viernes, 13 de julio de 2018

(Unas palabras sobre el Pity Álvarez)


Pity está en la tumba, y afuera está saliendo el sol


Tu sangre es roja/la mía también creo no me equivoco/algo tendremos que ver/somos indios latinos con guitarra eléctrica/y comunicados a través de internet. Para odiar hay que querer/para destruir hay que hacer/y estoy orgulloso de quererte romper/la cabeza contra la pared/Y por todas esas cosas que tenemos en común/hace tiempo ya marchaste de acá/te cansaste de mí, yo me cansé de vos/ pero cuando nos miramos sabemos que no es verdad/Porque tanto te quise y tanto te quiero
siempre una marca tuya llevará mi corazón...”.
Estoy conmovido con lo que ha pasado. E indignado por el modo en que circula la noticia.
Es muy triste todo lo que pasó y lo que pasa con el Pity Álvarez, y su devenir no es meramente singular. De algún modo su rostro expresa la imagen desolada de toda una generación: la que creció en los noventa, poco más, poco menos.
Hace unas semanas anduve por el Gran Buenos Aires, por la zona sur y les mostraba a unes compañeres cordobeses el lugar en donde había visto una vez a Viejas locas, allí, por la Rotonda de Pasco, donde San Francisco Solano se confunde con Quilmes, más allá de que para muchxs es lo mismo. Un galpón inmundo en donde el rock hacía gala de su cultura del aguante y las ratas de toda alcantarilla nos ensimismábamos para no sentirnos tan solos, tan solas.
Qué ha pasado esta vez con Pity se sabrá en estas horas.
No veo razón para tratar de justificar o argumentar un hecho lamentable: murió un tipo de 36 años, asesinado por el rockero que nos acompañó en tantas y tantas caminatas, paradas de bondis, viajes en subte y tren, encuentros amorosos, desamores, desengaños amistosos, encuentros amistosos…
Por supuesto, la vecino-cracia puso desde el minuto uno sus versiones a circular y la prensa canalla no tuvo empacho en reproducirlas. Que mató a un amigo, se dijo. Después resulta que no era un amigo. Que el otro le pegó un cabezazo, que fue a sangre fría. Quién sabe qué pasó ahí.
El hecho es que el periodismo sensacionalista (es decir, todo el periodismo hegemónico hoy en día) ya se apresuró a difundir las peores imágenes de Pity, en una condena que en el fondo siempre es la del rock, la de aquello que se les escapa a la norma, el chivo expiatorio para tener de qué hablar por un rato, y luego otro tema, y otro, y otro.
Pity está detenido y va a terminar en cana, esa es la realidad hoy.
Eso no niega lo que implicó Viejas locas e Intoxicados para toda una generación.
Por supuesto, visto desde hoy, desde los últimos años, los peros son muchos, son demasiados.
El Pity, sus bandas, no fueron nunca políticamente correctas, ya se sabe. Pero expresaron de algún modo toda esa rabia con la que crecimos, todo ese sentimiento de desolación que algunas veces se tapó con drogas, otras con alcohol, otras con el suicidio.
Pity va en cana, sí. No es un preso político, aunque algunos digan que todo preso es político.
Tampoco, en el fondo, es una estrella de rock. Si hay algo de lo que no se pueda acusar a Pity es de ser un careta. Nunca lo fue.

Mariano Pacheco, ciudad de Córdoba, 13 de julio de 2018

martes, 10 de julio de 2018

El pensamiento crítico y la comunicación popular frente al saber-canalla de la postverdad y el coaching


FILOSOFÍA, NOCHE Y POLÍTICAS DE LA AMISTAD


Por Mariano Pacheco
(La luna con gatillo*)


Notas sobre Filosofía, periodismo y políticas de la amistad
Hay algo del orden del mundo de la literatura kafkiana en la ola de despidos que la gestión Cambiemos ha llevado adelante en Télam, la agencia de noticias del Estado.
Hasta hace no mucho tiempo los despidos realizados por el Estado entre sus trabajadores encontraban varias veces sus motivos de autojustificación en la teoría del ñoqui: había, por lo general, alguna gente que sobraba en cada lugar. Teoría que se respaldaba fuertemente, asimismo, en esa otra ya tan conocida al día de hoy: la de la pesada herencia. Es decir, se presuponía que había en el Estado gente que sobraba, que no laburaba, que en la mayoría de los casos había ingresado durante los últimos años. O para decirlo de un modo más crudo: se presuponía que los lugares de trabajo en el Estado estaban llenos de ñoquis kirchneristas que cobraban sin trabajar (por qué tantas trabajadoras y trabajadores ingresaron y permanecieron en el Estado trabajando bajo modalidades precarias es algo que no abordaremos en este texto, pero que no podemos dejar de mencionar).
Había ahí un argumento de por qué era necesario despedir alguna gente de sus puestos de trabajo en el Estado.
Ahora algo parece haber mutado. En tamaño número de despedidos (más de 350) se encontraban personas con poca antiguead y periodistas/reporteros gráficos con un largo historial de trabajo en la agencia. No parece haber, en estos despidos, ningún criterio que pueda ser medianamente justificado racionalmente.
Es en su novela El proceso en la que Frantz Kafka pone a dialogar al pintor y a Josep K en torno a omnipresencia del Tribunal, al que nada se le escapa y el que todo puede saber. También sobre la culpabilidad de todos, más allá de su accionar. El personaje comprende rápidamente que la absolución auténtica no es una posibilidad, y que la absolución aparente presenta menos ventajas que la postergación indefinida de la condena, que si bien no lo dejará, nunca, libre, al menos lo deja permanentemente en el estado inferior del proceso.
Algo de eso parece haber en los modos interpretativos macristas: todos somos culpables. Por ello algunos fueron despedidos, aunque no sepamos las razones específicas de cada uno de ellos. Y el resto deberá permanecer a la espera abierta de un posible telegrama futuro…

***
El 24 de julio de 2007 León Rozitchner publicó en el diario Página/12 sus razones para no concurrir al Congreso internacional de filosofía realizado en la Provincia de San Juan. Once años después este texto es rescatado por el portal Lobo suelto (). Once años después volvemos a publicar estas justificaciones rozitchnereanas para reflexionar sobre la nueva edición de la “Noche de la filosofía”, organizada por la secretaría de medios del gobierno nacional en el CCK. La misma secretaría que, bajo el mando de Hernán Lombardi, anuncia unos trecientos despidos en la agencia oficial de noticias Telam y otros tantos en Canal 7, la TV Pública, escribe Diego Sztulwark para presentar el texto.
Sztulwark cita a Rozitchner para realizar una crítica política de la cultura macrista y lxs integrantes del colectivo El loco Rodríguez escrachan a Rozitchner, que sostiene esa cultura.
No se trata de un equívoco ni de una contradicción de términos. Se trata, en todo caso, del mismo apellido, incluso de la misma sangre, aunque los recorridos existenciales sean muy diferentes, más allá de la diferencia etárea. Se trata de padre e hijo, aunque no de una cuestión de juventud. Paradójicamente, sí de una cuestión de vida. León, padre, está muerto, pero más vivo que nunca. Y con un empuje tan juvenil como el de sus últimos años antes de fallecer, ya viejo. Su hijo en cambio, expresa más bien una pesada vejez, y la muerte misma de la filosofía entendida tal como la llevó adelante su padre.

El coraje necesario para crear
El pasado sábado 30 de julio cierta modorra que caracteriza la época (y no nos referimos sólo a los años cambiemistas sino también a la larga década pasada) logró ser sacudida a partir de una iniciativa que puso al pensamiento crítico en serie, no digamos de la comunicación popular, pero sí con una franja de trabajadores de prensa que se encuentran en lucha. Nada es casual en la Argentina de estos tiempos. La gestión Cambiemos ajusta, lo sabemos, y pone un énfasis particular en hacerlo en el ámbito estatal (ajuste que muchas veces no implica una reducción de presupuesto sino un reordenamiento de fichas que podría resumirse en la fórmula: menos laburantes-más funcionariado tecnocrático). En el caso Télam la cuestión se agrava (como ya se venía agravando con los ajustes que habían realizado con anterioridad) porque lo que está en juego no son solo los puestos de trabajo (situación fundamental, sobre todo teniendo en cuenta el achicamiento de las posibilidades laborales en el sector y la crisis general que golpea al conjunto de la clase trabajadora) sino el modo en que el Estado decide poner a circular la información. En meses anteriores la lógica de achicamiento de la planta profesional y el ingreso de becarios bajo la modalidad pasantías (sin un acompañamiento formativo) mostraron lo que puede producirse en términos de desconcierto informativo frente a determinadas coyunturas críticas. Por supuesto, desde la lógica de la post-verdad poco importa chequear las fuentes y ser rigurosos con la información.
Toda creación es un re-creación, sostiene León. Y apela a la figura del coraje para realizarla.
Coraje y audacia es lo que se necesita, hoy más que nunca, no sólo para enfrentar a enemigos poderosos, sino también para enfrentarnos a nosotros mismos, desafiarnos, volver a colocarnos en un lugar de permanente incomodidad.


Ponerse los guantes para refutar los ideales
 
León rescata la potencia de la literatura en un texto en el que se propone reflexionar sobre la filosofía.
De algún modo muchos de quienes se propusieron leer para pensar, el pasado sábado 30 en Buenos Aires, también pusieron en juego esa intersección entre poesía, literatura, política y filosofía. Entre ellos, quienes integran el colectivo El loco Rodríguez, quienes irrumpieron una conferencia de Alejandro para ponerlo en cuestión, y leer un mensaje (una proclama podríamos decir, por qué no) en el que se destaca que “La filosofía se hace sin permiso”, porque de lo que se trata es de interrumpir “la inercia-mundo/la normalidad”.
De lo que se trata, podríamos agregar, es de meterle preguntas a la época, en tiempos en donde la lógica del clip y el culto a la liviandad provocan que cualquier acto que implique detener la marcha para ponerse a pensar sea procesado como una pérdida de tiempo, algo aburrido en momentos en donde lo fundamental es sonreír. Cínicas vueltas de la historia las que estamos viviendo: la derecha neoliberal nos habla de la revolución, y de la alegría.
¿Seremos capaces de gestar nuestras propias revoluciones y cultivar las pasiones alegres necesarias para poder desarmar todo ese circo de una alegría supuesta que no está más que poblada de tristezas?
Tal vez deberíamos apuntalar el espejo retrovisor, ir incluso más allá de los años sesenta y setenta, que tanto nos opacan en determinadas ocasiones en las que necesitamos algún que otro haz de luz.
No pienso en Boedo, ni siquiera en nuestro padrino Raúl González Tuñón, sino en Roberto Arlt y su concepción de la literatura como “cross a la mandíbula”. No pienso en Marx o en Lenin sino en Nietzsche, quien se proponía “ponerse los guantes para refutar los ideales”. Nietzsche y Arlt, entonces, leídos en serie con Tuñón y marx y con quienes sea necesario leer para pensar, para interrumpir al menos por un momento la mirada automatizada que nos condena a actuar sin problematizar.


Ser conscientemente un agua-fiestas
En la kermesse neoliberal se ofrecen distracciones para todo tipo de públicos. Así comienza esa otro proclama, la que sirvió para agrupar a una serie de intelectuales que se reunieron en Belgrano 347 el sábado 30 de julio por la madrugada, junto a las trabajadoras y trabajadores de Télam en lucha que permanecen ocupando las instalaciones de la agencia de noticias. La operación es clara: mientras Cambiemos se esfuerza por evitar que pensemos y realiza despidos masivos en el sector público de la información, convoca simultáneamente a “La Noche de la Filosofía” como evento de legitimación cultural. Pero esta vez al “conversódromo neoliberal” le escupieron el asado. El macrismo no es amigo del pensamiento, puede leerse en la proclama. Y no lo es porque su lógica es la de la post-verdad y el saber-canalla del coaching.



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Ya lo decía Martin Heidegger, allá por 1933: en el cotidiano, vivimos en estado de interpretado. Porque lo hablado por el habla traza círculos cada vez más anchos y toma un carácter de autoridad. La cosa es así porque así se dice, señala Heidegger en Ser y tiempo. Creemos comprender todo cuando en realidad repetimos aquello que oímos, o que leímos… en alguna parte. O que vimos, podríamos agregar nosotros hoy, asediados no sólo por la televisión sino por las de otras formas de invasión publicitaria. Estas habladurías y escribidurías, como raramente las llama este pensador alemán, nos determinan lo que se ve, y cómo se ve.
Lo paradójico es que ya no se trata sólo de vivir en esta de interpretado, sino que además se pretende que nos mostremos felices con ello. Es algo más que pelear por nuestra servidumbre como si se tratara de nuestra libertad, como había advertido Baruch Spinoza. Es algo más sofisticado.


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En un texto titulado El materialismo amputado Diego Sztulwark intenta pensar algo de este fenómeno-Alejandro (por denominarlo de algún modo). Y repasa para ello su libro La evolución de la Argentina.
Sztulwark diferencia el discurso filosófico de este nuevo discurso de poder (el del saber-poder del coaching) que solo aspira a reforzar la realidad. Pretende trabajar sobre los síntomas de época de un modo directo y efectivo, asegurando así que todo movimiento del deseo permanezca enlazado a la aceptación de la realidad, reflexiona. Y remata: En AR hay un nuevo e irritante llamado a adorar las cadenas del presente... desde una ética del disfrute.
Lo peligroso de Rozitchner (hijo), entonces, radica en que ha logrado transformarse en una suerte de “traficante de saberes” de las contraculturas de los años setenta y ochenta, así como lo peligroso de Rozitcher (padre) fue que se negó a pensar la derrota sin autocrítica, y la autocrítica sin vocación transformadora e impugnadora de los consensos de la post-dictadura.
Si algo puede contribuir la comunicación popular en una coyuntura como ésta es en su función creadora de contra-relatos, pero también, en sumar su granito de arena en función de no dicotomizar su propia realidad con la de quienes trabajan bajo la modalidad asalariada en empresas periodísticas y espacios de comunicación contratados por el Estado. Sobre todo en Buenos Aires, donde ha emergido, bien desde abajo, un sindicato como el SiPreBa, que supo hacerse espacio en el mundo gremial peleando redacción por redacción, y espacio laboral por espacio laboral. El pensamiento crítico, por su parte, asumiendo críticamente el auto-encierro al que pretende ser condenado todo el tiempo desde una lógica académica que se permite ser muy radical en sus discursos, siempre y cuando no se “contamine” con un supuesto afuera, también tiene mucho para decir en momentos como los que vivimos.
La toma de las instalaciones de Télam por parte de sus trabajadores; La Otra Noche de la Filosofía realizada allí por una serie de pensadoras y pensadores críticos y la irrupción/interrupción del discurso de Alejandro Rozitchner mientras se pavoneaba en su torre de marfil muestran que hay un camino posible en donde el pensamiento, oficiando como máquina de guerra, es capaz de intervenir desde su propia especificidad, en articulación con otras luchas populares.

***
Dicen que la noche de lecturas acontecidas en un edificio público tomado por trabajadores culminó en las calles con una fogarata. Tal vez de allí salte alguna chispa. Y ya sabemos: una sola chispa puede encender toda la pradera de la insurrección.


lunes, 9 de julio de 2018

Taller de lectura de El AntiEdipo de Deleuze y Guattari en Córdoba



INSCRIPCIÓN A: cronicasdesdecordoba@gmail.com

Con la publicación de El AntiEdipo (primer tomo de Capitalismo y esquizofrenia), en 1972, Gilles Deleuze y Félix Guattari ponen al deseo en el centro de la escena. Aún están encendidas algunas de las brazas que han quedado del fuego del 68. Y si bien el libro no busca ser una “representación” del Mayo Francés, es difícil no pensar ese encuentro entre ambos autores sino a la luz del “campo de posibilidades” abierto por aquél acontecimiento.
El AntiEdipo viene de algún modo a tratar de enlazar las operaciones físicas con las operaciones lógicas, en un torrente de crítica que se lleva puesta a las corrientes hegemónicas en el campo de las humanísticas y sociales de aquellos años: el psicoanálisis, la lingüística, la antropología e incluso el marxismo, fuertemente influenciados entonces por figuras como las de Jaques Lacan, Fernandin de Saussure, Levi Strauss y Louis Althusser.
Deleuze y Guattari reconocerán el aporte de Freud en términos de descubrimiento de eso que llamamos el inconsciente, pero denunciarán con fuerza la operación idealista de reducirlo todo a ese “sucio secretito familiar”, al gran teatro de la representación que es Edipo, ese gran aparato de represión y de separación del deseo del campo social. Edipo, entonces, ya no es una discusión que atañe a los psicoanalistas o a los amantes de la literatura clásica, sino a ese conjunto social que se ve atravesado por la actitud imperialista de la interpretación que lleva a edipo a todos los campos.
El AntiEdipo indaga en la relación entre psicoanálisis y capitalismo, pero también entre esquizoanálisis y movimientos revolucionarios. Una crítica política de la cultura burguesa, pero también, una propuesta materialista de análisis militante (libidinal, político, económico), un constructivismo a partir del cual hacer de la pragmática una máquina de guerra contra el capital.
Nos dirigimos a los inconscientes que protestan”, dijeron en el momento de salida del libro. Y advertían –siguiendo una línea nietzscheana que no busca juntar ganado, sino trazar líneas posibles de amistad-- que tenían gran necesidad de aliados, y que de algún modo, con ese libro, salían a buscarlos.
Enorme desafío para retomar en esta cruenta realidad neolibral.
Juntarse entonces para leer, para reflexionar, para abrir un paréntesis a la cotidianeidad. Hacer El AntiEdipo, también, una máquina de guerra textual, que acompañe atrás máquinas (artísticas, amorosas, políticas) que puedan surgir o proliferar, por aquí o por allá, en esta búsqueda por deshacernos de aquello que el capital ha hecho de nosotros. No amontonarse, pero sí re-unirse. Para devenir manada.

domingo, 8 de julio de 2018

Taller sobre Marx en Córdoba (segundo semestre 2018)


INSCRIPCIÓN A: cronicasdesdecordoba@gmail.com


PRIMER BLOQUE
(AGOSTO-SEPTIEMBRE)

I- Vida y obra de Karl Marx
(Introducción: charla-presentación).

II-
El Manifiesto comunista en el siglo XXI
(Lectura y debate sobre el capítulo I y II del Manifiesto y debate sobre la mini-serie web Marx ha vuelto)

III- El encuentro con Engels
(
Debate sobre el film El joven Marx)

IV- Prolegómenos
(De los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 a El capital)

V- Para leer El capital
(Introducción a una lectura de la crítica de la economía política)

VI- Mercancía y dinero
(Conceptos fundamentales para entender el capital)


SEGUNDO BLOQUE
(OCTUBRE-NOVIEMBRE)

VII- Marx militante
(La Asociación Internacional de los Trabajadores y el debate con el anarquismo)

VIII- Lecturas de El capital
(La acumulación originaria)

IX- Lecturas de El capital
(El fetichismo de la mercancía y su secreto)

X- Lecturas de El capital
(Maquinaria y gran industria)

XI- Lecturas de El capital
(La comuna rusa y la correspondencia con Vera Zasulich)

XII- Lecturas de El capital
Crítica al Programa de Gotha y la perspectiva de una política revolucionaria

XIII- Lecturas de El capital
Karl Marx en el siglo XXI. Un legado, múltiples tareas


 LAS ARMAS DE LA CRÍTICA, LA CRÍTICA DE LAS ARMAS
 
Hace 170 años Karl Marx publicaba junto a Federico Engels el Manifiesto Comunista. Un fantasma recorría entonces el mundo, o al menos Europa: el fantasma del comunismo.
Durante un siglo y medio las ideas de Marx guiaron gran parte de las luchas que libró la humanidad para emanciparse del yugo del capital. En su nombre se hicieron revoluciones en los distintos puntos del planeta: desde Rusia hasta Cuba, pasando por Vietnam y tantos otros sitios.
El año pasado, con el aniversario por los 200 años de su nacimiento, y por los 150 años de la primera edición de El capital, el nombre de Marx volvió a estar presente con fuerza en muchos rincones del mundo, si bien ya la crisis financiera internacional había reflotado aquel emblemático libro y la figura de autor.
Pero tanto en 2008 como hoy, el horizonte de sentidos en el cual actuamos, pensamos y sentimos tiene al fantasma del comunismo presente de un modo totalmente distinto. Como escribió el pensador crítico británico hace poco tiempo, en la era del realismo capitalista el espectro del comunismo no está presente más que bajo el modo de su ausencia.
En este taller nos proponemos dejar del lado a las y los comentaristas y meternos de lleno a leer, sin prisa pero sin pausa, algunos textos fundamentales del recorrido teórico y práctico de Marx, recuperar su figura para rescatar aquello que pueda servirnos para pensar este complejo mundo que habitamos, hacerle preguntas, interpelarlo, para que Marx no sea una figura sagrada colocada en un altar profano, sino una inspiración que sirva para recorrer críticamente la historia del capitalismo, y reavivar las brazas de las rebeliones que se plantearon tumbarlo para construir sobre sus ruinas un mundo nuevo.
Quedan invitades a este espacio de encuentro, lectura y reflexión que comenzaremos a llevar adelante desde el 1° de agosto, todos los miércoles de 18 a 20 hs en la Cantina de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
El taller es a la gorra y no está destinado únicamente a un público universitario o especializado en el tema.

martes, 3 de julio de 2018

Acerca de Los fantasmas de mi vida de Mark Fisher


Devenir paria en el propio tiempo

Por Mariano Pacheco

#LibrosyAlpargatas (Reseñas de un escritor cabeza).

Resulta difícil no leer Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos sin tener todo el tiempo presente el dato del suicidio de su autor. Publicado en Argentina por editorial Caja negra, este libro, junto con Realismo capitalista. ¿No hay alternativas?, conforman un corpus imprescindible para pensar varios de los problemas fundamentales de nuestro tiempo.

La depresión es, después de todo y sobre todo, una teoría sobre el mundo y sobre la vida escribe Mark Fisher en el capítulo de su último libro dedicado a la banda británica Joy division, aunque bien podrían leerse todos sus textos desde esta frase.
La depresión es el espectro más maligno que me ha acechado a lo largo de mi vida –escribe hacia el final de “La lenta cancelación hacia el futuro”, primer capítulo de este trabajo--; y uso el término “depresión” para distinguir el sombrío solipsismo propio de esa condición de las más líricas (y colectivas) desolaciones de la melancolía hauntológica. Paso seguido cuenta que comenzó a escribir sobre los temas de este libro en 2003, cuando publicó varios trabajos en su blog, mientras se encontraba sumergido en una depresión tal que hacía que su vida cotidiana apenas fuera soportable. Escribiendo pudo entender, nos cuenta, que el problema no era solamente él, sino también la cultura que lo rodeaba. Es claro para mí ahora que el período que va de 2003 al presente será reconocido –no en un futuro distante, sino muy pronto-- como el peor período para la cultura popular desde la década de 1950. Aunque aclara: decir que la cultura del período era desoladora no implica afirmar que no hubieran señales de otras posibilidades. Y remata: Los fantasmas de mi vida es un intento de hacerse cargo de algunas de esas señales.
¿Qué pasa cuando la madriguera se tapona, cuando la línea de fuga deviene línea de muerte? Acontece el bloqueo vital total. ¿Esto le ha pasado a Fisher en enero de 2017 cuando llevó adelante su suicidio?


La producción cultural en el capitalismo neoliberal
Fisher destaca que la era neoliberal ha privado a los artistas (gradual pero sistemáticamente) de los medios para crear lo nuevo, ya que se ha producido una declinación drástica del tiempo y la energía social necesarias para sumergirse en los productos culturales. De allí que insista en que, para producir lo nuevo, se necesiten momentos de retirada (de la sociabilidad, de las formas culturales pre-existentes), situación que se torna cada día más difícil en nuestro mundo contemporáneo.
Esta lenta cancelación del futuro tiene una característica fulminante: fue acompañada de una deflación de las expectativas. Si Fisher entiende que la expresión la lenta cancelación del futuro (que toma de Franco “Bifo” Berardi), es tan acertada, es porque logra capturar el gradual pero incesante modo en que el futuro se ha visto erosionado durante los últimos treinta años. Situación que nos arroja a un presente en el que estamos más exhaustos, pero a su vez, más estimulados (trabajo precario+comunicación digital). De allí que Fisher tome esto que Berardi escribió acerca del estado insomne, asfixiante y des-erotizado de la cultura contemporánea. A saber: el hecho de que el arte de la seducción tome mucho tiempo. Situación ante la cual aparecen “soluciones rápidas” como el viagra (déficit cultural y no biológico, según Berardi), que logra que los tiempos cortos y faltos de energía y atención encuentren un modo eficaz de ser sorteados.
Este estado actual de la cultura sólo es posible de entender si se tiene en cuenta el proceso de reestructuración transnacional de la economía política. Una transformación que cambió el modo en que se organizan el trabajo y el ocio, a la vez que la revolución científico-técnica ha vuelto irreconocible la experiencia de la vida cotidiana, si se la compara con décadas anteriores.
Ante esta situación Fisher reivindica algunos movimientos musicales que se han negado a abandonar cierto deseo de futuro, en medio del realismo capitalista que instaló la idea de que no hay alternativas, de que el futuro ya no es posible (aunque sostiene que la forma de una música política específica del siglo XXI es aún una tarea). De allí también que Fisher rescate un concepto (proveniente de las reflexiones realizadas por Jaques Derrida) que resulta central para entender su propuesta: el de hauntología. Para Fisher, el fantasma (el del comunismo, que lejos de recorrer el mundo como en tiempos de Marx, en las últimas décadas lo hemos captado sobre todo en su cualidad de ausente) es hoy aquello que no se deja ir. El espectro no nos permitirá acomodarnos en las mediocres satisfacciones que podemos cosechar en un mundo gobernado por el realismo capitalista.


Un paria en su propio tiempo
Fisher se mete con el nudo problemático de las izquierdas contemporáneas: los años 70.
Por un lado –señala-- la década del 70 fue mucho mejor de aquello que el neoliberalismo quiere que recordemos (de allí a que prácticamente se nos obligue a sobreestimar el presente). Por otro lado –insiste-- una “melancolía de izquierda”, estéril, se ha instalado entre nosotros. De allí que ciertas izquierdas actúen sin una crítica profunda y radical al presente y, por lo tanto, parezcan condenadas a tener que moverse en un terreno en el que se muestran incapaces de plantear alternativas (una izquierda que se siente más a gusto en su marginalidad y en su fracaso que en su esperanza).
Así, estas izquierdas, hacen de su incapacidad de actuar, una virtud. Y es por eso que Fisher va a rescatar otro tipo de melancolía, esa que implica negarse a realizar un ajuste a las condiciones actuales de aquello que se llama “realidad”. Por supuesto, y queda claro en el libro, asumir esta posición puede implicar un alto “costo”: el de sentirse muchas veces un paria en el propio tiempo en el que se vive.
Esta melancolía, por otra parte, no implica negar todo el desarrollo técnico alcanzado hasta el momento. No se trata –puntualiza Fisher-- de dicotomizar internet y la seguridad social o de anhelar un período histórico particular, sino de asumir en el presente los desafíos de reanudar procesos de democratización y pluralismo para cuestionar el realismo capitalista e ir más allá del horizonte que la social-democracia supo producir.
Algo similar plantea Fisher cuando se refiere a ciertas victorias obtenidas en los últimos años y escribe: la desarticulación entre la clase, por un lado, y la raza, el género y la sexualidad, por el otro, ha sido de hecho central para el éxito del proyecto neoliberal, que grotescamente instaló la idea de que el mismo neoliberalismo es una precondición para los logros obtenidos en las luchas antiracistas, antisexistas y antiheterosexistas.
¿Cómo situarnos entonces en un contexto como el actual, en el que el neoliberalismo parece instalarse otra vez como único horizonte político?
Atrapados muchas veces por el pasado, en un presente roto y desolado, vivimos un tiempo en donde todos los límites aparecen borroneados. ¿Qué hacer entonces? Los fantasmas de mi vida no es un libro programático, pero en su crítica aguda del presente ayuda a meterle preguntas a una realidad a la que pocas veces se interroga de manera crítica. Fisher se detiene en cuestiones como el oseo y su relación con el trabajo en la era de la comunicación digital, y repara en el déficit afectivo de la época. La recesión económica y el empobrecimiento creciente, nos dice, conspiran contra la apuesta de abrir los paréntesis necesarios para efectuar la des-conexión. Situación que plantea la paradoja de que hasta la fiesta sea un trabajo (la fiesta como momento que re-liga la comunidad). El imperativo contemporáneo parece ser el del empleado de call center: si te desconectas de la matrix comunicativa –dirían en Los Simpson-: hay tabla.
Por eso la lucha por el espacio y la lucha por el tiempo tienen tanto que ver. La lucha aquí no es sólo por la dirección (histórica) del tiempo, sino por los diferentes usos del tiempo. El capital demanda que siempre parezcamos ocupados, incluso si no hay trabajo para hacer.
Fisher repara en el hecho de que, hace algunas décadas, ciudades como Londres o Nueva York contaran con espacios de sociabilidad que se desarrollaban en lugares que hoy –desarrollismo urbano mediante-- ya no existen. Y no sólo el fenómeno de okupas, sino también el de alquiler de sitios a precios baratos (o al menos accesibles).
La Londres del punk todavía era una sociedad bombardeada, llena de abismos, agujeros y espacios que podían ser invadidos y ocupados. Una vez que esos espacios se cierran, prácticamente toda la energía de la ciudad está puesta en pagar los alquileres y las hipotecas. Ya no hay tiempo para experimentar, para viajar sin realmente saber a dónde vas a terminar, escribe Fisher. Y remata: Londres se ha transforma en una ciudad de esclavos.


La fuerza arrolladora del resentimiento
El Sujeto que “se supone no sabe” es una figura de las fantasías populistas, nos dice Fisher, mientras critica la dimensión ontológica del modelo populista del progresismo, esa que postula que las masas son engañadas por las mentiras de la elite. De allí que plantee que el problema no tiene tanto que ver con la conciencia de clase sino más bien con su in-conciencia o, dicho de otro modo, que el sentido de inferioridad de las clases populares proviene de una pre-condición irrreflexiva de la experiencia. Lo que se necesita no es más evidencia empírica de los males de la clase dominante sino que la clase subordinada se convenza de que lo que piensa o dice importa; de que ellos son los únicos agentes efectivos del cambio.
De allí que Fisher rescate la fuerza del resentimiento contra el orden establecido. El resentimiento es un afecto mucho más marxista que los celos o la envidia. La diferencia entre resentir la clase dominante y envidiarla, es que los celos implican un deseo por volverse clase dominante, mientras que el resentimiento sugiere una furia hacia su posesión de recursos y privilegios, comenta, en una condena de pasión inútil de la queja y una reivindicación del resentimiento como punto de partida de una resistencia contra el realismo capitalista.
Claro que la situación del mundo desde 2003 a hoy ha empeorado notablemente. Y si bien hacia el final del libro aclara que las formas de depresión suelen ser mejor entendidas y combatidas a través de marcos impersonales y políticos (y no tanto individuales y psicológicos), su reflexión final en torno al desafío de convertir la desafección privatizada en ira politizada encontró un bloqueo en el que es más que probable que muchos de los padecimientos de su biografía singular se vieran reforzados por un contexto adverso.
Más allá, o más acá de su suicidio, nos quedan de Fisher textos pujantes y bellos como los que pueden leerse en Los fantasmas de mi vida, un libro fundamental para entender algunas de las dinámicas del capitalismo actual, y ejercitar con rigor una crítica política de la cultura contemporánea.

jueves, 28 de junio de 2018

Postales de otro 26 de junio en Puente Pueyredón


(historia de una foto reciente: 2018)


Este año llegué tarde a la concentración del 26 de junio en Avellaneda. Y encima la movilización de la Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki hacia el Puente Pueyrredón comenzó más temprano, ya que a las 15 horas Argentina jugaba un partido que tenía a casi todos los habitantes de este país pendientes de su resultado. Así que me perdí de vivenciar esa emoción tremenda que es subir a ese puente junto a toda la multitud, pasar delante del mural que Flor y otras compañeras y compañeros pintaron en 2002 –y que con retoques se mantiene hasta el día de hoy--, volver a transitar esa cortina ascendente de cemento por la que caminamos y hasta corrimos tantas veces. Algunos años, ya viviendo en Córdoba, dejé de ir a Buenos Aires para esa fecha: entendí que debía comenzar a contribuir mi granito de arena a las jornadas en conmemoración por la Masacre de Avellaneda en el lugar que había elegido para vivir. Y luego, con el 15° aniversario, el año pasado, volví.
Este año fui primero a radio La tribu, para participar de un programa junto a Neka Jara, del MTD de Solano, y compañeros de ruta de entonces y hoy que libran sus batallas desde el pensamiento crítico y la comunicación popular, así que no estuvo tan mal llegar tarde a la manifestación.
Fue raro subir sólo al puente, mientras escuchaba voces amplificadas por el uso de un micrófono.
La soledad duró poco, de todos modos. Fue emocionante también subir e ir saludando y reencontrando tanta gente que compartió tantas emociones y luchas en otros tiempos, y que de tanto en tanto nos volvemos a cruzar. Mucho más volver a saludar a compas que hace muchísimos años no veía. O dar un abrazo a pibes de igual estatura a la mía, que conocí cuando no me llegaban ni a la cintura.
Llegué tarde, pero llegué a escuchar a Alberto Santillán. Me perdí el documento, pero tal vez tuve alguna suerte ahí: cada vez presto menos atención, y cada vez me aburren más los kilométricos textos leídos en actos políticos.
Pasaba saludando, sorteando banderas y gente sentada en el piso cuando escucho a lo lejos una voz de alguien que hablaba desde el escenario. “Esa es la Monchy”, me dije. Su vos es inconfundible.
Luego nos saludamos, en ese otro ritual de cada año: las multitudes se van, regresan por Pavón hacia la estación ex Avellaneda o por avenida Mitre o tomarse algún colectivo, y otros, otras, pocos, nos quedamos ahí. Como si no nos quisiéramos ir.
Este año hubo detrás del escenario, al finalizar el acto, un Pañuelazo verde, en el que las compañeras otras vez ocuparon la escena para hacerse oír, y seguir reclamando la Ley que despenaliza el aborto, y visibilizando su derecho a ejercer la soberanía de sus cuerpos. Pero el pañuelazo terminó y ahí seguíamos varios aún. Pude nuevamente darle un abrazo a Alberto, y otro a la Monchy, y ahí salió esta foto, que mi amigo Juan Rey disparó desde un celular.
Alberto cada vez habla mejor. Tiene la virtud de poder decir lo que realmente piensa y siente, sin filtros, porque es el padre de Darío y nadie se atrevería a poner en cuestión sus palabras. Pero en ese testimonio de familiar (de una nueva víctima del accionar represivo del Estado) Alberto logra además correr los límites de la política tal como se entiende hoy en día. Hay veces incluso en que su palabra tiene más sustancia y es más radial que la de algún dirigente político o social. Y este año le metió el plus de hacer un chiste en medio de la tensión de semejante situación. Un crack Alberto, el padre del Puente Pueyrredón.
Monchy es ya como la relatora oficial de los actos del 26 de junio y las jornadas culturales del los 25 (que este año por el paro se realizaron el 24). Su voz es dulce, y potente (bien lo sabemos queines además la hemos escuchado cantar). Si mal no recuerdo ella no estaba el 26 de junio de 2002, cuando intentamos cortar el Puente Pueyrredón y la las fuerzas represivas del Estado comenzaron a los tiros (a disparar balas de goma y gases lacrimógenos, pero también balas de plomo). Se sumó después al MTD, en Glew, uno de los cuatro barrios que integraban el MTD de Almirante Brown que Darío había fundado y ayudado a poner en pie desde enero de 2000 Monchy fue una de las tantas personas que se indignaron al ver las imágenes de la represión de aquel día, y la tenacidad de esas mujeres l frente de la protesta, y la combatividad y solidaridad ejercida por tantas pibas y pibes de barrios humildes del Conurbano, como Darío y Maxi. Pero fue de las pocas que hicieron de ese sentimiento de indignación, y tal vez de admiración, un acto político. Y se sumó a militar en el movimiento social. Como Alberto, quien hace pocos días en una entrevista radial que pude hacerle desde La luna con gatillo comentaba que tras la muerte de Darío nació un nuevo Alberto Santillán.
Así que me perdí ingresar al Puente Pueyrredón junto con la multitud, pero no me sentí sólo.
Mucho menos luego de los saludos detrás del escenario. Momento del que me llevo otro hermoso recuerdo, y esta bella imagen. Hasta el próximo 26 de junio. O quien sabe, hasta la próxima batalla que se libre ahí, o en cualquier otra parte. Y volvamos a encontrarnos con Monchy, con Alberto, y también con Darío y con Maxi. Que estarán allí, junto a nosotrxs, recorriendo otra vez los caminos de la libertad...

viernes, 22 de junio de 2018

En La Matera, junto a Darío Santillán


Otra historia de una foto


La que aparece de espalas es Neka Jara, referente del MTD de Solano junto al Padre Alberto, el curita que abrió las puertas de la parroquia Las Lágrimas a las vecinas y vecinos desocupados, y que cuando el obispado le planteó que dejara de hacer esas actividades allí él lo planteó a su vez en la asamblea para que las bases resolvieran qué hacer. Y la asamblea decidió tomar la parroquia nomás.
De fondo se ve a otro compañero, que no logro reconocer. Allí aparecemos en el terreno de la que fue mi primera casa como joven emancipado, en la última manzana, en el último terreno libre que había quedado tras la toma de un predio inmenso donde hoy está asentado el barrio La Matera.
Darío y Neka conversan conmigo quien sabe de qué. Supongo de las urgencias de ese día lluvioso. Había que armar la casita, y para eso Pablo y Flor (que eran más grandes que Darío y yo, que tenían auto y sobre todo Pablo, algún saber de trabajo manual que el resto no) trajeron los aprestos necesarios para levantar el rancho en el que me quedaría de allí en más. Darío estaba dando entonces los primeros pasos en el barrio Don Orione, donde había crecido, para poner en pie allí un Movimiento de Trabajadores Desocupados. Pero embebido en la ética guevarista en la que habíamos crecido, y que él sobre todo y más que nadie sostenía a rajatabla, no podía permitirse “refugiarse” en su incipiente construcción (que requería de todas sus energías, obviamente) sin dejar de estar presente en otras luchas y procesos de organización importantes de la región. Y esas 2.000 familias que de la noche a la mañana levantaron un barrio entero en San Francisco Solano estaban protagonizando algo importante, que duda cabe, en una zona que se había edificado entera, unas décadas antes, a partir de las tomas de tierras, acompañadas muchas de ellas por la militancia cristiana de las Comunidades Eclesiales de Base.
Recuerdo lo asombrados que veíamos, ese 1° de abril del año 2000, la gimnasia organizativa con que se ponía en pie un barrio entero desde la nada. Los terrenos se medían a pasos y se clavaban ramas sobre las que se tiraban hilos a modo de alambrado. Todos los terrenos eran más o menos del mismo tamaño. Se trazaban las calles, se dejaban algunos metros para las futuras veredas y un grupo de auto-defensa popular sacaba a quienes intentaban “rancherar” en el medio de una calle. También se elegían delegados por manzana, que se reunían en una asamblea general cada una determinada cantidad de horas. Asamblea de la que también surgió rápidamente una estructura de cuerpo de delegados, de comisiones de trabajo en alimentos, salud, auto-defensa, difusión del conflicto, diálogo con la policía y funcionarios del gobierno local.
Nuestro núcleo político era de apenas cuatro integrantes: Pablo y Flor ya con una casa en Villa Corina, a media cuadra de la avenida que separa los distritos de Avellaneda y Lanús. Allí habían empezado meses atrás a construir el MTD en Montechingolo, Lanús, luego de una experiencia en Corina, Avellaneda. Darío había terminado el colegio secundario en diciembre del año anterior y en enero, una asamblea de desocupados se convocó en Don Orine y allí fue él con la propuesta de organizarse como un MTD. En Solano el Cura y Neka habían logrado reorganizar un poderoso MTD luego de la fuerte represión que habían padecido tras los cortes de ruta del año 97, cuando ellos formaban parte del “Teresa Rodríguez”, y de algún modo eran una referencia para todos nosotros, que estábamos en una búsqueda de nuevos modos de desarrollar la organización popular. Así que como yo era el único de los cuatro que estaba sin territorio definido, y como para nosotros el vínculo con el MTD de Solano era “estratégico” (entendíamos que estábamos en una etapa de “incursión” en una nueva experiencia, y que lejos de pretender conducir ese era un momento de formación de cuadros y de aprendizaje de experiencias más desarrolladas), definimos que en esa toma de tierras –a la que habíamos llegado para solidarizarnos y acompañar a la militancia de Solano-- me quedara yo.
La foto, como toda fotografía, da muestras sólo de un instante fugaz que ha logrado quedar fijado en una imagen. Así y todo la imagen es sugerente. Allí estamos los tres, bajo la lluvia, conversando. Darío está sonriendo y se nos ve con tranquilidad, a pesar de la situación: llovía (¡no dejó de llover todo ese invierno!), hacía mucho frío, teníamos que poner en pie un rancho en tierras inundables, la toma se compartía con sectores del justicialismo que nos consideraban claramente sus enemigos, la Gendarmería comenzaba a intentar cercar el lugar, pero allí estábamos los tres, conversando tranquilamente, seguro planificando el próxima paso.
Recuerdo que una noche Darío, Dani y no sé quien más se quedaron a dormir en la carpa que habíamos instalado en el terreno, para que yo pudiera ir a la casa de mi padre a bañarme, comer, tomar algo caliente. Después, Darío, no volvió muchas veces más, porque su militancia en Don Oriene lo tenía totalmente ocupado en las tareas necesarias para emprender ese viaje de conformación de un nuevo MTD.
Con Neka y el Cura teníamos diferencias políticas. No éramos un mismo núcleo político, pero así y todo emprendimos juntos la construcción de la Coordinadora Aníbal Verón, en la que también estaban los núcleos de la militancia del MTD de Florencia Varela y de Quebracho de La Plata y de Lanús.
Duramos poco en La Matera.
Así y todo fueron semanas intensas: yo logré ser delegado de manzana, luego integré la coordinación general del asentamiento como parte de la comisión de salud y, finalmente, logré poner en pie una humilde casita de chapa y madera. Allí perdí un libro de Lenin, uno de Engels, y alguna que otra cosa más que por razones obvias de seguridad no vamos a mencionar: una inundación –creo que la primera-- se llevó puesto casi todo. Ese día justo yo había ido a la casa de mi padre, porque estaba muy enfermo y una neumonía no me permitía continuar mis tareas en el asentamiento. Al volver me encontré en una asamblea general teniendo que dar explicaciones ante un grupo de punteros del PJ que me acusaban de ser responsable de la muerte de un bebé durante el temporal. “¿Dónde estaban los de la comisión de salud?”, decían señalándome. Como si el régimen político, el sistema económico no fueran responsables de esas muertes, que se sucedían a diario. Incluso su partido, que había traicionado en esos años las banderas históricas del peronismo para llevar adelante ese modelo neoliberal socialmente injusto, y económica y políticamente dependiente. Pero en medio de una asamblea popular en un asentamiento, con los ánimos caldeados, no se podían dar esos debates. Obviamente: el encuentro terminó a las piñas. Allí estaba yo, con mis 19 años, enfrentando entre mocos y estornudos a los muchachos peronistas a quienes no les importaba que yo llevara tatuadas en el pecho las banderas argentinas, junto con tacuaras y una estrella federal. Estaba por “cobrar” cuando veo que, no sé de dónde, el Cura Alberto empieza a revolear piñas y me salva de esa situación. No voy a decir que fue Dios el que me salvó ese día, porque soy ateo, pero que su palabra en la tierra pasó a ser acción directa, no caben dudas. No recuerdo si Neka estaba ese día, porque siempre estaba pero no la recuerdo. Si estuvo, de seguro tuvo una parte activa en dicha refriega.
Tiempo después Infantería desalojó la parroquia La Lágrimas. Y ahí estuvimos otra vez junto a Darío, Pablo y Flor, bancando la parada en San Francisco Solano, junto al Padre Alberto y Neka, quienes instalaron enfrente (en la Plaza que habían bautizado “Che Guevara”) una “Carpa del aguante”, como le habían puesto en Corrientes tiempo atrás. Allí se instaló el “Cuartel General” desde el que se planificaron nuevas tomas de tierras, todas bajo la lluvia, todas con fracasos rotundos. Al parecer, en esa, Dios no nos acompañó.
Semanas más tarde la cosa en La Matera se puso espesa. Los enfrentamientos dejaron de ser solo con los puños y en la correlación de fuerzas adversas toda la militancia de las organizaciones sociales de base tuvo que dejar el lugar. También la Carpa del aguante padeció su desalo.
Así y todo, el MTD de Solano no dejó de crecer, ni de ser una referencia imprescindible para quienes comenzábamos a transitar esos senderos de acción directa y organización de base con participación popular activa. Para quienes, junto a Darío y tantas y tantos como él, comenzábamos a transitar los caminos de la libertad.