jueves, 11 de junio de 2015

Juan José Valle, la resistencia peronista y Rodolfo Walsh

 Cabecita Negra. Ensayos sobre literatura y peronismo 
(Extracto de mi próximo libro, en preparación)

A la memoria de Susana Valle

9 de junio: ante un nuevo aniversario del frustrado levantamiento peronista, unas líneas en homenaje a sus protagonistas y a quien supo prestar oído y compromiso de cuerpo entero ante la represión de aquella acción.



Operación masacre
Sin lugar a dudas el primer quiebre político de Walsh respecto del peronismo son los fusilamientos de José León Suárez. En su breve autobiografía afirma: Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior.
Cómo él mismo lo explica al salir el libro, la revolución del 9 de junio lo tocó de cerca. Por motivos geográficos, la tuvo no solo en las puertas, sino dentro mismo de su casa.  Cuenta que, aquella madrugada, debió atravesar una zona de combate (en la esquina de 54 y 4, en la ciudad de La Plata) para ingresar a su morada, en donde se refugió un contingente leal a la dictadura de Aramburu y Rojas. Allí pudo escuchar a quien, luego lo sabría, se llamaba Bernardino Rodríguez, un joven soldado de 21 años, cuyas últimas palabras fueron: “¡No me dejen solo! ¡Hijos de puta, no me dejen solo!”, pensando que “sus camaradas, sus amigos, lo abandonaban en la muerte”.
 Hombre profundamente sensible Walsh. Solo así pueden entenderse sus palabras respecto del final de ese muchacho. Para entonces era un escritor dedicado a la literatura (aunque no un novelista), pero con fuertes vínculos con el periodismo. Como cuentista y traductor, había publicado ya en periódicos populares de circulación masiva. Por otra parte, las primeras partes de la investigación de Operación masacre va a publicarlas, antes que en versión libro, como notas y reportajes en el periódico Propósito, dirigido por Leónidas Barletta, primero, y en Revolución Nacional y Mayoría luego. Hasta 1957 yo era nacionalista… El primer suceso que me hace pronunciar políticamente es lo que sucede a partir de Operación masacre, dice Walsh en 1969. En aquella entrevista, publicada por Siete días, también afirma:
En Operación masacre yo libraba una batalla periodística como si existiera la justicia, el castigo, la inviolabilidad de la persona humana. Renuncié al encuadre histórico al menos parcialmente. Eso no era únicamente viveza; respondía en parte a mis ambigüedades políticas.


La forma en que se topó con “el caso” son conocidas: Walsh se enteró que había un fusilado que vivía. Su nombre era Juan Carlos Livraga y era el primer sobreviviente del que tendría noticias, de una lista de siete. Y si bien la historia le pareció “demasiado cinematográfica”, decidió investigar. Así lo explicita el propio autor en la “Introducción” a la primera edición del libro (1957):
La primera noticia sobre la masacre de José León Suárez llegó a mis oídos en la forma más casual, el 18 de diciembre de 1956. Era una versión imprecisa, propia del lugar–un café– en que la oí formulada. De ella se desprendía que un presunto fusilado durante el motín peronista del 9 y 10 de junio de ese año sobrevivía y no estaba en la cárcel.
La historia me pareció cinematográfica, apta para todos los ejercicios de la incredulidad
.
En el mismo texto puede leerse tanto su “anti-peronismo”, como su distancia de la dictadura: no soy peronista, no lo he sido ni tengo la intención de serlo. Si lo fuese, lo diría… Tampoco soy ya un partidario de la revolución que –como tantos– creí libertadora.
Tal vez esa distancia pueda entenderse leyendo su explicación del caso:
Al día siguiente conocí al primer actor importante del drama: el doctor Jorge Doglia. La entrevista con él me impresionó vivamente. Es posible que Doglia, un abogado de 32 años, tuviera los nervios destrozados por una lucha sin cuartel librada durante varios meses, desde su cargo de Jefe de la División Judicial de la Policía de la Provincia, contra los “métodos” policiales de que era testigo. Pero su sinceridad me pareció absoluta. Me refirió casos pavorosos de torturas con picana y cigarrillos encendidos, de azotes con gomas y alambres, de delincuentes comunes –por lo general “linyeras” y carteristas sin familiares que pudieran reclamar por ellos– muertos a cachiporrazos en las distintas comisarías de la provincia. Y todo esto bajo el régimen de una revolución libertadora que muchos argentinos recibieron esperanzados porque creyeron que iba a terminar con los abusos de la represión policíaca.
Así y todo, el contacto que mantendrá con los peronistas mientras realice la investigación, no lo harán cambiar de opinión política, al menos en ese momento:
En los últimos meses he debido ponerme por primera vez en contacto con esos temibles seres –los peronistas– que inquietan los titulares de los diarios. Y he llegado a la conclusión (tan trivial que me asombra no verla compartida) de que, por muy equivocados que estén, son seres humanos y debe tratárselos como tales. Sobre todo no debe dárseles motivos para que persistan en el error, sostiene en la introducción. Y agrega en el “provisorio epílogo”:
Por distintas circunstancias que no excluyen la casualidad, me han tocado bastante de cerca las tres revoluciones –dos aplastadas de muy diverso modo, una intermedia victoriosa– que en 1955 y 1956 sacudieron al país. Puedo, sin remordimiento, repetir que he sido partidario del estallido de setiembre de 1955. No sólo por apremiantes motivos de afecto familiar –que los había–, sino porque abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que negaba el derecho de expresión, que fomentaba la obsecuencia por un lado y el desborde por el otro. Y no tengo corta memoria: lo que entonces pensé, equivocado o no, sigo pensándolo.
Como puede verse, Walsh no está de acuerdo en la forma en que “La Libertadora” abordó el fenómeno peronista, pero tampoco desandará, así nomás ni de un día para el otro, la aversión que el peronismo le provocó durante una década. Si bien en el prólogo a esa primera edición se define como un “hombre de izquierda”, sus argumentos políticos acerca de por qué publica sus notas en periódicos de derecha dan cuenta de su suerte de “humanismo abstracto” (ellos se atreven, y en este momento no reconozco ni acepto jerarquía más alta que la del coraje civil). Lo mismo podría decirse respecto de su mirada sobre el oficio: creo que el periodismo es libre, o es una farsa.
Estamos en los prolegómenos de aquel hombre que, revolución cubana mediante, se transformará primero en director de un periódico sindical clasista y luego, en un auténtico cuadro revolucionario.


Historia de una investigación


Operación masacre es un libro raro, y por esa rareza ha sido catalogado desde novela policial para pobres hasta relato de no ficción, pasando por la calificación de híbrido genérico inscripto en la tradición del Facundo de Sarmiento, por mencionar los intentos clasificatorios más conocidos. Esto sucede, de alguna manera, porque lo que el  libro hace es precisamente desdibujar la línea que separa al periodismo de la literatura. Rodolfo Walsh parte de una investigación periodística y de las notas que publica en periódicos a pocos meses de los hechos, para desde allí construir una narración mediante procedimientos ficcionales, que dará como resultado un libro cuya estructura se presenta escindida: por un lado el cuerpo del texto (la historia propiamente dicha), y por otro lado, la historia de la investigación.
El recorrido político e ideológico de Walsh puede rastrearse con claridad a través de los sucesivos “para-textos” que el autor incorpora en las distintas ediciones de Operación masacre. Ya en 1957, cuando el libro sale a las calles por primera vez, además de la historia propiamente dicha el lector va a toparse con una “introducción”, un “prólogo” y un “provisorio epílogo”. De allí en más, con cada nueva edición, Walsh va a incorporar algún texto que dé cuenta del estado de situación del “caso” y lo él piensa al respecto. Así, en 1964 y 1969, puede leerse los cambios operados en la concepción que el autor tiene de la Argentina, del peronismo y del rol del periodismo en la política nacional.
En el epílogo a la edición de 1964 Walsh sostiene que, en su batalla emprendida a través del libro, perdió: pretendía que el gobierno, el de Aramburu, el de Frondizi, el de Guido, cualquier gobierno, por boca del más distraído, del más inocente de sus funcionarios, reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nombre de la República Argentina, se cometió una atrocidad.
Según él mismo aclara, no pretendía demasiado. Tan solo que cualquier gobierno de este país les reconociera que la justicia de este país los mató por error, por estupidez, por ceguera, por lo que sea. Yo sé que a ellos no les importa, a los muertos. Pero había una cuestión de decencia, no sé cómo decirlo.
Como puede verse (leerse), su humanismo sigue intacto. Agrega:
Pretendía que, a los que se salvaron –Livraga desfigurado a tiros; Giunta casi enloquecido; Di Chiano escondido en un sótano; a los otros, desterrados–, cualquier autoridad, cualquier institución, cualquier cosa respetable de este país civilizado, les reconociera, siquiera con palabras, aquí donde las palabras son tan fáciles, donde no cuestan nada las palabras, que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen. Que a los seis hijos de Carranza y los seis de Garibotti, a los tres de Rodríguez y al de Brión, y a las mujeres de esos hombres se les reconociera algún derecho emanante de la carroña sangrienta que la justicia de este país, y no de otro, llevó al cementerio, de todos esos cuerpos que fueron gente querida por los suyos. Que se les diera algo, un testimonio, una palabra, una pensión, no tan grande como la de un general, no tan grande como la de un juez de la Corte, quién podría pretender tanto. Algo. En esto fracasé. Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro: ascendió a Aramburu. Creo que después ya no me interesó.
Su mirada política, sin embargo, ha cambiado tras siete años, su estadía en la Cuba revolucionaria y los vaivenes políticos que se han producido en el país. Considera el caso “cerrado” desde el punto de vista judicial y cree que es ya un “pedazo de historia”. Pero no solo el “caso” de junio de 1956 considera cerrado, sino también el siguiente: investigué y escribí enseguida otra historia oculta, la del caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos.


Walsh sostiene ya que ha perdido la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, a las que considera tan solo palabras. Y eso afecta de manera directa su mirada sobre las posibilidades del periodismo. De allí su conclusión: releo la historia que ustedes han leído. Hay frases enteras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escribiría mejor. ¿La escribiría?
La conclusión es un claro anticipo de los debates que van a desvelarlo tiempo después. A él y a tantos escritores de su generación, y la siguiente. ¿La escribiría? ¿Qué sentido tiene escribir una historia en la que se investigue y se brinde testimonio de las injusticias, se las denuncie, si aun con todas las pruebas la justicia no accionará y quienes gobiernan (sean civiles o militares), persistirán en sostener la cadena de encubrimientos que garantizan la impunidad? Hasta 1968, cuando funde y dirija el semanario CGT, donde –como veremos con más detalles- encuentre posibilidades de enmarcar un aporte individual de escritura en un proceso colectivo que la excede- Walsh no encontrará sentido a la escritura en términos políticos. De allí que se “repliegue” –como él mismo caracteriza a la escritura de ficción en las anotaciones que realiza en su diario– en la literatura.
De allí que en 1969 –tras el Cordobazo y la experiencia en la CGT de los Argentinos– ante una nueva edición (la tercera) de Operación masacre, agregue un llamativo paratexto, titulado “Retrato de la oligarquía dominante”, donde sostiene que para entonces se puede ir ya, ordenadamente de menor a mayor, y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante.
Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina.
El que escribe es un Walsh familiarizado de lleno con el peronismo revolucionario. Es decir, con una experiencia política que, partiendo de la identidad del peronismo, pone especial énfasis en la lucha y no en la conciliación de clases, y en la que la clase obrera, el proletariado, no es ya concebido como “columna vertebral” de un movimiento policlasista, sino como columna, cabeza y corazón del proceso de emancipación de los trabajadores argentinos.
Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la “Operación Masacre”, como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Salazar, amparados por el gobierno. Dentro del sistema, no hay justicia, sentencia Walsh, y agrega:
Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.

Queda claro: el próximo paso ya no será escribir un libro, sino empuñar un arma.

Un disco para desandar las lógicas de “temor y control”

“Relatos en Ciudad de Domos”: primer CD de Besadores enjaulados


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal Marcha)

El rock como trinchera de resistencia cultural. El líder de Besadores Enjaulados habla de su primer C.D: “Relatos en Ciudad Domos”.



“¿Ves la grieta? Nuestro imperio no la mira. ¡Mírala! ¿Ves la grieta? Ciudad Domos no la registró”, puede escucharse en “Rabia (en el principio es el grito)”, la primera de las nueve canciones que integran “Relatos en Ciudad Domos”, el primer disco de Besadores Enjaulados. La banda de rock, nacida en 2012 a partir de la iniciativa de su cantante y guitarrista, Juan Rey, y su pianista, Darío Cimino (quien también acciona sintetizadores y realiza coros), contó en sus primeros pasos con el apoyo de Hernán Aramberri, productor y baterista del Indio Solari y Los Fundamentalistas del aire acondicionado. De su mano, llegaron además algunas importantes colaboraciones para la grabación del C.D, como fueron la de los saxofonistas Sergio Dawi (Los Redondos) y Sergio Colombo (Natty Combo), o el guitarrista Gaspar Benegas (Los fundamentalistas). La banda que ya tocó en varios sitios, entre otros, en el anfiteatro situado en el predio contiguo a la Estación Darío y Maxi (ex Avellaneda), en el marco de un festival por el juicio y castigo a los responsables políticos de la denominada “Masacre de Avellaneda” del 26 de junio de 2002, donde fueron asesinados los jóvenes militantes Kosteki y Santillán.

Resistir el paradigma de temor y control
“Partimos de la necesidad de decir algo, una palabra frente a lo que vemos y rechazamos del mundo”, sostiene Juan Rey en diálogo con Marcha, quien aclara el porqué del nombre del disco.  “Relatos en Ciudad Domos” –dice– habla esencialmente del “paradigma de control”, de “vigilancia permanente” (cuya expresión más gráfica son los “domos”, las cámaras emplazadas por todo el espacio público) que se fue instalando en los últimos años en Argentina, y particularmente en la Ciudad de Buenos Aires, que parece ser el emblema de ese proceso “pro policial y punitivo” plagado de plazas enrejadas y patrulleros policiales “por todos lados”.
Rey aclara que, de todos modos, no estamos ante una originalidad argentina, sino ante un “proceso global”, una “sociedad mundial de control” que parte desde los centros del poder y se expande hacia la periferia. Un “mundo domos”, en verdad. ¿De qué se trata? La respuesta, el cantante de Besadores enjaulados la plantea con claridad: “estamos ante un capitalismo en descomposición, que frente a la barbarie que impone, necesita consolidar su control, extenderlo, endurecerlo”. Eso explica, en gran medida, que ante coyunturas electorales como la que vivimos los argentinos por estos días, las dirigencias políticas propongan “más control, más seguridad”. Rey, que es además coautor de la biografía de Darío Santillán, “El militante que puso el cuerpo” (2012), aclara que algunas de estas ideas pueden encontrarse explicitadas en otro libro, publicado el año pasado por la editorial Futuro Anterior: “Temor y control”, de Esteban Rodríguez Alzueta.


La seguridad como negocio
“Nos meten miedo para vendernos seguridad”, puede leerse en un grafitti callejero, que Juan Rey toma como disparador para problematizar la idea que sostiene que “más policía” es más “seguridad”, y plantea que en realidad las cámaras no son de seguridad sino de vigilancia; que no están para prevenir delitos, o esclarecerlos, sino para controlarnos; y que, además, detrás de esto hay un negocio millonario realizado por entre empresas poderosísimas y el Estado. “Nos metieron en un gran hermano sin avisarnos; o peor, fueron montando sobre el espacio público elementos de una cárcel a cielo abierto, cuyos vigías ya no están en las torres sino sentados frente a pantallas planas, software”, comenta, y aclara: “que pidamos más y más policía da cuenta de que algo anda mal en nuestra sociedad. Cuando se habla de más policía pienso en Santillán y Kosteki, en Luciano Arruga, en Walter Bulacio, en el caso de Ismael Sosa, cuya familia y amigos siguen exigiendo justicia y señalando a la policía como los responsables de su muerte”.

La cultura como campo de batalla
“Nos parece importante decir estas cosas desde el rock”, continúa el cantante de Besadores enjaulados, para quien el proyecto de la banda tiene algún sentido si aporta a una mirada que dispute en el plano cultural, o contracultural. “Cuestionar estas formas del poder es algo que nos nace desde este proyecto. Eso es constitutivo de Besadores”.
Por último, Juan Rey comenta que el sábado 17 de octubre, en “La Capilla”, Suipacha 842 (Ciudad de Buenos Aires), la banda presentará su disco, que ya está disponible en su canal de youtube y en souncloud.
Una fecha y un sitio emblemáticos, si tenemos en cuenta que en ese lugar tocaron bandas como Sumo y Soda Stereo, y que ese día se conmemorarán los setenta años del surgimiento del peronismo.

lunes, 8 de junio de 2015

junio: mes de la dignidad rebelde

Darío Santillán y construcción de una memoria de los de abajo (I) 

La Agrupación 11 de Julio

(Extracto del libro “Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo”- 
Autores: Ariel Hendler, Mariano Pacheco, Juan Rey- Planeta, 2012).



Para cuando Darío comenzó a participar, a mediados de 1998, la agrupación ya llevaba casi dos años de existencia. Había surgido una tarde cualquiera cuando Mariano y Eduardo, sentados en la escalinata de la galería Colón de Quilmes y luego de un rato de intentar encontrar un nombre creativo se hartaron y dijeron: “Ma’ sí, pongámosle una fecha. ¿Qué día es hoy? ¿11 de julio? Bué… Agrupación Estudiantil 11 de Julio”. Pocos días antes se había producido en Cutral-Có el primer gran levantamiento popular bajo el gobierno de Carlos Menem, y salieron a pintar con aerosol en las paredes de Quilmes y San Francisco Solano: “Todos somos Cutral-Có”. No firmaban, pero todos eran integrantes del Movimiento La Patria Vencerá (MPV). Mariano y Eduardo eran los únicos dos adolescentes en esa pequeña organización de militantes que provenían, la mayoría, de la agrupación Descamisados del peronismo revolucionario. Ya no se asumían peronistas –entendían que aquel movimiento histórico debía ser superado, sobre todo a partir de la versión menemista del peronismo-. Proponían en cambio la construcción de una identidad superadora, que anclara en la tradición del nacionalismo popular revolucionario pero incorporando a militantes de izquierda y análisis marxistas de la realidad.


Con inserción sobre todo en Quilmes y Avellaneda, el MPV también desarrollaba algunas actividades en la zona oeste del Gran Buenos Aires, y a partir del segundo mandato menemista se había propuesto impulsar distintos trabajos barriales, desarrollar frentes de masas de la organización que intentaran encauzar las propuestas vecinales en torno al eje de la desocupación, una reivindicación a la que ya visualizaban con un gran potencial de confrontación contra el Gobierno. Cuando en 1996, casi por casualidad, Mariano y Eduardo se acercaron cada uno por su lado al MPV, sus militantes les aconsejaron que armaran una agrupación con jóvenes de su misma edad para desarrollar actividades vinculadas con el colegio y su vida cotidiana.
Fue así que ambos, como una forma de empezar a dar los primeros pasos e intentar sumar compañeras y compañeros de los colegios, decidieron publicar una revista parecida a esos fanzines que también vendían en algún que otro local de la galería Colón, donde se juntaban los adolescente de Quilmes y donde compraban casetes de bandas como los quilmeños Sin Ley, a quienes iban a escuchar a menudo. Durante casi tres años, Mariano, Eduardo y las chicas y muchachos que se fueron sumando a lo largo de ese tiempo publicaron once números de Grito de estudiantes —como llamaron a la revista—, que salía casi todos los meses. Estaba escrita y diseñada de principio a fin por los integrantes de la agrupación, que tenían entre catorce y diecisiete años.
En esa publicación, desde un año y medio antes de que Darío se sumara a la agrupación, daban cuenta de las luchas de las que participaban, como marchas, cortes de calle y sentadas repudiando las políticas educativas del gobierno, y de los procesos de organización que impulsaban en los centros de estudiantes del distrito, como la Federación de Estudiantes de Quilmes, primero, y la Coordinadora de Estudiantes Secundarios, después. También incluían homenajes a militantes caídos de generaciones anteriores en su búsqueda por fundar una genealogía que se remontaba desde las luchas populares de los gauchos e indios de los malones y las montoneras del siglo XIX hasta las de las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, pasando por el peronismo (haciendo hincapié en la figura de Evita y la resistencia peronista). Por supuesto, dedicaban un lugar central a referentes clave de la historia reciente, como los caídos el 22 de agosto de 1972 en la masacre de Trelew, a Agustín Tosco, a Rodolfo Ortega Peña y hasta Mario Roberto Santucho, junto con el Che Guevara y, más en general, los treinta mil desaparecidos durante la Dictadura.
Otra de las figuras clave en su ideario era el subcomandante Marcos, máximo referente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la organización con base indígena alzada en armas el 1° de enero de 1994, y con fuerte desarrollo en las montañas del sureste mexicano y en la legendaria —a partir de entonces— selva Lacandona. Más de una vez publicaron palabras del sub o comunicados del EZ, que por esa época, a partir de un inteligente uso de Internet, comenzó a establecer contacto con sectores en lucha de todo el mundo, compartiendo sus hazañas, sus reflexiones y su literatura, ya que Marcos comenzó a difundir sus propios cuentos, aguafuertes y relatos basados en la vida y la historia de las comunidades indígenas, muchos de ellos protagonizados por Durito, su alter ego.


Además, a partir del cuarto número, correspondiente a marzo-abril de 1997, la revista incorporó el suplemento El Roña, en homenaje a Eduardo Beckerman, un militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de Quilmes, a quien llamaban así porque siempre andaba con el uniforme del colegio arrugado y con la corbata desalineada. En su contratapa recordaban que el “Roña”, de diecinueve años, había sido asesinado en la madrugada del 22 de agosto de 1974 por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), la fuerza parapolicial del gobierno de Isabel Perón, cuando salía de una pizzería en Bernal después de coordinar las acciones de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que él integraba junto a otros sectores de la Tendencia Revolucionaria del peronismo, con motivo del segundo aniversario de los fusilamiento en Trelew.
En ese suplemento, tanto los integrantes de la agrupación como sus compañeros y amigos publicaban las poesías y los relatos que escribían, los dibujos que hacían, además de los dibujos de artistas reconocidos como Ricardo Carpani, y las poesías y extractos de ensayos, cuentos y novelas de autores de lo más variados, como Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Francisco “Paco” Urondo, Eduardo Galeano, Juan José Hernández Arregui, Jorge Amado, Federico García Lorca, Antonio Machado, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, Roberto Santoro, César Vallejo… entremezclados con letras de las bandas de rock del momento, como Almafuerte, viejas canciones de Quilapayún, y también textos de algunos mucho menos conocidos como Alberto Carmena o Eduardo “Carlom” Pereyra Rossi, entre otros. También rescataban la figura de Camilo Torres, el sacerdote y sociólogo colombiano que se integró a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional y murió en combate contra el ejército el 15 de febrero de 1966. Esto les servía a los pibes de la Agrupación 11 de Julio para instalar nuevamente, en una nueva generación, el debate sobre la relación entre fe y participación popular.
Toda esta actividad militante y cultural que, por cierto, contradecía abiertamente al paradigma consumista y conformista característico de los años noventa, iba a abrirle un mundo nuevo a Darío Santillán.
Pero bastante antes de que él tomara contacto con ellos, en julio de 1997, la agrupación había pasado de ser “estudiantil” a denominarse “juvenil”. En la editorial del N° VI de Grito… se explicaba que a partir de entonces pretendían darle un cauce organizativo a sus inquietudes no sólo como estudiantes sino también como jóvenes, ya que intervenían en otros espacios además de los Centros de Estudiantes, sobre todo en el ámbito de la cultura y de la coordinación con los sectores populares de las barridas más pobres.
Algunos ejemplos de esas intervenciones fueron la realización del programa La patria rockera en la FM Compartiendo, que el sacerdote Luis Farinello había montado al lado de su iglesia, y donde se reunían militantes cristianos identificados con la Teología de la Liberación.
También comenzaron a hacer apoyo escolar y recreación para los chicos del barrio Trinidad, de Quilmes, y en la Villa Itatí, de Bernal. En esta última ya funcionaban la Biblioteca Solidaridad y el comedor De la Mano de un Niño, donde, junto con otros militantes y vecinos, apoyaron la creación de un grupo de base llamado José Tedeschi, en homenaje al sacerdote que no sólo realizaba sus tareas comunitarias, sociales, políticas y evangélicas en la Villa, sino que además se había mudado allí a vivir en una casa de chapa y madera. “Pepe”, como le decían, fue secuestrado en marzo de 1976, pero no desapareció: su cuerpo fue encontrado en La Plata, desfigurado por la tortura, los golpes y las balas.
De vez en cuando, además, participaban en actividades fuera del distrito de Quilmes, por ejemplo en Avellaneda, donde el pionero Movimiento de Trabajadores Desocupados de Villa Corina, impulsado por militantes del MPV, intentaba establecer conexiones con otros grupos de la zona. Así fue que participaron en la plaza Alsina, a pocas cuadras de la subida al puente Pueyrredón, de algunas jornadas por la derogación de la Ley Federal de Educación y la de “flexibilización laboral”. Los aglutinaban consignas como “Por salud, trabajo y educación” y “Basta de hambre, miseria y represión”. De esta forma, la Agrupación 11 de Julio funcionaba como un espacio de confluencia entre los estudiantes secundarios de las escuelas de Quilmes y la realidad de los sectores más marginados y sus organizaciones todavía incipientes.





miércoles, 3 de junio de 2015

Más poesía y menos policía...

Una Córdoba más segura


Por Mariano Pacheco
(Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha.
Miércoles 3 de junio de 2014)

Una ciudad se policializa. Vecinos “bien” reclaman seguridad. Abogados y Movimientos Sociales denuncian atropellos. Y un cineasta filma una película donde muchachos y chicas estigmatizados reclaman “más poesía” y “menos policía”.




Como su par bonaerense Daniel Scioli, también el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota, coloca al par temático seguridad-inseguridad como problema, y a la vez, como eje de campaña. Con muchas menos chances que el primero, en su camino hacia la presidencia de la Nación, el segundo no deja, de todos modos, de poner las necesidades de la provincia por detrás de sus intereses personales (sus afanes electorales). Luego de la crisis institucional (la “rebelión policial” de diciembre de 2013), que amenazó con poner en jaque su poder, construido a lo largo de una década y media, el dirigente del peronismo conservador busca disputar una base electoral volcada profundamente hacia a la derecha. Convicción+oportunismo+coincidencia con las empresas periodísticas dominantes (esos medios –de comunicación– que no dejan de promover los miedos –sociales–, que derivan en autoencierro y estigmatización del otro, del diferente).


La demagogia punitiva parece ser el plato fuerte de las políticas a través de las cuales algunos funcionarios-candidatos buscan conquistar mayor visibilidad pública. Más alarmas, más cámaras de seguridad, más comisarías, más patrulleros, más policías… Así como el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri –también candidato a presidente– hizo de la Ciudad de Buenos Aires un gran “reality show” –hay cámaras por todos lados– o el otro presidenciable, Sergio Massa, hizo lo suyo en el partido bonaerense de Tigre, el señor DLS (“El Hombre”, como se hace llamar), aprovecha ciertos “reclamos sociales” –remiseros, taxistas, colectiveros, comerciantes– de mayor seguridad para policializar la capital provincial. Así lo expresaron tanto el gobernador como el propio jefe de policía, Julio César Suárez, cuando afirmaron que el programa “Córdoba Más Segura” sumará 1.700 efectivos, 1.000 cámaras y otros tantos nuevos patrulleros, en la búsqueda por profundizar una política que ya lleva más de un año de desarrollo: la de “saturación” policial del territorio urbano. Ojo: por más “cordobesismo” que se promueva, algo similar se resalta, como emblema, también en la gestión Scioli. En abril pasado, la Provincia de Buenos Aires anunció la puesta en marcha de la primera policía local del país, en la localidad de Ezeiza, duplicado la cantidad de efectivos del lugar. Serán 53 los municipios que tendrán su policía local, según destacó el “sheriff” Alejandro Granados, Ministro de Seguridad bonaerense.
En los pagos de Agustín Tosco, durante el mes de mayo, la situación que se vivió en algunos barrios se asemejó a la de un “Estado de sitio”, según denunció la Coordinadora Antirepresiva de Córdoba. Las irregularidades de las razias policiales han sido tales que, incluso, algunos jueces ya han aceptado los Habeas Corpus preventivos presentados por abogados contra los operativos de saturación, invocando el artículo 43 de la Constitución Nacional, planteando que los habitantes de los “territorio ocupados” ven “amenazada su libertad ambulatoria”.


El miércoles 3 de junio, a horas de cerrarse esta nota, el director de cine Sergio Schmucler presentará en la Universidad Nacional de Córdoba su último film: “Guachos de la calle. Memoria del desarraigo”. Película que eligió filmar para dar cuenta de los devenires biográficos de Mía y Jésica González, Ricardo Romero, Nicolás y Jhony Díaz, los intgrantes de “Rimando Entre Versos”, la banda de rap que simultáneamente presentará “Pura realidad”, su segundo disco. Esos muchachos y esas chicas que, durante la última “Marcha de la gorra”, en noviembre pasado, avanzaban por las calles de la ciudad, con un parlante conectado a una camionera, cantando “Más poesía, menos policía”.
Como una parábola del destino, durante los meses en que se desarrolló el proyecto, los integrantes del grupo terminaron tras las rejas, sin causa, en tres oportunidades. Y otras dos padecieron  allanamientos ilegales. Déjeme terminar, estimado lector. Ya sé qué usted sabe, pero debo escribirlo de todos modos: los procedimientos se desarrollaron esgrimiendo el mentado Código de Faltas.


*Nota publicada en el periódico mensual “Me contó el Viejo Antonio” (junio de 2015), elaborado por la Biblioteca Popular y Centro Cultural “Somos Viento”, localidad de San Francisco, provincia de Córdoba (Argentina).

lunes, 1 de junio de 2015

El fuego y la palabra, radio desde abajo y a la izquierda

Columna de política y cultura
en "El fuego y la palabra"

¡Un orgullo sumarme como columnista a un programa de radio conducido por un equipo como este! Leandro Albani, Vicente Zito Lema, Norman Briski, Carlos Aznárez- Hoy, lunes 1° de junio, a las 21.30 horas, estaré saliendo en vivo en la AM 740 de Buenos Aires, hablando sobre teatro y política en Córdoba: los 20 años del grupo Zéppelin, la experiencia de El Urondo (Festival de Teatro, sociedad y política realizado en 2014 y que este año tendrá en octubre su segunda edición).
http://www.radiorebelde.com.ar/


viernes, 22 de mayo de 2015

Notas ante un nuevo 25 de mayo

Sobre genealogías y filiaciones

Por Mariano Pacheco
(Nota publicada el viernes 22 de mayo
en el Portal de Noticias Marcha y el 
periódico Resumen Latinoamericano)


Progresismo es la palabra clave, la contraseña de la época. ¿Es posible pensar contra y más allá del progresismo?


Esta pregunta, este punto inicial implica interrogarnos acerca de las condiciones de posibilidad de emergencia de un proyecto político antisistémico que logre sortear los horizontes establecidos como posibles, desde un realismo optimista aunque no ingenuo.
Desde 2003, este conglomerado de expresiones sociales y políticas que se ha dado a llamar kirchnerismo, ha intercalado un llamado a politizar las discusiones en el cotidiano, con la realización eventos festivos en fechas claves, convocando a “todos los argentinos” y no solo a los partidarios o entusiastas y fervorosos adherentes al proyecto.
Este año, en el inicio de la “Semana de Mayo”, la presidenta Cristina Fernández inauguró el “Sitio de Memoria” emplazado en el edificio del ex Casino de Oficiales que funciona dentro del Espacio de la Memoria, en las instalaciones del ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). El próximo lunes, como en años anteriores, la Plaza de Mayo será escenario de un evento artístico, el último de las gestiones encabezadas por Néstor y Cristina Kirchner. No entraremos aquí en el debate acerca de si estamos ante un fin de ciclo o fin de mandato. Lo que es un hecho irrefutable es que, fallecido el ex presidente e imposibilitada la actual mandataria para presentarse a una re-reelección, el kirchnerismo tal como lo hemos conocido en esta larga década está llegando a su fin.
El 25 de mayo es una fecha clave, todos los sabemos, por la rememoración de aquel día de 1810, que en la versión “Billiken” de la historia, es una jornada plagada de paraguas, aunque no por eso de color gris, sino más bien todo lo contrario. Yuxtaponiendo memoria larga y memoria corta, el día es patrio, asimismo, porque se conmemora la asunción del gobierno de Néstor Kirchner y, si le agregamos la memoria del pasado reciente, también es una fecha clave porque aquel día, en 1973, el “Tío” Héctor Cámpora asumió el gobierno con la consigna de “Perón al poder”, luego de 18 años de exilio por parte del líder del movimiento.
Este puente 2003-1973, con un rescate “ético” del surgimiento y desarrollo de los organismos de Derechos Humanos, suele sortearse dos momentos fundamentales para la construcción de una memoria histórica de los de abajo. En primer lugar, la resistencia obrera a la última dictadura. Las huelgas y sabotajes, el trabajo “a tristeza”, la organización sindical clandestina además de la resistencia armada, que incluye los nombres de la emblemática fundadora de Montoneros, Norma Esther Arrostito, pero también del líder del Partido Revolucionario de los Trabajadores y comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo, Mario Roberto Santucho. Nombres propios que no son más que expresión de un anhelo colectivo: el de edificar una nueva sociedad, sin explotadores ni explotados (recordar que el ERP atentó contra el dictador Jorge Rafael Videla, cuando ejercía de facto al presidencia de la Nación). En segundo lugar, la resistencia antineoliberal, que tiene en diciembre de 2001 su momento más épico, más politizado, más abierto a los devenires de la historia, en ese ciclo de luchas sociales que puede fecharse entre el inicio de las puebladas en Cutral Có (mediados de 1996) y los crímenes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (junio de 2002). Dicho “olvido” deja de lado una problematización acerca del rol de la burocracia sindical peronista y el Partido Justicialista, que no fue menor, tanto en el Proceso de Reorganización Nacional como durante el menemato. Por otro lado, esa operación de lectura del pasado nacional suele obviar un elemento fundamental de la tragedia argentina: el hecho de que el terrorismo de Estado comenzó mucho antes del 24 de marzo de 1976, y que tiene en el accionar asesino de la Alianza Anticomunista Argentina/Comando Libertadores de América (1974-1975) y del Ejército durante el “Operativo Independencia” en Tucumán (1975), dos momentos claves de la represión ilegal.
Sabemos: el progresismo (o el “orden progresista”, para nombrarlo con los modos del periodista Martín Rodríguez), de todos modos, es la cara más amigable de los proyectos que, en la Argentina actual, se disputan la superestructura del país. Pero no por ello dejaremos de intentar entablar una disputa por los sentidos que este orden intenta otorgar a ciertas fechas y nombres propios de la historia nacional a partir de los cuales reafirma su identidad. Tanto el orden progresista como el otro (el pensador argentino Raúl Cerdeiras habla de un sujeto oscuro, para nombrar a los sectores abiertamente fascistas, y sujeto reactivo, para referirse a quienes aquí denominamos como progresistas) comparten la misma pulsión por la normalidad, aunque claro, difieren en los modos de sostener el status quo y enfrentar lo diferente. Y por supuesto, no comparten el mismo linaje.
El kirchnerismo (en tanto que versión actual del peronismo, para unos, o para otros, momento de una nueva identidad, aún en construcción, que pivotea sobre el peronismo, pero lo excede, incorporando otras tradiciones –radicalismo, socialismo, asociacionismo-  como el mismo peronismo hizo en su momento fundacional), parte de fechas y nombres propios claramente reivindicados por cierto afán revisionista que abrazó el peronismo en décadas anteriores, a los que le suma otros, del pasado más inmediato, pero también de otro más lejano, ahora leído en otra clave. Así, por ejemplo, al 17 de octubre y el 26 de julio, el kirchnerismo suma diciembre de 1983. A los nombres de San Martín, Rosas y Perón (en algunas ocasiones también se incorporaba el de Irigoyen), el kirchnerismo suma los nombres de Arturo Illía y Raúl Alfonsín.
Al trazado de la genealogía típicamente peronista a la que se acudió  y se acude, como ya se ha dicho, con el auxilio de cierto revisionismo histórico (la fundación del Instituto Nacional Manuel Dorrego y la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, cierta pulsión épico-revisionista que puede rastrearse sobre todo en la industria cultural, son ejemplos en ese sentido), el kirchnerismo agrega ciertas afiliaciones que comprenden un entramado progresista, no solo los nombres propios de los mencionados ex presidentes radicales, o la “primavera democrática” de los momentos inmediatos a la postdictadura (incluyendo el Informe de CONADEP y el Juicio a las Juntas), sino también –más subterráneamente- a los intentos por repensar críticamente la experiencia revolucionaria de los años 60-70, como fueron los intelectuales vinculados a la revista Envido. Incluso cuenta entre sus filas (funcionarios, candidatos), a “progresistas” como el ex presidente de la ALIANZA, Carlos “Cacho” Álvarez y el ex Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra (quienes conviven o han convivido con otros funcionarios y candidatos como el gobernador de Río Negro, Carlos Soria y el ahora candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires, Aníbal Fernández, ambos funcionarios del presidente interino Eduardo Duhalde, sospechados de estar involucrados en la Masacre de Avellaneda). De allí que “El Turco Asís, con cierta picardía, se haya referido al kirchnerismo como “neofrepasismo” tardía. Es que más que expresión del peronismo setentista, el actual proyecto “nacional, popular, democrático” (nótese que el tercer término acude en reemplazo del otrora “revolucionario”) parece ser más bien la expresión de un post-alfonsinismo-frepasismo con ribetes de la (sí setentista) Juventud Peronista-La Lealtad, ruptura “por derecha” de la JP inscripta en la Tendencia Revolucionaria, de la cual participaron algunos intelectuales de renombre actual, como el divulgador José Pablo Feinmann.
Como sea, junto a las fechas y nombres propios que se presentan como símbolos en disputa con el progresismo (17 de octubre, Eva Perón, 25 de mayo, General San Martín…), otros nombres, experiencias y momentos del pasado nacional reclaman ser rescatados del olvido, en post de las batallas culturales –desde abajo y a la izquierda– libradas y por librar. Como alguna vez escribió el pensador Federico Niezsche (y este cronista ha citado en más de una oportunidad), a diferencia del “refinado ocioso” que se pasea por los “jardines del saber” mirando con desdén este tipo de interpretaciones, nosotros necesitamos a la historia “para la vida y para la acción”. Una acción que se sienta inconforme con la administración progresista del orden existente, y que puje por derribar el actual sistema para edificar otro nuevo, que a falta de nombres más originales algunos llamamos “Socialismo del XXI”. Es decir, una nueva sociedad abierta a lo que seamos capaces de crear.






jueves, 21 de mayo de 2015

Realismo de la potencia:

Por una nueva imagen de la organización política

El presente texto es un borrador de trabajo cuyo objetivo es fomentar en pocas páginas la reflexión en torno a algunos problemas que se nos plantean durante este 2015: ¿cómo convertir en agenda positiva el diagnóstico del nuevo conflicto social?; ¿cómo renovar desde nuestras prácticas actuales una perspectiva autónoma de intervención en la nueva coyuntura?; ¿cómo atravesar este año electoral donde se decidirá el destino inmediato de los procesos gubernamentales en curso, manteniendo abierto el desafío de investigación y organización política?

 Por el Instituto de Investigación y Experimentación Política (IIEP)



Uno: Opacidad estratégica
Una “opacidad estratégica”, como la llama Raquel Gutiérrez Aguilar, afecta la comprensión colectiva de la conflictividad social reciente. Son pocos los protagonistas del sistema político que prestan verdadera atención a este hecho salvo, ejemplarmente, la iglesia. Los síntomas, sin embargo, se multiplican durante los últimos años: desde las crisis recurrentes de las tomas de tierras –imposible de ocultar a partir de la toma del Parque Indoamericano y su resolución policial, represiva y racista– hasta los amotinamientos policiales de diciembre de 2013, pasando por la extensión de una violencia ligada al universo transa, que desafía –bajo el enfrentamiento sin disimulo– el desarrollo de las organizaciones sociales en los barrios.
Esta nueva conflictividad que se expresa con inusitada violencia especialmente en las periferias, conecta con la “segunda realidad” que Rita Segato ha descripto como dimensión que organiza y administra lo ilegal a través de las propias instituciones estatales y no en un afuera incontrolable. En todo caso, esa oscuridad que hizo más densos los territorios en los últimos años y que fue subestimada por quienes confiaban en una reparadora “vuelta del estado”, salpica al espacio de la representación política y perfora a las propias instituciones de las que se espera una respuesta.
De este modo, la opacidad aparece como la principal característica también de los conflictos que sacuden la coyuntura nacional. La permanente disputa por definir el valor de la moneda en relación al dólar, las escaramuzas con los “fondos buitres” por la reestructuración de la deuda soberana argentina, y las disputas al interior de los aparatos de inteligencia estatales que repercuten en las entrañas del poder judicial, ponen en evidencia la actuación de poderes velados cuya capacidad de intervención resulta decisiva.
Afirmar esto, lejos de legitimar la retórica de condena de la corrupción que extienden las derechas agrupadas en la llamada oposición política y los grandes medios, nos conduce a tomar nota del cambio de naturaleza que afecta a la mediación entre sociedad y estado. Hoy esa relación asume, por arriba y por abajo, una forma esencialmente financiera. La intermediación de las finanzas determina la constitución misma de lo social y lo político, comprometiendo la dinámica material de la vida colectiva contemporánea.
En síntesis, llamamos “opacidad estratégica” a la acción que los poderes consolidados durante estos últimos años ejercen sobre la trama social generando incomprensión colectiva, al menos en cuatro planos convergentes:
--la creciente intermediación financiera de la sociedad invisibiliza los vínculos entre la creación y la apropiación de la riqueza social;
--la dualidad de las instituciones privadas y estatales que se encargan de la regulación social (desde los bancos y financieras, a la policía y el poder judicial), entre una realidad primera, legal y eventualmente legítima y otra vinculada a la soberanía de hecho –impuesta por los poderes que mandan sobre los procesos de creación, circulación y apropiación privada de la riqueza colectiva–, constituye el estado de excepción que rige el comportamiento de las democracias contemporáneas;
--la ultramediatización simplifica la complejidad del tejido social en estereotipos (“pibe chorro”, “migrante”, “narco”) de fácil consumo;
--la desigual distribución del valor de la vida y los bienes, activa una guerra por la seguridad y permite atravesar los umbrales de violencia organizada en los territorios.

Dos: ¿Una agenda negativa?
El problema con este diagnóstico del nuevo conflicto social, creemos, es que se presenta de un modo enteramente negativo. Hace falta imaginar cómo activar la potencia colectiva para revertir o reorientar este estado de cosas, donde prima la denuncia y el tono alarmista.
Mencionamos más arriba a la iglesia, potenciada por el rol del nuevo Papa, justamente porque ella tiende a difundir una descripción de la situación por momentos muy similar, tomando en cuenta las preocupaciones de las organizaciones sociales y constatando la impotencia o la complicidad del estado con elementos de violencia criminal, así como la necesidad de presencia y contención en territorios a los que no llega el estado, o llega con su rostro mafioso cuando no indiferente. En la medida en que la iglesia acompaña y ofrece protección (una especie de “paraguas” estratégico), su presencia recobra valor inmediato tanto en el conflicto territorial como en términos de realineamientos al interior del armado macropolítico.
Sin embargo, en el diagnóstico que presenta la iglesia no se lleva a fondo la crítica a la mediación financiera de lo social, que a la larga lleva a cuestionar la estructura concentrada de la propiedad. Al privilegiar la dimensión moral en su crítica del presente se tiende a desestimar el valor político que pueden adquirir los sujetos que protagonizan el conflicto social (campesinos pobres, migrantes, familias sin tierra y vivienda, trabajadores precarios), y a subestimar su capacidad de aportar elementos de constitución social y política autónoma. Cuando se restringe la complejidad de estos sujetos a su condición de víctimas, presentando a los pobres como figuras ascéticas sin poder de transformación social, se suprime la contracara de una rica potencia colectiva capaz de proponer alternativas de vida o de introducir resistencias prácticas. De este modo se está reencauzando el protagonismo plebeyo y anestesiando la intensidad de su politización autónoma.
La complejidad de la figura de Francisco tiene que ver con su interpretación de estos años de insubordinación plebeya y con los aspectos frustrados del ensayo de gubernamentalidad fundada en la participación de las organizaciones sociales. Su proyecto toma en cuenta justamente el protagonismo de estas organizaciones, a la larga minimizado por el kirchnerismo; pero tiende a complementar por medio de la consolación moral y contenedora el fenómeno de mediación financiera de la vida (los múltiples modos de consumo) que domina en los territorios y propone una nueva cristiandad como conjura al neoliberalismo. Proyecta así sobre el escenario global (al menos a Occidente) una gubernamentalidad más equilibrada fundada en esta interpretación del experimento llevado a cabo en la Argentina –y en la región– post 2001.
La ambigüedad de ese proyecto consiste en que, al mismo tiempo que reivindica la centralidad de lo social, lo modela en términos conservadores (en el centro de esta cuestión está la interpretación de las luchas por los derechos humanos y del cuerpo de las mujeres y los jóvenes), y lo articula a nivel macropolítico neutralizando los dinamismos populares disruptivos. 
¿De qué otro modo podemos imaginar el sentido del nuevo conflicto social, buscando superar los límites moralistas-victimistas de este planteo, a partir de una democratización radical de los dispositivos sociales, hoy sometidos a una compleja maquinaria de funcionamiento basado en una lógica rentístico-financiera?

Tres: El problema de la autonomía
La crítica práctica, a diferencia de la canalla –que sólo pretende destruir para imponerse–, parte de los dilemas concretos, evita trabajar sobre el aire, como si se tratase de hacer doctrina. Lo que interesa es otra cosa: dar curso a un realismo de la potencia, para evidenciar la realidad en términos de problemas (no se trata de un realismo que simplifica y se resigna) y asumir las exigencias prácticas que se derivan de esa formulación (no se trata simplemente de un diagnóstico).
Esta aclaración viene a cuento porque una cierta referencia a la perspectiva autónoma ha intentado fijarla en un infantilismo, asociada al momento de la crisis del 2001. Más allá de la pretendida adultez con que ciertos discursos se orientaron a relegitimar las reglas de la representación política, es evidente que persisten y se inventan una cantidad muy grande de dinámicas con rasgos de autonomía, como un modo de afirmar experiencias que merecen ser desplegados de otro modo que como los formulan los razonamientos que se adecúan al orden. Estas evidencias constituyen nuestro punto de partida en la búsqueda de un nuevo horizonte de emancipación política, que nos permita atravesar el programa necesariamente acotado –si bien necesario– del reformismo estatal en un contexto de globalización neoliberal.
El saldo de la experiencia del kirchnerismo en el gobierno es ambivalente. Muchas de las retóricas e iniciativas que puso en juego carecieron, vistas en el tiempo, del correlato organizativo y territorial necesario para abrir vías materiales de transformación democrática. Esta limitación, que restringe los alcances progresistas de su prédica, se verifica en el hecho de que la inclusión social se efectúa por medio del consumo, en simultáneo a la expansión de los mecanismos de las finanzas y de las formas de explotación. En el mismo sentido, los avances y reconocimientos en lo relativo a la memoria y los organismos de derechos humanos, conviven con el consenso en torno a las políticas securitistas de articulación de lo social, que tiñen con contenidos clasistas y racistas las campañas de los candidatos con chances en el terreno electoral (incluyendo los del oficialismo).
Aun así, el gobierno persiste en su voluntad de dar pelea y marca diferencias: tanto a nivel nacional, con experiencias como la de la nueva gestión del Banco Central y la línea de investigación sobre dictadura, derechos humanos y finanzas desarrollada desde la CNV (Comisión Nacional de Valores) y PROCELAC como el intento por reformar los servicios de inteligencia; también en la conquista de autonomía política a nivel internacional. Pero el sabor es amargo cuando entrevemos los términos de una sucesión armada por derecha, en torno a Scioli, las burocracias territoriales del PJ y una trama oscura de gobernabilidad apoyada en última instancia sobre las fuerzas de defensa y seguridad.
En cuanto a las formaciones llamadas opositoras, en su gran mayoría, no son sino la representación de las élites tradicionales, cuyo impulso transformador consiste en administrar “republicanamente” los intereses duros y puros del capital. Más interesante resulta, en tanto síntoma, el crecimiento de los partidos de izquierda, aunque difícilmente hagan a un lado la costumbre de privilegiar sus anquilosadas estructuras y doctrinas, reduciendo las potencialidades de la lucha social. Estos años se desarrolló una amplia gama de experiencias a las que por comodidad podemos llamar “de izquierda independiente”–algunas más enfrentadas y otras más próximas al kirchnerismo–, que sintonizan con la sensibilidad de nuevos actores en los territorios, en las ideas y en la producción. Estas experiencias, algunas autopercibidas como colectivos militantes, otras como redes amplias de prácticas sociales, tienen el doble valor de renovar la lucha democrática y de sugerir balances más radicales sobre los desafíos políticos pendientes.
Pero es al calor de la conflictividad social del presente donde tendremos que elaborar las nuevas síntesis conceptuales y organizativas, en un intento por volver a enhebrar el eje horizontal de las luchas con el eje vertical de las tácticas políticas. Para ello, es clave recobrar la construcción de una subjetividad política autónoma. Cuando hablamos de autonomía, hoy, nos referimos a por lo menos dos cuestiones esenciales: generar las condiciones de una ruptura social con las estructuras de negocios que están en el centro de la acumulación capitalista; y elaborar una crítica práctica de la gobernabilidad contemporánea, y de su capacidad para bloquear las posibilidades de una democratización contante y sonante.

Cuatro: Una historia reciente
Luego de la última dictadura, la política popular recobró vitalidad gracias a un entramado de luchas que tuvieron la capacidad de crear nuevos valores, modos organizativos y formas de protesta. En este sentido, fueron ejemplares las organizaciones de derechos humanos y las luchas de los trabajadores pobres que culminaron en la conformación del movimiento piquetero. Ellos se convirtieron en los vectores de impugnación de las políticas neoliberales, agotada toda confianza en el sistema bancario y en los partidos políticos.
Tras la crisis, volvió la política en sus formatos más habituales, aunque con contenidos estatistas y redistribuidores. Esta normalización supuso una importante novedad, junto a una contradicción eminente: cierta porosidad de las instituciones respecto de las luchas desarrolladas durante el período previo, junto al fortalecimiento del modo de acumulación con eje en el mercado mundial y las finanzas (neodesarrollismo/neoextractivismo). En el mismo período asistimos a una ambivalente mutación de lo social, motivada por las políticas de ampliación el consumo masivo. Decimos ambivalencia porque se ha puesto en acto una vía de inclusión, que sin embargo consolida jerarquías y esparce como nunca antes la mediación de lo social por lo financiero.
El ciclo de gobiernos progresistas de América del Sur atraviesa un dilema de estancamiento: o bien estos gobiernos profundizan su dinámica neoextractivista, generando con ello una intensificación de las condiciones de violencia estructural para mantener los niveles de consumo vigente, o bien le ponen límites a estas formas distributivas y financieras, que son el pilar de su legitimidad política. Por su parte, el desplazamiento de la hegemonía hacia China del mercado mundial puede dar lugar a una recolonización feroz de las economías periféricas, o puede abrir espacio para un juego pragmático de nuevo tipo, que cuestione la arquitectura financiera global que disciplina y atenaza procesos sociales.
Rechazar la obediencia a las finanzas globales es la condición fundamental, tanto en el plano local, como en el regional y la globalidad, de una dinámica de democratización popular que exceda la matriz neodesarrollista y la retórica nacionalista. Esta es una discusión no sólo sudamericana, sino que también se torna intensa hoy en el Sur de Europa.

Cinco: De la investigación militante como organizador político
La investigación política colectiva puede ser relanzada, si logra fundirse al dinamismo de nuevos sujetos sociales. Resulta necesario, entonces, despojarse de dogmas, jergas y sectarismo, evitando la autocomplacencia que esquiva las tareas prácticas planteadas por el nuevo conflicto social. Una nueva imaginación política es inseparable de la elaboración de estrategias al interior del conflicto y, por tanto, del problema de la organización y la creación de dispositivos eficaces para la lucha, la mediación y la auto-defensa.
Este problema de una nueva imagen de la organización política se plantea ahora a partir de la maduración de luchas locales, de investigaciones transversales, de experiencias con instituciones y de la constitución de redes complejas que operan en diversas escalas. Plantear el problema de la organización supone asumir sin ambages el carácter múltiple, vivo y crítico del protagonismo que se pone en juego en la nueva conflictividad social. Organización y cartografía del conflicto van juntos, como capacidad de actuar en planos heterogéneos, sin aspirar al ideal imposible de una síntesis última en el poder del estado.

Buenos Aires, abril de 2015