esto es muy atractivo. Así, Nabokov veía el psicoanálisis como
un fenómeno de la cultura de masas; consideraba que este elemento de atracción,
donde cada uno se conecta con las grandes tragedias, las grandes traiciones,
esto puede referirse a un procedimiento clásico en la cultura de masas:
convocar al sujeto a un lugar extraordinario que lo saque de su experiencia
coti diana. Y Manuel Puig decía algo que siempre me pareció muy productivo y
que sin duda lo fue en la construcción de su propia obra. Decía Puig que el
inconsciente tiene la estructura de un folletín. Él, que escribía sus ficciones
muy interesado por la estructura de las telenovelas o los grandes folletines de
la cultura de masas, había podido captar esta dramaticidad implícita en la vida
de todos, que el psicoanálisis pone como centro de la experiencia de
construcción de la subjetividad. En lo que llevo dicho se va planteando una
suerte de relación ambigua: por un lado el psicoanálisis avanza sobre una zona
íntima, de la cual el artista considera que es mejor esperar y no pensar; pero,
por otro lado, el psicoanálisis se presenta como una especie de competencia:
genera una especie de bovarismo, en el sentido de la experiencia de Madame
Bovary, que leía aquellas novelistas rosas y quería vivir las. Voy a agregar
dos anotaciones: sobre cómo la literatura ha usado el psicoanálisis y de qué
manera el psicoanálisis ha usado la literatura. Para pensar lo primero, podemos
olvidar experiencias un poco superficiales como la del surrealismo, que
confundía esa espera de la gracia de la musa con un procedimiento mecánico de
escritura automática: la musa es una dama suficientemente frágil como para
necesitar un tratamiento más delicado que ese escribir sin pensar, dejándose
llevar; es un poco ingenuo suponer que ésa sería la manera de conectarse con el
inconsciente en el trabajo. Quien sí constituyó la relación con el
psicoanálisis como clave de su obra es quizás el mayor escritor del siglo XX:
James Joyce. Él fue quien mejor utilizó el psicoanálisis, porque vio en el
psicoanálisis un modo de narrar; supo percibir en el psicoanálisis una
posibilidad de construcción formal. Es seguro que Joyce conocía bien
Psicopatología de la vida cotidiana y la interpretación de los sueños: su presencia
es muy visible en la escritura de Ulises y del Finnegans Wake. No en los temas:
no se trataba para Joyce de refinar la caracterización psicológica. No: Joyce
percibió que había ahí modos de narrar; que en la construcción de una
narración, el sistema de relaciones no debe obedecer a una lógica lineal, y
aquí se ubica el monólogo interior. Así Joyce utilizó el psicoanálisis de una
manera notable y produjo en la literatura, en el modo de narrar, una revolución
de la que es imposible volver. Y me parece que el Finnegans Wake, que por
supuesto es una de las experiencias literarias límites de este siglo, se
construye en gran me dida sobre la estructuración formal que se puede inferir
de una lectura creativa de la obra de Freud: una lectura que no se preocupa por
la temática sino por el modo en que se desarrollan ciertos modos, ciertas
formas, ciertas construcciones. Cuando le preguntaban por su relación con
Freud, Joyce contestaba así: «Joyce en alemán, es Freud». «Joyce» y «Freud»
quieren decir «alegría»; en este sentido los dos quieren decir lo mismo, y la
respuesta de Joyce era, me parece, una prueba de la con- ciencia que él tenía
de su relación ambivalente pero de respeto e interés respecto de Freud. Me
parece que lo que Joyce decía era: yo estoy haciendo lo mismo que Freud. En el
sentido más libre, más autónomo, más productivo. Joyce mantuvo otra relación
con el psicoanálisis, o por de pronto con un psicoanalista, donde, en una
anécdota, se sintetiza algo de esta tensión entre psicoanálisis y literatura.
Joyce estaba muy atento a la voz de las mujeres. Él salía poco, estaba mucho
tiempo escribiendo, y escuchaba a las mujeres que tenía cerca: escuchaba a
Nora, que era su mujer, una mujer extraordinaria; escuchándola, escribió muchas
de las mejores páginas del Ulises, y los monólogos de Molly Bloom tienen mucho
que ver con las cartas que él le había escrito a Nora en ciertos momentos de su
vida. Digamos que Joyce está muy atento a la voz femenina. Mientras estaba
escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucía Joyce, a quien él escuchaba
con mucho interés. Lucía terminó psicótica, murió internada en una clínica
suiza en 1962, Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba
de impulsarla a realizar actividades diversas. Una de las cosas que hacía Lucía
era escribir. Joyce la impulsaba a escribir textos y Lucía escribía, pero ella
estaba cada vez más en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron
que fuera a verlo a Jung. Ellos estaban viviendo en Suiza y Jung había escrito
un texto sobre el Ulises. Joyce fue a verlo para plantearle el tema de su hija,
y le dijo a Jung: «Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella
escribe es lo mismo que escribo yo», porque él estaba escribiendo el Finnegans
Wake, que es un texto totalmente psicótico, si uno lo mira desde esa
perspectiva: es totalmente fragmentado, onirizado, cruzado por la imposibilidad
de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce
le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: «Pero
allí donde usted nada, ella se ahoga». Es la mejor definición que conozco de la
distinción entre un artista y... otra cosa, que no voy a llamar de otra manera
que así. El arte de la natación En efecto, el psicoanálisis y la literatura
tienen mucho que ver con la natación. El psicoanálisis es en cierto sentido un
arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente
que está siempre tratando de hundirse. Y un artista es aquel que nunca se sabe
si va a poder nadar: ha podido nadar antes, pero no sabe si va a poder nadar la
próxima vez que entre en el mar. En todo caso, la literatura le debe al
psicoanálisis la obra de Joyce. Él fue capaz de leer el psicoanálisis, como fue
capaz de leer otras cosas. Joyce fue un gran escritor porque supo entender que
había maneras de hacer literatura fuera de la tradición literaria; que era
posible encontrar maneras de narrar en los catecismos, por ejemplo, que la
narración, las técnicas narrativas no están atadas sólo a las grandes
tradiciones narrativas sino que se pueden encontrar modos de narrar en otras
experien cias contemporáneas; el psicoanálisis fue una de ellas. La otra
cuestión es qué le debe el psicoanálisis a la literatura: le debe mucho.
Podemos hablar de la relación que Freud estableció con la tragedia, pero no me
refiero a los contenidos de ciertas tragedias de Sófocles, de Shakespeare, de
las cuales surgieron metáforas temáticas sobre las que Freud construyó un
universo de análisis. Me refiero a la tragedia como forma que establece una
tensión entre el héroe y la palabra de los muertos. En literatura, se tiende a
ver la tragedia como un género que estableció una tensión entre el héroe y la
palabra de los dioses, del oráculo, de los muertos, una palabra que venía de
otro lado, que le estaba dirigida y que el sujeto no entendía. El héroe escucha
un discurso personaliza do pero enigmático, es claro para los demás pero él no
lo comprende, si bien en su vida obedece a ese discurso que no comprende. Esto
es Edipo, Hamlet, Macbeth, éste es el punto sobre el que gira la tragedia en la
discusión literaria sobre género que empieza con Nietzsche y llega hasta
Brecht. La tragedia, como forma, es esa tensión entre una palabra superior y un
héroe que tiene con esa palabra una relación personal. Esa estructuración tiene
mucho que ver con el psicoanálisis, y no he visto que ello haya sido marcado
más allá de la insistencia sobre lo temático: por supuesto, en Edipo hay un
problema con unos padres y unas madres, en Hamlet hay un problema con una
madre, en fin. Pero en Hamlet también hay un padre que habla después de muerto.
Otra forma sobre la cual pensar la relación entre el psicoanálisis y la
literatura es el género policial. Es el gran género moderno; inventado por Poe
en 1843, inundó el mundo contemporáneo. Hoy miramos el mundo sobre la base de
ese género, hoy vemos la realidad bajo la forma del crimen; como decía Bertold
Brecht, qué es robar un banco comparado con fundarlo. La relación entre la ley
y la verdad constitutiva del género, que es un género muy popular, como lo era
la tragedia. Como los grandes géneros literarios, el policial ha sido capaz de
discutir lo mismo que discute la sociedad, de otra manera. Eso es lo que hace
la literatura: discute de otra manera. Si uno no entiende que discute de otra
manera, le pide a la literatura que haga cosas que mejor las hará el
periodismo. La literatura discute los mismos problemas que discute la sociedad,
pero de otra manera, y esa otra manera es la clave de todo. Una de estas maneras
es el género policial que viene discutiendo las cuestiones entre ley y verdad,
la no coincidencia entre la verdad y la ley. Poe inventa un sujeto
extraordinario, el detective, destinado a estable cer la relación entre la ley
y la verdad. El detective está ahí para interpretar algo que ha sucedido, de lo
que han quedado ciertos signos, y puede realizar esa función porque está afuera
de cualquier institución. El detective no pertenece al mundo del delito ni al
mundo de la ley; no es un policía. Dupin, Sherlock Holmes, el detective privado
está ahí para hacer ver que la ley en su lugar institucional, la policía,
funciona mal. El detective viene a poner el lugar de la verdad que no pertenece
a ninguna institución donde la verdad sea legitimada. Se plantea aquí una
paradoja en la cual también estamos incluidos los argentinos hoy: cómo hablar
de una sociedad que a su vez nos determina, desde qué lugar externo juzgarla si
nosotros también estamos dentro de ella. El género policial da una respuesta,
que es extrema: el detective, aunque forme parte del universo que analiza,
puede interpretarlo porque no tiene relación con ninguna institución..., ni
siquiera con el matrimonio. El detective no puede incluirse en ninguna institución
social, ni siquiera la más microscópica, porque ahí donde quede incluido no
podrá decir lo que tiene que decir, que es esa tensión entre la ley y la
verdad. En la tragedia un sujeto recibe un mensaje que le está dirigido, lo interpreta
mal, y la tragedia es el recorrido de esa interpretación; la tragedia es el
modo en que el sujeto entiende mal. En el policial, el que interpreta ha podido
desligarse y habla de una historia que no es la de él, se ocupa de una cuestión
que no es la de él: me parece que los psicoanalistas tienen algún parentesco
con esto.

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