jueves, 16 de abril de 2015

Entrevista a Martín Kohan ("El país de la guerra", su último libro)

“La teoría sirve para problematizar, no para resolver.
Y bien empleada no se presta a las aplicaciones”


Por Mariano Pacheco, @PachecoenMarcha
(Nota publicada el miércoles 15/04/2015 en www.laizquierdadiario.com)


Reconocido narrador que supo transitar asimismo la escritura del ensayo y la crítica literaria, Martín Kohan publicó recientemente El país de la guerra, un libro en el que intenta pensar la historia argentina como historia de guerra, con sus héroes y sus batallas. De Mitre a Walsh, de Belgrano a Aira, un recorrido por los siglos XIX, XX y los prolegómenos del XXI.
  
 
Publicado por Eterna Cadencia a fines del año pasado, en El país de la guerra, el último libro de Martín Kohan, puede leerse una historia de la patria pensada como historia de guerra, con sus héroes y sus batallas (y también con sus ausencias). La historia del país, desde sus inicios –e incluso antes, si se cuenta en su haber la resistencia a las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807– hasta los últimos tramos de la más reciente ofensiva neoliberal. De Bartolomé Mitre a César Aira, pasando por Domingo Faustino Sarmiento y Rodolfo Walsh, Manuel Belgrano y Ernesto Guevara, para nombrar algunos pocos –aunque emblemáticos– nombres propios que atraviesan la narración, el ensayo.
 Martín Kohan es escritor. Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, ejerce allí la docencia como profesor de teoría literaria en la Facultad de Filosofía y Letras y también, en la Universidad de la Patagonia. Ha publicado dos libros de cuentos, cuatro de ensayos y diez novelas, entre la que se destaca Ciencias morales (2007), ganadora del Premio Herralde de novela en ese año y llevada al cine en 2009 con el título La mirada invisible, bajo la dirección de Diego Lerman.
En diálogo con Miradas al Sur, Kohan aborda un recorrido por su último libro y, a partir de él, por el vínculo –siempre conflictivo, entre la narrativa y la política o, para decirlo al modo de David Viñas, entre la literatura argentina y la realidad política nacional.

Escritores, narrativas y batallas
La primera pregunta, desglosada en dos, tiene que ver en realidad con algo que no está en el libro, porque tal vez no está presente en la literatura argentina actual. Por eso me pregunto –preguntándote– qué pasa con las narrativas actuales, con las “estéticas de la época”, para tomar el nombre del dossier de una revista que salió a las calles en estos días.
--¿Hay una incapacidad de la literatura actual, de los últimos años, para hablar de los conflictos de la Argentina contemporánea? No digo representar, ni abordar las huellas de la dictadura en democracia sino los conflictos propios de estos últimos quince años.
--Personalmente no veo una incapacidad así en la literatura actual. O no la veo como incapacidad, porque no pretendo de la literatura que funcione como un reflejo inmediato de su época (ni como documento, ni como testimonio; ni siquiera como realismo). En algún momento varios nuevos narradores parecían urgidos por definirse, como generación literaria, a partir de la crisis de diciembre de 2001; pero entiendo que esa voluntad no se plasmó ni cuantitativa ni cualitativamente en libros que solventaran esa autodefinición. Me parece que la literatura encuentra sus mejores posibilidades cuando establece mediaciones, cuando produce distancias (incluso, o sobre todo, con lo inmediato). Puedo dar un ejemplo: El trabajo, de Aníbal Jarkowski.

--¿Será que el peronismo perdió en la actualidad ese núcleo de dramatismo que tuvo entre 1945 y 1975, que inspiró tanto a escritores peronistas como antiperonistas (e incluso a quienes intentaron “zafar” de esa dicotomía, pero que entendían que por allí pasaba en gran medida el conflicto político del momento)?
--Me temo que el peronismo no perdió su dramatismo: sigue produciendo violencia y muerte con relativa frecuencia. Lo que no necesariamente implica guerra, porque no todo dispositivo de violencia y muerte supone que haya guerra; de ahí que en el libro yo no me haya ocupado más que de lo que me ocupé, incluidas las ficciones de guerra de lo que en rigor para mí no era guerra, como Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares o La guerra de los gimnasios de César Aira, ambas relacionadas con el peronismo en cada una de sus coyunturas.

Literatura y coyunturas
Un poco en relación a las preguntas anteriores, o para reforzar la inquietud, digo, sin llegar a ser batallas, momentos de guerra en sentido estricto, desde diciembre de 2001 a hoy se produjeron en la Argentina una serie de conflictos, algunos muy violentos, en los que incluso hubo muertos de por medio. Pocho Leprati (Rosario), Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (Avellaneda), Mariano y Cristian Ferreyra (Barracas y Santiago del Estero), Luciano Arruga (Lomas del Mirador). Otros con menos dramatismo también marcaron a importantes franjas de la población: Ley de Medios, conflicto entre el gobierno nacional y las patronales agropecuarias. En el libro llegas hasta algunos trabajo de Aira en los que logra dar cuenta de una serie de fenómenos como el de los cartoneros, en textos de 1993 (La Villa) y 2001 (La guerra de los gimnasios), antes del estallido.

--¿No encontraste textos posteriores o te pareció que no lograban tener el grado de intensidad que sí tenían los otros con los que trabajaste?
--Yo traté, a lo largo de todo el libro, de no deslizarme hacia la guerra en un sentido metafórico, porque entonces casi no habría habido nada que no fuera pertinente para mi trabajo. Por eso traté de ser muy preciso en la delimitación del concepto de guerra que quería manejar, de tal modo que no toda violencia cupiera en la definición. Entonces, es cierto que no faltaron hechos de violencia en la Argentina reciente, muchos muy graves; pero no creo que debamos pensarlos en clave de guerra. Como de hecho no me ocupé de la Patagonia rebelde, o de la Semana trágica, o del bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, bajo ese mismo criterio.

--Después de haber trabajado la historia argentina –sobre todo desde una historia de la literatura nacional– pero también una amplia gama de conceptualizaciones sobre la guerra y la violencia (que puede rastrearse siguiendo los epígrafes, abundantes, que abren cada capítulo), ¿te parece que las teorías de la guerra siguen aportando a pensar la literatura y la realidad política?
--Yo creo que sí, o por lo menos para mí resultaron indispensables. Pero no porque establezcan un parámetro fijo, sino porque componen un mapa diverso, con puntos de vista que se contraponen, con discusiones explícitas o subyacentes. La teoría a veces se invoca para que venga a resolver lo que hará la lectura, y así es como se la aplica; mi formación (el libro está dedicado a Josefina Ludmer) tiene más que ver con la premisa de que la teoría sirve para problematizar, no para resolver, y que bien empleada no se presta a las aplicaciones.

Procesar la escritura
En épocas en donde parece primar cierto afán por la instantaneidad y una “avidez de novedad” –para decirlo con las palabras de Martín Heidegger– vos te dedicaste varios años a investigar y trabajar sobre este tema.
--¿Qué es lo que más rescatas del proceso de producción que implicó el armado de este libro, después de tantos años?

 --Lo que más satisfacción me produjo es haber podido escribir textos críticos de la misma manera (con la misma atención al lenguaje y a la forma) en que escribo textos de ficción. No tengo dudas de que la crítica forma parte de la escritura literaria, pero a veces parecemos más dispuestos a enunciar esa premisa, con su correspondiente remisión a Roland Barthes, más que a hacerla valer realmente en lo que hacemos.

miércoles, 15 de abril de 2015

A 35 años de la muerte de Jean Paul Sartre

Un intelectual perverso y polimorfo (*)


Por Mariano Pacheco**
(Nota publicada en Contrahegemonía web)


Perversa y polimorfa si las hay, la figura de Jean Paul Sartre no deja de interpelarnos.


Si partimos de la conceptualización psicoanalítica realizada por Sigmund Freud, la perversión-polimórfica nos remite a las diversas formas, distintas a la norma. Y qué duda cabe que Sastre (junto a Simone de Beauvoir) fue un gran quebrantador de las normas de su época.
No importa que luego haya sido tomado para el cachetazo por todos los pensadores franceses que aun hoy tienen primacía en la academia y en gran parte del mundo intelectual. No se trata, de todos modos, de contraponer su figura a la de sus pares contemporáneos, que –tanto como él– continúan diciéndonos tantos cosas (pensadores que escribieron por Sartre, más allá de que muchas veces su producción estuvo contra él). Sí se trata de rescatar a Sartre de cierto “olvido” o de tantas lecturas apresuradas –más allá de que esta también lo sea– que suelen reducirlo a un dogmatismo intolerable.
¿Cómo no hacernos eco de frases como “nuestra intención es contribuir a que se produzcan ciertos cambios en la sociedad que nos rodea” o “nos colocamos al lado de quienes quieren cambiar a la vez la condición social del hombre y la concepción que el hombre tiene de sí mismo”? Ambas frases pertenecen a su clásico libro de posguerra, ¿Qué es la literatura?, publicado como Situation IV. Libro en el cual también arroja esta otra frase canónica: “¿Cómo –dicen– es que eso de escribir compromete?”. El compromiso del escritor, he aquí el inicio de un mal entendido. Porque más allá de su posición personal durante los 60 y 70 (su visita a la Cuba revolucionaria, junto a Simone de Beauvoir; su prólogo a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon; su rol durante el mayo francés; sus discursos a los obreros en la puerta de la fábrica Peugeot –subido a un barril– mientras se desarrolla un conflicto sindical, por marcar sólo los hitos más conocidos, más destacados), su teoría del compromiso poco y nada tiene que ver con lo que suele “divulgarse” bajo el mote de intelectual comprometido. En primer lugar, porque el compromiso es una posición existencial, que excede la opción política (léase: es comprometido quien dice tener ideas de izquierda). Se puede estar comprometido con la derecha o, más aun –nos dice Sastre– la abstención de posición también es una elección. Veamos, además, que Sartre habla de “contribuir” y “colocarse al lado”. Nada que ver con esa figura vanguardista del intelectual comprometido como aquel que ejerce la dirección del proceso.
No sólo se le ha criticado a Sartre que esa figura del compromiso estaba teñida de un intelectualismo vanguardista, sino que se sostuviera sobre principios de una libertad incondicionada, eterna. Sin embargo, cuando se refiere a este tema, sus conclusiones son contundentes (en sentido contrario al que se le critica). Dice: “Totalmente condicionado por su clase, su salario, la naturaleza de su trabajo, condicionado hasta en sus sentimientos, hasta en sus pensamientos, a él le toca decidir el sentido de su condición y la de sus camaradas y es él quien, libremente, da al proletariado su porvenir de humillación sin tregua o de conquista y de victoria, según se elija resignado o revolucionario; y es de esta elección de lo que es responsable”. Como se ve, el obrero también está comprometido. Y algunos años más tarde (en 1955), en una entrevista realizada a propósito de su obra teatral Nekrassof, sostiene: “Hoy lo que importa es situar los conflictos humanos en situaciones históricas y demostrar cómo dependen de ellas. Nuestros temas deben ser sociales, pues son los temas mayores del mundo en el cual vivimos...”.
En cuanto a escribir, Sartre nunca deja de sostener que es un oficio. ¿Qué es un escritor? Simple: un hombre entre los hombres, según define en su autobiografía Las palabras. Escribir, nos dice, es actuar. Y porque la palabra es acción, puede aportar a producir ciertos cambios en la sociedad. La palabra puede ser un arma en el combate por la emancipación. Claro, se podrá objetar: ¡Mientras unos actúan poniendo el pellejo otros lo hacen desde su escritorio! Pero también en esto Sartre es claro, no vacila: “Llega el día en que la pluma se ve obligada a detenerse y es necesario entonces que el escritor tome las armas... La escritura lanza al escritor a la batalla”. Lo arroja al combate, entre otras cosas, porque la literatura (en sentido amplio), es como un llamamiento. Se escribe para que otros lean. Por eso, porque no se escribe para esclavos, es que escribir es, también, cierta forma de querer la libertad, de luchar por ella. No es que haya que elegir entre un fin u otro. Los fines se inventan –insiste Sartre–. “El hombre tiene que inventar cada día”. Una utopía, sí, puede ser: escribir para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo. Una utopía que no niega, sin embargo, los desafíos organizativos y políticos que presenta la guerra. De hecho, alguna vez supo señalar que la necesidad de formar cuadros para intervenir en funciones especializadas como la industria, el periodismo, etc., entraban en tensión con el principio de una comunidad que produce sus valores. Tensiones que, más que dejarlas a un lado, fueron incorporadas como parte constitutiva de sus intentos narrativos. Por ejemplo, con su propuesta de narrativa situada: que no ofreciera respuestas tranquilizadoras, sino que inquietara; que dejara dudas y esperas por todas partes, que obligara al lector a gestarse sus propias conjeturas (que fueran, a su vez, un punto de vista más entre las perspectivas de los personajes), en fin, obras que irritaran porque proponen tareas incumplidas, inconclusas, obligando al lector a asistir a “experiencias cuyo desenlace es incierto”.
Finalmente, Sartre nos interpela –también– porque no puede dejar de resonar en nuestras cabezas su otra célebre frase, esa de la Crítica de la razón dialéctica: “el marxismo, lejos de estar agotado, es aún muy joven, casi está en la infancia, apenas si ha llegado a desarrollarse. Sigue siendo, pues, la filosofía de nuestro tiempo; es insuperable porque aún no han sido superadas las circunstancias que lo engendraron”. Mucha agua ha pasado ya por debajo de los puentes y no me animaría a sostener, hoy, que definirse como marxista allane muchos caminos, ni que facilite mucho las cosas. Sin embargo sigue siendo (el marxismo) indispensable, si es que pretendemos continuar sosteniendo una perspectiva de clase, no dogmática, pero sí radical, en cuanto a no dejar de reconocer la centralidad que el conflicto entre el trabajo y el capital tienen en nuestra sociedad.
En este sentido (¿heterodoxo?), podemos rescatar las palabras de nuestro compatriota Eduardo Grüner, quien hace algunos años planteó algo similar. Dijo –en pleno avance de las ideas conservadoras en el mundo tras de la caída del Muro de Berlín– que había que redefinir tanto la teoría como las prácticas que bregaban por la transformación; que ya no se trataba de el socialismo, de el Estado, de el proletariado, sino de una “puesta en cuestión” de esas identidades “monolíticas, tributarias de un pensamiento maniquéo y perezoso”. De todos modos, insistía –insistimos– esta “puesta en cuestión” puede hacerse, aun, desde el interior de un pensamiento marxista que se encuentra (asimismo) en una permanente reconstrucción de su identidad. Porque esa es una de sus virtudes: ser, en el campo de las ciencias sociales, uno de los pocos pensamientos capaces de “ponerse en crisis desde su interior”, recogiendo y reprocesando otros (y valiosos) discursos “exteriores”. Como también señala Grüner, pero en otro lado, el marxismo, por sí sólo, no basta para pensar la historia. El mejor marxismo lo supo siempre. El mejor marxismo –los mejores marxismos, puesto que hay tantos– nunca fueron solamente marxismos”.
En fin: por todo esto es que Sartre continúa siendo una figura clave para repensar las posibilidades de labor intelectual, de izquierda, que apuesten a revolucionar la sociedad. Una figura como la de él puede ser criticada, entre tantas otras cosas, por su excesiva exageración del rol individual, aunque no por su actitud prolífica. Dan cuenta de ello los 10 tomos de Situaciones, publicados entre 1947 y 1976; sus 10 obras teatrales; su novela La Náusea y los 3 tomos (4, si le sumamos el casi inayable “Una extraña amistad”) de Los caminos de la libertad; sus cuentos reunidos en El muro; sus guiones cinematográficos La suerte está echada, El engranaje y el bosquejo sobre la vida y obra de Sigmund Freud; su autobiografía Las palabras; sus obras filosóficas El ser y la nada, y los dos tomos de su Crítica de la razón dialéctica (por nombrar las de mayor renombre); sus textos de crítica literaria como Baudelaire, Jean Genet, comediante o mártir, El idiota de la familia o las notas y entrevistas reunidas en el volumen titulado Un teatro de situaciones; sus conferencias como El existencialismo es un humanismo; sumado a su activismo político (que va desde sus tareas en el marco de la resistencia ante la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, hasta sus vínculos con los mao en los 70, pasando por sus alianzas y rupturas con los comunistas franceses, según las circunstancias) y su permanente labor periodística, cuyo símbolo emblemático fue la revista mensual Les temps modernes.
Esta laboral prolífica y multi (o trans) disciplinaria, de la cual Sartre ha sido un ejemplo emblemático, se torna hoy central, sobre todo a la hora de pensar las tareas para una Nueva Generación Intelectual.

* Kamchatka, Nietzsche, Freud, Arlt. Ensayos sobre política y cultura (Alción, Córdoba, 2013).
* Ensayista y periodista. @PachecoenMarcha.


lunes, 6 de abril de 2015

Prólogo a Kamchatka. Nietzsche, Freud, Arlt: ensayos sobre política y cultura (de Mariano Pacheco)

Inactualidad, demora y repetición: un prólogo

Por Omar Acha

Los ensayos reunidos en este libro de Mariano Pacheco, en mi lectura, confluyen en un nudo problemático, gravitan alrededor de un eje conceptual. Asedian las convicciones básicas del progresismo intelectual afirmado en América Latina durante las últimas décadas. Intervienen, entonces, en el panorama cultural heredado tras el disciplinamiento con que las dictaduras anochecieron el suelo de las democracias capitalistas.


Hoy el progresismo intelectual –el caso argentino es al respecto ejemplarha encontrado su clímax, pues campea en oficialismos y en oposiciones. Se ha constituido en un puntal del complejo establishment cultural local. Sus matices son oportunidad de ventas en librerías y notas en “revistas de cultura”. Pero sobre todo, estimulan alineamientos aparentemente antagónicos en torno a convicciones compartidas. Es innecesario ironizar al respecto, pues quienes mejor piensan dentro de la estela progresista saben bien, y lo han dejado entrever, que sus divergencias se componen en el seno de lo que no es cuestionado: la economía y la democracia capitalistas.
Para reconocer el nervio ideológico del progresismo intelectual es suficiente recordar las palabras claves de lo que desde 1983 se impuso como el deseo de una nueva “cultura política”: democracia, derechos humanos, inclusión social, república. Esa “cultura política” no fue exclusividad de un único cuartel doctrinario. Justamente, prosperó como establishment cultural porque fue el suelo donde se plantearon las disputas posteriores entre las voces audibles, entre posturas “razonables”. Fue, y hoy lo es más que nunca, el a priori incuestionable e impensable de la hegemonía intelectual del país burgués. Todo “pensamiento” y todo desacuerdo se emplazan en la naturalización y universalización de los puntos de partidas progresistas.
¿Quién se atreve a cuestionar de qué se habla, políticamente, cuando se utilizan los “derechos humanos” como arma de legitimación del dominio? Porque hoy solo es un signo de la libertad, borrándose el horizonte burgués que consagra. ¿Quién pone en suspenso la virginal impunidad de la “democracia”? Porque ya no se plantea su funcionalidad con la opresión partidocrática y clasista sobre la decisión popular. ¿Cuándo será posible denunciar la degradación del asistencialismo que conserva a los pobres en una pobreza un poco menor? Porque es indecible que ese asistencialismo legitima a las élites dominantes en su supremacía para la que se reclama, además, la gratitud de “los humildes”. Aquellas y otras preguntas del mismo estilo están ausentes en la discursividad vigente. Lo están porque sus supuestos han quedado en el pasado arcaico: la transformación social, la democracia plebeya, el poder popular, el socialismo. Son éstas, y no las otras (democracia, capitalismo), las palabras prohibidas, impronunciables por gente cuerda. No las pronuncian las dos ramas del progresismo intelectual: la vertiente liberal-socialdemócrata y la vertiente nacional-popular. Si creemos a los discursos progresistas de hoy, las vindicaciones revolucionarias son patrimonio de despreciadas “sectas políticas”, tan atenazadas en sus monólogos como externas de la realidad. La democracia sin adjetivos es el nicho sagrado de todas las posturas “críticas”.
La pulsión de inactualidad respecto al consenso reformista late en la prosa con que Mariano Pacheco contraviene la serenidad ideológica de la cultura progresista. Lo hace siguiendo los trazos de tres nombres: Nietzsche, Freud y Arlt. Son más que citas oportunas. En verdad, las tres referencias no bastan –ellas solas– para consolidar una posición. Sabemos que las citas de referencias “prestigiosas” son obligadas tanto para las carreras académicas como para las escrituras progres. Pululan por doquier ponencias, artículos y libros en tren de “publicar” o brindar apoyos a las opciones sistémicas de nuestro tiempo.
No es entonces cuestión de citas lo que Pacheco nos propone. Es más bien una intersección de enigmas poco compatibles con los remilgos del pensamiento progresista. Retorno, repetición, traición, son las palabras claves de este libro. Antes de insistir en la decisiva cuestión de la repetición –ese intríngulis teórico de toda escritura inactual– me interesa destacar algo más sobre el cuestionamiento de la monocordia progresista.
Hoy surgen cada tanto agrupaciones intelectuales con sus respectivas “declaraciones”. Pareciera que vivimos, por ende, en un tiempo de renacimiento intelectual. Se dice que los intelectuales han regresado a la política. Sin embargo, un consenso poco sorprendente atraviesa y hermana las disputas aparentes, de superficie, entre las tribus intelectuales. Los desacuerdos suelen ordenarse alrededor de cómo se sitúan ante el kirchnerismo, aunque ese lugar antes estuvo ocupado por el alfonsinismo y el menemismo. De allí que la cuestión de fondo no sea el kirchnerismo. El tema general es la base progresista de todas las alternativas, con excepciones de las presuntas y desoídas manías de la izquierda “ultra” (y decir “ultra” ya es situar al otro en lo que es y hace nada, ni interlocutor ni antagonista porque es incomunicable). El galardón por el que se torean es cuál vertiente es realmente la progresista, mientras las otras lo serían de manera equívoca o inconsecuente. Debaten por la misma razón y con la misma razón. Pero eso no es un debate.
Contrastadas con las fisuras emergidas durante el bienio 2001-2002, son discusiones restauracionistas, es decir, relegitiman los problemas que la crisis vino a desnudar y sin embargo no eran radicalmente nuevos. En nuestros días el establishment intelectual se nutre de una agenda progresista remozada, matizada por las exigencias que esa crisis legó, pero sin que la mueva una fidelidad al evento ni la perplejidad ante sus promesas irresueltas.
En este panorama adquiere un nítido perfil la demora en el nacimiento de una nueva generación intelectual en la Argentina, la suspensión de un advenimiento que se anuncia en mil indicios pero cuya coagulación es todavía una espera. No me refiero a las invocaciones “generacionales” que reclaman transmisiones de legitimidad y sentido para las camadas más jóvenes, sin un apreciable esfuerzo por acometer la injusticia de erigir una palabra propia. Que intelectuales de menor edad asuman las ideas de intelectuales más viejos (no interesa que añadan alguna acotación marginal sin alterar el fondo) es bien distinto del pronunciamiento generacional.
El pronunciamiento debe eludir atorarse en el circuito infernal del resentimiento. Para exaltar su vitalidad requiere la invención de perspectivas, la producción de obras. Las apelaciones que nos propone Mariano Pacheco no son las únicas posibles, pero ciertamente los usos de Arlt, Freud y Nietzsche que nos ofrece convergen en la emergencia de un programa de invención no progresista. Traer esos nombres a la palestra, ya no como citas en mercancías académicas, ni tampoco solo como pimienta para arrojar a los ojos somnolientos del gradualismo intelectual. Más bien, como nutrientes para conversaciones con la nueva generación.
La heterogeneidad de Freud, Arlt y Nietzsche se hace vector alrededor de la repetición. La repetición delata el doblez de la “integración”, desnuda la ideología del “progreso”, la hipocresía de la “inclusión” condescendiente. Mientras el pensamiento progresista pretende “avanzar”, realizar prudentes “pasos adelante” hacia una mejoría justipreciable “en el contexto” (como esos sindicalistas que “entienden la situación” y acuerdan bajas salariales), la revelación de lo repetitivo cruza el vector confiado y progrediente con la certidumbre de su hipocresía.
La repetición revoca el origen y la meta para lanzarnos al cuadrilátero del antagonismo, donde se gana o se pierde, donde todo empate oculta algún ardid. Escenas que se reiteran, pugnas perpetuas engalanadas pero no eliminadas. En el orden ideológico de nuestras convicciones ordinarias, la repetición se pliega en el cuerpo y la muerte, ese destino de toda carne.
Pensar radicalmente no es separable del hacer físico. Una muy prolongada tradición ha escindido el quehacer intelectual del olor y el calor que acompañan a la flexión muscular, al choque de los huesos. Refigurar la praxis intelectual como movimiento corporal agresivo, diverso del mero daño, es un envase adecuado para exceder los conformismos progresistas. Leo los escritos de Mariano Pacheco anudados a vigorosas formas corporales, por ende en sesgo adverso respecto de la cópula sin fricciones del adaptacionismo académico (que regurgita cualquier obra como “tema de tesis”) y de los malabares castratorios con los que el progresismo licua adaptativamente la conflictividad raigal de la crítica. Por eso distingo gotas de transpiración viñesca –por David– en este libro.  
Nos hallamos en la demora de una gestación del quehacer intelectual emancipado del progresismo. Esa demora no la decide la providencia. Tampoco es el resultado de una conspiración de los viejos de alma o de nacimiento. Anida en ella la apertura para un comienzo de la creación intelectual. Pues si es cierto que el capital y la democracia burguesa reinan en nuestra tierra, las realidades mundiales están henchidas de impulsos para pensar, escribir o filmar de otro modo. También las situaciones argentinas y latinoamericanas avistan potencialidades de insurgencia, aunque también revienten de hegemonía y adaptación. El capítulo intelectual de esa novedad acompaña el vilo de nuestro tiempo. Un primer paso en ese sentido consiste en avanzar contra el legado político-ideológico de la represión política de la última dictadura: el progresismo. Demora, inactualidad y repetición, entonces, son las claves con las que quiero invitar a recorrer los ensayos de Mariano Pacheco. Ejercicios de desavenencia con el tiempo dominante, con todos sus guardianes y sus oportunistas.


Ahora en librerías, ciudad de Córdoba y Buenos Aires-

LISTADO LIBRERÍAS

Ciudad de Córdoba

El Espejo (Dean Funes 163, local 4, Paseo Santa Catalina-Frente a la Legislatura)
Punto de Encuentro (Independencia 620, casi esquina Avenida Hipólito Iirigoyen- frente al Paseo del Buen Pastor)
Porta Culturas (Belgrano 884, Galería Caribú, local 4- A metros del Paseo de las Artes)
Café del ALBA (9 de Julio 482- Peatonal)

Ciudad de Buenos Aires


Hernández (Avenida Corrientes 1436)


viernes, 3 de abril de 2015

La cuestión Malvinas y la izquierda

Revisitar el ensayo y la literatura para repensar la guerra



Mariano Pacheco
(@Pachecoenmarcha)


Como en tantos otros temas, el desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas, en 1982, provocó una serie de posicionamientos para nada coincidentes al interior de las izquierdas, por entonces duramente golpeadas por el accionar represivo de una dictadura que ya llevaba seis años gobernando el país, con un saldo de miles de militantes detenidos-desaparecidos, asesinados, presos, exiliados internos y externos y un repliegue gigantesco del movimiento de masas,  más allá de las resistencias que tanto el movimiento obrero, como los organismos de derechos humanos y otras expresiones populares, nunca dejaron de delibrar contra ese verdadero Proceso de Reorganización Nacional que encarnó la Junta de Comandantes. Un repaso por algunos de aquellos debates, y sus ecos en los posicionamientos de las izquierdas en la actualidad.


Para cuando se iniciaron los enfrentamientos bélicos entre la República Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, en 1982, las Islas Malvinas contaban con alrededor de 1.800 habitantes trasplantados por Inglaterra a esta parte del sur del mundo. Llevaban ya 149 años ocupando las islas, luego de que la población argentina en Malvinas, con su gobernador y comandante militar incluidos, fueran obligados a abandonar las islas en 1833; y casi una década y media jaqueando las negociaciones internacionales, renunciando a las resoluciones de las Naciones Unidas, que insistían en que Gran Bretaña accediera a una solución pacífica del conflicto. El fundamento básico para que Argentina reclamara justamente sobre la soberanía en torno a Malvinas fue y es que la usurpación no puede ser nunca fuente de derecho.
Ese legítimo derecho, sumado al apoyo generalizado de los países latinoamericanos y el importante sentimiento nacional-antimperialista enraizado en amplios sectores de nuestra población, llevaron a un sector de la izquierda de nuestro país a apoyar el desembarco militar argentino en las Islas. Uno de esos apoyos fue expresado por una solicitada titulada “Por la soberanía argentina en Malvinas: por la soberanía popular en la Argentina”, firmada por 25 intelectuales integrantes del Grupo de Discusión Socialista (GDS), entre los que se encontraban José Nun y Sergio Bufano, Emilio de Ípola y Néstor García Canclini, José Aricó y Juan Carlos Portantiero, por nombrar algunos de los más reconocidos. El 10 de mayo, desde su exilio en México D.F, emiten su apoyo al intento de recuperación de las Malvinas.
Los fundamentos del GDS giran en torno al apoyo de los países no alineados, y fundamentalmente, de los gobiernos de Cuba y Nicaragua, y el de una de las más poderosos fuerzas beligerantes del continente: El Frente Farabundo Martí de El Salvador. Estos apoyos, sumados a que para Estados Unidos “la única opción lógica” era apoyar a Inglaterra, colocaban al accionar de las Fuerzas Armadas Argentinas, más allá de sus intenciones, en un nuevo contexto de sentidos. Así, colocada la lucha por la recuperación de las Malvinas en el campo de las luchas antimperialistas, no quedaba espacio para las dudas, puesto que se enfrentaba al conglomerado de intereses colonialistas de dos grandes potencias mundiales, entonces dirigidas por gobiernos ultraconservadores de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Intereses no sólo económicos (recursos petroleros, fabulosas riquezas en nódulos minerales y otras fuentes proteínicas claves para el futuro), sino también por su lugar clave en la geopolítica mundial (recordemos que entonces todavía se mantenían en pie los intentos de constituir gobiernos de nuevo tipo en Centroamérica, alineados con Cuba y Nicaragua, y el Bloque Socialista como contrapartida al modelo del capitalismo).
La tesis del GDS es sencilla: si la lucha por la soberanía argentina sobre Malvinas abre la posibilidad de una lucha popular al interior del país, hay que apoyarla, porque su contracara es que la pérdida de soberanía abre las puertas a la consolidación a largo plazo de un dominio imperialista sobre un área estratégica, tanto para Estados Unidos como para Inglaterra. De triunfar argentina, sostienen, ganan las fuerzas progresistas; de perder, la derrota es para la nación en su conjunto. Por supuesto, esto no quita denunciar a la dictadura. De allí que escriban: “Reivindicar en la actual situación la indiscutible soberanía argentina sobre Malvinas no implica, como lo quieren algunos y en primer lugar el propio gobierno, echar un manto de olvido sobre su política desde 1976 hasta el presente. Por el contrario, para dar su sentido cabal a esa justa reivindicación se requiere como condición indispensable, asumir una posición resuelta y clara en repudio a dicha política”.
Tal vez el doble comportamiento de los altos mandos militares argentinos en Malvinas eche por la borda estos fundamentos. Los testimonios de los soldados argentinos torturados y maltratados, “estaqueados” por sus superiores, junto con la foto de Alfredo Astiz rindiéndose ante las tropas británicas, sin disparar un tiro, sean la condensación de un drama que un sector de la izquierda, sea por seguidismo de masas o por ingenuidad, no pudieron procesar en su momento. Y que en muchos casos, parecen no estar dispuestos a mirar retrospectivamente de un modo autocrítico.
Quien sí salió al cruce de estos planteos, en el mismo momento de los hechos, fue León Rozitchner, quien escribió desde Caracas un lúcido ensayo -editado en formato libro en 1985 por Centro Editor de América Latina- titulado Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia. El punto ciego de la crítica política. El texto circulará por las redes de exiliados como un baldazo de agua fría, señalando aquellos puntos que entonces, en un contexto de realzamiento del patriotismo, nadie parecía muy dispuesto a cuestionarse.
Rozitchner denuncia en su escrito que ese realzamiento del patriotismo por parte de las FF.AA, no busca otra cosa más que limpiarse el rostro, simulando participar de una guerra limpia luego de años de desarrollar puertas adentro la guerra sucia (“guerra que prolongó el horror del genocidio en el envío de cientos de adolescentes a la muerte”). Por eso en 2005, al reeditar el libro, el legendario integrante del grupo Contorno va a subrayar que Malvinas es todavía una cuenta pendiente; porque es –dice– entre muchos otros, “uno de esos eslabones que atenacea el secreto político de una cadena férrea de ocultamientos y engaños que ciñe el cuerpo  despedazado y tumefacto a que ha quedado reducido esto que llamamos patria”.
Sus reflexiones no dejan lugar a dudas: el Ejercito Argentino –sostiene– fue una fuerza que se ha formado y se ha definido en los límites que el propio enemigo le proporcionó. “Si hasta las categorías de la guerra son producto del enemigo, y forman parte de su doctrina de guerra, que es de Contrainsurgencia y Seguridad Nacional, que fundamenta su plan de guerra”. En este sentido, las Fuerzas Armadas Argentinas se constituyeron como fuerza de ocupación –antinacional– en el propio territorio, buscando implantar por la fuerza, en el propio país, la dominación que permitiera el despojo de sus habitantes, sobre todo de sus clases populares. De allí que resultara absurdo que después se pretendiera, en nombre de la unidad nacional, que esos mismos sectores pelearan junto a sus opresores. Los Pichis, los protagonistas de Los Pichiciegos de Fogwill, son un claro ejemplo de esa paradoja. La contracara de esa guerra. De allí que resulte sugestiva la pregunta que, en determinado momento de la novela, surge en la Pichicera: ¿Por qué, siendo tantos los porteños, son ahí tantos los “provincianos”? ¿Por qué las trincheras están llenas de “cabecitas negras”? La respuesta salta a la vista: porque el Ejército Argentino, desde Caseros en adelante, se convirtió en el ejército de una clase, con un discurso que pretendió elevarse al discurso de la Nación entera. Una clase que, según Rozitchner, responde a intereses económicos que son transnacionales. Y es por eso, entre otras cosas, que la guerra estaba perdida antes de comenzarla: ¿cómo ganarla si su existencia dependía de aquellos a quienes debía combatir?
Rozitchner ataca el argumento de que el enfrentamiento interno con la Junta pase a ser de carácter secundario, en el marco de un enfrentamiento más amplio con los “enemigos principales”, a saber, los imperialistas yanquis y británicos. De allí que sostenga que “el éxito del poder militar del ejército de ocupación argentino significaba la derrota del poder –moral y político, económico– del pueblo argentino”. Ahora bien, esta posición, ¿coloca necesariamente a quienes no desean el triunfo de la Junta en Malvinas junto al bando imperialista? No, sostiene Rozitchner, porque no había ninguna posibilidad de vencer en esta guerra ni “recuperar” ninguna isla contra nuestros enemigos externos, hasta tanto no hubiéramos recuperado previamente nuestro propio territorio nacional de nuestro enemigo principal: las fuerzas armadas de ocupación. Esas que fueron a Malvinas en un “como si” de guerra, puesto que no se tuvieron en cuenta ninguno de los principios básicos del enfrentamiento bélico, como por ejemplo, que a todo ataque, a toda ofensiva, le corresponde un golpe del otro bando. Una guerra fantaseada, en donde se ataca sin sufrir las consecuencias.
Queda claro que Rozitchner interpela, que pone el dedo en la galla. Y digo pone, y no puso, porque sus reflexiones de ayer no han quedado en el pasado, sino que continúan operando en el presente. Porque interrogarse sobre el activo apoyo a la recuperación de Malvinas es además preguntarse por el rol civil de apoyo a la Junta, no sólo en la coyuntura Malvinas sino también antes. Es asumir que nuestro pueblo está integrado por mujeres y hombres que ofrecieron resistencia activa, que no colaboraron, pero no sólo. También está integrado por quienes miraron para otro lado, o pero aun, prestaron el necesario apoyo para que suceda lo que sucedió.
Hoy, a más de tres décadas de la guerra, con un gobierno que –más allá de las caracterizaciones en torno a sus políticas– no caben dudas que es producto de la elección popular, la “cuestión Malvinas” sigue siendo un tema de agenda, no solo nacional sino también internacional, puesto que da su situación da cuenta de la actualidad de los modernos y controvertidos enclaves coloniales británicos expandidos por el mundo. Actualidad Malvinas, entonces, en tanto que el tema podría ser el puntapié inicial de un debate sobre los modos de entender la soberanía nacional, y popular, en la actualidad.

martes, 31 de marzo de 2015

Hoy, 31 de marzo, homenaje a La Turca Kornblihtt

Si una noche de invierno…
(Del libro Montoneros silvestres. Historias de resistencia a la dictadura en el Sur del Conurbano-
Texto leído en el"Memorias a Escena"-Escena y Memoria, Córdoba, marzo de 2015) 



Por Mariano Pacheco


En homenaje a Adriana Lidia Kornblihtt






Tiempo: 31 de marzo de 1977.

Escena: Una humilde casilla situada en la barriada popular de Monte Chingolo, en la Zona Sur del Conurbano Bonaerense. Beto y Adriana duermen abrazados. Afuera, en las calles y avenidas del distrito de Lanús, los oscuros Ford Falcon sin patente van y vienen en busca del enemigo de la patria.


Son las cuatro. Hace cuatro horas que Adriana Lidia Kornblihtt (La Turca, para sus compañeros; La Petisa Pelirroja, para su hermana Laura) dejó atrás sus dorados quince años. Es temprano. Tiene sueño y hace frío. Es su cumpleaños y le da fiaca levantarse. Mira a su compañero dormir y le dan ganas de quedarse. Pero se levanta. Sabe que ha elegido una vida que tiene, entre otros obstáculos, tener que levantarse cuando tiene ganas de quedarse haciendo fiaca. De acurrucarse. De no salir a la fría noche. Pero se viste, le da un beso a Beto y parte. Porque el país, como está —piensa— niega cualquier posibilidad de proyectarse, de proyectar la vida.
A las 4.30 Adriana sube a un automóvil en el que se traslada junto con dos muchachos. Son jóvenes, aunque no tanto como ella. Los tres son militantes, y juntos conforman un Pelotón de Combate del Ejército Montonero. Adriana está comenzando su cumpleaños número dieciséis, pero hace un año que es soldado. Antes estaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES. Era una militante de superficie. En cambio, ahora es parte de la Estructura Militar.
Alrededor de las cinco ya están cerca de la comisaría de Monte Chingolo. Afuera no hay nadie. La operación es sencilla: colocar un caño en el lugar, y luego partir.
Se hacían con frecuencia esas operaciones: era una forma de demostrar que los Montoneros estaban ahí, luchando. Adriana, Beto y sus compañeros —es claro— no se rendían. No aflojaban. No estaban dispuestos a bajar los brazos. Había que persistir —pensaban—. Soportar los golpes resistiendo. Como ya se había hecho durante la resistencia peronista.
De repente, tras una pesadilla, Beto se despierta. Asustado, se seca el sudor de la frente, mira el reloj e intenta en vano volverse a dormir. Adriana debería haber llegado ya, piensa. Trata de olvidar aquel sueño espantoso, pero no puede. Ha pasado el tiempo y nada. Adriana que no llega. Está desesperado, porque ella debió haber vuelto a la casa, para vestirse e irse a trabajar. Pero no ha regresado.
Beto comienza a angustiarse. Piensa lo peor. Está ansioso, y obsesivamente no puede dejar de mirar por la ventana. Cada tanto (sólo cada tanto) mira su reloj. Así se hacen las ocho, el tope horario. Debe dar por asumida la emergencia y retirarse.
La operación era sencilla, piensa, una y otra vez. Todo había quedado claramente planificado en la noche anterior, cuando realizaron la última reunión. Uno de ellos iría como chofer del automóvil; el responsable permanecería junto al auto, atento y preparado para disparar su pistola 9 milímetros si algún policía aparecía de improviso. Adriana colocaría el explosivo… Nada complicado. Entonces: ¿qué ha salido mal?
A las 5.30, como habían previsto, La Turca y los dos muchachos llegan a la comisaría. Afuera no hay nadie. El chofer mantiene el auto encendido, listo para escapar. El responsable da la orden. Adriana debe activar el caño y regresar al automóvil, para volver a su casa, darle un beso a Beto, cambiarse y entrar a la textil. Luego, ir a la casa de sus padres a cenar, a festejar sus 16 años y brindar por eso; por el laburo que está por empezar en unos días su compañero; por el hijo que desean tener; por sus hermanas Laura y Vicky, su cuñado Esteban y sus sobrinos Este y Pauli, que brindarán por ella desde el Viejo Continente; por sus padres, que esperan que pronto se concrete el casamiento; por los muertos, que ya no pueden brindar, y por los presos, que aguantan desde las cárceles el inhumano trato que reciben por parte de sus verdugos; por la victoria, por supuesto, que finalmente, más temprano que tarde, tiene que llegar. Pero algo, definitivamente, ha salido mal.
Ni bien el responsable de la operación escucha una explosión, comienza a disparar sobre la comisaría. Luego se acerca para ver qué es lo que ha pasado. Se da cuenta de que la bomba estalló en manos de Adriana, pero su cuerpo no está. Sólo los restos de su ropa.
Beto se entera a las nueve y no lo puede creer. Sigue esperando que Adriana llegue. Quiere decirle feliz cumpleaños y darle un abrazo. Quiere que pase el día y por fin llegue la noche, para marcharse con ella a la casa de sus suegros a cenar y festejar. No lo puede creer. Y sigue esperando que Adriana llegue.



POSDATA-
Los restos de Adriana fueron inhumados el viernes 18 de marzo de 2005 en el Cementerio de la Chacarita. Sus padres no llegaron a verlo. Muchos de sus antiguos compañeros de estudio y militancia, sí. Entre ellos estaba su amiga Laura Giussani, a quien —de repente— la asaltó el recuerdo de Adriana, lanzando uno de esos escupitajos impresionantes que largaba. Escupidas que nadie sabía en dónde las había aprendido, pero que iban más lejos que los de cualquiera. Habían pasado casi tres décadas y la cara de Adriana se le aparecía igual que antaño: frunciendo los labios, tomando aire y escupiendo a más de un metro de largo. Bruta, varonil y con una sonrisa amplia y divina.
Vicky, junto al cajón de su hermana, sintió que por fin Adriana podía descansar en paz. Lamentó que el cuerpo de Beto no pudiera descansar a su lado. Que nunca haya sido enterrado en algún lugar, en realidad. Y recordó entonces el final de la carta inconclusa de Adriana, que Beto les hizo llegar luego con un agregado de él, al final, que decía: «No la sientan como a una hermana, sino como a una compañera; así los sentimientos son mucho más integrales y sepan valorarlo. Sus 16 años son un ejemplo».

Córdoba: hablemos de literatura

Presentaciones de libros y revistas


Por Mariano Pacheco


Hoy se presenta en la ciudad de Córdoba el libro “Revers(ion)ado”, un conjunto de ensayos compilados producidos por el Grupo de Estudios sobre Narrativas Bolivianas de la Universidad Nacional de Córdoba. Y el miércoles se presenta el N° 30 de la revista “Hablar de poesía”.




Se sabe: los meses de enero y febrero son de vacaciones. Muchos lugares cierran, o restringen al mínimo sus actividades. En marzo arrancan las clases en la universidad, en los terciarios, en los colegios secundarios… La vida cultural de la ciudad (en este caso: Córdoba), se reactiva, sobre todo en el último tramo del mes. Si para muestra basta un botón, en este caso son dos. Y dos que se restringen al ámbito de la literatura, porque en realidad, en la ciudad, se viene produciendo desde hace un tiempo un fenómeno por demás interesante: los emprendimientos literarios (en sus distintas aristas: poesía, narrativa, ensayo, teatro… editoriales, talleres, ciclos de charlas, etcétera) se vienen multiplicando, junto con las iniciativas musicales, cinematográficos, teatrales…
Esta semana –corta, por cierto, puesto que el martes hay un paro nacional y el jueves y viernes son días no laborables por el feriado de semana santa– se presentan en la ciudad dos importantes producciones literarias.

Córdoba-Bolivia, sin escala
Esta tarde, desde las 18 horas en el Espacio Cultural Museo de las Mujeres (MUMU), situado en Rivera Indarte 55 Edmundo Paz Soldán (Bolivia) y Hugo Rodrigo Serra (Argentina), presentan el libro “Revers(ion)ado”, un conjunto de ensayos escritos por los integrantes del Grupo de Estudios sobre Narrativas Bolivianas (GENB) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), compilado por Magdalena González Almada, quien también participa de un destacado proyecto editorial local (Portacultura), que se dedica a publicar autores extranjeros inéditos en el país. Entre otros, ya han publicado la primera novela del boliviano Juan Pablo Piñeiro (“Cuando Sara Chura despierte”), quien ha visitado la provincia para participar del Festival Internacional de Literatura de Córdoba, y que en esta oportunidad aporta al libro una conferencia titulada Incluye la conferencia “El país del silencio”, en donde plantea –entre otras cuestiones– que el lenguaje “no nombra al mundo”, sino que “lo convoca”, y que la escritura “es uno de los instrumentos con los que contamos para limpiar la ilusión de las palabras”.
Los integrantes del GENB remarcan que, en este libro, confluyen “las líneas que van tejiendo una complejidad literaria vinculada a la crítica, teniendo a las escrituras y a los territorios como ejes de reflexión”. Por otro lado, en este volumen están presentes las indagaciones acerca de Bolivia y su producción literaria, entendiendo a ésta como parte del pensamiento andino, abarcando su plano lingüístico y filosófico.

Poéticas
Este miércoles 1 de abril, desde las 19 horas, se presentará en el Centro Cultural Casa de Pepino (Fructuoso Rivera esquina Belgrano), el N° 30 de la revista “Hablar de Poesía”. En su decimoquinto aniversario, el editor de la revista y director de la editorial Alción, Juan Carlos Maldonado, contará un poco las peripecias de esta apuesta cultural, que en el caso de la revista ya lleva 15 años, pero en el plano editorial, 32. La misma editorial, desde hace 23 años, también publica “Nombres”, una prestigiosa revista de filosofía, en donde escriben con frecuencia, entre otros, Oscar del Barco y Diego Tatián.
La editorial Alción cumplió 30 años en 2013, junto con el inédito período democrático que lleva la Argentina tras la última dictadura cívico-militar. La referencia no es casual, puesto que su director es un sobreviviente de las luchas revolucionarias de los años 60 y 70. Hoy en día Alción es la editorial de la provincia con mayor cantidad de títulos editados, y una calidad que la posiciona entre las mejores editoriales del país en cuanto a libros de poesía, filosofía, ensayos, narrativa y traducciones, con una proyección internacional inédita para un emprendimiento surgido y desarrollado por fuera del mercado porteño.
Tras las palabras de Maldonado, habrá una mesa de lectura integrada por autores cordobeses: María del Carmen Marengo, Eugenia Cabral, Pablo Anadón y Bernanrdo Schiavetta (de quien se publica en este último número una breve antología realizada por Ricardo Herrera).



domingo, 29 de marzo de 2015

Rodolfo Walsh: periodismo y militancia

¿Un debate de la actualidad?
 (Nota publicada en La Izquierda Diario, Marcha Noticias y Resumen Latinomericano)


Por Mariano Pacheco*
(@PachecoenMarcha)



La historia es conocida: a principios de 1968, en una escala que realiza en Madrid, a su regreso al país desde Cuba, Rodolfo Walsh logra asistir a la residencia de Puerta de Hierro, la Quinta 17 de Octubre donde el general Juan Domingo Perón vive su exilio. Walsh no es peronista, por más que haya escrito una década antes el libro más importante de la resistencia peronista (Operación masacre). Es más, en 1955 era partidario de la “Revolución Libertadora” e incluso llegó a escribir un texto en homenaje a uno de los aviadores que bombardearon la Plaza de Mayo. Así y todo va al encuentro, y allí el viejo líder le presenta al dirigente sindical Raimundo Ongaro.
Tras su regreso de Cuba, entonces, Walsh fundó y se puso a dirigir el semanario CGT, de la combativa CGT de los Argentinos, y redactó su convocatoria del Primero de Mayo (1968). Allí publicó la serie de notas (siete) que luego, compiladas y retrabajadas, conformarán aquello que el periodista Rogelio García Lupo denominó como “el folletín de la clase obrera”, es decir, el libro ¿Quién mató a Rosendo?
Walsh ya había participado, en 1966, de las elecciones de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa, y al año siguiente, junto a los hermanos Viñas, había integrado el Consejo de Redacción de la revista Problemas del tercer mundo, pero lo del semanario CGT realmente fue otra cosa. Resulta evidente que esa experiencia fue un verdadero parte aguas en su vida. Allí Walsh palpó cuánto podía aportar desde el oficio del periodismo a la lucha revolucionaria, se formó teórica y prácticamente en el marco de un proceso que exigía conceptualizar las apuestas emprendidas y repensar las acciones en función de los cambios operados en la coyuntura.
De allí en más, en sus notas para empresas periodísticas (como las emblemáticas que realizó para Panorama, caracterizadas por Daniel Link como una verdadera “incursión antropológica” desde el oficio), Walsh prestará cada vez más atención a la cuestión económica y las condiciones de vida en las grandes ciudades y se esforzará por sostener una “formación marxista” (en momentos de desánimo, rescatará la “divina paciencia” que tuvieron hombres como Marx, Engels y Lenin). De hecho, quienes compartieron los días junto a él en esos tiempos, destacan que, mientras armaban el proyecto del diario CGT, mantenía sobre su escritorio los escritos de Lenin sobre la prensa.
Allí, en esa experiencia magistral del periodismo obrero en Argentina –como decíamos– Walsh publicará las notas que conformarán luego el libro ¿Quién mató a Rosendo? Notas que se diferencian del trabajo emprendido para elaborar Operación masacre –donde libraba una batalla periodística “como si existiera” la justicia, según sus propias palabras–, fundamentalmente, porque en 1968 escribe en el marco de otra etapa de su formación política, convencido de que sus escritos forman parte de una “impugnación absoluta del sistema”, tal como comentó en la entrevista publicada en el N° 110 de la revista Siete días (16 al 22 de junio de 1969). Entrevista en la que declara que entiende a su libro como una “contribución más contra ese sistema nefasto de sindicalismo” que cree “debe ser aplastado”.
Queda claro que la experiencia junto a muchos de los obreros que protagonizaron la resistencia peronista llevarán a Walsh no solo a modificar su percepción sobre la política argentina, sino además sobre las potencialidades del periodismo, y las posibilidades de intervención colectiva que se abrían para su devenir singular. ¿Por qué fue posible esta experiencia del periódico CGT?, se pregunta. Y la respuesta es de una lucidez que abruma: fue posible no “porque la inventara yo, sino porque los trabajadores argentinos se organizan en la CGT rebelde y ellos me dan a mí la oportunidad de poner mi instrumento a su servicio. Si ese canal no existe, a mí o a vos individualmente nos resulta imposible fabricarlo. De hecho, nuestros canales de comunicación están permanentemente obstruidos por el aparato cultural de la burguesía, que no deja correr ni un hilito”, sostiene en una entrevista que le realiza La opinión cultural (11 de junio de 1971) junto a Miguel Briante, bajo el título de “Narrativa argentina y País real”. Allí Walsh sostiene que con el trabajo de “Rosendo” se dio cuenta que esa dinámica comenzaba a ser la “esencia” de su oficio. “Ahí yo recuperaba algunas cosas, hasta del oficio de narrador, que me servían. Pero este es un problema que no lo podes resolver vos solo”, asegura.
Además de estas notas que terminarán componiendo Rosendo, en CGT publica la serie “La secta del gatillo y la picana”, donde denuncia el accionar delictivo y violento de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que relaciona con los métodos de la Revolución Libertadora.
El cierre de esa etapa también es conocida. Debilitada la CGT-A por varios motivos (entre ellos, el “tactitaje” de Perón, que Walsh tanto critica) se sumerge en una militancia política orgánica (en el Peronismo de Base/Fuerzas Armadas Peronistas primero, en Montoneros después), y los rastros de escritura se van perdiendo, o se van tornando “clandestinos”, “impersonales”, como gustaba decirse en la época.
Así y todo, la enseñanza queda, y Walsh puede ser calificado como uno de los grandes maestros del periodismo político argentino. Su etapa en CGT es de las más ricas, porque muestran como una experiencia de organización colectiva potencia el obrar individual de un periodista que, a su vez, con su aporte específico logra dotar a esa organización de una calidad determinada de comunicación popular, indispensable para librar la batalla cultural necesaria para, junto con los combates específicamente económicos y políticos, derrotar al capital, y edificar una sociedad donde una clase no explote a otra.

  *Ha publicado los libros De Cutral Có a Puente Pueyrredón; Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo; Kamchatka: Nietzsche, Freud, Arlt y Montoneros silvestres (1976-1983).