martes, 5 de mayo de 2015

El Muro y la Grieta. Primer Apunte sobre el Método Zapatista Mayo 3 del 2015

Palabras pronunciadas en la Inauguración del Seminario 
“El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista”

Por el SupGaleano


Buenas tardes, días, noches tengan quienes escuchan y quienes leen, sin importar sus calendarios y geografías.
Mi nombre es Galeano, Subcomandante Insurgente Galeano. 


Nací la madrugada del 25 de mayo del 2014, en colectivo y a pesar mío, y bueno, también a pesar de otros, otras y otroas. Como el resto de mis compañeras y compañeros zapatistas, me cubro el rostro cuando es necesario mostrarme, y me descubro para ocultarme. A pesar de no cumplir aún el año de vida, el mando me ha asignado el trabajo de posta, vigía o centinela en uno de los puestos de observación de esta tierra rebelde.
Como no estoy acostumbrado a hablar en público, y menos ante tantas y tan finas (já -perdón, debe ser el hipo del pánico de escena-), digo finas personas, les agradezco su comprensión para con mis balbuceos y mi reiterado trastabíllelo en el difícil y complicado arte de la palabra.
Tomé el nombre de Galeano del de un compañero zapatista, un maestro y organizador, indígena, que fue atacado, secuestrado, torturado y asesinado por paramilitares amparados en una supuesta organización social: la CIOAC-Histórica. La pesadilla que acabó con la vida del compañero maestro Galeano, inició la madrugada del 2 de mayo del 2014. Desde esa hora, nosotras, nosotros, zapatistas, iniciamos la reconstrucción de su vida.
Por esas fechas, la dirección colectiva del EZLN decidió dar muerte al personaje autodenominado SupMarcos, en aquel tiempo portavoz de los hombres, mujeres, niños y ancianos zapatistas. A partir de entonces, el cargo de vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional le corresponde al Subcomandante Insurgente Moisés. Por su voz hablamos, por sus ojos miramos, en sus pasos andamos, él somos.
Meses después de ese 2 de mayo, la noche se alargó en el México de abajo y le puso un nuevo nombre a la ya larga nominación del terror: “Ayotzinapa”. Como se ha dado una y otra vez en el mundo, una geografía de abajo era así señalada y nombrada por una tragedia planeada y ejecutada, es decir, por un crimen.
Ya hemos dicho, en voz del Subcomandante Insurgente Moisés, lo que para nosotros, nosotras, zapatistas, significó y significa Ayotzinapa. Con su venia y la de mis compañeras y compañeros jefas y jefes zapatistas retomo sus palabras.
Ayotzinapa es el dolor y la rabia, sí, pero no sólo eso. También y sobre todo, el terco empeño de los familiares y compañeros de los ausentes.
Algunas, algunos de estos familiares que no han dejado caer la memoria, nos dieron el honor de compartir junto nuestro y están aquí con nosotros en tierras zapatistas.
Escuchamos la palabra de Doña Hilda y Don Mario, madre y padre de César Manuel González Hernández, y tenemos la presencia y la palabra de Doña Bertha y Don Tomás, madre y padre de Julio César Ramírez Nava. Con ellas y ellos tenemos el reclamo por los 46 ausentes.
A Doña Bertha y a Don Tomás les pedimos que hagan llegar estas palabras a los demás familiares de los ausentes de Ayotzinapa. Porque ha sido su lucha lo que hemos tenido presente para arrancar este semillero.
Creo que más de una, uno, unoa, de la Sexta y del EZLN, coincidirán conmigo en que hubiéramos preferido que no estuvieran aquí como están. Quiero decir, que sí estuvieran, pero no como dolor y rabia, sino como abrazo compañero. Que no hubiera pasado nunca ese 26 de septiembre. Que el calendario hubiera echado una mano compañera y se hubiera saltado esa fecha, y que la geografía se hubiera extraviado y no hubiera anclado en Iguala, Guerrero, México.
Pero si después de esa noche de terror, la geografía se extendió y profundizó, alcanzando los rincones más apartados del planeta, y si el calendario sigue rendido ante esa fecha, ha sido por el empeño de ustedes, por la grandeza de su sencillez, por la incondicionalidad de su entrega.
No conocemos a sus hijos. Pero los conocemos a ustedes. Y no es otra nuestra intención que la de que la admiración y el respeto que les tenemos sea una certeza para ustedes, aún y en los momentos más solitarios y dolorosos a los que se enfrenten.
Es cierto, no podemos llenar calles y plazas en las grandes ciudades. Cada movilización, por pequeña que sea, representa para nuestras comunidades una merma importante en su economía, ya de por sí difícil, como la de millones de personas, y sostenida al límite por las rebeldía y resistencia de más de dos décadas. En nuestras comunidades digo, porque nuestros apoyos no son la suma de individualidades, sino que son acción colectiva, reflexionada y organizada. Son parte de nuestra lucha.
No podemos brillar en las redes sociales, ni hacer llegar sus palabras más allá de nuestros corazones. Tampoco podemos apoyarlos económicamente, aunque bien sabemos que estos meses de lucha les han golpeado en su salud y en sus condiciones de vida.
Ocurre también que nuestro ser rebelde y en resistencia las más de las veces es visto con resquemor y desconfianza. Movimientos y movilizaciones que en distintos rincones se levantan, prefieren que no hagamos explícita nuestra simpatía. Aún sensibles al “qué dirán” mediático, no quieren que su causa sea asociada de manera alguna a “los encapuchados de Chiapas”. Lo entendemos, no lo cuestionamos. Nuestro respeto a las rebeldías que pululan en el mundo incluye el respeto a sus valoraciones, a sus pasos, a sus decisiones. Respetamos sí, pero no ignoramos. Estamos pendientes de todas y cada una de las movilizaciones que enfrentan al Sistema. Tratamos de comprenderlas, es decir, de conocerlas. Sabedores somos que el respeto nace del conocimiento, y que el miedo y el odio, esas dos caras del desprecio, nacen no pocas veces de la ignorancia.
Aunque pequeña es nuestra lucha, algo hemos aprendido en estos años, décadas, siglos. Y esto queremos decirles:
No crean en quienes les dicen que la sensibilidad y la simpatía, el apoyo, se mide en calles abarrotadas, en plazas colmadas, en grandes templetes, en el número de cámaras, micrófonos, encabezados periodísticos, tendencias en redes sociales.
La inmensa mayoría en el mundo, no sólo en nuestro país, es como ustedes, hermanas y hermanos familiares de los ausentes de Ayozinapa. Personas que tienen que pelearle al día y a la noche un pedazo de vida. Gente que debe luchar para arrancarle a la realidad algo para sostenerse.
Cualquiera de abajo, hombre, mujer, otroa, que conozca la historia que les duele, simpatiza con su lucha en demanda de verdad y justicia. La comparte porque en sus palabras ven la repetición de sus historias, porque se reconocen en su dolor, porque se identifican con su rabia.
La mayoría no ha ido a marchar, no se ha manifestado, no ha creado temas en redes sociales, no ha roto cristales, no ha incendiado vehículos, no ha gritado consignas, no ha usurpado templetes, no les ha dicho que no están solas, solos.
No lo han hecho simple y sencillamente porque no han podido hacerlo.
Pero han escuchado y respetan su movimiento.
No desfallezcan.
No crean que porque quienes antes estuvieron a su lado se han ido, después de cobrar su parte o después de ver que no podrían cobrarla, su causa es menos dolorosa, menos noble, menos justa.
El camino que han llevado hasta ahora ha sido intenso, cierto. Pero ustedes saben que todavía falta mucho por andar.
¿Saben? Uno de los engaños de arriba es convencer a los de abajo de que lo que no se consigue rápido y fácil, no se consigue nunca. Convencernos de que las luchas largas y difíciles sólo cansan y nada logran. Trucan el calendario de abajo sobreponiéndole el calendario de arriba: elecciones, comparecencias, reuniones, citas con la historia, fechas conmemorativas que sólo ocultan el dolor y la rabia.
El Sistema no le teme a los estallidos, por muy masivos y luminosos que sean. Si un gobierno cae, hay en su alacena otros para reponer e imponer. Lo que lo aterroriza es la perseverancia de la rebeldía y la resistencia de abajo.
Porque abajo es otro el calendario. Es otro el paso. Es otra la historia. Es otro el dolor y otra la rabia.
Y ahora, al pasar de los días, este abajo disperso y plural que somos, ya no sólo está atento a su dolor y a su rabia. También estamos atentos a su persistencia, a su seguir, a su no rendirse.
Créanos. Su lucha no depende del número de manifestantes, del número de notas periodísticas, del número de menciones en redes sociales, del número de giras a las que los inviten.
Su lucha, nuestra lucha, las luchas de abajo en general, dependen de la resistencia. De no rendirse, de no venderse, de no claudicar.
Bueno, claro, eso según nosotras, nosotros, zapatistas. Habrá gente que les diga otras cosas. Les dirán que es más importante estar con ellos, ellas. Por ejemplo, que es más importante llamar a votar por tal o cual partido político porque así encontrarán a los ausentes. Y que si no llaman a votar por tal o cual partido no sólo habrán perdido LA oportunidad de recuperar a quienes les hacen falta, también serán cómplices de que el terror siga en nuestro país.
¿Ya ven cómo hay partidos políticos que se aprovechan de las necesidades materiales de la gente? ¿Que ofrecen despensas, útiles escolares, tarjetas, pases para el cine, cubetas, gorras, tortas y agua pintada en empaque tetra pack? Bueno, pues también hay quien se aprovecha de las necesidades sentimentales de la gente. La esperanza, amigos y enemigos, es la necesidad que mejor se cotiza allá arriba. La esperanza de que todo va a cambiar, de que ahora sí el bienestar, la democracia, la justicia, la libertad. La esperanza que los iluminados de arriba le arrebatan a los jodidos de abajo y luego se la venden. La esperanza en que la solución a las demandas está en el color de uno de los productos en la alacena del sistema.
Tal vez es gente que sabe más que nosotros, nosotras, zapatistas. Son sabios, sabias. Es más, cobran por saber. El conocimiento es su profesión, de eso viven… o con eso defraudan.
Ya ven que ellos saben más y, refiriéndose a nosotras, nosotros, dicen que estamos “perdidos allá, en las montañas, quién sabe dónde”, y dicen que llamamos a la abstención y que somos sectarios (tal vez porque, a diferencia de ellos, nosotros sí respetamos a nuestros muertos).
¡Ah! ¡Es tan cómodo decir y repetir ocurrencias y mentiras! Tan barato difamar y calumniar, y luego predicar la unidad, el enemigo principal, la infalibilidad del pastor, la incapacidad del rebaño.
Hace muchos años, las zapatistas, los zapatistas no hacíamos marchas, no gritábamos consignas, ni enarbolábamos pancartas, ni levantábamos los puños. Hasta que una vez marchamos. La fecha: el 12 de octubre de 1992, cuando allá arriba celebraban 500 años del “encuentro de dos mundos”. El lugar: San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. En vez de pancartas llevamos arcos y flechas, y un silencio sordo fue nuestra consigna.
Sin mucha bulla, la estatua del conquistador cayó. Si volvieron a levantarla no importa. Nunca podrán levantar de nuevo el miedo a lo que representaba.
Unos meses después, volvimos a las ciudades. Tampoco esa vez llevamos consignas ni pancartas, y no llevamos arcos y flechas. Esa madrugada olía a fuego y pólvora. y fueron nuestros rostros los levantados.
Meses después vinieron algunas, algunos de la ciudad. Nos contaron de las grandes marchas, de las consignas, de las pancartas, de los puños levantados. Claro, agregando siempre que si es que estos pobres inditos e inditas que somos, porque cuidaban la equidad de género, sobrevivíamos, era gracias a ellos y ellas, que en la ciudad habían detenido el genocidio de los primeros días de ese año de 1994. Las zapatistas, los zapatistas, no preguntamos si antes de 1994 no había genocidio, ni si ya se había detenido, ni si ésos de la ciudad estaban platicando algo ocurrido o estaban pasando la factura. Los zapatistas, las zapatistas entendimos que había otros modos de lucha.
Hicimos después nuestras marchas, nuestras consignas, nuestras pancartas y levantamos los puños. Desde entonces nuestras marchas son un pálido reflejo de aquella marcha que alumbró la madrugada del año 94. Nuestras consignas tienen la rima desordenada de las canciones en los campamentos guerrilleros de montaña. Nuestras pancartas son trabajosamente elaboradas por batallar para encontrar equivalentes a lo que en nuestras lenguas se describe en una palabra, y en otros idiomas se necesitan tres tomos de El Capital. Nuestros puños levantados más que retar, saludan. Como si al mañana se dirigieran y no al presente.
Pero algo no ha cambiado: siguen levantados nuestros rostros.
Años después, nuestros autodenominados acreedores de la ciudad nos exigieron que participáramos en las elecciones. No entendimos, porque nosotras, nosotros, nunca les exigimos que se alzaran en armas, ni que resistieran, ni que se rebelaran contra el mal gobierno, ni que honraran a sus muertos en la lucha. No les exigimos que se cubrieran el rostro, que se negaran el nombre, que abandonaran familia, profesión, amistades, nada. Pero los modernos conquistadores, vestidos de izquierda progresista, nos amenazaron: si no los seguíamos, nos dejarían solas, solos, y seríamos los culpables de que la derecha reaccionaria fuera gobierno. Les debíamos, dijeron, y presentaron la cuenta a pagar impresa en una boleta electoral.
Nosotras, nosotros, zapatistas, no entendimos. Nos alzamos para mandarnos nosotras mismas, nosotros mismos, no para que otro nos mandara. Se enojaron.
Tiempo después los de la ciudad siguen marchando, gritando consignas, levantando puños y pancartas, y ahora agregan tuits, hashtags, likes, trending topics, followers, en sus partidos políticos están los mismos que apenas ayer eran la derecha reaccionaria, en sus mesas se sientan juntos y departen los asesinos y los familiares de los asesinados, ríen y brindan juntos por la paga obtenida, se lamentan y lloran juntos por los puestos perdidos.
Mientras tanto las zapatistas, los zapatistas también marchamos a veces, gritamos consignas imposibles o callamos, en veces levantamos pancartas y puños, siempre la mirada. Decimos que no nos manifestamos para desafiar al tirano, sino para saludar a quien, en otras geografías y calendarios, lo enfrenta. Para desafiarlo, construimos. Para desafiarlo, creamos. Para desafiarlo, imaginamos. Para desafiarlo, crecemos y nos multiplicamos. Para desafiarlo, vivimos. Para desafiarlo, morimos. En lugar de tuits, hacemos escuelas y clínicas, en lugar de trending topics, fiestas para celebrar la vida derrotando a la muerte.
En la tierra de los acreedores de la ciudad sigue mandando el amo, con otro rostro, con otro nombre, con otro color.
En la tierra zapatista mandan los pueblos y el gobierno obedece.
Tal vez por eso es que los zapatistas, las zapatistas, no entendimos que teníamos que ser los seguidores, y los líderes de la ciudad los seguidos.
Y todavía no entendemos.
Pero puede ser que sí, que la verdad y la justicia que ustedes, nosotras y nosotros, todos, todas, todoas, buscamos, se consiga gracias a la dádiva de un líder rodeado de gente tan inteligente como él, un salvador, un amo, un jefe, un patrón, un pastor, un gobernante, y todo sólo con el mínimo esfuerzo de una boleta en una urna, con un tuit, con una presencia en la marcha, en el mitin, en la lista de afiliados… o callando frente a la farsa que simula interés patriótico donde sólo hay ansia de Poder.
Si sí o no, es lo que tal vez nos digan otros pensamientos en este semillero.
Lo que nosotras, nosotros, zapatistas, hemos aprendido es que no. Que de arriba sólo vienen la explotación, el robo, la represión, el desprecio. Es decir, de arriba, sólo llega el dolor.
Y de arriba les demandan, les exigen que los sigan. Que ustedes les deben el que se conociera mundialmente su dolor, que ustedes les deben las plazas colmadas, las calles llenas de color e ingenio. Que ustedes les deben por el trabajo de policía ciudadana que señaló, persiguió y satanizó a “anarco-inflitrados-fuchi-guácala”. Que ustedes les deben las manifestaciones bien portadas, las notas periodísticas, las fotos a colores, las reseñas favorables y las entrevistas.
Nosotros, nosotras, zapatistas, sólo decimos:
No teman quedarse solos de quienes nunca han estado en verdad con ustedes. Son ellas y ellos quienes no los merecen. Quienes llegan a su dolor como a un espectáculo ajeno, que gusta o que disgusta, pero del que nunca serán parte real.
No teman ser abandonados por quienes pretenden no acompañarlos y apoyarlos, sino administrarlos, domarlos, rendirlos, usarlos y, después, desecharlos.
Teman, sí, olvidar su causa, dejar caer su lucha.
Pero mientras se mantengan, mientras resistan, tendrán el respeto y la admiración de mucha gente en México y en el mundo.
Gente como la que está aquí hoy con nosotras, nosotros.
Como Adolfo Gilly.
Esto que ahora diré, no se iba a decir. ¿La razón? Que inicialmente tanto Adolfo Gilly como Pablo González Casanova habían dicho que tal vez no estarían presentes, ambos por problemas de salud. Pero aquí está Adolfo, y a él le pedimos ahora que le cuente luego a Don Pablo esta parte.
El finado supMarcos contaba que alguna vez alguien le cuestionó que el EZLN tuviera tantas atenciones para Don Luis Villoro, Don Pablo González Casanova y Don Adolfo Gilly. El argumento impugnador se basaba en las diferencias que, frente al zapatismo, estas tres personas mantenían, y en cambio, que no tuviera las mismas deferencias para intelectuales que eran cien por ciento zapatistas. Imagino que el Sup encendió la pipa y entonces explicó: “En primera, dijo, sus diferencias no son con lo que es el zapatismo, sino con las valoraciones, análisis o posiciones que el zapatismo asume frente a diversos asuntos. En segunda, prosiguió, yo en lo personal he visto a estas tres personas frente a mis compañeras y compañeros jefes. Acá han llegado intelectuales de gran prestigio y, bueno, algunos no tan prestigiados. Han llegado y han dicho su palabra. Pocos, muy pocos, han hablado con las comandantas y comandantes. Sólo frente a esas tres personas he visto a mis jefes y jefas hablar y escuchar de igual a igual, con confianza y camaradería mutuas. ¿Cómo lo hicieron? Bueno, pues habría que preguntarles a ellos. Lo que yo sé es que eso cuesta, que lograr la palabra y el oído de mis compañeras y compañeros jefes y jefas, en respeto y cariño, cuesta y mucho. La tercera es que, abundó el Sup, te equivocas al pensar que como zapatistas buscamos espejos, vítores y aplausos. Nosotros apreciamos y valoramos las diferencias en los pensamientos, claro, si son pensamientos críticos y articulados, y no esas chambonadas que ahora abundan en el progresismo ilustrado. Nosotros, nosotras, zapatistas, no valoramos de un pensamiento si coincide o no con el nuestro, sino si nos hace pensar o no, si nos provoca o no, pero sobre todo, si da cuenta cabal de la realidad. Estas tres personas han mantenido, cierto, posiciones diferentes y hasta contrarias a la nuestra frente a situaciones diversas.
Nunca, nunca han estado en contra nuestra. Y, a pesar de los vaivenes de la moda, han estado de nuestro lado.
Sus argumentos contrarios y, no pocas veces, contradictorios a los nuestros, no nos han convencido, cierto, pero nos han ayudado a entender que hay diversas posiciones y pensamientos diferentes, y que es la realidad la que sanciona, no un tribunal autoerigido sea en la academia, sea en la militancia. Provocar el pensamiento, la discusión, el debate es algo que nosotras, nosotros, zapatistas valoramos y mucho.
Por eso nuestra admiración al pensamiento anarquista. Es claro que no somos anarquistas, pero sus planteamientos son de los que provocan y alientan, los que hacen pensar. Y créeme que el pensamiento crítico ortodoxo, por llamarlo de alguna forma, tiene mucho que aprender en ese aspecto, pero no sólo en eso, del pensamiento anarquista. Por ponerte un ejemplo, la crítica al Estado como tal, es algo que en el pensamiento anarquista lleva ya mucho camino andado.
Pero volviendo a los 3 malditos, cuando cualquiera de ustedes, le dijo el Sup a quien demandaba una rectificación zapatista, pueda sentarse frente a cualquiera de mis compañeras y compañeros sin que ellas y ellos teman su burla, su veredicto, su condena; cuando logren que les hablen en igualdad y respeto; que los vean como compañeros y compañeras y no como jueces extraños; que los cariñen, como se dice acá; o cuando su pensamiento, coincidente o no con el nuestro, nos ayude a descubrir el funcionamiento de la Hidra; nos lleve a nuevas cuestiones; nos invite a nuevos caminos; nos haga pensar; o cuando puedan explicar o provocar el análisis de un aspecto concreto de la realidad; entonces y sólo entonces verán que tenemos para ustedes las mismas pocas atenciones que podamos brindarles. Mientras tanto, agregó el Supmarcos con ese humor ácido que lo caracterizaba, abandonen esos celos heteropatriarcales, mundialistas, reptilianos e iluminatis.
He recordado aquí esta anécdota que me fue referida por el SupMarcos, porque hace unos meses, cuando nos visitó una delegación de los familiares que luchan por la verdad y la justicia para Ayotzinapa, uno de los papás nos contó de una reunión que tuvieron con el mal gobierno. No recuerdo ahora si era la primera. Nos contó este Don Mario que los funcionarios llegaron con sus papeles y su burocracia, como si estuvieran atendiendo un cambio de placas y no un caso de desaparición forzada. Los familiares estaban temerosos y rabiosos y querían decir su palabra, pero el burócrata al frente alegaba que sólo podían hablar los que estaban apuntados y los intimidaba. Cuenta Don Mario que los acompañaba un hombre ya de edad, “de juicio” dirían las zapatistas, los zapatistas. Ese hombre, sin que nadie lo esperara, dio un manotazo en la mesa y alzó la voz exigiendo que se les diera la palabra a los familiares que quisieran hablar. Don Mario nos dijo, palabras más, palabras menos, “no tuvo miedo ese señor, y pues se nos quitó también a nosotros el miedo y hablamos, y desde entonces no paramos”. Ese hombre que, encendido de rabia, se plantó frente a la desidia gubernamental, pudo haber sido una mujer, o unoa otroa, y estoy seguro que cualquiera de ustedes, hubiera hecho lo mismo o algo parecido en esas circunstancias, pero llegó que le tocó ser a quien se llama Adolfo Gilly.
Compas familiares:
A eso nos referimos cuando les decimos que hay gente que está con ustedes sin verlos como una mercancía para comprar, vender, intercambiar o robar.
Y como él, hay otras, otros, otroas, que no golpean la mesa pues porque no la tienen enfrente, que si no, pues ahí lo vean.
Como zapatistas que somos, también hemos aprendido que nada de lo que merecemos y necesitamos se logra con facilidad ni rápido.
Porque la esperanza para el arriba es una mercancía, sí. Pero para el abajo es una lucha por una certeza: Vamos a conseguir lo que merecemos y necesitamos porque nos estamos organizando y estamos luchando para ello.
Nuestro destino no es la felicidad. Nuestro destino es luchar, luchar siempre, a todas horas, en todo momento, en todos los lugares. No importa que el viento no sea favorable. No importa que tengamos el aire y todo en contra. No importa que venga la tormenta.
Porque, créanlo o no, los pueblos originarios son especialistas en tormentas. Y ahí están, Y aquí estamos. Nosotros, nosotras nos llamamos zapatistas. Y desde hace más de 30 años pagamos el costo de así nombrarnos, en vida y en muerte.
Lo mucho que tenemos, es decir, nuestra supervivencia a pesar de todo y a pesar de todos los arriba que se han sucedido en calendarios y geografías, no se lo debemos a individualidades. Se lo debemos a nuestra lucha colectiva y organizada.
Si alguien pregunta a quién le deben los zapatistas, las zapatistas, su existencia, su resistencia, su rebeldía, su libertad, dirá verdad quien responda: “A NADIE”.
Porque así es como el colectivo anula la individualidad que suplanta e impone, simulando que representa y orienta.
Por eso les hemos dicho, familiares de la búsqueda de la verdad y la justicia, que cuando de su lado todos se vayan, quedaremos NADIE.
Una parte de ese NADIE, acaso la más pequeña, somos nosotras, nosotros, zapatistas. Pero hay más, mucho más.
NADIE es quien hace andar la rueda de la historia. Es NADIE quien trabaja la tierra, quien maneja las máquinas, quien construye, quien trabaja, quien lucha.
NADIE es quien sobrevive a la catástrofe.
Pero tal vez estemos equivocados, equivocadas, y el camino que les ofrecen sea el que vale realmente. Si así lo creen y así lo deciden, no esperen de acá un juicio condenatorio, ni repudios, ni desprecios. Igual tendrán nuestro cariño, nuestro respeto, nuestra admiración.
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 Familiares de los Ausentes de Ayotzinapa:
Es tanto lo que no podemos hacer, lo que no podemos darles.
Pero en cambio tenemos una memoria forjada en siglos de silencio y abandono, en la soledad, en el lugar del agredido por colores distintos, por diferentes banderas, por lenguas diversas. Siempre por el sistema, el pinche sistema que es sobre nosotros, nosotras. El sistema que es a costa nuestra.
Y tal vez las memorias tercas no llenan plazas, ni ganan o compran puestos gubernamentales, ni toman palacios, ni queman vehículos, ni rompen vidrios, ni levantan monumentos en los museos efímeros de las redes sociales.
Las memorias porfiadas sólo no olvidan, y así luchan.
Las plazas y calles se vacían, los puestos y los gobiernos se terminan, los palacios se derrumban, los vehículos y los vidrios son remplazados, los museos se enmohecen, las redes sociales corren de un lado a otro demostrando que la frivolidad, como el capitalismo, puede ser masiva y simultánea.
Pero llegan momentos, compas familiares de los ausentes, en que la memoria es lo único que se tiene.
En esos momentos, sepan ustedes que nos tienen también a nosotras, nosotros, zapatistas del EZLN.
Porque debemos decirles que la tenaz memoria de los zapatistas, las zapatistas, es muy otra. Porque no sólo lleva el apunte de los dolores y las rabias pasadas, dibujando en el cuaderno los mapas de calendarios y geografías que han sido olvidados arriba.
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EL MURO Y LA GRIETA.
 Como zapatistas que somos, nuestra memoria también se asoma a lo que viene. Señala fechas y lugares.
Si no hay un punto geográfico para ese mañana, empezamos a juntar ramitas, piedritas, jirones de ropa y carne, huesos y barro, e iniciamos la construcción de un islote, o más bien, de una barca plantada en medio del mañana, ahí donde ahora sólo se vislumbra una tormenta.
Y si no hay una hora, un día, una semana, un mes, un año en el calendario conocido, pues empezamos a reunir fracciones de segundos, minutos apenas, y los vamos colando por las grietas que abrimos en el muro de la historia.
Y si no hay grieta, bueno, pues a hacerla arañando, mordiendo, pateando, golpeando con manos y cabeza, con el cuerpo entero hasta conseguir hacerle a la historia esa herida que somos.
Y luego pasa que alguien camina cerca y nos ve, ve a la zapatista, el zapatista, duro que dale contra el muro.
Quien así pasa frente nuestro, a veces es quien cree que sabe. Se detiene un momento, mueve la cabeza con desaprobación, juzga y sentencia: “así nunca van a derribar el muro“.
Pero a veces, muy de cuando en cuando, pasa la otra, el otro, lo otroa. Se detiene, mira, entiende, se mira los pies, se mira las manos, los puños, los hombros, el cuerpo. Y elige. “Aquí está bueno“, podríamos escuchar si es que su silencio fuera audible, mientras marca una seña en el muro inmóvil. Y a darle.
Regresa quien cree que sabe, puesto que su camino es siempre de ida y vuelta, como pasando revista a sus súbditos. Ve ahora a lo otro en la misma necia tarea. Valora que ya hay suficientes para que le escuchen, le aplaudan, le aclamen, le voten, le sigan. Mucho habla, poco dice: “así nunca van a derribar ese muro, es indestructible, es eterno, es interminable” Cuando considera que es oportuno, concluye: “lo que deberían hacer es ver cómo administrar el muro, cambiar de guardia, intentar hacerlo un poco justo, amable. Yo les prometo ablandarlo. De todas formas, siempre estaremos de este lado, Si siguen así, sólo le están haciendo el juego a la actual administración, al gobierno, al Estado, al como se diga, no importa la diferencia porque el muro es el muro y siempre, ¿lo oyen?, siempre estará ahí“.
Tal vez se acerque alguien más. Observa en silencio y concluye: “en lugar de empeñarse contra el muro, deberían entender que el cambio está en uno mismo, una misma, sólo se necesita pensar positivamente, mire usted, qué casualidad, aquí tengo a la mano esta religión, moda, filosofía, coartada que le servirá. No importa si es vieja o nueva. Venga, sígame“.
Para esto, quienes están duro y dale contra el muro ya están mejor organizados, se hacen colectivos, equipos, se relevan, se turnan. Los hay equipos gordos, flacos, altos y chaparros; allá están los sucios, feos, malos y groseros; los hay cabezones, los hay patones, los hay con las manos endurecidas por el trabajo, los hay de quienes, sea mujeres, sea hombres, sea otroas, echan el hombro, el cuerpo, la vida.
Duro y dale con lo que pueden.
Hay quien con un libro, un pincel, una guitarra, una tornamesa, un verso, un azadón, un martillo, una varita mágica, un lapicero. Vaya, hasta hay quien golpea al muro con un “pas de chat“. Y bueno, pasa lo que pasa, Porque resulta que el baile se contagia. Y alguien trae una marimba, un teclado o un balón y entonces los turnos… bueno, ya se imaginarán ustedes.
Claro, el muro ni en cuenta. Sigue impávido, poderoso, inmutable, sordo, ciego.
Y aparecen los medios de comunicación de paga: toman fotos, videos, se entrevistan entre ellos mismos, consultan especialistas. La especialista tal-cual, cuya virtud es ser de otro país, declara, con mirada trascendente, que la composición molecular de la materia que le da al muro su corporeidad es tal que ni con una bomba atómica y que, por lo tanto, lo que hace el zapatismo es completamente improductivo y termina por ser cómplice del muro en sí (ya en off, la especialista le ha pedido a quien la entrevista que mencione su único libro, a ver si así se vende).
Sigue el desfile de especialistas. La conclusión es unánime: es un esfuerzo inútil, así nunca derribarán el muro. De pronto, los medios corren a entrevistar a quien ofrece una administración “más humana” del muro. El tumulto de cámaras y micrófonos produce un efecto curioso: quien no tiene argumentos ni seguidores, parece tener muchos de unos y otros. Gran y conmovedor discurso. Hay la nota. Se van los medios de comunicación de paga, porque nadie estaba poniendo atención a lo que decía el candidato, el líder o el sabio, sino a sus teléfonos que, obvio, son al menos más inteligentes que el entrevistado o entrevistada, y hay un terremoto aquí nomás, y al funcionario tal le encontraron que es corrupto, y james bond ha llegado al Zócalo, y la pelea del siglo ha atraído a millones, tal vez porque pensaron que era entre explotados y explotadores.
A la zapatista, el zapatista, nadie le pregunta. Si lo hicieran tal vez no respondería. O tal vez diría el por qué de su absurdo empeño: “acaso quiero derribar el muro, basta con hacerle una grieta”
No ha sido en libros escritos, sino en los que aún no se escriben pero ya son leídos por generaciones, que las zapatistas, los zapatistas han aprendido que si paras de arañar la grieta, ésta se cierra. El muro se resana a sí mismo. Por eso tienen que seguir sin descanso. No sólo para ensanchar la grieta, sobre todo para que no se cierre.
Sabe también la zapatista, el zapatista, que el muro muta en su apariencia. A veces es como un gran espejo que reproduce la imagen de destrucción y muerte, como si no fuera posible otra cosa. A veces el muro se pinta de agradable y en su superficie aparece un plácido paisaje. Otras veces es duro y gris, como para convencer de su impenetrable solidez. Las más de las veces el muro es una gran marquesina donde se repite “P-R-O-G-R-E-S-O”.
Pero el zapatista, la zapatista sabe que es mentira. Sabe que el muro no siempre estuvo ahí. Conoce cómo se levantó. Sabe de su funcionamiento. Conoce de sus engaños. Y sabe también cómo destruirlo.
No le preocupa la supuesta omnipotencia y eternidad del muro. Sabe que son falsas ambas.
Pero ahora lo importante es la grieta, que no se cierre, que se agrande.
Porque el zapatista, la zapatista, también sabe qué hay al otro lado del muro.
Si le preguntaran, respondería “nada“, pero sonreiría como si dijera “todo“.
En uno de los relevos, los Tercios Compas, que no son medios, ni libres, ni autónomos, ni alternativos, ni como se llamen, pero son compas, interrogan con severidad a quien golpea.
“Si dices que no hay nada del otro lado, ¿para qué quieres hacerle una grieta al muro?”
“Para mirar“, responde la zapatista, el zapatista, sin dejar de arañar.
“¿Y para qué quieres mirar?“, insisten los Tercios Compas que para entonces, como todos los medios se han ido, son los únicos que permanecen. Y para ratificarlo, llevan en la camisola la leyenda “Cuando los medios se van, quedan los tercios”. Y, claro, están un poco incómodos porque son los únicos que están preguntando en lugar de darle al muro con la cámara o con la grabadora o al-fin-supe-para-qué-carajos-sirve-este-pinche-tripie.
Los Tercios preguntan de nuevo, faltaba más. Aunque sea que llega en la cabeza, porque la grabadora ya fue, de la cámara mejor ni hablar, y el tripie ahí nomás se hizo ciempiés. Así que repite: “¿Y para qué quieres mirar?”
“Para imaginar todo lo que se podrá hacer mañana“, responde el zapatista, la zapatista.
Y cuando la zapatista, el zapatista dijo “mañana” bien pudo estarse refiriendo a un calendario perdido en un futuro por venir. Podrían ser milenios, siglos, decenios, lustros, años, meses, semanas, días… ¿o ya mañana?, ¿mañana? ¿mañana mañana? ¿Te cae? ¡No chingues si ni siquiera me he peinado!
Pero no todos, todas, pasaron de largo.
No todas, todos, pasaron y juzgaron absolviendo o condenando.
Hubo, hay pocos, muy pocos, tantos apenas que ni una mano agotan.
Estuvieron ahí, callados, mirando.
Ahí siguen.
Apenas de vez en cuando profieren un “mmh” que es muy semejante al que expresan los más antiguos de los pobladores en nuestras comunidades.
Contra lo que se pueda pensar, el “mmh” no significa desinterés o desapego. Tampoco desaprobación o acuerdo. Es más bien como un “aquí estoy, te escucho, te miro, continúa”.
Ya de edad son esos hombres y mujeres, “de juicio” dicen los compas cuando se refieren a la gente mayor, señalando que los calendarios deshojados en la lucha dan razón, saber y discreción.
Entre esos pocos, había uno, hay uno. En veces ese uno se suma a los partidos de fútbol que el comando anti muro organiza para seguir golpeando, aunque entonces sea un balón, y después le toque al teclado de la marimba.
Como de costumbre en esos partidos, nadie pregunta nombres. Uno o una o unoa no se llama juan, o juana o krishna, no. Es la posición que tienes la que te nombra. “¡Oyes portería! ¡Pásala volante! ¡Duro defensa! ¡Dale atacante! ¡Acá delantero!“, se escucha en la algarabía del potrero, con las vacas indignadas porque el ir y venir de los equipos les arruina la comida.
En una orilla, una niña inquieta hace por calzarse unas botas de hule que, se nota, le quedan grandes
“Y vos, ¿cómo te llamas?“, le pregunta el hombre a la niña.
“Yo defensa zapatista“, dice la niña y pone su mejor cara de “si no quieres morir, retírate”.
El hombre sonríe. No ríe abiertamente. Sólo sonríe.
La niña, es claro, está reclutando elementos para retar al que pierda.
Sí, porque acá, cuando el equipo gana, se va a darle al muro. Y el equipo que pierde sigue jugando, “hasta que aprenda”, dicen.
La niña tiene ya parte del equipo y le presume al hombre.
“Éste es delantero“, dice señalando a un chuchito de color indefinido por las costras de lodo y que mueve la cola entusiasmado. “Si corre, acaso para, se va y se va, hasta allá“, y la niña señala al horizonte que el muro oculta.
“Falta que no se le olvide el balón“, dice casi como pidiendo disculpas, “porque luego agarra camino para otro lado; la pelota para allá y el perrito delantero para el otro allá“.
“Este es portero o conserje también le dicen, creo“, dice ahora presentando a un viejo caballo viejo.
“Yo mi trabajo“, explica la niña, “es que no pase el balón, porque mírelo usted, es choco, le falta un su ojo, el derecho, por eso ya sólo mira abajo y a la izquierda y si el tiro viene por la derecha, pues nomás ni en cuenta“.
“Y bueno, ahorita no está todo el equipo. Falta el gato… bueno, más bien es perro. Muy otro el ése-como-se-llama, como que perro pero maúlla, como que gato pero ladra. Lo busqué en el libro de herbolaria cómo se llama un animalito así. No encontré. Dijo el Pedrito que dejó dicho el Sup que se llama gato-perro.
Pero no muy hay que creerle al Pedrito porque…” la niña voltea a uno y otro lado viendo que nadie esté cerca para escucharla, y le dice al hombre en secreto “ese Pedrito le va al América“, luego, ya más en confianza: “Su papá le va a las chivas y se embravece. Si pelean, su mamá los zapea a los dos y ya se están quietos, pero el Pedrito mucho alega, que la libertad según las zapatillas y no sé cuánto”
“Será zapatistas“, corrige el hombre. La niña ni en cuenta, el Pedrito se las debe y ha de pagar.
“Bueno, tú como te llames, el gato-perro ése, tú piensas en tu cabeza ¿será que sabe jugar?”
“Sabe“, se responde ella misma.
“Como el enemigo no lo ve si es perro o es gato, rápido se va por un lado y otro y ¡zás! ahí está el gol. El otro día casi ganamos, pero la pelota se fue pal monte y en eso llegó la hora del pozol y se suspendió el partido. Bueno, te digo tú, el ése gato-perro como-se-llame, sabe. Muy otro el gato-perro ése, tiene su ojo amarillo, así“.
El hombre ha quedado helado. La niña ha descrito un color con sus manitas. El hombre ha rodado mundos y penas, pero no había encontrado a alguien que describiera un color con un ademán. Pero la niña no está para impartir cursos de fenomenología del color, y sigue hablando.
“Pero no está ahorita, el gato-perro“, dice con pena, “creo que se fue de cura porque dicen quesque se fue a un seminario contra el pinche capitalismo cabezón. ¿Tú lo sabes cómo es su modo del pinche capitalismo cabezón? Bueno, mira, te lo voy a dar la plática política. Resulta que la pinche sistema no te muerde sólo de un lado sino que onde quiera te está chingando. Todo lo muerde la pinche sistema, todo se lo zampa y si ya se engordó mucho, pues lo gomita, y de vuelta con su tragadera. O sea que para que me entiendas el maldito capitalismo no tiene llenadero. Por eso yo le dije al gato-perro ése que para qué se va de cura a un seminario. Pero acaso obedece. ¿Usted cree que va a ser cura un gato-perro? No, ¿verdad?, ni por muchos goles, ni por mucho ojo amarillo. ¿Tú lo vas a dejar que te dé un casorio un gato-perro, manque tenga su ojo amarillo, ¿verdad que no? Por eso yo, cuando nos cásemos con mi marido nada de cura, sólo con el municipio autónomo y eso por el baile, que si no, ni eso. Nomás permisados para que no anden mal hablando. Solita yo y mi ése-como-se diga, y si no muy sirve el marido pues a volar cuervos que te sacarán los ojos. Así dice mi abuela, que ya está grande ya, pero bien que combatió el primero de enero de 1994. ¿No lo sabes qué pasó el primero de enero de 1994? Ah, pues luego te lo canto una canción que lo dice todo clarito. Ahorita no, porque de repente ya nos toca jugar y hay que estar listas. Pero para que no estés con pendiente te digo que ese día le dijimos a los pinches malditos malos gobiernos que ya estuvo bueno, que hasta aquí nomás, que ya basta de sus chingaderas. Y dice mi abuela que fue por las mujeres, que viera que por los pinches maridos, pues nada, que ahí estaríamos dando lástima, como los partidistas de por sí. Bueno, no lo tengo visto todavía quién para mi marido, porque luego son muy tarugos los hombres, vieras. Y ahora estoy todavía niña. Pero ya luego lo sé que mucho me van a mirar los pinches hombres, pero yo, seria, nada de que sí, nada de que no, nada de que no sé, o sea que me voy como quien dice a dar mi lugar y si el pinche marido se quiere pasar de rosca bueno, pues por eso estoy de defensa zapatista, ahí nomás le doy su zape y anda vete, que me respete como mujer zapatista que soy. Claro, no va a entender luego, así que varios zapes hasta que lo entienda la lucha de como mujeres que somos”
El hombre ha seguido atento toda la perorata de la niña. No así el perrito de las costras de lodo, que a saber dónde anda. Ni el caballo tuerto que mastica con parsimonia un plástico herencia del alumnado de la escuelita. Con todo, el hombre no se ha reído, apenas si ha alcanzado a parpadear al mismo ritmo de su sorpresa.
“Ya vamos a ser más“, anima la niña, “de repente dilata, pero sí vamos a ser más“.
El hombre tarda en comprender que ahora la niña se refiere a su equipo. ¿O no?
Pero la niña ahora estudia al hombre con mirada de cazatalentos, después de varios “mmh“, le suelta “Y vos, ¿cómo te llamas?“.
“¿Yo?” dijo el hombre sabiendo que la niña no pedía el árbol genealógico, ni el escudo heráldico, sino una posición.
Después de recorrer mentalmente sus opciones, el hombre responde: “yo me llamo recoge balones“.
La niña se queda callada, valorando la utilidad de esa posición.
Después de pensarlo un rato, le dice al hombre, no para consolarlo, sino para que se dé cuenta de lo importante:
“Recoge balones, no cualquiera, eh. Ahí tiene usted, si el balón se va para allá nomás, onde el acahual, olvídate, no hay quien quiera ir, porque está muy fiero ahí, mucha espina, mucha mostazilla, arañas, de repente hasta culebra. O de repente la pelota se va al arroyo y no fácil se pepena, porque el agua lo lleva, así que hay que correr para alcanzarlo, al balón. Así que recoge balones cuenta, vale pues. Sin recoge balones nomás no hay partido. Y si no hay partido, pues no hay fiesta, y si no hay fiesta pues no hay baile, y si no hay baile pues de balde me peino y de balde me pongo los prensapelos de colores, mira“, dice la niña y de su morraleta saca un montón de prendedores de muchos colores, tantos que ni los hay todavía.
“Recoge balones no cualquiera“, le repite la niña al hombre mientras lo abraza, no para consolarlo, sino para que entienda que todo lo que vale la pena se hace en equipo, en colectivo, cada quién su tarea.
“Yo sería, pero no. Mucho miedo me dan las arañas y las culebras. El otro día hasta soñé muy fiero por su culpa de una pinche culebra que topé en el potrero. Así nomás“, y extiende sus brazos tanto como puede.
El hombre sigue sonriendo.
El partido acaba, la niña no ha completado el equipo para retar y se ha quedado dormida en el suelo.
El hombre se levanta y le pone su chaqueta porque la tarde ya pardea y el fresco alivia la tierra. Tal vez hasta llueva.
Un miliciano está ahora regresando con las identificaciones que pidió la Junta de Buen Gobierno. El hombre espera su turno.
Por fin dicen su nombre y se acerca a recoger su pasaporte que tiene al frente un grabado que reza “República Oriental del Uruguay”. En su interior hay una foto de un varón con cara de “¿Qué diablos estoy haciendo aquí?” y a su lado se lee “Hughes Galeano, Eduardo Germán María”.
“Oiga“, le pregunta el miliciano, “¿usted se puso Galeano de nombre de lucha por el compa sargento Galeano?“.
“Sí, creo que sí“, responde el hombre mientras sostiene el pasaporte dudando.
“Ah“, dice el miliciano, “de por sí eso pensé“.
“Oiga y su tierra, ¿dónde mero queda?”
El hombre mira al miliciano zapatista, mira el muro, mira a la gente dale y duro a la grieta, mira a los niños jugando y bailando, mira a la niña tratando de hablar con el perrito, con el caballo choco y con un animalito que bien podría ser un gato, o un perro, y dice resignado: “también aquí“.
“Ah” dice el miliciano, “¿y usted a qué se dedica?”
“¿Yo?“, trata de responder el hombre mientras recoge su mochila.
Y de pronto, como si apenas acabara de entender todo, responde sonriendo “Yo soy recoge balones“.
El hombre ya está lejos y no alcanza a escuchar al miliciano zapatista que murmura con admiración: “Ah, recoge balones, no cualquiera“.
Ya en la formación, el miliciano le dice a otro: “Oí Galeano, que hoy conocí a un ciudadano que se puso tu nombre“.
El sargento Galeano sonríe, como de por sí, y replica “no hombre, ¿cómo crees?“.
“De por sí“, dice el miliciano, “de dónde si no va a sacar ese nombre el señor ése“.
“Ah“, dice el sargento de milicias y maestro de la escuelita Galeano, “¿y qué es lo que hace él?“, pregunta.
“Es recoge balones“, dice el miliciano y se va corriendo para alcanzar pozol.
El sargento de milicias Galeano, recoge su cuaderno de apuntes y lo guarda en su morraleta mientras dice entre dientes: “Recoge balones, como si fuera tan fácil. Si no cualquiera es recoge balones. Para ser recoge balones se necesita mucho corazón, como de ser de zapatista, y para ser de zapatista no cualquiera, aunque eso sí, luego hay alguien que no sabe que es de zapatista… hasta que sabe“.
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Tal vez no me crean ustedes, pero esto que les cuento pasó hace apenas unos días, unas semanas, unos meses, unos años, unos siglos, cuando el sol de abril abofeteaba la tierra no para ofenderla, sino para que despertara.
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Hermanas y hermanos familiares de los Ausentes de Ayotzinapa:
Su lucha es ya una grieta en el muro del sistema. No dejen que se cierre Ayotzinapa. Por esa grieta respiran no sólo sus hijos, también las miles de desaparecidas y desaparecidos que faltan en el mundo.
Para que esa grieta no se cierre, para que esa grieta se ahonde y se ensanche, tendrán ustedes en nosotros, nosotras, zapatistas, una lucha común: la que transforme el dolor en rabia, la rabia en rebeldía, y la rebeldía en mañana.

SupGaleano.
México, mayo 3 del 2015.


Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)- Tercera parte

A propósito de la serie televisiva “Los siete locos y Los Lanzallamas”


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha)


 En esta tercera entrega, el autor continúa con un repaso y análisis de “Los siete locos” y “Los Lanzallamas”, segunda y tercera novela de Roberto Arlt adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública. 



Roberto Arlt, hay que decirlo, es un autor de la mezcla por excelencia. Y un escritor del “realismo metafísico”, según la clasificación –hoy canónica ya– de Oscar Masotta. De allí que Arlt se resista a la clasificación. “Demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo”, escribe Ricardo Piglia en un artículo publicado en 1973 en revista Los Libros (“Roberto Arlt: una crítica de la economía literaria”).
Por eso el autor de “Respiración artificial” insistirá en cierta lectura “económica” de su obra, aunque no economicista. Si para Arlt –siempre según Piglia– el origen de la riqueza siempre esconde un misterio, un crimen, el enriquecimiento (el mundo de los ricos, podríamos agregar), siempre, por principio, es ilegal. Por eso los ricos tienen algo demoníaco. De todos modos, es importante destacar que Arlt no va a optar, no va a tomar el punto de vista de la clase obrera o del pobrerío urbano. No. Va a situar su narración en un mundo intermedio (un mundo casi de ensoñación), que no es el de ninguna de las clases fundamentales de la sociedad capitalista. Es el mundo de los estafadores, los inventores, los falsificadores, los soñadores, los alquimistas que tratan de hacer dinero de la nada. Remata Piglia: “son los hombres de la magia capitalista, trabajan para sacar dinero de la imaginación”.
Por eso aquí no estamos ante una historia típicamente realista. Por ejemplo, ante una sociedad secreta, comunista o anarquista, que se organiza para realizar acciones que conduzcan al proletariado hacia la revolución social. No, el discurso de izquierda se mezcla con el del fascismo, el nietzscheanismo y otros discursos de la época, como el científico, el periodístico y el cinematográfico.
Tal como señaló Horacio González en su libro “Arlt, política y locura”, todos los lectores arltianos sabemos que la línea de continuidad entre una novela y otra se produce porque un libro termina con una pregunta y el otro comienza con su respuesta. Los 7 locos culmina con una pregunta de Erdosain: “¿Sabe que usted se parece a Lenin? Y Los Lanzallamas se inicia con la respuesta del Astrólogo: “Sí… pero Lenin sabía a dónde iba”.
Este no saber bien a dónde ir es lo que caracteriza este segmento de la narrativa arltiana. ¿Alguien sabe dónde ir en un mundo desquiciado como el de entonces? Parece que no, aunque muchos discursos intenten hacer de cuenta que no pasa demasiado, o que la Gran Guerra y la crisis del primer cuarto de siglo no han arrasado con muchos paradigmas. Arlt sí lo sabe y escribe sobre eso y no deja de dar cuenta de esa crisis.
Distribuida por la editorial Claridad el 30 de octubre de 1931, en esta segunda parte de la historia –como han señalado Mirta Arlt y Omar Borré– la obsesión de un Dios insoportablemente ausente se acentúa. Los ejes fundamentales, los temas presentados en Los 7 locos se extienden, se complementan y se saturan en Los lanzallamas. La búsqueda de felicidad, la desorientación ante la falta de explicaciones, la ausencia de salidas ante los interrogantes existenciales son la clave a partir de la cual podemos continuar entretejiendo nuestras aproximaciones interpretativas.
Repasando un poco. Se ha señalado ya que Erdosain es el prototipo del humillado: ha sido humillado por su padre y sus maestros cuando niño, por su mujer y sus patrones de adulto, y también, por Ergueta y Barsut, y hasta por algún que otro integrante de la sociedad secreta (sociedad que, recordemos, se le presentaba como una salida a la angustia, producto de todas esas humillaciones soportadas). Inventor fracasado, si le fue mal al robar, ahora sólo le queda el camino del crimen. Acción que tal vez pueda ofrecer una esperanza para su vida: que acontezca algo distinto, extraordinario. Algo que colme ese vacío que siente en su interior. El crimen, entonces, aparecerá como aquella acción que le permita cortar las amarras con la civilización.
Ahora bien, es fundamental dar cuenta que la idea del crimen se va entrelazando todo el tiempo con la del suicidio. Es que tal como ha señalado El Astrólogo, Erdosain “es un desdichado que goza con la humillación”. De allí que demore su suicidio, argumentando que es necesario sufrir más, romperse más. Porque el goce atraviesa tanto su sufrimiento como el de los demás. Erdosain, por ejemplo, contempla “inmensamente divertido” a la señora de la pensión en la que vive, mientras le dice que su hija de 14 años, “ligeramente bizca, precozmente desarrollada”, estaba con sus manos en un lugar poco adecuado para una señorita (en la bragueta de un hombre). “En la semioscuridad sonreía, disuelta su amargura, en un regocijo estupendo”, dice, mientras le ofrezca dinero a cambio de casarse con la muchachita.
Si se suicidara, todo terminaría de repente. Y su problema –según confiesa Erdosain– consiste en hundirse. “En hundirme dentro de un chiquero. ¿Por qué? No sé. Pero me atrae la suciedad. Créalo. Quisiera vivir una existencia sórdida, sucia, hasta decir basta”.
Es el Rufián quien comprende lúcidamente esta situación. Por eso le dice a Erdosain: “Si hay un criminal entre nosotros, un hombre que vaya a saber qué horrores cometió en su vida, es usted… cuando usted hablaba me dio un frio en la espalda. Fue el presentimiento; y tuve la impresión nítida: este hombre ha cometido algún crimen terrible. Esa necesidad de humillación de que habla no es nada más que remordimiento. Necesidad de hacerse perdonar por la conciencia algún acto espantoso del que no se puede olvidar. De otro modo no se explica…”.
Oscar Masotta (“Sexo y Traición en Roberto Arlt”), nuevamente, es quien ilumina estos pasajes con sus agudas reflexiones.
“Se trata de alguien que alguna vez ha cometido un crimen monstruoso. Pero nada se nos dice de ese crimen y el propio Arlt finge ante el lector que  nada sabe del pasado de su personaje. La humillación le viene a Erdosain de ese pasado oscuro y ahora él es un humillado”.
Por supuesto, cuando Erdosain intente defenderse ante el Rufian, diciendo que él no ha asesinado a nadie, el otro contestará: “No es necesario asesinar para cometer un crimen terrible. Cuando yo digo un crimen terrible, es un crimen que nadie sobre esta tierra puede perdonárselo”. Perspicaz, Haffner le dice a Erdosain que ni siquiera pegándose un tiro podría demostrar su inocencia, porque en tal caso, se leería ese suicidio como una comedia. “A pesar de haber muerto, era culpable de un crimen que no pudo confesar”.
En este sentido, podemos rescatar para terminar esta entrega las propias palabras de Erdosain, en diálogo con otro de los personajes, Luciana Espila:
“Yo vivo acosado por remordimientos… He cometido pecados atroces… No sé a quién le oí decir que en las Sagradas Escrituras se habla de un pecado que no se puede nombrar… Yo ya lo he cometido… pero no puedo nombrarlo, ¿me entedes? Desde entonces vivo acosado. Es como si me hubieran expulsado de la Existencia. Nadie, además, fíjate que castigo terrible, puede comprenderme… Decí si no es espantosamente ridículo llevar sobre las espaldas una tragedia que no se puede nombrar”.


sábado, 2 de mayo de 2015

Zéppelin Teatro: el grupo cordobés que llevó el peronismo a los escenarios

¿Qué veinte años no es nada?



Por Mariano Pacheco
(Agencia Paco Urondo)




Este viernes, Primero de Mayo, el grupo cordobés Zéppelin Teatro dará inicio a un ciclo –que se extenderán por tres meses– de reposición y reestreno de obras por sus 20 años de existencia. En “Argentina Hurra (Pensé que se trataba de cieguitos)” y “Operativo Pindapoy”, el colectivo de teatristas fundado y dirigido por Jorge Villegas realiza un novedoso recorrido por la historia del peronismo: en la primera obra, por el proceso que va desde el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, hasta su muerte en 1974, y en la segunda, por el emblemático episodio (mayo de 1970) que dará aparición pública a la organización Montoneros: el secuestro –y posterior ajusticiamiento– del dictador Pedro Eugenio Aramburu.


Locro y teatro
Tal vez no podían elegir mejor día para dar inicio a los festejos por sus 20 años de existencia. Es que para un grupo de “teatristas-activistas”, como ellos mismos se definen, el 1° de Mayo se presenta como una fecha emblemática. Así, la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores tendrá en Córdoba, este viernes, su momento de ligazón con la dramaturgia. El grupo Zéppelin Teatro realizará en la sala “La Parisina” (situada en la calle Neuquén 223, del barrio Alberdi de la capital provincial), una jornada por partida triple: a las 14 horas, reposición de su obra “Retrato de un hombre invisible” (que continuará todos los viernes de mayo a las 22 horas). Previamente, desde las 13, habrá unas empanadas con vino para los asistentes. Y luego de la función, el convite continuará con un locro, lecturas de poesías y guitarreada. “Retrato de un hombre invisible” retoma la emblemática y controvertida figura de Charlie Moore, el militante del Ejército Revolucionario del Pueblo que, promediando la década del 70 del siglo pasado, fue capturado por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y, luego de ser brutalmente torturado, fue convertido en asesor del aparato represivo argentino. 
Al día siguiente –sábado 2 de mayo– a las 22 horas, comienza por todo el mes la reposición de “Tosco” –la obra de Alejandro Finzi adaptada por Villegas– que está centrada en la madrugada del 22 de agosto de 1972 –la noche que culmina con la fuga de presos políticos y posterior “Masacre de Trelew”–, cuando el dirigente sindical cordobés se encuentra detenido en la cárcel de Rawson junto con combatientes de distintas organizaciones revolucionarias.


Peronismo en la resistencia
Durante el segundo mes de festejos, Zéppelin hará una reposición de dos obras en el teatro La Chacarita (Jacinto Ríos 1449, Barrio Pueyrredón). Durante todos los jueves y viernes de julio, desde las 21.30 horas, podrán verse, respectivamente, las obras “Argentina Hurra! (pensé que se trataba de cieguitos)” y “KyS” (Kosteki y Santillán).
En “Argentina Hurra!...”, gran parte de los componentes que son centrales en el período que se inicia con la resistencia peronista, y que se extienden hasta el retorno y posterior fallecimiento de Perón, son abordados críticamente sin concesiones por una dramaturgia que busca todo el tiempo salirse de los lugares comunes. El exilio de Perón; la radicalización de un sector de la clase obrera y los jóvenes de sectores medios; la lucha en Argentina por el retorno del líder exiliado; España, la bailarina nocturna y el policía dedicado al esoterismo; Puerta de Hierro y los caniches; el cadáver de Evita; el repliegue de la dictadura militar; las pasiones encendidas, alegrías y tristezas; la Masacre de Ezeiza (1973); la desilusión juvenil del 1° de Mayo de 1974… Una muñeca de Eva y una máscara de Perón. Un baile, un tango, “chorra”, esa canción.
Protagonizada por Matías Unsaín, Santiago San Paulo, Diego Trejo, Rubén Gattino y Laura Ledesma, con música de Cruz Zorrilla, la obra está centrada en las historias de violencia política, devenires de lealtades y traiciones que se producen al interior del peronismo en ese ciclo que va desde la instauración de la Revolución Libertadora a la instauración del accionar de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Esta tercera y última parte del “Proyecto Patria o Muerte” recibió varios reconocimientos. Entre otros, el jurado del festival Fondo Estímulo a la Actividad Teatral Cordobesa otorgó una mención especial para la actuación de Unsain, además de una consideración como “Mejor obra”, “Mejor dramaturgia” y “Mejor diseño en sonido”.
Por otra parte, el grupo viene de reponer, en el marco de la 30° Fiesta Nacional del Teatro (realizada en Salta en marzo pasado), su obra “Operativo Pindapoy”, donde desde un enfoque irónico, y a veces ácido, se recrea el secuestro-juicio-revolucionario-ejecución de Aramburu. Protagonizada por Unsaín, San Paulo y Gattino, la obra repone lúcidamente no solo el contexto histórico-político del momento de los hechos, sino también el social y cultural, así como el momento de producción de la obra. Junto con la conocida historia del “Aramburazo”, aparecen retazos del cuento “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh (sobre el devenir del secuestrado cadáver de Eva Perón), el trágico episodio conocido como “Detrás de la Puerta 12” (el superclásico futbolístico Boca-River de junio de 1968, donde numerosas personas pierden la vida) y elementos contemporáneos como la definición de “gorila” por parte de “Wikipedia”. “Operativo Pindapoy” presentada ya –entre otros sitios– en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA) y en el teatro Cervantes de Buenos Aires, recibió el premio a “Mejor dramaturgia”, “Mejor actor”  (Gattino) y “Mejor obra” por parte de la edición Córdoba 2013 del Premio Provincial del Teatro.
Con los festejos por sus 20 años de existencia Zépelin convida una serie de momentos estéticos que aportan a renovar –lejos del gesto nostálgico– el ejercicio de revisión del pasado reciente de la Argentina, en la búsqueda por no hacer del ayer un lugar muerto, ni del hoy una situación inmodificable, así como tampoco de sus obras un “entretenimiento” para “espectadores”. Momento estético, momento político. Zéppelin: un teatro entendido como asamblea.


Para infórmate sobre el resto del ciclo de obras y otras noticias del grupo:


miércoles, 29 de abril de 2015

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)- Segunda parte

A propósito de la serie televisiva 
“Los siete locos y Los lanzallamas”


Por Mariano Pacheco
(Publicado en el Portal de Noticias Marcha
miércoles 29 de abril de 2015)
  

En esta segunda entrega, el autor continúa con un repaso y análisis de “Los siete locos” y “Los Lanzallamas”, segunda y tercera novela de Roberto Arlt adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública. 


Se ha visto ya en la serie que emite la Televisión Pública desde la semana pasada. Y los lectores de Arlt también lo saben. A modo de repaso entonces, y de comentario para quienes no hayan tenido aun el placer de transitar la lectura de “Los siete locos” y “Los lanzallamas” –segunda y tercera novela de este ya clásico de la literatura argentina– retomamos el hilo de la nota publicada por Marcha el miércoles pasado.
En fin, estábamos en que –si bien con sentimientos enfrentados, puesto que Erdosain pensaba, por un lado, que el Astrólogo era un hombre de dinero, pero por otro lado, que podía ser un delegado bolchevique en el país– el protagonista de la novela se dirige hacia Constitución, para desde allí ir hasta Temperley a visitar al Astrólogo, y ver si él, finalmente, podía prestarle los 600 pesos.
Allí, entonces, en la zona sur del conurbano bonaerense, es el lugar en donde Remo se encuentra con el Astrólogo, quien se encuentra –a su vez– reunido con Arturo Hafnner (“El rufián melancólico” que explota prostitutas). A partir de ahí se teje la trama de la sociedad de los locos. Una sociedad que se erige en contrasociedad, en su intento por superar al hombre, de arrancarlo de la era del nihilismo.
El crimen será la condición de posibilidad de existencia en esa civilización en decadencia (“Erdosain quiere escaparse de la civilización”, podemos leer en Los lanzallamas). Esos tiempos en donde el dinero convierte a determinados hombres en dioses y a otros en monstruos. “Ser como dioses”. De allí que “matar a Barsut era una condición previa para existir, como lo es para otros el respirar aire puro”, escribe Arlt. Porque el crimen es lo que permite cortar las amarras con la civilización es que Erdosain siente que, al haber condenado a muerte a un hombre, ha encontrado por fin un objeto noble para su vida, un “sueño grande”.
Porque la civilización se les presenta, a los hombres y mujeres de la ciudad de Buenos Aires (la capital cosmopolita de América Latina), como un lugar al que odian, que les provoca angustia. Entre otras cosas, porque son personas que ya no pueden creer en nada. Viven en la era del nihilismo, en la cual ya no hay valores vinculantes. Por eso el Astrólogo dirá: “La humanidad, las multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los hombres van a decir: para qué queremos la vida…Nadie tendrá interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda fe”, insiste Arlt. Y luego agrega: “Créame, nosotros estamos viviendo en una época terrible… todos los hombres viven angustiados”.
Esa civilización, que se desarrolla en las grandes urbes, se presenta así como un círculo infernal. Habitada por esos hombres agonizantes con moral de esclavos. Aun los proletarios comunistas o anarquistas son un rebaño de cobardes, comenta Arlt. Por eso el “Buscador de oro” –otro de los persnajes- va a hablar de una “aristocracia natural” (a la que denominan “aristocracia bandida”), que desafíe la soledad, los peligros, la tristeza, el sol, lo infinito de la llanura. “Uno se siente otro hombre”. Y de allí que el proyecto del Astrólogo implique fundar colonias en las montañas, en donde puedan curarse las almas que enfermó la civilización. Porque las ciudades son los cánceres del mundo que  aniquilan al hombre, lo moldean cobarde, astuto, envidioso… De allí que el Astrólogo declare que, en nuestro siglo, los que no se encuentran bien en las ciudades que se vayan al desierto.
El desierto crece, dirá el filósofo Federico Nietzsche. Porque en el desierto han habitado, desde siempre, los veraces; los espíritus libres, los señores del desierto. Pero en las ciudades no, allí habitan los bien alimentados y los famosos sabios, los animales de tiro. En el pensamiento de Zaratustra, de todos modos, el presente del nihilismo –producto de la muerte de Dios– ofrece asimismo la posibilidad de gestar al superhombre. Pero solo podrán asumir ese desafío quienes enfrenten la terrible desolación. Porque muerto Dios, muerto también el hombre (el que permanecía de rodillas ante la divinidad). “¿Sabe que me gusta su símil del desierto?”, le dice Erdosain al Buscador de oro, quien le contesta: “Pero claro… para los descontentos e incómodos de las ciudades está la montaña, la llanura, la orilla de los grandes ríos”. Erdosain se siente cobarde, pero el Buscador de oro le aclara que no se puede ser valiente en la ciudad, que domestica al hombre, lo lleva a refrenar sus impulsos y lo acostumbra a ser un resignado.
¡Qué pasajes tan nietzscheanos! Veamos sino, brevemente, estas líneas de Así habló Zaratustra:
“¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande los ha colocado ahí como símbolo de sí misma! ¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlos en su caja! Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar de ahí varones?... ¡Todo se ha vuelto más pequeño! Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi especie puede pasar todavía por ellos sin duda, ¡pero tiene que agacharse!”.
Frente a toda esta pequeñez quiere rebelarse la contrasociedad de humillados del Astrólogo (“futuro en campo verde, no en ciudades de ladrillos”), Erdosain y el resto de la pandilla. Dejar atrás a ese hombre imbécil y darle paso al superhombre.
Aquí, en la narrativa arltiana, el superhombre aparece bajo la figura del Monstruo Inocente. Según palabras del Astrólogo, es a ellos a quienes toca inaugurar una nueva era. “¿Sabe? –dice a Erdosain–. Muchos llevamos un superhombre adentro. El superhombre es la voluntad en su máximo rendimiento, sobreponiéndose a todas las normas morales y ejecutando los actos más terribles, como un género de alegría ingenua… algo así como el inocente juego de la crueldad”.
También el mencionado tema de la muerte de dios aparece en algunos de esos magistrales diálogos que el Astrólogo mantiene con Erdosain. “Es que la gente bestia no comprende –continúa el Astrólogo–. Los han asesinado a los dioses. Pero día vendrá que bajo el cielo común correrán por caminos gritando: Lo queremos a Dios, lo necesitamos a Dios. ¡Qué bárbaros! Yo no me explico cómo lo han podido asesinar a Dios. Pero nosotros lo resucitaremos… inventaremos unos dioses hermosos… ¡y qué otra cosa será la vida entonces!”, puede leerse en esta saga de Arlt.
Como puede verse, las lecturas nietzscheanas, y del Zaratustra en particular, típicas en muchos escritores de la época, pueden leerse en las líneas y entrelíneas que componen esta novela.
Casi que podría decirse que toda esta secuencia narrativa –la de Los 7 locos y Los lanzallamas– puede leerse en esa clave. Hombres que hay que dejar atrás, con la superación de la sociedad. Sociedad que deberá perecer necesariamente por la violencia. Es por eso el Astrólogo le dice a Hipólita: “Lo sé. También el amor salvará a los hombres; pero no a estos hombres nuestros. Ahora hay que predicar el odio y el exterminio, la disolución y la violencia”.
¿Nietzscheanismo puro? ¡No! Nietzscheanismo mezclado con los discursos políticos de la época: anarquismo, fascismo, comunismo: una ensalada rusa.



miércoles, 22 de abril de 2015

A propósito de la serie televisiva “Los siete locos/Los Lanzallamas”

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en La Izquierda Diario 
y el Portal de Noticias Marcha
miércoles 22 de abril de 2015)


El autor nos introduce en el mundo de Roberto Arlt, a través de un repaso de su segunda y tercera novela, adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública.



Roberto Arlt, un escritor maldito en su tiempo, parece ser recuperado contra viento y marea de su propia historia. Esta mañana los lectores de diario Página/12 se toparán con la primera entrega de Los siete Locos-Los lanzallamas que, con prólogo de Guillermo Saccomanno y dibujos de Daniel Santoro, se podrán obtener junto con el diario todos los miércoles. Anoche, la Televisión Pública emitió el primer capítulo de Los siete locos, la serie televisiva que se emitirá de martes a viernes a las 22.30  horas. Adaptada por Ricardo Piglia, dirigida por Fernando Spiner y Ana Piterbarg, la serie cuenta con prestigiosos actores en el reparto: Pablo Cedrón. Carlos Belloso, Belén Blanco, Daniel Fanego, Diego Velázquez, Daniel Hendler, Marcelo Subiotto, Julieta Zylberberg, Fabio Alberti, Leonor Manso y Pompeyo Audivert


La secuencia que se abre con Los 7 locos y se cierra con Los lanzallamas es, seguramente, lo más logrado en la prolífica obra de Roberto Arlt. Es cierto que, de alguna manera, los temas centrales de estas dos novelas están esbozados ya en la primera, El juguete rabioso; así como también que el autor volverá sobre algunas temáticas en la siguiente (y su última novela), El amor brujo. Pero creo que es justo afirmar que es aquí en donde  se desarrolla con mayor plenitud.
¿De qué se trata esta historia? Fue el propio Arlt quien primero la comentó. En una de sus clásicas Aguafuertes (“Los 7 locos”, publicada en El Mundo el 27/11/1929), dijo:
“El plazo de acción de mi novela es reducido. Abarca tres días con sus tres noches, se mueven aproximadamente veinte personajes. De estos 20 personajes, siete son centrales (…) que culminan en un protagonista, Erdosain, verdadero nudo de la novela”.
Esta primera parte de la historia, entonces, se estructura a partir de tres días, en los cuales, uno de los personajes –el Astrólogo–, se propone organizar una sociedad secreta para revolucionar la sociedad. Ya veremos que esta logia es muy particular. O particularmente loca. Erdosain aparece como una pieza clave para ponerla en pie, ofreciendo la solución económica: propone secuestrar a un pariente suyo (que lo ha humillado) para obtener el dinero necesario con el cual comenzar a funcionar. Gregorio Barsut, el primo de Elsa, su mujer –asegura Erdosain– tiene una herencia de 20.000 pesos, de una tía por parte del padre, que murió en un manicomio.
Arlt construye sus ficciones con retazos que va recolectando de todos lados. Así, aquello que aparece a simple vista como una “locura imaginativa”, un “delirio”, es –sin embargo– extraído de las noticias periodísticas. La organización de una sociedad secreta en Estados Unidos, llamada La Orden del Gran Sello (con objetivos y dinámicas de funcionamiento similares a las que aparecen en la novela), fue noticia en distintos diarios por aquellos días,  según remarcó alguna vez el propio autor.
Erdosain llega al Astrólogo porque piensa que él, tal vez, podrá prestarle el dinero que en la empresa donde trabaja le reclaman, puesto que lo descubrieron robando. Como en su primera novela, la importancia del robo es central en la narrativa arltiana.
Bien, entonces, detengámonos un momento a ver qué ha sido lo que llevo a Erdosain a transformarse en un “estafador”, un “ladrón de 600 pesos”. De alguna manera, podríamos decir, la esperanza de que acontezca algo extraordinario en su vida, algo distinto, inesperado, ya que se consideraba vacío, “una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”. Inventor fracasado, al robar, Erdosain experimenta la alegría de un inventor. Casi como que se vio “obligado a robar”, dice. Convencido de que Barsut, por quien siente una profunda repulsión, ya que “amontonaba obscenidades sin nombre, por el sólo placer de ultrajar la sensibilidad del otro, convencido –decía– de que no iba a prestarle los 600 pesos, acude a “mangueárselos” al farmacéutico Erguera, el ex “gran pecador”, el que más conoce la biblia en Pico, un jugador preocupado profundamente por presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe, a los angustiados, “turros” fraudulentos (“rajá turrito… te pensás que porque leo la biblia soy un otario”, le dirá  Ergueta a Erdosain ante el mangazo).
Así como suele sostener la crítica que, desde Oscar Massota (Sexo y traición en Roberto Arlt) es prácticamente imposible no hacer referencia al tema de la traición, lo mismo sucede con la condición del “humillado”, en este caso de Erdosain (el exponente más alto de los humillados, según el introductor de Lacan en nuestro país). Desde un primer momento este tema aparece con fuerza: cuando se menciona que Gualdi (el contador de la empresa donde trabaja), lo ha humillado en distintas oportunidades, (“a pesar de ser un socialista”), hasta el apartado titulado “El humillado”, pasando por distintas menciones a lo largo de las dos secuencias de la historia. “Él era el fraudulento, el hombre de los botines rotos, de la corbata deshilachada, del traje lleno de manchas, que se gana la vida en la calle mientras la mujer enferma lava la ropa en la casa”. Él, Remo Erdosain, sería humillado por su mujer, que se va con otro hombre. Y antes, como ya se ha dicho, fue humillado por sus patrones, y por Ergueta, y por Barsut…
Pero antes –mucho antes aun: de casarse, de ingresar en el mundo del trabajo–, Erdosain había sido humillado en su propia casa, siendo niño, y también en el colegio. Por su padre, quien –según le contará al capitán que se va con su mujer– lo inició en ese “feroz trabajo de la humillación”. Tanto en las amenazas, como en los actos de violencia y sus efectos.
En cuanto a las amenazas, porque era su padre quien, cuando él tenía unos 10 años y cometía alguna falta, le decía: “mañana te pegaré”, y entonces, atormentado, “dormía mal, con un sueño de perro, despertándose a media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya era de día, más cuando la luna cortaba el barrote de la ventana, cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo”.
También en los actos, porque era su padre, igualmente, quien lo obligaba a arrodillarse, con un golpe en el hombro, haciéndole apoyar su pecho en el asiento de una silla, con su cabeza entre sus rodillas… (“crueles latigazos me cruzaban las nalgas”). Y cuando lo soltaba, corría llorando a su cuarto, con el alma hundida en las tinieblas (“Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea”).
Y luego de las amenazas y de los actos de violencia sobre su cuerpo, los efectos en su subjetividad. Porque él sabía que a la mayoría de sus compañeros de aula no les pasaba lo mismo, y entonces, estando en la escuela, cuando los escuchaba hablar de sus casas, una “atroz angustia” lo paralizaba. Y ahí, cuando se encontraba en esos momentos de tormento interior, si alguno de sus maestros lo llamaba, solía no escucharlos, y entonces… y entonces, ahí sí la angustia llegaba a su punto más alto. Porque solían retarlo sus maestros, provocando la risa de sus compañeros. Una vez, por ejemplo, un maestro le gritó: “¿Pero usted, Erdosain, es un imbécil que no me oye?”. Y luego de las risas, desde ese día, sus compañeros comenzaron a llamarlo “el imbécil”.
Seguramente por todo esto es que Erdosain, ya de grande, no retrocedía casi nunca hacia los tiempos de su infancia. “Ello quizás se debiera a que su niñez había transcurrido sin los juegos que le son propios, junto a un padre cruel y despótico que lo castigaba duramente por la falta más insignificante”. Un padre que “no lo besaba nunca” y, en cambio, “lo humillaba continuamente”.
Tal vez por esto, también, se sentiría luego humillado en distintos sitios. Aun, por ejemplo, en la nueva sociedad secreta. Allí Erdosain se sentirá humillado por el hombre a quien llaman El Buscador de Oro, quien, sabiendo que él se considera un inventor, cuando habla de la violencia necesaria para cambiar la sociedad, dice despreciar a los teóricos de la violencia, argumentando que el superhombre no surgirá del desorden sino de la obediencia, y pone el ejemplo de la disciplina castrense, y sobre todo, de la empresarial, rematando: “Ya ve, Erdosain, que nosotros no inventamos nada”.