domingo, 12 de mayo de 2019

Elecciones en Córdoba: Sur, Peronismo y Después...

Editoriales De La Resistencia

Por Mariano Pacheco, Resumen Latinoamericano


“¿Nada nuevo bajo el sol?. Tal vez ese podría ser el título de la crónica del día después de las elecciones provinciales en Córdoba. Al domingo a la noche, con ya un gran porcentaje de urnas escrutadas, el cordobesismo se impone arrolladoramente tanto en la provincia como en la capital. He ahí, quizás, una de las variaciones de la constante del triunfo peronista que, con excepción de 2015 y 2017, se viene produciendo en la provincia desde hace veinte años, en donde el reparto de la capital para el radicalismo y la gobernación para la coalición hegemonizada por el justicialismo, fue norma.


CORDOBESISMO
Durante la larga “década ganada” el kirchnerismo osciló entre arribar a acuerdos con el poder peronista local (apoyo a Juan Schiaretti cuando “le robaron” la elección al “progresista” Luis Juez en 2007; retiro de lista de diputados por parte de José Manuel De La Sota en 2011) o intentar poner en pie una escuálida fuerza progresista al margen del peronismo realmente existente (la ex decana universitaria Carolina Scotto a la cabeza de la lista de diputados nacionales del Frente para la Victoria en 2013, quien cosechó alrededor del 15% de los votos; Eduardo Accastello encabezando la lista a gobernador por fuera de Unión por Córdoba en 2015 o el dirigente universitario Pablo Carro en 2017, quién obtuvo menos del 10% de los votos en la también lista de diputados nacionales al frente de la lista de Unidad ciudadana), opciones que el kirchnerismo descartó este año, en una maniobra “kamikaze” que implicó lanzar nuevamente la candidatura de Carro, para bajarla a las 48 horas con un simple anuncio del candidato por la red social twitter sin previo debate en las filas de sus militancias y sin arribar a algún tipo de acuerdo con el peronismo local, quien rápidamente salió a desmarcarse, y declarar que, con el kirchnerismo, “na que ver”.
En el medio se movió el mapa, tanto a nivel nacional (triunfo de Cambiemos, arrollador en Córdoba en 2015 y 2017) como provincial: el Frente Cívico terminó fracturado y con algunos de sus referentes en el kirchnerismo (LIliana Montero) y su principal mentor, Luis Juez, como funcionario de la coalición neoliberal que gobierna la Argentina (embajador en Ecuador); el kirchnerismo fracturado, con algunos de sus referentes sin saber muy bien qué hacer  (Checha Merchán y el Frente Patria Grande negándose a votar a Schiaretti), otros haciendo malabares (La Cámpora expresando a través de su vocera Gabriel Estévez que no eran schiaretistas pero llamaban a votarlo) y otros que ya directamente pasaron desde hace un tiempo a las filas del “delasotismo/schiaretismo”, como el ex secretario general del Movimiento Evita Ricardo Vissani y el ex secretario nacional de derechos humanos Martín Fresneda (el Movimiento Evita, ya sin Vissani, también forma parte de la coalisiń gobernante).
Dichos movimientos de piezas gestaron un reacomodamiento en las posiciones de las militancias cordobesas y profundos debates en torno a lo que pasa en el país, la importancia de Córdoba para la Argentina y el futuro próximo que se avecina de cara a la contienda electoral de octubre.


UNA ECUACIÓN COMPLICADA
Juan Schiaretti fue reelegido como gobernador y las interpretaciones proliferan.
Desde una mirada optimista, se dicen, hay tres factores por los que la militancia popular debería festejar este triunfo. En primer lugar, se logró impedir que Cambiemos se montara sobre el triunfo en Córdoba para plantear un “Cordobazo Neoliberal” como antesala de octubre. En segundo lugar, muerto De la Sota, el peronismo queda realineado tras la única jefatura de Schiaretti, más abierto (por tradición --proviene de la izquierda peronista-- y por pragmatismo) a posicionarse en una línea más popular. En tercer lugar, Schiaretti (el “compañero Juan”) lleva adelante una gestión provincial con ribetes de peronismo clásico: lanzó el primer programa provincial de la economía popular en el país; sostiene programas sociales provinciales además de los nacionales, como el Programa Primer Paso, la Tarjeta Social para comprar alimentos; el Boleto Obrero Social, etcétera y sostiene ciertos aspectos progresistas en sus pronunciamientos sobre derechos humanos o en relación a determinados programas de formación docente.
Desde una perspectiva crítica, se sostiene, son tres los factores por los que la militancia popular no tiene nada que festejar con este triunfo. En primer lugar, se enfatiza el hecho de que Schiaretti ha sido el gobernador más amigo del presidente y se subraya que, incluso, en la interna Cambiemos, Macri prefería una reelección de “Juan” a un triunfo propio. En segundo lugar, se recuerda que Córdoba ha sido la segunda provincia del país con casos de gatillo fácil y que ha tenido que enfrentar intentos de aprobación de leyes regresivas como la Ley de bosques. Por último, se subraya que, en su “línea nacional”, el gobernador se ha mostrado más cerca de Pichetto y Urtubey que de Cristina Fernández.


¿LA HERENCIA DEL NAVARRAZO A LAS URNAS?
Los números pueden variar, pero en lo esencial rondarán en torno a los datos difundidos en la noche del domingo 12 de mayo: 60% para el peronismo; casi 20 para el Pro-Radicalismo (Negri/Juez, respaldados por Carrió); alrededor del 10% para el Radicalismo-Pro-Ruptura (El Pibe Mestre, más sólo que Ricardo Iorio el Día del amigo) y 3% para el Vecinalismo-Derechista-ProBizarro (García Elorrio). Es decir, que el 93% del electorado cordobés votó por el orden en sus versiones más conservadoras.
La izquierda trotkista se repartió un 4% entre el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (2,05%) y el MST (poco más del 1%). Totalmente ausente en el panorama electoral alguna otra izquierda, pongamos por caso, que reivindique la Revolución Cubana y la tradición guevarista, la Revolución Bolivariana de Venezuela y un cruce auspicioso entre izquierda, feminismo, peronismo y cristianismo de liberación.
La segunda provincia del país, epicentro de la Reforma Universitaria que en 1918 fue ejemplo de toda América Latina, atraviesa el 2019 en medio de dos aniversarios fundamentales para entender su historia: en mayo se cumplen 50 años de El Cordobazo, que tuvo a figuras como Agustín Tosco entre sus símbolos emblemáticos de combatividad y en febrero se conmemoraron 45 años del Navarrazo (golpe de Estado policial contra el gobierno popular de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, en plena presidencia de Perón, quien entonces se limitó a expresar: “que los cordobeses se cocinen en su propia salsa”).
Si bien las luchas en defensa de los derechos humanos lograron movilizar miles de voluntades en estos años (por Santiago Maldonado; contra el 2x1 que promocionaba la impunidad de los genocidas), junto con una fuerte presencia del movimiento de mujeres en reclamo por la legalización del aborto; si bien las organizaciones de la economía popular logran mostrar una cuantiosa masividad en sus marchas y otras movilizaciones logran llenar de colores y rebeldías las grises calles de la ciudad (Coordinadora en Defensa del Bosque Nativo; Marcha de la gorra); más allá de determinados procesos de organización desde abajo que se producen en muchas barriadas de la capital y otros parajes del interior provincial, lo cierto es que en los momentos eleccionarios Córdoba muestra su rostro más descarnado: las sombras del Navarrazo (aquel adelanto del proceso de reorganización nacional que la última dictadura cívico-militar llevó adelante a través del terror para toda la Argentina) parecen no querer quedar atrás.

jueves, 25 de abril de 2019

Crónicas cubanas (III)


“Con pantalón largo, en la Conferencia en donde Cuba se dispone a defender su soberanía nacional”

Por Mariano Pacheco, desde La Habana
para Resumen Latinoamericano


“No hay por qué dejar los protocolos a un lado en el socialismo”… parece ser una consigna que le sienta bien al periodismo cubano. O tal vez sea así en todo el mundo y el carácter “cabeza” del cronista sea el que haga que no tenga en cuenta ciertos formalismos. La cuestión es que apenas pasaditas las 10.30 horas ya estaba en el Teatro Minrex, tal como me recomendó Graciela –mi contacto de Resumen Latinoamericano en Cuba--, carnet de periodista internacional en mano listo para acreditarme y participar de la Conferencia de Prensa que el Ministerio de Relaciones Exteriores convocó para las 11 horas. Incluso me demoré unos minutos, cambiando la malla azul que uso cada día como bermuda, para ponerme la de jean, y me saqué una de mis típicas remeras de Los Ramones para utilizar la única negra, lisa, que uso en ocasiones especiales. Pero no. No hubo caso.

--¿A dónde va, señor?– escuché que decía alguien por ahí. Obviamente seguí subiendo la rampa de ingreso, un poco en el apuro, otro tanto porque evidentemente inconscientemente no suelo responder al llamado de “señor”. El hecho es que el joven mulato, uniforme verde, volvió a interceptarme –amable pero firmemente--, ya en la puerta de ingreso del lugar.

--¿Señor, a dónde va?– Ahí reparé que el señor era yo, y que evidentemente algo andaba mal. Credencial en mano y no colgada, pensé por un instante, lo primero que hice fue identificarme.

--Es que así no puede entrar a la cancillería—dijo mirando mis piernas.
La mujer que tenía la carpeta con hojas y lapicera en sus manos me dice que vaya por un pantalón largo y vuelva, que me apure, que en veinte minutos empieza la conferencia. Así que vuelta al hotel bajo el sol, a toda velocidad por “Avenida G” (como le dicen los locales a la Avenida de los Presidentes), rumbo a Avenida 23 para subir los tres pisos hasta la habitación N, ponerme el pantalón y retornar por Avenida G hacia el Malecón, ésta vez por suerte con camino en bajada.
De vuelta en la cancillería el muchacho de verde oliva me saluda amablemente, pero la mujer ya no está. En la recepción me dicen que está hablando el ministro y que no se puede interrumpir. Muerto de vergüenza por mi distracción, acalorado por la caminata, me dispongo a esperar en los sillones en donde me dijeron que me podía sentar. Estaba por sacar el libro de poesía cubana que me compré en la librería Centenario días atrás (“siempre hay que llevar un libro en la mochila”, es mi lema de cabecera, porque uno nunca sabe qué puede pasar en el andar, y cuando el destino deparará que uno se quedé un buen rato parado o sentado en algún lugar) cuando la mujer que tenía la carpeta con las hojas y la lapicera en la mano sale de una sala y me hace pasar. Entre las cámaras de televisión la veo, sonriente y espléndida como siempre que la he visto, a Yaimi –la fotógrafa cubana de Resumen Latinoamericano--, así que la saludo, atino a sacar mi libretita de Nietzsche para anotar pero recuerdo que hace unos días descubrí como tomar notas en el celular, así que empiezo rápidamente con mi apunte digital.


“PREVALECERÁ LA DEFENSA DE NUESTRA SOBERANÍA”
Quien habla en el Teatro Minrex es Bruno Rodriguez, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, quien enfatiza que el país goza de una amplísima solidaridad mundial, producto de sesenta años de coherencia en su política exterior, mientras que la política de agresión sostenida por el gobierno norteamericano está aislada internacionalmente.
Ante las declaraciones guerreristas del gobierno de Estados Unidos de los últimos días, el gobierno cubano se vio obligado a emitir su voz, y a hacerlo con firmeza y claridad. Bruno Rodriguez recuerda que Cuba sostiene cooperación médica a 70 país y que cuenta con más 100 representantes extranjeros en La Habana, en un intento por desarmar el relato yanqui que –entre otras cuestiones—acusa a Cuba ser responsable por lo que pasa hoy en día en Venezuela, además de sostener que el país caribeño viola los derechos humanos, ataca al personal diplomático norteamericano y promueve conflictos regionales.
El ministro recuerda la región de América Latina y el caribe decidió hace unos años transformarse en zona de paz y advierte que hoy, la actitud de la Casa Blanca, pone en riesgo esa decisión.
En un intento por rebatir las hostilidades, Bruno Rodriguez repasa algunas cifras: 650.000 ciudadanos estadounidenses visitaron la isla, así como medio millón de residentes cubanos en Estado Unidos y advierte que los últimos anuncios de Donald Trump conculcan “la ya muy limitada libertad de viajar a Cuba”. También advierte que el anuncio que se propone limitar también el envío de remesas a Cuba no solo lastima la situación económica de muchas familias cuentapropistas sino que lesiona la libertad y el derecho de poder ayudar a sus familiares o personas conocidas. “Las medidas anunciadas castigan a todas las cubanas y cubanos y a todas las personas estadounidenses de buen corazón”, subrayó, no sin dejar de llamar la atención acerca del hecho de que las familias cubanas residentes en estados Unidos pasen a ser rehenes de las internas intestinas entre demócratas y republicanos”.
Respecto de esta especie de “retorno a la era del hielo”, el ministro sostuvo: “No moverán un ápice la voluntad de resistencia del pueblo cubano, ni podrán derrocar a la revolución para manejar al país”.
Por último, Bruno Rodriguez convocó a intelectuales, artistitas, académicos, movimientos sociales y políticos de todo tipo a solidarizarse con Cuba, como el país lo ha hecho por sesenta años como rasgo distintivo de su humanismo revolucionario.
Ante la agresión contra una pequeña isla sostenida por quienes fueron caracterizados como una potencia imperial, el ministro de Relaciones Exteriores advirtió que Cuba, guiada por la unidad y el valor de su pueblo, y por el simbolismo de su historia, confía en que nuevamente se imponga la verdad, y la justicia.


miércoles, 3 de abril de 2019

Un ensayo sobre Kurt Cobain

Algo (se perdió) en el camino
Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)


Pasaron 25 años desde que el 5 de abril de 1994, el líder de de la banda punk norteamericana Nirvana, Kurt Cobain, se transformara en el “suicidado por la sociedad”.

Hay algo de la escena punk-rocker que va asociado con la juventud, y otro tanto, con el suicidio. De Sid Vicious de Sex Pistols a Ricky Espinosa de Flema, pasando --obviamente-- por Kurt Cobain de Nirvana, la hipótesis puede argumentarse con datos empíricos. Pero en este texto no quisiéramos perdernos en los laberintos de ninguna sociología (psicologizada) de la cultura, sino más bien adentrarnos en una crítica política de la cultura burguesa, tan cuestionada por la invasión del 77, que tanto tuvo que decir una década más tarde, con esa nueva invasión ruidosa que se presentó en ese entre-mundos (el del fin de la bipolaridad y los Estados de Bienestar y el unicato del Nuevo Orden Mundial).
¿Qué pasa con los cuerpos cuando transcurre el tiempo? ¿Cuanto logran --o no-- resistir los cuerpos a los imperativos categóricos de una sociedad que impone la seriedad para la adultez y hace de la madurez un linkeo directo con el ideal de éxito, como si se tratara de una especie de fatalidad natural? La edad de la razón --para decirlo sartreanamente-- sería aquella en la que todas las rebeldías se dejan a un lado, las relaciones se estabilizan (se monogamizan), las pasiones se adormecen y los encuentros se encaminan más a reproducir que a producir.
En sus famosas “Tesis sobre el cuento”, el crítico argentino Ricardo Piglia sostiene --muy hegelianamente-- que es el final lo que otorga sentido a una historia (narrativa). ¿Debe ser así, necesariamente, en el devenir de una existencia humana?
La cuestión del suicidio en Kurt Cobain --como en Ricky Espinosa-- es recurrente, es cierto, y es un tema espinoso, desde su tratamiento por el filósofo Baruch Spinoza hasta las declaraciones de la Organización MUndial de la Salud, que en 2014 lo declaró epidemia mundial (una persona se suicida cada 40 segundos en el mundo, en la mayoría jóvenes). ¿Pero eso implica, necesariamente, que debamos tamizar toda la vida de Kurt Cobain desde ese episodio final? Está bien: la muerte, el suicidio, recorrían la vida del líder de NIrvana como un espectro que no dejaba de acecharlo (“el suicidio de su tío, los primos y otros amigos, fueron las imágenes con las que Cobain tuvo que lidiar desde muy temprano”, escribe Esteban Rodríguez Alzueta en su “Kurt Cobain suicidado por la sociedad”). Pero no es tanto en ese episodio final en donde quisiera concentrar la atención de este escrito, sino en lo que está en el medio, en su vida plena de creación artística.

El desamparo existencial


La primera vez que Kurt Cobain escuchó una canción suya en la radio no lo pudo creer. Era como si se cumpliera un sueño. “Ahora voy a poder pagar el alquiler”, pensó.
La música había sido su forma de crearse un mundo ante el desamparo social, económico y familiar que lo rodeaba, a él, y a la generación de jóvenes de Aberdeen.
“Tenía diecisiete años y estaba en tercero del bachillerato, aunque se saltaba la mayoría de las clases. Nunca había trabajado, no tenía dinero y todas sus pertenencias cabían en cuatro bolsas de basura. Tenía claro que se iba, pero no sabía adónde”, puede leerse en Heavier than heaven. Kurt Cobain: la biografía, el libro de Charles R. Cross (las resonancias Cobain/Espinosa son permanentes, y en este caso basta recordar la canción “Mucho mejor que en casa”, de Flema, en donde Ricky canta: “no importa donde estás, no importa donde vas si es lejos de tu casa...”).
Para entonces la vida familiar de Cobain se había convertido en una prisión, y llevaba ya una década. Según los relatos (propios, y de cercanos), no puede decirse que la vida de Kurt fuera infeliz desde su nacimiento. Más allá del autoritarismo de su padre (“el miedo permanente de que no esté todo perfecto”) las escenas infantiles recuperadas por Kurt con el paso del tiempo son las de su madre leyéndole y ayudándole con sus dibujos; las de su tía introduciéndolo en el mundo de la música (a los ocho años le regaló una guitarra con un parlante, y discos de Los Beatles), como puede verse en el film Montage of heck, de Brett Morgen. Pero luego, el divorcio de los padres, una madre extremadamente joven que empieza a beber, un padre que --según sus propias palabras-- “se rindió” (respecto a él). “Pienso que mi generación fue la última generación inocente”, se escucha decir a Kurt en la entrevista radial que sostiene con Michael Azerrad, y que sirve de base para el film About a son.
El divorcio de sus padres a mediados de la década del 80 del siglo XX expresa algo más que un fracaso familiar de los Cobain. Es la expresión del fracaso de un modo de vida conservador, que en su reverso, se planteaba el ideal del progreso. “Mi historia es exactamente igual al 90 % de la gente de mi edad”, comenta Kurt.
Los dilemas en el joven Kurt siempre encontraban una vía de escape… y luego, la madriguera taponada nuevamente. Yirar por la ciudad, dormir en el banco de un hospital o en el sofá n algún garage. Volver a lo del padre, tocar la guitarra y encontrar un modo de tolerar la vida a través de la música. Pero las presiones no se hacen esperar: hay que estudiar o trabajar, y sino… hay tabla (la tercera opción siempre es la peor, en este caso, alistarse en el Ejército). La fuga religiosa y la posibilidad de un nuevo hogar. Un techo, amistades y una familia que lo pueda cobijar (los Reed). Pero enseguida llega el mandato productivista. Kurt ingresa como lavacopas a un restaurant, pero pronto se corta un dedo y deja el empleo. Las drogas y el alcohol, y un nuevo episodio desafortunado que lo lleva a las calles nuevamente.
A los diesiocho años, por tercera vez en dos años, otra vez sin hogar. Otra vez la opción de estudiar o trabajar (o servir a la patria imperialista, que contempla, y luego descarta). De nuevo a yirar, a dormir en el asiento trasero de un auto, o en cualquier lugar. El descontrol y el desacato a la autoridad. La falta de dinero, incluso la cárcel.
En ese contexto el punk no es mero pasatiempo, como cada quien se puede imaginar. Componer o dibujar, ensayar con la guitarra o leer una revista o fanzine son una forma de activar, de trazar nuevos rumbos.

Something in the way
“Algo se perdió por el camino”, anota Blake, el personaje que el actor MIchael Pitt interpreta en Last Days, el film de Gus Van Sant  inspirado en Kurt Cobain.


Podemos verlo allí, encorvado, sentado en una silla, sus pelos rubios sobre el rostro, pullover de franjas rojas y negras, como escribe en el cuaderno aquella frase que nos remite a “Something in the way”, la canción incluida en Nevermind (1991) que hace referencia a los tiempos en que Cobain yiraba por ahí, y terminaba durmiendo debajo de un puente. Pero entonces, con todas las adversidades y el desamparo encima, Kurt se encontraba en el camino, dejando cosas atrás, pero con un mundo por delante que conquistar (conquista en el sentido de imprimir formas).
A los veinte años Cobain por fin se va de su ciudad natal. Olympia, a unos 100 km de Aberdeen, ya es capital de Estado, ciudad universitaria donde feministas se cruzan con rebeldes con vocación de cambiar las cosas, y diversos artistas encuentran un ecosistema favorable para convidar sus creaciones. La moneda, esta vez, no cayó del lado de la soledad.
“En Olympia su vida interior artística se desarrollaría más que nunca”, redacta su biógrafo. Escribir diarios o componer canciones, dibujar o pasarse horas frente a la pantalla de TV en búsqueda de quién sabe qué, lo mismo da.
La relación con Tracy, su primer amor (con quien estuvo tres años), lo lleva a emprender la construcción de una heterodoxa (para el modelo patriarcal familiar) nueva dinámica familiar: ella trabaja, él cocina y se encarga de las tareas del hogar. Todo marcha sobre ruedas, pero la madriguera se vuelve a taponar. Kurt vuelve a trabajar. Pero esta vez, el dinero del trabajo asalariado tendrá una utilidad: contribuir a fomentar la experiencia musical.

En busca de la perfección


El dinero que Kurt juntó de su trabajo sirvió para financiar --en enero de 1988-- el primer demo de NIrvana, que ya venía tocando en varios lugares desde 1987, pero no siempre con el mismo nombre. La grabación de las diez canciones sirvió en gran medida para reconfirmar la vocación de Kurt y edificar el mito de origen de Nirvana, la banda que lleva el nombre de esa búsqueda budista de la perfección, según lo entendía aquel joven rockero de veinte años.
Lo que sigue después es lo más conocido: Kurt se separa de Tracy y al tiempo conoce a Countrey, una joven como él, rockera, atravesada por desamparos afectivos, acostumbrada a andar de casa en casa (e incluso en reformatorios), con quien ráìdamente tiene una hija (Frances).
El proceso de ascenso de la banda es explosivo: Nirvana graba Bleach en 1989, Nervermaind en 1991 e In utero en 1993. Rápidamente comienzan las giras, atravesadas por los períodos de adicción de Kurt a la heroína; sus permanentes dolores de estómago; el aislamiento de la fama; el malestar de ciertas dinámicas sociales para quien entiende que el lujo es vulgaridad y cultiva cierta austeridad.
A la fama sobreviene el escándalo, la sobredosis y, finalmente, la muerte, cuando recién tiene 27 años.
Como Ricky Espinosa en Argentina, Kurt Cobain seguramente --por heterodoxo-- fue el último punk de habla inglesa.
Sin crestas ni camperas de cuero, ni borceguíes, ni pelos parados, cultivando una escucha del género para más allá de él (incluyendo pop y heavy metal en su repertorio) Cobain rompió los códigos de la propia estética y estilo punk. Sus ropas viejas siempre envolviendo ese cuerpo flaco, sus ojos de mirada triste y su voz dulce acompañan la fortaleza de unas canciones que vienen a expresar un último grito de rebeldía en el momento en donde las desobediencias comienzas a ser aplastadas en todo el mundo.
El líder de NIrvana dijo alguna vez que con el punk (más realista que el simple rock) se había dado cuenta de quién era. “El punk puso mis valores en perspectivas”, expresó el Kurt Cobain que hoy, 25 años después de su muerte, sigue contribuyendo a poner en perspectiva los valores de quienes no nos resignamos a obedecer el orden que se nos impone, y seguimos apostando a que las desobediencias devengan rebelión y, por qué no, también insurrección.
*Nota publicada en La luna con gatillo.

martes, 2 de abril de 2019

La crítica rozitchneriana a la guerra de Malvinas

 DE LA GUERRA SUCIA A LA GUERRA LIMPIA

Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)


Desde su exilio en Caracas, León Rozitchner escribió en 1982 un lúcido ensayo -editado en formato libro en 1985 por Centro Editor de América Latina- titulado Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia. El punto ciego de la crítica política

El texto circulará por las redes de exiliados como un baldazo de agua fría, señalando aquellos puntos que entonces, en un contexto de realzamiento del patriotismo, nadie parecía muy dispuesto a cuestionar.
Rozitchner denuncia en su escrito que ese realzamiento del patriotismo por parte de las FF.AA no busca otra cosa más que limpiarse el rostro, simulando participar de una guerra limpia luego de años de desarrollar puertas adentro la guerra sucia (“guerra que prolongó el horror del genocidio en el envío de cientos de adolescentes a la muerte”). Por eso en 2005, al reeditar el libro, el legendario integrante del grupo Contorno va a subrayar que Malvinas es todavía una cuenta pendiente; porque es –dice– entre muchos otros, “uno de esos eslabones que atenacea el secreto político de una cadena férrea de ocultamientos y engaños que ciñe el cuerpo  despedazado y tumefacto a que ha quedado reducido esto que llamamos patria”.
Sus reflexiones no dejan lugar a dudas: el Ejercito Argentino –sostiene– es una fuerza que se ha formado y se ha definido en los límites que el propio enemigo le proporcionó. “Si hasta las categorías de la guerra son producto del enemigo, y forman parte de su doctrina de guerra, que es de Contrainsurgencia y Seguridad Nacional, que fundamenta su plan de guerra”. En este sentido, las Fuerzas Armadas Argentinas se constituyeron como fuerza de ocupación –antinacional– en el propio territorio, buscando implantar por la fuerza, en el propio país, la dominación que permitiera el despojo de sus habitantes, sobre todo de sus clases populares. De allí que resultara absurdo que después se pretendiera, en nombre de la unidad nacional, que esos mismos sectores pelearan junto a sus opresores. Los Pichis, los protagonistas de Los Pichiciegos de Fogwill, son un claro ejemplo de esa paradoja. La contracara de esa guerra. De allí que resulte sugestiva la pregunta que, en determinado momento de la novela, surge en la Pichicera: ¿Por qué las trincheras están llenas de “cabecitas negras”? La respuesta salta a la vista: porque el Ejército Argentino, desde Caseros en adelante, se convirtió en el ejército de una clase, con un discurso que pretendió elevarse al discurso de la Nación entera. Una clase que, según Rozitchner, responde a intereses económicos que son transnacionales. Y es por eso, entre otras cosas, que la guerra estaba perdida antes de comenzarla: ¿cómo ganarla si su existencia dependía de aquellos a quienes debía combatir?
Rozitchner ataca el argumento de que el enfrentamiento interno con la Junta pase a ser de carácter secundario, en el marco de un enfrentamiento más amplio con los “enemigos principales”, a saber, los imperialistas yanquis y británicos. De allí que sostenga que “el éxito del poder militar del ejército de ocupación argentino significaba la derrota del poder –moral y político y económico- del pueblo argentino”. Ahora bien, esta posición, ¿coloca necesariamente a quienes no desean el triunfo de la Junta en Malvinas junto al bando imperialista? No, sostiene Rozitchner, porque no había ninguna posibilidad de vencer en esta guerra ni “recuperar” ninguna isla contra nuestros enemigos externos, hasta tanto no hubiéramos recuperado previamente nuestro propio territorio nacional de nuestro enemigo principal: las fuerzas armadas de ocupación. Esas que fueron a Malvinas en un “como si” de guerra, puesto que no se tuvieron en cuenta ninguno de los principios básicos del enfrentamiento bélico, como por ejemplo, que a todo ataque, a toda ofensiva, le corresponde un golpe del otro bando. Una guerra fantaseada, en donde se ataca sin sufrir las consecuencias.
Queda claro que Rozitchner interpela, que pone el dedo en la galla. Y digo pone, y no puso, porque sus reflexiones de ayer no han quedado en el pasado, sino que continúan operando en el presente. Porque interrogarse sobre el activo apoyo a la recuperación de Malvinas es además preguntarse por el rol civil de apoyo a la Junta, no sólo en la coyuntura Malvinas sino también antes. Es asumir que nuestro pueblo está integrado por mujeres y hombres que ofrecieron resistencia activa, que no colaboraron, pero no sólo. También está integrado por quienes miraron para otro lado, o pero aun, prestaron el necesario apoyo para que suceda lo que sucedió.

lunes, 1 de abril de 2019

Malvinas según Fogwill

ACERCA DE LOS PICHICIEGOS 

Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)


Los Pichis, los protagonistas de esta novela, son los que habitan la pichicera, ese espacio construido en dos semanas, cuando ya los muertos eran llamados “helados” y “fríos” los que habían sido heridos. Cuando algunos se habían cansado de que les dieran la comida fría (para ahorrarse carbón), y otros ya se había vuelto medio locos. Le pusieron Pichicera por los pichis, esos bichos que viven de noche, bajo tierra, y que hacen cuevas. La pichicera tiene la particularidad de ser una trinchera situada a mitad de camino. En ella no hay batalla o combate directo, tan sólo lucha por la subsistencia. Así, rechazados por los británicos, dados por muertos, presos del enemigo o “desaparecidos” por los argentinos, los pichis se la van rebuscando para sustraerse del enfrentamiento, porque bien saben que, de volver, serán arrojados hacia el campo de batalla, es decir, los mandarán al matadero. Los pichiciegos se constituye así en un libro polémico, que no busca encajar en las narraciones típicas y políticamente correctas. Partiendo del fuerte imaginario que hace hincapié en la cuestión nacional, cuestiona cierta lógica de homogeniedad típica de identidad. Porque los pichis no son un desprendimiento de las tropas argentinas que continúan hostigando al enemigo desde otro sitio (una suerte de guerra de guerrillas), pero tampoco traicionan plenamente a su propia fuerza y se incorporan al otro ejército (si traicionan es sólo en función de sus propios intereses, para garantizar su subsistencia). Entonces, ¿cuáles son sus enemigos? ¿Los británicos o los argentinos? En todo caso, tanto unos como otros: cualquiera que se oponga a su persistencia en el tiempo que dure la guerra. Porque los Pichis se mantienen desplazados del teatro de operaciones donde las fuerzas en pugna se enfrentan y abren un espacio en el tiempo durante el cual se prolongue el enfrentamiento. En ellos no hay causa nacional. Porque la suya “es una guerra sin línea de batalla, sin enfrentamiento y retaguardia… sin batalla”, como han señalado Gilles Deleuze y Félix Guattari a propósito del Gó, un juego que es “pura estrategia…”. En este caso, la estrategia es simple lógica de supervivencia.
Si para la identidad nacional de los militares las lógicas jerárquicas de la forma-Estado son fundamentales, en cambio, para los Pichis, la jefatura recae en un grupo de cuatro o cinco (a quienes denominan Los Reyes Magos), que no son más que sus pares en esa penumbra que les toca vivir. No son un aparato especializado de poder. Tampoco tienen, los Pichis –como sí tiene una identidad sólida– ni una historia común, ni un mito de origen. Tampoco una proyección futura. Duran lo que dure esa guerra. Y es todo. También por la parodia se cuestiona en esta narración la identidad nacional. Si hasta Gardel –símbolo por excelencia de la argentinidad– es cuestionado en este libro. Él también era un Pichi, dicen. “Un pichicatero”. Gardel: francés, o uruguayo o argentino. No importa. Como tampoco importa la marca de los cigarrillos. Se fuman ingleses o franceses. O argentinos. De allí que Beatriz Sarlo remarque la paradoja de esta guerra, que se hizo para fortalecer una identidad sostenida en la unidad nacional, y finalmente, el accionar del Ejército Argentino no hizo más que debilitar, disolver lo nacional como identidad. Paradoja que se produce, también, porque el Ejército Argentino es una fuerza que se ha formado y se ha definido –siguiendo las reflexiones de Rozitchner– en los límites que el propio enemigo le proporcionó, como ya veremos más adelante. Los Pichis, en este sentido, son un claro ejemplo de esa paradoja. La contracara de esa guerra. De allí que resulte sugestiva la pregunta que, en determinado momento del relato, surge en la Pichicera: ¿Por qué, siendo tantos los porteños, son ahí tantos los “provincianos”? ¿Por qué las trincheras están llenas de “cabecitas negras”? La respuesta salta a la vista: porque el Ejército Argentino, desde Caseros en adelante, se convirtió en el ejército de una clase (de la oligarquía), con un discurso que pretendió elevarse al discurso de la Nación entera.
Es por esto, también, que en este libro se puede leer a la guerra de Malvinas en clave de farsa. Porque no se sostuvo ni siquiera desde las categorías clásicas de la guerra. Porque se pensó a la guerra real en términos de “representación” de guerra. Cuando se planteó la batalla en términos de “recuperación” del territorio: ¿se pensó en la respuesta a esa recuperación? ¿Se pensó en los factores favorables y desfavorables? O para decirlo en términos de Mao Tse Tung: ¿no se pensó en que una ofensiva táctica no cambiaría mágicamente las relaciones de fuerzas?


miércoles, 27 de marzo de 2019

EL NIETZSCHE DE DELEUZE


REEDITADO EN ARGENTINA POR EDITORIAL CACTUS

Por Mariano Pacheco
(@PachecoenMarcha)
  


La reciente publicación del pequeño libro Nietzsche, de Guilles Deleuze, permite a los lectores de lengua española acercarse de manera simultánea a la filosofía de los pensadores más importantes de los siglos XIX y XX.


En 1965 Gilles Deleuze tenía 40 años y hacía una década larga que era profesor de filosofía. Ese año, siguiendo las pistas de un Nietzsche que había escrito que su Así habló Zaratustra era un libro “alegre y demoledor”, Deleuze escribe su propio Nietzsche, en una clave alegre y demoledora también.
Si bien para entonces ya había escrito sobre Hume y estaba a unos años del umbral filosófico (en su vida, en Francia, en occidente) que implicó la publicación de sus libros Diferencia y repetición y Lógica del sentido (en 1968 y 1969) y, por la misma época, su cruce con Félix Guattari (que desembocará en la redacción de Antiedipo, primer tomo de Capitalismo y esquizofrenia publicado en 1972), este pequeño pero intenso libro sobre el autor de Genealogía de la moral es un verdadero golpe de martillo a la tradición filosófica vigente hasta entonces.
Resulta conveniente destacar que, así como Martin Heidegger fue el “filósofo oficial” del régimen nazi, Nietzsche fue algo así como el “alma espiritual” del Tercer Reich, y que la labor realizada por los comunistas italianos Giorgio Colli y Mazzino Montinari (que retrabajaron las traducciones) fue fundamental para entender la recepción que el “loco de Turín” tuvo en el ámbito de las izquierdas y el pensamiento crítico tras la finalización de la segunda guerra mundial.
La nueva edición de las obras de Nietzsche permitió, entre otras cuestiones, “despegar” al autor de Ecce Homo de las tergiversaciones operadas por su hermana Elisabeth, quien durante años monopolizó lo que se suponían era libros de Nietzsche y no eran más que “cortes/pegues” de fragmentos que quedaron consagrados en el Nietzsche-Archiv organizado por ella, quien se casó con Bernard Forster, un hombre particularmente antisemita, con quien marchó a fundar una colonia aria en Paraguay (episodio narrado magistralmente por Ricardo Piglia en su cuento “El fluir de la vida”). “Deleuze llega a calificar como “suprema traición” la operación de Elisabeth de intentar poner a Nietzsche al servicio del nacionalsocialismo, y encuadra esta “fatalidad” dentro del rasgo de “parientes abusivas” que figura en el cortejo de cada “pensador maldito”.
Momento de auge de luchas anticoloniales y anticapitalistas, pero también de ascenso de un profundo cuestionamiento a los “modos soviéticos” de construir el socialismo (crítica anti-estalinista), los años sesenta/setenta serán también los momentos en los que aparece fuertemente el cuestionamiento a Hegel y una búsqueda por ligar el pensamiento de izquierda con una genealogía que recuperaba algunos autores malditos como Nietzsche y Spinoza. Obviamente, el rescate de Nietzsche que hacen tanto Gilles Deleuze como Michel Foucault en la Francia de esos años será fundamental para entender el crecimiento exponencial del autor del Anticristo en el último medio siglo.
Si bien Deleuze ya había publicado tres años antes un libro (más extenso y profundo)  sobre este autor (Nietzsche y la filosofía), el Nietzsche cobra un relieve particular porque, entre otras cosas, logra una profunda concentración de ideas en un desarrollo extremadamente breve.
Con dos bellos y breves capítulos titulados “La vida” y “La filosofía”, Deleuze logra entrar en los núcleos centrales del pensamiento y el devenir biográfico nietzscheano: la cuestión de la locura, de las “comunidades de amigos”, el vínculo entre pensamiento y vida, la salud y la enfermedad, los conceptos de muerte de Dios, eterno retorno y transvaloración de todos los valores, la función crítico-creadora del filósofo (“médico” que diagnostica síntomas; “artista” que modela tipos; “legislador” que determina el rango, que opera como genealogista).
El libro cuenta además con un diccionario donde Deleuze describe los principales personajes de Nietzsche (de Ariadna a Zaratustra, pasando por Dionisio y Cristo), y una selección de 34 extractos de textos de sus principales libros.
La edición de este libro, que hace años no se conseguía en el mercado editorial argentino, resulta un verdadero convite a introducirse a las lecturas de Nietzsche y de Deleuze, a revisitar sus planteos intempestivos para seguir desarrollando el pensamiento crítico en este convulsionado siglo XXI.

lunes, 25 de marzo de 2019

“SI ME APURÁS, TE DIGO QUE WALSH ES MEJOR QUE BORGES”


#GenealogiasInsurgentes en #ProfanasPalabras, a 42 años de la muerte de Rodolfo

Por Mariano Pacheco*
 


La frase la supo pronunciar el intelectual irreverente David Viñas. Y si bien es cierto que, tal como remarcó Ricardo Piglia en más de una oportunidad, tiene poco sentido pensar la literatura argentina en términos “futbolísticos” (es decir, de rivalidades entre equipos irreconciliables), también es cierto que la frase –provocadora, como bien le gustaba frecuentar al escritor y crítico argentino– ayuda a re-situar a Rodolfo Walsh entre los íconos emblemáticos de la cultura nacional, tanto como a Borges, Manuel Puig, Juan José Saer o Roberto Arlt. Walsh el cuentista, el traductor, el hombre de letras al que no se puede obviar. Pero también Walsh escritor dedicado al periodismo.
No es lugar ni momento para entrar en algunas discusiones que ya hemos planteado en otra oportunidad (en el libro Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y periodismo, de hecho, le hemos dedicado a Rodolfo un extenso capítulo), pero sí plantear –al menos al pasar– que lejos de entender a Walsh como un autor argentino inscripto en lo que desde el Truman Capote de A sangre fría se denomina como Non Fiction, pensamos que el gran aporte de Rodolfo a repensar los vínculos entre literatura, periodismo y militancia, fue haber inaugurado a mediados de los años 50 ese nuevo género que podemos denominar como “Investigación-denuncia-testimonio”. De “Operación masacre” a “¿Quién mató a Rosendo?”, pasando por el “Caso Satanowsky”, nos encontramos con un modo de hacer periodismo que, a su vez, es un modo de entender la literatura (y practicarla) y una forma de posicionarse políticamente en la sociedad. He allí un legado fundamental de Walsh para lo que hoy denominamos comunicación popular.
Por otra parte, la forma en que Walsh se abocó a fundar y participar de experiencias como el periódico CGT (de la combativa CGT de los Argentinos), el Semanario Villero y el diario Noticias, primero, y de la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) y la Cadena Informativa (CI), después, dan cuenta de una lucidez respecto a la necesidad de abordar desde múltiples herramientas y lenguajes los desafíos de intervenir y disputar el sentido (o los sentidos) que circulan en la sociedad.
Finalmente, aunque no menos importante, resultan sus escritos como cuadro de la organización Montoneros, en los cuales presenta una serie de observaciones respecto a cómo entender la comunicación en el marco de una estrategia política más general (en aquel momento: una estrategia revolucionaria de cambio social).
Por todo esto decimos que no sólo hay que leer a Walsh, sino también estudiarlo.
Por todo esto decimos que el 25 de marzo debe ser el Día de la Comunicación Popular.

#ProfanasPalabras- Pasado y presente de la Argentina y El Mundo
El programa se emite en vivo, todos los martes de 16 a 17 horas por Radio Eterogenia (www.eterogenia.com.ar)