Por
Mariano Pacheco*
“El
Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo no fue un acontecimiento
sino un proceso”,
dice Verónica Gago en una conversación que mantuvimos en un bar
situado en La Chacarita, a inicios de 2018 y que hoy compartimos para
seguir sumando voces que contribuyan a repensarnos críticamente en y
a la época. Gago es investigadora y participa activamente de las
asambleas de #NiUnaMenos en Buenos Aires. Es autora del libro La
razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular y
La
potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo.
Integró el Colectivo situaciones y en la actualidad escribe en el
diario Página/12
y
el Portal Lobo
suelto.
¿Cómo
pensar el contexto de este 8 de marzo, respecto de las luchas
feministas, pero también, del
conjunto de
luchas que viene librando el movimiento popular?
Me
parece que lo primero sería pensar qué ha pasado desde el 8 de
marzo de 2017 a hoy. Algo que estamos intentando pensar desde el
movimiento feminista es que el
Paro Internacional de Mujeres no es un acontecimiento, sino un
proceso. ¿Esto
que significa? En primer lugar que el paro no es una fecha en el
calendario, sino un horizonte organizativo que nos permite
desarrollar un proceso político. Y eso lo estamos sintiendo muy
fuerte en la preparación de este paro porque, por un lado, se están
realizando asambleas por todo el país, sean asambleas grandes en
ciudades de otras provincias o bien algunas pequeñas en pueblos más
alejados; por otro lado, en la Mutual Sentimiento, acá en el barrio
de Chacarita, están viniendo a las asambleas de preparación del
paro, todos los viernes, 1.500 mujeres, cuando el año pasado eran
asambleas grandes, pero de no más de trescientas. Incluso decían
algunas activistas sindicales que está habiendo asambleas en muchos
lugares de trabajo. Creo que esto no es casual. Yo creo que desde el
Colectivo Ni Una Menos en particular, pero sobre todo desde el
movimiento feminista en general, hemos sabido desplegar durante todo
el año pasado el dispositivo de la asamblea como un dispositivo que
podía moverse después del paro, y también, como dispositivo de
producción de una inteligencia colectiva para hacer un diagnóstico
de ciertos problemas comunes. Por ejemplo: cuando hicimos la asamblea
con las trabajadoras de Pepsico, luego de que fueran despedidas por
la trasnacional de alimentos y montaran la carpa frente al Congreso
de la Nación, junto con los trabajadores despedidos. Se pudo hacer
allí algo así como el mapa de alianzas transversales que se habían
construido para el 8 de marzo de 2017 y que veíamos que seguían
vivas y con necesidad de encontrarse, de articularse y poder producir
un diagnóstico conjunto de lo que estaba sucediendo en los lugares
de trabajo, pero también, como eso que estaba pasando en los lugares
de trabajo formal afectaba directamente a las trabajadoras de la
economía popular. Es decir, que en esas asambleas se pudo ir
produciendo una información sensible y de mucha importancia política
en torno a cómo leemos la coyuntura a partir de situaciones muy
concretas. Después de eso, a fines de septiembre, hicimos otra
asamblea en El Bolsón, bajo la consigna “¿Dónde está Santiago
Maldonado? Nuestros cuerpos, nuestros territorios”, con la idea de
intentar pensar qué significa la ofensiva del capital en este
momento, que avanza sobre los territorios y sobre el cuerpo de las
mujeres (ofensivas que tienen en común el hecho de pensar el cuerpo
de las mujeres como un territorio) y por qué hay una confluencia de
una cantidad de luchas feministas, pero también de producción
teórica feminista que tiene que ver con pensar la autonomía y la
soberanía de los propios cuerpos, y como eso hoy conecta con luchas
de territorios muy distintos que hoy están pensando su autonomía,
su soberanía y su autodefensa. Esa asamblea fue muy importante,
porque salió de ahí el mandato de no desacoplar la consiga de ese
momento, que era “Aparición con vida de Santiago Maldonado” con
la criminalización de las luchas mapuches. Pero también esta
necesidad de muchas organizaciones feministas de encontrarse con las
mujeres mapuches, que quizá en otro momento no se había producido
una articulación directa. Después participamos de una asamblea en
Jujuy, que se llamó Jaiahia de mujeres, en donde se reclamó la
libertad de Milagro Sala y otros presos políticos. Me da la
sensación de que todo esto que pasó no fueron hechos aislados, sino
que es una situación que da cuenta de una inteligencia colectiva y
un acumulado que se expresa ahora en la dinámica organizativa que se
está produciendo en toda esta etapa previa al 8 de marzo de este
año.
Y
de las dinámicas más generales del movimiento popular en este
último tiempo, ¿qué pudiste ver?
Me
parece que fue importante ver en febrero, por ejemplo, que algunos
dirigentes sindicales convocaran al Paro de este 8M. El año pasado
era un reclamo desde el movimiento feminista hacia los sindicatos, y
fue una discusión muy interesante porque mientras algunas cúpulas
sindicales se rehusaban a que el movimiento de mujeres fuera el que
convocara al paro (los sindicatos decían: “al paro lo convocan los
sindicatos, no el movimiento de mujeres o los movimientos sociales”),
hoy en día el paro ha sido reapropiado y reinventado por las
mujeres, dando cuenta de una multiplicidad laboral que excede a los
ámbitos sindicalizados. Creo
que este año el sindicalismo está muy consciente de la fuerza que
ha adquirido el movimiento feminista y
por eso se ha plegado a la convocatoria. Y esto se debe en gran
medida al enorme trabajo que vienen realizando muchas mujeres al
interior de los sindicatos, abriendo espacios de discusión
democrática y complejizando la discusión en torno a qué significa
el trabajo desde el punto de vista feminista. Esto es, que pensado
desde una perspectiva feminista, el trabajo incluye al reconocido y
al no reconocido, al remunerado y al no remunerado, al registrado y
sindicalizado y al doméstico y reproductivo.
Entonces, me parece, esta discusión ha impactado en los sindicatos,
y se está tejiendo con esas compañeras una alianza muy interesante.
Después agregaría que esto de que el feminismo viene funcionando
como caja de resonancia de todos los conflictos. Por ejemplo, acá en
las asambleas que se vienen haciendo en La Chacarita, pasan las
mujeres despedidas de la Casa de la Moneda, las de Hospital Posadas,
las del INTI, las del Ferrocarril Sarmiento, las de Río Turbio. Es
decir, puede verse que comienza a construirse un ámbito de escucha y
de elaboración política. Y de esos relatos sobre la situación
laboral también surgen otros que tienen que ver con la violencia de
género, con el ajuste de distintos programas del Estado que impacta
directamente en la calidad de vida y en la posibilidad de autonomía
para las mujeres. Y también de los conflictos territoriales. Han
venido compañeras de la Marcha Originaria de las Mujeres y pueblos
indígenas a plantear su situación. Por eso creo que el feminismo
está produciendo en estos momentos una capacidad de transversalidad
que no están teniendo otras dinámicas políticas. Y esto creo que
se está notando tanto en su capacidad de movilización callejera
como en la trama cotidiana de organización. Hay una efervescencia de
la discusión en torno a tratar de entender qué significa esta
violencia contra las mujeres, contra los cuerpos feminizados en
general, vinculando la violencia económica con la policial, la
laboral o la violencia política en general. Y esto nos está dando
mucha capacidad de hacer lecturas de lo que sucede en un barrio, en
una escuela, con las familias que están estalladísimas. Y es un
análisis que se está expandiendo cada vez más y que está
funcionando como una suerte de alimento al interior de muchas
organizaciones. En este sentido te diría, por último, que es muy
potente esta capacidad que se está gestando de ligar la discusión
en torno a la reproducción social con la discusión sobre el
trabajo. Por ejemplo, en
una de las asambleas que hicimos en estos días en la Villa 21-24
salía un interrogante colectivo en torno a qué significa parar en
las condiciones en las que estamos. Y varias compañeras que atienden
los comedores aclaraban que, para ellas, parar no podía ser dejar de
dar de comer, pero sí elaborar estrategias determinadas para poder
parar. “Que no se nos diga que como somos trabajadoras de la
economía popular no podemos parar”, decían. Y agregaban: “podemos
entregar crudo”. Y por si quedaban dudas aclaraban: “ese día
podemos entregar la comida pero sustraer nuestro trabajo de cocinar,
de servirla, de lavar los platos…”. Me pareció una síntesis muy
brillante, de dar una respuesta a una responsabilidad de producción
de valor social que tienen estos emprendimientos, como el comedor, y
a la vez una gran imaginación política. Reflexión
que culminó con la elaboración de un stencil que decía: “#8M:
hoy entregamos crudo. #NiUnaMenos”.
Se
habla mucho hoy del feminismo, pero es difícil pensar en una
definición. Dentro de los feminismos se habla por ejemplo de un
feminismo popular. ¿Qué reflexiones podrías compartirnos al
respecto?
Me
parece que sí, que en primer lugar hay que hablar de feminismos en
plural, que da cuenta de una diversidad y pluralidad que es un punto
de riqueza en este momento, porque no hay una doctrina feminista.
Pero me parece importante pensar qué es esa diversidad. Las luchas
del feminismo son globales en este momento, pero desde hace unos años
América Latina está teniendo una importancia destacada en impulsar
unas dinámicas que podríamos denominar como feminismo villero,
feminismo comunitario, feminismo indígena, feminismo popular. Son
nombres que se conjugan, que tienen su historia, su genealogía y
tienen en común el hecho de ser un feminismo ligado a la
conflictividad social. No es un feminismo estrictamente analítico, o
académico o de las instituciones. Ese para mí es un primer punto.
Después, me parece, en Argentina está siendo muy importante la
discusión sobre el feminismo popular. Creo que distintas
organizaciones y distintas compañeras lo venimos desarrollando en el
sentido de eso que te decía antes respecto al paro: ¿qué significa
esa ampliación del mundo del trabajo que nos permite hacer esa
suerte de mapa del trabajo en clave feminista y que incluye el
reconocimiento de tareas, de labores, de formas de hacer que tienen
que ver con la reproducción social, es decir, lo que hacemos las
mujeres todos los días para hacer posible la vida? Y eso en
Argentina tiene una particularidad, que es que después de la crisis
de 2001 y en continuidad con la irrupción de los movimientos
sociales que politizaron la crisis, pero por sobre todas las cosas,
que problematizaron acerca de qué significaba que entrara en crisis
la reproducción social desde el punto de vista de estar desempleado
o tener subsidios que apenas alcanzan, me parece que desde allí se
desarrolló toda una trama de economías populares que se hacen cargo
de pensar, de manera colectiva/comunitaria, qué es esa reproducción
en términos sociales, populares, barriales, comunitarios.
Experiencia que en Argentina tiene una escala de masas, porque está
conectada con un qué-hacer cotidiano de comedores, merenderos,
guarderías comunitarias, pero también se conectan con luchas que
tienen que ver con la tierra, con la vivienda, por el territorio,
contra la contaminación, contra los proyectos extractivistas. Es
decir, que hay toda una interseccionalidad –para decirlo con un
término viejo pero que ahora está puesto de nuevo un poco en juego–
de las luchas que el feminismo conecta y que tiene que ver con una
dinámica de la vida cotidiana de las mujeres y de los cuerpos
feminizados pero también con una dinámica de resistir los despojos
y las nuevas formas de explotación y que poco tiene que ver con
cierta idea que a veces aparece relacionada con esto de que la mujer
pueda tener más lugar en las listas electorales o las empresas. Me
parece que eso es lo más potente que hoy por hoy se está
desplegando en Argentina y en América Latina. Un feminismo radical
que tiene en cuenta la dimensión de las luchas, de las rebeldías,
de poner en juego la cuestión de los cuerpos, de plantear la
discusión del aborto y, a la vez, conectar esas discusiones con la
cuestión del trabajo, de la precarización de la vida en general. Si
algo ha logrado el feminismo popular es tener un discurso en cuanto a
cómo impacta la precarización de la vida en términos sociales,
políticos, económicos y cómo eso es hoy una discusión clave en
todos los territorios.
*
Escritor, periodista, investigador popular. Director del Instituto
Generosa Frattasi.
Texto publicado originalmente en el Portal La
luna con gatillo.
Fotografía:
Resumen Latinoamericano.