domingo, 16 de febrero de 2014

Rodolfo Walsh: entre el Che y Perón

Notas sobre “Un oscuro día de justicia”


Por Mariano Pacheco para la revista Sudestada



Dado a conocer en 1973, escrito por Walsh en noviembre de 1967, “Un oscuro día de justicia” fue el último texto de ficción publicado por Rodolfo Walsh. Según comentó el propio autor en una entrevista que le concedió a Ricardo Piglia en 1970, la inspiración para narrar esa historia surgió luego del asesinato de Ernesto Guevara en boliviana. Entonces escribió ese cuento, en un estado de “conmoción”, al ver que “El Comandante” había muerto “demasiado solo”. Son momentos en los que Walsh se debate acerca de si es capaz o no de comenzar a escribir esa novela que la “crítica” le reclamaba a vivas voces para consagrarlo como un gran escritor, según sus propios cánones.

El Guevara de Rodolfo Walsh
Días antes de terminar el cuento, Walsh había escrito “Guevara”, un artículo publicado en febrero de 1968 en la revista Nuevo Hombre. Allí asume “sentir vergüenza” por estar sentado frente a una máquina de escribir mientras otros han muerto combatiendo. Recuerda al Che y rememora su figura imponente: su humor porteño, dice, su humildad. Y desde esa imagen plantea que Guevara era un héroe, sí, pero un héroe a la altura de todos. Una concepción muy similar a la que ya había planteado, una década antes, respecto de aquellos personajes que protagonizaron la gesta narrada en Operación masacre: “No eran héroes de película, sino personas que se animaron”. De allí que no le diera vergüenza estar vivo –puesto que el deseo revolucionario es lo contrario de la muerte– sino que sintiera vergüenza frente al hecho de que Guevara haya sido asesinado “rodeado de tan pocos”. Vergüenza que, de todos modos, no será lamento, sino “nuevo punto de partida”.
En el cuento “Un oscuro día de justicia” la trama no se estructura a partir de la figura de El Che, sino en torno a una espera y una promesa: la llegada del tío Malcolm,  no para una típica visita de domingo, sino para que “trompee” al celador Gielty, verdugo de su sobrino El gato, y del resto de los niños que habitan el internado de los irlandeses, a quien Walsh denomina “el pueblo”. La espera se concreta, y hacia el final del relato, el tío Malcolm llega, por fin, y trompea al celador. La historia parece cerrar así con un final feliz. Pero no. Porque Gielty se repone y deja fuera del “ring” a Malcolm. Y allí se produce la verdadera “educación sentimental”. Escribe Walsh: “el pueblo aprendió que estaba sólo y que debía pelear por sí mismo”. Porque finalmente, “el tío Malcolm quedó como un héroe a mitad de camino”.
Queda clara la crítica que Walsh –como tantos otros– sostiene respecto de la “teoría del foco” pregonada por El Che. Pero como el propio autor sostiene en el mencionado artículo, la muerte de Guevara funciona como “nuevo punto de partida”. La crítica al foco no implica un cuestionamiento al ejercicio de la violencia popular, sino a la falta de ligazón de la vanguardia con las luchas emprendidas por las masas. Por eso Walsh va a vincularse al sector del peronismo de base, primero, y luego a Montoneros (y en Montoneros dirá, a principios de 1977, que si la teoría de la vanguardia galopa demasiado delante de la realidad, “se corre el riesgo de transformarse en patrulla perdida”). Tal vez podamos pensar la lección del pueblo del internado de los irlandeses en estrecha relación con el lema esgrimido por la CTG de los Argentinos. Central sindical que Walsh integrará, dirigiendo el periódico CGT. Consigna que sostiene: “Sólo el pueblo salvará al pueblo”.

La serie de los irlandeses
En 1965, la prestigiosa editorial Jorge Álvarez le publica a Rodolfo Walsh el libro de cuentos Los oficios terrestres, que incluye los relatos “Corso”, “Esa mujer”, “Fotos”, “El soñador”, “Imaginaria” e “Irlandeses detrás de un gato”.
Este último relato inaugura la serie de los irlandeses, ese tríptico de cuentos en los que Walsh construye un micro-mundo de chicos pobres en un internado de irlandeses. Como ha señalado Silvia Beatriz Adoue en su libro Walsh, el criptórafo. Escritura y acción política en Rodolfo Walsh, con sus personajes “demasiado terrestres”, el autor de El caso Satanowsky busca conjurar cualquier intento o ilusión de gestar un héroe épico. No es para menos, ya que la épica posible pregonada por Walsh  –como ya se ha mencionado líneas atrás– está basada en los pequeños gestos de gente común.
En este primer cuento, el eje está puesto en el proceso de inclusión de El Gato en la jerarquía del internado, que reproduce en su interior las relaciones de poder y de opresión de la sociedad capitalista (el más fuerte aplasta al más débil). No está de más recordar que Walsh era un atento lector de Roberto Arlt, para quien la sociedad –tal como analizó Oscar Massota en su clásico libro Sexo y traición en Roberto Arlt– no era más que una inmensa escalera de verdugos.
Dos años después, en 1967, nuevamente por Jorge Álvarez editor, Walsh publica su segundo libro de cuentos: Un kilo de oro, integrado por los relatos “Cartas”, “Nota al pie”, “Un kilo de oro” y “Los oficios terrestres”, segunda entrega de la serie de los irlandeses.
En la ya mencionada entrevista con Piglia, Walsh destaca –a la vez que lo tensiona– el componente autobiográfico de “la serie”:
 “…evidentemente hay una recreación autobiográfica pero, quizá, no tan estrecha como podría parecer. Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota. Porque yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año ‘37 y después en el ‘38, ‘39 y ‘40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. En este sentido hay una realidad mixta, ¿no es cierto?, porque hay un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo es la Argentina, y es indudablemente en la Argentina, es decir, hay una burla acerca de uno de los personajes, no sé si en este cuento o en cuál de los cuentos, que dice que uno de los personajes pretendía ser descendiente de reyes y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está, está porque estaba, el mundo se vivía así, doblemente...”.
En esta segunda entrega de la serie comienza el verdadero proceso de “construcción de un pueblo”. La historia gira aquí en torno a la ayuda que El Gato le ofrece a un internado más débil que él, rompiendo así la lógica de la “escalera de verdugos”, y pregonando una verdadera “ética de los pequeños gestos de la gente común”.
“Hay una evolución en los cuentos”, insiste Walsh en la entrevista con Piglia. “Aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser”.
Queda claro entonces por qué esa “épica posible”, protagonizada por “seres comunes” y gestada a base de “pequeños gestos”, será la gran lección que puede leerse en “Un oscuro día de justicia”.

Literatura, política y periodismo
“Un oscuro día de justicia” es un cuento escrito en un momento bisagra del autor. Tal como deja asentado en su diario el 3 de mayo de 1972, su relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mistificación hasta 1967, “cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela” y de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, “cuando la tarea política se vuelve una alternativa”.
Esta simple anotación da cuenta de un importante paréntesis literario que va a producirse en la escritura de Walsh. Porque si bien su preocupación por la literatura no dejará nunca de estar presente, y durante su último año de vida comenzará a intentar escribir nuevamente ficción, el hecho es que desde el Cordobazo y hasta el Golpe de Estado de marzo de 1976 no va a producir ficción, sino que todo lo que va a escribir será en función de su militancia política: la experiencia en el periódico CGT, el Semanario Villero, el diario Noticias... Sólo excepcionalmente realizará alguna colaboración específicamente “periodística” en Panorama, La opinión, Georama y Siete días, pero rápidamente se da cuenta de que el trabajo que le insume cada nota no se corresponde con el dinero que cobra por su publicación.
Ese mismo día y en la misma línea, Walsh anota en su diario:
“La desvalorización de la literatura tenía elementos sumamente positivos: no era posible seguir escribiendo obras altamente refinadas que únicamente podía consumir la intelligentzia burguesa, cuando el país comenzaba a sacudirse por todas partes. Todo lo  que escribiera debería sumergirse en el nuevo proceso, y serle útil, contribuir a su avance. Una vez más, el periodismo era aquí el arma adecuada”.
De todos modos, aclara: “quedaba sin embargo una nostalgia, una posibilidad entrevista de redimir lo literario y ponerlo también al servicio de la revolución”.
Por supuesto, entre la publicación de Los oficios terrestres y “Un oscuro día de justicia” Walsh había escrito ese maravilloso libro titulado ¿Quién mató a Rosendo?, pero como él mismo aclara, “la línea Operación masacre era una excepción”, porque no estaba concebido ni fue recibido como literatura, sino como periodismo, como testimonio y denuncia. Y esto será central, porque más allá de sus intenciones, Walsh está entonces extremadamente preocupado por las formas en que es recibida la obra de ficción, y por quienes es leída. Por eso un mes después de esas anotaciones en su diario, en una entrevista que el suplemento cultural del diario La opinión le hace junto a Miguel Briante, Walsh dirá que la clásica pregunta teórica ¿Para quién estoy  escribiendo?, sigue siendo entonces decisiva. Y pone como ejemplo al ensayista, contraponiéndolo un poco al escritor de ficción. “¿Por qué es difícil el problema del narrador en esta perspectiva y no es tan arduo el problema del ensayista político? Creo que hay una cuestión de trasmisión, y de cómo lo que vos querés decir o decías puede llegar. Por ejemplo: para que las ideas de [Juan José] Hernández Arregui o de [John William] Cooke lleguen a tener influencia en las bases populares, no es necesario que las lean miles de trabajadores. Basta con que los lea un cuadro político lúcido, que esté en contacto –eso sí– con cientos de trabajadores, para que esas ideas lleguen nítidamente al pueblo. Pero la situación nuestra es otra”.
Como puede verse, la opción estético-política por el periodismo de investigación, el testimonio y la denuncia, tienen su base en una profunda reflexión en torno a la literatura y su papel histórico.
Por supuesto, ésta no es una cuestión personal, una preocupación aislada en la persona de Rodolfo Walsh. Es una discusión que estaba instalada desde hacía ya unos años, y que se profundizará con el avance de las luchas de las masas populares en nuestro país.
Nuevamente, en la entrevista realizada por Piglia, pueden rastrearse algunas definiciones cruciales de Walsh:
“Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable”.
Por supuesto, la discusión es tal no solo por las distintas posiciones que los escritores, los intelectuales de la izquierda argentina tienen en ese momento, sino por el desgarramiento que la problemática genera en el propio Walsh, quien paso seguido afirma:
“De todos modos no es tarea para un solo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten”.
Como puede verse, Walsh oscila entre una posición y otra. Problematiza sus propias concepciones y definiciones, sus propias prácticas. En sí se concentran además las tensiones de quien cultiva, a la vez que una militancia y una intervención política desde el periodismo, una mirada que entiende que la literatura no puede ser un equivalente del documental. Está claro que en literatura, Walsh está más cerca de Borges que de Viñas.
Tal vez por eso “Un oscuro día de justicia” haya sido uno de sus últimos textos de ficción escritos antes de sumergirse de lleno en la militancia revolucionaria, en la cual desempeñó importantes tareas clandestinas.
Parte de estas definiciones pueden rastrearse también en un importante artículo de Francisco Urondo (“Escritura y acción”), publicado el 8 de agosto de 1971 en La opinión literaria. Allí “Paco” plantea que la novela –al menos la nacional– pareciera estar atravesada entonces por una serie de dificultades,  como género, entre otras cuestiones, por la gran presión política que ejerce el contexto. Paco logra dar cuenta, a través de su postura, de una posición generacional. Cita la voz de importantes escritores, como Manuel Puig, Haroldo Conti, David Viñas, Germán Leopoldo García, Nicolás Casullo, Miguel Briante y Jorge Carnevale.
Carnevale, por ejemplo, sostiene que “para el escritor con aspiración política, la solución de la dicotomía entre literatura y política puede darse en el pasaje de la tarea individual y reconocida, la tarea de propiedad privada, a una tarea anónima colectiva; en última instancia, clandestina”. Conti, por su parte, afirma que “la presión de los hechos –a lo mejor algunos sentimientos de culpa– parecen conducir hacia una literatura de testimonio; por ese lado podría buscarse una salida a la crisis de la narrativa…En este momento, quizás lo que tenga vigencia sea una novela de tipo testimonial; hay que buscar formas más vitales, más rápidas…”. García, asimismo, plantea que “hay una crisis en la forma tradicional de leer novela” y que esa crisis “aparece en un momento político donde la lectura de la realidad pasa por otro tipo de textos: ensayística, economía, política, etcétera”. Lo mismo asevera Casullo: “El escritor debería asumir otro tipo de escritura, no la escritura de ficción solamente. Pero en este momento, el escritor que asume la participación en el proyecto de cambio social debe encontrar los espacios de la palabra escrita más eficaces para colaborar en ese proyecto”. Y Briante remata: “si escribir supone una actitud lúcida con respecto a la realidad, está bastante claro que la realidad lleva a sentir la necesidad de reaccionar políticamente y descubrir que la novela no es una de las armas más eficaces para la acción. Una novela no es una ametralladora”.
Walsh, queda claro, cambió la posibilidad de escribir una novela sobre el proceso revolucionario argentino –como se había planteado– para fundirse con él. La serie de los irlandeses –además de Operación masacre y ¿Quién mató a Rosendo?, que también pueden ser leídos como novelas– son lo más parecido a una novela que Walsh nos legó.
Resulta paradójico, pero “Un oscuro día de justicia”, el cuento que Walsh escribió en 1967, pensando en Guevara, en la soledad de un líder sin masas, en el fracaso de la teoría del foco, puede ser pensado de otro modo al momento de su publicación, en 1973, en una coyuntura en donde el peronismo ocupa el centro de la escena política nacional. La figura central podría ser ya no Guevara sino Perón: un líder de masas aclamado por millones. Y sin embargo, la conclusión puede llegar a ser la misma: sólo el pueblo podrá salvar al pueblo. Pero el pueblo argentino, ¿había aprendido entonces que estaba realmente solo?

La actualidad de Walsh no deja de asombrar. Su concepción de la heroicidad no puede ser más contemporánea. Y la aseveración del cuento “Un oscuro día de justicia” no puede dejar de resonar como música para nuestros oídos: “el pueblo aprendió que estaba sólo y que debía pelear por sí mismo”. 

jueves, 30 de enero de 2014

Conversaciones con el Grupo Pan Comido Poesía

“Realidad y poesía se cruzan, porque
estamos atentos a lo que pasa en el país”

 Por Mariano Pacheco
(Diario El Argentino, edición Córdoba)

En un bar de la ciudad, dos integrantes del grupo de Poesía Pan Comido se reúnen con El Argentino para conversar sobre su historia, la edición de libros, la relación entre política y literatura y la historia reciente del país, entre otros temas.
  


Ceferino Lisboa tiene 42 años. De oficio, albañil. Es miembro fundador del Grupo Pan Comido Poesía. Alexis Comamala fue bibliotecario, y desde algunos años trabaja en una prestigiosa librería de la ciudad. Tiene 34 años, y está en el grupo desde 2006. Ambos acuden a un bar situado frente a Radio Nacional Córdoba, para conversar con este medio. Los temas se van deslizando mientras afuera comienza a vislumbrarse una tormenta que promete sacar a la ciudad del agobio climático del mes de enero.
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Los inicios
Ceferino Lisboa cuenta que el armado del grupo surgió a partir de un taller literario. Y que entre los primeros integrantes estaban Fernando Bellino, Fabricio Devalis y Sebastián Casarteli, que luego se alejó, pero que durante el último año se acercó nuevamente, no como poeta sino como fotógrafo, aportando imágenes para uno de los cuatro libros que Pan Comido editó en 2013. Las preocupaciones compartidas los fueron encontrando. “Antes de ser poetas somos lectores y teníamos muchas afinidades poéticas. Tal vez porque éramos todos de la misma edad, quien sabe, el hecho es que después del taller nos reuníamos en un barcito a conversar, a compartir los autores que cada uno venía leyendo”, rememora con cierto dejo de nostalgia.

Política y poesía
Alexis Comamala comenta que a veces el campo cultural provincial suele verlos como un grupo que hace más política que poesía, cuando en realidad, ellos piensan que hacen las dos cosas al mismo tiempo. “Ante todo somos poetas y discurrimos como sujetos políticos, más que hacer política como grupo”. Ceferino agrega que hay muchos textos de los integrantes de Pan comido en donde “realidad y poesía se cruzan, porque siempre estamos atentos a lo que pasa en este país”. Aunque aclara: “Eso sí, tratamos de no responder de manera inmediata a lo que pasa en la coyuntura. Intentamos sostener una mirada crítica de la realidad política, pero desde cierta distancia”. Y finalmente remata: “Siempre hemos tomado partido”.

De Menem a Cristina
El grupo, que nació en 1998, se desarrolló en una década y media muy particular de la historia política de la Argentina. El fin del menemismo y su continuidad neoliberal en la gestión siguiente de la Alianza; la crisis de 2001 y los vertiginosos cambios de presidentes en pocos días; la salida autoritaria de Eduardo Duhalde y las tres gestiones consecutivas de Néstor y Cristina Kirchner. ¿Cómo vivieron ese proceso como grupo?
“Hacer correr lo que estábamos leyendo fue el puntapié inicial. Ver que se estaba produciendo en Córdoba. Hacer correr las cosas que se estaban escribiendo fue el primer gesto político que, como grupo de poetas, pudimos tener. Hicimos unas plaquetas y las distribuimos. Por supuesto, en el 98 teníamos una visión crítica del menemismo, y eso a veces se traducía en algunos textos nuestros y participamos de algunas lecturas públicas, donde sentábamos posición con nuestros textos”, explica Lisboa. Y luego agrega: “El 2001, tengo que decirlo, nos encuentra como grupo un poco en orsay. Porque si bien la crisis se veía por todos lados, no pensamos que iba a terminar de ese modo. Y nuestra reacción fue  muy lenta. Además personalmente nos golpeó a todos, desde lo económico. Yo era albañil, otro era librero, otro estaba por recibirse de arquitecto. Fue difícil. Y como grupo en 2002 hicimos muy poco. Participamos de algunas lecturas, pero no mucho más”. Por último, Ceferino se refiere a la década kirchnerista. “Ya durante estos últimos 10 años, bueno, fue de ir reacomodándonos. En mi casa todos son comunistas, a quienes sacaron cagando del partido. Siempre se discute. Kirchner para nosotros fue una incógnita. Lo que vimos al principio fue que llegó y  lo levantaban desde el PJ. Después vimos que había que estar atentos, acompañar lo que estaba bien, marcar lo que nos parecía mal. Tratamos de estar atentos qué pasa en el país”.

Un año intenso
Ceferino destaca que esta última década los encontró intentando hacer realidad un sueño: “editar nuestros propios libros”. Los libros de Pan Comido son editados en común con la editorial/imprenta 29 de mayo, un emprendimiento autogestivo que también desarrolla un proyecto de serigrafía. Lisboa aclaras que “la idea de editar libros fue básicamente de ellos, que confiaron en nuestros criterios estético y político y nos propusieron desarrollar este proyecto en común”. Y los califica como “gente maravillosa, que edita a todo el mundo con un mínimo margen de ganancia”. Para afrontar la dificultad económica, desde Pan Comido apuestan a que cada autor pueda hacer un bono de pre-venta, para involucrarse y salir a buscar sus lectores.
Alexis, por su parte, comenta que durante todo el año pasado se vieron absorbidos, gratamente, por tres cuestiones. En primer lugar, “la edición y presentación de Habitar el Grito. Poesía y Memoria en La Perla”. Para el libro, agrega Comamala, convocaron a “gente con más o menos trayectoria, pero todos con una profunda densidad poética”. Y cuenta que durante el año hicieron ocho presentaciones.  Sacamos cuatro libros: Marcelo Dughetti, Fabricio Devalis, Liliana Lukin y Alejandro Smith. En segundo lugar, la edición de cuatro libros de la colección “Música del lugar”. “Puede parecer poco, pero para nosotros fue mucho. Intentar sacar una edición cuidada, que el autor se involucre y que se difunda esa voz es todo un trabajo. En tercer y último lugar, “el aniversario por los 15 años del grupo, que se festejo con una actividad en Radio Nacional Córdoba, en noviembre”.
La charla va llegando a su fin. Los poetas de Pan Comido no quieren adelantar demasiado sobre los planes del grupo para 2014. Aunque Alexis Comamala comenta que están evaluando si podrán publicar otros cuatro libros más. Eso sí –aclara– hay que ver cómo nos acompaña el viento. Y también, como lo acompañamos nosotros a él”.


Poesía en La Perla
 Habitar el grito para
ejercitar la memoria


Habitar el grito. Poesía y Memoria en La Perla es un libro que reúne la obra colectiva de poetas y escritores que se proponen intervenir desde el arte en la realidad política de la provincia. La iniciativa surgió a partir una serie de encuentros de producción, reflexión y lectura de poesías realizados durante el año 2012 entre el Espacio para la Memoria La Perla, el grupo Pan Comido Poesía y el Programa Derecho a la Cultura de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). El ciclo fue bautizado con el nombre de “Habitar el grito”. A partir de la publicación de los textos en formato libro, los autores realizaron una serie de presentaciones junto a escritores y grupos culturales de la ciudad de Córdoba y del interior provincial.


 “Fichados”

El grupo Pan Comido está integrado por:
Pablo Carrizo, Fabricio Devalis, Fernando Bellino, Sebastián Cantoni, Andrés Rubino, Juan Stahli, Alexis Comamala y Ceferino Lisboa
Facebook: pan.comidopoesía


Música del lugar

Sioux, de Marcelo Dughetti, uno de los cuatro libros editados en 2013 por el Grupo Pan Comido, en el marco del trabajo conjunto con Editorial 29 de mayo. Colección: “Música del lugar”, que ya lleva ocho títulos publicados en dos años.


sábado, 18 de enero de 2014

Los Santillán
primer capítulo de
Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo
(Ariel Hendler, Mariano Pacheco, Juan Rey-Planeta, 2012)


Hoy cumpliría 33 años


Fotografía inédita, archivo familiar. Darío, en su casa de Don Orione, Claypole (Almirante Brown), en un festejo de su cumpleaños

Estaban nerviosos aquella noche del sábado 17 de enero de 1981, cuando salieron de la casa en la que vivían en Don Torcuato para caminar unas cuadras hasta la ruta 202 y tomarse el colectivo de la línea 1. Luis Alberto Santillán y su esposa Mercedes Isabel Castillo tenían por entonces un solo hijo, y vivían de prestado en la casa de un familiar. Tampoco tenían auto, algo que no estaba entre sus prioridades de ese momento, aunque sintieron su falta esa noche, mientras viajaban en el colectivo al Hospital Posadas, en Haedo. Estaban nerviosos cuando se bajaron y empezaron a caminar por la avenida Rivadavia. Mercedes comenzó entonces con los fuertes dolores de las contracciones. Estaba dentro del período indicado para el nacimiento de su nuevo hijo, que, si era varón —pensó Mercedes—, se iba a llamar Gabriel, como el arcángel.
Cuando Mercedes entró a la sala de preparto, y Alberto se quedó sentado en la otra sala, en la de espera, sintió que los nervios comenzaban a devorárselo por dentro. No era para menos, teniendo en cuenta el “susto bárbaro” que se había pegado durante el otro parto, dos años antes, el 2 de abril de 1979, cuando nació el primer hijo, Javier Norberto —llamado así en homenaje al futbolista Norberto Alonso—, con su cabeza tan ovalada que le hizo recordar al petiso Biturro, un compañero de colegio a quien cargaban precisamente porque tenía el cráneo de esa forma. “Claro, cuando después me explicaron que al bebé se le pone así la cabeza porque sale con mucho esfuerzo, pero que después se le acomoda, me quedé más tranquilo”, cuenta Alberto más de treinta años después. Pero en aquel momento se había preguntado cómo debía haber nacido Biturro, si de grande todavía tenía la cabeza así. Ahora, esos recuerdos le hicieron olvidar la preocupación por la tardanza en nacer de su segundo hijo. Pero fue sólo por un momento, porque cuando levantó la vista del suelo pudo ver a una enfermera que se acercaba hacia él con cara de preocupación.

“—¿Señor Santillán? —le dijo.
—Sí.
—Su esposa no dilata, necesito que me firme el consentimiento para iniciar la cesárea.”

Alberto miró la hoja y, temblando, la firmó sin leerla. No había tiempo. Tenía miedo. Sintió una angustia profunda. Sin mirar siquiera por dónde caminaba, se alejó unos metros y se refugió en el descanso de una escalera. Lloró de miedo, de angustia, de incertidumbre. Porque, si bien ya había sido padre, no había pasado aún por la experiencia de una cesárea. “Una cirugía, al fin y al cabo.” Unas horas más tarde, junto con la alegría de constatar que su segundo hijo había nacido sano y salvo, pudo ver que además tenía una cabeza normal. Al parecer, la cesárea le había evitado el esfuerzo. Mercedes insistía en que se llamara Gabriel, por su fuerte arraigo a la fe cristiana; pero Alberto, que también era creyente, se aferró a los viejos acuerdos construidos en la pareja: si era mujer, ella iba a elegir el nombre para que no hubiera suspicacias sobre si él elegía el nombre de alguna otra mujer que había conocido, o algo por el estilo; pero si era varón, era él, como padre, el que lo iba a elegir. Y así fue. El bebé se llamó Darío, simplemente porque le gustaba, y como segundo nombre Alberto, como él.


jueves, 19 de diciembre de 2013

Esa manía de nombrar

Sobre la Estación Darío y Maxi, ex Avellaneda

¿Cómo hacer para que la voces populares –la de las gentes comunes y de a pie– sean tenidas en cuenta como palabras, y no como meras voces? 

Por Mariano Pacheco

Es decir, ¿cómo hacer para que ese murmullo de la protesta y la lucha callejera, de la organización de base en las barriadas, en los lugares de trabajo, de estudio y de apropiación para creación cultural, sean tenidas en cuenta como palabra política y no como mero ruido? Porque la lucha política –tal como ha resaltado Eduardo Rinesi en ese libro magistral que ha titulado Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo– es siempre, también, una lucha por la palabra y, antes que eso aún, por la definición misma de qué cosa debe ser entendida como una palabra.
Si la lucha política no es sólo una lucha que involucra los cuerpos en las batallas callejeras, en las disputas cuerpo a cuerpo con la patronal, los burócratas y los punteros, sino que además es una lucha por definir los sentidos y los nombres que se le otorgan a las prácticas y los espacios, entonces, la intervención en el plano simbólico, la batalla cultural en general, es –debe ser– un componente imprescindible de los combates que tenemos que librar, en este largo camino por conquistar nuestra emancipación.
Renombrar lugares, inventar otros nuevos y darles nuevos nombres, una tarea de primer orden. Gestar dinámicas que rompan los típicos monólogos apabullantes, construir organizaciones capaces de hacer escuchar las palabras de quienes, por lo general, suelen ser silenciados, otra tarea fundamental.
De allí que la recuperación de espacios (de fábricas recuperadas por sus trabajadores; de predios recuperados por organizaciones territoriales para levantar centros sociales, culturales, de carácter comunitario; etc.), haya sido y siga siendo un elemento central y dinamizador de la construcción de dinámicas, miradas y expresiones contrahegemónicas.
De allí que se nos hinche el pecho de orgullo al ver que una estación de trenes del sur del Conurbano, como fue Avellaneda, hoy se llame Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Un largo y paciente proceso de lucha lo hicieron posible. Así que como alguna vez escribimos conjuntamente con Miguel Mazzeo, “la imaginación indisciplinada, y esa riqueza simbólica que fomenta con rituales los lazos igualitarios”, hoy encuentran un nuevo lugar donde cobijarse, para tomar nuevas fuerzas y seguir en la batalla.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Muhammad Alí por Osvaldo Soriano

“A sus plantas rendido un país”
El 30 de octubre de 1974, un Muhammad Alí de 32 años, por el que nadie daba ya un peso, subió a un ring en Zaire para enfrentar a un George Foreman de 25 años, con 40 peleas invicto y amplio favorito. Con el nocaut al final del 8º round, Alí hizo mucho más que recuperar la corona que le habían quitado por los medios más viles. Por eso, un entonces joven e inédito Osvaldo Soriano publicó en el número de diciembre de la revista Crisis esta nota, hasta ahora nunca republicada, que anticipa un libro que recopilará otras tantas de aquellos años, y en la que ya se vislumbran algunos de los grandes temas de sus futuros libros: boxeadores, perdedores y hombres que encarnan el destino trágico de un pueblo.

El derechazo de Alí. El inmenso cuerpo de Foreman que se derrumba a sus pies. Siete millones de negros musulmanes que enmudecen. O estallan de alegría. Veinticuatro minutos de pelea bastaron a Muhammad Alí para sacudir la historia del boxeo moderno. Los ojos del Zaire vieron cómo ese nieto de esclavos –que alguna vez llevó el nombre del propietario de su abuelo, Cassius Marcellus Clay– brindaba al mundo una de las más grandes lecciones de fe, de dignidad, de vida, de que es capaz un hombre.


Final del 8° round: Foreman en la lona y Alí en la gloria.
Había dos negros sobre el ring, pero sólo uno luchaba por algo más que 5 millones de dólares. Para Alí era el fin de un largo camino de humillaciones.
Los medios de comunicación se apresuraron a difundir una imagen ligera, inocente, del triunfo de Alí. Como lo hicieron siempre que les tocó hablar de ese hombre rebelde que reúne –juntas– dos condiciones intolerables en los Estados Unidos: es negro y habla demasiado.
Gritó durante toda la pelea. Provocó a Foreman, lo sacó de sus casillas ayudado por el público negro que gritaba “matalo, Alí” como si ésa fuera la consigna de toda su raza. Y el bueno de Foreman, invicto hasta entonces, comenzó a flaquear, quemó sus energías en unos instantes hasta quedar a merced de quien siempre fue el verdadero dueño de la corona mundial.
Es posible que el formidable peso de la historia haya fulminado a Foreman. Cuando apareció en el ring y oyó a sus hermanos de color reclamar la corona robada por los norteamericanos hace siete años, no pudo sino entregarla. Para ello soportó desaire y vergüenza. Alí se sentó en las cuerdas, al acecho, y antes de derribarlo lo rezongó, se burló de él y hasta lo hizo embestir las sogas, ciego de furia e impotencia.
La chance de George Foreman se basaba, ante todo, en la presunta decadencia física de Alí. Muy pocos contaron, en cambio, con que la inteligencia del líder musulmán se había robustecido con el tiempo. Los apostadores que pensaban llenar sus bolsillos con el definitivo ocaso de Muhammad no quisieron ver la potencia que el odio había acumulado en sus músculos. El odio de una raza vejada durante cuatrocientos años en el Nuevo Mundo.
Había dos negros sobre el ring, pero sólo uno luchaba por algo más que 5 millones de dólares. Para Alí era el fin de un largo camino de humillaciones: la oportunidad de vengar las afrentas, de proclamarse soberano como hombre negro. De mostrar que no hay milagros sino realidades.
El triunfo de Alí fue el de los musulmanes negros, el de los objetores de conciencia atormentados y encarcelados por negarse a pelear en Vietnam. Pero no fue la suya una empresa individual, solitaria. Muchos hombros negros apuntalaron su fe y alimentaron su obsesiva ambición de ser el campeón para demostrar que la ley blanca era impotente ante la furia de uno de sus esclavos.
“Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”, ha escrito Norman Mailer. Parece exagerado. Sin embargo, el éxito de la cruzada emprendida por Alí hace siete años –que casi todos los expertos calificaron de utopía– parece dar la razón a Mailer.
La historia de Cassius Clay es común a casi todos los boxeadores negros, sólo que más brillante. La de Muhammad Alí está llena de grandeza y miseria.
El 28 de abril de 1964, Clay venció a Sonny Liston –un rey de los bajos fondos– en seis asaltos. Un año más tarde comenzaría la persecución: el 25 de mayo de 1965, la comisión de boxeo le quitó el título por primera vez, acusándolo de haber combatido ante Liston sin la debida autorización. Para reconquistarlo tuvo que esperar hasta el 6 de febrero de 1967 y vencer a Ernie Terrel, un blanco mediocre que había sido designado titular de la categoría.
La corona estuvo sobre su cabeza sólo dos meses. El 28 de abril, las autoridades le retiraron su licencia de boxeador y lo despojaron nuevamente del título mundial por negarse a ingresar al ejército norteamericano que iba a destinarlo a Vietnam.
“Con los impuestos que pago por cada pelea, un soldado norteamericano vive un mes matando gente en Vietnam. Con lo que pago en un año es posible construir bombas como para quemar una aldea. Con todo esto, ya soy culpable. ¿Tengo además que matar con mi propia mano?”, dijo entonces. Se declaraba objetor de conciencia, se confesaba integrante de los Black Muslims; eso bastaba para que los medios de comunicación elaboraran una imagen de monigote, de payaso, más digestiva para el público.
El 20 de junio de 1967, en Houston, Texas, el Tribunal Federal del Distrito Sur del Estado lo declaró culpable de negativa a ingresar al ejército y lo condenó a cinco años de prisión más una multa de 10 mil dólares.
A fuerza de apelaciones, Alí eludió el calabozo. Pero no dejó de hablar: “Los negros estamos presos hace cuatrocientos años –dijo–. Por eso no pueden llevarme a un lugar en el que ya estoy”.
Había ganado 4 millones de dólares, aunque el fisco embolsó el 80 por ciento. Con el resto compró una casa para su madre en Louisville –donde había nacido– y otra para él en Chicago por 100 mil dólares; el divorcio con su primera mujer le costó 50 mil dólares más una renta mensual de 1200 durante diez años. Los honorarios de sus abogados ascendieron en poco tiempo a 50 mil dólares. La persecución amenazaba con llevarlo a la bancarrota. Sin embargo, sus honorarios como socio de una cadena de puestos de salchichas en los barrios negros le permitieron salir adelante. Su figura –su inteligencia quizá– le abrió las puertas de las universidades donde dictó conferencias por las que cobraba mil dólares.
Los periódicos underground comenzaron a publicar sus respuestas. “¿Odia a los blancos?”, le preguntaron una vez. “No odio a nadie –contestó–, soy una víctima del odio. Soy demasiado limpio para este deporte. Soy demasiado bueno para mi tiempo. Esa es la razón por la que han decidido librarse de mí.”
Había otros motivos, más contundentes, para que los zares del boxeo lo echaran a la calle. Alí, el más grande boxeador de todas las épocas –según opinión de Joe Louis–, había sido un mal negocio. No había rivales para él; cualquier pelea era un juego de niños. Nadie pensaba seriamente en vencerlo. El público lo sabía y comenzó a quedarse en sus casas. Alí peleaba solo. Así, el más genial boxeador quedaba marginado por su propia grandeza.
Resultó una víctima ideal: molesto, fanfarrón, irritaba al periodismo con sus declaraciones, horribles poemas e insidiosas canciones. Cuando se negó a ir a la guerra, quedó absolutamente indefenso.
El 6 de mayo de 1968, el 5º Tribunal de Apelaciones confirmó la culpabilidad de Clay. Sus abogados sostuvieron más tarde que la condena se había basado en la exposición de cinco conversaciones telefónicas sostenidas por Alí e interceptadas por el FBI. El gobierno admitió haber tomado las charlas que, dijeron los fiscales, “afectaban la seguridad nacional”. Los tribunales dieron marcha atrás y el ex campeón tuvo su respiro.
Entretanto, su cintura perdía la armoniosa línea que le había permitido bailotear por el ring como un gato. Aunque varios estados norteamericanos habían anunciado que le concederían permiso para combatir, ningún político se animó a ver de cerca a ese negro contestón. Quiso pelear en el extranjero, pero le impidieron salir del país. El 6 de julio de 1970, el Tribunal de Apelaciones anunció que las charlas telefónicas no habían influido para condenarlo. Dos días más tarde, en Charleston, Carolina del Sur, le prohibieron hacer una exhibición. El 2 de septiembre, por fin, subió a un ring en Atlanta, Georgia, para cruzar guantes amistosamente con varios sparrings. Doce días después, el juez federal Walter Masfield, de Nueva York, decidió que la prohibición para actuar en su estado era “arbitraria e irracional”, y ordenó que le restituyeran los derechos. Otro tanto ocurrió en Atlanta, donde se concertó su pelea contra Jerry Quarry para el 26 de octubre. Muhammad Alí venció con facilidad y abrió el camino hacia el retorno. En su segunda pelea volteó al argentino Oscar Bonavena y más tarde a Jimmy Ellis. Así ganó el derecho a enfrentar a Joe Frazier por la corona mundial.
El combate –que Frazier ganó por puntos– pareció enterrar definitivamente a Muhammad Alí. Sin embargo, su ánimo no decayó. Para él, la derrota ante el campeón había sido injusta: exhibía como prueba su fortaleza al final del combate, mientras el vencedor debió ser internado en un hospital a causa de la paliza recibida.
El verdadero drama de Alí era moral. Elijah Muhammad, el máximo jerarca de los Black Muslims, había decidido expulsarlo de la congregación por negarse a abandonar el boxeo. Alí discutió con su maestro, pero respetuosamente acató la decisión. No obstante, jamás renegó de los Muslims: estaba seguro de que si recuperaba la corona, ellos serían los beneficiados. La Nación del Islam –así la denominan ellos– plantea el apartheid económico y racial del pueblo negro por medios pacíficos.
En noviembre de 1971, Muhammad Alí vino a Buenos Aires para realizar una exhibición en la cancha de Atlanta. Entonces montó su habitual show de verborragia y amenazas. Vicki Walsh y el autor de este artículo lo entrevistaron para conversar sobre su prédica religiosa y política.
“Somos 30 millones de negros contra 170 millones de blancos; no tenemos munición ni armamento adecuados y, sin embargo, nuestra revolución sigue creciendo. Si utilizáramos la violencia, los negros no tendríamos la menor chance en los Estados Unidos, porque ni siquiera controlamos los abastecimientos. Seríamos como un toro enfurecido corriendo hacia un tren: sólo quedarían su carne y su sangre sobre las vías.” Esta era su posición frente a la violencia de los Black Panters, aunque agregaba: “No condeno a ningún hombre por defender aquello que cree está bien, especialmente si está dispuesto a dar la vida por ello. Muchos revolucionarios negros han dado ya su vida”.
Quienes conocían a fondo las ideas de Alí ansiaban verlo en las tribunas, predicando la fe musulmana, lejos definitivamente del ring. Es que pocos creían en sus posibilidades de recuperar la corona. Sin embargo, en los tres años siguientes, este negro empecinado fue hacia una y otra costa del país para derribar a boxeadores de categoría menor en busca de una nueva oportunidad. Hasta tuvo que sufrir la fractura de su mandíbula frente al mediocre Ken Norton. Ya no brillaba como antes: había perdido su estilo felino, sus movimientos serenos y armoniosos. Ahora ponía sobre el ring la experiencia, la astucia; medía cada uno de sus pasos para no derrochar energías.
Cuando el título cambió de manos y el joven Foreman –un invicto temible por su pegada– se erigió en el nuevo coloso, los expertos opinaron que nadie podía dar un dólar por la chance de Alí. Sin embargo, Frazier cayó a sus pies, Norton tuvo que verlo levantar los brazos y los empresarios comenzaron a planear el gran combate.
Alí insistió para que se realizara en el Africa. Lo que parecía una mera especulación comercial, iba a adquirir un sentido magnífico el día de la victoria: el 30 de octubre, en Kinshasa, ningún negro dejó de levantar a Alí como un estandarte de libertad.
Curiosamente, las agencias noticiosas insistieron en la versión de un Alí payasesco, casi odioso. Nadie recordó que alguna vez dijo: “Un día levantaré mi puño vencedor para que mi pueblo negro diga, como yo, que es el más hermoso y el más fuerte”.
Al terminar el combate, gritó: “Fue Alá quien dio los golpes, era él y no yo quien estaba sobre el ring”. Era toda una raza la que esa noche estaba allí.
Con Foreman cayó el último Tío Tom del boxeo estadounidense. Es posible que Joe Louis haya visto vengada su miseria, Sonny Liston su muerte degradada. Aún no es posible saber si Alí abandonará el boxeo o buscará ganar dólares en una revancha. Poco importa ahora qué hará.
El deporte permitió que la raza negra erigiera a dos de los suyos como los hitos mayores de este siglo: Edson Arantes do Nascimento (Pelé) y Muhammad Alí. El brasileño renegó de su negritud, sirvió a la dictadura implantada en el Brasil en 1964 y aconsejó a los niños negros que tomaran Pepsi-Cola y fueran buenos con los blancos. Alí se negó a juzgarlo: “Es mi hermano de raza”, dijo. Pelé, en cambio, despreció siempre al boxeador.
“Ser campeón de peso pesado en la segunda mitad del siglo XX (con revoluciones negras a lo largo y ancho del mundo) representa algo parecido a ser Jack Johnson, Malcolm X y Frank Costello en una sola pieza”, ha dicho Norman Mailer. Es posible que nadie lo sepa mejor que Alí. De allí su afán casi salvaje por coronarse nuevamente.
Hemos tenido el raro privilegio de asistir al momento cumbre de la historia del boxeo. Más allá de la dudosa calidad del combate, millones de personas de todo el mundo vieron cómo Muhammad Alí recuperaba a puñetazos lo que el Tío Sam le había quitado por decreto.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Córdoba: la narco-policía fue premiada luego de auto-acuartelarse

La policía de Córdoba, una fuerza que cuenta con más de 22.000 efectivos en su haber, y un instrumento que le brinda una cobertura legal a sus abusos de poder (el Código de faltas), se manifestó en abierto desacato contra las autoridades gubernamentales de la provincia.


Por Mariano Pacheco (desde Córdoba, para el Portal de Noticias Marcha)




Alrededor de 200 heridos fueron recibidos solamente en el Hospital de Urgencias; más de 1.000 comercios afectados por los robos; un joven de 20 años perdió la vida tras ser baleado en Ciudad Evita. Luego de un día y medio de conflicto, el auto-acuartelamiento policial en Córdoba finalizó con un acuerdo firmado entre las esposas de los miembros de la fuerza y autoridades gubernamentales de la provincia.
Entre los elementos más destacables de los 14 puntos acordados figuran el del monto adicional de $2.000 que, de manera transitoria, cobrará todo el personal policial y penitenciario activo en dos cuotas (diciembre de 2013 y enero de 2014); la pauta salarial que tendrá vigencia a partir de los sueldos del mes de febrero de 2014, a partir del cual se fijará un salario básico de $8.000 para las categorías iniciales y la realización de gestiones tendientes concretar créditos blandos para viviendas.
Lo que no se dijo aun, es cómo se financiará semejante acuerdo. Tal vez el gobernador José Manuel De la Sota esté pensando en realizar un fututo reclamo al gobierno nacional, tal como lo hizo anteriormente con la diferencia de dinero que la provincia le reclama a la Nación a propósito de la caja de jubilaciones. “El próximo martes voy a estar a las 9 en la Casa Rosada para que el Gobierno nacional nos pague lo que nos debe”, sostuvo ayer el mandatario. No fue el único reclamo. También había declarado ante la prensa, horas antes, que las tropas de Gendarmería no fueron enviadas por el Gobierno Nacional por las diferencias políticas que mantienen ambas administraciones. El Jefe de Gabinete de Ministros Jorge Capitanich replicó por su parte que el problema de la seguridad era de córdoba, y negó que hubieran recibido alguna llamada de parte de los funcionarios provinciales. Eso sí, por su cuenta de twitter, DLS había escrito entre gallos y medianoches: “Desde las 20 hs solicitamos envío Gendarmería por acuartelamiento policial. Saqueos en ciudad de Córdoba amerita urgente respuesta.”. El hecho es que recién ayer miércoles, casi a las nueve de la mañana, el gobierno de Córdoba envió un fax solicitando el envío de gendarmes.

Pases y facturas
Cuando se desató el conflicto, el gobernador se encontraba en Colombia. No es la primera vez que las papas queman en la provincia y “El Galleo” De La Sota no está presente en el territorio. De todos modos, desde hace tiempo parece que el justicialista federal se siente más cómodo en los territorios virtuales que en los reales.
Que la Policía de la provincia de Córdoba se haya autoacuartelado, a solo tres meses del “narco-escándalo” que entre otras cosas se llevó puesto al jefe de policía Ramón Frías y al Ministro de Seguridad Alejo Paredes, no parece ser casualidad. Tal vez por eso, más que aumento salarial, lo que parece estar detrás del conflicto es una búsqueda por parte de la policía, de legitimar su desprestigiado rol ante la sociedad cordobesa (hace apenas tres semanas 20.000 personas marcharon por las calles de la capital provincial repudiando su accionar, en la séptima edición de la “Marcha de la gorra”).
Se sabe, en el sistema político en el que vivimos es el Estado quien detenta el poder de monopolizar el uso legal de la violencia. Si las fuerzas encargadas de custodiar el orden se reservan el derecho de no actuar, el vacío de poder es inconmensurable.
Sin comercios, ni bancos, ni shopings, ni supermercados, ni escuelas, ni dependencias públicas abiertas; sin transporte público en funcionamiento, Córdoba pareció durante las últimas horas a una ciudad devastada.
Luego de 14 años en el poder, la primera línea del delasotismo se mostró totalmente ineficaz ante la ausencia de su principal conductor, que se encontraba en Colombia cuando el conflicto se desató de manera abierta. Mientras que el Hospital de Urgencias colapsaba por la cantidad de heridos que recibía, el Ministro de Gabinete provincial Oscar Félix González se mostraba en vivo por los canales de televisión, exclamando que “por suerte no había que lamentar daños en la integración física de los cordobeses”. Era tan profundo el contraste entre sus dichos y la realidad que hasta los periodistas le tuvieron que repreguntar por los heridos. González se limitó a decir que no tenía “datos oficiales”, pero que asimismo repetía que “era una suerte” no tener que lamentar víctimas. La Ministra de seguridad Alejandra Monteoliva tampoco se mostró con todas sus luces. Incapaz de sobrellevar la situación, tampoco tuvo reflejos para solicitar a tiempo refuerzos de fuerzas nacionales que pudieran ayudar a encuadrar el desborde.

Coyuntura y contexto
No es que todo tenga que ver con todo, como se dice popularmente, pero es un dato innegable de la realidad provincial que el conflicto policial se desarrolló en un contexto atravesado por un profundo malestar social, no solo por las repercusiones del narco-escándalo, sino también por los recientes hechos de violencia protagonizados por una “patota sindical” de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (UOCRA) contra asambleístas que mantienen un acampe contra la empresa multinacional Monsanto, que ha comenzado a edificar una nueva planta en la localidad de Malvinas Argentinas y por la denuncia de fraude presentada por el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), luego de las últimas elecciones legislativas nacionales del 27 de octubre. También durante los últimos meses los conflictos salariales de los judiciales, del sector público y la salud se hicieron presentes una y otra vez en las calles de la ciudad, sin obtener ningún tipo de solución a sus demandas.
Eso sí, a diferencia de las crisis políticas, económicas y sociales que el país atravesó en 1989 y 2001, esta vez no pareció ser ese el elemento determinante a la hora de desatarse los desmanes en las calles. Si bien Córdoba presenta uno de los índices más altos de desocupación a nivel nacional (que asimismo se mantienen en un piso no menor al 7%) y la precarización laboral –como en todo el país– es un mal que castiga a casi la mitad de la población trabajadora, los robos a supermercados, almacenes, negocios minoristas de todo tipo y a personas particulares (en la vía pública y hasta en sus propias casas), dan cuenta más de un vacío dejado por la ausencia de presencia policial que por una cuestión social.
De todos modos, tal como se preguntó ayer Susana Fiorito (presidenta de la Biblioteca Popular Bella Vista), en un texto que circuló por las redes sociales virtuales, lo que resta analizar y evaluar “es la denunciada relación entre las organizaciones del narcotráfico y la institución policial y en qué medida el  ´desmadre´ de anoche es un aviso de lo que pasa cuando el ´poder´ político pretende socavar las fuentes de ingresos de su propio aparato represivo”.
 

martes, 3 de diciembre de 2013

La política en la literatura argentina

De El matadero al Bicentenario

En el inicio de la literatura argentina nos encontramos con la violencia y la política. Desde entonces y durante casi dos siglos, las letras nacionales han puesto de manifiesto el conflicto (muchas veces descarnadamente violento) presente en nuestra sociedad a lo largo de su historia.

Coordinación: Mariano Pacheco (*)
Lugar: Hora Libre (Urquiza 57, Alta Gracia-Córdoba)
Primer encuentro: viernes 13 de diciembre a las 18.30 horas
Dinámica: encuentro mensual de debate y lectura de textos breves


En el inicio de la literatura argentina nos encontramos con la violencia y la política (tanto El Facundo de Sarmiento, como El matadero de Echeverría son piezas literarias brillantes, a la vez que documentos descarnados de cómo los escritores, los intelectuales vivieron/sintieron aquellos acontecimientos políticos). Desde entonces y durante casi dos siglos, las letras nacionales han puesto de manifiesto el conflicto (muchas veces descarnadamente violento) presente en nuestra sociedad a lo largo de su historia. Los poemas de Raúl González Tuñon durante la década del 30; los cuentos de Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges durante el peronismo; los nuevos modos de narrar la violencia política inaugurados por Rodolfo Walsh tras el derrocamiento de Perón; la conmoción de la literatura y el arte durante las décadas del 60 y del 70; las formas de desafiar el horror y el terror durante la última dictadura cívico-militar hasta los abordajes actuales de los conflictos que conmueven la Argentina contemporánea, son algunos de los momentos que nos proponemos abordar, con textos cortos, en este taller que no pretender más que ofrecer un espacio para que el deseo y el placer por la lectura atraviesen a las reflexiones que podamos entablar, en un diálogo que no tiene otro objetivo que intentar revisitar los mitos políticos fundamentales de la historia nacional.