miércoles, 18 de enero de 2017

Reseña de Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad


González según Pía López

Por Mariano Pacheco

En Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad, publicado recientemente por la editorial Cuarenta Ríos, María Pía López recorre los vínculos políticos, intelectuales y afectivos que la unen al ex director de la Biblioteca Nacional.

Corremos riesgo de extinción. Modos de pensar, hablar, actuar, están bajo amenaza. Narrar es rozar el hueco que dejan pero también que apuntalar los restos y regar la tierra para que en ella algo germine”.
Podríamos leer todo Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad, de María Pía López, a través de estas palabras.
Publicado recientemente por Cuarenta Ríos con prólogo del cordobés Diego Tatián, el libro se constituye en uno de los mejores homenajes al ex director de la Biblioteca Nacional, no solo por lo que se cuenta en él, sino por cómo se lo hace. Es que si hay algo así como un “Gonzalismo”, éste se expresa no tanto en quienes pretenden seguir sus sendas y continuar su obra sino en sus verdaderos discípulos, es decir, aquellos irreverentes que, inspirados en González, no lo imitan, sino que crean algo nuevo a partir de las lecturas de sus libros, de sus artículos o, acaso, a partir de una voz escuchada en charlas, conferencias y clases.
Tanto Eduardo Rinesi como María Pía López han sabido cosechar la amistad de Horacio, compartir con él trayectos políticos y culturales en común y, a su vez, abrirse un espacio propio de producción, con entonación e ideas propias.
¿El ensayo puede enseñarse?”, se pregunta la autora. La respuesta queda inconclusa, pero pareciera que no, que el ensayo puede inspirar, marear, contagiar, alucinar, pero no se puede enseñar. Yo ya no, título de este último trabajo de la ex directora del Museo del Libro y de la Lengua (que parafrasea un tramo de alguna de las novelas publicadas por González en los últimos tiempos), bordea los límites del ensayo, la autobiografía, el diario, el relato, la biografía, la novela, la crónica, ofreciendo un texto inclasificable a partir del cual el lector puede acceder no tanto a la singularidad existencial González sino al universo que supo cultivar a través de décadas de intervención pública, pero también, de charlas informales con sus más allegados, cena o café de por medio. “Conversé mucho con Horacio González en las últimas dos décadas”, afirma Pía López, a la vez que sostiene que el libro intenta ser -entre otras cosas- “memoria de esa conversación”.
La idea del riesgo no deja de acechar la narración. De allí que el libro se proponga no solo como lugar de la memoria en el que fundar un amparo, sino también como espacio a través del cual trazar una hospitalidad.
¿Quien es González, entonces? La pregunta atraviesa el libro, aunque no de modo explícito. 

González no es un francotirador, sino un fundar de tribus”. He aquí una de las respuestas, hipotéticas, que se ensayan en el texto. Pía López hace aparecer recuerdos, no tanto personales sino -al modo saereano- recuerdos de recuerdos que otros han contado alguna vez. Así, se hace presente el González de las Cátedras nacionales de los primeros años setenta en la Universidad de Buenos Aires, el González de la escritura de temas nacionales en otro idioma durante el exilio brasileño ya finalizando la década y el González de los primeros años de la postdictadura. Para este último caso, Pía López rescata unas palabras de González, escritas para la revista Unidos y publicadas en 1987. Allí el director de la colección Puñaladas de la editorial Colihue, ante una crítica que le hicieron a la revista por ser “difícil”, arriesga que pensar es crear lugares inhabituales.
La reflexión cobra vigencia si se la piensa en el actual contexto que atraviesa la Argentina, pero también, si esta coyuntura se la pone en serie con “los años kirchneristas”. Y he aquí uno de los nudos más sagaces del libro, porque tanto González como la autora del libro fueron funcionarios (¿oficialistas?) de la “década ganada”, aunque mantuvieron siempre una actitud crítica en torno a ciertos temas. Parte de esa tensión, y de cómo uno y otro la resolvieron, aparece comentada ampliamente en distintos tramos del libro. “¿Por qué Horacio, que creía en ese gobierno y del que era parte, mantenía una reserva de distancias y de sospechas, y oía con atención a quienes cuestionaban por izquierda?”, se pregunta la autora, quien también se interroga del por qué de ese apoyo militante. Una de las respuestas que encuentra, y no solo para el Caso González sino para gran parte de su generación, son los “efectos de reparación” que el kirchnerismo ensayó frete a la tragedia anterior de los argentinos.
Me interesa, de todos modos, resaltar algunos “problemas” que Pía López cuenta que detectaron ya en su momento, y que leídos hoy, pueden entenderse de algún modo como una autocrítica. Tres cuestiones que, anudadas, pueden ser insumo para pensar las políticas culturales del kirchnerismo.
Por un lado, la autora se refiere a Carta Abierta, espacio de intelectuales oficialistas del que dice:
Cuando dejé de ir tenía varias razones. Una era el tedio: cada vez que se hablaba críticamente, algún compañero contestaba con el listado de razones por los cuales había que seguir apoyando al gobierno. Los que discutíamos no poníamos en duda ese apoyo, sino la necesidad de pensar más allá del oficialismo de época, aunque su centro fuera el gobierno que apoyábamos”.
Por otro lado, cuenta una anécdota de censura que padeció en la Agencia de Noticias Télam, de la cual fue colaboradora, cuando aportó una nota con una mirada crítica respecto del rol que podría jugar la Iglesia Católica en relación a los gobiernos progresistas en Latinoamérica tras la mutación de Jorge Bergoglio en Papa Francisco. “Rechazaron la nota. Yo seguir colaborando”, comenta. Y agrega: “La anécdota es sintomática de lo que vendría”. El episodio narrado ocurrió en 2013, cuando el gobierno ya llevaba una década redonda de gestión del Estado nacional.
Por último, otra anécdota, esta vez del propio González. Cuenta Pía López que una vez, en una asamblea de Carta Abierta, ante el entusiasmo de algunos de sus colegas con Tecnópolis, Horacio llamó a realizar un “Librópolis”. La respuesta oficial fue el lanzamiento del “Encuentro Federal de la Palabra”… al interior de Tecnópolis.
Las tres dimensiones dan cuenta de una matriz de entender la intervención política en una de las esferas más progresistas de un gobierno en el cual también estuvieron presentes los intendentes y gobernadores cuestionados en 2001 y las empresas extractivistas obtuvieron rentas extraordinarias.
Por otro lado, resulta llamativo que Pía López califique como “comodidad intelectual” la situación de quedarse “a distancia” de un gobierno, sobre todo si se tiene en cuenta el poco o nulo espacio que quedó para aquellos intelectuales críticos que no aceptaron a las empresas de comunicación hegemónicas como tribuna anti-gobierno para expresarse.
Así y todo, y tal como sucedió durante las gestiones de gobierno de Néstor y Cristina, el modo en que Pía López aborda la figura de González, sus vínculos con él y sus intervenciones respectivas en el campo cultural de la argentina contemporánea, dan cuenta de cierta vocación por problematizar no solo el mundo tal cómo está, sino también los modos en los que se lo lee y se lo interpreta.
Por último, cabe destacar que Yo ya no es también un homenaje, un reconocimiento público de Pía hacia su maestro. Tal vez por eso escribe:
Nuestro vínculo siempre giró sobre palabras, dichas o leídas, escuchadas o imaginadas, pendientes o imposibles. Palabras. Me enseñó la atención desaforada sobre la lengua. La de los escritores, traductores y psicoanalistas. La de los que imaginan museos para albergar esa experiencia y compartir la escucha”.
Con serios inconvenientes de salud desde hace un tiempo, Horacio asistió ya a las primeras presentaciones de este libro durante las últimas semanas de 2016. En medio de la debacle política y cultural que atraviesa el país, quien supo cosechar admiración en aulas universitarias colmadas por miles, quien dirigió una de las instituciones culturales más prestigiosas del país, aparece en numerosas fotografías difundidas en las redes sociales virtuales con una sonrisa en los labios y un dejo de nostalgia y agradecimiento hacia el puñado de amigos que lo rodearon en dichas jornadas.
¿Qué más puede pedir quien se definió como “funcionario libertario” y habitó como política el gesto de la incomodidad permanente hacia lo dado?

*Nota publicada en revista Zoom.

sábado, 14 de enero de 2017

Entrevista a Mariano Pacheco, autor de “Cabecita negra”


El peronismo a través de la literatura

Por Mario Hernandez


M.H.: Publicaste tu último libro “Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo” en la editorial Punto de Encuentro, que reúne textos que analizan crónicas periodísticas, cuentos novelas, obras de teatro, poemas y ensayos críticos acompañados por una puesta en diálogo con un análisis de un entramado de elementos políticos e historiográficos. ¿De qué se trata este libro?

M.P.: Básicamente el libro trata de hacer una historia del peronismo a través de la literatura. Tomar el peronismo en su totalidad histórica, en estos ya más de 70 años. Parte del 18 de octubre de 1945 con la crónica que Raúl Scalabrini Ortiz pública el día posterior al 17 sobre los acontecimientos de Plaza de Mayo que podríamos decir son el hecho fundacional del peronismo. Si bien Perón venía como Coronel al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión y con todo su trabajo previo desde 1943. Ese mismo día, el 17 de octubre de 1945, hubo alguien que produjo un texto, que fue Raúl Scalabrini Ortiz, en esa famosa crónica que tiene ese pasaje que dice “era el subsuelo de la patria sublevada”. Quiere decir que desde 1945 en adelante el peronismo tuvo sus acciones y también tuvo sus textos y sus narradores, quienes hicieron sus crónicas y también tuvo a quienes desde el bando antiperonista escribieron sobre el peronismo y es a lo que el libro le presta especial atención. Como dice el título “Cabecita negra” es uno de los ensayos sobre literatura y peronismo y no sobre literatura del peronismo; por otra parte, está escrito por un escritor que no es peronista. Si bien siempre tengo una mirada de cierta excepción y simpatía por figuras como Evita o los descamisados y el proceso del movimiento obrero que luego van a ser las fracciones revolucionarias o la tendencia de izquierda del Movimiento.

M.H.: Vos tenés otro libro anterior que es “Montoneros silvestres”.

M.P.: Claro, está en esa línea. El libro trata de hacer una historia del peronismo a través de la literatura, y de la literatura en un sentido amplio, distintas variantes de la literatura que han trabajado el tema del peronismo, desde 1945 hasta el 2015 que es cuando se cierra el análisis de las publicaciones realizadas hasta ese momento haciendo por supuesto un recorte porque la cantidad de material que hay en 70 años en torno al peronismo es inmenso, ocuparía una biblioteca entera. Hemos concentrado la mirada en determinados textos clásicos, en otros que quizás no se les ha prestado tanta atención pero que he considerado que eran relevantes para hacer este recorrido de toda la experiencia del peronismo a través de la literatura en sus 70 años de existencia.

M.H.: ¿Cuáles son los autores no peronistas que abordás?

M.P.: Empezando por los clásicos de primera hora que son Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, los dos grandes escritores de la literatura argentina, ambos profundamente antiperonistas sobre todo de los años ´50 ambos. Después Cortázar va a hacer una revisión de su mirada a partir de su acercamiento al fenómeno de los procesos revolucionarios latinoamericanos, sobre todo la revolución cubana y la revolución sandinista, va a hacer una revisión autocrítica de su posición, que él mismo llama “gorila” en los años ´50. Y Borges con esa posición estética y política siempre igual. Hasta otros autores quizás no abiertamente antiperonistas pero con claras disidencias, podemos mencionar a Copi desde la postura más anti, hasta otros que quizás tuvieron alguna postura más cercana como Néstor Perlongher o Juan José Saer. Distintos autores que trabajaron el peronismo de manera muy interesante sin ser peronistas en algunos casos y otros siendo abiertamente antiperonistas.

M.H.: ¿Te concentrás solamente en la escritura o abordás otros géneros?

M.P.: No, como te decía el libro tiene una concepción amplia de la literatura, por lo tanto, si bien está centrado fundamentalmente en lo que se entiende clásicamente por literatura: obras de teatro, poemas, novelas y cuentos, también se analizan canciones, como la cantata Montonera de Huerque Mapu o guiones cinematográficos como el emblemático “Los traidores” del Grupo de Cine de la Base que comandaba Raymundo Gleyzer, o del Grupo Liberación de Pino Solanas, la obra “Los hijos de Fierro”, hasta pasando por otras cuestiones que tienen que ver con el tango, los monólogos que en su momento hizo Discépolo en la radio a fines de los años ´40. Todo lo que podría ser denominado como cultura popular y cultura letrada, sin hacer esa distinción de qué es letrado y qué es popular, sino poniéndolos en diálogo a través de la escritura de un libro que está basado en la cultura del ensayo.

M.H.: Acercándonos hacia el presente, ¿cuáles son los autores y las obras que abordás?

M.P.: Trabajo de los más conocidos, con “La trilogía del profesor Gómez” de Guillermo Saccomanno que es ya un escritor con años pero que su obra concentrada en cuestiones del peronismo se producen en los últimos 15 años, Juan Icardona que es referente de la nueva narrativa peronista, otros menos conocidos como Sebastián Pandolfelli que tiene una obra excelente que se llama “Choripán social” una novela muy ácida reivindicando autores como “el turco” Jorge Asís que también he trabajado en “Cabecita negra”. Y otros textos un poquito más viejos del principio de la post dictadura que tratan de dar cuenta de una mirada que se fue construyendo a lo largo de los años, como Luis Gusmán respecto de lo que fue la década del ´70. Los más contemporáneos son éstos que te menciono junto con otros más clásicos que siguieron produciendo como Lamborghini, que viene desde la década del ´50 y que siguió escribiendo hasta la década de los ´80.

M.H.: ¿Y sobre el kirchnerismo?

M.P.: Queda la discusión abierta sobre si el kirchnerismo es un momento más del peronismo o si abrió una secuencia política diferente en la Argentina. Lo que pasa es que a diferencia de lo que sucede y es analizado en la primera parte con obras como la de Rodolfo Walsh, que producen en simultáneo con los acontecimientos políticos, como el cuento “Esa mujer” de Walsh que habla sobre el cadáver de Eva, muerta ya hace años pero con el cadáver secuestrado, siendo un elemento político de la coyuntura, obras como “El avión negro” que desmaquillan el mito del retorno de Perón. Literatura que aborda cuestiones de la propia coyuntura política. Eso no sucede en los años kirchneristas, cuando emerge una nueva camada de escritores pero que lo que hacen es encarar el pasado peronista desde otro lugar, mucho más interesante que el de sus pares del pasado, más relajado, más humorístico, que se permite otras cuestiones que antes los escritores no se permitían, pero que no deja de trabajar más con una mirada retrospectiva que sobre lo existente. Entonces, prácticamente no hay textos sobre el kirchnerismo producidos en la década kirchnerista. Excepto algunos poemas como el que le hizo a Cristina Washington Cucurto, donde se nota cómo decae la literatura cuando ronda con la propaganda en cuanto a niveles de producción estética, si bien uno reivindica los volantes, la propaganda política, pero en la esfera de la literatura suelen ser de bastante menor calidad las producciones que se hacen en ese sentido y así y todo son prácticamente inexistentes.

M.H.: ¿Estás trabajando sobre algún nuevo texto?

M.P.: Sí. Estoy con el cierre de un nuevo libro de ensayos que saldrá seguramente a principios de año, no tiene título todavía pero ya está terminado, está en la fase de corrección. Con algunos textos de literatura, cine, entrevistas que realicé hace varios años a personajes de la cultura de izquierda argentina como Martín Kohan, Eduardo Gruner, Vicente Zito Lema, etc. Compilo todo ese trabajo para ver si se puede publicar a principios de año y también vamos a hacer un libro con Diego Abú Arab, “El turco”, que es un artista plástico que realiza las gráficas de mi programa de radio “La luna con gatillo”, con dibujos de él y breves textos míos para la editorial El Colectivo.
Y como primicia te cuento que Planeta va a reeditar nuevamente “Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo” así que estamos preparando una edición corregida y con algunas ampliaciones y actualizaciones de la causa judicial para que pueda dar a luz entre abril y mayo previo al 15º aniversario de la Masacre de Avellaneda.

M.H.: Mucho trabajo por delante.

M.P.: Sí. Un año muy intenso, que va en correlación con la intensidad de estos primeros 11 días que van de enero, donde la situación política en Argentina está muy caldeada y quienes estamos con tareas de formación, comunicación y producción de insumos culturales para la crítica política pensamos que tenemos nuestro rol que jugar a través de este tipo de producciones.

miércoles, 11 de enero de 2017

Notas sobre "Mugre", poemario de Laura Ledesma


Libros para el Cambio Social

(Reseñas de verano: II)*



Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)


Treintaysiete poesías, un prólogo y un poema innecesario. Unos dibujos de Jorge Cuello, una fotografía en la tapa, otra en la contratapa y una foto-retrato en la solapa, en la que pueden leerse unas breves líneas que solo denotan humildad por parte de la autora del libro: “Laura Ledesma nace en Córdoba capital en agosto de 1981. Este es MUGRE un libro de poesía que seguirá ensuciando a pesar de todo”. No dice que Laura, además, es actriz, que actúa en una de las obras más importantes del prestigioso grupo Zéppelin Teatro, que dirige el reconocido dramaturgo Jorge Villegas, que toca el uquelele y compone canciones. De hecho, la presentación del texto, realizada a principios de diciembre, se llevó a cabo en un teatro, con intervenciones de varios de sus amigos, en la que incluso el “poema innecesario” que figura tras el índice del libro, fue cantado a dúo por la autora y otra actriz. El poema-canción da cuenta de cuántas cosas innecesarias nos rodean en nuestras vidas, casi sin que nos demos cuenta, como en una suerte de fenomenología del fetichismo de la mercancía que tan bien describió Karl Marx en su voluminoso libro El capital, pero hecho aquí poema-canción, en el que se mezclan humor y cierto sabor amargo.
Mugre. Poemario de una hija vecina cualquiera parece llevar al extremo aquella máxima poética escrita por Juan Gelman hace ya décadas: “se sienta a la mesa, y escribe”. No importa que el texto no sirva para nada, hay una pulsión que lleva a ser escrito. ¿Debería “servir” para algo un poema? “Un poema no es un tocadisco”, dijo alguna vez Susan Sontag. Y en su revés, el poeta-militante Roberto Santoro (detenido-desaparecido por el accionar terrorista del Estado Argentino): “si mi poesía no sirve para cambiar la sociedad no sirve para nada”.
Tal vez dando cuenta del paso de los años, Laura Ledesma parece quitarle carga moral a sus textos, sin por eso dejar de expresar en el fondo una suerte de realismo crudo. Quizá por eso en una de las nueve historias de “dos negros egoístas” (cuyos protagonistas son la voz poética en primera persona y Mandela (su perro), puede leerse:
Cuando Mandela (mi perro) y yo, jugamos con una botella de plástico, a las corriditas y luchitas varias… no estamos reciclando. Nos divertimos con algo que será basura indefectiblemente. Solo pasamos nuestros días. No queremos ser ejemplo de nada”.
Hay, por otra parte, algo etnográfico en este libro. Un errar por las calles de la capital provincial, por algunos de sus barrios más emblemáticos (con sus almacenes que aún tienen “permitido” el fiado, sus doñas que venden productos de avón; sus ferias para comprar frutas y verduras), y también, historias mínimas, íntimas, en las que pueden leerse sin jerarquías el vínculo con un perro, un amor o el deseo de encontrar un pedazo de tierra en medio de la jungla de cemento. Lo personal deviene colectivo y lo plural, singular. Y el género una cuestión política y no mera diferencia biológica:
Tan solita. Tan chiquita. Tan clandestinita. Tan poco santita.
Esa tarde de ese día.
¿Que si dolió?
Te meten una jeringa en el útero… ¡más vale que dolió!...
Hasta que pasa.
Yo la pasé.
Otras no.
Y más vale que vuelve a doler.
Porque las mujeres que abortan somos todas”.


Lo plural deviene singular, porque no se trata de intimismos, por más íntimos que puedan ser los temas abordados. El dolor propio, el dolor ajeno. ¿Hay diferencia?

¿Tai bien negro?
¿Tai bien negro de mierda?
Negro de mierda, ¿está o no está?”


Seguramente el mejor modo de entrarle al libro sea a través de las palabras del prologuista, también actor de Zéppelin Teatro, quien escribe, como él mismo declara, para que vos, “bestia lectora, que por primera vez ves Laura Ledesma, escuches el interior, de vos (de ella) (de mi) (denuestropaís)”.


Un prólogo-convite, escrito por Santiago San Paulo, en el que puede leerse:
Te invito a revolcarte, recontravolcarnos, en éstas cloacas escupiéndonos la calle. MUGRE, te recomiendo tener a mano terecontrarecomiendo/ un mate, un porro, un anotador, hacerlo en voz alta, haciendo resonar lo clandestino recontrasonándolo.
Vos, bestia lectora. Yo, el prólogo. Que no pudimos. Tampoco pudimos.
Ok. Entonces, Veámonos Adentro
Ahora somos tres”.


Tal vez no doce, como los apóstoles. Quizá no seamos muchos más que diez, como canta Bulldog --la banda de punk rock rosarina-- pero seguro, tras la lectura de esta Mugre, ya seamos manada. Aunque estemos solos.


*Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha

martes, 10 de enero de 2017

Notas sobre Producción Bornoroni", de Sebastián Puente y Carlos Bergliaffa



Libros para el Cambio Social

(Reseñas de verano: I)*


Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)

El hijo de un trabajador de la emblemática Fábrica Militar de Aviones de Córdoba que deja la carrera de Ingeniería para dedicarse al psicoanálisis; el paciente de un Hospital Psiquiátrico que se hace llamar como su vecino; un médico que estudia filosofía y luego viaja a Viena y retorna al país con la “ciencia del inconsciente” en su mochila (o su valija); un editor sorprendido por el azar, el destino, los encuentros fortuitos o como a cada uno le guste más llamarlo. Un e-mail, un café y la pregunta por cómo se encuentran dos cuerpos. (¿Y tres).
La historia de un sociólogo que funciona como editor.
La historia de un psicoanalista que funciona como escritor.
La historia de un loco que funciona como personaje literario.
El historial de un médico.
El relato de una tía.
El monólogo de un esquizofrénico.
La figura de un avión (¿como los que partieron de Córdoba en 1955 para bombardear la Plaza de Mayo en la búsqueda por asesinar al presidente Juan Domingo Perón?) que cruza las historias de delirio de un loco, de su psicólogo y del país que ambos habitan.
Algo de todo esto aparece en Producción Bornoroni. Relato degenerado del encuentro con un loco, de Carlos Bergliaffa y Sebastián Puente, publicado por editorial Cactus en 2008 y que, sin embargo, no deja de circular, de presentarse, de generar nuevos encuentros, otras conversaciones. Puede leerse en la contratapa del libro parte de esta historia:
Carlos Bergliaffa, psicoanalista, conoció a Sebastián Puente, editor y sociólogo, a través de Cactus en el 2006. Editor, ayúdeme a construirme un libro, no fue exactamente lo que le dijo Carlos a Cactus, pero estuvo cerca, la primera vez que se le acercó. Y hasta allí llegaron las etiquetas y los roles que comienzan a diluirse en las convergencias, en la multiplicación y extensión de los delirios en una situación en la que ya no puede decirse quién habla, quién narra, quién escribe, quién edita”.
El texto da cuenta del encuentro entre Bergliaffa y Lucrecio Roberto Bornoroni y haciendo honor a la rica historia del género (¿no son los textos psicoanalíticos un género en sí mismo, difícil, por no decir imposible, de clasificar?), puede ser leído como una novela o un historial clínico, pero también como un manual técnico, un relato policial, un diario íntimo, un excursus historiográfico o un panfleto de denuncia.

*Nota publicada en el Portal de Noticias Marcha

martes, 27 de diciembre de 2016

Entrevista a Máximo Sozzo

“Hay que eludir el fantasma de la  
“colombianización” de la Argentina”*
El investigador Maximo Sozzo analiza la cuestión del narcotráfico en Santa Fe y su impacto a nivel nacional. “El mercado de drogas se toca con internas policiales.
Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)


Doctor en ciencias sociales, profesor de Sociología y Criminología en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, Maximo Sozzo recibió a Revista Zoom en dicha institución académica para conversar sobre algunos de los temas que investiga y que son, por otra parte, los que colocaron a la provincia de Santa Fe en la primera plana de no pocos medios nacionales en los últimos tiempos: el delito, el narcotráfico, las fuerzas policiales y las políticas de seguridad. Para Sozzo, las producciones académicas deben esforzarse por producir un impacto en el debate público y trasmitir los resultados de sus investigaciones de un modo que otro tipo de lectores lo entiendan. De estas cuestiones y de cómo pensar políticas de seguridad en un territorio surcado por tensiones de todo tipo, conversamos en esta entrevista.

Narcotráfico, policías, políticas de seguridad
¿Pensás que hubo cambios en las políticas de seguridad a partir del cambio de gobierno, no solo a nivel nacional sino también provincial? Digo: si bien gobierna la misma coalición en Santa Fe, me gustaría saber si consideras que hubo cambios al interior de ese espacio político en relación a estos temas.
Me parecen muy buenas preguntas, ambas. Y voy a comenzar por contestarte la segunda, porque me parece importante entender el cambio en las alianzas gobernantes que se produce en la provincia en 2007, cuando se quiebra la composición gobernante desde 1983 bajo el signo del peronismo, para dar paso a otra coalición gobernante en donde conviven sectores del socialismo, del radicalismo y otros partidos menores, pero que, a su vez, ha ido cambiando en su composición interna. En 2007, el Frente Progresista crea el Ministerio de Seguridad, copiando de algún modo otras experiencias de la Argentina, como el caso de Buenos Aires, que es el primer lugar en donde se crea un Ministerio de Seguridad, un poco como un gesto para fortalecer la autoridad de los sectores electos popularmente para la institución policial, dándole más peso a la conducción de los temas de seguridad. Sin embargo, la creación de ese ministerio no conlleva un programa de reformas estructurales de la institución policial y tampoco un programa de reformas modestas. La primera gestión, a cargo de Hermes Binner, por ejemplo, se caracteriza por una fuerte continuidad con el estado de cosas que había anteriormente, con la excepción de la creación de ese ministerio y de este elenco de funcionarios que se colocan supuestamente por encima de la institución policial. Ahora, el pasaje del gobierno de Binner a Bonfatti, mantiene la situación en términos estructurales, pero comienza a circular otro lenguaje entre estos actores, entre comillas, reformista. Hasta el propio gobernador y Raúl Lamberto, que fue su ministro de Seguridad durante la mayor parte de la gestión, construyeron todo un discurso público alrededor de este tema: que se estaban llevando adelante políticas de reforma. Esas iniciativas son, de todos modos, de alcances muy modestos. Por ejemplo: se crea la Policía de Investigaciones que, dentro de la estructura general de la policía, es desde el punto de vista administrativo un área que tiene una conducción que no es el jefe de policía sino un funcionario político al interior del ministerio de Seguridad, en la búsqueda por separar investigación de seguridad. Ahora, ¿qué pasa? Que ese cuerpo es muy pequeño en cantidad de funcionarios y no puede investigar todo. Entonces aparece esta cuestión de resolver cuáles son los delitos que investiga la nueva esfera o cuáles los viejos policías de investigaciones ligados a las comisarías, los departamentos judiciales. Así es como se produce esta tensión entre las intenciones de hacer algo distinto y la modestia de sus alcances. Lo mismo sucede con la Policía Comunitaria lanzada en 2014.

“No se va a reconfigurar drásticamente el mercado ilegal de drogas porque se encarcele a jóvenes varones pobres como se viene haciendo”
Y luego viene un nuevo cambio de gestión pero dentro del mismo espacio político…
Claro, algo que por otra parte estamos bastante acostumbrados en la Argentina en general. Y lo que sucede es que durante el primer año de gestión de Miguel Lifschitz se busca de nuevo re-centralizar la toma de decisiones, ya no solo en el Ministerio de Seguridad, sino de nuevo en el jefe de policía. Entonces, si las modestas reformas que se buscaron llevar adelante durante las anteriores gestiones trataban de descentralizar, ahora, a partir de la creación de estos cuerpos alternativos (por más naturaleza ambigua que tuvieran, porque dependían administrativamente de la policía), se vuelve a re-centralizar la estructura. Esto sin necesariamente desarmar estos cuerpos, pero sí reconcentrando nuevamente las decisiones en el jefe de policía. Entonces se genera una situación muy ambivalente y difícil de interpretar todavía. ¿Cual es el plan? ¿Volver a una policía unitaria, uniforme y gestionada policialmente o gestionada por el ministro de Seguridad pero que quiere tener centralizadas las decisiones en un jefe de policía que es un funcionario policial? Eso es, por lo menos, contradictorio con la retórica de la misma colisión gobernante en la gestión anterior.

En el medio de todo esto, además, se produce en 2009 la detención del jefe de policía, que estaba en connivencia con cierto segmento del narcotráfico. Y esto es central para entender este proceso. Tanto para entender el lenguaje utilizado por ciertas fracciones políticas de la alianza gubernamental, que hablan de la necesidad de reformar la policía, así como lo que sucede actualmente. Porque tenemos una situación que era difícil de imaginar, y es que la institución policial está aun más desprestigiada, y a su vez se mantienen las tasas de homicidio en números muy altos y hasta se han incrementado. Esto genera mucha presión respecto de la opinión pública. Sobre todo cuando se producen homicidios luego de robos y el que muere no es un pibe de un barrio pobre, sino una persona de clase media, y esto es leído -según los patrones de producción de información de los medios hegemónicos- como que se mata a la persona equivocada. Y todo eso genera escándalo público, con su correlato en reclamos -movilizaciones incluidas- de más seguridad por parte de ciudadanos de sectores medios. Un reclamo entre comillas desde abajo, porque reúne personas que se movilizan, logran visibilidad pública en la prensa y tensionan la agenda política. Eso complica aún más las cosas, por un lado, y por el otro ayuda a entender este primer año de gestión del gobierno, que como te decía tiende a una política de re-centralización en las manos de la policía. Entonces revierten lo poco de la descentralización trunca, ambivalente y moderada que habían generado, con un jefe de policía que ahora centraliza en su figura la conducción de toda una serie de segmentos que antes se habían buscado separar.

Tengamos en cuenta que, desde la década del 90, la voz de descentralización siempre fue de los sectores progresistas, quienes sostuvieron que tal vez un modo de entrarle a esas estructuras centralizadas y corruptas era a través de la descentralización, partir las instituciones para reconstruirlas desde abajo de otra manera. Eso en Santa Fe no sucedió. Bueno, en realidad todas las desentralizaciones fueron medio berretas y no prosperaron en ningún lado. En el caso provincial concreto, entiendo que esta tentativa de re-centralización tiene que ver, sobre todo, con cómo aparece en el debate público la cuestión del delito, porque muchos funcionarios entienden que su futuro político está ligado a los modos de dar respuestas a estos temas. Y el problema de esto es que se puede volver a enfatizar el carácter policial de la institución policial, que en su lado oscuro -para decirlo con palabras de La guerra de las galaxias– está atravesada fuertemente por una serie de tensiones que, entre otras cuestiones, explica también la detención del jefe de policía en 2009. Una institución policial, por otra parte, que desde el retorno de la democracia está autogobernada.

¿”Colombianización” del narcotráfico en la Argentina?
Sozzo aclara que no se dedica a realizar investigación social sobre el tema “narcotráfico”, y comenta que en general hay poca gente en el país que, desde la academia, se dedique a eso. Así y todo, como profesor universitario, afirma que es una “asignatura pendiente de las ciencias sociales” generar exploraciones más profundas, argumentos más sólidos que los que flotan en el espacio público, político y mediático. “Yo no estudié el denominado narcotráfico pero sí a la policía y, como sabemos, en Argentina están fuertemente conectados”, remata, a modo de introducción, antes de comenzar con su argumento.

En Córdoba, por ejemplo, medios como La voz del interior, del grupo Clarín, insisten con la idea de “colombianización” del país. ¿Vos qué podes decir al respecto?

Creo que lo primero y principal es eludir el fantasma de la “colombianización” o “mexicanización” de la Argentina, porque es un discurso que promueve Estados Unidos, reformulando el viejo lema de la “guerra contra las drogas ilegales” para fortalecer las dimensiones represivas del aparato del Estado y la militarización de la seguridad pública. Por eso creo que hay que eludir esas recetas, pero también, el modo en que se plantea el problema en la esfera pública. Utilizar esos términos ya desde el vamos apunta claramente a obtener ese tipo de respuestas. Concretamente en Santa Fe el mercado de drogas ilegales está muy desarrollado, como en otras ciudades de la provincia. Y ahí se toca con las internas policiales que mencionaba anteriormente. A modo de hipótesis, podría decir que fue la desestructuración de las jerarquías de ese lado oscuro de la policía, en relación a cómo gestionar los negocios ilegales, en donde se distribuyen recursos obtenidos ilegalmente de forma pautada, reglas que se cumplen y que, por lo tanto, tienen la capacidad de ordenar en el territorio a quienes llevan adelante estos negocios (ilegalmente, pero llevando orden al fin), la que ha generado, en parte, esta situación que hoy estamos atravesando. Para decirlo de un modo claro y básico: si en la provincia de Santa Fe ya estaba ese problema, cuando ese lado oscuro que organizaba de forma muy pautada y regulada ese tipo de mercado ilegal de manera uniforme se quiebra, distintos grupos luchan por apropiarse de las ganancias de esos mercados ilegales, y es eso lo que incrementa los conflictos por el control del territorio. No creo, claro está, que esa sea la razón por la cual hoy existen más homicidios que en 1980, pero sí creo que es un elemento que ayuda a entender, por ejemplo, la mayor circulación de armas de fuego en los territorios de la marginalidad urbana. Y que a partir de eso se las use, no solo para esas actividades, sino para otros fines. Ahí yo veo un nexo. Ahora, lo que llama la atención es que se piense que el modo de intervenir en la problemática sea la receta de detener a los vendedores al menudeo de drogas ilegales para reducir el alcance del negocios. Además de que habría que discutir si de verdad prohibir la producción/circulación de esos productos es la opción más racional para gobernar la relación que los ciudadanos del mundo contemporáneo tenemos con las drogas. Yo creo que no lo es. Pero al margen, digo, si uno decidiera que esa es la opción, así y todo, perseguir al eslabón más débil de la cadena no parece ser lo más eficaz. No se va a reconfigurar drásticamente el mercado ilegal de drogas porque se encarcele a jóvenes varones pobres como se viene haciendo.

“En Argentina, narcotráfico y policía están fuertemente conectados”
Por último, y retomando lo que conversábamos al principio de esta entrevista, quería preguntarte sobre el vínculo entre la gestión nacional y provincial del Estado. ¿Cómo viene esa relación, al menos, en lo que pueda pensarse de este primer año de gobierno de Macri y Lifschitz?
Vos fijate que todas estas intervenciones de Gendarmería y Prefectura sobre el territorio nacen ya durante el kirchnerismo, más allá de las relaciones tirantes entre la gestión nacional y la provincial, pero que en determinados momentos alcanzaban niveles de acuerdos como para que esas intervenciones se produzcan. Y siempre fueron intervenciones de ocupación territorial. Ahora, con el nuevo gobierno neoliberal de Macri, las intervenciones que se generan son del mismo tipo. Se dice que va a haber además brigadas de investigaciones federales para investigar justamente este tipo de delitos de las drogas ilegales, el llamado “narcotráfico”, pero por ahora no se ha visto ningún síntoma en ese sentido. Lo que se ve son gendarmes y prefectos haciendo ocupación del territorio: patrullaje, parada fija y cacheos, detenciones. ¿De quienes? De los sospechosos de siempre: hombres jóvenes, morochos y pobres. Entonces, las intervenciones actuales lo que hacen es reforzar el tipo de intervenciones que se hicieron anteriormente. Y son intervenciones totalmente ineficaces si uno efectivamente lo que quiere hacer es combatir el narcotráfico. Y esto pone en cuestión, incluso, el mismo objetivo planteado. Resulta por lo menos llamativo que, después de tantos años, haya agentes estatales que crean que esa es la manera de desarmar las redes ilegales, con fuerzas trabajando a la bartola, con todos los efectos perversos que esas prácticas traen aparejadas, en términos de violación de los derechos humanos de un montón de ciudadanos que experimentan prácticas de hostigamiento en ese contexto. Y todo esto siempre poniendo un especial énfasis en la cuestión numérica, como si el envío de 1.000 o 1.300 o 2.000 efectivos fuera a alterar el efecto que este tipo de prácticas tendrían. Y si uno reflexiona solamente un poco puede caer en la cuenta de que es un planteo ridículo pero que se vende bien en el espacio público, y por eso, más allá de sus eventuales disidencias políticas, hay actores de diverso tipo que acuerdan en este punto, lo promueven, lo desarrollan y se sacan fotos. Esto resulta, como mínimo, paradojal, pero fácil de explicar: es un mensaje para los ciudadanos preocupados por el crecimiento del delito. En una provincia de más de tres millones de habitantes, 700 gendarmes o prefectos patrullando las calles por turno para resolver el problema del narcotráfico resulta ridículo.

*Nota publicada en revista Zoom.

lunes, 19 de diciembre de 2016

2001: reflexiones sobre la insurrección del 19 y 20 de diciembre


Que 15 años no es nada

Por Mariano Pacheco*
(@PachecoenMarcha)



A las 00.00 horas del 20 de diciembre de 2001 unas 100 mil personas entonaron el Himno Nacional en la Plaza de Mayo y a los veinte minutos caravanas de manifestantes se concentraron simultáneamente en la Quinta de Olivos y en Palermo, frente al domicilio del ministro de Economía que, media hora mas tarde, ya no lo sería. A las 0.50 comenzó la represión en Plaza de Mayo: cientos de personas resistieron a cascotazos las balas de goma y gases lacrimógenos. Minutos más tarde comenzaban a arder las palmeras de la Plaza, y con ellas, el país entero se encendía: se había iniciado la insurrección.
Se estipula que fueron 122 los supermercados y comercios del Gran Buenos Aires saqueados durante el día 19, y 17 los de la Capital Federal. Según las noticias de primera hora del 20, el día había amanecido con siete nuevos muertos. Las protestas y saqueos se habían multiplicado con el correr de las horas en distintos lugares del país y el Partido Justicialista, a través de Carlos Saúl Menem, Carlos Ruckauf y Eduardo Duhalde, habían expresado su apoyo al estado de sitio decretado por el presidente Fernando De La Rúa la noche anterior.
A las 10.15 una muchedumbre se concentró en Plaza de Mayo. A los 15 minutos, la montada avanzó sobre las Madres de Plaza de Mayo. A las 13 se cumplieron 12 horas desde la renuncia de Domingo Cavallo. El mismo que siendo ministro de Economía durante la presidencia de Menem había implantado el Plan de Convertibilidad. El mismo que promovió las privatizaciones para cancelar la deuda y generar un nuevo endeudamiento del país. A las 14 horas se desarrollaron enfrentamientos en Mar del Plata, Córdoba, Río Negro, Mendoza, Neuquén y Chubut. Desde entonces el micro-centro porteño fue epicentro de un acontecimiento inédito en la historia del país: durante horas, miles de personas sostuvieron enfrentamientos callejeros con las fuerzas de represión del Estado, que ese día agotaron sus municiones de balas de goma.
Para entonces, el “ejercito de pobres” (según expresiones del propio diario Clarín) se había incrementado durante el último año en 3 millones de personas, es decir, a un ritmo de 8.260 por día.

Un semestre intenso
La inmensa movilización del 3 de julio de 2002, desde el Puente Pueyrredón (al Sur del Conurbano Bonaerense) hacia el centro mismo de la ciudad de Buenos Aires (Plaza de Mayo), para repudiar los asesinatos de los jóvenes militantes Maximiliano Korteki y Darío Santillán (ocurridos el 26 de junio del mismo año durante la denominada “Masacre de Avellaneda”), fueron tal vez la última expresión de la insurrección de diciembre de 2001. Ese día importantes sectores de la sociedad argentina se movilizaron (o brindaron activo apoyo y muestras de simpatías con los movilizados) para decirle No a la represión y frenar los intentos del régimen por imponer su fase autoritaria. 

Pero los trágicos episodios también pusieron pusieron un claro límite al ascendente movimiento de protesta, que había tenido al movimiento piquetero como eje dinamizador del conflicto social, pero que incluía además a estudiantes secundarios y universitarios, vecinos de barrios de sectores medios agrupados en las Asambleas Populares, asalariados que habían ocupado sus lugares de trabajo y los habían puesto a funcionar bajo la modalidad “cooperativa” o de “control obrero” y otros tantos que, desde sus gremios, seguían con la basta tradición de lucha del movimiento obrero argentino (como los estatales y los docentes).
Luchas por mayor salario, por la defensa del empleo, contra el hambre y la represión pero que enlazaron durante meses con un cuestionamiento al orden social y el régimen político.
Por algunos meses la crisis se llevó puesto a los partidos políticos, a la mayoría de los sindicatos, en fin, a los modos tradicionales de hacer política en al Argentina. En este sentido, las jornadas del 19/20 colocaron a la política misma en otro lugar. De algún modo, la insurrección permitió hacernos nuevamente la pregunta acerca de qué es, qué entendemos por política.   
Es que las crisis suelen funcionar como momentos de desperezo, de apertura de la historia. Por eso suelen ser enormemente productivos y se erigen como un reto enorme para el pensamiento político crítico y las prácticas cuestionadoras del orden social. ¿Es posible permanecer actuando y pensando en el interior mismo de la crisis? Esa, de algún modo, es la pregunta que el kirchnerismo buscó anular, o al menos, tramitar solo de un modo estatal (el lugar estabilizador por excelencia, y por lo tanto, contrario a la crisis –recordemos que etimologicamente la palabra estado deriva de estatio--).
Pensar desde la crisis, en cambio, implica concebir que el motor de los cambios está en el conflicto y que, precisamente porque es el conflicto el motor del cambio, no podemos saber, de antemano, cuales pueden llegar a ser los resultados. En este sentido, diciembre de 2001 opera como símbolo generacional y una determinada porción del campo popular de nuestro país (generacional y no etario, puesto que hay, por ejemplo, tanto setentista como adolescentes que se identifican con él).
¿Qué queda hoy de las jornadas de aquel diciembre de una década y media atrás? Solo huellas de un cierto imaginario insurgente, y también, el fantasma de la crisis entendida como desorden que hay que limitar. De allí que para mucha gente 2001 sino sinónimo del infierno, de aquello que hay que conjurar, a lo que no hay que regresar. Sin embargo, las militancias que se identifican con él, no deberían apresurarse en traducir esa fecha en término de ceremonia de recordatorio (rememorar es reactualizar, recordar es la más de las veces quedarse anclado en la impotente nostalgia). Porque aquellos días (semanas, meses) fueron momentos de apertura a la impugnación del orden social, de sus clasificaciones y jerarquizaciones, de sus lenguajes, y por lo tanto, un breve período de aceleración temporal, donde el orden fue desnaturalizado, conmovido, puesto en cuestión, y la política, vivenciada por miles de personas lejos de las coordenadas de la mera gestión.

La larga década
Por primera vez en medio siglo los nombres de Perón y Evita fueron los grandes ausentes y, el peronismo, no gravitó la política popular durante ese primer semestre de 2002.

De algún modo, eso que pasó con el tiempo a llamarse kirchnerismo fue quien mejor leyó esa situación, y su irrupción implicó un retorno a lo conocido pero dando cuenta de los cambios acontecidos. Un peronismo pasado por derechos humanos y que se pasó por alto la década neoliberal. Desde el primer momento Néstor Kirchner leyó lo que las Madres de Plaza de Mayo habían implicado para la subjetividad de los argentinos desde los momentos mismos de la última dictadura, hasta entonces y sobre todo, lo que la figura de Hebe de Bonafini había implicado para las luchas de la post-dictadura (la de los organismos en particular, pero sobre todo, la del movimiento popular en general). También la necesidad de irse para atrás en el tiempo en la reivindicación del peronismo, sobre todo del tercero (ese que el historiador Alejandro Horowicz fechó entre el inicio de la campaña del “Luche y vuelve” hasta la caída de Héctor J. Cámpora de la presidencia de la Nación). Algo similar sucedió con los sindicatos, que habían perdido centralidad en la protesta y en las calles (no es casual que apareciera Hugo Moyano como principal referencia del mundo obrero, el camionero que sí participó de las protestas y las luchas en las calles en los años 90) incluso con el aparato partidario peronista, que con aire sureños comenzó a ser llamado Frente para la Victoria (“De estos y otros materiales se nutre la discusión que de inmediato emerge en las áreas de la izquierda y el peronismo”, escribió alguna vez Horacio González, quien aclara que el debate se refiere a si Kirchner “irrumpe para clausurar el gesto creativo de las asambleas o si la necesaria cuota de institucionalidad que él restituye, lleva en su esencia lo más activo del asambleismo”).
Sindicatos, partidos integrados al sistema político parlamentario y organismos de derechos humanos apoyando políticos de Estado: el reverso progresista de las jornadas de diciembre de 2001.
La izquierda liberal, por su parte --tan afecta a los lamentos y las quejas-- encontró en el concepto de “cooptación” su palabra-clave para explicar todos los males. También para disfrazar sus incapacidades. La denominada “Nueva Izquierda”, fuerte en la protesta callejera y la organización social de base durante esos meses, adolecía de una proyección política más de largo plazo, pero por sobre todas las cosas, no tenía condiciones históricas para llevar el proceso más allá (precariedad estructural de sus bases, escasa experiencia de sus cuadros, corto recorrido de existencia, ausencia de respaldo histórico sobre el cual apoyarse, entre otros elementos).
Durante la última larga década el 2001 permaneció bajo el modo de huellas en un gran número de prácticas micro-políticas que, sin embargo, no lograron prácticamente expresarse en la dimensión macro-política. También hubo importantes luchas populares, e incluso muchas de ellas protagonizadas por organizaciones que partían de un suelo existencial y simbólico ligado a las jornadas del 19 y 20: la consigna zapatista “desde abajo y a la izquierda” puede servir para sintetizar aquel ethos, centrado en la des-burocratización de las instancias de participación, la ligazón del proyecto estratégico con la cotidianeidad y el intento de no-escisión entre ética y política. Así, de organizaciones que lucharon contra el hambre en los noventa, surgieron durante los años kirchneristas algunas experiencias ligadas a la autogestión del trabajo y otras esferas de la vida social: cooperativas de producción y consumo de las cuales se alimentaron y “beneficiaron” miles de familias; Bachilleratos Populares que garantizaron (con título oficial otorgado por Estado incluso) el egreso del colegio secundario de otras cientos de personas (sobre todo en la provincia de Buenos Aires); nuevos colectivos de comunicación y cultura popular; promoción de políticas de género y diversidad sexual al interior de estos nuevos movimientos sociales e incluso esbozo de construcciones de un sindicalismo de base. Pero no lograron coagular en movimientos de masas e, incluso algunas de sus expresiones más radicalizadas, terminaron la década asimiladas a las lógicas políticas dominantes.
Hubo, desde luego, algunas excepciones: el movimiento de luchas en defensa de los bienes comunes, el de las luchas por la vivienda digna y en defensa de la educación pública. El primero encontró en la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) su herramienta organizativa más visible (2006-2016) y en el bloqueo producido a la empresa multinacional Monsanto en Córdoba (2013-2016) su cara más radicalizada. El segundo tuvo su mayor grado de visibilización en la “Carpa villera” que se instaló durante 53 días en plena Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2014). El tercero libró numerosas luchas en distintas ciudades del país (con epicentro en La Plata, Buenos Aires y Córdoba), cuyos protagonistas fueron a algunas veces los estudiantes secundarios, otras los universitarios y en ocasiones ambos juntos (palabras aparte merecería el conflicto docente en la Patagonia, cuyo rostro más trágico podemos encontrarlo en el asesinato del maestro Carlos Fuentealba). Más ligados a las izquierdas y sobre todo a su fracción “independiente”, fueron los Foros de Educación para el Cambio Social, pero a pesar de su masividad no lograron salirse del plano discursivo y con el paso de los años cayeron, como tantas otras experiencias, en nuevos modos de ensimismamiento. Y esta, tal vez, es una palabra que pueda ayudarnos a entender por qué ninguna de las experiencias mencionadas pudo erigirse en un movimiento de masas que impusiera agenda en la coyuntura, que referenciara con sus luchas a otros atores y, ni que hablar, que pudiera acaudillar otros sectores populares.

El largo año
El primer semestre macrista encontró al movimiento popular con poca capacidad de reacción, si bien desde diciembre de 2015 los trabajadores del Estado y otras fracciones del movimiento obrero dieron pelea contra los despidos que fueron el primer golpe de la gestión encabezada por el ingeniero Mauricio Macri.

El segundo semestre del año encontró a diferentes sectores populares peleando en las calles e incluso se produjeron algunos cruces inéditos en la historia reciente de nuestro país, como la confluencia en movilizaciones de trabajadores encuadrados en la CGT (También en las CTA) y ese gran precarizado que tiene en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) su herramienta más visible y numerosa (aunque existen otras, y también, numerosas organizaciones territoriales).
Desde principios de año un cierto afán nostálgico pesó sobre las miitancias de diverso origen e identificación ideológica, y fue la de asociar el embate macrista con el neoliberalismo menemista y, por lo tanto, con agitar ciertas imágenes del pasado de las resistencia. De ser una operación destinada a reconstruir un imaginario de resistencia, entiende este cronista, dichas operaciones podrían tener cierta eficacia, sin van acompañadas por creativas medidas políticas que puedan dar cuenta de la situación concreta que hoy atravesamos como pueblo. De lo contrario, serán una más de las tantas actitudes que no logran entender que nunca una situación política es igual a otra del pasado y que por más radicalizadas que sean las consignas y las imágenes que se utilicen, solo serán disruptivas aquellas iniciativas que logren reactualizar la rebelión en términos de contagiar indignación contra lo que sucede, transformar la bronca en peleas en las calles y la protesta en resistencia. A partir de allí, seguramente, pueda hablarse de un 2001 que no pueda ser asimilado por las clases dominantes: un diciembre que funcione como fantasma insurrecto. Entonces los muertos de aquellos días dejarán de pertenecer al botín de guerra de los que casi siempre han ganado en la historia, para pasar a ser estandarte que alimente los deseos de transformación social.

*Nota elaborada para revista Zoom.