martes, 16 de mayo de 2017

¿Cómo se mueven las fichas en la provincia que consagró a Macri?


Córdoba amarilla: bipartidismo y el tercero (¿en discordia?)*

Por Mariano Pacheco
 
Radiografía del escenario pre-electoral en la provincia donde Cambiemos obtuvo el 70% de los votos en el ballotage.

¿Qué se juega en Córdoba en las elecciones de este año, más allá de los diputados y senadores que se renuevan? No es que la provincia de Deodoro Roca y Agustín Tosco tenga algo especial que la diferencie del resto de distritos del país, pero no puede obviarse que Cambiemos se juega parte de su capital político en este resultado, porque fue la Córdoba de José Manuel De la Sota la que “desempató por penales” la última elección que llevó a Mauricio Macri al sillón de Rivadavia, al decir de Alexis Oliva (periodista político, profesor de la Cátedra de Periodismo de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba), quien en diálogo con este cronista destacó el hecho de que los votos que la actual coalición gobernante obtuvo en el ballotage no los aportó el PRO (prácticamente inexistente en la provincia), ni el radicalismo del “milico” Oscar Aguad sino el “peronismo delasotista”, amén de la ya elucubrada hipótesis de la “traición de los barones del Conurbano”.
De allí que la “bajada” de José Manuel no haya sorprendido a tantos. Ahora el justicialismo provincial se debate en torno a quién encabezará la lista delasotista, aunque también allí la sorpresa no es tan grande. El nombre que más suena es el del ex intendente de San Francisco y actual vicegobernador Martín Llaryora, integrado al “cordobesismo” en 2013, tras su derrota en las internas y luego de haber amagado con armar por fuera una “renovación” del peronismo provincial.


Un escenario polarizado
Todo parece indicar que, así como desde hace dos décadas el escenario político provincial aparece polarizado entre la Unión Cívica Radical (UCR) y Unión por Córdoba (nombre cordobés del peronismo que nuclea formalmente a la Democracia Cristiana y al Partido Justicialista), este año la elección nacional de medio término se polarizará entre la alianza Cambiemos (PRO+UCR+sectores del peronismo) y Unión por Córdoba (UpC).
Para muchos que De la Sota no encabece la lista de candidatos a diputados, tal como había anunciado, responde a un nuevo pacto entre el ex gobernador y el actual, que en los últimos meses, se rumoreaba, se había quebrado. Ex candidato por el Frente Renovador liderado por Sergio Massa, José Manuel venía esbozando críticas a la gestión nacional amarilla, mientras que Juan Schiaretti se venía colocando en el lugar de “gobernador amigo” del presidente. Al bajarse de la candidatura, Cambiemos tendría “vía libre” para arrasar nuevamente en Córdoba.
Para otros, sin embargo, la estrategia de De la Sota responde a una jugada más inteligente: por un lado, preservarse para intentar (nuevamente) presentarse como la figura del peronismo para disputar la presidencia en 2019, sin ningún revés electoral anterior (De la Sota no sólo perdió en las PASO del año pasado frente a Massa, sino que –según evaluaban en su entorno-- también podría haber perdido frente a Cambiemos si además del voto radical cautivo la coalición amarilla disputara las elecciones con el discurso de “la nueva política” frente a la vieja que gobierna desde hace dos décadas); por otro lado, y en relación con lo anteriormente mencionado, la jugada incluiría proyectar ya desde el 17 una posible figura para el recambio en la gobernación en el 19 (Llarllora no sólo puede ser la cara de la renovación del peronismo cordobés frente al discurso macrista de la vieja política, sino también la “cara joven” del cordobesismo frente al discurso radical, que en una de sus fracciones, viene promocionando la figura del actual intendente de la capital, el joven Ramón Mestre –hijo-- para disputarle al peronismo la gobernación en 2019).
Por eso para Ricardo Vissani (legislador provincial electo en 2015 por el kirchnerismo, actualmente integrante del bloque legislativo de UpC) seguramente lo que primará en el peronismo será priorizar la “estrategia cordobesista”, esa que “tan buenos resultados ha dado en las últimas dos décadas” (en concreto esto se expresaría en una fórmula de UpC como expresión local del peronismo y no del Frente Renovador). Para Vissani (principal dirigente provincial del Movimiento Evita), es probable que no se realicen internas y que se logre un acuerdo en el cual Llarllora encabece la lista, luego siga Alejandra Vigo (mujer del actual gobernador) y en tercer lugar un “hombre del delasotismo”. En ese marco, la fuerza dirigida por Emilio Pérsico buscará hacer pesar su desarrollo territorial, sobre todo en la capital, para obtener algún espacio dentro de las listas que les permita expresar sus propias posiciones. “Nuestra estrategia en este momento defensivo y tras la derrota electoral de 2015 es clara: unificar el peronismo frente a Cambiemos para que el macrismo padezca en Córdoba un revés político luego su gran triunfo en la última elección”, remata Vissani.
Cambiemos, por su parte, seguramente no se mostrará indiferente al accionar de De la Sota. Según trascendidos hasta el momento previo a que José Manuel declinara su postulación, el candidato amarillo para encabezar la lista iba a ser Héctor Baldassi, “La Coneja”, quien hizo su pasaje del ámbito de los deportes al de la política en 2013, cuando bajo el lema del animal hizo campaña sólo recordando que así lo apodaron durante los primeros años de su vida, porque su madre le había bordado una coneja en su bolsita del jardín de infantes. El ex árbitro de fútbol es uno de los cuatro diputados Pro, de los diez de Cambiemos (cinco son radicales y uno de la Coalición Cívica), sobre un total de 18 parlamentarios cordobeses. El Pro también cuenta con tres legisladores provinciales más seis aliados del Frente Cívico, que le suman nueve bancas a las 21 que tiene Cambiemos (11 son radicales) en la Unicameral, un número nada despreciable para una fuerza que tiene apenas unos años de existencia, frente a un partido centenario como la UCR.


Las tribus K
En la primera nota publicada por este cronista en Revista Zoom, hace ya casi un año, decíamos que el kirchnerismo en Córdoba se caracterizaba por su lógica de tribus.
Tras el pasaje del Movimiento Evita a Unión por Córdoba, primero, y luego del desprendimiento de un sector de La Jauretche que dirige el ex secretario nacional de Derechos Humanos Martín Fresneda, también hacia el oficialismo provincial, el kirchnerismo ha quedado aún más debilitado de lo que ya estaba, en una provincia en la que no pudo prácticamente hacer pie durante todo la “dácada ganada”. Las excepciones fueron dos: en 2011, cuando De la Sota bajó su lista y en 2013, cuando el Frente para la Victoria se posicionó como fuerza con la candidatura de Carolina Scotto, quien apenas llegó a cumplir un semestre como diputada y repentinamente renunció a la banca, cuando todos pensaban que sería la kandidata a gobernadora para disputarle el feudo a De la Sota.
En la actualidad este espacio cuenta con la personería para presentarse a las elecciones, pero está integrado por una cantidad numerosa de pequeños grupos y su presencia social es escasa, con excepción del Sindicato Único de Recolectores de Residuos y Barrido de Córdoba (Surrbac) y La Bisagra, histórica agrupación estudiantil de la UNC que hoy es parte de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) en alianza con otros sectores como Patria Grande, pero que tampoco se sabe con exactitud si jugarán en el plano electoral.
Por otra parte, bajo el nombre de Córdoba Podemos, el kirchnerismo cuenta con un bloque de cinco legisladores provinciales en la Unicameral: Fresneda, Vilma Chiappello, Liliana Montero (el alfil más lúcido del juecismo antes de que Luis Juez saltara trincheras hacia el macrismo), Carmen Nebreda y Franco Saillén, el hijo de Mauricio, secretario general del Surrbac, único sindicato en la provincia dirigido por un kirchnerista. Se dice que Mauricio podría “hacer jugar” el peso de su sindicato, el hecho de haber sido uno de los sectores que “más bancaron los trapos” cuando Scotto encabezó la lista del FpV en 2013 y el hecho de contar desde entonces con presencia territorial en determinados barrios, además de haber convocado el 6 de abril a la única movilización sindical que se realizó en Córdoba en el marco del paro nacional (junto a ATE, pero con una clara hegemonía de los basureros, cuyas banderas alegaban ser parte de la “CGT Nacional y Popular”).
En el Congreso de la Nación el kirchnerismo aún cuenta con dos de las tres bancas que obtuvo en la última elección (uno, Andrés Guzmán del Movimiento Evita) migró al bloque del Peronismo para la Victoria.
Por fuera de lo anteriormente mencionado, se encuentran otros actores kirchneristas, como Eduardo Accastello, quien permaneció al costado del escenario político en estos meses, seguramente intentando recuperarse del (otra vez) fracaso electoral de 2015. Para mucho, “Eduardo ya está jubilado”, pero en el peronismo nunca se sabe… Como sea, Accastello intentó en varias oportunidades, por dentro o por los bordes del PJ, disputar la gobernación, pero nunca le fue bien, más allá de haber sido elegido intendente de Villa María en 1999, 2007 y 2011 y haber logrado que fuera allí el único lugar de Córdoba en donde el kirchnerismo alcanzó mayoría en las elecciones de 2013.


Quien sí, aunque con un perfil bajo, se encuentra hoy mejor posicionado, es Martín Gill, compañero de fórmula de Scotto en 2013, cuando fueron ambos electos como diputados nacionales por Córdoba. Con 44 años Gill cuenta en su haber una trayectoria que se remonta a sus años de militancia en la Acción Católica, haber sido secretario de Gobierno de la Municipalidad durante la gestión de Nora Bedano (2003-2007) y haber resultado electo en 2015 Intendente de Villa María. Antes había sido dos veces rector de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), electo en 2007 y 2011, y luego secretario de Políticas Universitarias de la Nación y presidente del Consejo Interuniversitario Nacional. Quien alguna vez se definió como un “político con perfil académico” cuenta además con la carta bajo la manga de recordar siempre lo mucho que ha crecido la UNVM en los últimos años. Bajo su gestión como rector la UNVM llegó a “expandirse” a La Docta, abriendo una sede en la capital con carreras como Sociología o Ciencias Políticas, ausentes en la UNC. Pero hasta el momento, Gill parece proyectarse en silencio desde su rol en la gestión.
Respecto de los comicios que se avecinan, Martín Fresneda aseguró, en diálogo con Zoom, que durante estos meses vienen trabajando en la posibilidad de conformar un frente popular más amplio, con aquellos sectores progresistas que están por fuera del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) y que busquen romper el intento de polarización entre Cambiemos y UpC. “Hay que empezar a construir un programa provincial de un espacio plural, nacional y popular que pueda presentarse como alternativa para Córdoba”, aseguró el ex secretario de Estado. Lucia Galara, de Nuevo Encuentro, comentó por su parte que desde dicha fuerza política entienden que el FpV “debe ampliar su armado e incluir a sectores populares que hasta ahora no venía incluyendo”. También destacó que “las candidaturas del proyecto nacional y popular en Córdoba deben representar a los militantes que están en los territorios y a las jóvenes dirigentes del espacio”. “Vemos con preocupación que en todos los espacios políticos de Córdoba se privilegia siempre, a la hora de las candidaturas, a dirigentes de 50 años o más impidiendo el recambio generacional”.

La izquierda y más allá (o más acá)
Lo que parece estar en disputa, otra vez, es quien se queda con la novena banca. En 2013 ingresó el radical Diego Mestre, luego de que el FIT denunciara fraude. Entonces pudo haber entrado Liliana Olivero, referente histórica de la izquierda cordobesa. Hoy el FIT irá a disputar nuevamente ese lugar. Así lo confirmó a este medio Laura Vilches, del Partidos de los Trabajadores Socialistas (PTS), una de las tres actuales legisladoras provinciales de dicha fuerza. Este jueves, junto a Nicolás del Caño, lanzarán su pre-candidatura junto con la de su compañero Javier Musso. “En estos momentos se está avanzando en conversaciones a nivel nacional para lograr un acuerdo de los tres partidos que integran el Frente para tener listas unitarias”, sostuvo Vilches, quien agregó que de no sellarse dicho acuerdo competirán en internas en Córdoba con otros dos pre-candidatos: Ernesto Sala, del Partido Obrero (PO) y Olivero, de Izquierda Socialista (IS).

 
También desde las mismas coordenadas ideológicas, la Izquierda al Frente por el Socialismo, que nuclea a los partidos Nuevo MAS y Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), está juntando avales para intentar presentar sus candidatos.
En las antípodas de este espectro político se encuentra Tomás Méndez, un hombre de la televisión que tras realizar algunos emisiones de su programa ADN dedicado al narcotráfico se lanzó a la política, siendo elegido concejal de la ciudad de Córdoba por el Movimiento ADN, con el cual este año se presentaría (al parecer en alianza con el socialismo y otros espacios) como candidato a diputado nacional.
Finalmente Patria Grande busca hacer su debut electoral en la provincia. En una alianza establecida entre este movimiento (que tiene desarrollo sobre todo en el sector universitario dentro de la UNC y la UNVM) y con Martín Fierro (con base en la zona de Calamuchita y Traslasierra) y la Corriente La Colectiva (que se encuentra sobre todo en las zonas de Paravachasca, Villa María y Sierras Chicas), han lanzado ya la pre-candidatura de Cecilia “Checha” Merchán, histórica militante cordobesa que se inició en el otrora movimiento Patria Libre, que tuvo su paso por el kirchnerismo (fue diputada del FpV entre 2007 y 2011) y que, en los últimos tiempos, permaneció con su grupo trabajando las problemáticas y temáticas de género y diversidad sexual. En conversación con Zoom Merchán aseguró que están cerca de conseguir los avales para la personería jurídica de Patria grande y que vienen conversando con prácticamente todos los sectores políticos que se encuentran por fuera del bipartidismo (Cambiemos y UpC) y el FIT, en la búsqueda por construir un espacio amplio que dirima las candidaturas en las PASO. “Hablamos con el Frente para la Victoria y con cada sector del kirchnerismo en particular, con Unidad Popular que conduce Víctor De Genaro, con ADN”, aseguró Merchán, para quien todavía “está todo muy abierto respecto de las posibilidades de obtener la famosa novena banca, ya que dependerá de cómo se llegue a la elección, y hasta el momento ningún espacio es demasiado claro”. Finalmente, “La Checha” remarcó que “lo importante es construir una fuerza política pujante, no un flan que solo busque meter un diputado, porque lo que vayamos construyendo este año servirá de base para 2019, para forjar una identidad y un proyecto que dispute y se salga del lugar en donde De la Sota quiere colocar a todos los espacios, que es que vayamos todos diluidos en el peronismo o fragmentados”.


Cordobesismo al palo


Alexis Oliva, periodista con amplios conocimientos del peronismo cordobés, insiste en remarcar el hecho de que De la Sota sea no solo un gran orador, sino un político con carrera en la gestión y mucha experiencia política. “Por más que su proyecto neoliberal no sea tan diferente del que Macri está llevando adelante para el país y de que a De la Sota le haya ido mal en sus intentos por proyectarse nacionalmente, no quiere decir que no se repare en esta situación de que es el hombre que, desde hace veinte años, tiene la capacidad de hegemonizar todo el espacio político de la provincia. Algunos lo dan por jubilado, o por jubilarse, pero no estaría tan seguro”. Oliva, que supo ser secretario de redacción de la edición Córdoba del diario El Argentino, caracteriza José Manuel, permantemente, en términos futbolísticos. “Es un tipo capaz de gambetear todos los costos políticos”, dice, y recuerda que De La Sota sorteó los costos políticos del motín del penal de San Martín, en 2005 (la que caracteriza el “Cromañón cordobés”), y también del acuartelamiento policial de dciiembre de 2013, que tuvo dos muertos en la provincia, pero cuya situación desató una inestabilidad política que se cobró la vida de otras 18 personas en el resto del país. “Y al año siguiente lanzó su pre-candidatura en todo el país con el slogan Un país más seguro, un país más estable”.

*Nota publicada en revista Zoom.

martes, 9 de mayo de 2017

Un período de transición, caos e incertidumbre


Apuntes para repensar la coyuntura. Parte I: Análisis*


Por Mariano Pacheco

La nueva situación política mundial no hace más que poner en evidencia como se profundiza aún más la “crisis civilizatoria” que como humanidad venimos atravesando. La asunción de Trump en el gobierno de Estados Unidos abre un período de transición, caos e incertidumbre a nivel internacional del que ningún país puede sentirse ajeno en este mundo globalizado que habitamos.

 En América Latina, por su parte, el cambio de gobiernos muestra no sólo un claro avance de las gestiones de derecha, sino además los límites de los modelos “progresistas-neodesarrollistas”. Así y todo, el continente sigue siendo dentro de la geopolítica mundial el lugar más interesante respecto de la producción de novedades políticas. Pero se impone ahondar en un interrogante: ¿Cómo quedan las experiencias populares de cada país tras una década o más de este tipo de gestiones de Estado?
Las experiencias nacionales tienen cada una sus particularidades, pero en el trazo grueso, en ningún país los movimientos sociales de base se ven fortalecidos como para enfrentar la ofensiva conservadora en curso.
En Bolivia se ha quebrado el “pacto de unidad” que sostenía el respaldo de las principales organizaciones al gobierno de Evo Morales y García Linera, encontrándose en una situación difícil de permanente hostigamiento hacia la figura de Evo, con todo lo que simbólicamente implica (por ser el primer presidente indio del país). En Venezuela el proyecto chavista de “Comuna o muerte”, de avances hacia el socialismo se ve jaqueado día a día por la crisis económica y los embates de las derechas internas apoyadas por el imperialismo. En ambos casos, debería se posible, para las izquierdas, sostenerse en la incómoda y difícil situación de defender esos gobiernos ante los ataques de los poderes mundiales y sostener una distancia crítica que marque los errores cometidos y los límites que han expresado, cada uno a su modo, tanto el proceso de cambio boliviano como la revolución Bolivariana venezolana.
En Colombia sigue abierto el interrogante de qué pasará con los movimientos populares en el proceso de paz entre el Estado y las guerrillas que se viene abriendo, más allá del revés táctico padecido por las fuerzas revolucionarias tras la derrota del referéndum. Está claro, al parecer, que el proceso avanza en un camino hacia una “salida política” (y no militar) del conflicto, tras medio siglo de enfrentamientos en donde ninguna de las fuerzas en pugna pudo imponerse sobre la otra.
Finalmente, desde perspectivas totalmente diferentes, están esas dos experiencias (las más antiguas de este nuevo ciclo de luchas en el continente), que persisten a pesar de sus problemas: tanto el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), en Brasil, como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, siguen allí, con décadas de acumulación política. En el primer caso han tenido a la largo de estos años serias dificultades para establecer un nexo más orgánico entre las realidades del campo y la ciudad (aún rentando militancia y poniendo recursos para desarrollar nuevas organizaciones urbanas afines) y toda su apuesta por el Partido de los Trabajadores (PT) los ha debilitado, sobre todo teniendo en cuenta la crisis que atraviesa ese partido en los últimos tiempos, pero a su vez, siguen sosteniendo muchas de sus experiencias de autogestión y formación, y su intervención en el marco de La Vía Campesina Internacional es inigualable en términos de articulación mundial de experiencias populares. El zapatismo, por su parte, nunca pudo traspasar las fronteras del sureste mexicano, y su sostenimiento se ha producido en un contexto de exterminio y muerte generalizado en el país. Pero a pesar de no haber podido estructurar una salida para todo México (cómo han intentado en distintas oportunidades y han planteado desde su nacimiento), sí han logrado fortalecer interesantes experiencias situadas, y en los últimos tiempos, han mostrado una gran capacidad de renovación de sus bases a través de la incorporación de las nuevas generaciones y, sobre todo, han sido de los pocos que en el mundo insisten en la necesidad de discutir ideas, de poner en cuestión el sentido común capitalista.
En el medio, entre algunas de las políticas de Estado más de avanzada y las construcciones de autonomía desde abajo y a la izquierda, la articulación de Movimientos Sociales hacia el ALBA sigue siendo la herramienta de articulación continental más estable, duradera y con mayores condiciones de hacer efectivo un internacionalismo que empiece por trazar líneas de solidaridad e intercambio en la Patria Grande.
Más alejado en términos geográficos y de universos simbólicos, sin embargo, siguen pujando por sostenerse y ampliarse experiencias de poder popular a las que abría, tal vez, que prestarle más atención: el confederalismo democrático en el Kurdistán; la experiencia de la izquierda abertzale (país Vasco); Hamas en Palestina y Hezbolá en el Líbano se constituyen en cuatro experiencias de estudio vitales para repensar las políticas de transformación en el siglo XXI.


Cambiamos y nos fue como el orto, pero se abren nuevas perspectivas de lucha y organización
El primer semestre de Mauricio Macri en la gestión del gobierno nacional dejó a las organizaciones sociales y sindicales “culo al norte”, como se dice popularmente. Se dijo que había que pasar el invierno, y algo de eso hubo. Tras la ofensiva de despidos y precarización de la vida los sectores populares quedamos casi sin capacidad de reacción, pero luego de la “Marcha Federal” y la de “San Cayetano”, aparecieron con fuerza viejos movimientos corridos de la escena durante la década anterior, otros nuevos, más otros reconfigurados. Por otra parte, el mundo sindical, como era de esperarse, entró en un proceso de profundas mutaciones en gran medida por cómo se vieron afectadas las bases asalariadas por las políticas económicas del gobierno de Cambiemos. Incuso en algunos lugares se lograron reincorporaciones de despedidos, pero la tendencia de la ofensiva oficial era a “ir por todo” (despidos, suspenciones, reducción de personal, veto a leyes favorables a las empresas recuperadas, etc). El aumento de tarifas, la suba generalizada de precios y el estancamiento de los salarios genera cada día mayores descontentos sociales y el inicio del año con la pulseada del gobierno con el gremio docente pareció mostrar que, lejos de todo pronóstico por ser un año electoral, el gobierno está dispuesto a no ceder, e incluso, parece reafirmar posiciones mostrando vetas cada vez más autoritarias y represivas (represión en Panamericana el 6 de abril en el marco del paro nacional decretado por la Confederación General del Trabajo o la represión a los docentes que intentaron montar la “Carpa intinerante” frente al Congreso tres días después).
Así y todo, la capacidad de impugnación popular ante este acelerado y crecientemente proceso de ofensiva neoliberal ha ido creciendo. No es menor en este sentido el papel jugado por las y los trabajadores de la economía popular, que lograron tras la presión en las calles la Ley de Emergencia Social (que garantizaron “fiestas en paz” y “gobernabilidad” para el macrismo, es cierto, pero que también habilitaron una mayor capacidad de organización y movilización del sector). Tampoco fue menor el proceso abierto por las luchas de las mujeres: primero el masivo XXX Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, la convocatoria a un Paro Nacional de Mujeres después y finalmente el Paro Internacional de Mujeres, en clara continuidad con las grandes movilizaciones abiertas por la experiencia del denominado “Ni Una Menos”, que logró transformar esta histórica lucha en un inmenso movimiento social que no sólo dinamiza las discusiones de género en el conjunto social sino que mete presión a otras dinámicas (como las del sindicalismo machista y burocrático).
Respecto de la política más tradicional, la paralización del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) luego de las elecciones, la proliferación de apuestas electorales de izquierda (Frente del Nuevo MAS y el MST más otros varios armados de la “izquierda popular”), el corrimiento del Movimiento Evita a un “peronismo puro y duro” y la ausencia de inserción social de masas del kirchnerismo (que paradójicamente cuenta con la figura de Cristina con un piso de intención nada despreciable para ese tipo de armados), desplazaron la “oposición política” a las dinámicas del conflicto social (proceso que puede leerse en una serie que va desde las “Plazas de Kisiloff” y las “Caravanas en Defensa de CKK” hacia la proliferación de movilizaciones de docentes, estatales, comerciantes, precarios, etcétera).
Con el comienzo de la “carrera electoral”, en el que muchas fuerzas dedicarán mucha o toda su atención al tema, la conflictividad social y algunos planos de unidad en la lucha reivindicativa alcanzados hasta el momento pueden entrar en una meseta. En principio (y por principios), las diferencias en el plano electoral no deberían poner en riesgo las posibilidades de coordinación en otras dimensiones, pero suele suceder que una interferencia en un plano repercute sobre el otro.
Por otra parte, sabemos, los gobiernos se incomodan pero no se sobresaltan si las luchas reivindicativas quedan sólo allí. Por eso se impone pensar en políticas de articulación popular multisectorial más allá de las libradas por cada sector, en el camino de construir, alimentar, masificar y potenciar la resistencia popular antineoliberal.

*Nota publicada en el periódico Resumen Latinoamericano.

martes, 2 de mayo de 2017

Entrevista a Miguel Mazzeo


Cooke sigue siendo una figura herética, inaceptable, intolerable”


Por Mariano Pacheco


El historiador y ensayista Miguel Mazzeo repasa los argumentos que lo llevaron a, nuevamente, volver sobre la figura de John William Cooke para repensar la historia del peronismo, pero también las tareas de una política emancipatoria en la actualidad Latinoamericana.


Manuel reacciona al diagnóstico pesimista. Está convencido de que el tiempo muda”, escribió Miguel Mazzeo en el prólogo a El tiempo y sus mudanzas, última novela escrita por Manuel Suárez, publicada en 2004, momento bisagra de la Argentina. Mazzeo –nacido en 1966 en Lanús, donde se crió y donde actualmente reside-- ya había publicado para entonces varios libros: Volver a Mariátegui (1995), Cooke de vuelta (el gran descartado de la historia), y Textos traspapelados de John William Cooke, libros que compiló y presentó en 1999 y 2000, publicados -ambos- por la editorial La rosa blindada que dirigía José Luis Mangieri. También había publicado Dioses fracasados. Apuntes sobre los procesos de la globalización neoliberal (2003) y Piqueteros. Notas para una tipología (2004). Pasados los años el autor avanzaría en la línea de contribuir a la autocomprensión y autoproyección de los movimientos sociales emergentes (sobre todo aquellas organizaciones populares adscriptas a la denominada “corriente autónoma”), pero no por eso dejaría de releer y seguir estudiando a quienes al parecer se le presentaban como dos obsesiones: Mariátegui y Cooke. Sobre el primero volvió hace unos años, con su libro El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su pensamiento (Fondo de cultura económica, 2013) y sobre el segundo el año pasado, con El hereje. Apuntes sobre John William Cooke (El Colectivo, 2016). En el medio escribió su saga de ensayos ¿Qué (no) hacer? (2005) y El sueño de una cosa: introducción al poder popular (2007), junto con Poder popular y Nación. Notas sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo (2011) y Conjurar a Babel. La nueva generación intelectual argentina a diez años de la rebelión popular de 2001 (2012).
La inquietud por Cooke, sus lecturas durante los primeros años de su formación parecen haber marcado, dejado huellas. Sobre ese y otros temas conversamos en esta entrevista con revista Zoom.

Tus lecturas sobre Cooke han estado presentes desde muy temprano en tu formación. De hecho escribiste sobre él ya en los años noventa. ¿Por qué volver a Cooke ahora?


Creo que todo el tiempo me encontré volviendo a Cooke, ya que mi interés por él, como bien vos señalás, es de larga data. Incluso desde mucho antes de escribir, cuando comencé mi militancia, a principios de la década del ochenta. Y nunca fue un interés académico, sino político. Porque siempre pensé que en Cooke podía encontrar algunas de las claves para entender mi tiempo. Y creo que algunas encontré: las encontré en los ochenta y los noventa, pero también en los dos mil y ahora. Así que debo decir que su obra es permantemente revisitada por mí. Y no sé si diría que este momento tiene algo de especial en relación a los anteriores. Porque desde una perspectiva emancipadora su obra es insoslayable. Porque quien en la Argentina, concretamente, sostenga ideas en torno a un proyecto popular, liberador, necesariamente se encontrará con Cooke, tarde o temprano, es prácticamente una estación obligada. Tal vez sí, en los últimos años, algunos debates en torno a lo popular, a lo nacional, se hayan instalado con mayor fuerza nuevamente, y ahí Cooke –otra vez- tiene algo que decir al respecto.

La larga década que se fue tuvo una de sus improntas respecto de la reivindicación de figuras históricas ligadas al imaginario nacional y popular. Y si bien Norberto Galasso escribió ese voluminoso libro sobre Cooke, al parecer el “Gordo” no fue una de las figuras centrales de eso que se dio en llamar kirchnerismo… ¿O sí?

Comparto. Creo que lo que se produjo en los últimos años fue, simultáneamente, dos operaciones en torno a su figura. Estuvieron quienes intentaron rescatar al “joven Cooke”: el diputado, el que aun no es el precursor del peronismo revolucionario, un poco en contraposición al Cooke maduro. Y si bien yo no creo en las perspectivas evolucionistas, debo decir que hay, evidentemente, un proceso en el pensamiento de Cooke. Entonces, primero, tenemos esta operación, que como toda operación es arbitraria: rescatar al joven Cooke en contraposición del Cooke maduro que reivindica el socialismo. Por otro lado, lo que sucede es que predomina el olvido en torno a su figura, porque realmente creo que es una figura complicada, mucho más que otras, como Abelardo Ramos, o Juan José Hernández Arregui, que incluso estuvieron ligados al pensamiento marxista y que fueron de todos modos reivindicados durante la última década. Cooke sigue siendo una figura herética, inaceptable, intolerable.

 Si bien Cooke dio paso a la posibilidad de pensar en un peronismo revolucionario, lo hizo en un momento histórico determinado. Uno podría pensar que no siempre hubo condiciones históricas para pensar en un peronismo revolucionario. No sé si compartís, y en todo caso, te pregunto: ¿existen hoy condiciones históricas para que emerja algo así como una nueva izquierda peronista? ¿O esa denominación corresponde a un período histórico que ya está agotado?

Yo creo que ese período está agotado ya. Si el peronismo alguna vez albergó alguna potencialidad revolucionaria –y yo creo que efectivamente la albergó, y durante mucho tiempo- eso hace rato que no pasa. Podríamos tomar algunas fechas: Ezeiza, o la posdictadura. Como sea, creo que ya no, no alberga el peronismo de hoy potencialidades revolucionarias como sí lo hizo en las décadas del sesenta y del setenta, e incluso un poco antes. Es una perspectiva, obviamente, ya que es obvio que hoy hay muchas personas que piensan que sí el peronismo tiene posibilidades de regenerarse incluso al punto de articular una propuesta revolucionaria. Yo creo que eso hoy es inviable. El peronismo actual es un aparato, una gran maquinaria de poder más parecido al PRI mexicano que a otra cosa, y en el mejor de los casos lo que más puede dar es ser una administración progresista del ciclo económico, más cerca de una alternativa socialdemócrata que de una política revolucionaria.


Y desde esta perspectiva que señalás, pensando en el libro que escribiste: ¿pensas que le puede aportar algo a un militante peronista que todavía cree en esto que vos das por agotado o lo escribiste más pensando en otro tipo de lectores?

Yo creo que el libro trata de debatir con ese tipo de militancias, con quienes provienen de la corriente nacional y popular, quienes permanecen aún enrolados en las filas del peronismo, pero también con sectores de las izquierdas, con aquello que provienen de tradiciones que han negado históricamente a Cooke. Por eso yo hablo de Cooke como un hereje de dos iglesias: la peronista y la de izquierda, sobre todo de la más tradicional y dogmática. Porque negar la potencialidad revolucionaria del peronismo en la actualidad y tal vez de cara al futuro, no significa asumir esa condición en la mirada retrospectiva. Pero como decía el propio Cooke: si el peronismo no se convertía en una fuerza revolucionaria, la posibilidad de un final inglorioso estaba abierta. Creo que ese final inglorioso ocurrió. Pero insisto: respecto del pasado no, esa potencialidad revolucionaria existió. Entonces es interesante que el debate hoy siga abierto en ese sentido, respecto de los modos de interpretación de ese pasado, tanto con la izquierda (la más clásica) como con el peronismo, o las corrientes nacional-populares que no pueden digerir a Cooke. Porque el debate de fondo que se nos presenta es con qué imágenes históricas vamos a construir una política revolucionaria de aquí al futuro.

Bien, en ese sentido te preguntaría entonces si esto que decías no podría pensarse asimismo respecto de lo que pasó con la muerte de Fidel Castro, teniendo en cuenta el pasaje de Cooke por la Cuba revolucionaria de los años sesenta. 
 

Sí, bueno, evidentemente parte de esa izquierda (y digo una parte porque me vi sorprendido por posiciones que fueron históricamente críticas pero que al momento de su muerte no pudieron negar la talla de su figura), esos sectores tuvieron ante la muerte de Fidel la misma posición que tuvieron ante Cooke, o ante el Che incluso. Porque Cooke es un guevarista argentino, uno de los más importantes, sin por eso haber dejado de ser peronista. La forma de argumentar, la mirada que se tiene respecto de este tipo de figuras, son muy similares. Se les achaca lo que ellos consideran las mismas falencias. Siempre partiendo de alguna verdad prefabricada y negando los procesos históricos reales.

Por último y en función de esto último que venimos conversando, quería preguntarte sobre el trabajo crítico respecto del pasado, más allá de que tu labor está más ligada al ensayo que a la historiografía. Pero digo: tomando estos “Apuntes sobre John William Cooke” y toda la obra que has construido en torno al peruano José Carlos Mariátegui: ¿cómo consideras que juega un imaginario crítico del pasado en las actuales luchas de los movimientos sociales Latinoamericanos?

Bueno, en primer lugar tengo que decir que soy de los que creen que esos imaginarios son fundamentales. No pienso que se pueda construir una política revolucionaria, emancipatoria de cara al futuro, sin ellos. Y a veces creo que ese es uno de los déficit más grandes de las izquierdas, de aquellas que –para decirlo de un modo exagerado-- presentan un gran vacío entre la revolución rusa y la actualidad. Pero me parece que hay muchas organizaciones y movimientos que están intentando construir un imaginario propio. Y ahí no siempre aparecen las grandes figuras mas que en los procesos, en los momentos en donde el pueblo fue el gran protagonista. Y ahí en todo caso el gran hombre, la gran mujer, cobra peso si está asociada a un proceso popular. En ese sentido Cooke tiene mucho que aportar. Porque fue alguien ligado a un gran proceso de resistencia popular, como lo fue la resistencia peronista y una figura ligada a las bases. Y de la mano de esto hay que decir que los imaginarios históricos deben estar en relación con los nuevos imaginarios. Porque de nada sirve traer al presente un imaginario que fue eficaz hace treinta o cuarenta años para trasladarlo a la actualidad. Parece que hay mucho que desde hace cuarenta años escriben el mismo libro. De lo que se trata en todo caso es de recrear, porque finalmente, recrear es crear.

*Nota pulicada en revista Zoom.


miércoles, 26 de abril de 2017

Albertina Carri: entrevista sobre Cuatreros


Albertina Carri conversó en La luna con Gatillo sobre su último film 


Por Mariano Pacheco, La luna con gatillo*


Son 83 minutos que funcionan como un “cross a la mandíbula”. Cuatreros, el último film de Albertina Carri, estuvo una semana en cartelera en el Cine Club Hugo del Carril de Córdoba (en medio del fin de semana de feriados santos) y dejó la sensación de que se merecía más: más tiempo para volver a verla, más tiempo para poder recomendarlo y que otras personas pudieran verlo. 
 
Como sea, después de casi una década Carri retornó, y recargada.
Si con Los rubios (2003), Albertina venía a cuestionar o evidenciar los usos estereotipados de la memoria, si venía a hacerse un lugar generacional en la trama cinematográfica nacional, con Cuatreros reafirma su posición y deja ver que hace valer el hecho de haber dejado pasar el tiempo para entretejer su obra. Una película cuidadosamente construida desde lo estético, ácida y severa desde lo político y totalmente comprometida desde lo existencial, da paso a un tríptico en donde la historia de sí misma vuelve a entremezclarse con la de su padre, la del cine, y la del país. Una pantalla y varias imágenes en simultáneo. Una poética que hace de los fragmentos el modo de contar una historia (de terror). Viajar al Chaco tras las huellas del personaje; viajar a Cuba tras las huellas del film supuestamente “encanutado” en unas cajas dentro de un archivo cinematográfico en “La Isla”; viajar a través de la lectura en búsqueda de la historia del autor de Isidro Velázquez: las formas pre-revolucionarias de la violencia (1968).

La historia de una película (sobre Isidro Velázquez) desaparecida, un director (Pablo Zsik) desaparecido, un escritor-padre desaparecido (el sociólogo Roberto Carri) se entremezclan en esta historia cuya imagen neurálgica es la del rebelde correntino, a partir de quien se problematizará la historia de la violencia política en el país, cómo ésta afectó de manera directa y brutal a la generación militante de los sesenta y los setenta (ensayista y director desaparecidos eran cuadros montoneros), pero también, cómo el terrorismo de Estado sigue siendo una huella, una herida, una marca que no cicatriza en la posdictadura. “Me tiraron un camión de muertos encima y me dijeron: ´vos fijate´”, puede escucharse decir a Albertina Carri en el film, cuando evoca un diálogo con el crítico cultural Daniel Link a propósito de la “historia trágica” que nos atraviesa, a las argentinas y argentinos en general, y a la realizadora en particular, quien no deja de hacer una autoreflexión, sobre ella como directora, como hija de detenidos-desaparecidos, como pareja, como madre, como “contratista de una niñera paraguaya”.

Un film sin concesiones, que fue cerrado en un momento bisagra del país (del continente, del mundo…) y que tal vez por eso no deja de evocar preguntas problematizadoras. “La derecha peronista le entrega el poder a su prima-hermana: la derecha neoliberal”, se escucha al final de la película, haciendo estallar por los aires el discurso-progresista-de-la-década-ganada.
Sobre estos y otros temas hablamos con Albertina Carri en esta charla que mantuvimos desde La luna con gatillo.
Escuchá la entrevista acá:

*La luna con gatillo: una crítica política de la cultura. @GatilloLuna en Twitter. La luna con gatillo en Facebook y Canal de Telegram. Y ahora también Fanzine digitalhttps://lepondregatilloalaluna.blogspot.com.ar. 

martes, 25 de abril de 2017

El secretario de Derechos Humanos de CTEP, Lito Borello, habla en La Luna con gatillo*


Este gobierno es una tiranía institucional. 
No tiene contradicciones ideológicas ni de clase”

Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)

Llevado a juicio por haber protagonizado la toma de la Comisaría 24 de La Boca en 2004, luego del asesinato de su compañero Martín “Oso” Cisneros, hoy Lito Borello recuerda que tras la presión ejercida lograron que se detuviera al asesino Juan Carlos Duarte, tenía fuertes vínculos con la comisaría que lo protegía

 

El pasado miércoles 19 de abril el dirigente social Lito Borello fue sentado por primera vez en el banquillo de los acusados de la “justicia” argentina, junto con Luis D’ Elia y Luis Bordón. El inicio del juicio oral en su contra, consideran las organizaciones populares, es un claro intento por continuar criminalizando la protesta social en el país.
En esta entrevista con La luna con gatillo Lito Borrello repasa los motivos por los que son llevados a juicio (la toma de la comisaría 24 de La Boca en junio de 2004) y el trasfondo de dicha medida de fuerza: el asesinato de Martín “Oso” Cisneros, en la madrugada en que se cumplían dos años de la “Masacre de Avellaneda” en la que fueron asesinados los jóvenes militantes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. 

Para Borello --Coordinador de la Organización Social y Política Los Pibes y Secretario de Derechos Humanos de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP)-- este juicio es una nueva embestida contra las organizaciones populares que resisten las políticas neoliberales del macrismo y no hace más que confirmar su postura respecto de que Cambiemos es un gobierno que, por más que haya sido elegido por el voto, no es más que una “tiranía institucional”.
El dirigente social, con una larga trayectoria de militancia en la zona sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, repasa en esta nota la historia reciente de las luchas populares en la Argentina:
Escuchá la entrevista acá:
https://ar.ivoox.com/es/movimientos-sociales-entrevista-a-lito-borello-la-audios-mp3_rf_18306467_1.html


*La luna con gatillo: una crítica política de la cultura. @GatilloLuna en Twitter. La luna con gatillo en Facebook y Canal de Telegram. Y ahora también Fanzine digitalhttps://lepondregatilloalaluna.blogspot.com.ar. Coordinación Resistir y Luchar junto a Resumen Latinoamericano, Revista Venceremos y F.M Riachuelo.

lunes, 17 de abril de 2017

Políticas represivas en la era macrista


De piquetes a docentes, la política represiva en la era Macri propone una serie de interrogantes: ¿se trata de una apuesta que juega con fuego o es el producto de un nuevo consenso social?
Por Mariano Pacheco*

Primero fue la aprobación del “Protocolo de la Pato Bullrich Luro de Pueyrredón”, y la sensación en amplios sectores políticos de que, al igual que la Ley antiterrorista aprobada en los años kirchneristas, estaría ahí pero no sería utilizada. Luego vino la primera huelga general convocada por la CGT contra el gobierno de Cambiemos y el despeje de la Panamericana de los “díscolos” que ese 6 de abril quisieron hacer “activo” el paro cegetista. Tres días más tarde los docentes de la CTERA fueron sacados a palazos y gas pimienta de la Plaza situada frente al Congreso de la Nación (que culminó con cuatro “gremialistas” --según Clarín-- detenidos), cuando intentaban instalar una Carpa (una “Escuela itinerante”) como forma alternativa a la huelga y la movilización, medidas de fuerza probadas sin suerte hasta el momento y atacadas por el presidente Mauricio Macri por considerar que “carecían de creatividad” e insistían en métodos que no daban resultados positivos. En el medio sucedió el violento episodio de Lanús, cuando de policías de la Bonaerense reprimió en un comedor del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), producto del cual una mujer embarazada que fue baleada perdió a su primer bebé. Ejemplos de los más notorios de una realidad que parece imponerse como dinámica más allá de los hechos aislados.


Un gobierno de gente como uno
Según Ileana Arduino, del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP), asistimos a un tiempo en el cual hay una “decisión explícita” del de la gestión Cambiemos de utilizar la fuerza para reprimir la protesta social, que se asienta “en la recuperación de una memoria que tuvo una fuerte interrupción durante la década anterior y que hoy es fogoneada como un instrumento clave dentro del elenco de políticas desplegadas por este proceso de gobierno”. Para Arduino, no podemos dejar de poner en relación lo que considera una “escalada represiva” con el decreto que declara la emergencia en seguridad, que pone el foco en una “retórica de guerra contra el narcotráfico”. “La escalada represiva en torno al conflicto social debe ser vista como una escena que está precedida por la criminalización utilizada como estrategia de demonización”, asegura, en una ecuación que tendría su punto de partida en la demonización de lo criminal hasta llegar a una suerte de equivalencia entre lo político y lo criminal, pasando antes por la criminalización de lo político.
Manuel Tufro, del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), por su parte, subraya en este diálogo con Zoom que les resulta “preocupante” la “escalada represiva” a la que asistimos en los últimos meses, y caracteriza que en estos momentos se cruzan “razones ideológicas” con otras “de coyutura” en esta apuesta del macrismo de tratar de instalar la idea de que “toda protesta está fuera de la ley”. “El sustrato ideológico se corresponde con esta cosmovisión de mundo que tienen en la gestión Cambiemos, que no ven a la protesta como un hecho de la democracia sino como un mal a erradicar, cuestión que se cruza con una estrategia electoral que parece consistir en realizar un pasaje del discurso de que son un gobierno del diálogo y de todos los argentinos a un gobierno de algunos, que deja en la ilegalidad a quienes se le oponen”, comenta Tufro, y puntualiza que se ha pasado de determinadas estrategias de represión puntual (como la de los manteros en Once) combinadas con apuestas por el diálogo (como por ejemplo en torno a la Ley de Emergencia Social) a una estrategia general de represión, donde incluso se ponen en entre-dicho derechos elementales, como el derecho a huelga.


Rosario siempre estuvo cerca
No parece estar tan lejos la cosmovisión propugnada por Cambiemos a nivel nacional de la que vienen sosteniendo los socialistas en Santa Fe, en general, y en Rosario, en particular, así como los puntos de contactos entre las políticas provinciales y locales que hoy rigen aquellos pagos tampoco estuvieron tan lejos del último kirchnerismo (particularmente de la “gestión Berni” durante el gobierno de Cristina Fernández). Algo de eso comenta, en diálogo con este medio, Eugenia Cozzi, becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), quien destaca el “endurecimiento de las políticas de seguridad pensadas en términos policiales”. Cozzi, que integra la Cátedra de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), recuerda asimismo que el abandono del modelo de seguridad democrática que hoy con Mauricio Macri es total, ya había comenzado a dejarse a un lado en 2013, cuando Sergio Berni era secretario nacional de Seguridad, el mismo año en que se crea la Policía de Acción Táctica (PAT) en Rosario, que tuvo su “bautismo de fuego” con el asesinato de Jonathan Ferreyra (un joven de 24 años acribillado a balazos en el barrio Tablada) y que hoy se encuentra entre las más denunciadas por casos de violencia, junto con el Comando Radioeléctrico. “La PAT tienen un formación para la guerra, y caracterizan a los sujetos y a los territorios en función de esa mirada”, comenta Cozzi. Y luego agrega: “esta habilitación de prácticas violentas por parte de la policía hoy son mucho más graves que en años anteriores, pero vienen desde entonces. Antes, por ejemplo, el trabajador era un límite. Hoy se actúa sobre los trabajadores estatales, o se reprime en el contexto de un cortejo fúnebre”, resalta la investigadora, para quien hoy la provincia “está cerca de llegar a los números alarmantes de 2001 respecto de las muertes y los casos de violencia ejercida por la policía contra los pibes”. También insiste en que en esta clave hay que leer propuestas como la baja de edad de imputabilidad y otras iniciativas similares, en las que si bien con matices, el alineamiento de los gobiernos de Rosario y Santa Fe respecto del gobierno nacional son muy claros. “Se construye escenarios policiales basados en estas concepciones de ‘guerra contra el narcotráfico’ que claramente después podrían ser utilizados como escenarios similares respecto de situaciones de crisis social”, remata Cozzi.

La Docta policializada
Para el abogado Sergio Fernando Job no hay que olvidar que, si bien hay matices en el cambio de gestión de José Manuel De la Sota a Juan Schiaretti, no solo hay un mismo partido en el gobierno (Unión por Córdoba, versión local del Justicialismo), sino “una continuidad de casi veinte años en una misma política de seguridad, que tiene que ver con una concepción de policilización, más allá del rotundo fracaso de estas políticas”. Para Job (que también es investigador del Colectivo universitario El llano en llamas), no puede obviarse que la provincia está siendo gobernada por el “Partido Cordobés”, “mafias que exceden al peronismo y al radicalismo” y que están ligadas al agro-negocio y los sectores inmobiliarios, que son los que promueven las políticas de “control territorial” por medio del narcotráfico y la policía, que no es más que la “columna vertebral de esta estructura mafiosa”. En este sentido, el abogado del Colectivo jurídico Deodoro Roca destaca que Córdoba viene siendo una “ciudad-laboratorio” donde se ensayan políticas de seguridad, como la que ahora puede percibirse con la creación de la División Antiterrorista, en una provincia donde no existen ni antecedentes ni hipótesis de conflicto que tenga como protagonista a lo que denominan el “terrorismo internacional”, pero que sí está en consonancia con “algunas luchas sociales que se protagonizan en otras zonas del país, como los mapuches en el sur y que son caracterizadas como terroristas, o con decretos como el firmado por Mauricio Macri el año pasado, que autoriza al Ejército Norteamericano a ingresar en territorio nacional en caso de acciones terroristas. Esto que parece alarmista no podemos dejar de leerlo en clave de lo que sucede en Córdoba, una provincia donde crece la pobreza y la indigencia de amplias franjas de la población y donde se incrementan asimismo las luchas sociales y ese no-lugar al que el poder pretende destinar a estos sectores. La tendencia es clara: la criminalización se desplaza cada vez más desde los pobres en general a los pobres y otros sectores sociales que luchan y vienen o se están organizando”.
El caso Córdoba podría leerse en serie con el decreto que declaró la emergencia en seguridad en el país y que permite a los distintos gobiernos (nacional y provinciales) a modificar el destino de partidas presupuestarias sin ningún tipo de control. Sin ir más lejos, luego de la creación de la División de Inteligencia Antiterrorista a cargo del Subcomisario Guillermo Brunas (dependiente de la Dirección General de Investigaciones Criminales de la Policía de Córdoba capitaneada por Alejandro Mercado) la Secretaría de Administración Financiera habilitó la posibilidad de adquirir, a través del mecanismo de subasta electrónica, distintos gases “antidisturbios”, entre ellos, gas lacrimógeno y “gas irritante”, más conocido como “gas pimienta”, el mismo que utilizó la Policía de la Ciudad de Buenos Aires el domingo 9 de abril para reprimir a los docentes frente al Congreso.
No está demás recordarle al lector de estas líneas que, desde fines del año pasado, se han acentuado los pedidos de orden propagados desde los medios hegemónicos de comunicación. Sin ir más lejos, en diciembre de 2016, el abogado Raúl Faure vociferaba desde las páginas del diario La voz del interior (Grupo Clarín, ex La Nación), que había que cortar con ese padecimiento de la “patria piquetera” (como antes se había padecido la “patria de Evita” y la “patria sindical”) y se refería al piquete (modo típico de protesta social protagonizado por los sectores más humildes) como método utilizado por los “grupos neofascistas” previo al “asalto del poder”.

El sublime encanto de los mass-media
Para el abogado platense Esteban Rodríguez Alzueta, las declaraciones de funcionarios del gobierno nacional respecto del conflicto social y posibles salidas represivas ante los mismos, constituyen una “pirotecnia verbal” para nada inocente, ya que “constituyen incentivos políticos que legitiman el uso de la fuerza”. Alzueta, que además de docente e investigador universitario es integrante de la organización de derechos humanos Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ), destaca que en la gestión Cambiemos saben que no hay represión sin consentimiento social. “El gobierno está creando condiciones de aceptación de la represión a través del periodismo empresarial. Ya sabemos que el periodismo, a través del tratamiento escandaloso y desigual sobre las protestas sociales, tiene la capacidad de enloquecer a los argentinos. Ese consentimiento que recluta a través de la prensa leal, va siendo testeado cotidianamente a través de sus consultoras que encuestan el malhumor de la ‘gente’. El gobierno está buscando ese punto de apoyo, cuanto más amplia sea esa adhesión, mayor será su capacidad de fuego”. El ensayista también pone el foco en el hecho de que “el consenso que necesita el gobierno no es un racional sino afectivo”, y aclara que ese consenso puede detectarse “en la indignación de los transeúntes, automovilistas y la ‘vecinocracia’ que no termina de entender que, en una democracia, la calle es mucho más que un espacio de circulación, porque se constituye en un espacio de reunión y de expresión colectiva”, porque en una democracia -subraya- de lo que se trata “es de discutir y decidir entre todos como queremos vivir todos”. Y remata: “la represión, entonces, encuentra su punto de apoyo también en los micro-fascismos que reconocemos en los clisés que propalan periodistas como Baby Etchecopar y Eduardo Feinmann, Alejandro Fantino, Fernando Carnota, Edgardo Alfano, Débora Pérez Volpín, Débora Plager, Joaquín Morales Solá, Nicolás Wiñazki, María Laura Santillán, Alfredo Leuco, Florencia Etcheves, Luis Majul y tantos otros”.

La política represiva del Estado en el cruce de temporalidades
En dos meses se cumplen 15 años de la denominada “Masacre de Avellaneda”, el trágico hecho represivo que se cobró las vidas de los jóvenes militantes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, pero también, la continuidad del presidente interino Eduardo Duhalde al frente del Ejecutivo, quien tuvo que sepultar sus ansias de presentarse como candidato para continuar en el sillón de Rivadavia pero elegido por el voto popular. En otro orden de cosas algo similar le pasó al radical Fernando De la Rúa, cuando el combo de decretar el Estado de sitio desató la protesta del 19 de diciembre de 2001, primero, y paso seguido la represión ejercida por la división montada de la Policía Federal sobre las Madres de Plaza de Mayo desató las primeras furias del día 20, que horas después devendría en insurrección. Al parecer, aquellas jornadas de diciembre quebraron las huellas del terror dictatorial presentes en democracia y las de junio, marcaron el límite de las políticas represivas del estado que la sociedad argentina estaba dispuesta a tolerar. “Con este crimen comienza la fase autoritaria del régimen”, declaró entonces una sorprendente lúcida Lilita Carrió. Pero dicha fase se vio abortada luego del 3 de julio, tras la reacción popular ante los asesinatos y la secuencias de fotografías mostradas en televisión, donde podía verse con claridad que había sido la policía quien había disparado sobre los jóvenes militantes, que murieron asesinados por las balas del Estado y no por una “interna piquetera”, como vociferaron entonces los medios hegemónicos en durante aquellos tenebrosos días (con Clarín a la cabeza) en consonancia con las declaraciones de la primera línea de funcionarios nacionales y de la provincia de Buenos Aires. Desde entonces hubo protestas que fueron reprimidas en Argentina, y también hubo muertos, pero el discurso esgrimido desde la cima más alta del Estado nacional se basó en una política más bien intimidatoria que represiva. Primero Néstor Kirchner y luego su esposa Cristina Fernández comprendieron cabalmente lo que el 20 de diciembre de 2001 y el 26 de junio de 2002 habían implicado para la subjetividad de los argentinos (y las argentinas) y no estaban dispuestos a tener que dejar la Casa Rosada en helicóptero o tener que adelantar las elecciones a tener que acortar sus mandatos producto de una crisis política surgida tras una represión. ¿Habrá tomado nota Mauricio Macri de esta historia reciente de la patria o es precisamente porque tomó nota de ciertas sensibilidades securitarias que se incrementaron en los últimos años que actúa como actúa?
La pregunta permanecerá abierta durante los próximos meses, y su respuesta pondrá a prueba seguramente las reservas antiautoritarias que como pueblo supimos conseguir.

*Nota publicada en revista Zoom.