viernes, 24 de enero de 2020

Althusser y los islotes de comunismo


Los movimientos populares, las formas democráticas y eficaces de organización y los islotes de comunismo


Terminé de leer EL PORVENIR ES LARGO, la tremenda autobiografía de Louis Althsser. Es un relato realmente conmovedor, duro, durísimo.
Alguna vez, mi amigo Esteban me había prestado este libro, pero se lo devolví sin leerlo completo. Al leerlo entero, en estos días, subrayé unos párrafos secundarios al núcleo biográfico del texto, pero que me parece contribuyen a establecer hoy algunas discusiones entre las militancias populares Latinoamericanas, sobre todo la de los Movimientos Sociales (o más bien, Populares). Son las mismas líneas sobre las que conversamos largo y tendido, hace 15 años, con el amigo Alzueta. Y al releerlas, descubro cuán importante han sido para mi formación teórico-política esas conversaciones.
Aquí, entonces, las líneas de Althusser sobre los “islotes de comunismo”:

“No sé si la humanidad conocerá nunca el comunismo, aquella visión escatológica de Marx…
Mantuve entonces la idea de que los islotes de comunismo existen desde hoy, en los intersticios de nuestra sociedad, allí donde no reinan relaciones mercantiles y por lo tanto de relaciones de explotación de clase y de dominación de Estado.
Creo que existen verdaderamente en nuestro mundo presente muy numerosos círculos de relaciones humanas de las que toda relación mercantil esta ausente.
¿Por qué vía aquellos intersticios de comunismo pueden ganar el mundo entero? Nada puede preveerlo; en cualquier caso no puede ser a través del ejemplo de la vía soviética. ¿Será por la toma del poder del Estado? Sin duda, pero este acto introduce al socialismo (de Estado, necesariamente de estado) que es la mierda. ¿Será entonces por el debilitamiento del Estado? En efecto, pero en un mundo capitalista-imperialista cada vez más asentado en sus bases y que convierte la toma de poder del Estado en precaria, si no ilusoria, ¿cómo considerar un debilitamiento del Estado? No son seguramente la descentralización de Gastón Deffere ni las consignas estúpidas de nuestros nuevos liberales a lo Reagan o a lo Chirac las que nos desembarazarán de un estado indispensable para la dominación de la hegemonía capitalista-internacionalista burguesa. Si hay esperanza está en los movimientos sociales de masas, en los cuales (gracias a Hélène, entre otros) siempre he pensado que reside la primacía sobre sus organizaciones políticas. Ciertamente vemos desarrollarse en el mundo movimientos de masas desconocidos e impensados por Marx (por ejemplo en la América Latina, incluso en el seno de una Iglesia tradicionalmente reaccionaria, bajo los auspicios del movimiento de la teología de la liberación, o en la misma Alemania con los Verdes, o en Holanda, que se negó a recibir al papa como él le hubiera gustado).
¿Pero acaso estos movimientos no corren el riesgo de caer bajo la ley de organizaciones sin las que ciertamente no pueden pasarse pero que no parecen haber descubierto aún -insertas como están en la tradición y los modelos marxistas-socialistas existentes- una forma adecuada de coordinación sin dominación jerárquica? En cuanto a esto no soy optimista, pero me remito a esta frase de Marx: de todas maneras, "la historia tiene más imaginación que nosotros", de todas maneras estamos reducidos a pensar "por nosotros mismos". No, no me adhiero a la frase de Sorel recogida por Gramsci: el escepticismo de la inteligencia más el optimismo de la voluntad. No creo en el voluntarismo en la historia. Por el contrario, creo en la lucidez de la inteligencia y en la primacía de los elementos populares sobre la inteligencia. A ese precio, puesto que la inteligencia no es la instancia suprema, puede seguir a los movimientos populares, fundamentalmente y ante todo para evitarles recaer en las aberraciones pasadas y ayudarles a encontrar formas de organización verdaderamente democráticas y eficaces. Si, a pesar de todo, podemos concebir alguna esperanza de ayudar a desviar el curso de la historia, sólo será por eso y nada más que por eso. En cualquier caso, nunca mediante los sueños escatológicos de una ideología religiosa que está a punto de hacernos estallar a todos”.

sábado, 18 de enero de 2020

El día en que nació Darío Santillán


LOS SANTILLÁN
(Extracto del cap. 1 del libro EL MILITANTE QUE PUSO EL CUERPO*)


Estaban nerviosos aquella noche del sábado 17 de enero de 1981, cuando salieron de la casa en la que vivían en Don Torcuato, para caminar unas cuadras hasta la ruta 202 y tomarse el colectivo de la línea 1. Luis Alberto Santillán y su esposa Mercedes Isabel Castillo tenían por entonces un solo hijo, y vivían de prestado en la casa de un familiar. Tampoco tenían auto, algo que no estaba en sus prioridades de ese momento, aunque sintieron su falta aquella noche, mientras viajaban en el colectivo al Hospital Posadas, de Haedo. Estaban nerviosos cuando se bajaron y empezaron a caminar por la avenida Rivadavia. Mercedes comenzó entonces con los fuertes dolores de las contracciones. Estaba dentro del período indicado para el nacimiento de su nuevo hijo, que, si era varón —pensó Mercedes—, se iba a llamar Gabriel, como el arcángel.

Cuando Mercedes entró a la sala de preparto, Alberto se quedó sentado en la otra sala, en la de espera, y sintió que los nervios comenzaban a devorárselo por dentro. No era para menos, teniendo en cuenta el “susto bárbaro” que se había pegado durante el otro parto, dos años antes, el 2 de abril de 1979, cuando nació su primer hijo, Javier Norberto —llamado así en homenaje al futbolista Norberto Alonso—, con la cabeza tan ovalada que le hizo recordar al petiso Biturro, un compañero de colegio al que cargaban precisamente porque tenía el cráneo de esa forma. “Claro, cuando después me explicaron que al bebé se le pone así la cabeza porque sale con mucho esfuerzo, pero que después se le acomoda, me quedé más tranquilo”, cuenta Alberto más de treinta años después. Pero en aquel momento se había preguntado cómo debía haber nacido Biturro, si de grande todavía tenía la cabeza así. Ahora, esos recuerdos le hicieron olvidar la preocupación por la tardanza en nacer de su segundo hijo. Pero fue sólo por un momento, porque cuando levantó la vista del suelo pudo ver a una enfermera que se acercaba hacia él con cara de preocupación.

“—¿Señor Santillán? —le dijo.
—Sí.
—Su esposa no dilata, necesito que me firme el consentimiento para iniciar la cesárea.”

Alberto miró la hoja y, temblando, la firmó, sin leerla. No había tiempo. Tenía miedo. Sintió una angustia profunda. Sin mirar siquiera por dónde caminaba, se alejó unos metros y se refugió en el descanso de una escalera. Lloró de miedo, de angustia, de incertidumbre. Porque, si bien ya había sido padre, no había pasado aún por la experiencia de una cesárea. “Una cirugía, al fin y al cabo.” Unas horas más tarde, ya 18 de enero, junto con la alegría de constatar que su segundo hijo había nacido sano y salvo, pudo ver que además tenía una cabeza normal. Al parecer, la cesárea le había evitado el esfuerzo. Mercedes insistía en que se llamara Gabriel, por su fuerte arraigo a la fe cristiana; pero Alberto, que también era creyente, se aferró a los viejos acuerdos construidos en la pareja: si era mujer, ella iba a elegir el nombre para que no hubiera suspicacias sobre si él se decidía por el de alguna otra mujer que había conocido, o algo por el estilo; pero si era varón, era él, como padre, el que lo iba a elegir. Y así fue. El bebé se llamó Darío, simplemente porque le gustaba, y como segundo nombre Alberto, como él.
*Ariel Hendler, Juan Rey, Mariano Pacheco, Planeta editorial, 2012

viernes, 17 de enero de 2020

Sobre "El oficio de narrar", de Kike Ferrari


Literatura en el camino

Por Mariano Pacheco*


Quilmes/Boedo, una lectura en tren desde el Conurbano Sur.
Leo el libro de un tirón. Termino El oficio de narrar, de Kike Ferrari, en el mismo momento en que escucho por el parlante del tren: “usted está en la estación Maximiliano Kosteki y Darío Santillán”. Nombre largo, si los hay. Antes, antes de que mataran a mi amigo Darío y al compañero Maxi, la estación se llamaba Avellaneda. Pero luego de ser rebautizada Darío y Maxi, y de una lucha que se mantuvo años, ahora la estación lleva formalmente el nombre de los militantes asesinados el 26 de junio de 2002.
Imbuido con pasión, desde hace meses, en textos filosóficos y políticos, me viene costando encontrar literatura que “me enganche”, como se suele decir en el habla cotidiana. Pero este texto sí logró que, al menos por un buen rato, no observara por la ventanilla, no consultara los mensajes en el celular, no escuchara la voz de los vendedores ambulantes, en fin, el texto logró que perdiera “noción del tiempo y del lugar”, como canta Andrés Calamaro.
No diré nada del contenido del libro, porque es muy breve y vale la pena hacer la experiencia de leerlo sin ninguna pista previa, de tenerlo entre las manos, ya que cuenta con una cuidada edición de la editorial Tanta agua.
Solo quisiera compartir este fragmento, que quizás sea acaso el que más me gustó del libro:
“Interrumpo la novela --por la que ya me pagaron, que debo entregar en unos meses; una novela polifónica y desquiciada-- para escribir esto: el relato íntimo de un fracaso, la lengua entrecortada en que se hilvanan mis miedos, un diario de viaje imposible, la voz muda de un río cristalino que se enturbia mientras se aleja. Los apuntes de lo que todavía no le fue rebelado.
Tengo dudas, cansancio, miedo, pienso pero no tengo apuro.
Una de las cosas que aprendí del oficio de narrar es que cada historia tiene su propio tiempo de sedimentación. Y que es inútil luchar contra eso”.

P.D: Las ilustraciones son de Apo (Apo Apontinopla en Instagram).
*Nota publicada en La luna con gatillo: https://www.lalunacongatillo.com/

jueves, 16 de enero de 2020

Sobre el film de Netflix Los dos Papas


ESTO NO ES UNA CRÍTICA DE CINE

Por Mariano Pacheco
(Posteo de Facebook)


Anoche vi LOS DOS PAPAS, el emblemático y controvertido film de Netflix protagonizado por Anthony Hopkins y Jonathan Pryce interpretando al Papa Benedicto XVI y al Papa Francisco (respectivamente). Como en EL IRLANDÉS, se conforma una dúo dinámico, pero uno se lleva la mayoría de los laureles (en este caso Hopkins, en el primero Robert De Niro).
También la película del brasileño Fernando Meirelles, como la de Martin Scorsese, contiene pasajes humorísticos muy bien logrados, en medio de un entramado más bien dominado por temáticas “serias”.
Más allá de lo que se pueda pensar de la religión en general, del catolicismo en particular, del papado y del Vaticano, creo que éste es un gran film, y vale la pena mirarlo, en momentos de gran declinación de las películas y auge de las series. Claramente, el trasfondo “real” de la historia no es sinónimo de realismo, aunque la mayoría de las escenas centrales de la película son verosímiles, y en algunos casos, terriblemente verosímiles (como el momento de “confesión” entre Razinger y Bergoglio, respecto de sus responsabilidades respecto de los crímenes de lesa humanidad durante la última dictadura argentina y las violaciones de menores por parte de sacerdotes en todo el mundo, que culmina con perdón entre ambos).
Sin lugar a dudas, el film vuelve sobre un tema incómodo y fundamental para quienes no somos religiosos: ¿qué hacer frente a un fenómeno que conmueve multitudes en todo el mundo?
Sin dejar de tener en cuenta el telón de fondo de obediencia y lógica de sumisión del rebaño frente al padre (sea sacerdote, cristo o la mismísima presencia divina), la película muestra a las claras que el cristianismo no ha sido siempre igual a sí mismo, y que supo muy bien adaptarse a los cambios que fueron aconteciendo. De allí el “tercermundismo” de los años setenta; y de allí también la crueldad con la que supieron resolver esos cambios (un jesuita puede quitarle cobertura a otro jesuita, y exponerlo a al tortura, e incluso el asesinato, pero lo que no puede permitir es la falta de disciplina y obediencia, puede verse en el film sobre el accionar de Bergoglio después de 1976).
En fin, el film también ayuda a leer entre líneas aquello que no se dice ni se muestra: los curas villeros no tienen nada que ver con el movimiento de sacerdotes inscriptos en la teología de la liberación.

Mark Fisher: el gurú distópico


Por Mariano Pacheco*

Mark Fisher es un crítico cultural británico que intenta pensar el malestar en el actual momento neoliberal del capitalismo. Sus obras fueron publicadas en castellano por la editorial argentina Caja negra ediciones entre 2017 y 2019, así que su difusión en estas tierras coincide con los años de malestar macrista. Hoy se cumple el tercer aniversario de su muerte.


El 13 de enero de 2017 partía de este mundo el crítico cultural Mark Fisher. ¿Otro suicidado por la sociedad? Sus libros, publicados en castellano por Caja negra ediciones (Realismo capitalista, ¿hay alternativas?, en 2016; Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hautología y futuros perdidos, en 2017; y el Volúmen I de K-punk, escritos reunidos e inéditos: libros, películas y televisión, en 2019) coincidieron con los años macristas en la Argentina, y sus reflexiones acompañaron a buena parte de los intentos teórico de buena parte de la intelectualidad crítica y el activismo progresista y de izquierdas de pensar el malestar presente en el neoliberalismo, es decir, en las condiciones internacionales actuales del capitalismo.


Politizar el malestar
“La depresión es, después de todo y sobre todo, una teoría sobre el mundo y sobre la vida”, escribe Fisher en el capítulo de su último libro Los fantasmas de mi vida… dedicado a la banda británica Joy division, aunque bien podrían leerse todos sus textos desde esa frase. “La depresión es el espectro más maligno que me ha acechado a lo largo de mi vida”, comenta asimismo hacia el final de “La lenta cancelación hacia el futuro”, primer capítulo de este trabajo. Paso seguido cuenta que comenzó a escribir sobre los temas de este libro en 2003, cuando publicó varios textos en su blog, mientras se encontraba sumergido en una depresión tal que hacía que su vida cotidiana apenas fuera soportable. Escribiendo pudo entender, nos cuenta, que el problema no era solamente él, sino también (sobre todo) de la cultura que lo rodeaba. “Es claro para mí ahora que el período que va de 2003 al presente será reconocido –no en un futuro distante, sino muy pronto– como el peor período para la cultura popular desde la década de 1950”. Aunque aclara: “decir que la cultura del período era desoladora no implica afirmar que no hubieran señales de otras posibilidades”. Y remata: “Los fantasmas de mi vida es un intento de hacerse cargo de algunas de esas señales”.
Los pensadores franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari intentaron pensar la filosofía como geofilosofía, y otorgaron al carácter situado del pensar una importancia fundamental. Así, la filosofía no tendría nada que ver con la contemplación abstracta y universal, sino que sería un modo de intervención siempre contemporánea, una creación de conceptos que están ligados materialmente tanto a los devenires como a los problemas propios, y la propia historia. Fisher, lector atento de ambos autores, parte del análisis de películas, discos, libros y otras producciones culturales para intentar pensar los malestares de nuestro tiempo.
Más allá de las diferencias geopolíticas desde las que él pensó y escribió durante décadas (que son las diferencias políticas, económicas, sociales y culturales que pueden existir entre cualquier pensador europeo y nuestra realidad Latinoamericana) sus aportes resultan hoy un insumo imprescindible para abordar cualquier tipo de crítica política de la cultura contemporánea, en cualquier lugar del mundo, ya que los modos de producción de la vida colectiva de la humanidad en la actualidad están tomados, como nunca, por el capitalismo, sistema que sólo es entendible por su carácter internacional. 
 

¿Hay alternativas?
Podríamos pensar todo Realismo capitalista a partir de dos pregunta que rondan dispersas por el texto y que solo por momentos se hacen explícitas. A saber: 1) ¿Qué pasa con una sociedad cuya juventud ya no es capaz de producir sorpresas?; y, 2) ¿Cuánto tiempo puede subsistir una cultura sin el aporte de lo nuevo?
Fisher acude al término “realismo capitalista” para designar el marco ideológico de la época, esta que transitamos –con sus idas y vueltas- desde la caída del muro de Berlín. El autor toma de Fedric Jameson una frase devastadora, a partir de la cual enhebra una serie de reflexiones: “hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, asegura. Marco teórico riguroso y reflexión sagaz se cruzan en este libro con una suerte de sociología de la vida cotidiana. Así, aparecen este texto rasgos que hacen a la precarización de la vida en la fase actual del capitalismo, tanto como la gerencialización de la vida política, la cultura del consumo desmedido, o la crisis de la educación (ir a al escuela para luego conseguir el mismo “McEmpleo” que se hubiese conseguido por igual al abandonar el camino escolar). También se reflexiona sobre el estrés y el consumo de psicofármacos (que Fisher saca todo el tiempo de la esfera individual para resituarla en la social, preguntándose cómo puede ser que tanta gente, y sobre todo tantos jóvenes, tengan este tipo de padecimientos), la pulsión por la sobreinformación y el instantaneismo que promueven las redes sociales virtuales (“los adolescentes tienen la capacidad de procesar los datos cargados de imágenes del capital sin ninguna necesidad de leer: el simple reconocimiento de slóganes es suficiente para navegar el plano informativo de la red, el celular y la tv”). Por todo esto, Fisher sostiene que el realismo capitalista no puede limitarse al arte o al modo casi propogandístico en el que funciona la publicidad. “Es algo más parecido a una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.
Lo interesante es que Fisher no solo piensa los problemas de su generación y los conecta con sus antecesores (nació en el 68, el año del Mayo Francés”, se hizo adulto cuando el “socialismo real” comenzó a caerse a pedazos), sino que intenta pensar la de los que llegaron después, y recién están dando sus pasos hacia la edad de la razón. “Para la mayor parte de los quienes tienen menos de veinte años en Europa o los Estados Unidos, la inexistencia de alternativas al capitalismo ya ni siquiera es un problema. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte d ellos pensable”. De allí que diferencia a los jóvenes de ahora de los de apenas hace unos años. “En su lasitud espantosa y su furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, todos rastreados, vendidos y comprados de ante mano”, sentencia al escribir sobre la experiencia de la banda Nirvana.
Pero Fisher no trata solamente de pensar la época, sino que hay una clara vocación de denunciarla para enfrentarla. A diferencia de muchos periodistas, cientistas sociales y críticos culturales de nuestros días, Fhister busca restituir cierta idea de totalidad en la cual conectar los efectos que se padecen en el día a día con sus causas estructurales, con la única causa sistémica en realidad: el capital. “Tal y como han afirmado muchísimos teóricos radicales, desde Brecht hasta Foucault y Badiou, la política emancipatoria nos pide que destruyamos la apariencia de todo ´orden natural´, que rebelemos que lo que se presenta como necesario e inevitable no es más que mera contingencia y, al mismo tiempo, que lo que se presenta como imposible se rebele accesible. Es bueno recordar que lo que hoy consideramos ´realista´ alguna vez fue ´imposible´”, sostiene.


Neoliberalismo y cultura
Fisher destaca que la era neoliberal ha privado a los artistas (gradual pero sistemáticamente) de los medios para crear lo nuevo, ya que se ha producido una declinación drástica del tiempo y la energía social necesarias para sumergirse en los productos culturales. De allí que insista en que, para producir lo nuevo, se necesiten momentos de retirada (de la sociabilidad, de las formas culturales pre-existentes), situación que se torna cada día más difícil en nuestro mundo contemporáneo.
Esta lenta cancelación del futuro tiene una característica fulminante: fue acompañada de una deflación de las expectativas. Si Fisher entiende que la expresión “la lenta cancelación del futuro” (que toma del pensador italiano Franco “Bifo” Berardi), es tan acertada, es porque logra capturar el gradual pero incesante modo en que el futuro se ha visto erosionado durante los últimos treinta años. Situación que nos arroja a un presente en el que estamos más exhaustos, pero a su vez, más estimulados (trabajo precario+comunicación digital). De allí que Fisher tome esto que Berardi escribió acerca del estado insomne, asfixiante y des-erotizado de la cultura contemporánea. A saber: el hecho de que el arte de la seducción tome mucho tiempo. Situación ante la cual aparecen “soluciones rápidas” como el viagra (déficit cultural y no biológico), que logra que los tiempos cortos y faltos de energía y atención encuentren un modo eficaz de ser sorteados.
Este estado actual de la cultura sólo es posible de entender si se tiene en cuenta el proceso de reestructuración transnacional de la economía política. Una transformación que cambió el modo en que se organizan el trabajo y el ocio, a la vez que la revolución científico-técnica ha vuelto irreconocible la experiencia de la vida cotidiana, si se la compara con décadas anteriores.
Ante esta situación Fisher reivindica la idea de fantasma: así, el del comunismo, que en tiempos de Karl Marx (1848) era un espectro que comenzó a recorrer el mundo, en las últimas décadas sólo fue captado en su cualidad de ausente, pero para Fisher, es un fantasma que no hay que dejar ir. “El espectro no nos permitirá acomodarnos en las mediocres satisfacciones que podemos cosechar en un mundo gobernado por el realismo capitalista”, sostiene, dando cuenta que, más allá de sus depresiones, sus textos no son pesimistas, sino una incitación a no acomodarnos a la vida que nos propone resignarnos a un modo injusto y opresivo, en y donde el hombre (y las mujer) sólo aparece como lobo del hombre (y la mujer). Rescatar a Fisher, entonces, es un convite a repensar qué entendemos por humanidad. 

*Nota publicada en Revista Zoom 

jueves, 9 de enero de 2020

Rodolfo Walsh x Rodolfo Walsh, breve autobiografía



Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.
Nací en Choele–Choel, que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba “Mar Negro”, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que laliteratura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

jueves, 2 de enero de 2020

La era Z

Con el cambio de década los Centenials dejan de representar el futuro para ser el presente. Cultura, agenda social y perspectiva política a ritmo de trap

Por Mariano Pacheco*


En 2020 cumplen 20 años. Son la generación que nació el mismo año que la televisión argentina estrenó la serie Okupas y Andrés Calamaro hizo que cada día tuviera una extensión de 72 horas de producción musical, lo que resultó en el maratónico disco El salmón, de cinco CDs, luego del doble Honestidad Brutal del año anterior. Los cambios tecnológicos son quizás el signo distintivo que atraviesa a esta generación posmilennials, los denominados centenials.
Estaban aún en las panzas de sus madres cuando en sus casas se encendían cada noche los televisores que sintonizaban series como Gasoleros y en las elecciones nacionales la fórmula Eduardo Duhalde/Ramón del Partido Justicialista era derrotada por la de Fernando De La Rúa/Carlos “Cacho” Álvarez de la Alianza UCR-FrePaSo, tras diez años de menemismo.
Apenas una camada anterior a la de sus nacimientos, sus hermanas y hermanos mayores, pongamos por caso, llegaron a presenciar lo que implicaba que cualquier familiar tuviera que caminar cuadras para encontrar un teléfono público, colocar monedas de 25 o 50 centavos, y así comunicarse con otras personas, o tuvieron la experiencia de viajar en colectivos esperando que el chofer les “cortara” boletos con un número capicúa. Sus primas o hermanos apenas unos años más grandes escucharon cassettes en un grabador, compraron películas en VHS para ver en una videocasetera, se fascinaron descubriendo los radio-llamados y los correos electrónicos alguna una vez que ingresaron a un locutorio para conectarse por 15 minutos a una computadora que tuviera conexión a internet. Parecen todas anécdotas de otro mundo, o de éste pero en tiempos pre-históricos. Sin embargo, estamos hablando de apenas veinte años atrás.
Es que en las dos primeras décadas del siglo XXI la humanidad ha asistido a una aceleración temporal inusitada, si bien la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX ya se habían caracterizado por transformaciones científico-técnicas asombrosas. Recuerdo el ejemplo que alguna vez citó el filósofo alemán Walter Benjamin, quien decía que durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), quienes habían crecido trasladándose en carreta, entonces veían desde las trincheras como aviones arrojaban bombas desde el cielo sobre sus cabezas.
A diferencia de los milenials, que fueron creciendo mientras la revolución tecnológica se desarrollaba (vivieron el pasaje del VHS a los DVDs; del walkman al mp3; de la cámara de fotos analógica a la digital; del fotolog al blog; de los mensajes en SMS a los de WS), los centenials (o generación Z) ya son “nativos digitales”: nacieron y crecieron en un mundo con internet, donde los teléfonos celulares no sólo eran moneda corrientes sino que además de usarse hablar servían para sacarse fotos, chatear por facebook, enviar e-mails y hacer búsquedas en google.
Según suelen ser caracterizados por los medios hegemónicos de comunicación (sobre todo europeos), los rasgos principales de los centenials son el emprendedorismo, el autodidactismo y la irreverencia. Lo que suelen olvidarse de mencionar estas empresas periodísticas, es que esa fisonomía está íntimamente relacionada con el contexto mundial de mutación del trabajo, y que es esa la base material de tales características: a mayor desarrollo tecnológico –paradójicamente-- mayor desocupación/precarización laboral, y menos posibilidades de empleo (en peores condiciones de trabajo, además). De allí que esa mayor plasticidad (para adaptarse a las distintas situaciones) y movilidad (para pensarse y habitar las vidas con menos ataduras que sus predecesores), estén íntimamente relacionadas con la lógica de la instantaneidad que toma las vidas contemporáneas. Si hubo algo así como una cultura obrera ligada a los Estados de Bienestar (y en Argentina fundamentalmente relacionado a la memoria peronista), el siglo XXI es el borramiento total de la posibilidad de anudar esa memoria a una proyección existencial concreta: ningún centennills piensa (para bien, o para mal) que trabajará en el mismo lugar que sus padres y abuelos, o que vivirá luego en el mismo barrio en que se crió y, mucho menos, que pasados sus veinte años de edad reproducirá el modelo de familia nuclear de sus antecesores, en línea de movilidad social ascendente tan gráficamente ejemplificada en el tridente “casita-automóvil-vacaciones con los hijos a fin de año”.
Ese mundo a quedado atrás, y el problema es que los análisis al respecto suelen oscilar entre la nostalgia que adora a un mundo ido como si hubiese sido el mejor de los que se podían habitar, y la adoración a-crítica a lógicas que las más de las veces parecen conquistadas cuando han sido impuestas para ampliar los márgenes de ganancias de las empresas que dominan el mundo.


La era del realismo capitalista
Durante los años macristas, entre cierta intelectualidad y activismo progresista de la clases medias urbanas de la Argentina, circuló bastante la corta pero potente obra del crítico cultural Mark Fisher. Sus libros, publicados en castellano por Caja negra ediciones –primero Realismo capitalista, ¿hay alternativas?, en 2016; luego Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hautología y futuros perdidos, en 2017; y finalmente, en 2019, el Volúmen I de K-punk, escritos reunidos e inéditos (libros, películas y televisión)-- fueron insumo para pensar cuestiones fundamentales de la cultura contemporánea. Más allá de las diferencias etáreas y geopolíticas (Fisher estaba por cumplir 50 años cuando se suicidó, el 13 de enero de 2017, en Inglaterra, desde donde pensó y escribió durante décadas), sus aportes son hoy insumo imprescindible para abordar cualquier tipo de crítica política de la cultura contemporánea.
Entre otras cuestiones, Fisher destacó que esa lógica de la instantaneidad en la que nos encontramos inmersos produce una falta de perspectiva de largo plazo, que puede verse tanto hacia adelante (falta de visualización de proyectos) como hacia atrás (dificultad por inscribir la propia existencia, singular y generacional, en la historicidad). Esta situación, según Fisher, produce la paradoja de que, mientras la vida social se acelera, la cultura se enlentece, viéndonos inmersos en una ausencia de novedad. Está claro: Fisher piensa sobre todo la producción cultural en el mundo británico thatcherista y posthatcherista.
Es sabido que cada generación debe crecer, en general, inmersa en un clima de incomprensión de quienes la antecedieron (así pasó en la Argentina de la “juventud maravillosa” respecto de quienes habían protagonizado la resistencia peronista; de la juventud rockera respecto de la militante setentista; de la kirchnerista respecto de la noventista/dosmilunera y así). Es cierto también que parece haber poca innovación en el campo de las producciones culturales que en otros momentos supieron ser vanguardia contestataria (el ejemplo más notorio parece ser el rock), pero cabe indagar en los modos de gestación o recreación de dinámicas culturales en sentido amplio, antropológico digamos.
Volviendo a la Generación Z, cabe subrayar que todos sus recuerdos están marcados por la década kirchnerista, a nivel nacional, y del denominado ciclo de gobiernos progresistas en la región. Y que sus momentos de politización y rebeldía se produjeron durante los recientes años de ofensiva neoliberal, de la mano de la gestión Cambiemos encabezada por Mauricio Macri, en Argentina, pero también, por el ascenso de Bolsonaro en Brasil, las dificultades de la Revolución Bolivariana en Venezuela y el viraje del proceso ecuaoriano tras la asunción de Lenin (“Kerenski”) Moreno en la presidencia de dicho país. Proceso –el de los últimos años-- en donde las politizaciones y producciones culturales circularon por otros ámbitos, diferentes a los de la década anterior, donde los centennills eran apenas criaturas (que crecieron a su vez en un mundo dominado por la era del realismo capitalista, donde no puede ni siquiera imaginarse una alternativa al capitalismo, y en el cual operó una gran incapacidad de gestarse “recuerdos de largo aliento”, como supo señalar Fisher).


El Nestornauta y la Marea Verde
Alguna vez, el ensayista Horacio González supo destacar que la originalidad del pensamiento argentino (y Latinoamericano) consistía en su capacidad de mezclar tradiciones. Él lo decía en relación a la filosofía, pero podría pensarse en todos los ámbitos de la producción cultural.
Pensando en la acepción reaccionaria que el filósofo francés Félix Guattari supo atribuir al concepto de cultura (en tanto proceso “modelizador”) y en su propuesta de “resingularización” (procesos de creación por fuera de la norma), cabe preguntarse si, por parte de aquellas y de aquellos que crecieron viendo y escuchando a sus alrededores imágenes y discursos progresistas mientras se producían formas de subjetivación neoliberal, no son los de la mezcla sus modos de gestar novedad.
El Trap, por ejemplo, que puede visualizarse como “penetración cultural imperialista” por parte de cierta franja etárea, puede ser asumida por otra (mucho más joven), como un equivalente a lo que el rock implicó durante las últimas décadas del siglo XX. Si se trata de pensar en novedades culturales, al menos en la Argentina contemporánea, quizás no son las formas clásicas del arte en donde haya que ir a husmear, sino en los movimientos sociales que han sacudido las formas de entender en el mundo y habitarlo. Por ejemplo –al menos en las amplias franjas de las clases medias urbanas-- los feminismos han operado una auténtica revolución molecular, que ha trastocado no sólo los vínculos entre hombres y mujeres, sino que ha introducido en las juventudes al menos dos elementos que podríamos caracterizar de “novedad cultural”: el lenguaje inclusivo, y la ruptura con la hetero-normatividad. Resulta inimaginable, para quienes tenemos más de treinta años, pensar que en nuestras adolescencias podríamos haber hablado con “E” (nosotres, les pibis) o en femenino trastocando las palabras (la colectiva, nuestras cuerpas), o que nuestras opciones sexuales no sólo no debían reducirse al género opuesto, sino incluso que podría no estar definido binariamente, o simplemente, que no había necesidad de encontrar una identidad.
*Publicada en revista Zoom