jueves, 27 de diciembre de 2012

El devenir ensayo de la filosofía política: una pasión argentina


Por Mariano Pacheco. Lo impropio, el libro de Diego Tatián recientemente publicado por la Editorial Excursiones, reúne diez ensayos en los cuales el pensador cordobés aborda distintas aristas sobre la política y la cultura argentina contemporánea. 



Alguna vez, el filósofo francés Gilles Deleuze escribió que la filosofía era el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos. “Crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la  filosofía”, decía. No sin aclarar que los conceptos nuevos “tienen que estar relacionados con problema que sean los nuestros, con nuestra historia y sobre todo con nuestros devenires”. Algo de todo esto, sospecha este cronista, está presente en los ensayos de Tatián. Textos que transitan todo el tiempo por el comentario y análisis de los abordajes teórico realizados por las grandes figuras del pensamiento occidental (desde Aristóteles, Kant y Nietzsche, hasta Heidegger, Arendt y Rancière, por mencionar a los más destacados), así como también por los problemas políticos y culturales más candentes de nuestro presente nacional. Y ahí radica una de las claves de este libro. Porque inscripto en un ya extenso legado, se propone (con éxito), presentar una diversidad de temáticas, muchas de ellas con una importante densidad teórica, sin por ello renunciar a la ligereza de una escritura que hace de la mezcla una marca de identidad. ¿No es acaso esa una de las características de la “filosofía argentina”? ¿No es acaso el ensayo el texto privilegiado para reflexionar, pensar, convidar lecturas, promover debates, iniciar polémicas y conversaciones?
Y este libro sí que sabe entablar diálogos con sus lectores, por más que a veces sea de manera solapada. Es que en su intento por pensar temas como la igualdad, la verdad, el posible diálogo con los muertos, la relación entre la validación de los testimonios y la interpretación de los hechos, la narración de la historia y lo irrepresentable de la experiencia, la potencia de la democracia y el papel de los mitos en las construcciones políticas, entre otros nudos problemáticos abordados, el autor logra hacernos parte de esa comunidad de los sin comunidad, de esa patria de iguales a la que declara como el “reino de los raros”.
Tal vez por eso la presentación del libro, organizada por la editorial hace pocos días en la ciudad de Buenos Aires, no fue estrictamente una presentación, sino una conversación entre el autor y Eduardo Rinesi, otro raro pensador de los temas candentes de la escena (nacional) contemporánea. Allí Rinesi comentó con entusiasmo que, al leer el libro, se dio cuenta que gran parte de las problemáticas que Tatián abordaba en esos breves diez ensayos, ya las conocía: las había escuchado, de boca del propio autor, en las jornadas de filosofía política que año a año se realizan en Córdoba. Jornadas que caracterizó como “un espacio de amistad para reflexionar sobre esos temas”. Temas diversos, como ya se ha dicho.
Seguramente por el momento que atravesamos como país, la de la democracia sea la más relevante de todas las reflexiones abordadas. Definida como la “vertiginosa experiencia de una incertidumbre radical”, recuperando los planteos de Claude Lefort y como “producción de espacios insulares de otra comunidad”, rescatando a Jaques Ranciére, Tatián se interroga por las pasiones y no sólo por las razones de la democracia. Planteos, todos estos atravesados por una línea común: la pregunta spinozista por lo que puede un cuerpo, en este caso, un cuerpo social (¿podría ser de otra manera, teniendo en cuenta la cantidad de libros en los cuales el autor aborda la vida y la obra de Spinoza?). “Empleo aquí la palabra democracia” –insiste Tatián– “para designar la decisión común de mantener abierta la pregunta que interroga por lo que los cuerpos y las inteligencias pueden –ser y hacer–, y de establecer una institucionalidad hospitalaria con la fuerza de actuar, pensar y producir significado con la que cuentan los seres humanos”.
En fin, la pregunta por las posibilidades de gestar comunidades inéditas que pongan en común lo que no es común es una pregunta filosófica clave de nuestro presente. De allí que sus reflexiones y afirmaciones sobre la democracia resulten un aporte novedoso para pensar nuestros problemas, nuestra historia y nuestros devenires, tal como sugería Gilles Deleuze.

martes, 11 de diciembre de 2012

Charla-debate: "Política de la Memoria"


Presentación del anuario 2012 de Lucha Armada y del proyecto Montoneros Silvestres 
Con Sergio Bufano y Mariano Pacheco



Jueves 13/12- 20hs. Santiago del Estero 866, Constitución. Casa popular Darío Santillán.

Organiza: Colectivo SurAlterno-FPDS Capital.

jueves, 6 de diciembre de 2012

FALLECIÓ UN GRANDE DEL TEATRO POPULAR ARGENTINO Y LATINOAMERICANO


SE NOS FUE EL COMPAÑERO COCO MARTÍNEZ



Después de pasar por una grave operación que intentó frenar la voracidad asesina de un cáncer, falleció en Misiones, donde residía actualmente ese grande del teatro popular latinoamericano, que se llama Humberto Coco Martínez. Un hombre que hizo del teatro un arma de combate y supo gatillarla hasta el final. 
Nunca mejor dicho que Coco Martínez, murió con las botas puestas. Venía de actuar, junto con su inseparable compañera Jorgelina, en el Centro Cultural Rosa Luxemburgo, en San Telmo, donde interpretó fragmentos de textos escritos por otro escritor inmenso, como fue Leónidas Lamborghini. 
Allí, quienes tuvimos la suerte de reencontrarlo, disfrutamos de su forma de contar dolores y alegrías, con una contundencia implacable, cuando le tocó referirse a los poderosos y a los genuflexos que se arrodillan ante ese Dios desalmado.
Coco Martínez fue un ser hermosamente digno, y como tal lo vamos a recordar cuando evoquemos a los que cayeron luchando. Sin duda, su combate aún está inacabado. Por eso lo despedimos con un Hasta la Victoria siempre. Un abrazo fuerte, compañero, de todos/as los/as que hacemos RESUMEN LATINOAMERICANO.

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Mensaje de Carlos Aznárez y María Torrellas a Jorgelina, compañera de Coco


Querida hermana.
Que dolor  sentimos, da bronca que se vayan los que luchan, los que dan vida, los que toda su existencia la dedicaron a la solidaridad con los de abajo.
Sin embargo, hay que pensar que nuestro coco se dio el gusto de irse peleando hasta último momento, de pie, en su habitat elegido, cuando con vos se lanzó a la gran patriada de concientizar en medio de la quiroguiana selva, porque allí también hay patria, aunque nos duela.
Aun lo recordamos y lo estamos viendo cuando vinieron a recordarnos la poética de Lamborghini, con su risa tierna y su mirada potente, lleno de ideas, de ganas, de coraje anti-oligárquico, antiimperialista.
coco, no lo tengas duda, vivirá en el pensamiento de todos y todas aquellas que un buen día se suban a un escenario improvisado y emprendan como él, como vos, la aventura de embestir contra el poder haciendo reír, haciendo llorar.
Un abrazo compañero coco, y hasta la victoria siempre.
Otro abrazo para vos, Jorgelina, que estuviste con él en las buenas y en las malas.



Entrevista a Humberto Coco Martínez, director de teatro, escritor, ensayista, escenógrafo y militante a lo largo de su vida       


Por Ezequiel Álvarez, para Revista La Maza-Martes, 18 de Octubre de 2011.

Director de teatro, escritor, ensayista, escenógrafo y militante, a lo largo de su vida, Coco Martínez, ha sabido llevar su compromiso a disímiles latitudes en donde la clase oprimida necesita una voz y luchar contra el régimen. Ayer fueron Bahía Blanca, Neuquén, California y México. Hoy, su casa, sus sueños y su vida están en el medio del monte misionero, en donde abrió una biblioteca y día a día busca resistir pese a la lluvia de desidia y la vergüenza de una clase política ausente.
Desde los orígenes
-LM: Humberto ¿Cómo te enamoraste del teatro?
-HM. Mi primera relación, inconsciente, con el teatro debe haber sido, de pibito, al dormir pegado al escenario en los ensayos donde participaba mi viejo, al cual admiraba. Después siendo más consciente en los registros: fui de la comedia al grotesco, al drama y la tragedia. Pero creo que todo el arte contribuyó a mi amor por el teatro, aunque lo que más amé fue la poesía. El teatro le dio forma a mi visión espiritual en una ficción que no era mentira sino otra realidad construida a la medida de mis ideas; una poética.
-LM:¿Cómo fue tu infancia?
-HM: Nací en Carmen de Patagones. Mi padre llegó allí como trabajador del "Ferrocarril del Sud". Antes recorrió el país como trabajador golondrina. Ingresó al ferrocarril como mi abuelo, que fue también anarquista y terminó muerto por una máquina en el puerto de Ingeniero White. Cuando tenía un año, mis viejos se trasladaron a Tandil y allí transcurrió mi infancia en un hermoso clima: un hogar donde se cantaba mucho, se recitaba y narraba. Ese orden se rompió cuando mi padre, también anarco y miembro de la Fraternidad, participó como dirigente de una huelga ferroviaria en el año 1951 contra Perón y quedó cesante. A partir de ese momento tuvimos vigilancia policial ya que mi viejo estaba en algún lugar de las sierras. Eso me marcó mucho, tanto como las charlas de sus compañeros respecto a su pertenencia a la clase trabajadora. Su sentido de justicia, responsabilidad y compañerismo se concretaban en una acción: la huelga. Aquellos relatos se daban en encuentros y también en el grupo de teatro "Alborada", en el salón de la Fraternidad, donde mi viejo actuaba, cantaba y tocaba la guitarra.
-LM: Esa figura de tu viejo anarquista ¿te determinó políticamente?
-HM: A lo largo de mi vida tuve vínculos con compañeros y compañeras que provenían de distintas organizaciones o independientes. Conocí anarquistas, de quienes aprendí lo que practicaban: anticipar la utopía, es decir vivir y luchar como comunistas sin esperar que la sociedad cambie para serlo. Otros fueron marxistas de quienes tuve mucha influencia en su rigor, compromiso y conocimiento. Otros fueron cristianos. Otros, peronistas que lucharon y dieron su vida por la causa del pueblo. Pienso que la historia no es lineal y no hay un solo camino para liberar al ser humano de la opresión. Me defino en mi deseo más profundo, que es una sociedad sin dioses ni patrones: una sociedad sin clases, de hermanos y hermanas.
-LM: Una de tus obras más recordadas fue la Cantata Santa María de Iquique. ¿Cómo se gestó?
-HM: Cuando se dio la experiencia de Allende en Chile viajé con el propósito de conocer y participar en ese proceso. Me inscribí en los trabajos voluntarios y, al enterarse los compañeros de que era un hombre de teatro, me dieron la dirección de un grupo perteneciente a la FECH (Federación de Estudiantes Chilenos). Con ellos, recorrimos tres provincias: Bio Bio, Malleco y Cautín. Entonces escuche el disco de la Cantata Santa María de Iquique por el grupo Quillapayun con textos de Luis Advis. Me conmovió por su paralelismo con las masacres obreras de la Patagonia. Alentado por mi maestra Susana Zimmermann, comencé a trabajar en la idea de la puesta. Decidí que los actores debían ser los protagonistas de la historia: los mismos obreros. Al volver a mi tierra comencé a convocar a obreros de una fábrica textil, obras en construcción, empleadas domésticas y estudiantes (en total unas 60 personas), con quienes concretamos la idea en el Centro Cultural de Viedma a sala llena y con la especial asistencia de Arturo Jauretche. Así comenzó este movimiento, que, incluso aportó al fondo de huelga cuando hubo conflicto en la fábrica y los obreros la cantaban enfrentando a la patronal.
-LM: ¿Se puede reeditar una experiencia de integración actoral como la que hiciste con la Cantata Santa María de Iquique o eso es cosa del pasado?
-HM: El contexto histórico es distinto, pero de hecho, pudimos montarla en Neuquén en el año '97 con la participación de obreros, niños, estudiantes y actores locales, Villa Regina, Necochea, y la presencia de Luisa Calcumil (actriz mapuche de General Roca). También participaron artistas plásticos y músicos, éramos en total 100 personas. La montamos en el Gimnasio Central a público lleno. Luego de la función a medianoche, inauguramos con el público una escultura de Claudio Carlovich recordando a los desaparecidos.
Destaco también la puesta que hicimos de la obra "La Pasión del Piquetero" de Vicente Zito Lema en el 2006, con el grupo "Contraviento" del Frente Darío Santillán y la participación del actor Ricardo Gil Soria. Sin olvidar el apoyo de los compañeros de las Asambleas y en particular de nuestro compañero Rubén Saboulard. Las funciones se dieron frente a los Tribunales de Lomas de Zamora durante el juicio a Franchiotti con un público de 3000 compañeros piqueteros y bajo el puente Pueyrredón durante la vigilia del 26 de junio. Tenemos a los compañeros, tenemos a Vicente, por lo tanto, "hacer lo imposible" es la consigna.

Teatro y militancia sin fronteras

-LM: ¿Cómo fue tu exilio y en qué circunstancias se produjo?
-HM: Se produjo mientras dirigía el grupo Eva Perón en Bahía Blanca. Corría el año 1973 y tras varias actuaciones con la "Cantata Santa María de Iquique" en los barrios y en la Universidad nacional del Sur, nos propusimos llevarla al Teatro Municipal. Llenamos el teatro con compañeros de los barrios y las villas, ya que los integrantes del grupo venían de allí. Recuerdo que cuando salí a escena, pude ver que al fondo de la sala estaban los compañeros Montoneros cuidando la misma, ya que varios de nosotros militábamos en la Tendencia. En el palco de adelante, cerca de escena, estaban compañeros del ERP con boina y estrella roja y armados, también cuidando la función. En ese momento me estremecí de emoción. Al terminar la obra, -el teatro daba a la avenida Alem, que es la más paqueta de la ciudad- marchamos por la calle: actores, público y organizaciones. Causamos escándalo en la sociedad bahiense donde tienen peso decisivo la Armada, el Ejercito y el reaccionario diario Nueva Provincia. Poco después, durante la presidencia de Isabel se agravó la situación y ganó espacio la CGT local, vinculada a la Triple AAA. En ese clima hostil y con compañeros caídos, se me advirtió que figuraba en una lista y una noche de regreso a casa advertí el peligro. Mi viejo me sacó de la Ciudad con un amigo hasta Tres Arroyos, de allí a Buenos Aires y luego salí del país con la ayuda de la Sociedad Argentina de Actores. Aclaro que mi militancia no se limitaba solamente a la actividad teatral. Con Ángel Cappa, que fue expulsado de La Nueva Provincia, organizamos una actividad periodística con la participación de la gente del barrio y trabajadores, fundando el periódico "La Argentina en patas"  del que aún conservo un ejemplar. Teníamos un espacio, un viejo club de barrio, y nos ayudaba en la manutención Ricardo Carpani, quien nos donaba sus dibujos. Después de pasar una temporada en Buenos Aires donde la situación también era seria, la SADE me proporcionó documentación donde se especificaba que tenía que hacer un curso en Los Ángeles, EE. UU y regresaría. Así conseguí la visa. Mi idea era estar un tiempo en Los Angeles con los grupos chicanos de los que tenía noticias pero no contacto y regresar al país cuando fuera posible.
Llegué con 25 dólares, sin hablar el idioma y con un número telefónico para contactar a un amigo. Los pocos dólares me alcanzaron para una noche de hotel. Por la mañana traté infructuosamente de conectarme y al ver mi dificultad con el teléfono una empleada de la cafetería me ayudó. Ella era ecuatoriana y me ayudó hasta que pude encontrar a mi amigo.
-LM: ¿Cómo fue tu vida en EE. UU. y en qué espacios participaste políticamente?
-HM: Fueron tres años y medio de intensa actividad, de mucho trabajo, de respeto y de reconocimiento; jamás me sentí ajeno a estos compañeros. En esos años llegó a este mundo mi hijo Miguel. Trabajé, sobretodo, en la organización CASA, en los talleres para grupos chicanos y latinos en toda el área de la bahía y Tucson, Arizona, y en el grupo "Libertad". Los grupos de teatro chicano tienen su origen en el "Teatro Campesino" bajo la dirección de Luis Valdez. Este grupo se generó en la Unión de Trabajadores Campesinos, liderada por Cesar Chávez. La mayoría de los actores eran hijos de braceros. También formamos el "Comité de Solidaridad con Argentina" que incluía a compañeros estadounidenses. En esa época recibíamos noticias de la actividad en los centros clandestinos de detención y la usábamos para difundir la situación mediante un periódico. Recuerdo que salía a la calle vendiéndolo, diciendo lo único que pronunciaba fluido en inglés "News from Argentina!". Fueron momentos muy dolorosos que aún me acompañan. En esos años trabajábamos conjuntamente con el Frente Sandinista, lo que nos permitió invitar al poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, quién en un barrio de San Francisco realizó unos bautismos que me sorprendieron: al derramar agua bendita sobre la cabeza de los pequeños decía: "Espíritu del capitalismo, ¡sal de este niño!, espíritu de la propiedad privada, ¡sal de este niño!"
-LM: Luego te fuiste a México...
HM: Si. Con dos integrantes del grupo decidimos irnos para México. Compramos un Ford Galaxy '70 y pasamos por los estados de California, Arizona, Nueva México y hasta El Paso, Texas. En Tucson el grupo Libertad nos donó cuatro cubiertas nuevas para seguir viaje y así cruzar todo el desierto. En México nos dieron espacio y garantizaron trabajo a todos los exiliados. En mi caso me desempeñé como profesor de teatro en Bellas Artes durante seis años. Viví en Cuernavaca con mi familia, allí nació mi hija Manuela. Trabajaba en el D.F. y siempre traté de vivir en la cultura mexicana comprometido con su realidad social y su historia. Por ello formé en el grupo "El Plan" con trabajadores jóvenes, haciendo referencia al "Plan de Ayala" de Emiliano Zapata. Como vivíamos en Morelos -donde nació, lucho y murió el líder revolucionario- usábamos la modalidad del "corrido", tomando en cuenta el pasado revolucionario y los conflictos actuales. Allí tuve el privilegio de convivir con David Viñas, de quien tanto aprendí y que tanto me ayudó a afirmar mis convicciones. De él tomé y para siempre dos definiciones básicas: "no hay texto sin contexto" y "me interesa todo aquello que cuestione mi  coherencia". Fue un hombre consecuente, lúcido y muy generoso. Después vino la guerra de Malvinas, más tarde la democracia y mi regreso en un avión con todos exiliados. Pero el país no era el mismo y yo tampoco.

Un grito en el monte

-LM: ¿Qué te llevó a vivir y fundar un teatro y una biblioteca en el medio de la selva?
-HM: Estaba viviendo en Buenos Aires con mi compañera Jorgelina y pensamos y sentimos que una experiencia basada en el reencuentro con la tierradesde la vivencia y la producción de nuestros propios alimentos podría ser un camino a seguir para profundizar en nuestra producción artística y de pensamiento. Además, una opción cultural que cuestionaba un modelo de vida. Compramos la tierra con nuestros ahorros y elegimos Misiones por el clima y porque su monte me recordó a México. La biblioteca la construimos con mi hijo Miguel y mi nuera Claudia, que también aportaron con sus ahorros y la llamamos "Primero de Mayo". Luego Miguel y Claudia se fueron, quedando ésta a nuestro cargo y el "teatro de la selva" todavía es un sueño.
-LM: ¿Cómo se hace para seguir construyendo cultura en medio del monte misionero?
-HM: Es muy difícil en el espacio geográfico que habitamos, el monte de la zona centro de la provincia. Estamos a 18 km de Oberá, ciudad que tiene 300 templos de distintas religiones, cristianos de todo pelaje. Los pobladores de nuestro entorno son muy pobres, la mayoría vive de planes sociales. Son parte de la industria del asistencialismo del país, ocupan buena parte de su tiempo, todos los meses, haciendo las largas colas del Banco. Están en situación de supervivencia y no tienen luz ni agua potable ni acceso a la información. Hay mucha ignorancia y resignación y en parte se debe a la influencia de esas iglesias evangélicas. Hay desocupación y alcoholismo, sobre todo en los jóvenes. Creo no haber sentido tanto dolor en mi vida por la situación de otros. En nuestra biblioteca  pudimos formar una asamblea, y luego de dos años de lucha conseguimos tener una perforación de agua y una red. La biblioteca funciona con algunos niños y adultos, muchos vienen a ver videos y algunos de los niños a merendar. El intendente y los concejales de éste municipio, San Martín, nos ignoran por completo, ni siquiera hay caminos en buenas condiciones. Por suerte tenemos el reconocimiento y la amistad de los vecinos por nuestra conducta solidaria. Cuántas veces nuestra camioneta sirvió de ambulancia ante un parto o un accidente, a lo que algunos responden ofreciendo frutos de su producción. Pero sufrimos la imposibilidad de lograr cambios importantes en la gravedad de la situación. Somos empecinados frente al rostro desnudo del "modelo" y construir cultura aquí no es una tarea fácil. Del teatro ni hablemos, nunca vieron una obra y, encima, hay prejuicios religiosos, pero hay que articular nuestra experiencia y voluntad con esta realidad y no bajar los brazos jamás.
-LM:¿Cuál es la situación de los campesinos pobres y los recolectores de yerba mate?
-HM: Las condiciones son precarias, terribles. La mayor parte de los campesinos trabaja en el desmonte y cuidando y regando con agrotóxicos las forestaciones de pino y eucalipto, también en la cosecha de yerba y en los cultivos destinados a la alimentación. Hay desocupación porque los trabajos son temporarios. Esta es la política del gobierno reelecto de Maurice Closs, mimado de los K. El desastre ecológico es profundo: la provincia perdió el 90% del monte nativo para vender su madera y plantar mayormente pino. Cada árbol implantado consume 100 litros de agua por día y es inminente la construcción de la represa Garabí que inundará 35.000 hectáreas de monte nativo. Las zonas desmontadas se están desertificando y casi toda la provincia sufre el cambio climático. Todo da como resultado un tejido social deteriorado con un alto índice de alcoholismo, violaciones, embarazos infantiles e incesto, cultura producida por la ignorancia, indefensión y dependencia para sobrevivir. Pero para "apalear tanto dolor" en gobierno ha construido una inmensa cruz en Santa Ana en la que, hasta ahora, lleva gastados más de 70 millones de pesos. 
-LM: Ante los gravísimos hechos de Ledesma hace poco más de un mes, ¿qué opinión tenés acerca del conflicto por la tierra y la vivienda en el interior del país?
-HM: Luego de la Conquista y la "Campaña al desierto" -el despojo de los pueblos originarios-, la propiedad de las grandes extensiones de tierra quedó concentrada en una minoría. El resultado es: somos todos argentinos, pero pocos tienen la tierra. Pienso que no hay sentido de Patria si no hay responsabilidad del pueblo en los destinos de la misma. Considero que es un gran tema a discutir. Para ir parando la mano, por ahora, lo quieren arreglar con algunos terrenos y algún techo. El resto es estratégico para el modelo, ya que su horizonte son el agro negocio y la agro industria. No se discute lo más importante: qué se produce, cómo se produce y qué consecuencias sociales y ambientales conlleva. Ahora están discutiendo la ley para frenar la compra de tierras por extranjeros, pero nadie dice que el agro negocio no necesita la propiedad ya que en su mayoría arriendan, como el vergonzoso contrato de la provincia de Río Negro con China para plantar soja. Tampoco las minas a cielo abierto requieren propiedad. Y en caso de necesitarla, cuentan con traidores que pueden ser sus testaferros. Pienso que la cuestión de la tierra es fundamental para un proyecto de liberación nacional.

Teatro y resistencia: el telón que nunca se cierra

-LM:¿Qué balance hacés de la política cultural del gobierno K?
-HM: El balance es sencillo: es funcional y parte del "modelo" que proponen. Lo deja claro "El fútbol para todos" y otras cuestiones. Lo que no es para todos es la tierra, el trabajo digno, la educación, la salud y el arte. Y para esa tarea cuentan con artistas bien aceitados que funcionan acorde al "modelo". Existe un circo y adherentes incondicionales, pero no dejan muy claro qué es "el modelo".
-LM: CFK está a punto de ser reelecta con índices que superan cualquier comparación, pese a que -como ha señalado Atilio Borón regentea un modelo económico que permanece inalterado desde Menem . ¿Qué opinas de esto?
-HM: No sólo que regentea este modelo económico y social sino que lo va a profundizar, con los agro negocios, agregando la industrialización de la ruralidad -una agricultura sin agricultores-. Esto va a alterar profundamente nuestra cultura y nuestra soberanía alimentaria estará en mano de las empresas que puedan desarrollar biotecnología con cultivos extensivos. Producirán alimentos a los que sólo podremos acceder en las góndolas caras de los supermercados. También extenderán las fronteras agrícolas con más desmonte, concentración y hacinamiento de los pobladores en las villas de las grandes ciudades. Todos estos años de modelo han generado una cultura de clientelismo, punteros y dependencia. Así mismo la participación de una clase media acomodaticia a la que le va esta economía y un progresismo que patea al arco mirando la tribuna y a su bolsillo.
-LM: El gobierno K ha distribuido, profusamente, subsidios para la realización de filmes nacionales, pero, ¿ha hecho algo para fomentar el teatro, para sostener o crear salas y producciones independientes?
-HM: El teatro puede ser masivo o no y ellos no van a aportar a un arte que generalmente no es masivo. El teatro requiere de una construcción grupal, fomentar el teatro - idea, para hacer circular el pensamiento crítico y lograr que el público, si es buen teatro, participe de una reflexión personal y social y eso es ajeno a los intereses del gobierno. La censura en este capitalismo puede ejercerse privándonos de recursos económicos, pero por suerte,  el teatro puede hacerse aún "sin plata". Pasión y convicciones bastan. Para que el teatro sea revolucionario hay que distanciarse de la tradición romántica y hacer "visible lo visible", incluso ser crítico hasta del mismo proceso revolucionario. Hay tantas miradas como directores, actores y público.
-LM: ¿Haber asumido el teatro como un enorme compromiso con la vida y la lucha social te cerró puertas?
-HM: Se me cerraron casi todas las puertas, excepto las de los compañeros, que son las más importantes. Yo nunca viví ni pretendí vivir del teatro, siempre me las arreglé con la docencia y otros oficios y rebusques.
-LM: ¿Qué opina de la vinculación orgánica que muchos intelectuales, algunos amigos suyos, han establecido con el poder?
HM: Opino que estos intelectuales orgánicos negocian a la medida de sus necesidades.. Usan la realidad social como coartada y es tan precaria su verdad como el discurso que la sostiene.  Reemplazan el lenguaje por una especie de jerga y algunos supuestos.  Es imposible macanear en serio, aunque ellos piensen que tienen derechos por lo que hicieron con sus vidas, pero es imposible responder a la memoria de los compañeros caídos desde ese lugar. Frente a este panorama, compañeros como Vicente Zito Lema y otros -en los que me incluyo-, el único derecho que tenemos es el de resistir. Si no perdemos la bronca, si luchamos, si nos organizamos y encarnamos el discurso, tal vez todo cambie.
Si no podemos -pese a todos los esfuerzos- al menos, como señaló Envar El Kadri, "no pudieron convertirnos en ellos".
-LM: ¿Pensás volver a la ciudad?
-HM: Lo que produce dolor, produce arraigo. Aquí, con Jorgelina, tenemos nuestro pedazo de tierra, nuestra huerta, nuestra soledad y la compañía de nuestros vecinos. Quisiéramos regresar a la ciudad para compartir lucha e ideas acordes a nuestro ser, pero sabemos que dejaríamos el país real; el de los que sufren y son ignorados. A veces odiamos tanta resignación y queremos irnos- y creo que algún día nos iremos-, pero sabemos que los rostros de las víctimas más afectadas por este "modelo", los pibes, los ancianos, los desposeídos, los que sólo cuentan con su sola vida, nos acompañarán hasta el final.


martes, 4 de diciembre de 2012

Nuevo relato de Montoneros silvestres


De la rebeldía antidictatorial a la militancia popular

Por Mariano Pacheco. Con tan sólo 15 años, a fines de 1976, principio de 1977, Ramón se incorpora a la organización Montoneros. Tenía entonces a su hermano mayor detenido, y su apuesta fue la de asumir un puesto de lucha, en un momento por demás difícil, donde las vacantes se extendían por miles.


En lo primero en que pensó Ramón aquel 24 de marzo de 1976 fue en su hermano mayor. ¿Cambiarían las condiciones del Penal, ahora que los militares asumían el mando del país?
Ramón se preocupaba mucho por la situación de El Flaco, detenido desde hacía tres meses. Pero por sobre todas las cosas lo extrañaba. Podía continuar escuchando Box Dei, Moris, Espineta, Sui Generis o cualquiera de esos grupos que entonces caracterizaban como de “música progresiva”, pero la habitación sin él no era lo mismo. Año y pico habían compartido la pieza: los chismes, los comentarios sobre minas, las apreciaciones sobre las lecturas de El Descamisado, la Evita Montonera y otras publicaciones que de a poco El Flaco le había comenzado a prestar, y a partir de las cuales empezaron a producirse aquellos fructíferos diálogos, cada vez más frecuentes, entre los dos hermanos. Por supuesto, al no estar El Flaco, tampoco podía participar, al menos por un rato,  de aquellas reuniones que se realizaban en su casa.
Así que salvo por su asistencia al Comercial N° 3 de Quilmes, cada mañana, o porque seguía con la lectura de alguna que otra novela cada tanto, de no ser por esas cosas, todo había cambiado en su vida aquel año. Tanto adentro como afuera de su casa. Porque si el año anterior, con la barra de amigos del barrio, solían juntarse todos los fines de semana para comer unas pizzas o empanadas, tomar algo y conversar y guitarrear hasta altas horas de la madrugada, o para ir todos juntos a la cancha a ver Quilmes, ahora los fines de semana se alistaba para asistir a la cárcel a visitar a su hermano. Por supuesto, no era con pesar, sino con entusiasmo que concurría a Sierra Chica.
Y si bien Ramón tenía un grupo sólido de amigos, con quienes habían pasado tantas cosas juntos, ahora sentía que, en algún punto, estaba solo. No era que le dieran la espalda, sino que tal vez no podían comprender por lo él estaba pasando.
Le parecía de otra vida todo lo transcurrido apenas dos años atrás, cuando había entrado al secundario. Consideraba una chiquilinada ahora, los miedos esos que sintieron sus amigos cuando él, que era el más grande de la barra, los llevó –como era costumbre en la época y entre sus vecinos del barrio– a iniciar sus vidas sexuales en la Isla Maciel. “Porque en esa época –aclara Ramón– lo más común era que el fervor de la edad se saciara en el cabaret”.
-- A ver si nos afanan, si nos rompen el culo, comentaron entonces sus amigos.
Y fue Ramón, con cierto aire de superioridad que la edad y la experiencia le daba, quien respondió:
-- Déjense de boludear y vamos, que acá no pasa nada.

Ahora, en cambio, sentía que tenía que hacerse cargo de un papel en el cual la edad y la experiencia no jugaban a favor suyo.
Por todo eso, seguramente, más que por el Golpe, Ramón sintió que su vida daba un giro de 180 grados ese año. Aunque con el correr de los días, de las semanas, de los meses, también la dictadura comenzaría a ser una piedra en el zapato en su propio caminar.
Es que con el Proceso de Reorganización Nacional toda la vida social cotidiana comenzaba realmente a reorganizarse, sobre nuevas bases. El modelo de “chico obediente”, con pelo corto, corbata, saco y pantalones tipo en serie, acompañado del de “niña como debe ser”, con el pelo prolijamente recogido, poca pintura y polleras escolares, “aunque el frio te congelara la nariz” –subraya Ramón– comenzaba a imponerse como la nueva imagen de una “juventud prolija”, alejada de los ideales de la subversión apátrida e inmoral. Seguramente como un refugio, o como un modo de no adaptarse mansamente a ese “como debe ser...” que propugnaba la dictadura, Ramón intentaba al menos no vestirse a la moda, fuera ésta la del gamulan, o la de los buzos tipo canguro. Así que salvo para ir a la escuela, después, Ramón se mantenía firme en usar siempre su campera de jean que lo acompañaba a todos lados donde fuera.
Tal vez porque de chico ya había sido un poco contestador, o porque una vez entrado en la adolescencia comenzó a sentir que no soportaba esa carga asfixiante de las buenas costumbres, es que Ramón empezó a ponerse cada día más rebelde. Sentía que realmente había toda una represión estética, una presión permanente pisándole los talones,  marcándole de cerca qué estaba bien y qué estaba mal, desde el gesto más pequeño e insignificante. Presión que se hacía sentir en todos lados. Y que hacía del respeto reverencial de los jóvenes hacia los adultos su piedra fundamental. Y eso a Ramón le molestaba. Lo incomodaba. Tanto como para empezar a preguntarse por qué él no hacía algo –como había hecho su hermano antes de ser detenido– para enfrentar a ese sistema que obligaba a aceptar las reglas impuestas sin preguntar por qué. Preguntas sobre el presente que involucraban el futuro inmediato. Porque él ya estaba en tercer año, y cuando se quisiera acordar, estaría terminando el secundario. ¿Y qué haría entonces?
Cuando Ramón pensaba en el futuro se preguntaba si haría como El Flaco, que al terminar el secundario se había metido a laburar en la Cervecería Quilmes, o si entraría en la textil la Bernaleza. “Porque esa era la dinámica de cualquier joven del Gran Buenos Aires: terminar el colegio, meterse a trabajar en algún taller, capacitarse y después entrar en una empresa. El futuro laboral, al menos en la zona, estaba vinculado a esas dos grandes empresas”, cuenta Ramón, que a su vez destaca que a la fuerza de las costumbres, en el caso de su hermano, el hecho de ingresar en la Cervecería tuvo que ver además con la línea que “La Orga” adoptó en 1975: hacer el pase de los cuadros de la UES a las fábricas más importantes de cada zona, para fortalecer la inserción de los militantes montoneros en el movimiento obrero, a través de las agrupaciones de la Juventud Trabajadora Peronista. Y El Flaco había sido no sólo un militante de la UES, sino además el cuadro que suplantó a Eduardo Berckerman en la conducción de la agrupación, cuando El Roña –como le decían a Berckerman– fue asesinado por la Triple A junto a El Gringo, aquel 22 de agosto de 1974, mientras regresaban de planificar una miliciada en homenaje por los 16 guerrilleros ejecutados en Trelew en 1972.
Fue por aquella época de efervescente militancia en la UES cuando El Flaco estrechó fuertes vínculos de camaradería y amistad con Pancho, un militante que continuó en contacto con su hermano tras su detención. De hecho fue Pancho quien le enseñó a Ramón, y toda su la familia, como debían moverse en esos ámbitos carcelarios. “Nos ayudó mucho en aquel momento tan difícil”. Paradójicamente, Pancho –que había pasado de Zona Sur a Norte– murió también un 22 de agosto (de 1976), en un enfrentamiento con el Ejército, mientras participaba de una actividad de propaganda armada, en homenaje por los 4 años de los fusilamientos de Trelew, y dos años de los asesinatos en Quilmes del Gringo y el Roña.
Tal vez haya sido el ejemplo de Pancho el que impulsó a Ramón a sumarse a la misma organización que su hermano mayor. O tal vez no, tal vez fue el ejemplo de su propio hermano el que motorizó su decisión de que ya era hora de transformarse, también él, en un militante montonero.

 (Publicado el 4 de diciembre de 2012 en www.marcha.org.ar)




lunes, 26 de noviembre de 2012

El 7D y la comunicación como campo de batalla


Por Mariano Pacheco. La importancia de avanzar con la puesta en práctica integral de la Ley de Medios. El lugar de los medios populares y comunitarios para la verdadera democratización de la producción y circulación de la información en nuestra sociedad.




Se sabe –hoy más que nunca– que hay que hacer un gran esfuerzo para no ser hablados cotidianamente por otros. Así como también que gestar una mirada propia, absoluta, es imposible. Por supuesto, si uno se distrae un segundo, cae en la desgracia de repetir (¡y encima inconscientemente!) el discurso prefabricado día a día  por los medios político-comunicacionales hegemónicos.
Ya lo decía Martin Heidegger, allá por 1933: en el cotidiano, vivimos en “estado de interpretado”. Porque lo hablado “por” el habla traza círculos cada vez más anchos y toma un carácter de autoridad. “La cosa es así porque así se dice”, señala Heidegger en Ser y tiempo. Creemos comprender todo cuando en realidad repetimos aquello que “oímos”, o que “leímos”… en alguna parte. O que “vimos”, podríamos agregar nosotros hoy, asediados no sólo por la televisión sino por las de otras formas de invasión publicitaria. Estas “habladurías” y “escribidurías”, como raramente las llama este pensador alemán, nos determinan lo que se ve, y cómo se ve.
Por supuesto, no es sólo que haya sectores que nos mienten diariamente. Sino que además pretenden hacernos creer que no toman partido, en un caso, o que el partido que toman para enfrentar a quienes se ocultan bajo el lema de la independencia es el único modo de decir la verdad. Cuando en realidad, de lo que se trata, es de dejar en claro que no hay una verdad transparente y universal, sino que las luchas, las relaciones de fuerzas nos sitúan en una perspectiva en la cual cada uno defiende a capa y espada su concepción de verdad. De allí que resulte imprescindible librar las batallas que sean necesarias para poder ampliar las posibilidades de hacer oír otras voces. Porque tal como ha señalado alguna vez Michel Foucault, existe todo un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida el discurso y el saber de las masas. Obviamente, no es que nos autoasignemos un rol específico determinado, del tipo “somos la vía de expresión popular”, o recurriendo a viejos lemas, somos “la voz de los que no tienen voz”. No, tan sólo decimos que, ya que se ha promulgado una ley que abre el juego, bien, entonces, que hagamos lo imposible por garantizar que el juego se abra ampliamente de una buena vez.
Porque a esta altura, ya no caben dudas que las cosas son hoy muy diferentes a como se nos presentaban años atrás, cuando el conjunto de los medios pretendían mantener a toda costa sus ínfulas de independencia, libertad y neutralidad. Hoy, en la Argentina contemporánea, hay una batalla que ya se ha ganado: la que sitúa a los comunicadores como sujetos políticos, con una línea editorial determinada. En este sentido, la elaboración misma del proyecto de Ley, y su posterior aprobación –tal como destacó Natalia Vineli en una nota publicada en la revista Sudestada del mes de noviembre– logró sacar a la comunicación (y al papel que los medios juegan en la conformación de la subjetividad social) del lugar de “tema para especialistas”, para situarlo en un tema de debate, de polémica, de amplios sectores de la población.

Lo que está faltando, de la mano de la desinversión por parte de los sectores empresariales monopólicos de la comunicación, es una verdadera democratización de la producción y circulación de la información. Situación en la cual podría avanzarse, al menos de un modo parcial, con la aplicación del 33% del espacio para las organizaciones sin fines de lucro. Una designación poco feliz, por cierto, que no da cuenta de las asimetrías existentes entre experiencias populares, comunitarias de comunicación, y las experiencias atadas a importantes fundaciones. Pero no importa. Lo que se discute no es lo ideal, sino lo posible en el corto plazo. Y lo que la nueva Ley de Medios habilita es a un reordenamiento del espacio radioeléctrico, en el cual estas experiencias de comunicación popular podrían tener un importante lugar, del cual hoy carecen.
Por supuesto, en un nuevo tipo de sociedad, construida sobre nuevas bases, no sólo estarían en cuestión los monopolios de los medios de comunicación, sino todos los monopolios, y el carácter privado mismo de la actividad económica y social. Pero hasta ahora, luego de la derrota de las experiencias de transformación revolucionaria de las sociedades que dieron todo lo que pudieron durante el siglo anterior, no se ha edificado en  ningún rincón del planeta una alternativa tal. Tenemos ensayos político-sociales, como en Venezuela, en donde ya podemos vislumbrar el rol que los medios empresariales de comunicación juegan para boicotear cualquier intento de hacer otra cosa. De allí la importancia de librar batallas comunicacionales más allá del típico lugar de “difusión” o “concientización”.
Los dados ya ruedan sobre la mesa. El show televisivo cuyo exponente más emblemáticamente vergonzoso es Jorge Lanata ya viene desde hace rato –como en otros sitios del continente– dando sus zarpazos sobre el sentido común. Es hora de no dejar espacios vacíos, y apostar a que las experiencias periodísticas que pugnan por insertarse críticamente en la realidad (es decir, que pretenden hacerse cargo del conflicto que estructura una sociedad basada en el antagonismo) disputen sentido social en mejores condiciones. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Bañando en ácido a Eva Perón

Nota-homenaje a Néstor Perlongher, publicada hoy en  Página/12 (Suplemento Soy)

POR Mariano PachecoEn 1975, el poeta y militante del deseo Néstor Perlongher escribe “Evita vive”, un relato en tres tiempos en donde Eva Perón ligada, a través de la literatura, con las luchas políticas de las minorías.



Tal vez retomando Eva Perón, la obra de teatro de Copi (que finaliza con la sugestiva frase: “Evita, señores, está más viva que nunca”), Néstor Perlongher retoma en “Evita vive” cierto espíritu irreverente presente en la obra de Copi. Porque está más viva que nunca, podríamos decir, Evita regresa. No para ser Montonera (una combatiente guerrillera que lucha por el socialismo), sino que vuelve para ser, entre las millones de posibilidades de su retorno, una prostituta, una drogadicta, una reventada. Es que la Evita de Perlongher, a decir de Martín Koan y Paola Cortes, es una “Evita-década-del-70, camisa y pelo suelto, que expresa en su cuerpo el puro goce”.
Con un humor ácido, la literatura de Perlongher logrará transgredir todas las normas y poner en jaque la moralidad de las costumbres sociales y los lugares comunes de las bellas letras. En “Evita vive” la diversión, el goce, la fiesta, el juego y la aventura, lograrán construir una realidad muy diferente a la histórico-social y sus representaciones, tanto peronistas como antiperonistas. A través de una mirada lúcida, Perlongher plantea una importante batalla contra todos aquellos que libran “cruzadas morales”, y  se erigen en censores, contra aquellos que arman una red de prejuicios, que siembras culpas, y que suelen ser los que pretenden instituirse en jueces, en quienes definen lo que está bien y lo que está mal.
De allí que en este relato, Evita no sólo no será “la señora”, “la primera dama”, sino que ni siquiera será la Eva combativa reivindicada por el discurso militante, sino que el eje central del relato está puesto en el puro goce corporal. Evita vuelve, sí, pero para ser puro sexo, droga y descontrol. Y resignificar los lugares comunes construidos en torno a su figura. Así como el obrero resignificó el insulto de “cabecita negra” por una marca identitaria de “descamisado”, en este relato Evita resignifica su lugar de “mediadora” entre Perón y las masas, su pasado de actriz-prostituta, su estigma por la enfermedad que la llevó a la muerte, su lugar de santa una vez fallecida.
Irreverente, Perlongher presenta así una Evita-reventada, que además de gozar sexualmente, luego, ella también se “picará”, para quedar junto a su hombre revolcada por el piso. Y cuando “la cana” llegue, Evita será mediadora, sí, pero esta vez no entre el líder y las masas, sino entre la ley y los descarriados. Evita evita que se lleven presos a los drogadictos, y les aclara a “sus grasitas, sus descamisados”, que ella lo vigila todo. De allí que su partida al cielo sea reinterpretada por los ellos como una ida para hacer “un rescate”, y su vuelta, para “repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbién, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife”. Porque el cielo que habita Evita no es un espacio angelical, lleno de santos (“Santa Evita Montonera”), sino una suerte de edén “lleno de negros y rubios y muchachos así”.
En contraste con la “historia oficial”, donde Evita aparece como la sombra de Perón, aquí es Evita la gran protagonista. Es más, Perón, como general, es un equivalente de los marineros que transitan por el puerto, en busca de maricas y prostitutas: “con ellos nunca se sabe”, dice uno de los personajes.
Por último, un tema candente: la enfermedad que la llevó a su muerte. Ni reivindicación gorila (“viva el cáncer”), ni condescendencia lacrimógena (“pobrecita”). En este afán de resignificar todo, Perlongher dice sobre esas manchas que Evita lleva en su cuerpo: “no le quedaban nada mal”; subrayando una perspectiva estética que se acentuará con sus largas uñas pintadas de verde (“que en ese tiempo era un color muy raro para las uñas”), presentando a Evita como a una precursora del punk, y también, de la lucha contra la despenalización del consumo de drogas.



jueves, 8 de noviembre de 2012

Sin coca, sin panchos… y sin micros: ¡una verdadera expresión ciudadana!


Unas líneas sobre el 8N 
Por Mariano Pacheco



“¡Un pueblo de ovejas, genera un gobierno de lobos!”. Con esta consigna, los caceroleros de teflón convocan hoy a movilizarse en el centro porteño… y en todas las plazas y ciudades del país. Porque la unión hizo la fuerza, dicen, hay que multiplicar la convocatoria por las redes sociales.
Pantalón oscuro, remera blanca y escarapela es el “uniforme” adecuado para cantar, bailar o expresarse como cada uno quiera, pero eso sí –insisten– siempre con respeto, y con carteles –pero sin hablar– para “no darle letra a 6, 7, 8”. Esos odiosos que confunden el deber que les otorga el 54% de los votos obtenidos por el gobierno nacional en las últimas elecciones, con el poder (“todo es ilusión”, decía Lenin, “menos el poder”), esos odiosos, remarcan las señoras y señores, los jóvenes patriotas, tendrán que escuchar –de una vez por todas– la voz de los que siempre tuvieron voz. ¿Y vos? ¿Qué pensas hacer hoy?
Ayer, cruzando la intersección de las avenidas porteñas Callao y Santa Fé, tuve un cruce de realismo mágico. Unos pibes y pibas jóvenes, muy jóvenes, a quienes todos los que pasan por allí cualquier otro día hubiesen mirado con odio y desconfianza, esta vez se acercaron a ellos, sonrientes. Es que estos niños (¿serían del conurbano, o de alguna villa de la capital?), esta muchachada que suele ser despreciada por las almas bellas (y racistas, como decía Sartre) de la culta ciudad, vendían unas coloridas y jocosas remeras cuyo estampado decía: “8N: Presente”. Cuando me di vuelta para continuar mi marcha, casi choco al maestro Juan Sasturain. Fue tanta la sorpresa y el contraste que ni lo saludé. Sólo sonreí. Minutos después me dije que por qué no lo paré unos instantes, al menos para agradecerle por haber escrito Manual de perdedores. O para pedirle un contacto y hacer un futuro reportaje. O para recordarle que era el molesto que hace un tiempo lo llamé un montón de veces para concertar un encuentro (que nuca sucedió porque siempre “tenía que viajar”) y poder grabarle unas palabras y sacarle una foto para poder publicar la entrevista en una revista. En fin, el hecho es que seguí caminando y observando a la gente pasar, sonriente –porque era temprano, no hacía todavía tanto calor, y la falta de luz y agua no eran aun el principal tema de conversación–, mirándose entre ellos como estableciendo una especie de contraseña invisible. Como si se dijeran: “falta poco. Mañana es el bendito 8N. Falta poco, en cualquier momento vuela la conchuda y todos felices, y contentos”.
Recordé la invitación que hace unos días me hizo mi amigo Esteban Rodríguez, para que escribiera en el próximo número temático de la legendaria revista platense La grieta (ahora digital, y por lo tanto, sin ubicación geográfica determinada), que se titulará, precisamente, “La conchuda”. Mi respuesta fue que no, Rodríguez –él siempre me dice Pacheco, y yo a él Rodríguez, a pesar de que hace una década que somos amigos–, porque no soy kirchnerista, y no tengo mucho por decir. Me pregunto ahora si no debería decirle que sí (¿habrá tiempo, Rodríguez, un espacio para un compañero díscolo, uno de la zurda loca que no anda por el mundo defendiendo el modelo?), que sí podría escribir algo, porque al fin y al cabo Perón (ese viejo endemoniado que “cagó” a la muchachada de la Juventud maravillosa), en algo tenía razón. Al menos, en la certeza de esa frase que repetía hasta el cansancio: “No es que los peronistas seamos buenos… es que los otros son peores”.
En fin, cuando uno ve que el cuartetero José Manuel de la Sota, los PROchetos porteños Mauricio Macri y Federico Pinedo, la procesista de la Chechu Pando, la conversa de Patricia Bullrich, el asesino de Eduardo Duhalde (y los duhaldistas Gerónimo “Momo” Venegas y Eduardo Amadeo), el tinellista-peronista Francisco de Narváez, el gastronómico de mal gusto Luis Barrionuevo, el socialista ampliamente progresista de Hermes Binner, el sojero Eduardo Buzzi y los históricamente desubicados de los radicales figuran entre la lista de integrantes del F-TN (Fantasmal Tren Nacional), que convocan o adhirieren a la movilización ciudadana de hoy, cuando los vemos todos unidos por la defensa de la República, dan ganas de meterse en tubo y volar por los aires. Y desembocar en algunas de esas ciudades invisibles de Ítalo Calvino. Sí, ya sé: la política no es literatura. Y la política argentina actual se parece más a las ciudades infernales que a las utópicas. ¿Habrá que asistir a la movida de hoy, para confirmar que “el infierno son los otros”? ¿O basta con verlo por TV? Como sea, la marcha de hoy es abiertamente reaccionaria. Habrá que hacerle caso a Calvino entonces, y tratar de ver qué y quien, en medio del infierno, no es infierno. Y hacer que dure, y dejarle espacio”.

martes, 6 de noviembre de 2012

De Córdoba al Conurbano (segunda parte)

Relato de la serie Montoneros silvestres 
(Publicado en http://www.marcha.org.ar)

Por Mariano Pacheco

Pepe y Lili llegaron a Buenos Aires con lo puesto, como parte de un traslado de la Juventud Universitaria Peronista. En Capital Federal, como en otros sitios del país, Montoneros también comenzó a recibir golpe tras golpe de la represión. Así fue como el cerco, que se estrechaba cada día, obligaba a los militantes a replegarse al Conurbano Bonaerense.


Para cuando Pepe abandono su suelo natal, la situación de Córdoba no era una excepción: como en tantos otros lugares del país, la estructura de Montoneros se venía cayendo a pedazos hacía rato. Hacía tiempo, además, que ya no tenía un sustento de masas. Por eso la retirada no era sólo geográfica. El repliegue se daba hacia otro sitio del país, pero también, hacia otro lugar dentro del mismo aparato de la organización. Los únicos lugares seguros, los únicos que realmente quedaban en pie, eran Rosario y Buenos Aires.
“La idea era ver cómo te salvabas, y después tomar la decisión si querías o no seguir luchando. Ya era una decisión bastante individual. Si querías desengancharte no ibas a la cita y listo. Muchos compañeros hicieron eso. No era una decisión fácil continuar militando en esas condiciones”, relata Pepe, para quien la sola idea de abandonar la lucha se le tornaba insoportable.
Al llegar a Capital –no recuerda si fue antes o después de la caída de la citas nacionales, pero supone que fue antes, por lo bastante bien que funcionaba todo–, en octubre de 1976, la organización tenía una estructura que ubicaba a los recién llegados en distintas pensiones de la ciudad. “El verso que me armé tenía que ver con hacerme pasar por un nadador cordobés que iba a tal club. Con otro compañero con quien compartíamos la pieza de la pensión –el Silvio– salíamos con el bolsito deportivo en la mano todas las mañanas”.
Fue por esa época cuando leyó esos libros donde aparecían tácticas y estrategia de guerra, sobre todo las que habían utilizado los rusos contra los alemanes durante la Gran Guerra. Esas lecturas eran parte de su nueva dinámica militante, junto con la participación en tareas de propaganda. “Estoy casi seguro de que mucha gente, al igual que nosotros, no había participado nunca en operativos milicianos. Al menos hasta ese momento”.
Para entonces él aun no participaba de la estructura de “La Orga”. “Éramos militantes de la JUP. Eso era un traslado de la JUP. Orgánicamente no estábamos estructurados en Montoneros. Nosotros éramos la última generación, la última camada que entró a militar antes del Golpe”.
En Capital Federal, además darles  documentos y dinero, los militantes que los recibieron –enganchados con la estructura federal de la organización– fueron quienes los atendieron políticamente. Pepe recuerda que, entre las discusiones que tenían, estaba la de la reinserción. Porque si bien la organización les daba plata para que se instalaran en las pensiones, la orden que tenían era buscar trabajo e insertarse dónde y cómo pudieran, pero insertarse socialmente. “Ese proceso era lento, pero era necesario hacerlo. Porque si no era como que estábamos haciendo turismo en Buenos Aires: los teatros, los cines, estábamos de joda”.
El desencadenante de ese proceso fue lo que pasó una tarde  en la Bombonera. Era la primera vez en su vida, encima, que Pepe iba a la cancha. Pero estaba junto con todos los cordobeses, que se iban a ver el partido Boca-Talleres. Y lo sumaron. Ni bien llegaron a la cancha todos se fueron a la bandeja del medio. Salvo Pepe, que junto con Silver y El Flaco Berti, se van a la bandeja más alta. Desde allí vieron lo que pasó. Como en otras oportunidades, la barra se entusiasma y comienza a cantar la marcha peronista. “Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos, y como siempre daremos, un grito de corazón…”. El problema fue que la muchachada montonera se entusiasmó demasiado, y enseguida largaron el estribillo incendiario: “Ayer fue la resistencia, hoy Montoneros y FAR, y mañana el pueblo entero, en la guerra popular”. El desencadenante fue que, a la salida del estadio, el Pulga y el Conejo –dos de los militantes cordobeses que habían iniciado el cantito de combate– fueron secuestrados. Y para acompañar los males, comienzan a colaborar con el enemigo. Se produce una crisis grande, porque la colaboración del Conejo provoca una serie de caídas, y todos se desparraman. “Nadie sabía cómo organizar el tema de las pensiones”.
Una de esas citas que el Conejo cantó en la tortura fue la que tenía con Lili. En ese momento Lili vivía con su responsable. “Ella tenía cita por un lado y yo cita por el otro. Vivíamos en oeste, bajábamos en Once y nos íbamos a trabajar. Después, cada una hacía sus cosas por su lado, y a la noche nos veíamos nuevamente en la casa”. Pero ese día, cuando su responsable va a cumplir con su cita, se entera de la caída del Conejo. “Sabiendo de mi cita con él, pero desconociendo por medidas de seguridad el lugar exacto donde trabajaba, se mandó a la zona, y estuvo caminando en redondo para ver si me encontraba por ahí. Y en un momento dado, cuando bajo al correo –porque era secretaria, aclara Lili– me la encuentro. Me dice con la cara desorbitada que hacía como dos horas que me estaba buscando, porque el Conejo había caído y estaba cantando todo. Era la segunda vez en la vida que salvaba mi vida”.
La primera vez –recuerda Lili– había sido en Córdoba, apenas unos meses atrás.
“Yo me había ido a vivir a la pensión con una compañera que era mi responsable. Ya éramos ilegales las dos, la cosa estaba jodida. Y ella estaba con otro compañero que hacia el control, que a su vez era su responsable. No hacía falta que yo cumpliera cita, porque lo hacia ella por las dos. Pero cuando este compañero cae, ella me dice que tenemos que levantar la pensión. Entonces embutimos materiales que teníamos y nos vamos para otro lado. Al tiempo, a las dos semanas ponele, recibo la orden de ir a levantar la casa porque el compañero no había cantado. Voy… Y cuando entro a la pensión, me encuentro con una mujer embarazada y dos tipos de civil. Me empezaron a preguntar inmediatamente por qué me había ausentado tanto tiempo, a donde me había ido, que estaba haciendo. Y ahí mismo entro a armar un verso, lo más prolijo que puedo. Les digo que había ido a la casa de mi abuela, y toda una serie de datos que eran ciertos, legales. La cuestión es que estuve como una hora y media, con ellos anotando todo. Y cuando me estoy rajando, la vieja de la pensión me agarra y me dice, mirándome fijamente a los ojos: `encontré cosas`. No sé por qué, pero la vieja me salvó la vida”.
Ahora Lili se salvaba nuevamente y, nuevamente, debía salir de raje. Pero: ¿dónde? El nuevo destino es la zona sur del Conurbano.


sábado, 3 de noviembre de 2012

Homenaje a Carlos Olmedo


Genealogía de una leyenda 

Por: Mariano Pacheco para revista Sudestada


A Carlos Enrique Olmedo, militante de las FAR, se lo recuerda por tres episodios: la toma de la ciudad bonaerense de Garín, la polémica que sostiene con Mario Roberto Santucho y su muerte, ocurrida en Córdoba el 3 de noviembre de 1971, en el “Combate de Ferreyra”. Pero su vida estuvo marcada por una cantidad de pequeños actos que hicieron de su figura una leyenda de la militancia revolucionaria en la Argentina.


A Carlos Enrique Olmedo se lo recuerda, fundamentalmente, por tres episodios: la toma de la ciudad bonaerense de Garín, ocurrida el 30 de julio de 1970 -acción a partir de la cual salen a la luz pública las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)-; la polémica que sostiene con Mario Roberto Santucho durante el primer semestre de 1971; y su muerte, ocurrida en Córdoba el 3 de noviembre de 1971, en el famoso “Combate de Ferreyra”. Pero su corta aunque intensa vida estuvo marcada por una gran cantidad de pequeños actos que hicieron de su figura una leyenda de la militancia revolucionaria en la Argentina.
Pero esos tres episodios no son lo único que realizó, aunque esa falta de datos se debe en parte a que durante esos breves años de militancia permaneció en la clandestinidad, y a que quienes compartieron sus días junto a él fueron asesinados en distintos momentos de la represión legal e ilegal que el Estado argentino perpetró contra aquella generación que apostaba por su disolución. El hecho es que no han llegado a nuestros días muchos testimonios de este Lenin de América Latina.
Se sabe, sí, que nació en un humilde hogar de la hermana República del Paraguay. También que fue una figura bastante atípica. Jose -como le decían sus compañeras y compañeros-, a pesar de haber tenido una infancia y una adolescencia que no le fueron nada fáciles, llegó a graduarse en Filosofía y Sociología en la Universidad de La Sorbona, Francia, siendo muy jovencito. Treinta años después, Jorge Omar Lewinger recordará con asombro que con tan sólo 23 años diera cursos de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es que para Olmedo, como para tantas mujeres y hombres de su generación, la acción y las palabras no estaban escindidas. Y por eso hablaba de los conceptos como herramientas, como armas en el combate por la emancipación de los trabajadores.
Con una sólida formación marxista, fue de quienes sostuvieron más enérgicamente la necesidad de acercarse al peronismo, hacia fines de los 60, sin renunciar por ello a una perspectiva de revolución socialista que tuviera como protagonista principal a los proletarios de este suelo nacional. En las discusiones políticas, comentan quienes compartieron un tramo del recorrido junto a él, era capaz de remontarse hasta la historia de Galileo para fundamentar una idea sobre la coyuntura. Y después, al finalizar una reunión, sentarse con tranquilidad a escuchar la música de Mozart.
Aunque la paradoja mayor, seguramente, haya sido aquella participación como invitado de los ya entonces clásicos almuerzos televisivos de Mirtha Legrand. Invitación que recibió por su desempeño como directivo de la empresa Gillette, donde trabajó hasta que se vio obligado a pasar a la clandestinidad, en 1970.
Promediando la década del sesenta, Jose fue uno de los integrantes más jóvenes del staff de la mítica revista La Rosa Blindada. Allí aprendió a mirar al peronismo de otro modo, y ayudó a que otros lo interpretaran también, desde la izquierda, de manera diferente. Y contribuyó como pocos a la formulación de la categoría de Nacionalismo Popular Revolucionario. Pero antes de eso, aun antes de fundar las FAR -que asumirían la identidad peronista y más tarde se fusionarían con Montoneros- Olmedo y varios integrantes de su grupo permanecieron un tiempo en Cuba. En la Isla recibieron entrenamiento militar, formación política, y claras instrucciones del comandante Ernesto Che Guevara para instalarse en Argentina, como grupo de apoyo a su inmensa apuesta por la Revolución Latinoamericana. La historia se conoce: Guevara fue capturado y ejecutado por la CIA en la selva boliviana, y todos aquellos que pensaban seguirlo en su recorrido reformularon sus propuestas, para desarrollar la lucha revolucionaria desde otras perspectivas, aunque siempre fieles al ideario de crear muchos Vietnam en el continente.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 114 - noviembre 2012)


viernes, 2 de noviembre de 2012

La concepción ética de la política


Breve aporte al debate sobre el pensamiento crítico

Por Mariano Pacheco para http://www.marcha.org.ar

La concepción moral y la concepción ética de la política. Dos miradas que dividen aguas respecto a cómo entender el mundo que habitamos. Dos caminos diferentes a la hora de actuar.


La separación tajante de las acciones a partir de un a-priori que divide entre lo que está bien y lo que está mal es uno de los presupuestos desde los cuales parte la concepción moral de la política. Dicho a priori desconoce que no hay política previa a su realización. Por el contrario, la concepción ética de la política, no evalúa si una generalidad se aplica bien o mal a cada caso particular. Ya que más que juzgar, la ética pregunta.
Retomando el conocido lema Spinoza (“No sabemos nunca lo que un cuerpo puede”), Gilles Deleuze plantea que, definiendo las experiencias a partir de la pregunta por lo que pueden, se abre la posibilidad de la experimentación. ¿De qué soy capaz? ¿Qué es lo que pueden nuestros pensamientos, nuestras pasiones y nuestras acciones? Por supuesto, de lo que somos capaces, no depende de un simple acto de voluntad, sino de una serie de combinatorias de las cuales, el tener en cuenta dónde y de qué modo estoy situado, se torna fundamental. De allí que Deleuze rescate que la mirada de Spinoza sobre la ética se centra más en las potencias (las acciones y las pasiones de las que es capaz un cuerpo) que en las esencias, como lo hace la moral (“qué puedo, más que qué debo”).
Entendida así, como experimentación, la política se torna fundamentalmente anti-jerárquica, desde el momento en que cuestiona la división entre los que saben y los que no. Es que la concepción ética de la política -a diferencia de la  concepción moral, que es absolutamente jerárquica- no se encuentra atada a una escala de valores. No procede juzgando (“esto se acerca más al bien, esto otro, se aleja”). Desde ya, esto no implica no diferenciar entre lo bueno y lo malo, pero dicha diferencia tiene que ver más con la autenticidad de las experiencias que con un deber-ser.
En esta anti-jerarquía fundamental pierde sentido el lugar privilegiado del sabio –aquel que dictamina que está bien y qué está mal, cual es el mejor tipo de sociedad y cuáles son los pasos que hay que dar para conquistarla– o, más bien, se torna prescindible. El lugar del sabio, por supuesto, adquiere distintas posturas de acuerdo a los lugares, las épocas y los contextos. Puede ser el sabio en términos de aquél que tiene más experiencias, el que más leyó, o simplemente, aquél que aprueba o desaprueba lo que hacen o dicen los demás. De allí su lugar reaccionario. Y de allí que, lecturas como las mencionadas, ayuden a pensar en conjurar su función. Y abrir el campo de posibilidades a experiencias impensadas desde las lógicas morales y moralizantes.