martes, 2 de octubre de 2012

De Córdoba al conurbano (primera parte)


Pepe y Lili estaban muy entusiasmados con su reciente incorporación a la Juventud Universitaria Peronista. Pero los efectos del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 los hizo emigrar hacia Capital Federal, y luego, hacia el sur del Conurbano, donde continuaron con sus actividades dentro de la organización Montoneros. Allí se conocieron, e iniciaron una historia de amor que perdura hasta el día de hoy.


Por Mariano Pacheco. Publicado en http://www.marcha.org.ar

Para cuando se produce la asunción de la Junta de Comandantes, Pepe era estudiante en la Facultad de Matemática de la Universidad Nacional de Córdoba. Estaba en cuarto año de la carrera de Astronomía, y venía muy embalado con su participación en la militancia estudiantil del año anterior. En 1975, con un año ya transcurrido desde la muerte de Perón, se decidió a integrarse al peronismo revolucionario, luego de discutir sus ideas de izquierda con algunos militantes de la facultad, que se definían más de izquierda que peronistas a la hora de dar cuenta de su pertenencia al interior de la “izquierda peronista”. La agrupación de la que participaba, integrante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), había ganado el Centro de Estudiantes, así que a pesar de los golpes de la represión, y de la ilegalidad de muchos cuadros de la organización –que habían pasado a la clandestinidad en septiembre de 1974– la actividad política legal, abierta, era intensa. “Éramos unos 120 alumnos de la agrupación en toda la facultad. Hacíamos un trabajo muy bueno, sobre todo de investigación. Entro a militar con Daniel, que después lo mató Menéndez en Córdoba, luego de un secuestro. Mi primer acto de militante fue tomar la facultad de arquitectura. Hacíamos pegatinas, pintadas, nuestra militancia no pasaba más de eso”.
El golpe de marzo del 76 lo cambió todo. En el país, en la provincia, y también en su vida personal. Durante esas semanas –abril, mayo, Pepe no lo recuerda con precisión– la conducción de JUP-Córdoba –que era, a su vez, la conducción regional de Montoneros– comienza a reunirse en el departamento de Ludmila, su compañera, que vivía en el departamento de arriba de su casa. Para entonces, las estructuras de Montoneros en la ciudad de Córdoba ya estaban muy golpeadas, producto de la represión ilegal desatada por el Comando Libertadores de América durante todo el año anterior. Así y todo, seguían con sus actividades... al menos hasta julio, cuando la dictadura les provocó un golpe del que no podrían recuperarse: toda la conducción de JUP cae en un allanamiento al departamento de Ludmila, ubicado en el centro de la ciudad. “Cuando cae esa casa me tengo que abrir, dejar la facultad, pasar a la clandestinidad, obviamente. Nos quedamos en Córdoba hasta octubre. Porque la decisión que se toma a nivel nacional fue que los compañeros que éramos ilegales nos fuéramos a Buenos Aires. Nos fuimos en tres camadas, eramos muchísimos compañeros. Creo que yo viajo en la segunda camada y cuando llego allá me encuentro con que había 30 compañeros de Córdoba que yo no conocía”. Entre esos militantes se encontraba Lili.
También Lili había empezado a militar en 1975. Entonces había iniciado su primer año de la cerrera de Psicología, al igual que Pepe, en la Universidad Nacional de Córdoba. Fue a través de un grupo de amigos que se incorporó a la JUP. “En realidad éramos un grupo de adolescentes que nos sentábamos a tocar la guitarra y a leer a Marx y a Lenin. Teníamos entre 16 y 18 años. Eramos un grupo que fue creciendo y potenciando sus conocimientos y compromisos políticos e ideológicos. En aquel entonces estaban Pablo, que desapareció teniendo 19 años. Él militaba en la UES, y fue un poco el líder del grupo, junto con su hermano y otros compañeros. Yo era medio zurda, así que se me planteaba dilema: ¿PRT o Montoneros? Tenía un lío bárbaro. Pero después, charlando con Pablo, él me convenció, y me introdujo en Montoneros”.
Poco a poco Lili fue cambiando su visión acerca del peronismo, y luego de varias charlas con Pablo, que le inisitía en que tenía que valorar más esa identidad política del pueblo, fue acercándose a otro tipo de posiciones, de izquierda, pero con una orientación más plebeya. “Él empezó a traerme libros, revistas, y yo leía y leía. Así que ahí ingreso en la JUP y enseguida fui elegida delegada de curso. Eso fue a principios de 1975. Para fin de año, ya era ilegal, y estaba en el aparato militar”.
En el medio sucedió que su casa comenzó a utilizarse para realizar reuniones, porque estaba en pleno centro de Córdoba y quedaba a mano para todos los que participaban. Unos 20 militantes conocían su casa, más otros tantos colaboradores del Hospital Córdoba, donde trabajaba. Hasta entonces, si bien había ido asumiendo cada vez más responsabilidades con el correr de las semanas y los meses, era legal. Pero uno de esos días, Claudio, un compañero de trabajo que estudiaba Medicina y también militaba en Montoneros, ese  muchacho que la conocía de la organziación y se había sorprendido al verla con el guardapolvo blanco caminando por los pasillos del hospital, un día no volvió a su casa, y de la noche a la mañana dejó de ir a trabajar. “Tenes que dejar tu casa y el laburo. Te tenes que levantar”, le dijo su responsable. Desde entonces, Lili dejó de estudiar psicología, y pasó a formar parte de ese amplio contingente de militantes que vivían en la ilegalidad.
“Y ahí fui a vivir a una casa en la que se suponía que vivían dos personas, pero a la noche dormíamos siete. Había como tres guardados ahí. Córdoba era muy chico y las pinzas se hacían en los puentes. No se podía pasar de un lugar a otro. Encima sabíamos que La Gringa, una compañera que había caído, salía en un Ford falcon a señalar compañeros por la calle, que eran inmediatamente secuestrados y torturados, y de quienes no se sabía más sobre su paradero”. Así vivió durante un tiempo: asistiendo a las citas con una cápsula de cianuro en su boca –“estábamos dispuestos a matarnos, para no caer con vida en manos del enemigo, porque nadie sabía cómo podía sobrevivir a la tortura sin límite–, saltando de casa en casa, hasta que su nombre apareció en la lista de militantes que serían trasladados a Buenos Aires.
En Capital conoció a Pepe, se reencontró con varios compañeros y compañeras de la JUP-Córdoba y comenzaron a moverse juntos para todos lados. Era como estar en familia, aunque no en casa. Pero ese “estar como en casa” los llevó a relajar las medidas de suguridad, cuando no a dejar de cumplirlas. La caída de unos cuantos cordobeces, luego de que asistirean todos juntos a la cancha a ver un partido de Talleres, llevó a sus responsables a pedir el translado, cada uno para lugares diferentes. “En la cancha se cantaba la marchita peronista –recuerda Pepe–. Los compañeros se entusismaron y le agregaron la parte de Montoneros. En el momento no pasó nada, peor a la salida los secuestraron a todos”. 
Eso fue a fines de 1976. A principios de 1977 Pepe y Lili llegaban al sur del Conurbano (continuará…).


sábado, 29 de septiembre de 2012

Mariano Ferreyra: ese loco que corrió delante de una mariposa


Por Mariano Pacheco. Mariano Ferreyra fue un “bichito colarado”, uno de esos “zurdos locos” que se animaron. Unas líneas en homenaje a otro de los tantos jóvenes que apuestan por gestar con sus luchas una nueva cultura sindical, en el marco de las actividades culturales que en estos días se vienen realizando para exigir justicia por su asesinato.


Cuentan que Mariano dio sus primeros pasos en la militancia en torno a las movilizaciones y actividades exigiendo juicio y castigo a los responsables materiales y políticos de la Masacre de Avellaneda. Casi una década después fue asesinado muy cerquita de donde fueron asesinados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
El asesinato de Mariano Ferreyra a manos de la patota sindical ferroviaria (el 20 de octubre de 2010, en Barracas, luego de que los obreros ferroviarios “tercerizados” del Roca protagonizaran una protesta sobre las vías, a unos cuantos metros nomás de la actual Estación Darío y Maxi, ex Avellaneda), volvió a poner en discusión un tema que cada tanto, en los últimos años, fue apareciendo en la agenda política nacional: que una nueva corriente viene emergiendo, desde abajo, en el interior del históricamente denominado movimiento obrero organizado. Una  tendencia sindical de base (o como se lo quiera denominar), que pone el foco en los legados clasistas, que promueve la participación y la democracia desde otras lógicas que las tradicionales. En fin, un sindicalismo que no subordina los intereses de la clase que vive del trabajo a intereses ajenos.
¿Puede decirse que una nueva cultura sindical se está gestando en nuestro país? Es difícil de afirmar, puesto que los intentos de crear un sindicalismo de nuevo tipo fueron y son bastante puntuales, y la promesa que conquistó corazones a mediados de los 90, cuando emergió la CTA, no llegó a desarrollarse en forma masiva en sectores clave del mundo laboral. Hoy en día, con dos CTA y dos o tres CGT (sin contamos la impresentable CGT Azul y blanca conducida por el gastronómico Luis Barrionuevo), parece difícil imaginar una recomposición masiva de un pujante movimiento sindical en el corto plazo.
Así y todo, aquí y allá, poco conocidas las más de las veces, surgen experiencias sindicales de este tipo, promovidas por mujeres y hombres que no se conforman con el mundo que habitan, y que no se resigan ante el modelo sindical dominante. Uno de ellos fue Mariano Ferreyra. 
Su asesinato, que movilizó la solidaridad de miles de personas, también puso sobre el tapete la discusión sobre la organización de los trabajadores y sus derechos a reclamar mejores condiciones laborales. Es decir, puso en boca de todos lo que ya todos sabíamos: que en este país, la mitad de los trabajadores están precarizados, es decir, son considerados trabajadores de segunda o de tercera (y eso se expresa no sólo en sus salarios, sino también en una mayor extensión y peores condiciones en la jornada laboral). ¿Qué posibilidades puede tener un trabajador, de ser parte de un mundo que no esté tomado por la explotación diaria, si trabaja cada día diez o doce horas, con un franco semanal, muchas veces rotativo? ¿Qué posibilidades si apenas gana para sostener los gastos más elementales y suele viajar en pésimas condiciones, sumando al desgaste de la jornada laboral el cansancio del tiempo y las condiciones en las que viaja?
De allí que no sea redundante remarcar, una y otra vez, que este tipo de luchas, las que terminan con la incorporación de los trabajadores tercerizados a los convenios colectivos de trabajo, no son meras “luchas económico-reivindicativas”, sino que aportan también a un proceso en el cual los trabajadores pueden ser parte de otras dinámicas sociales que exceden las de la mera reproducción.
Así y todo, después de la muerte de Mariano, el sindicato ferroviario hizo paros sorpresivos… ¡manifestándose en contra de la lucha de sus bases y solidarizándose con los imputados en la causa!
No voy a detenerme en el proceso judicial, que involucra no sólo a quienes dispararon las armas (Cristian “Harry” Favale, barrabrava de Defensa y Justicia, de 36 años, y Gabriel “Payaso” Sánchez, ex barra de Racing y guardatrén de la ex Roca, de 33), sino también al secretario general de la Unión Ferroviaria, José Pedraza. Causa que señala que estos tipos “sabían y querían” herir y matar “y emplearon los medios adecuados para ello”, según declaró la fiscalía ante los medios de comunicación en su momento. Es decir, que actuaron con un claro “acuerdo previo”, convocados y organizados por delegados de la Unión Ferroviaria (UF) en el ataque a los trabajadores tercerizados de la ex línea Roca y los militantes de agrupaciones políticas que intentaban cortar las vías en reclamo. Las relaciones entre estos grupos y la dirección del sindicato es lo que se buscó desde un principio poner sobre la mesa, para que quienes mandaron a apretar el gatillo no quedaran impunes.
A veces, Argentina hace gala de su capacidad para sostener una aguda “memoria histórica”. Otras, sobre todo cuando se trata del pasado reciente, pareciera que la amnesia se apodera de todos sus habitantes, o al menos, de gran parte de ellos.
¿Hemos olvidado ya que un año antes del crimen de Mariano, la CGT debió suspender un acto a Plaza de Mayo, luego de que su secretario adjunto, el metalúrgico Juan Belén, hubiera lanzado una frase digna del sindicalismo ortodoxo de los ’70? Causó gracias, es cierto, pero fue una frase preocupante. “Esa zurda loca que manejan desde afuera”, declaró en un programa radial. Los periodistas entendieron que se refería a Elisa Carrió, pero enseguida Belén los corrigió. “No, no. A la CTA. La CTA es la Cuarta Internacional”, enmendó el número dos de la UOM. (Página/12, viernes, 13 de noviembre de 2009).
Así piensan estos tipos, los que mataron a Mariano. Los que dirigen gran parte de los sindicatos. Pensamientos y dichos que llevaron a que sectores del propio kirchnerismo (entonces aliado con una monolítica CGT), salieran a marcar sus distancias. Un caso que recuerdo ahora es el de Horacio González, uno de los referentes de la oficialista Carta Abierta, actual director de la Biblioteca Nacional, además de sociólogo y ensayista, quien (a diferencia de las canalladas escritas por supuestos progres como José Pablo Feimann), escribió en un artículo titulado “Autoretrato de un matón” (Página/12, martes 16 de noviembre): “¡Qué palabras! Las había escuchado antes, pero ahora se las decían con ganas [se refiere a frases como “son troskos”, “bichitos colorados”]. Había urgencia y sentido. Cómo refulgen esos dichos. Troskos. Bien pronunciados, como la pronuncian los muchachos, como en un exorcizo o un ritual de inmolación, ¿cómo va a ser un problema encajarles un estocada, un cohetazo? Bichitos colorados... hasta es tierna esta expresión, pero sabemos lo que quiere decir... Los que hablan son nuestros sabios del estruje y el aporreo; el pibe del tattoo, el delegado que hace reír cada vez que dice zurdaje, y lo dice cada dos por tres”.
Por supuesto, esos muchachos tan poco amigos (de sindicatos tan poco amigos) para quienes “la zurda loca” es un mal a erradicar, dieron su estocada aleccionadora, y  ataron a Mariano.

Su asesinato, esos dichos, me hicieron recordar un poema que había leído alguna vez: “Testa adorada”, incluido en un libro que lleva por título Conejos en la nieve. Su autor: Eugenio Mandrini. El poema dice así: “Nadie conoce a los locos como yo/ Por ejemplo: si un loco corre delante de una mariposa es/ porque le está abriendo paso/ ante la proximidad de una tormenta/ si un loco mueve los dedos en el aire como si/ le ardiesen las uñas, es porque/ le está tejiendo un nuevo día... Suele decirse que de noche los locos gritan,/ cuando lo cierto es que cantan...”.
Mariano Ferreyra, sí: uno de esos pibes de la “zurda loca”; un pibe que corrió delante de una mariposa, en la búsqueda por llenar de colores el grisáceo mundo que habitamos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Entre los profetas del odio y las ilusiones desesperadas

Nota publicada en http://www.marcha.org.ar/


Por Mariano Pacheco. ¿Y las izquierdas? Todo indica que mañana viernes las cacerolas y bocinas sonarán con fuerza una vez más en Buenos Aires y otras importantes ciudades del país. Luego de la manifestación del jueves pasado, sea para refutar y deslegitimar como para ensalzar y darle manija, las polarizadas expresiones del periodismo vernáculo no han dejado de abordar este fenómeno y sus posibles alcances. Algunas líneas para aportar una mirada más, desde abajo y a la izquierda. 



Las izquierdas en Argentina se vienen encontrando en una seria dificultad a la hora de pensar en intervenciones coyunturales novedosas que no la hagan naufragar en su rumbo estratégico. La coyuntura de 2008, con irrupción de una “derecha de masas”, con fuerte capacidad de movilización y presencia extendida en las calles, rutas y plazas del país, y los tiempos que le siguieron, fueron un claro ejemplo de esta dificultad. También 2010, el año del Bicentenario y de las muertes del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra y del ex presidente Néstor Kirchner pusieron a este sector político en la encrucijada. A los sectores más tradicionales (vaya paradoja la de una “izquierda tradicional”), las férreas certezas estratégicas suelen bloquearle la posibilidad de intervenir con ingenio en coyunturas específicas que demandan un poco de imaginación y flexibilidad. Raro, pero suelen estar en las antípodas de uno de sus mentores e íconos emblemáticos: Vladimir Ilich Lenin, quien supo afirmar, en sus famosas “Cartas sobre la táctica”, que: “Ocurre muy a menudo que cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados no son capaces, por un tiempo más o menos largo, de adaptarse a la nueva situación y repiten consignas que si ya eran correctas, hoy han perdido todo sentido, tan súbitamente como súbito fue el brusco viraje de la historia”. Por eso, paso seguido, el líder bolchevique recomendaba: “Cada consigna debe ser deducida siempre del conjunto de los rasgos específicos de una situación política determinada”.
La coyuntura de 2008 provocó tantos mareos que hasta un sector de nuestra izquierda marchó junto a la Sociedad Rural, actitud que trajo como consecuencia que aun hoy se los denomine con cierta ironía como “izquierda sojera” (también, a no olvidarlo, estuvieron los “progresistas sojeros”, más patéticos aun, puesto que ni siquiera sostienen ya nada que se le parezca a una posición de izquierda). En las antípodas, el asesinato de Mariano ferreyra primero y la muerte del Señor K -parafraseando a Kafka- después, llevó a importantes sectores “progresistas”, “de izquierda” o “ex izquierdistas” a no movilizarse a Plaza de Mayo para repudiar el crimen de un militante a manos de una patota sindical pero sí a ocupar la misma plaza, días después, para posicionarse en la política nacional (a diferencia de los sectores sinceramente kirchneristas, por lo general históricamente peronistas, que asistieron y lloraron auténticamente una pérdida irreparable) y adherir luego -acríticamente- a un modelo al que poco aportan a dinamizar puesto que se han resignado a “acompañar”, comiéndose los sapos en silencio y festejando enfáticamente no sólo todo aquello que merecería ser festejado sino cada gesto esgrimido y cada palabra pronunciada.
Por su parte, los sectores que vienen desde hace una década intentando ser coherentes con el legado de las jornadas de diciembre de 2001, reactualizando sus enseñanzas ante nuevos  y desafiantes contextos, tiende a pronunciarse a veces demasiado tarde, o de manera extremadamente confusa. Si en 2008 la “Nueva Izquierda” fue capaz de indagar senderos insospechados, en la búsqueda de transitar “otro camino para superar la crisis” -con modesto acierto, sostiene este cronista, más allá de que sus postulados no se sostuvieran en el tiempo- y en 2010 se posicionó con activa solidaridad junto a sus primos lejanos trotskistas y con humilde y respetuoso silencio ante el sentido dolor de importantes sectores de nuestro pueblo y su militancia, hoy parece no encontrar las formas de expresar una activa posición que, a la vez que no desvirtúe sus rumbos estratégicos ni caiga en tacticismos oportunistas -simplificando el panorama político nacional a “modelo nacional y popular” vs “derecha”-, sí deje bien en claro que su apuesta, que tiene que ver con cambiar de modelo de país y con no buscar vanamente profundizar el de capitalismo serio -que nadie sabe bien de qué se trata-, no tiene ningún putno de contacto con las marcadas expresiones reaccionarias que se han visto expresadas en movilizaciones como la del jueves y sostenidas en medios hegemónicos durante los días siguientes, principalmente por aquellos que, de forma canalla, puesto que ven amenazados sus intereses con el posible cumplimiento de la Ley de medios, han puesto el foco en la defensa de la “libertad de expresión” en contraste con el discurso presidencial que hizo eje en el fin de la “cadena nacional del desánimo”.
Continuar sosteniendo con coherencia los intentos por refundar una política revolucionaria sobre nuevas bases, acorde con los tiempos del siglo XXI, implica -entre otras cosas- “no confundir los deseos con la realidad”, según supo expresar Carlos Olmedo, y -fundamentalmente- no confundir la voluntad con el voluntarismo.
Parece una obviedad, pero no lo es si nos detenemos a pensar por un instante en las reflexiones apresuradas que cada tanto se expresan al interior de este sector, que ponen el eje en los supuestos lugares vacíos que no se ocupan, como si gestar una perspectiva popular revolucionaria fuera soplar y hacer botellas. Los riesgos son grandes. Porque junto con la ansiedad excesiva puede venir el intento por desconocer las limitaciones históricas, los reveses circunstanciales, la temporalidad vital parcial con los tiempos colectivos de todo un pueblo, al fin y al cabo único protagonista posible de los cambios. Internalizar la lógica de quienes se pretende combatir es una de las posibles variables de momentos como el que vivimos. Decir ser muy “anti” y en realidad pensar y actuar con sus cosmovisiones.
La búsqueda de otro camino para crear un nuevo modelo país no se hará tomando cualquier atajo, ni apelando a la fracasada y tan conocida pedagogía del monólogo sabiondo, sino  transitando los pacientes senderos de la autoorganización popular, que no puede sino ser de masas. Que los caceroleros que se manifestaron el jueves hayan sido principalmente de los sectores medios (y medios altos) no es la vara para distanciarse de ellos, sino que -principalmente- lo son sus consignas y el conservador universo simbólico en el que se mueven. Lejos, muy lejos del 2001 -que tenía un proceso sostenido de luchas populares sobre sus espaldas y que contó con la movilización de importantes sectores populares y de trabajadores precarizados, al menos en la ciudad de Buenos Aires-, las paquetas vajillas de estos días se parecen más a las reaccionarias expresiones de “caceroleros” en otros sitios de Nuestraamérica, que a la novedosa experiencia del “Que se vayan todos”. Saber separar la paja del trigo es un procedimiento que las izquierdas no pueden obviar en momentos como estos.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Kusch por Falcone

 (O el hedor de América que se pone de pie) 
Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha



Por Mariano Pacheco. Hombre bebiendo luz, el documental de Jorge Falcone que se estrenó en el Espacio INCAA el pasado jueves, es un excelente trabajo cinematográfico que nos brinda la oportunidad de introducirnos en la vida de uno de los grandes pensadores de nuestro país, a la vez que repensar la actualidad nacional en una clave latinoamericanista. La historia de una actualidad...

Nota completa en http://www.marcha.org.ar

miércoles, 22 de agosto de 2012

A 40 años deTrelew. Conversaciones con Mariana Arruti


Por Mariano Pacheco. La antropóloga y directora de cine Mariana Arruti nos recibe amablemente en su casa, en el barrio porteño de Monserrat. La relación entre cine político y ciencias sociales, el juicio y el proyecto político de la generación del 70, son algunos de los temas tratados en este diálogo que Marcha mantuvo con la directora de Trelew, la fuga que fue masacre.



Primera parte:

Segunda parte:



viernes, 3 de agosto de 2012

Marilyn Monroe x Truman Capote


UNA HERMOSA NIÑA
Retrato incluido en Música para camaleones


Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.”


Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo...
MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme...
(Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.)
TC: Se te ve muy bien.
M (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro? Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un momento...
TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico.
(De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes. Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse.)
M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos.
TC: ¿Por qué?
M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir.
TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo.
M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí.
TC: ¿Aquí? ¿En la capilla?
M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana?
TC: Muy graciosa. Vámonos.
M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa.
TC: No te culpo.
M: Dijiste que se me veía muy bien.
TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein.
M: Te estás riendo de mí ahora.
TC: ¿Te parece?
M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado.
TC: Incluso yo.
M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves?
(Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.)
TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica.
M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda?
TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate.
M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé.
TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas.
M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar.
TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí.
M: No quiero ver ningún cadáver.
TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres?
M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia. Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne.
(De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y... bueno, no sé, charlar con ella”.
Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los Angeles. “Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor; quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo bueno, si alguien me preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era Marilyn Monroe en realidad, qué diría, y le dije que tenía que pensarlo.)
TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas?
M: Recuerdo. Pero no tengo dinero.
TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel?
M: ¿Quién?
TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra.
M (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo?
TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido. El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o algo así.
M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí.
TC: Sigue así y a lo mejor sucede.
M ¿Cómo paga cuando va de compras?
TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques.
M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto.
TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason. Marihuana. Preservativos.
M: ¿Para qué quiere ella preservativos?
TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe.
M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno, fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes dinero encima?
TC: Unos cincuenta dólares.
M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne.
(Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril, ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn, sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería vestirme así, verdaderamente anónima”.





Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más que los indios.”
Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo: “Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”.
Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las manos tan gordas.”
En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto, y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!”
TC: ¿Qué?
M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro.
TC: ¿Tienes ganas de entrar?
M: Bueno, vamos a ver cómo es.
(No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana, sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de entrar, luego cambió de idea.)
M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si voy a adelgazar.
TC: ¿Y la otra?
M: Es un secreto.
TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos.
M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto.
(Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.)
TC: Estoy preparado para invitarte con champagne.
(Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío, decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos altos, con cubitos adentro.)
M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible.
TC: Hablemos de tu amor secreto.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M: (risitas).
TC: (silencio).
M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces?
TC: Barbara Paley. No tiene rival.
M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando las fotos una se siente como una chancha.
TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos.
M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo.
TC: No. Está celosa.
M: Pero ¿por qué?
TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad.
M: ¿Que era verdad qué?
TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las morochas también.
M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo.
TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas?
M: ¡No! Es un escritor. El es un escritor.
TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su nombre.
M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”?
TC: La “S”. ¿Qué “S”?
M: La “S” en William S. Paley.
TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien.
M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro.
TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba.
M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder.
TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor.
M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua?
TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el escritor.
M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué?
TC: De Errol Flynn.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M (enojada consigo misma): Bueno, empieza.
TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy agradable. Si me entiendes.
M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme.
TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.) Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente, al mediodía.
M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez?
TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría.
M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo.
TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed.
M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor.
TC: Es difícil hacer tratos contigo.
M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido.
TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero.
M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados. Todavía lo amo. Es sincero.
TC: Los maridos no cuentan. En este juego.
M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero...
TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional.
M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno.
TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las miradas mataran...)
M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie... Es decir, casi nadie...
TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman...
M: ¿Irving qué?
TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado caballero para haberlo mencionado antes.
M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto es nuevo. Todo es diferente ahora y...
TC: No olvides invitarme a la boda.
M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto.
TC: Es algo que no dudo ni por un minuto.
(Por fin regresa el mozo con la segunda botella.)
M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí.
TC: Siento haberte molestado.
M: No estoy molesta.
(Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toile-tte a veces duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”. Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y peinado ese pelo brillante y finito que tenía.)
M: Espero que te quede bastante dinero.
TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces.
M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más.
TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood?
M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos.
(No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó píldoras además del champagne, y está loca ahora.)
TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima.
M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más.
TC: ¿Puedo preguntar por qué?
M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas.
TC: ¿Qué les darás? No tienes nada.
M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante.
TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde.
M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir?
TC: Seguro que a las gaviotas no les importará.
(Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en italiano.)
M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio.
M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto. Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta.
TC: ¿Quieres irte a casa?
M: Se ha arruinado todo.
TC: Te llevaré a casa.
M: Espera un minuto. Ya estaré bien.
(Así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro.)
EL HOMBRE (firme y poco amistosamente): No debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla.
M: Los perros nunca me muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama?
EL HOMBRE: Fu Manchu.
M (riendo): Oh, como en el cine. Qué amor.
EL HOMBRE: Usted, ¿cómo se llama?
M: ¿Yo? Marilyn.
EL HOMBRE: Eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo?
(Sacó una tarjeta y una lapicera. Utilizando su cartera como apoyo, ella escribió: Que Dios lo bendiga - Marilyn Monroe).
M: Gracias.
EL HOMBRE: Gracias a usted. Voy a mostrar esto en la oficina.
(Seguimos hasta el borde del muelle, donde nos pusimos a escuchar el ruido del agua.)
M: Yo solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta.
(Apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa.)
TC: ¿Cuándo alimentamos los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde, y no almorzamos.
M: Recuerda, te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda.
TC: Por supuesto, pero también les diría...
(Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?”)
TC: Yo diría...
M: No te oigo.
TC: Diría que eres una hermosa niña.


jueves, 2 de agosto de 2012

Incio de Talleres en el ECUNHI-EX ESMA

EL ARTE COMO HERRAMIENTA DE TRANSFORMACIÓN
 ECUNHI de bolsillo. Publicado en Página/12
http://www.nuestroshijos.org.ar/docs/ultimoeb.pdf

POR: Mariano Pacheco (periodista y escritor)



El taller de literatura, cine y peronismo que dictará Mariano Pacheco comenzará el martes 7 de agosto. Su arancel mensual es de $ 180 (incluye un dossier de
fotocopias y CDs) y no se cobra matrícula. Consultas e inscripción: informes@nuestroshijos.org.ar


El peronismo es el hecho maldito del país burgués, supo escribir alguna vez John William Cooke. El cine, y sobre todo la literatura argentina, no pudieron –no quisieron– esquivar el desafío de dar cuenta de él. ¿Podía ser de otra manera? Difícil, considerando que estamos ante el movimiento nacional con mayor proyección política y social  de nuestra historia. Así fue que, desde el mismo momento en que los “cabecitas negras” invadieron la ilustrada, la culta ciudad de Buenos Aires, y sin pedir permiso metieron sus patas en las fuentes de la Plaza de Mayo, hasta el día de hoy, el peronismo no ha dejado de ser un hecho político, pero también cultural, de gran envergadura. Y una fuente de inspiración de cineastas, dramaturgos, poetas, biógrafos, narradores y ensayistas que, algunas veces a favor, otras tantas en contra, incorporaron a sus obras a los “descamisados”, su líder político y su guía espiritual.
Así como en el inicio de la literatura argentina nos encontramos con la violencia y la política (tanto El Facundo de Sarmiento, como El matadero de Echeverría son piezas literarias brillantes, a la vez que documentos descarnados de cómo los intelectuales vivieron/sintieron aquellos acontecimientos políticos), con el peronismo, la dicotomía de civilización/barbarie retorna para reactualizar los nuevos conflictos de la Argentina contemporánea.
Si el 17 de octubre de 1945 quedó gradado en las letras nacionales con “El subsuelo de la patria sublevado”, de Raúl Scalabrini Ortiz, los dos primeros gobiernos peronistas darán a luz a dos grandes textos, de dos grandes escritores argentinos, marcadamente antiperonistas: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. El peronismo contado por la literatura bajo el modo de la paranoia y la burla, según supo destacar Ricardo Piglia. Es el período de las grandes transformaciones sociales, políticas y, por supuesto, también culturales. Primer voto femenino de la historia, Primer Congreso Nacional de Filosofía y reforma constitucional otorgando estatuto jurídico a la promoción de derechos sociales de la Nueva Argentina.
Esta experiencia, como se sabe, se verá conmocionada por La Revolución Libertadora, que nos será otra cosa que una profunda restitución conservadora: fusilamientos, bombardeos y proscripciones, que darán paso a la denominada resistencia peronista. Proceso que abrirá paso, a su vez, a una radicalización de las formas de lucha, de los discursos y las estrategias políticas. La emergencia de la figura de Cooke y el peronismo revolucionario, tampoco quedarán fuera de la literatura y el cine. La aparición en la escena de Rodolfo Walsh, la politización de su escritura y su peronización creciente, serán una expresión auténticamente generacional. Libros como Operación masacre y ¿Quién mató a Rosendo? anticiparán aquello que pasará a llamarse No Ficción en la literatura universal, teniendo en cuenta que aquí marcó además un quiebre no sólo artístico sino también político. Películas como Los traidores, de Raimundo Gleyzer, o la propia adaptación que Jorge Cedrón realizará de Operación masacre, cambiarán la fisonomía y la mirada del cine nacional.
Por último, la reescritura de la historia a través de una literatura  irreverente, abrirá paso a debates profundos, en esa relación siempre en tensión
que suele establecerse entre la literatura y la política: Osvaldo Lamborghini revolviendo los estómagos de las almas bellas con su Niño proletario, que lleva al sadismo ejercido por las clases dominantes hasta un extremo impiadoso, colocándose él mismo en el lugar del verdugo para intentar dar cuenta de lo bárbaro de los civilizados; la Evita travesti construida por Copi y la drogadicta-puta reventada con orgullo de Néstor Perlongher, son sólo capítulos de este entramado que nos lleva al debate sobre los clásicos: cómo y desde dónde leerlos. Y también,  a una discusión sobre la historia: ¿repetición de viejos dogmas o recreación de un nuevo revisionismo? En fin: en estos encuentros nos proponemos llevar adelante un recorrido por las representaciones gestadas en torno al fenómeno peronista en la literatura y en el cine. Abrir un espacio para que el deseo y el placer por la lectura atraviesen a las reflexiones que podamos entablar en un diálogo que no tiene otro objetivo que intentar revisitar  los mitos políticos fundamentales de la historia nacional.