lunes, 8 de junio de 2015

junio: mes de la dignidad rebelde

Darío Santillán y construcción de una memoria de los de abajo (I) 

La Agrupación 11 de Julio

(Extracto del libro “Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo”- 
Autores: Ariel Hendler, Mariano Pacheco, Juan Rey- Planeta, 2012).



Para cuando Darío comenzó a participar, a mediados de 1998, la agrupación ya llevaba casi dos años de existencia. Había surgido una tarde cualquiera cuando Mariano y Eduardo, sentados en la escalinata de la galería Colón de Quilmes y luego de un rato de intentar encontrar un nombre creativo se hartaron y dijeron: “Ma’ sí, pongámosle una fecha. ¿Qué día es hoy? ¿11 de julio? Bué… Agrupación Estudiantil 11 de Julio”. Pocos días antes se había producido en Cutral-Có el primer gran levantamiento popular bajo el gobierno de Carlos Menem, y salieron a pintar con aerosol en las paredes de Quilmes y San Francisco Solano: “Todos somos Cutral-Có”. No firmaban, pero todos eran integrantes del Movimiento La Patria Vencerá (MPV). Mariano y Eduardo eran los únicos dos adolescentes en esa pequeña organización de militantes que provenían, la mayoría, de la agrupación Descamisados del peronismo revolucionario. Ya no se asumían peronistas –entendían que aquel movimiento histórico debía ser superado, sobre todo a partir de la versión menemista del peronismo-. Proponían en cambio la construcción de una identidad superadora, que anclara en la tradición del nacionalismo popular revolucionario pero incorporando a militantes de izquierda y análisis marxistas de la realidad.


Con inserción sobre todo en Quilmes y Avellaneda, el MPV también desarrollaba algunas actividades en la zona oeste del Gran Buenos Aires, y a partir del segundo mandato menemista se había propuesto impulsar distintos trabajos barriales, desarrollar frentes de masas de la organización que intentaran encauzar las propuestas vecinales en torno al eje de la desocupación, una reivindicación a la que ya visualizaban con un gran potencial de confrontación contra el Gobierno. Cuando en 1996, casi por casualidad, Mariano y Eduardo se acercaron cada uno por su lado al MPV, sus militantes les aconsejaron que armaran una agrupación con jóvenes de su misma edad para desarrollar actividades vinculadas con el colegio y su vida cotidiana.
Fue así que ambos, como una forma de empezar a dar los primeros pasos e intentar sumar compañeras y compañeros de los colegios, decidieron publicar una revista parecida a esos fanzines que también vendían en algún que otro local de la galería Colón, donde se juntaban los adolescente de Quilmes y donde compraban casetes de bandas como los quilmeños Sin Ley, a quienes iban a escuchar a menudo. Durante casi tres años, Mariano, Eduardo y las chicas y muchachos que se fueron sumando a lo largo de ese tiempo publicaron once números de Grito de estudiantes —como llamaron a la revista—, que salía casi todos los meses. Estaba escrita y diseñada de principio a fin por los integrantes de la agrupación, que tenían entre catorce y diecisiete años.
En esa publicación, desde un año y medio antes de que Darío se sumara a la agrupación, daban cuenta de las luchas de las que participaban, como marchas, cortes de calle y sentadas repudiando las políticas educativas del gobierno, y de los procesos de organización que impulsaban en los centros de estudiantes del distrito, como la Federación de Estudiantes de Quilmes, primero, y la Coordinadora de Estudiantes Secundarios, después. También incluían homenajes a militantes caídos de generaciones anteriores en su búsqueda por fundar una genealogía que se remontaba desde las luchas populares de los gauchos e indios de los malones y las montoneras del siglo XIX hasta las de las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, pasando por el peronismo (haciendo hincapié en la figura de Evita y la resistencia peronista). Por supuesto, dedicaban un lugar central a referentes clave de la historia reciente, como los caídos el 22 de agosto de 1972 en la masacre de Trelew, a Agustín Tosco, a Rodolfo Ortega Peña y hasta Mario Roberto Santucho, junto con el Che Guevara y, más en general, los treinta mil desaparecidos durante la Dictadura.
Otra de las figuras clave en su ideario era el subcomandante Marcos, máximo referente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la organización con base indígena alzada en armas el 1° de enero de 1994, y con fuerte desarrollo en las montañas del sureste mexicano y en la legendaria —a partir de entonces— selva Lacandona. Más de una vez publicaron palabras del sub o comunicados del EZ, que por esa época, a partir de un inteligente uso de Internet, comenzó a establecer contacto con sectores en lucha de todo el mundo, compartiendo sus hazañas, sus reflexiones y su literatura, ya que Marcos comenzó a difundir sus propios cuentos, aguafuertes y relatos basados en la vida y la historia de las comunidades indígenas, muchos de ellos protagonizados por Durito, su alter ego.


Además, a partir del cuarto número, correspondiente a marzo-abril de 1997, la revista incorporó el suplemento El Roña, en homenaje a Eduardo Beckerman, un militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de Quilmes, a quien llamaban así porque siempre andaba con el uniforme del colegio arrugado y con la corbata desalineada. En su contratapa recordaban que el “Roña”, de diecinueve años, había sido asesinado en la madrugada del 22 de agosto de 1974 por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), la fuerza parapolicial del gobierno de Isabel Perón, cuando salía de una pizzería en Bernal después de coordinar las acciones de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que él integraba junto a otros sectores de la Tendencia Revolucionaria del peronismo, con motivo del segundo aniversario de los fusilamiento en Trelew.
En ese suplemento, tanto los integrantes de la agrupación como sus compañeros y amigos publicaban las poesías y los relatos que escribían, los dibujos que hacían, además de los dibujos de artistas reconocidos como Ricardo Carpani, y las poesías y extractos de ensayos, cuentos y novelas de autores de lo más variados, como Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Francisco “Paco” Urondo, Eduardo Galeano, Juan José Hernández Arregui, Jorge Amado, Federico García Lorca, Antonio Machado, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, Roberto Santoro, César Vallejo… entremezclados con letras de las bandas de rock del momento, como Almafuerte, viejas canciones de Quilapayún, y también textos de algunos mucho menos conocidos como Alberto Carmena o Eduardo “Carlom” Pereyra Rossi, entre otros. También rescataban la figura de Camilo Torres, el sacerdote y sociólogo colombiano que se integró a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional y murió en combate contra el ejército el 15 de febrero de 1966. Esto les servía a los pibes de la Agrupación 11 de Julio para instalar nuevamente, en una nueva generación, el debate sobre la relación entre fe y participación popular.
Toda esta actividad militante y cultural que, por cierto, contradecía abiertamente al paradigma consumista y conformista característico de los años noventa, iba a abrirle un mundo nuevo a Darío Santillán.
Pero bastante antes de que él tomara contacto con ellos, en julio de 1997, la agrupación había pasado de ser “estudiantil” a denominarse “juvenil”. En la editorial del N° VI de Grito… se explicaba que a partir de entonces pretendían darle un cauce organizativo a sus inquietudes no sólo como estudiantes sino también como jóvenes, ya que intervenían en otros espacios además de los Centros de Estudiantes, sobre todo en el ámbito de la cultura y de la coordinación con los sectores populares de las barridas más pobres.
Algunos ejemplos de esas intervenciones fueron la realización del programa La patria rockera en la FM Compartiendo, que el sacerdote Luis Farinello había montado al lado de su iglesia, y donde se reunían militantes cristianos identificados con la Teología de la Liberación.
También comenzaron a hacer apoyo escolar y recreación para los chicos del barrio Trinidad, de Quilmes, y en la Villa Itatí, de Bernal. En esta última ya funcionaban la Biblioteca Solidaridad y el comedor De la Mano de un Niño, donde, junto con otros militantes y vecinos, apoyaron la creación de un grupo de base llamado José Tedeschi, en homenaje al sacerdote que no sólo realizaba sus tareas comunitarias, sociales, políticas y evangélicas en la Villa, sino que además se había mudado allí a vivir en una casa de chapa y madera. “Pepe”, como le decían, fue secuestrado en marzo de 1976, pero no desapareció: su cuerpo fue encontrado en La Plata, desfigurado por la tortura, los golpes y las balas.
De vez en cuando, además, participaban en actividades fuera del distrito de Quilmes, por ejemplo en Avellaneda, donde el pionero Movimiento de Trabajadores Desocupados de Villa Corina, impulsado por militantes del MPV, intentaba establecer conexiones con otros grupos de la zona. Así fue que participaron en la plaza Alsina, a pocas cuadras de la subida al puente Pueyrredón, de algunas jornadas por la derogación de la Ley Federal de Educación y la de “flexibilización laboral”. Los aglutinaban consignas como “Por salud, trabajo y educación” y “Basta de hambre, miseria y represión”. De esta forma, la Agrupación 11 de Julio funcionaba como un espacio de confluencia entre los estudiantes secundarios de las escuelas de Quilmes y la realidad de los sectores más marginados y sus organizaciones todavía incipientes.





miércoles, 3 de junio de 2015

Más poesía y menos policía...

Una Córdoba más segura


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha.
Miércoles 3 de junio de 2014)

Una ciudad se policializa. Vecinos “bien” reclaman seguridad. Abogados y Movimientos Sociales denuncian atropellos. Y un cineasta filma una película donde muchachos y chicas estigmatizados reclaman “más poesía” y “menos policía”.




Como su par bonaerense Daniel Scioli, también el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota, coloca al par temático seguridad-inseguridad como problema, y a la vez, como eje de campaña. Con muchas menos chances que el primero, en su camino hacia la presidencia de la Nación, el segundo no deja, de todos modos, de poner las necesidades de la provincia por detrás de sus intereses personales (sus afanes electorales). Luego de la crisis institucional (la “rebelión policial” de diciembre de 2013), que amenazó con poner en jaque su poder, construido a lo largo de una década y media, el dirigente del peronismo conservador busca disputar una base electoral volcada profundamente hacia a la derecha. Convicción+oportunismo+coincidencia con las empresas periodísticas dominantes (esos medios –de comunicación– que no dejan de promover los miedos –sociales–, que derivan en autoencierro y estigmatización del otro, del diferente).


La demagogia punitiva parece ser el plato fuerte de las políticas a través de las cuales algunos funcionarios-candidatos buscan conquistar mayor visibilidad pública. Más alarmas, más cámaras de seguridad, más comisarías, más patrulleros, más policías… Así como el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri –también candidato a presidente– hizo de la Ciudad de Buenos Aires un gran “reality show” –hay cámaras por todos lados– o el otro presidenciable, Sergio Massa, hizo lo suyo en el partido bonaerense de Tigre, el señor DLS (“El Hombre”, como se hace llamar), aprovecha ciertos “reclamos sociales” –remiseros, taxistas, colectiveros, comerciantes– de mayor seguridad para policializar la capital provincial. Así lo expresaron tanto el gobernador como el propio jefe de policía, Julio César Suárez, cuando afirmaron que el programa “Córdoba Más Segura” sumará 1.700 efectivos, 1.000 cámaras y otros tantos nuevos patrulleros, en la búsqueda por profundizar una política que ya lleva más de un año de desarrollo: la de “saturación” policial del territorio urbano. Ojo: por más “cordobesismo” que se promueva, algo similar se resalta, como emblema, también en la gestión Scioli. En abril pasado, la Provincia de Buenos Aires anunció la puesta en marcha de la primera policía local del país, en la localidad de Ezeiza, duplicado la cantidad de efectivos del lugar. Serán 53 los municipios que tendrán su policía local, según destacó el “sheriff” Alejandro Granados, Ministro de Seguridad bonaerense.
En los pagos de Agustín Tosco, durante el mes de mayo, la situación que se vivió en algunos barrios se asemejó a la de un “Estado de sitio”, según denunció la Coordinadora Antirepresiva de Córdoba. Las irregularidades de las razias policiales han sido tales que, incluso, algunos jueces ya han aceptado los Habeas Corpus preventivos presentados por abogados contra los operativos de saturación, invocando el artículo 43 de la Constitución Nacional, planteando que los habitantes de los “territorio ocupados” ven “amenazada su libertad ambulatoria”.


El miércoles 3 de junio, a horas de cerrarse esta nota, el director de cine Sergio Schmucler presentará en la Universidad Nacional de Córdoba su último film: “Guachos de la calle. Memoria del desarraigo”. Película que eligió filmar para dar cuenta de los devenires biográficos de Mía y Jésica González, Ricardo Romero, Nicolás y Jhony Díaz, los intgrantes de “Rimando Entre Versos”, la banda de rap que simultáneamente presentará “Pura realidad”, su segundo disco. Esos muchachos y esas chicas que, durante la última “Marcha de la gorra”, en noviembre pasado, avanzaban por las calles de la ciudad, con un parlante conectado a una camionera, cantando “Más poesía, menos policía”.
Como una parábola del destino, durante los meses en que se desarrolló el proyecto, los integrantes del grupo terminaron tras las rejas, sin causa, en tres oportunidades. Y otras dos padecieron  allanamientos ilegales. Déjeme terminar, estimado lector. Ya sé qué usted sabe, pero debo escribirlo de todos modos: los procedimientos se desarrollaron esgrimiendo el mentado Código de Faltas.


*Nota publicada en el periódico mensual “Me contó el Viejo Antonio” (junio de 2015), elaborado por la Biblioteca Popular y Centro Cultural “Somos Viento”, localidad de San Francisco, provincia de Córdoba (Argentina).

lunes, 1 de junio de 2015

El fuego y la palabra, radio desde abajo y a la izquierda

Columna de política y cultura
en "El fuego y la palabra"

¡Un orgullo sumarme como columnista a un programa de radio conducido por un equipo como este! Leandro Albani, Vicente Zito Lema, Norman Briski, Carlos Aznárez- Hoy, lunes 1° de junio, a las 21.30 horas, estaré saliendo en vivo en la AM 740 de Buenos Aires, hablando sobre teatro y política en Córdoba: los 20 años del grupo Zéppelin, la experiencia de El Urondo (Festival de Teatro, sociedad y política realizado en 2014 y que este año tendrá en octubre su segunda edición).
http://www.radiorebelde.com.ar/


viernes, 22 de mayo de 2015

Notas ante un nuevo 25 de mayo

Sobre genealogías y filiaciones

Por Mariano Pacheco
(Nota publicada el viernes 22 de mayo
en el Portal de Noticias Marcha y el 
periódico Resumen Latinoamericano)


Progresismo es la palabra clave, la contraseña de la época. ¿Es posible pensar contra y más allá del progresismo?


Esta pregunta, este punto inicial implica interrogarnos acerca de las condiciones de posibilidad de emergencia de un proyecto político antisistémico que logre sortear los horizontes establecidos como posibles, desde un realismo optimista aunque no ingenuo.
Desde 2003, este conglomerado de expresiones sociales y políticas que se ha dado a llamar kirchnerismo, ha intercalado un llamado a politizar las discusiones en el cotidiano, con la realización eventos festivos en fechas claves, convocando a “todos los argentinos” y no solo a los partidarios o entusiastas y fervorosos adherentes al proyecto.
Este año, en el inicio de la “Semana de Mayo”, la presidenta Cristina Fernández inauguró el “Sitio de Memoria” emplazado en el edificio del ex Casino de Oficiales que funciona dentro del Espacio de la Memoria, en las instalaciones del ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). El próximo lunes, como en años anteriores, la Plaza de Mayo será escenario de un evento artístico, el último de las gestiones encabezadas por Néstor y Cristina Kirchner. No entraremos aquí en el debate acerca de si estamos ante un fin de ciclo o fin de mandato. Lo que es un hecho irrefutable es que, fallecido el ex presidente e imposibilitada la actual mandataria para presentarse a una re-reelección, el kirchnerismo tal como lo hemos conocido en esta larga década está llegando a su fin.
El 25 de mayo es una fecha clave, todos los sabemos, por la rememoración de aquel día de 1810, que en la versión “Billiken” de la historia, es una jornada plagada de paraguas, aunque no por eso de color gris, sino más bien todo lo contrario. Yuxtaponiendo memoria larga y memoria corta, el día es patrio, asimismo, porque se conmemora la asunción del gobierno de Néstor Kirchner y, si le agregamos la memoria del pasado reciente, también es una fecha clave porque aquel día, en 1973, el “Tío” Héctor Cámpora asumió el gobierno con la consigna de “Perón al poder”, luego de 18 años de exilio por parte del líder del movimiento.
Este puente 2003-1973, con un rescate “ético” del surgimiento y desarrollo de los organismos de Derechos Humanos, suele sortearse dos momentos fundamentales para la construcción de una memoria histórica de los de abajo. En primer lugar, la resistencia obrera a la última dictadura. Las huelgas y sabotajes, el trabajo “a tristeza”, la organización sindical clandestina además de la resistencia armada, que incluye los nombres de la emblemática fundadora de Montoneros, Norma Esther Arrostito, pero también del líder del Partido Revolucionario de los Trabajadores y comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo, Mario Roberto Santucho. Nombres propios que no son más que expresión de un anhelo colectivo: el de edificar una nueva sociedad, sin explotadores ni explotados (recordar que el ERP atentó contra el dictador Jorge Rafael Videla, cuando ejercía de facto al presidencia de la Nación). En segundo lugar, la resistencia antineoliberal, que tiene en diciembre de 2001 su momento más épico, más politizado, más abierto a los devenires de la historia, en ese ciclo de luchas sociales que puede fecharse entre el inicio de las puebladas en Cutral Có (mediados de 1996) y los crímenes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (junio de 2002). Dicho “olvido” deja de lado una problematización acerca del rol de la burocracia sindical peronista y el Partido Justicialista, que no fue menor, tanto en el Proceso de Reorganización Nacional como durante el menemato. Por otro lado, esa operación de lectura del pasado nacional suele obviar un elemento fundamental de la tragedia argentina: el hecho de que el terrorismo de Estado comenzó mucho antes del 24 de marzo de 1976, y que tiene en el accionar asesino de la Alianza Anticomunista Argentina/Comando Libertadores de América (1974-1975) y del Ejército durante el “Operativo Independencia” en Tucumán (1975), dos momentos claves de la represión ilegal.
Sabemos: el progresismo (o el “orden progresista”, para nombrarlo con los modos del periodista Martín Rodríguez), de todos modos, es la cara más amigable de los proyectos que, en la Argentina actual, se disputan la superestructura del país. Pero no por ello dejaremos de intentar entablar una disputa por los sentidos que este orden intenta otorgar a ciertas fechas y nombres propios de la historia nacional a partir de los cuales reafirma su identidad. Tanto el orden progresista como el otro (el pensador argentino Raúl Cerdeiras habla de un sujeto oscuro, para nombrar a los sectores abiertamente fascistas, y sujeto reactivo, para referirse a quienes aquí denominamos como progresistas) comparten la misma pulsión por la normalidad, aunque claro, difieren en los modos de sostener el status quo y enfrentar lo diferente. Y por supuesto, no comparten el mismo linaje.
El kirchnerismo (en tanto que versión actual del peronismo, para unos, o para otros, momento de una nueva identidad, aún en construcción, que pivotea sobre el peronismo, pero lo excede, incorporando otras tradiciones –radicalismo, socialismo, asociacionismo-  como el mismo peronismo hizo en su momento fundacional), parte de fechas y nombres propios claramente reivindicados por cierto afán revisionista que abrazó el peronismo en décadas anteriores, a los que le suma otros, del pasado más inmediato, pero también de otro más lejano, ahora leído en otra clave. Así, por ejemplo, al 17 de octubre y el 26 de julio, el kirchnerismo suma diciembre de 1983. A los nombres de San Martín, Rosas y Perón (en algunas ocasiones también se incorporaba el de Irigoyen), el kirchnerismo suma los nombres de Arturo Illía y Raúl Alfonsín.
Al trazado de la genealogía típicamente peronista a la que se acudió  y se acude, como ya se ha dicho, con el auxilio de cierto revisionismo histórico (la fundación del Instituto Nacional Manuel Dorrego y la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, cierta pulsión épico-revisionista que puede rastrearse sobre todo en la industria cultural, son ejemplos en ese sentido), el kirchnerismo agrega ciertas afiliaciones que comprenden un entramado progresista, no solo los nombres propios de los mencionados ex presidentes radicales, o la “primavera democrática” de los momentos inmediatos a la postdictadura (incluyendo el Informe de CONADEP y el Juicio a las Juntas), sino también –más subterráneamente- a los intentos por repensar críticamente la experiencia revolucionaria de los años 60-70, como fueron los intelectuales vinculados a la revista Envido. Incluso cuenta entre sus filas (funcionarios, candidatos), a “progresistas” como el ex presidente de la ALIANZA, Carlos “Cacho” Álvarez y el ex Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra (quienes conviven o han convivido con otros funcionarios y candidatos como el gobernador de Río Negro, Carlos Soria y el ahora candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires, Aníbal Fernández, ambos funcionarios del presidente interino Eduardo Duhalde, sospechados de estar involucrados en la Masacre de Avellaneda). De allí que “El Turco Asís, con cierta picardía, se haya referido al kirchnerismo como “neofrepasismo” tardía. Es que más que expresión del peronismo setentista, el actual proyecto “nacional, popular, democrático” (nótese que el tercer término acude en reemplazo del otrora “revolucionario”) parece ser más bien la expresión de un post-alfonsinismo-frepasismo con ribetes de la (sí setentista) Juventud Peronista-La Lealtad, ruptura “por derecha” de la JP inscripta en la Tendencia Revolucionaria, de la cual participaron algunos intelectuales de renombre actual, como el divulgador José Pablo Feinmann.
Como sea, junto a las fechas y nombres propios que se presentan como símbolos en disputa con el progresismo (17 de octubre, Eva Perón, 25 de mayo, General San Martín…), otros nombres, experiencias y momentos del pasado nacional reclaman ser rescatados del olvido, en post de las batallas culturales –desde abajo y a la izquierda– libradas y por librar. Como alguna vez escribió el pensador Federico Niezsche (y este cronista ha citado en más de una oportunidad), a diferencia del “refinado ocioso” que se pasea por los “jardines del saber” mirando con desdén este tipo de interpretaciones, nosotros necesitamos a la historia “para la vida y para la acción”. Una acción que se sienta inconforme con la administración progresista del orden existente, y que puje por derribar el actual sistema para edificar otro nuevo, que a falta de nombres más originales algunos llamamos “Socialismo del XXI”. Es decir, una nueva sociedad abierta a lo que seamos capaces de crear.






jueves, 21 de mayo de 2015

Realismo de la potencia:

Por una nueva imagen de la organización política

El presente texto es un borrador de trabajo cuyo objetivo es fomentar en pocas páginas la reflexión en torno a algunos problemas que se nos plantean durante este 2015: ¿cómo convertir en agenda positiva el diagnóstico del nuevo conflicto social?; ¿cómo renovar desde nuestras prácticas actuales una perspectiva autónoma de intervención en la nueva coyuntura?; ¿cómo atravesar este año electoral donde se decidirá el destino inmediato de los procesos gubernamentales en curso, manteniendo abierto el desafío de investigación y organización política?

 Por el Instituto de Investigación y Experimentación Política (IIEP)



Uno: Opacidad estratégica
Una “opacidad estratégica”, como la llama Raquel Gutiérrez Aguilar, afecta la comprensión colectiva de la conflictividad social reciente. Son pocos los protagonistas del sistema político que prestan verdadera atención a este hecho salvo, ejemplarmente, la iglesia. Los síntomas, sin embargo, se multiplican durante los últimos años: desde las crisis recurrentes de las tomas de tierras –imposible de ocultar a partir de la toma del Parque Indoamericano y su resolución policial, represiva y racista– hasta los amotinamientos policiales de diciembre de 2013, pasando por la extensión de una violencia ligada al universo transa, que desafía –bajo el enfrentamiento sin disimulo– el desarrollo de las organizaciones sociales en los barrios.
Esta nueva conflictividad que se expresa con inusitada violencia especialmente en las periferias, conecta con la “segunda realidad” que Rita Segato ha descripto como dimensión que organiza y administra lo ilegal a través de las propias instituciones estatales y no en un afuera incontrolable. En todo caso, esa oscuridad que hizo más densos los territorios en los últimos años y que fue subestimada por quienes confiaban en una reparadora “vuelta del estado”, salpica al espacio de la representación política y perfora a las propias instituciones de las que se espera una respuesta.
De este modo, la opacidad aparece como la principal característica también de los conflictos que sacuden la coyuntura nacional. La permanente disputa por definir el valor de la moneda en relación al dólar, las escaramuzas con los “fondos buitres” por la reestructuración de la deuda soberana argentina, y las disputas al interior de los aparatos de inteligencia estatales que repercuten en las entrañas del poder judicial, ponen en evidencia la actuación de poderes velados cuya capacidad de intervención resulta decisiva.
Afirmar esto, lejos de legitimar la retórica de condena de la corrupción que extienden las derechas agrupadas en la llamada oposición política y los grandes medios, nos conduce a tomar nota del cambio de naturaleza que afecta a la mediación entre sociedad y estado. Hoy esa relación asume, por arriba y por abajo, una forma esencialmente financiera. La intermediación de las finanzas determina la constitución misma de lo social y lo político, comprometiendo la dinámica material de la vida colectiva contemporánea.
En síntesis, llamamos “opacidad estratégica” a la acción que los poderes consolidados durante estos últimos años ejercen sobre la trama social generando incomprensión colectiva, al menos en cuatro planos convergentes:
--la creciente intermediación financiera de la sociedad invisibiliza los vínculos entre la creación y la apropiación de la riqueza social;
--la dualidad de las instituciones privadas y estatales que se encargan de la regulación social (desde los bancos y financieras, a la policía y el poder judicial), entre una realidad primera, legal y eventualmente legítima y otra vinculada a la soberanía de hecho –impuesta por los poderes que mandan sobre los procesos de creación, circulación y apropiación privada de la riqueza colectiva–, constituye el estado de excepción que rige el comportamiento de las democracias contemporáneas;
--la ultramediatización simplifica la complejidad del tejido social en estereotipos (“pibe chorro”, “migrante”, “narco”) de fácil consumo;
--la desigual distribución del valor de la vida y los bienes, activa una guerra por la seguridad y permite atravesar los umbrales de violencia organizada en los territorios.

Dos: ¿Una agenda negativa?
El problema con este diagnóstico del nuevo conflicto social, creemos, es que se presenta de un modo enteramente negativo. Hace falta imaginar cómo activar la potencia colectiva para revertir o reorientar este estado de cosas, donde prima la denuncia y el tono alarmista.
Mencionamos más arriba a la iglesia, potenciada por el rol del nuevo Papa, justamente porque ella tiende a difundir una descripción de la situación por momentos muy similar, tomando en cuenta las preocupaciones de las organizaciones sociales y constatando la impotencia o la complicidad del estado con elementos de violencia criminal, así como la necesidad de presencia y contención en territorios a los que no llega el estado, o llega con su rostro mafioso cuando no indiferente. En la medida en que la iglesia acompaña y ofrece protección (una especie de “paraguas” estratégico), su presencia recobra valor inmediato tanto en el conflicto territorial como en términos de realineamientos al interior del armado macropolítico.
Sin embargo, en el diagnóstico que presenta la iglesia no se lleva a fondo la crítica a la mediación financiera de lo social, que a la larga lleva a cuestionar la estructura concentrada de la propiedad. Al privilegiar la dimensión moral en su crítica del presente se tiende a desestimar el valor político que pueden adquirir los sujetos que protagonizan el conflicto social (campesinos pobres, migrantes, familias sin tierra y vivienda, trabajadores precarios), y a subestimar su capacidad de aportar elementos de constitución social y política autónoma. Cuando se restringe la complejidad de estos sujetos a su condición de víctimas, presentando a los pobres como figuras ascéticas sin poder de transformación social, se suprime la contracara de una rica potencia colectiva capaz de proponer alternativas de vida o de introducir resistencias prácticas. De este modo se está reencauzando el protagonismo plebeyo y anestesiando la intensidad de su politización autónoma.
La complejidad de la figura de Francisco tiene que ver con su interpretación de estos años de insubordinación plebeya y con los aspectos frustrados del ensayo de gubernamentalidad fundada en la participación de las organizaciones sociales. Su proyecto toma en cuenta justamente el protagonismo de estas organizaciones, a la larga minimizado por el kirchnerismo; pero tiende a complementar por medio de la consolación moral y contenedora el fenómeno de mediación financiera de la vida (los múltiples modos de consumo) que domina en los territorios y propone una nueva cristiandad como conjura al neoliberalismo. Proyecta así sobre el escenario global (al menos a Occidente) una gubernamentalidad más equilibrada fundada en esta interpretación del experimento llevado a cabo en la Argentina –y en la región– post 2001.
La ambigüedad de ese proyecto consiste en que, al mismo tiempo que reivindica la centralidad de lo social, lo modela en términos conservadores (en el centro de esta cuestión está la interpretación de las luchas por los derechos humanos y del cuerpo de las mujeres y los jóvenes), y lo articula a nivel macropolítico neutralizando los dinamismos populares disruptivos. 
¿De qué otro modo podemos imaginar el sentido del nuevo conflicto social, buscando superar los límites moralistas-victimistas de este planteo, a partir de una democratización radical de los dispositivos sociales, hoy sometidos a una compleja maquinaria de funcionamiento basado en una lógica rentístico-financiera?

Tres: El problema de la autonomía
La crítica práctica, a diferencia de la canalla –que sólo pretende destruir para imponerse–, parte de los dilemas concretos, evita trabajar sobre el aire, como si se tratase de hacer doctrina. Lo que interesa es otra cosa: dar curso a un realismo de la potencia, para evidenciar la realidad en términos de problemas (no se trata de un realismo que simplifica y se resigna) y asumir las exigencias prácticas que se derivan de esa formulación (no se trata simplemente de un diagnóstico).
Esta aclaración viene a cuento porque una cierta referencia a la perspectiva autónoma ha intentado fijarla en un infantilismo, asociada al momento de la crisis del 2001. Más allá de la pretendida adultez con que ciertos discursos se orientaron a relegitimar las reglas de la representación política, es evidente que persisten y se inventan una cantidad muy grande de dinámicas con rasgos de autonomía, como un modo de afirmar experiencias que merecen ser desplegados de otro modo que como los formulan los razonamientos que se adecúan al orden. Estas evidencias constituyen nuestro punto de partida en la búsqueda de un nuevo horizonte de emancipación política, que nos permita atravesar el programa necesariamente acotado –si bien necesario– del reformismo estatal en un contexto de globalización neoliberal.
El saldo de la experiencia del kirchnerismo en el gobierno es ambivalente. Muchas de las retóricas e iniciativas que puso en juego carecieron, vistas en el tiempo, del correlato organizativo y territorial necesario para abrir vías materiales de transformación democrática. Esta limitación, que restringe los alcances progresistas de su prédica, se verifica en el hecho de que la inclusión social se efectúa por medio del consumo, en simultáneo a la expansión de los mecanismos de las finanzas y de las formas de explotación. En el mismo sentido, los avances y reconocimientos en lo relativo a la memoria y los organismos de derechos humanos, conviven con el consenso en torno a las políticas securitistas de articulación de lo social, que tiñen con contenidos clasistas y racistas las campañas de los candidatos con chances en el terreno electoral (incluyendo los del oficialismo).
Aun así, el gobierno persiste en su voluntad de dar pelea y marca diferencias: tanto a nivel nacional, con experiencias como la de la nueva gestión del Banco Central y la línea de investigación sobre dictadura, derechos humanos y finanzas desarrollada desde la CNV (Comisión Nacional de Valores) y PROCELAC como el intento por reformar los servicios de inteligencia; también en la conquista de autonomía política a nivel internacional. Pero el sabor es amargo cuando entrevemos los términos de una sucesión armada por derecha, en torno a Scioli, las burocracias territoriales del PJ y una trama oscura de gobernabilidad apoyada en última instancia sobre las fuerzas de defensa y seguridad.
En cuanto a las formaciones llamadas opositoras, en su gran mayoría, no son sino la representación de las élites tradicionales, cuyo impulso transformador consiste en administrar “republicanamente” los intereses duros y puros del capital. Más interesante resulta, en tanto síntoma, el crecimiento de los partidos de izquierda, aunque difícilmente hagan a un lado la costumbre de privilegiar sus anquilosadas estructuras y doctrinas, reduciendo las potencialidades de la lucha social. Estos años se desarrolló una amplia gama de experiencias a las que por comodidad podemos llamar “de izquierda independiente”–algunas más enfrentadas y otras más próximas al kirchnerismo–, que sintonizan con la sensibilidad de nuevos actores en los territorios, en las ideas y en la producción. Estas experiencias, algunas autopercibidas como colectivos militantes, otras como redes amplias de prácticas sociales, tienen el doble valor de renovar la lucha democrática y de sugerir balances más radicales sobre los desafíos políticos pendientes.
Pero es al calor de la conflictividad social del presente donde tendremos que elaborar las nuevas síntesis conceptuales y organizativas, en un intento por volver a enhebrar el eje horizontal de las luchas con el eje vertical de las tácticas políticas. Para ello, es clave recobrar la construcción de una subjetividad política autónoma. Cuando hablamos de autonomía, hoy, nos referimos a por lo menos dos cuestiones esenciales: generar las condiciones de una ruptura social con las estructuras de negocios que están en el centro de la acumulación capitalista; y elaborar una crítica práctica de la gobernabilidad contemporánea, y de su capacidad para bloquear las posibilidades de una democratización contante y sonante.

Cuatro: Una historia reciente
Luego de la última dictadura, la política popular recobró vitalidad gracias a un entramado de luchas que tuvieron la capacidad de crear nuevos valores, modos organizativos y formas de protesta. En este sentido, fueron ejemplares las organizaciones de derechos humanos y las luchas de los trabajadores pobres que culminaron en la conformación del movimiento piquetero. Ellos se convirtieron en los vectores de impugnación de las políticas neoliberales, agotada toda confianza en el sistema bancario y en los partidos políticos.
Tras la crisis, volvió la política en sus formatos más habituales, aunque con contenidos estatistas y redistribuidores. Esta normalización supuso una importante novedad, junto a una contradicción eminente: cierta porosidad de las instituciones respecto de las luchas desarrolladas durante el período previo, junto al fortalecimiento del modo de acumulación con eje en el mercado mundial y las finanzas (neodesarrollismo/neoextractivismo). En el mismo período asistimos a una ambivalente mutación de lo social, motivada por las políticas de ampliación el consumo masivo. Decimos ambivalencia porque se ha puesto en acto una vía de inclusión, que sin embargo consolida jerarquías y esparce como nunca antes la mediación de lo social por lo financiero.
El ciclo de gobiernos progresistas de América del Sur atraviesa un dilema de estancamiento: o bien estos gobiernos profundizan su dinámica neoextractivista, generando con ello una intensificación de las condiciones de violencia estructural para mantener los niveles de consumo vigente, o bien le ponen límites a estas formas distributivas y financieras, que son el pilar de su legitimidad política. Por su parte, el desplazamiento de la hegemonía hacia China del mercado mundial puede dar lugar a una recolonización feroz de las economías periféricas, o puede abrir espacio para un juego pragmático de nuevo tipo, que cuestione la arquitectura financiera global que disciplina y atenaza procesos sociales.
Rechazar la obediencia a las finanzas globales es la condición fundamental, tanto en el plano local, como en el regional y la globalidad, de una dinámica de democratización popular que exceda la matriz neodesarrollista y la retórica nacionalista. Esta es una discusión no sólo sudamericana, sino que también se torna intensa hoy en el Sur de Europa.

Cinco: De la investigación militante como organizador político
La investigación política colectiva puede ser relanzada, si logra fundirse al dinamismo de nuevos sujetos sociales. Resulta necesario, entonces, despojarse de dogmas, jergas y sectarismo, evitando la autocomplacencia que esquiva las tareas prácticas planteadas por el nuevo conflicto social. Una nueva imaginación política es inseparable de la elaboración de estrategias al interior del conflicto y, por tanto, del problema de la organización y la creación de dispositivos eficaces para la lucha, la mediación y la auto-defensa.
Este problema de una nueva imagen de la organización política se plantea ahora a partir de la maduración de luchas locales, de investigaciones transversales, de experiencias con instituciones y de la constitución de redes complejas que operan en diversas escalas. Plantear el problema de la organización supone asumir sin ambages el carácter múltiple, vivo y crítico del protagonismo que se pone en juego en la nueva conflictividad social. Organización y cartografía del conflicto van juntos, como capacidad de actuar en planos heterogéneos, sin aspirar al ideal imposible de una síntesis última en el poder del estado.

Buenos Aires, abril de 2015


miércoles, 20 de mayo de 2015

Desacralizar la figura de Perón

Acerca de 1964, de Ariel Hendler


Por Mariano Pacheco
  (Nota publicada en la Agencia Paco Urondo)  


1964. Historia secreta de la vuelta frustrada de Perón, el libro de Ariel Hendler publicado en 2014 por la editorial Planeta tiene, al humilde entender de este cronista, dos grandes virtudes. 


Por un lado, logra sistematizar una serie de informaciones dispersas, constituyéndose así en un buen material de divulgación histórica. Por el otro, permite indagar de manera crítica no solo un tramo de la historia reciente de la Argentina sino –o sobre todo- una figura emblemática del pasado nacional: Juan Domingo Perón. Lejos de las perspectivas populistas acríticas, pero también a distancia de los gorilismos con pretensiones de neutralidad historiográfica, Hendler logra presentar la figura del ex presidente es sus costados más políticos, en el sentido pragmático del término.
El “Avión negro” fue uno de los mitos políticos más importantes de la década del sesenta. Sin embargo, más allá de la amplia cantidad de publicaciones de libros que lo trataron lateralmente, el “operativo retorno”, acontecido el 2 de diciembre de 1964, no había sido hasta ahora narrado en un solo volumen. Ese día, el General Perón –derrocado en 1955 por el golpe de Estado autodenominado “Revolución Libertadora”– se embarcó en un avión de bandera, de línea española, y junto con una reducida delegación de dirigentes peronistas, intentó regresar a la Argentina, desde su exilio en Madrid. El avión fue detenido en Río de Janeiro, cuando realizó allí su primera escala, y el “general” tuvo que retornar a la patria gobernada por el dictador Franco para continuar allí su exilio.
El libro aborda un período de la historia nacional por demás interesante, aunque no siempre del todo revisitado: desde el fracaso de los intentos insurreccionales del peronismo, a partir de la toma del Frigorífico Lisandro De la Torre, hasta el momento en que “El Brujo” José López Rega logra instalarse en el entorno íntimo de Perón. Hendler se mete así con la primera mitad de la década del 60, y logra a partir de un episodio particular (el ya mencionado “Operativo retorno”) y un hombre particular (Perón), reponer el contexto, tanto de los hechos como de los protagonistas que rodearon ese momento bisagra del movimiento que durante esa década había padecido proscripción (no podía presentarse a elecciones), prohibiciones (no podía ni siquiera mencionarse en público el nombre de Perón y Evita, por ejemplo), fusilamientos (como los de José León Suárez, en 1956, luego del alzamiento cívico-militar encabezado por el general peronista Juan José Valle), ultrajes (el cadáver de Eva Perón fue secuestrado por los “libertadores”), además de cárceles, torturas, destierros y “desapariciones forzadas” (en 1962 fue “detenido-desaparecido” el joven trabajador metalúrgico Felipe Vallese).
En la minuciosa reconstrucción de época realizada por Hendler, pueden rastrearse nombres y episodios olvidados en muchas otras apuestas historiográficas, que en los últimos años han proliferado. Así, este periodista que viene trabajando desde hace un tiempo en la “historia reciente”, aparecen nombres como el de Emilio Difilippo –un trabajador de dieciséis años ametrallado por la policía mientras reprimía una protesta realizada por la CGT en el marco del plan de lucha de ese diciembre del 64-, la conmemoración (el 30 de noviembre, también del 64) realizada en Rosario para el cuarto aniversario del alzamiento del general peronista Miguel ángel Iñíguez, por la misma población obrera de Villa Manuelita que había protagonizado una pueblada cuando se produjo el golpe del 55), la publicación de la revista Compañero, dirigida por el médico y periodista Mario Valotta. También los intentos de lucha armada, que ponen en cuestión una doble comprensión del período: la que adjudica exclusivamente a la Revolución Cubana el inicio de las acciones armadas en el país, y la que entiende que la guerrilla es producto de un proceso de radicalización de los jóvenes pertenecientes a los sectores medios (que va de la mano de la interpretación anterior). Reconstruyendo el contexto previo al “Operativo retorno”, Hendler da cuenta de que hubo un proceso de radicalización de la clase obrera argentina, que está íntimamente ligado al proceso de represión que padeció el peronismo.
Otro de los lugares comunes que el libro pone en cuestión es la “lentitud”, inoperancia, y falta de iniciativa del ex presidente radical Arturo Ilía. Hendler relata cómo era la dinámica de “la tortuga” y el lector logra entender por qué el radical pudo frenar el retorno de una figura central de la política argentina como era Perón. Si bien aquel día no fue declarado el Estado de sitio, la Marina de guerra ordenó a las bases navales de Puerto Belgrano y Punta Indio que alistaran naves de combate, la Gendarmería y la Prefectura Nacional reforzaron su presencia en las fronteras con Paraguay y Brasil, y la Policía Federal, junto con la Bonaerense, se apostaron con armas largas en el aeropuerto de Ezeiza, cerrando los accesos, listos a disparar si se producían manifestaciones populares. Que no se produjeron. Y de allí la gran incógnita de la jornada. Por qué, más allá de que el general fue sorprendido en la escala que el avión que lo trasportaba hizo en Brasil –producto de una intensa y veloz actividad diplomática emprendida por el gobierno de Ilía- no hubo una reacción popular en Argentina. Ya en su momento el dirigente peronista combativo John Willian Cooke cuestión al viejo líder la forma en que organizó el operativo, los sectores del peronismo en los que se respaldó, etcétera, pero en un contexto como el que actualmente transita la Argentina no está de más recordarlo. Y tal vez aquí radica el mayor aporte del libro.
En 1964 con encontramos con un Perón de carne y hueso, y sobre todo, con un Perón real, no idealizado por el paso del tiempo. Revisitando los comportamientos del viejo líder en esos años que van desde La Revolución Libertadora hasta el “Operativo retorno”, es más fácil entender las decisiones que Perón tomó en 1973, cuando realizara su definitivo retorno al país. Su giro a la derecha de entonces, su respaldo a sectores conservadores –y aún fascistas– en contra de las expresiones revolucionarias, no se erigían como una novedad, sino que formaban parte del ADN de tácticas y estrategias del viejo líder.




viernes, 15 de mayo de 2015

Historial de un suicida (El caso Erdosain y su pandilla)- Cuarta entrega

A propósito de la serie televisiva “Los siete locos” y Los Lanzallamas


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha.
Miércoles 14 de mayo de 2015)

  
En esta cuarta entrega, el autor introduce los nombres de Sigmund Freud y Federico Nietzsche para continuar con su repaso y análisis de “Los siete locos” y “Los Lanzallamas”, novelas de Roberto Arlt adaptadas por Ricardo Piglia para la Televisión Pública. 
  


Crimen y sentimiento de culpa. Ambos términos, tan presentes en estas novelas de Roberto Arlt que venimos trabajando en estas entregas publicadas semanalmente por Marcha, pueden ser leídos desde dos autores que, el propio Arlt, tenía bien leídos: Federico Nietzsche y Sigmund Freud.
Leídos desde Nietzsche, podemos pensar ciertos tramos de “Los siete locos” y “Los lanzallamas” como la expresión cabal del drama del hombre moderno: aquel que ha cometido ese crimen terrible que implicó haber asesinado a Dios, borrando del horizonte todos los elementos que, hasta entonces, otorgaban sentido a la existencia, como ya.
Leídos desde Freud (“Totem y Tabú”), en cambio, ese sentimiento de culpa tiene que ver con algo acontecido en un tiempo mucho más lejano aún, en el momento preciso en que la humanidad comenzaba a ser tal. La conspiración de los hermanos de la horda primitiva que culmina en el asesinato del despótico padre primordial. De allí en más –es decir, desde que el hombre es hombre–, en adelante, cada generación ha reactualizado simbólicamente aquel complot, y aquel asesinato.
Ahora bien, esta reactualización se produce ya no afuera sino adentro de cada sujeto. A la agresión consumada (parricidio primordial), siguió el arrepentimiento, producto del sentimiento de ambivalencia hacia el padre: odio, pero también amor. Ese amor que lleva a la identificación, producto de la cual va a instituirse el superyó, depositario del poder de castigo y creador de las limitaciones necesarias para prevenir la perpetuación del crimen en la historia. Esta agresión del hijo hacia el padre, luego sofocada, es la fuente del sentimiento de culpa que, una vez exteriorizada, se expresa como necesidad de castigo.
Por supuesto, la forma “correcta” de tramitar este conflicto conducirá a cada sujeto a una vida “normal”, vía resolución adecuada del complejo de Edipo. ¿Pero qué pasa cuando esa tramitación no encuentra sus carriles adecuados, cuando los diques de contención psíquica son desbordados por otras fuerzas? Sucede, a menudo, que el sujeto comienza a tener dificultades para procesar la diferencia entre lo socialmente aceptado y lo aprobado por él mismo. El principio del placer comienza a desbordar al principio de realidad. Es que, según destacó Freud en su libro “El malestar en la cultura”, para que exista hombre en la cultura, éste debe convivir con un permanente malestar, a saber: no sólo limitar la sexualidad para dar paso a la productividad del trabajo, sino además limitar (amordazar, diría el Nietzsche de la “Genealogía de la moral”) sus instintos de agresividad.
Porque como señala Freud, “el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad”. Queda clara la concepción del médico vienés. “Homo homini lupus” –el hombre es el lobo del hombre, según la fórmula, tan conocida, que expone Tomas Hobbes en su libro “Leviathán”–. ¿Entonces? Entonces, el otro, el prójimo, puede ser alguien a quien usar sexualmente sin su consentimiento,  explotar en su trabajo sin resarcirlo, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, martirizarlo, asesinarlo… en fin, alguien en quien satisfacer la agresividad.
Claro, uno bien podría preguntarse si no es a causa del sistema regido por la explotación del trabajo el que trae aparejado este tipo de comportamientos y pensamientos. Si no es debido a que la burguesía ha venido al mundo “chorreando lodo y sangre”, como sostiene Carlos Marx en “El capital”, que esa violencia prima por sobre otro tipo de vínculos. Pero Freud es claro al respecto. Dice que si bien otro tipo de relaciones de propiedad disminuirían la agresividad, caracteriza a la premisa psicológica comunista (eliminados los males económicos no hay razón para ver en el otro a un enemigo), como vana ilusión, porque la agresión, a su entender, “constituye el trasfondo de todos los vínculos de amor y ternura entre los seres humanos. Y remata, pesimista: “Uno no puede menos que preguntarse con preocupación, que harán los soviets después que hayan aniquilado a sus burgueses”.
En fin, según Freud, es esta autónoma y originaria disposición pulsional del ser humano a la agresividad la que conspiraría contra la cultura, entendida como proceso al servicio de eros. Contra la cultura, sí, pero también, contra el propio sujeto.
Aun a riesgo de conducir estas disquisiciones acerca del psicoanálisis a una digresión sin fin, quisiera remarcar, de todos modos, que para cuando Freud escribe El malestar…, ha transcurrido ya una década desde que provocara ese vuelco a sus investigaciones y conceptualizaciones, conocido como el “giro de 1920”, fecha en que publica Más allá del principio del placer, donde postula su radical teoría (radical en tanto que pone en cuestión algunos de sus propios  fundamentos), de que junto con la pulsión de vida, tendiente a conservar y reunir en unidades cada vez mayores la sustancia viva, existe otra pulsión, opuesta a ésta, a la que denominó como pulsión de muerte, tendiente a reconducir esas sustancias a su estado inorgánico inicial. Así, Más allá… va a poner en cuestión algunos postulados de Tres ensayos de teoría sexual (1905), donde había sostenido que la función principal del organismo tendía a la conservación (a través de la generación y la alimentación). Desde allí, y en adelante, va a sostener que la pulsión de vida, que ha denominado como Eros, se encentra siempre, eternamente, en lucha contra Tanatos (la pulsión de muerte). Gran estocada contra optimismo ingenuo del positivismo ramplón: la finalidad principal de todo organismo es la repetición sin meta. Tendencia de retorno al estado originario, a la busca de una estabilidad energética, a la nulidad pulsional, en fin, a la muerte.
Cierre del extenso paréntesis nietzscheano-freudiano. Retorno a Roberto Arlt. Estábamos, entonces, en la figura de Erdosain. En un crimen que pudo haber cometido en el pasado, en otro que está por cometer y, como remate, su suicidio. Pero nada sucede de repente. Hay una suerte de demora en la narración, en la cual podemos ir sintiendo, junto al personaje, la elucubración del crimen, a la vez que vemos precipitarse en su propio fin. Aunque son varios, de todos modos, los indicios de que pronto, algo de todo esto, sucederá. Por ejemplo, cuando Haffner dice: “Ahora usted… posiblemente esté en la orilla de otro crimen. Me lo dice no sé qué instinto”. Y también el Astrólogo, respecto de Erdosain, expresará: “había ya trazado su destino”. No se equivocan: pronto asesinará a la Bizca.
La pregunta de por qué demora tanto en ejecutarse el crimen, la suministra el propio Astrólogo, cuando explica: “Naturalmente, antes de cometer un crimen habría que familiarizarse con la idea, pensar en él, de manera que en la conciencia de uno eso dejara de ser un crimen para convertirse en un asunto vulgar”. Esa familiarización con la idea del crimen, según cuenta Elsa –la mujer de Erdosain– fue elaborándose lentamente en él, a través de un horrible y espeso silencio. Silencio que lo acompañará hasta el anteúltimo capítulo de “Los lanzallamas” (titulado justamente “El homicidio”), donde esa “densa idea subterránea” despertará definitivamente.
Remo mata a la Bizca de un tiro en la oreja, luego de haberla desvirgado. Después, durante tres días y dos noches, permaneció en la casa del periodista-narrador, a quien cuenta toda su historia (recordar que el primer capítulo de la serie televisiva comienza ahí). Al irse de allí, en el tren eléctrico número 119, un tramo antes de llegar a Moreno, Remo Erdosain se suicida de un balazo en el corazón. “Una serenidad infinita aquietaba definitivamente las líneas del rostro de ese hombre que se había debatido tan desesperadamente entre la locura y la angustia”.
Erdosain, ¿se suicida de alegría, como sugiere acaso Dostoivski para uno de sus personajes? Parece que no. Más bien, parece, Erdosain se suicida porque se encuentra acorralado: por las fuerzas policiales que van tras sus pasos, pero fundamentalmente, por sus demonios que lo sitian desde adentro.
Consumación del crimen y su necesario correlato: el castigo. Aunque a diferencia de Raskolnikov, el clásico personaje de “Crimen y castigo”, al novela de Dostoivsky, Erdosain no se entregará a las fuerzas policiales, sino a sus propias fuerzas autodestructivas. ¿Por sentimiento de culpa? ¿Por búsqueda de acceso a ese momento inorgánico inicial del que hablaba Freud? Quien sabe…
Podríamos pensar –en una clave más ligada a los pensadores Féliz Guattari y Gilles Deleuze– que Erdosain experimenta un devenir sin restricciones. Enmarañado en sus propias líneas de fuga, se precipita sobre un agujero negro. Algo similar a lo que supo escribir Henri Lefebvre en su libro “Hegel, Marx, Nietzsche (o el reino de las tinieblas)”, a propósito de Nietzsche, cuando relaciona la pérdida de identidad con la mutación, la metamorfosis, la transvaloración, la creación poética. Trayecto peligroso, dice, acechado por un peligro: “El extravío, la locura, el suicidio”. Podríamos pensar entonces… tantas cosas podríamos pensar, ¿no? Porque “es la fuerza inagotable del equívoco lo que permite que Arlt siga siendo un personaje de nuestras lecturas”, según señaló González en su ya citado ensayo. Y por eso, leerlo,va a ser siempre un oficio incierto. Labor de quien acompaña la aventura arltiana con la incesante pregunta: ¿qué habrá querido decir?”. Es que con Arlt, ya lo hemos dicho, nunca se sabe.