jueves, 11 de enero de 2024

Autobiografía de Roberto Arlt


 

He nacido el 7 de abril del año 1900.

He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil.

Fui alumno de la Escuela de Mecánicos de la Armada. Me echaron por inútil.

De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes.

A los 22 años escribí El juguete rabioso, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales. Luego encontré un editor inexperto.

Actualmente tengo casi terminada la novela Los siete locos. Me sobran editores.

Lecturas actuales: Quevedo, Dickens, Dostoyevski y Proust.

Curiosidades cínicas: Me interesan entre las mujeres deshonestas, las vírgenes, y entre el gremio de los canallas, los charlatanes, los hipócritas y los hombres honrados.

Certidumbres dolorosas: Creo que jamás será superado el feroz servilismo y la inexorable crueldad de los hombres de este siglo.

Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último. El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.

Borges y yo (Jorge Luis Borges)



Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario bibliográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y lo infinito, pero esos juegos son de Borges y ahora tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cual de los dos escribe esta página.


Memorias de una joven formal (Simone de Beauvoir, extracto de inicio)


 

 Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail. En las fotos de familia tomadas el verano siguiente veo a unas jóvenes señoras con vestidos largos, con sombreros empenachados de plumas de avestruz, señores con ranchos de paja y panamás que le sonríen a un bebé: son mis padres, mi abuelo, tíos, tías y soy yo. Mi padre tenía treinta años, mi madre veintiuno, y yo era la primogénita. Doy vuelta una página del álbum; mamá tiene entre sus brazos un bebé que no soy yo; llevo una falda tableada, una boina, tengo dos años y medio y mi hermana acaba de nacer. Sentí celos, según parece, pero durante poco tiempo. Por lejos que me remonte en el tiempo encuentro el orgullo de ser la mayor: la primera. Disfrazada de Caperucita Roja, llevando en mi cesta una torta y un tarro de manteca, me sentía más interesante que un lactante clavado en su cuna. Tenía una hermanita: ese bebito no me tenía. De mis primeros años sólo encuentro una impresión confusa: algo rojo y negro y cálido. El departamento era rojo, rojo el alfombrado, el comedor Enrique II, la seda acanalada que tapaba las puertas ventanas y en el escritorio de papá las cortinas de terciopelo; los muebles de ese antro sagrado eran de peral ennegrecido; yo me cobijaba en el nicho que se abría bajo el escritorio y me enroscaba en las tinieblas; estaba todo oscuro, hacía calor y el rojo de la moqueta gritaba dentro de mis ojos. Así pasó toda mi primera infancia. Yo miraba, palpaba, aprendía el mundo, al amparo. Le debía a Louise la seguridad cotidiana. Ella me vestía por la mañana, me desvestía de noche y dormía en el mismo cuarto que yo. Joven, sin belleza, sin misterio, puesto que sólo existía –al menos yo lo creía– para velar sobre mi hermana y sobre mí, nunca elevaba la voz, nunca me reprendía sin motivo. Su mirada tranquila me protegía mientras yo jugaba en el Luxemburgo, mientras acunaba a mi muñeca Blondine bajada del cielo una noche de Navidad con el baúl que contenía su ajuar. Al caer la noche se sentaba junto a mí, me mostraba imágenes y me contaba cuentos. Su presencia me resultaba tan necesaria y me parecía tan natural como la del suelo bajo mis pies. Mi madre, más lejana y más caprichosa, me inspiraba sentimientos amorosos; me instalaba sobre sus rodillas, en la dulzura perfumada de sus brazos, y cubría de besos su piel de mujer joven; a veces, de noche aparecía junto a mi cama, hermosa como una aparición, con su vestido vaporoso adornado con una flor malva o con su centelleante vestido de lentejuelas negras. Cuando estaba enojada me miraba con ira. Yo temía ese fulgor tempestuoso que desfiguraba su rostro; tenía necesidad de su sonrisa. A mi padre lo veía poco. Se iba todas las mañanas "al Palacio", llevando bajo el brazo un portadocumentos lleno de cosas intocables llamadas expedientes. No usaba ni barba ni bigotes, sus ojos eran celestes y alegres. Cuando volvía al anochecer le traía a mamá violetas de Parma; se besaban y reían. Papá también reía conmigo, me hacía cantar: Era un auto gris... o Tenía una pierna de madera; me dejaba boquiabierta sacando de mi nariz monedas de un franco. Me divertía y me alegraba verlo ocuparse de mí; pero no tenía en mi vida un papel muy definido. La principal función de Louise y de mamá era alimentarme; su tarea no era siempre fácil. Por mi boca el mundo entraba en mí más íntimamente que por mis ojos y mis manos. Yo no lo aceptaba entero. Las insulsas cremas de trigo verde, las sopas de avena, las pastas lechosas me arrancaban lágrimas; las grasas untuosas, el misterio blanduzco de los mariscos me sublevaban; sollozos, gritos, vómitos, mis repugnancias eran tan obstinadas que renunciaron a combatirlas. En cambio, aprovechaba apasionadamente del privilegio de la infancia para quien la belleza, el lujo, la felicidad, son cosas que se comen; ante las confiterías de la calle Vavin quedaba petrificada, fascinada por el brillo luminoso de las frutas abrillantadas, el tono más apagado de los bombones de fruta, la flora abigarrada de los caramelos ácidos; verde, rojo, naranja, violeta; yo codiciaba los colores por sí mismos tanto como el placer que me prometían. A menudo tenía la suerte de que mi admiración termi5 6 SIMONE DE BEAUVOIR MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL nara en placer. Mamá mezclaba peladillas en un mortero, mezclaba el polvo granulado a una crema amarilla; el color rosado de los bombones se degradaba en matices exquisitos, hundía mi cuchara en una puesta de sol. Las noches en que mis padres recibían, los espejos de la sala multiplicaban las luces de una araña de caireles. Mamá se sentaba ante el piano de cola, una señora vestida de tul tocaba el violín y un primo el violoncelo. Yo hacía crujir entre mis dientes la cáscara de una fruta abrillantada, una pompa de luz estallaba contra mi paladar con un gusto de casis o de ananá: yo poseía todos los colores y todas las llamas, las bufandas de gasa, los diamantes, los encajes; yo poseía toda la fiesta. Los paraísos donde corren la leche y la miel nunca me han atraído pero envidiaba las casas de caramelo: si este universo en que vivimos fuera totalmente comestible, ¡qué fuerza tendríamos sobre él! Adulta, hubiera querido comer los almendros en flor, morder en las peladillas del poniente. Contra el cielo de Nueva York las luces de neón parecían golosinas gigantes y me sentí frustrada. Comer no era solamente una exploración y una conquista sino el más serio de mis deberes. "Una cucharada para mamá, una para abuelita... si no comes no crecerás." Me ponían contra la pared del vestíbulo, trazaban al ras de mi cabeza una raya que confrontaban con otra más antigua: tenía dos o tres centímetros más, me felicitaban, yo me enorgullecía; a veces, sin embargo, me asustaba. El sol acariciaba el piso encerado y los muebles pintados de blanco. Yo miraba el sillón de mamá y pensaba: "Ya no podré sentarme sobre sus rodillas." De pronto el porvenir existía; me transformaría en otra, qué diría yo, y ya no sería yo. Presentí todos los rompimientos, los renunciamientos, los abandonos, y la sucesión de mis muertos. "Una cucharada para abuelito..." Sin embargo, comía y me enorgullecía de crecer; no deseaba ser siempre un bebé. Debo de haber vivido ese conflicto con intensidad para recordar tan minuciosamente el álbum donde Louise me leía la historia de Carlota. Una mañana Carlota encontraba sobre una silla junto a la cabecera de su cama un huevo de azúcar rosada, casi tan grande como ella: a mí también me fascinaba. Era el vientre y la cuna y, sin embargo, una podía comerlo. Como rechazaba cualquier otro alimento, Carlota se achicaba de día en día, se había vuelto minúscula: estaba a punto de ahogarse en una cacerola, la cocinera la tiraba por descuido en el tacho de la basura, una rata se la llevaba. La salvaban; asustada, arrepentida, Carlota comía tan glotonamente que se hinchaba como un odre: su madre llevaba a casa del médico a un monstruoso globo. Yo contemplaba con juiciosa apetencia las imágenes que ilustraban el régimen recetado por el doctor: una taza de chocolate, un huevo pasado por agua, una costillita dorada. Carlota recobraba sus dimensiones normales y yo emergía sana y salva de la aventura que me había reducido a feto y me había transformado en matrona. Seguí creciendo y me sabía condenada al destierro: buscaba auxilio en mi imagen. Por la mañana, Louise enroscaba mi pelo alrededor de un palo y yo miraba con satisfacción en el espejo mi rostro encuadrado de largos rizos: las morenas de ojos claros no son, según me habían dicho, una especie común y yo ya había aprendido a considerar preciosas las cosas singulares. Me gustaba a mí misma y me gustaba gustar. Los amigos de mis padres alentaban mi vanidad: me alababan cortésmente, me mimaban. Yo me acariciaba contra las pieles, contra los vertidos sedosos de las mujeres; respetaba más a los hombres, sus bigotes, su olor a tabaco, sus voces graves, sus brazos que me levantaban del suelo. Me importaba particularmente interesarles: tonteaba, me agitaba, acechando la palabra que me arrancaría de mis limbos y me haría existir, de veras, en el mundo de ellos. Una noche ante un amigo de mi padre rechacé con terquedad un plato de ensalada cocida. Sobre una tarjeta postal enviada durante las vacaciones él preguntó con ingenio: "¿Siempre le gusta a Simone la ensalada cocida?" La letra escrita tenía a mis ojos aun más prestigio que la palabra: yo exultaba. Cuando nos encontramos con el señor Dardelle en el atrio de Notre Dame des Champs, yo esperé bromas deliciosas; intenté provocarlas: no hubo eco. Insistí; me hicieron callar. Descubrí con despecho lo efímero de la gloria.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Negri, emblema de la Filosofía Militante

 

 

Hoy despedimos a un combatiente de las ideas emancipatorias en todo el mundo.

Negri expresa el último capítulo de una larga lucha que viene del siglo XX, retoma el comunismo nacido al calor de la lucha obrera europea del siglo XIX y trata de pensar la nueva composición técnica y política de clase en este siglo XXI. Sus relecturas de Spinoza y Marx resultaron tan polémicas y fecundas como sus hipótesis sobre las nuevas dinámicas laborales y urbanas de estos tiempos.

Estas semanas en que me encuentro leyendo y trabajando sobre la obra de Althusser, encontré con sorpresa un texto de Toni sobre Louis, muy pujante, muy creativo, muy amoroso, en donde traza puentes ente el marxismo de lectura sintomal francés y el marxismo operaista italiano. Siempre se liga a Negri con sus compañeros de ruta Deleuze y Guattari, pero resulta más extraña (y muy productiva en términos teóricos) esta otra combinación.

Las lecturas de Negri siempre me fascinaron, sobre todo por los desacuerdos y por el modo militante de escribir sobre filosofía política. Me veía envuelto por una pasión compartida y por una divergencia programática. ¡Qué lindo cuando eso sucede! Uno se encuentra amando y discutiendo al mismo tiempo un texto, un autor, una serie de ideas.

Negri nos hereda, sobre todo, creo, la idea de Punto de Vista de la Lucha Proletaria. Desde ahí hay que pensar, escribir, vivir, es decir, amar y odiar, pelear y crear.

Qué mejor que despedirlo leyéndolo, recomendando su lectura. Había empezado y dejado y separado en estos días para el verano el primer tomo de su autobiografía, “Historia de un comunista”, de donde extraigo este breve extracto que comparto, por sus resonancias con la actualidad:

 

“La situación está bloqueada. Toni ha comprendido que hay que empezar de nuevo, reconstruir el movimiento obrero desde abajo, participando en las luchas, convencido de que muchos otros veían las cosas como él y obraban en consecuencia… Había que armarse de valor, dotarse de un nuevo método de lectura de las luchas…”.

 

Como nos gusta decir desde América Latina:

“Hasta la victoria, ¡siempre!

Patria o Muerte

Venceremos”

viernes, 8 de diciembre de 2023

La comunidad de los idiotas y la lucidez de Lars Von Trier

 

 


Hace poco volví a ver “Los idiotas”, después de dos décadas de haberla visto por primera vez y la sensación que me dejó es que, más allá de los cambios acontecidos en el mundo –y sobre todo en América Latina– en estos veinte años, en términos culturales, el film de Lars Von Trier conserva una profunda vigencia. Aun hoy adeudo leer “El idiota” de Dostoievski y ver si existe alguna relación entre novela y film.

La película fue presentada en Cannes en 1998 y es la segunda entrega del movimiento conocido como Dogma 95, el movimiento danés que puso eje en filmar sólo con luz natural, sin sonidos mezclados, sin decorados ni maquillajes, con cámara en mano.

En este caso, “los idiotas” son un grupo de personas lideradas por “Christoffer” (Jens Albinus), quien se hacen los “retrasados”, en su búsqueda por incomodar a las personas “normales”, cuestionar los propios parámetros de normalidad, y sus hipocresías. El juego como forma de rebelión, como modo de correr los límites de lo que se admite como posible. La utopía de una vida sin límites, como aquella que experimentan los miembros del grupo, pongamos por caso, singularmente, al sacar afuera a su idiota interior, o colectivamente, con la experiencia sexual orgiástica que protagonizan.

¿Pero qué pasa cuando alguien que finge un retraso mental se cruza con quienes verdaderamente se encuentran en esa situación? ¿Cuánto puede durar una grupalidad sosteniendo esa posición sin entrar en conflicto, una vez que cada quien a entrado en conflicto consigo mismo?

El film nos enfrenta a nuestros propios fantasmas: a los que aparecen cuando nos vemos frente a lo deforme, lo sucio, lo extraño, todo aquello que “la gente de bien” rechaza de los cuerpos cuando tienen algo distinto al parámetro que instaura la norma.

La felicidad de la idiotez y el sufrimiento descarnado de la normalidad se expresa de modo magistral en el personaje de “Karen” (Bodil Jorgensen, también protagonista de “Contra viento y marea”) sin lugar a dudas la heroína (o la anti-heroína), de este film conmovedor en todos sus sentidos: es su temple y su mirada (además de su historia) la que nos colocan en situación de conmoción.


lunes, 27 de noviembre de 2023

“Paris, distrito 13 ”: breve recomendación de un film francés



Hermosa peli “Paris, distrito 13 ”, filmada en un potente blanco y negro, bajo dirección de Jacques Audiard, sobre la base de tres novelas gráficas breves del historietista estadounidense Adrian Tomine, adaptadas en un trabajo en el que participó Céline Sciamma.

Centrada en la geografía del clasemediero Distrito 13, los cuatro personajes protagonistas pertenecen a distintas novelas de Tomine y son interpretados por Lucie Zhang, Makita Samba, Noémie Merlant y Jehnny Beth: Émilie, de familia china, quien deja sus estudios de Ciencias Políticas y pasa a trabajar en un call center; Camille, hijo de inmigrantes africanos, quien prepara su posgrado en Literatura Francesa, y terminando alquilando una habitación en la casa de Émilie; Nora, quien abandona sus estudios de derecho para trabajar en una inmobiliaria, administrada por Camille; y Amber Sweet, trabajadora sexual de la era digital, quien vende contenido por internet.

La sensualidad, el erotismo, la soledad, los vínculos sexo-afectivos entre desconocidos, el amor, la amistad, la crisis existencial, la precarización laboral, la monotonía, la inmigración, el aburrimiento, lo efímero, el hastío como temas centrales de un film que no le escapa a la incomodidad de las vidas en nuestra época.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Después del ballotage- Encuentro virtual

 

“Filosofía Militante y coyuntura nacional”


 

Una nueva etapa se abre en la Argentina.

Estamos en plena transición. No sabemos muy bien aún hacia donde, pero podemos intuirlo.

Reina la incertidumbre, la angustia, la tristeza, la bronca, la desolación, según los casos. A veces todo eso junto.

¿Qué hacer? ¿Cómo posicionarnos en este escenario?

Amanecimos este 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional, con declaraciones del presidente electo haciendo referencias a las privatizaciones, esas que conocimos en los años noventa durante el menemato, que condenaron a la Argentina a la dependencia y a sus mayorías a un empobrecimiento generalizado. El mismo personaje ya se había referido a las Malvinas como un territorio que no era argentino, y alabó a Margaret Thatcher, imperialista británica y emblema de la ofensiva neoliberal sobre los pueblos del mundo en esta nueva era del realismo capitalista.

Javier Milei y su vice, Victoria Villarruel, haciendo gala de nagacionismo respecto del terrorismo de Estado, esgrimiendo declaraciones que equiparan la justicia social a una aberración y la democracia a “dictadura de las mayorías” asumirán sus funciones el 10 de diciembre, Día de los derechos humanos.

Con un triunfo de 11 puntos de diferencia sobre Unión por la Patria, esta nueva alianza entre el PRO y La Libertad Avanza triunfó en 21 de las 24 provincias del país.  ¿Qué es esto? ¿Cómo seguir?

Para conversar sobre estas y otras cuestiones políticas entre militancias populares y activistas, docentes y estudiantes, pensadorxs críticxs y comunicadorxs del amplio campo nacional, popular, progresista y de izquierda, nos convocamos a este encuentro virtual.


 Martes 21 de noviembre, de 19 a 21 horas

COORDINACIÓN: Mariano Pacheco

Solicitá el link a Zoom por msj privado o por correo electrónico a: profanaspalabras@gmail.com