martes, 15 de agosto de 2017

¿Qué tenemos para decir en esta coyuntura aquellos que no intervenimos en la disputa electoral?


De agosto a octubre: apuntes para pensar la coyuntura


Por Mariano Pacheco*
(@PachecoenMarcha)


Parece quedar claro que lo que se juega en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 13 de agosto no es las internas de cada coalición electoral sino la reconfirmación (o no) de las tendencias en las encuestas, de cara a la elección de octubre, que no planteará un cambio en las relaciones de fuerzas parlamentarias sino la validación (o no) en las urnas del proyecto de país instaurado en la Argentina desde diciembre de 2015, y sus posibilidades de profundización y consolidación. También parece haber quedado claro que la ofensiva conservadora en marcha sobre los sectores populares se asentó sobre ciertas bases estructurales de neoliberalismo inscripto en la gestión progresista del ciclo neodesarrollista, así como puso en evidencia las dificultades que los de abajo encontramos para oponer una barrera de contención a este nuevo proyecto de poder. Parafraseando al Colectivo El loco Rodríguez, podríamos afirmar que el triunfo electoral de un proyecto de país que históricamente se había impuesto por medio de la violencia directa implica una “derrota trasversal del campo popular”.
Sobre esta caracterización pensamos que debemos poder proyectar la resistencia popular anti-neoliberal asentada en una perspectiva que exceda las estrategias y las tácticas determinadas por cada grupo en particular. De allí que esconder las diferencias bajo el lema abstracto de la necesidad de la unidad popular, no aporte demasiado. Pensamos que debemos madurar cierto vínculo entre las organizaciones que permita poder asumir las diferencias en post de realizar acuerdos mínimos para cuestiones concretas
¿Qué tenemos para decir en esta coyuntura, entonces, aquellos que no intervenimos en la disputa electoral?
En primer lugar, se impone la necesidad de sostener una posición que remarque que las diferencias en el plano electoral no deberían poner en riesgo las posibilidades de coordinación en otras dimensiones. Por otra parte, asumir que si bien para muchos de nosotros la dimensión reivindicativa y la específicamente política no se nos presentan como escindidas (la lucha política es social y toda lucha social comprende una dimensión política), es necesario profundizar el proceso de politización de las bases de los movimientos sociales desde los cuales construimos. Si algo queda claro como balance de este primer año y medio de gestión Cambiemos es que no da lo mismo quien gobierne. Tampoco que podemos suponer que aquellos que son parte de determinadas luchas luego expresarán en las urnas una posición más o menos coherente con ese proceso de politización que vienen realizando. De allí que, si bien nuestra estrategia se sostiene sobre los pilares de principios como la autonomía y la construcción de poder popular (que implican una confrontación directa con este tipo de democracias –parlamentarias—que nos gobiernan), y nuestra táctica en esta coyuntura implica no disputar porciones del poder instituido participando de las elecciones de este régimen, procuremos de todos modos hacer los mayores esfuerzos porque, a la hora de votar, nuestras compañeras y compañeros no lo hagan por los candidatos de la casta política que concentra los pilares del proyecto de país al que nos enfrentamos. Si bien no realizamos campaña por ningún candidato, resulta fundamental que las bases de los movimientos sociales que integramos puedan discutir políticamente nuestra posición (la promoción de un proyecto sustentado en una democracia participativa y protagónica del pueblo), así como la necesidad de que, a la hora de votar, al menos se haga por los más cercanos, que no siempre son quienes comparten las luchas reivindicativas con nosotros, pero sí quienes comparten ciertas miradas respecto del país que no queremos y algunos rasgos del que anhelamos. O incluso, que puedan hacerlo por quienes consideran que pueden frenar en el ámbito parlamentario esta ofensiva conservadora, más allá de que de fondo nosotros cuestionemos la reducción de la política a la gestión y enfrentemos la concepción del “mal-menorismo”, aquella que sostiene que lo que tenemos que hacer es elegir por lo menos malo.
Por eso, insistimos, debemos desmoralizar al proceso electoral. No se trata de hacer una divisoria de aguas entre los buenos que no nos manchamos interviniendo en las elecciones burguesas y aquellos que declinan ante el canto de las sirenas, sino de entender que como organizaciones populares vamos tejiendo acuerdos y construyendo perspectivas divergentes, en donde algunos entendemos que poco aporta hoy al proceso de acumulación de fuerzas en función de un cambio social profundo participar de las elecciones, y otros, por el contrario, visualizan allí una posibilidad de ampliar su campo de intervención.
La construcción de la resistencia popular es para nosotros, finalmente, lo que podrá poner un freno a las políticas conservadoras en curso y no cómo quede configurado el Congreso o que caudal de votos obtenga cada fuerza política. Pero no podemos negar que la revalidación en las urnas del actual proceso en curso sería un freno a nuestras posibilidades de contagiar la bronca para transformarla en protesta.
Obviamente, si las condiciones socio-económicas empeoran tras octubre (y nada indica que así no vaya a ser), es factible que una porción importante de nuestro pueblo se sume a quienes ya venimos saliendo a las calles. Pero también sabemos que los malos gobiernos se incomodan pero no se sobresaltan si las luchas reivindicativas quedan sólo en ese plano. Por eso se nos impone cada vez más pensar en políticas de articulación popular más amplias que hagan confluir las protestas libradas por cada sector en particular en el camino de obtener algunas pequeñas victorias que mejoren nuestra calidad de vida (o al menos, que no siga empeorando) en pos de construir, alimentar, masificar y potenciar una política activa de resistencia popular anti-neoliberal.
*Editorial de la revista Venceremos, agosto de 2017.

Raúl Gonzáles Tuñón: Del puerto a la trinchera


(Un homenaje a 43 años de su fallecimiento)



Por Mariano Pacheco (La luna con gatillo)

«El escenario esencial deja de ser el arrabal con sus puertos y sus cafetines para dar lugar a la trinchera. Y si de la vanguardia se deriva hacia eso que solía llamarse ´compromiso´ es porque el viaje estético en dirección a Europa se ha trocado en ´viaje militante´».
David Viñas, «Cinco entredichos con Raúl González Tuñón».




La primera guerra mundial hizo estallar por los aires no sólo los cuerpos de miles de personas, sino también gran parte de las esperanzas de la humanidad en el progreso. A pesar de ello los inicios de la década del 30 serán muy propicios para que la imaginación encuentre sus lugares y se ligue a las perspectivas de transformación radical de la sociedad a escala planetaria.
La debacle, la crisis internacional del capital en 1929 hicieron que el triunfo de los bolcheviques en Rusia, en 1917, se reactualizara una década después, más allá de que no hubiese sucedido en esos años lo que se esperaba. A saber: la extensión de la revolución proletaria a otros países, sobre todo los modernos y desarrollados Estados europeos. Se sabe: donde hay crisis hay posibilidad de un nuevo comienzo.
Raúl González Tuñón, como hombre de letras y con una sensibilidad política de izquierda no estuvo exento, como muchos otros hombres y mujeres de su generación, a estos cambios virulentos que comenzaron a imponerse en el mundo de entonces.
Son años de definiciones y de radicalización política. En julio de 1928 el Congreso de la Internacional Comunista avanzaba en posición de «clase contra clase», rompiendo su anterior política de alianzas con otros sectores de la izquierda y el progresismo no comunista (principios que serán ratificados cuatro meses más tarde, en su Octavo Congreso, por el Partido Comunista de la Argentina). Discusiones y definiciones políticas que van de la mano de otras discusiones estéticas, sobre todo en torno al rol del arte y la literatura en la sociedad, sea en las socialistas como en las capitalistas en el camino hacia la revolución.
Nada de esto puede dejar de tenerse en cuenta si queremos pensar, por ejemplo, el tránsito del Raúl González Tuñón desde La calle del agujero en la media (su tercer libro de 1930), La rosa blindada (homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas revolucionarios), su séptimo libro de 1936, pasando por algunos textos anteriores, como los recopilados en Todos bailan o los poemas publicados en la revista Contra. Es el movimiento que parte primero desde los puertos de Buenos Aires para desembarcar en París, y desde allí a otros puertos imaginarios, para luego desembarcar en un nuevo puerto, ya no estético sino político. Puerto que deviene trinchera y compromiso combatiente, sin por eso abandonar nunca la palabra como lugar de combate.
La calle del agujero en la media
«Ternura de canciones marineras dormidas sobre el vientre verdoso de los puertos… Puertos, partidas, las palabras más lindas que conozco; Todas las vías conocidas por mí, vagabundo de estaciones…».
Raúl González Tuñón, “Petrouchka”.
Es bastante directa la relación que puede establecerse entre texto y contexto, entre poema y experiencia en estos años de Raúl González Tuñón. Resulta difícil no leer los poemas reunidos en La calle del agujero en la media en serie con su visita a París (viaje que se financió con el dinero que obtuvo al salir ganador del Premio Municipal de Poesía en 1928, tras la publicación de Miércoles de ceniza, su segundo libro). En ese viaje, por ejemplo, Tuñón se topó con los surrealistas, entre otros personajes de la cultura europea del momento. Conoció entonces a André Bretón (uno de sus máximos referentes) y leyó su segundo manifiesto. El contacto con este movimiento llevaron a Tuñón, en gran medida, a realizar un proceso a partir del cual logra realizar un proceso de estetización del mundo a través de la palabra. Tal como recuerda Beatriz Sarlo, conviene no olvidar que en París, Tuñón se sitúa en un mundo de códigos culturales que comienza a incluir la política. «El viaje, de este modo, se transforma en una necesidad y en una condición de la literatura”.
Una estética construida a fuerza de mezclar su mirada sobre el mundo con su experiencia de viaje. Importantes técnicas del arte contemporáneo aparecerán entonces: el collage de la pintura y el montaje del cine, principalmente, aunque también otros procedimientos de la escritura, no necesariamente poéticos, como el discurso periodístico (sobre todo la lógica del telegrama). Esa mezcla, entonces, abrirá su perspectiva a una experimentación formal, que hace del montaje desprejuiciado su gran caballo de batalla.
La poesía aparece así como experimentación, pero también, como oficio, similar al del titiritero y el prestidigitador, cuyo arte es la ficción, entendida la poesía como cierta magia de la modernidad, entremezclada con cierto ideal de periodista que mira, da cuenta de lo que ve, juzga y agita sobre lo que piensa. Y será precisamente esa mezcla la que le permitirá a Tutón realizar ese movimiento a partir del cual la magia poética no niegue la inmundicia del mundo, sino que la contenga.
Y si bien el viaje provoca una inflexión que desplaza el imaginario político-ideológico, un movimiento del yo lírico al nosotros, como tan bien supo señalar Davis Viñas, para nada provoca en Tuñón, por ejemplo, un abandono de la palabra por la política, o un desentenderse de las preocupaciones de la composición y de la técnica. La persistencia del personaje Juancito caminador (que fue incorporado a partir de su segundo libro, Miércoles de ceniza) puede ser uno de los engranajes de continuidad entre los planteos anti-burgueses de los primeros libros, y los planteos socialistas de los siguientes. De hecho, Juancito caminador funciona como una figura a partir de la cual Tuñón puede realizar un fuerte desplazamiento textual, desde los bajos fondos porteños hacia el otro margen: el cosmopolita, el de la cultura y la política internacional. Primer alias de Tuñón, Juancito caminador es el poeta irónico, el poeta de los ladrones, él mismo un poco ladrón. Supo contar el propio autor que el personaje existió históricamente: era un mago (Johnnie Walker), a quien conoció actuando en un circo en la Patagonia, de quien se hizo amigo, sobre todo por su voluntad de acercarse al hombre que tenía el mismo nombre que su whisky preferido.
Personajes como este, entonces, le permitirán a Tuñón llevar adelante sus principales operaciones de escritura: mezcla de lenguajes, textos impuros y de procedencia diversa, compuestos a su vez de retazos de otros discursos contemporáneos: diarios, carteles, telegramas, avisos clasificados, publicidades, estribillos de canciones infantiles, y, por supuesto, discursos que realizan una crítica política de la cultura contemporánea.
Corte y pegue
«Anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción, rojo y alegre como una revolución».
Raúl González Tuñón, «Escrito sobre una mesa de montparnasse».
En la serie de poemas reunidos en Todos bailan y La calle del agujero en la media podemos rastrear con claridad como la exaltación del presente y la apología de la ligereza funcionan como marcas distintivas del viaje, donde la risa y la alegría hacen de la poesía una conversación. En su introducción-presentación a una de las ediciones que reúnen estos dos libros, el crítico argentino Daniel Freidemberg aseguró que en estos poemas Tuñón se acerca a lo que Apollinaire llamó alguna vez “poema-conversación”, basado en una “confidencialidad táctica”, en una “complicidad” entre quien habla y quien lee el poema. Y a su vez, destacó que es en La calle… (el “gran libro parisiense”, el de mayor cercanía con el surrealismo), donde aparecen por primera vez personajes obreros, chicos pobres, gente de barrio.
Es en poemas como “La cerveza del pescador de Schiltigheim”, “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”, “La calle del agujero en la media”, “Marionettes” y Petrouchka”, de La calle…, o “George Bancroft”, “Juancito caminador” y “Relato de un viaje”, de Todos bailan, donde la jovialidad puede funcionar como clave de lectura. Jovialidad de los viajes, de las mujeres, del vino y de las drogas; del placer de la conversación y el conocimiento de nuevos lugares; el cruce entre el mundo real, y la imaginación.
Por otro lado, los poemas de Todos bailan (publicado cuando el Frente Popular ya ha triunfado en España y los inicios de una Guerra Civil comienzan a aparecer más como certeza que como posibilidad), dan cuenta de esa politización creciente de Tuñón y otras tantos hombres y mujeres de su generación.
Esa mezcolanza entre su vocación surrealista y su compromiso en ascenso puede verse expresada, por ejemplo, en el ya citado Juancito caminador, personaje que amaba tanto a las muchachas, el vino, el opio y los poemas de Rimbaud, como las bombas. Poema que comienza: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente,/ lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad” (palabras que se hacen eco de la de los surrealista, quienes afirmaron, en una encuesta que les realizaron en 1928, que el suyo era el único movimiento que se planteaba cambiar la totalidad de la vida), y termina afirmando: “y mi corazón continúa alegre y violento/ como el corazón alborotado de un mundo nuevo”.
Como puede leerse, aunque la mezcla se sostiene, no está exenta de una profunda tensión. En “Cosas que ocurrieron un 17 de octubre”, por ejemplo, escribe: “A los 20 años sólo creíamos en el Arte, sin la vida, sin la Revolución/ Volveremos a las usinas, al olor de la multitud, a los descarrilamientos…”. Conviene no olvidar, de todos modos, que la mayoría de los joviales poemas de La calle… conviven ya con otros como “Usina” y “Sobre las catedrales, sobre la guerra”, donde Tuñón da cuenta de las penurias del proletariado de las usinas y también, que Europa es «un soldado dormido sobre su mochila». Posición que se va a ir profundizando al compás de los acontecimientos europeos, que tienen pendiente al mundo entero.
Brigadista de choque
“Contra la demagogia burguesa/ Contra la pedagogía burguesa/ Contra la academia burguesa/ Contra/Contra/Contra el fascismo super expresión del capitalismo desesperado...”.
Raúl González Tuñón, “Brigadas de choque”.
Entre La calle… y Todos bailan, de todos modos, está el lanzamiento (el 28 de abril de 1933) de Contra, la revista de los francotiradores, que Tuñón dirige y donde publica incendiarios poemas como “Brigadas de choque”, texto que no podrá incluir luego en la edición de Todos bailan (como sí hizo con otros poemas publicados en esa revista), porque aun dos años más tarde permanecerá abierto un proceso judicial contra él, por el cual de hecho permaneció detenido cinco días y por el cual la revista fue clausurada.
Poema de combate en el que reclama “el puño cerrado frente a la burguesía” y se propone, desde esas “brigadas de choque de la poesía” que él integra, dar “a la dialéctica materialista el vuelo lírico de nuestra fantasía”. Con menos prejuicios que en otras épocas (como las actuales), Tuñón afirma (ya no desde un yo, sino desde un “nosotros los comunistas”, como destaca Viñas) que la constitución burguesa le da risa, y que junto con sus camaradas quiere la dictadura que “asegurará la libertad del mañana”. Es decir, la dictadura del proletariado, central en la teoría marxista, a la hora de pensar la transición del socialismo al comunismo. Poema-manifiesto en el que se expresa el hartazgo frente a la cultura burguesa y se declara la “guerra a las clases dominantes”, en el camino hacia un “arte puro” en una “sociedad sin clases”.
Contra es una revista de intervención política de izquierda que, de todos modos, no se inscribe en los marcos del realismo socialista, sino en oposición a él, promoviendo un proyecto que vincule a la estética vanguardista y a la militancia política, siempre dentro del «restringido-amplio» campo de la izquierda. De allí que la bajada de la revista esgrima: “Todas las escuelas. Todas las tendencias. Todas las opiniones”.
Esta posición de compromiso junto al comunismo se irá acentuando y ya no dejará lugar a dudas, pocos años después, cuando publique La rosa blindada. Allí esta posición se hará explícita, en el prólogo a la primera edición libro (“A nosotros, la poesía”), cuando Tuñón construya esa suerte de «Manifiesto para la coyuntura». Allí afirma, fundamentalmente, que el poema revolucionario debe tener casi siempre ese ritmo de marcha, de himno, que permite a un poema ser cantado. También sostiene que el poeta no debe renunciar a ser poeta, pero tampoco a estar al servicio de los otros, porque en una época intensa, dramática, de negación y creación como las que les toca vivir, deben apostar por confundir lo político y lo artístico, colocándose del lado de la revolución y construyendo un arte de oposición. “Nosotros tendremos la suerte de recibir a la revolución cantando, después de haberla cantado y deseado, sin descuidar la técnica y sin dejar de haber intervenido más o menos concretamente en la lucha”, dice, antes de tomar distancia de sus planteos surrealistas (de los cuales, sin embargo, no se arrepiente, porque según expresa, «sirvieron para sacudir la modorra, ganar la calle y ejercitar la valentía» en un momento dado). Sin embargo, a pesar de todas esas declaraciones de combate antifascista y por el socialismo, cuando culmina su manifiesto expresa que le gustaría estar listo para cuando haya que disparar sobre alguien, que sea con un poema o con lo que sea, así como le gusta charlar en cualquier mesa, y si es delante de un vino mejor. Persisten aquí, como puede verse, los ecos de otros poemas, líneas como las que mezclaban el «rojo y alegre» de un buen vino, con el «rojo y alegre» presentes en una revolución.
1936, por otra parte (además de ser el año en que publica La rosa blindada) es el año en que se inicia la ofensiva franquista sobre la República (la Guerra Civil Española). Punto de inflexión, ya que la lucha que comenzará a desarrollarse en España va a adquirir carácter internacional. Preludio de la Segunda Guerra Mundial, es leída por sus contemporáneos, sin embargo, como un paso hacia el mundo nuevo que vendrá. Lo que vendrá, de todos modos, no será la victoria de la revolución, sino su derrota. Una de las experiencias más potentes y más trágicas de todo el siglo XX, de la que Raúl González Tuñón será no solo contemporáneo sino un comprometido y entusiasta partícipe.
De aquellas andanzas y comabtes surgirá nuevos poemas, que irá escribiendo al fragor de cada batalla, tal como un periodista publica sus artículos, notas y crónicas de cada acontecimiento del que participa o a los cuales asiste. Varios de sus poemas, incluso, serán cantados en las trincheras republicanas, sin que los combatientes sepan a quien pertenecían. ¿Puede pedir algo más grato un poeta revolucionario? Un poema que pierde su autoría para transformarse en himno de combate colectivo por la emancipación de la humanidad.
Por supuesto, en este transcurrir histórico el rojo será cada vez menos el alegre del vino y cada vez más será el enlutado rojo de la sangre… esa que miles de hombres y mujeres, ancianos y niños, españoles y de todas partes del mundo, van a dejar en los campos y ciudades de España, mientras son masacrados por las balas y bombas del fasciscmo, mientras gritan consignas de resistencia y entonan canciones de combate con las letras de Tuñón.

martes, 25 de julio de 2017

Julio 26: Evita, Copi y la ortodoxia peronista recargada


(Bloque “Libros y Alpargatas” en La luna con gatillo*)


Por Mariano Pacheco**


Año 2017, mes de julio. El Teatro Nacional Cervantes estrena dos obras de Copi. Una de ellas es la ya hace tres décadas polémica “Eva Perón”, en esta oportunidad dirigida por Marcial Di Fonzo Bo y protagonizada por el chileno Benjamín Vicuña.


Tras los anuncios, la Juventud Sindical Nacional de la Confederación General del Trabajo (CGT), que conduce Juan Pablo Brey (también secretario de Juventud y Protección de la Niñez de la central obrera), repudió la obra argumentando que la pieza teatral exhibe “una imagen irreal” de Evita y representa “una deshonra a su vivo recuerdo”. Para Brey, la puesta en escena se parece más a lo descripto por quienes en su momento alzaron la consigna “Viva el cáncer” (ante la enfermedad de Eva) que a lo que representó es mujer para los más humildes.


***
En 1969, al publicar Eva Perón, Copi hace ingresar por primera vez en la literatura argentina a una Evita viva y con su propia voz. Lo hace de un modo extraño, puesto que la obra es escrita en francés, y en su estreno en París, el 2 de marzo de 1970, es protagonizada por un hombre. No en vano la obra de Copi como se hizo llamar, tomando el apodo de su padre, el historietista, dramaturgo y escritor argentino Raúl Damonte Botana–- sufrió un atentado en el Teatro L`Epée-de-Bois.
No quisiera, de todos modos, hacer un recorrido exhaustivo de esta obra en la cual Evita en una línea casi borgeana de interpretación del peronismo aparece como simulacro: no es mujer sino hombre (o, más bien, un travesti); no tiene cáncer sino que aparenta la enfermedad; no le importan sus descamisados sino sus camisas, joyas y vestidos; y, finalmente, no muere sino que mata a su enfermera, colocando el cadáver en su lugar y dándose a la fuga.
Me interesa de Copi, sí, que abra la puerta para que una Evita con vida y voz propia ingrese en la literatura. Porque por primera vez aparece una pieza que ya no se titula con evasivas, como en Juan Carlos Onetti (“Ella”), David Viñas (“La señora muerta”) o Rodolfo Walsh (“Esa mujer”), sino que lleva su nombre y apellido. Y posee, además, ese componente subversivo de presentar a Evita como un travesti.
En su libro dedicado a Copi, César Aira destaca que, en realidad, no hay nada que indique en la obra que el personaje es un travesti, más allá de ser interpretado por un hombre. Pero que, de todos modos, “su travestismo se sostiene en el sistema mismo: si no es la Santa de los humildes, la Abanderada de los Trabajadores (y esta Evita harto demuestra no serlo), tampoco necesita ser una mujer. La representación de la mujer es una mentira”.
Tengamos en cuenta que la del sesenta es la década en que aparecen las primeras cirugías para realizar cambios de sexo. Hace pocos años que el concepto de travestismo ha ingresado en la literatura y el psicoanálisis, y todavía pesa en cierto sentido común instalado en la sociedad la interpretación vigente en el campo de las ciencias médicas de comienzos del siglo, que planteaba básicamente que el travestismo, la transexualidad y la homosexualidad eran prácticas anómalas que se desviaban del modelo normal de conductas.
Es decir, que eran tal como plantea la antropóloga argentina Josefina Fernández en su libro Cuerpos desobedientes. Travestismo e identidad de género prácticas caracterizadas como enfermedades, “aberraciones sexuales” que era necesario tratar para corregir, conocer para curar.
De todos modos, tal como remarcó Marilú Marini, Copi no entraba en la “ideología gay”, ya que rechazaba los ámbitos que “guetificaban” (lo que no significa que no validara protestas o condenara injusticias. Algo similar a lo que sucede con la “condición gay” pasa con la “cuestión nacional”. Alguna vez Copi rescató la importancia de la educación argentina: “Nunca pensé en una sola carrera. Forma parte de mi educación, es así, una educación argentina. La educación del norte de América es mucho más especializada; si es ingeniero no sabe hablar de otra cosa que no sea la ingeniería, si es pintor no sabe hablar de otra cosa que no sea de pintura; las personas no saben más que una sola disciplina; se especializan; mi disciplina es un papel en blanco, es mi imaginación”, supo decir en una entrevista con José Tcherkaski, publicada luego en libro, bajo el título Habla Copi. Homosexualidad y creación. Pero también, en la misma entrevista, remarcó que trabajaba muy bien, en general, con “argentinos internacionales”. Es que tal vez Copi era de esos autores que tenían “algo” con el ser argentino. O más bien: que concebían al ser argentino como un no ser nacional. Sí, tal como destacó María Moreno en su artículo “La patria torcida”, publicado el 6 de julio de 2012 en Soy (el suplemento del diario Página/12), el ser argentino, como el yo freudiano, es “el producto de la repulsa y exclusión de toda diferencia” –bárbaros, mujeres, homosexuales, inmigrantes, disidentes políticos–, si el ser nacional es “no ser puto, ni torta, ni trans, ni inter, ni extranjero, ni pobre, ni loco, ni mujer”, bueno, entonces por qué rescatar el ser nacional.
Si a esa pregunta le sumamos el dato del ferviente antiperonismo de su familia (que se fue de la Argentina cuando Copi era aún un niño, “perseguidos” por el primer gobierno peronista), bueno, entonces tal vez la “Eva Perón” de Copi puede entenderse un poco más.

***

Alguna vez Walter Benjamin sostuvo que, aquel intelectual crítico que no pudiese posicionarse debía callar. En tiempos de pastiche y mediocridad puede sonar “centrista” no quedarse ni en una posición ni en otra, pero tratándose del peronismo, ¿quien podría cuestionar una tercera posición?
Desde la trinchera radiofónica, que cada jueves sostenemos en vivo desde Córdoba (Argentina), para sumar nuestra mirada y nuestra voz al torrente de crítica política de la cultura contemporánea que intentamos sostener desde cada transmisión por internet, no queremos quedarnos ni en una posición ni en otra: ni en el festejo a-crítico de un peronismo que hoy se parece más a los mediocres contra los que desprotricaba Evita que al hecho maldito del país burgués que anunció John William Cooke, ni en el frívolo posicionamiento que hace del arte una expresión tan autónoma de la vida social que pareciera ser cosa de otro mundo.
Por el contrario, este “escritor cabeza” quisiera quedarse con una reivindicación del genio artístico de Copi, con la alegría de saber que hoy el teatro argentino vuelve a ponerlo en escena y con la convicción de que, en la historia de la literatura argentina, es mucho más interesante aquello que “los contreras” han producido sobre el peronismo que lo que el propio movimiento supo producir desde su interior (salvo algunas pocas y honrosas excepciones).
Que el arte provoque a la política y la haga pensar (así sea más allá de su escándalo) siempre es parte de un movimiento que, desde el pensamiento crítico, es importante saludar.

*LA LUNA CON GATILLO: Una crítica política de la cultura (jueves de 19 A 20.30 horas en vivo por Radio Eterogenia: www.eterogenia.com.ar). Fanzine digital de actualización diaria:
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**Autor de Cabecita negra, ensayos sobre literatura y peronismo (editorial Punto de Encuentro, 2016).


jueves, 20 de julio de 2017

Ajuste y Mcdonalización del trabajo

Por Mariano Pacheco*
(@PachecoenMarcha)


No todo es represión policial: el miedo y la "cultura empresarial" son la otra cara del avance sobre el mercado laboral. Los casos de PepsiCo y Córdoba, y el desafío sindical.

 
“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”,  fueron las palabras con las que el desbocado gobernador de la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar,  Ibérico Saint Jean, explicó alguna vez el método llevado adelante durante el Proceso de Reorganización Nacional. En otro plano y en otra época, algo de este “método de escalonamiento” parece estar presente en el modo en que este nuevo PRN, encabezado por el ingeniero Mauricio Macri, arremete contra los derechos de los trabajadores argentinos.
Primero fue la ofensiva sobre los empleados estatales, vía despidos. Luego sobre los trabajadores de la industria, combinando despidos con suspensiones. Ahora la gestión Cambiemos suma una nueva modalidad a su política aleccionadora sobre las condiciones laborales de públicos y privados, vía la instauración del miedo y la cultura empresarial del empleado del mes.
Esta Mcdonalización de la política de regulación de relaciones laborales por parte del Estado se expresa tanto en el ámbito de las instituciones públicas, donde interviene de modo directo, como en el ámbito privado, donde avala las políticas empresariales, incluso con el uso de la fuerza pública, como recientemente sucedió en la planta Pepsico en Florida, en el partido bonaerense de Vicente López
El caso Córdoba en junio y recientemente los sucesos de Buenos Aires muestran cómo la “Revolución de la alegría” logra instalarse más allá de colores, geografías y símbolos partidarios.

Córdoba, tan violentamente amarga
Mucho se ha hablado en la prensa provincial de Córdoba y en la de Buenos Aires sobre los nueve días de huelga llevada adelante en la provincia mediterránea por los choferes de colectivos y las conductoras de trolebuses. Un paro que, tal como comentamos en Zoom en su momento, hizo mucho más que poner en discusión la paritaria nacional aprobada por la Unión Tranviaria Automotor (UTA) a nivel nacional, si bien la diferencia del reclamo no era menor: un 11,5% en los aumentos salariales, teniendo en cuenta que reclamaban que se realizara en un pago, retroactivo al mes de enero y aplicado a la escala nominal de Córdoba, del 21% que la cúpula gremial nacional había acordado en pagos escalonados en tres cuotas para el segundo semestre de este año. Pero de fondo, como en su momento sucedió en Buenos Aires con los metrodelegados, los delegados de UTA Córdoba expresaron una rebelión de las bases contra un modo de actuar dirigencial que no los tiene en cuenta, e incluso, que muchas veces actúa contra sus propios intereses (entre los reclamos figuraba la regularización de la situación de la seccional, intervenida desde hace más de un año). De allí que para muchos no fuera una sorpresa que cuando por fin se había arribado a un acuerdo entre los trabajadores en huelga, las empresas y el Estado provincial, la cúpula gremial “pateara el tablero” y rechazara ser parte del mismo. Las consecuencias fueron funestas para los laburantes cordobeses, y no sólo del transporte.


La huelga culmino con 187 trabajadores despedidos (de los 3.500 que existen en la ciudad) y diez delegados a quienes UTA les revocó el mandato, como parte de una medida extorsiva planteada por las empresas y el Estado Municipal respecto de una exigencia en otros tiempos inimaginable: que los trabajadores “entregaran” a sus delegados a cambio de la reincorporación de los despedidos. Así y todo, y más allá de que el viernes pasado la dirección gremial revocara el mandato de los diez delegados, hasta el momento no se produjeron reincorporaciones. A esto debe sumársele una iniciativa que, si bien no ha prosperado a nivel nacional porque no consiguió el apoyo necesario en el Congreso de la Nación, sí pudo ser aprobada en Córdoba gracias al “pacto legislativo” con el que, con excepción de la izquierda, se desarrolla la vida parlamentaria local. La declaración de “servicio esencial” al transporte público de pasajeros llevada adelante por el bloque oficialista de  Unión por Córdoba (versión “cordobesista” del justicialismo), junto con el PRO, el Frente Cívico y la Unión Cívica Radical (UCR) en la Unicameral, colocó al transporte en un lugar similar al que tienen la provisión de agua potable y la energía. Es decir, que ha quedado limitado el derecho de huelga en el transporte. La imagen de los colectivos siendo manejados por “choferes voluntarios”, transitando por las calles de la ciudad con un miembro de Gendarmería Nacional en el primer asiento durante el fin de la larga huelga, se enlaza ahora con la imagen de la indiferencia de los transeúntes frente a la Carpa instalada por las conductoras de trolebuses en las puertas del Palacio municipal, donde realizan huelga de hambre reclamando su reincorporación al trabajo. Mirada indiferente a la que se suma la del intendente radical-cambietista Ramón Mestre, quien lejos de salir perjudicado políticamente tras una huelga que puso al desnudo, entre otras cuestiones, los negociados que se esconden tras un deficiente servicios público de pasajeros urbanos (uno de los más caros del país), se fortaleció en su camino hacia la disputa por la gobernación, esgrimiendo además un discurso de “mano dura”, de endurecimiento contra las medidas de fuerza que pueda adoptar el gremio de trabajadores municipales.

La moral del buen empleado
El caso Pepsico también resultó emblemático en este proceso de Mcdonalización de las relaciones laborales. Con una comisión interna combativa y enfrentada a la conducción encabezada por el titular del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Alimentación, Rodolfo Daer, el cierre de la planta no parece tener como telón de fondo un problema de rentabilidad económica. 


Desde la ministra Patricia Bullrich (“todas las empresas donde hubo o hay comisiones internas que son manejadas por el Frente de Izquierda, terminan cerradas”), hasta el propio presidente Macri (no está bien y no es legal tomar una fábrica por la fuerza”) condenaron a los trabajadores que protagonizaron la protesta y se posicionaron como un claro actor en su contra, en esa suerte de triunvirato conformado por la empresa, el sindicato y el gobierno. Algo similar sucedió con los choferes de la línea 60 de colectivos (que también cuentan entre sus filas con delegados opositores a la conducción de la UTA), quienes en junio comenzaron una huelga en reclamo por mayores medidas de seguridad y se encontraron con despidos y suspensiones de personal como respuesta, situación ante la cual retomaron hace una semana las medidas de fueras y aún se encuentran realizando una huelga por tiempo indeterminado.
Este panorama parece sí tener como telón de fondo el miedo que ya ha comenzado a instalarse en amplias capas de la población, y que tiene en los números del primer año y medio de gobierno de Cambiemos las huellas del cambio en sus condiciones de vida y de trabajo.

Blanco sobre negro: quiero vale cuatro
Los números del INDEC confirman que los primeros nueve meses de 2016 dejaron un saldo de 127.000 despidos nuevos en el mercado privado formal. Este segundo año de gestión macrista arrancó con un ritmo de 57 despidos por día. Sólo en el mes de enero de 2017 --según datos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)— más de 1.500 trabajadores habían sido expulsados del sector privado formal. A esto debe sumársele los 70.000 trabajadores despedidos del sector estatal solo entre diciembre de 2015 y marzo de 2016, situación que provocó que en el 3 ° trimestre del año pasado la tasa de desocupación alcanzara el 8,5 %.
Es en este contexto que, pese a la oposición abierta de un gremio que se ha mostrado tan combativo como la Asociación de Trabajadores del estado (ATE), el gobierno haya logrado instalar el control del presentismo entre los empleados públicos. Situación a partir de la cual la gestión Cambiemos comenzará a poner en marcha, ya en este segundo semestre del año, una prueba piloto que el Ministerio de Modernización llevará adelante en diez ministerios para evaluar el nivel de desempeño de los trabajadores. “Como anticipó LA NACION en febrero último, el modelo de las grandes compañías llegará al Estado: las pruebas contemplarán el cumplimiento de objetivos”, expresa con orgullo el diario de los Mitre en su edición de este martes 18 de julio.

La larga marcha
Después del desalojo de Pepsico y varias deliberaciones en una reunión de Consejo Directivo, el triunvirato de la Confederación General del Trabajo (CGT) anunció una movilización para el 22 de agosto, donde repudiarán el desalojo acontecido en Vicente López y se manifestarán contra “las consecuencias del modelo económico”. Según declararon desde la conducción cegetista, antes realizarán un plenario nacional ampliado (en principio, el 28 de julio), donde elaborarán un “documento crítico” para presentar en la Casa Rosada. Si bien realización de Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) mediante (la conducción colegiada expresó que no querían prestarse a ningún “juego político” preelectoral), lo cierto es que la convocatoria a una medida de fuerza casi un mes y medio después de producida la represión, generó incomodidad no solo en ajenos sino incluso en la fuerza propia. Sobre todo teniendo en cuenta el nivel de malestar social creciente y las posiciones que, desde algunos de los dirigentes sindicales, se dejaron expresar, no sólo no acompañando la moción de realización de un nuevo paro general sino incluso proponiendo realizar un acto en un estadio, a puertas cerradas, en lugar de una movilización para ocupar el espacio público y visibilizar las broncas y reclamos.


Por su parte, el otro triunvirato (el del polo social que conforman las tres expresiones más numeroso de los movimientos populares) convocaron a un nuevo plan de lucha que comenzó este jueves con la realización de mil ollas populares en todo el país, y que continuará durante julio y agosto con otras medidas, como la realización de una jornada nacional con carpas en todas las provincias por la Emergencia Alimentaria, el 27 de julio y el 7 de agosto (como el año pasado) una nueva movilización desde San Cayetano (Liniers) hasta Plaza de Mayo, bajo el lema “Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo”, para finalizar el 22 de agosto acompañando a la CGT en la medida de fuerza anunciada. “Tras la multitudinaria movilización al Ministerio de Trabajo de la Nación y las innumerables manifestaciones en el interior del país por un Salario Mínimo superior a la Canasta Básica y un Salario Social superior a la Canasta Alimentaria, habida cuenta de la crítica situación social y laboral, el escalada represiva, la arbitraria exclusión de los trabajadores de la economía popular del Consejo del Salario y el decreto unilateral que contempla aumentos escalonados miserables” explicaron desde la Corriente Clasista y Combativa (CCC), la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y el Movimiento Barrios de Pie para fundamentar su salida a las calles nuevamente tras el acuerdo alcanzado en diciembre último para que el gobierno avanzara con la Ley de Emergencia Social.
El sostenimiento de un salario social complementario de $400 mensuales para cada trabajador del rubro al ritmo e que aumentan los alimentos y servicios básicos no hace más que reforzar la búsqueda estatal por mantener en sus altísimos niveles el trabajo precarizado hoy existente en la Argentina. Parece ser que la moral del buen empelado también se busca extenderla hasta el escalón de los más perjudicados del mercado laboral. Una moral que puede ser ratificada en agosto, y en octubre, cuando la ciudadanía emita su voto en las urnas. Con eso, al parecer, especulan los publicistas posicionados detrás de la figura presidencial, en un anhelo por borrar de la conciencia colectiva no solo las conquistas obtenidas hasta el momento, sino también la memoria misma de los derechos y la justicia social acumulada por décadas en este país.

*Nota publicada en revista Zoom.

miércoles, 19 de julio de 2017

¿Qué contribuye a pensar la emergencia de los movimientos sociales?

Por Mariano Pacheco*

 La política empieza cuando uno se propone, no representar a las víctimas (proyecto en el cual la vieja doctrina marxista siguió prisionera del esquema expresivo), sino ser fiel a los acontecimientos en los que las víctimas se pronuncian. Esa fidelidad sólo se manifiesta por una decisión. Y esa decisión, que no promete nada a nadie, a su turno sólo está atada por una hipótesis. Se trata de una hipótesis de la no-dominación, de la que Marx ha sido el fundador y que hoy en día se trata de re-fundar”.
Alain Badiou, ¿Se puede pensar la política?
  


Si de lo que se trata es de inventar una mirada, y un territorio, que duda cabe que los movimientos sociales que han emergido durante el último cuarto de siglo en Argentina (y en el continente), tienen bastante para decir al respecto.
¿Qué contribuyen a pensar hoy estas experiencias? En principio, al menos, cuatro cuestiones centrales para las perspectivas de emancipación del nuevo siglo. En primer lugar, la pregunta misma por qué entendemos por política. En segundo lugar, ayudan a repensar la cuestión del sujeto (social) de transformación. En tercer lugar, contribuyen a problematizar las identidades (políticas) desde las cuales construir un sujeto de cambio. Por último, la articulación entre lo político y lo social, o dicho de otro modo, entre el aquí y ahora (las denominadas praćticas performativas) y el proyecto estratégico.

¿Qué es la política?
(Notas impugnadoras del consenso y la gestión)

Los movimientos sociales han contribuido a la gestación de esa idea que sostiene que toda política que aspire a ser revolucionaria parte de la presentación (de los explotados y dominados por el capital), y no de la representación. Porque es el pueblo el que cotidianamente se ve atravesado por la situación de explotación y dominación, es también él quien puede decir basta. Es decir, partir de la idea de que toda política que se precie de revolucionaria parte del principio de la igualdad, y por lo tanto, de la posibilidad de la rebelión colectiva, es uno de los aportes de estas experiencias a repensar en otras claves la relación entre las militancias y los sectores sociales en las que éstas desarrollan sus iniciativas. Esta concepción rompe, por otra parte, con el moralismo típico de la izquierda liberal, porque asume que no hay malos que oprimen a los buenos, sino explotados y oprimidos que pueden (o no) optar por dejar de padecer la situación en la que viven y comenzar a dar un testimonio de justicia con su accionar, que incluye, por supuesto, asumir que aún desde de su posición subalterna, incluso, muchas veces pueden ejercer acciones de dominación hacia otros aún más subalternos que ellos. En este sentido, es muy grande el intento por no colocar al otro en el lugar de víctima, sino en ver al semejante como alguien que puede ponerse de pie y luchar junto. De allí la importancia que los movimientos sociales adjudican al hecho de salirse del lugar de la queja, para transformar la bronca en grito y la protesta en resistencia.
La política revolucionaria, así entendida, se asume  como una excepción a la regla social que organiza la cotidianeidad. Es un pensamiento y un tipo de acción que parte de la necesidad de ejercer una ruptura con lo existente. No quiere hacer reformas conservando, por ejemplo, las instituciones existentes, sino que desea aniquilarlas para gestar formas nuevas, diferentes. Por eso busca abrir una nueva situación, una posibilidad allí donde el estado dominante de las cosas no permite ver más que lo existe.  Es decir, se plantea como una posibilidad colectiva (porque necesita de la reunión de las personas) de romper con la normalidad, de interrumpir lo dado, subvirtiendo las condiciones de existencia e inventando otras nuevas. En ese sentido se plantea como una excepción a la rutina que parte de la rebelión y la posibilidad,  aquí y ahora, de  hacer posible una práctica, un sentir  y un pensar diferente, por más que esa invención sobre el mundo no tenga garantías, sino que se presente como pura apuesta de transformación.


Un monstruo de mil cabezas
(Notas sobre el sujeto)
Las mutaciones del capital y de  la composición de lo que históricamente se denominó la clase trabajadora obligaron a repensar la categoría de sujeto de la transformación. Quienes primero lo comprendieron fueron los movimientos sociales, entre otras cuestiones, porque supieron librar luchas por fuera de los lugares tradicionales del trabajo asalariado y tomaron en sus manos otras problemáticas vinculadas a la explotación y la dominación capitalista no asumidas por ese sujeto que desde las izquierdas se conceptualizaba como proletariado en revolución hacia el socialismo o desde los nacionalismos revolucionarios como pueblo trabajador o como clase obrera “columna vertebral” de un proyecto de liberación nacional.
Las luchas de los desocupados (primero, y luego de los “trabajadores de la economía popular”, después), las mujeres y las minorías sexuales fueron pioneras de una pelea que luego encontró en una gran diversidad de comunidades que se predispusieron a defender la tierra contra el avance de los proyectos extractivistas las posibilidades reales de redefinir la categoría pueblo, e incluso, clase trabajadora.
Incluso sin saberlo, muchas veces, estos movimientos del “entre siglo” enlazaron con algunas teorías de fines de las décadas del 60 y del 70, que supieron dar cuenta del protagonismo de las mujeres, pero también de los negros, de los jóvenes, los locos. E incluso, como Feliz Guattari y Gilles Deleuze, insistieron en destacar la relación “no representativa” del pensamiento con la práctica política, al afirmar que crear es resistir, aun cuando la creación de conceptos apela a una forma futura, a una tierra y un pueblo que no existen todavía.
Mientras, no quedan muchas más opciones que sostener una posición ética que sostenga la posibilidad del cambio (no sólo ante los apologistas de lo inmutable sino incluso frete a los apologistas de que sólo es posible, en este contexto histórico, pelear por acceder al Estado para realizar una gestión progresista del ciclo) y posición política que sostenga las trincheras desde las cuales proyectar la conformación de un nuevo sujeto de cambio.
Al respecto, hago propias las definiciones sostenidas por la Coordinación Resistir y Luchar, cuando en su Documento de trabajo Nª1 sostienen que hoy es conveniente “diferenciar” dos sujetos sociales protagonistas de los eventuales procesos de transformación. Por un lado, aquellos capaces de protagonizar la resistencia frente a las administraciones estatales actuales, aquellos capaces de desestabilizar el equilibrio del sistema dominante, condición indispensable para gestar condiciones reales para el desarrollo de un poder dual (y aquí, por su posición en la estructura económica, los “trabajadores asalariados” tienen un rol fundamental que jugar). Por otro lado, aquellas personas que, aun formando parte de la “clase-que-vive-del-trabajo”, expresan el desarrollo de su producción y reproducción material (y simbólica) por fuera del mundo laboral tradicional (las trabajadoras y trabajadores de la economía popular), o incluso quienes participando del trabajo asalariado, se organizan y luchan en los territorios que habitan y no en los que trabajan (experiencias barriales comunitarias, comunidades e lucha en defensa de la tierra, la vivienda y el hábitat, etcétera).

Hacer para dejar de ser --lo que hicieron de nosotros--
(Notas sobre la autonomía y el poder popular)
La autonomía y poder popular han funcionado como principios rectores de una nueva subjetividad militante dentro de los movimientos sociales. Entendida como “hacer colectivo efectivo” (según la definió alguna vez el filósofo griego Cornelius Castoriadis) la autonomía (entendida tanto singular como colectivamente) pone en tela de juicio a la ley e inaugura un momento de creación que se niega a quedar condenado a la mera repetición de lo existente. Se propone abrir un espacio para que las posibilidades y las potencialidades de los de abajo puedan expresarse y asume el desafío existencial de la resistencia. Por eso le suena muchas veces absurdo, a la militancia inscripta en los nuevos movimientos sociales, aquella crítica que recibe de la “izquierda vieja” o incluso de las vertientes “nacional-populares”, que reducen el concepto de resistencia a un momento segundo, negativo, de mera respuesta al poder (de “oposición” al Estado). Tal vez el lema, tan en boga en 2001, de “Resistir es crear”, de un poco cuenta de este mal-entendido. Las resistencias a la hegemonía del capital, como multiplicidad de prácticas situadas, tienen que ver más con “poner en discusión” los modos de vida capitalista, con ensayar dinámicas existenciales y vitales autónomas de los sectores populares, que con oponerse a la política sistémica para acumular fuerzas que permitan en un futuro cambiar la sociedad. Lo que no implica que no se acumulen fuerzas, y que no se proyecten modos de intervención más generales que permitan cambiar las relaciones de fuerzas en favor de los proyectos de transformación radical de nuestras sociedades. Por eso el concepto de autonomía suele ir ligado estrechamente al de poder popular. Porque combina una intervención gris, paciente y cotidiana de trabajo de base con dinámicas álgidas típicas de las luchas de masas, únicas capaces de intervenir favorablemente en las coyunturas para cambiar las relaciones de fuerzas.
La apuesta por desarrollar autonomía implica entonces, para los movimientos sociales, un despliegue territorial, una disputa por el control de territorios donde no tengan primacía las lógicas del capital. En este sentido, autonomía no es un mero concepto “político”, sino también económico, social y cultural, atravesado por relaciones de fuerzas (no hay auto-nomía, que se desarrolle sin su necesario correlato en la auto-defensa de las experiencias construidas, sostenidas a su vez por una base material de auto-gestión económica y simbólica, de contra-cultura o de apuesta por construir una nueva cultura que tienda a ser hegemónica en una nueva sociedad). De allí la insistencia de las organizaciones de base por intentar desarrollar, desde la cotidianeidad, prácticas que permitan la ampliación de formas autonómicas como anticipatorias del socialismo, como formas de construcción “ya desde ahora” de relaciones post-capitalistas en el seno mismo del capitalismo, entendidas desde perspectivas de ruptura, de antagonismo con las  lógicas del capital, por fuera de cualquier tipo de  “coexistencia pacífica” entre estas “prácticas performativas” y el sistema. Esto no implica negarle a las micro-políticas su potencial revolucionario, sino asumir que toda política es a la vez micro-política y macro-política. Por eso, desde esta concepción, se insistirá en recuperar reflexiones como las del comunista italiano Antonio Gramsci, para quien “las formas no-capitalistas nunca podrán ser completas ni suficientes hasta que no se alcance un horizonte general de superación del capitalismo como sistema económico y social global”. Pero no idealiza el momento de conquista del Estado como momento esencial ni absoluto en el camino de tránsito del cambio social, n tampoco hipoteca a futuros nebulosos las tareas fundamentales de construcción del poder popular que exprese en la cotidianeidad aquellos valores y dinámicas que se pretenden para toda la sociedad.


Caleidoscopios
(Notas sobre la identidad)
¿Cómo definir nuestra posición actual? En otro ensayo (Kamchatka. Nietzsche, Freud, Arlt: ensayos sobre política y cultura) la caracterizamos como “perversa y polimorfa”, en referencia a una serie de características que, pensamos, dan cuenta de un espacio que algunos caracterizaron durante años como Izquierda Independiente, otros como “Nueva Izquierda Autónoma” y que nosotros hoy, un poco en función de las crisis de estos espacios en los últimos años, llamamos simplemente movimientos sociales.
Recodemos que para el profesor Freud (en su teoría de la sexualidad) lo perverso-polimorfo refería a lo atípico, lo otro de lo normal. En este sentido es que pensamos lo perverso-polimorfo anclado a diversas formas, distintas a la norma vigente. La polifonía, lo polifacético, lo policromo, entonces, dan cuenta de una vocación diversa respecto de las voces, las fases y los colores de un espacio político.
Desde hace varios años, por ejemplo, para las jornadas de resistencia cultural que todos los 25 y 26 de junio se organizan en el distrito de Avellaneda (en la ex estación de ferrocarril con ese nombre, hoy Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki), la marcha de antorchas hacia el Puente Pueyrredón es acompañada por una bandera de banderas, a la cual cada organización, colectivo, movimiento cultural, feminista, estudiantil, sindical o piquetero ha aportado lo suyo: una bandera o pedazo de bandera, un color, un símbolo, un nombre. Así se ha gestado esa bandera gigante, sucia, desprolija, hecha de retazos, con la cual los integrantes de los distintos grupos se mezclan en la movilización. No resulta menor ver cómo allí pueden mezclarse los colores rojo y negro, el celeste y blanco, el violeta, azul-verde-amarillo-rojo-violeta-blanco-naranja.
La mezcla y no la síntesis, entonces, es una buena definición para dar cuenta de esta vocación de los movimientos sociales. Porque ya no importa las edades singulares, cuando cada uno comenzó su tránsito por  la militancia o cuando nacieron las actuales organizaciones que cada uno integra. Lo que hay, en todo caso, es suelo simbólico compartido entre quienes quizá militaron en los años 70 con quienes comenzaron en los 80-90 y quienes iniciaron sus rebeldías en la última década, o incluso, en estos últimos años. Lo que une es un modo de intentar construir algunas respuestas (al menos provisorias, a modo de hipótesis), respecto de las preguntas y problemas que se imponen en el presente. Preguntas que, al parecer, ninguna identidad previa se encuentra en condiciones de responder por sí sola.
Una de las hipótesis que diferencian a los movimientos sociales de todas las corrientes de las izquierdas clásicas (incluidas las “nuevas clásicas”) y de quienes abrevan en los nacionalismos populares (aún los autoproclamados revolucionarios), es esa voluntad por correrse de todos los “ismos” precdentes: peronismo, anarquismo, marxismo en todas sus vertientes (stalinismo, trotskismo, maoismo, castrismo-guevarismo, etcétera). Incluso la voluntad por correrse del rótulo de “post” y “neo”, aunque se retome de casi todas las corrientes mencionadas algunas de sus enseñanzas, incluyendo también a las más recientes ( “zapatismo” o “neozapatismo”).
Como fue siendo corriente en muchos espacios de organización popular de la Argentina desde mediados de la década del 90 en adelante, la convivencia de figuras como Evita y El Che, o las estrellas federal y de cinco puntas en banderas argentinas y roji-negras (junto con las wipalas y las feministas), entremezclados con rostros anónimos de mujeres sobre un fondo Nuestramericano, dan cuenta de una búsqueda en la que no todo se mezcla porque sí, y en donde los sentidos no son unilineales sino múltiples, y en los cuales algunos se identifican más o se sienten más cómodos con determinados símbolos y colores que con otros, sin por ello dejar de compartir con el de al lado la misma bandera.

*Texto elaborado especialmente para Grandes alamedas: una mirada de la realidad.

martes, 18 de julio de 2017

Encrucijadas frente al terror

La tenemos adentro (la sombra del terror en post-dictadura)

Intervención de Mariano Pacheco en la 1ª Asamblea performativa del colectivo El loco Rodríguez en Buenos Aires*



 "´Macri, basura, vos sos la dictadura´; ´Macri, desgracia, vos sos la democracia´, 'Macri Gato es la síntesis hegeliana.
Emiliano Exposto, integrante del Colectivo El Loco Rodríguez.


¿Qué significa decir, hoy, “Macri es la dictadura”?
Habría que decir, para empezar, que la productividad política de la frase “Macri es la dictadura” opera sobre todo en el orden de las consignas.
Es decir, cabe (“le re-cabe” a Mauricio) el slogan “Macri Basura, vos sos la dictadura”, pero poco o nada parece aportarle a la reflexión política, al pensamiento crítico, una frase como sea. ¿Por qué?
En primer lugar, porque como en el psicoanálisis, en el teatro político también cada escena es única e irrepetible. Por eso sostenemos que en nada contribuye a pensar críticamente el ciclo en curso slogans del tipo Macri=Menem, o Macri=la dictadura, porque no permiten captar la singularidad del momento histórico en curso.
En segundo lugar, porque mal que le pese al progresismo bien-pensante, entre la dictadura y Cambiemos no solo transcurrió el kirchnerismo sino también el ciclo de luchas sociales que aquí denominaremos como “la resistencia popular antineoliberal”.
Esta caracterización nos lleva entonces a un segundo interrogante que intentaremos dilucidar a continuación: ¿por dónde (nos) pasa el Terror hoy?
Una primera aproximación a la cuestión, aunque a muchos hoy pueda parecernos una obviedad, es que el Terror (el terrorismo de Estado), comenzó mucho antes del 24 de marzo de 1976, y persiste mucho más allá de diciembre de 1983. Pero para tomar como ejemplo el ciclo mediano de la post-dictadura cabría preguntarse si el terror ha sido siempre el mismo, o si se ha ejercido sobre el cuerpo social siempre del mismo modo. Y retomando aquel lema freudiano de la irrepetibilidad de la experiencia de la clínica, y por lo tanto del sujeto en cuestión, diremos que no, y que dentro de la llamada “democracia de la derrota” el ciclo 1996-2002 funciona como un momento de grieta de esos consensos de postdictadura.
El acontecimiento Cutral-Có, y en mayor medida el acontecimiento 2001 (las “jornadas insurreccionales” del 19 y 20 de diciembre de 2001) funcionan claramente como un período de excepción. Y son precisamente los asesinatos del 26 de junio de 2002 los que reconducen nuevamente la política bajo las sombras del terror. Porque la “Masacre de Avellaneda” impone un límite (en la carne) de los imaginarios insurgentes de las militancias más radicalizadas del ciclo que va desde las puebladas de Cutral Có a los crímenes del Puente Puyerredón. ¿Qué pasó durante ese ciclo, y qué vino después?
Desde una lucha que se presentó como meramente reivindicativa, la pueblada de Cutral Có golpeó el corazón íntimo de las democracias parlamentarias, la forma de gestión del capital en nuestra época. En primer término, la pueblada tuvo la capacidad de no agotarse en sí misma y contagiar entusiasmo y rebeldía popular a los rincones más insospechados de la patria. Entre 1996 y 2001 el piquete se instaló como método de protesta hegemónico entre los sectores populares, primero entre la población sobrante, esa que algunos cientistas sociales denominaron como “excluidos” y que a los sectores tradicionales de la política argentina (incluyendo a las izquierdas marxistas y el peronismo) les llevó años clasificar, pero también entre otros sectores como trabajadores asalariados, poblaciones en defensa de situación específicas de sus territorios, estudiantes. Por otra parte, de los piquetes emergió con fuerza el cuestionamiento radical a la forma representativa de nuestras democracias. A contrapelo de lo que sostienen la Constitución Nacional argentina, en las rutas cortadas por las barricadas el pueblo deliberó y gobernó, por días, sin representantes. Más cerca de los comuneros parisinos de 1871 que de los republicanos argentos del 80, las familias fogoneras que reinventaron el piquete, primero en la Patagonia y luego en el norte del país para extenderse por la patria entera, pusieron en el centro de la escena política un modo de actuar que quebraba el miedo impuesto por el terror. Lograron poner en entre-dicho lo dado, desafiar por medio del ejercicio de la autodefensa popular el sagrado monopolio del ejercicio legítimo del uso de la fuerza por parte de Estado.
En diciembre de 2001 ese gesto llegó a las puertas mismas del poder político centralizado y la consigna de “Qué boludo, que boludo, el Estado de sitio de lo meten en el culo” que miles corearon contra el presidente Fernando De la Rúa quebró el pacto de aceptación máxima de la representación. Un presidente ya no se retiraba de la Casa Rosada por presión de un golpe de los poderes concentrados y corporativos,  como había sucedido en 1976 y  1989 (los militares, los grupos económicos) sino por el repudio generalizado de un poder popular incipiente pero puesto en acto por horas desafiando el miedo interiorizado luego de que el dispositivo concentracionario (secuestro-tortura-asesinato) se retirara de la escena.
Lo que vino después todos lo conocemos, pero no siempre nos mostramos dispuestos a pensarlo críticamente.
¿Qué rol jugó el kirchnrismo en todo esto entonces?
Podríamos decir, para corrernos del lugar fácil de leer la experiencia 2003-2015 en clave de “cooptación” de los movimientos sociales y los organismos de derechos humanos, que lo que sucedió durante los años kirchneristas fue una mezcla entre reencauzamiento institucional del país bajo los parámetros de la política tradicional (en versión progresista, en clave simbólica “nacional y popular”) por parte de quienes condujeron el Estado (la mayoría integrante de la “clase política” a la que se reclamó en 2001 que se fuera) con una identificación con esa clase dirigente por parte de una porción del campo popular. En el medio, vía “inclusión por el consumo”, comenzó a primar la visión liberal de ciudadanía. Porque más allá de las invocaciones coyunturales a un peronismo más clásico o la promoción del lema de “empoderados”, lo cierto es que la revulsión a ser parte de experiencias colectivas de organización que pudieran poner el foco en la movilización popular para garantizar los cambios se apoderó del cuerpo social. La organización con lógicas verticales, la primacía simbólica de los liderazgos unipersonales y la “fiesta familiar” para apoyar las medidas tomadas por el Ejecutivo Nacional suplantaron la clásica liturgia peronista de la Plaza como lugar de reunión de los cabecitas negras organizados en sindicatos y borró paso a paso la experiencia anterior de ocupar las plazas, las calles y las rutas del país para que el fuego de los piquetes y el ruido de las cacerolas plebiscitaran las políticas en curso, incluso quedando estas dinámicas más en manos de las derechas con cada vez mayor capacidad de movilización (los cortes de las patronales agropecuarias en 2008; las cacerolas en 2012, e incluso antes la Plaza del “ingeniero” Blumberg en 200-2005) que de los movimientos sociales con aspiraciones de cambios en sentido emancipatorios (situación que se corona con el “cambio” de la “revolución” de la alegría).
¿Hasta qué punto, entonces, la experiencia del kirchnerismo enfrentó o conjuró el terror post-dictatorial?
Aunque el interrogante sea difícil de responder, no podemos dejar de señalar al menos tres o cuatro operaciones fundamentales que el kirchnerismo llevó adelante y a partir de las cuales pueden pensarse, al menos, las dificultades por conjurar ese terror más allá de las palabras en su contra.
Por un lado, el trazado de un puente entre 2003 y 1973, obviando la resistencia popular antineoliberal y rescatando de la resistencia a la dictadura la figura de las Madres de Plaza de Mayo casi con exclusividad, en una reivindicación que si bien fue noble con los organismos de derechos humanos, pasó por alto la resistencia obrera, e incluso, la resistencia armada de las organizaciones guerrilleras (tema tabú, para el kirchnerismo, el del ejercicio de la violencia política popular en los distintos momentos históricos). Por otro lado, instaló el mito del sueño del “país normal” que Néstor Kirchner anunció desde el momento cero y que persistió durante las tres gestiones de gobierno. En tercer lugar, colocó a la crisis de 2001 en particular y al concepto mismo de crisis en general, en una suerte de cuco del que había que huir, un momento a conjurar, una suerte de peste, de mal al que por todos los medios había que combatir y asegurarse de no retornar (olvidando que suelen ser las crisis los momentos que permiten re-pensarnos, tanto singular como colectivamente). Por último, situó los años 90 como “desierto neoliberal”, solo en su acepción negativa, es decir, pasando por alto que el desierto en tanto imagen del sin-sentido es a su vez la posibilidad de crear nuevos sentidos. De estas operaciones queda un legado: la del “buen ciudadano”, una suerte de hombre que está solo y espera, sea que retorne el gobierno que le otorgó beneficios, sea que la situación cambie como por arte de magia.

Para finalizar estas líneas, entonces, unas breves reflexiones en torno a la pregunta sobre cuáles son los límites y los alcances de nuestras actuales praxis militantes y sus recursos de lucha.
De algún modo estas reflexiones retornan al comienzo. ¿Cómo construir praxis militantes potentes cuando partimos de conceptos y modos de entender el mundo impotentes o, al menos, insuficientes para pensar las actuales dinámicas de dominación y explotación?
Tal vez habría que asumir que uno de los principales límites con que se topan hoy nuestras praxis militantes es el excesivo pragmatismo, la falta de mirada crítica respecto de los tiempos y las velocidades del capital introyectadas en nosotros mismos, la construcción de perspectivas políticas basadas en las explicaciones fáciles de por qué estamos como estamos y esa suerte de “piloto automático” en la que muchas veces funcionan nuestras experiencias.
Respecto de los recursos de lucha, salvo honrosas excepciones, los años kirchneristas nos han dejado en una suerte de modorra respecto de la imaginación y la creatividad. En ese sentido el terror post Masacre de Avellaneda nos ha limitado mucho respecto de las capacidades de desarrollar una perspectiva centrada en la audacia política.
Por supuesto, y de eso no hemos hablado, el ciclo político del que posiblemente estemos a las puertas cuenta con un interesante acumulado histórico en Argentina: las experiencias de nuevos colectivos y militancias que tienen la posibilidad de ensamblar sus trayectorias con las de otras franjas etarias que tuvieron otra experiencias, no sólo durante la denominada “década ganada” sino incluso mucho antes, durante la larga década neoliberal. Salirnos del cómodo lugar de pensar que las  nuevas luchas pueden reeditar las de antaño o funcionar como si en el país nada hubiese cambiado desde diciembre de 2015 a esta parte, seguramente sea uno de los principales desafíos del presente.

*Palabras retomadas de la intervención realizada por Mariano Pacheco en la 1ª Asamblea Performativa ("Encrucijadas frente al terror"), desarrollada el sábado 8 de julio de 2017 en el Bar de F.M La Tribu. Actividad convocada por el Colectivo El Loco Rodríguez.