domingo, 28 de junio de 2020

DELEUZE- SPINOZA- NIETZSCHE (Curso de Filosofía Online)- Julio


4 Encuentros, jueves de 19 a 21, hora argentina

COORDINACIÓN: Mariano Pacheco*
INSCRIPCIÓN:
profanaspalabras@gmail.com
COSTO: $ 1200 (argentinos, se abona por transferencia bancaria)
 
El material de lectura se facilitará en versión PDF y los encuentros se realizarán por plataforma Zoom.
Lo sorprendente es el cuerpo”, supo escribir Federico Nietzsche. Y antes que él, Baruch Spinoza, había sentenciado: “nunca se sabe lo que puede un cuerpo”.
Un curso para introducirnos en ambos autores, a través de la lectura que supo realizar Gilles Deleuze. Un convite a ejercitar una “filosofía terrena” que nos permita, a la vez que comenzamos a transitar los abismos del pensamiento de esta tríada, intentar pensar nuestros problemas contemporáneos.

viernes, 26 de junio de 2020

Darío Santillán y la lucha en los colegios secundarios (extracto de su biografía)


La Agrupación 11 de Julio


Para cuando Darío comenzó a participar, a mediados de 1998, la agrupación ya llevaba casi dos años de existencia. Había surgido una tarde cualquiera cuando Mariano y Eduardo, sentados en la escalinata de la galería Colón de Quilmes y luego de un rato de intentar encontrar un nombre creativo se hartaron y dijeron: “Ma’ sí, pongámosle una fecha. ¿Qué día es hoy? ¿11 de julio? Bué… Agrupación Estudiantil 11 de Julio”. Pocos días antes se había producido en Cutral-Có el primer gran levantamiento popular bajo el gobierno de Carlos Menem, y salieron a pintar con aerosol en las paredes de Quilmes y San Francisco Solano: “Todos somos Cutral-Có”. No firmaban, pero todos eran integrantes del Movimiento La Patria Vencerá (MPV). Mariano y Eduardo eran los únicos dos adolescentes en esa pequeña organización de militantes que provenían, la mayoría, de la agrupación Descamisados del peronismo revolucionario. Ya no se asumían peronistas –entendían que aquel movimiento histórico debía ser superado, sobre todo a partir de la versión menemista del peronismo-. Proponían en cambio la construcción de una identidad superadora, que anclara en la tradición del nacionalismo popular revolucionario pero incorporando a militantes de izquierda y análisis marxistas de la realidad.
Con inserción sobre todo en Quilmes y Avellaneda, el MPV también desarrollaba algunas actividades en la zona oeste del Gran Buenos Aires, y a partir del segundo mandato menemista se había propuesto impulsar distintos trabajos barriales, desarrollar frentes de masas de la organización que intentaran encauzar las propuestas vecinales en torno al eje de la desocupación, una reivindicación a la que ya visualizaban con un gran potencial de confrontación contra el Gobierno. Cuando en 1996, casi por casualidad, Mariano y Eduardo se acercaron cada uno por su lado al MPV, sus militantes les aconsejaron que armaran una agrupación con jóvenes de su misma edad para desarrollar actividades vinculadas con el colegio y su vida cotidiana.
Fue así que ambos, como una forma de empezar a dar los primeros pasos e intentar sumar compañeras y compañeros de los colegios, decidieron publicar una revista parecida a esos fanzines que también vendían en algún que otro local de la galería Colón, donde se juntaban los adolescente de Quilmes y donde compraban casetes de bandas como los quilmeños Sin Ley, a quienes iban a escuchar a menudo. Durante casi tres años, Mariano, Eduardo y las chicas y muchachos que se fueron sumando a lo largo de ese tiempo publicaron once números de Grito de estudiantes —como llamaron a la revista—, que salía casi todos los meses. Estaba escrita y diseñada de principio a fin por los integrantes de la agrupación, que tenían entre catorce y diecisiete años.
En esa publicación, desde un año y medio antes de que Darío se sumara a la agrupación, daban cuenta de las luchas de las que participaban, como marchas, cortes de calle y sentadas repudiando las políticas educativas del gobierno, y de los procesos de organización que impulsaban en los centros de estudiantes del distrito, como la Federación de Estudiantes de Quilmes, primero, y la Coordinadora de Estudiantes Secundarios, después. También incluían homenajes a militantes caídos de generaciones anteriores en su búsqueda por fundar una genealogía que se remontaba desde las luchas populares de los gauchos e indios de los malones y las montoneras del siglo XIX hasta las de las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, pasando por el peronismo (haciendo hincapié en la figura de Evita y la resistencia peronista). Por supuesto, dedicaban un lugar central a referentes clave de la historia reciente, como los caídos el 22 de agosto de 1972 en la masacre de Trelew, a Agustín Tosco, a Rodolfo Ortega Peña y hasta Mario Roberto Santucho, junto con el Che Guevara y, más en general, los treinta mil desaparecidos durante la Dictadura.
Otra de las figuras clave en su ideario era el subcomandante Marcos, máximo referente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la organización con base indígena alzada en armas el 1° de enero de 1994, y con fuerte desarrollo en las montañas del sureste mexicano y en la legendaria —a partir de entonces— selva Lacandona. Más de una vez publicaron palabras del sub o comunicados del EZ, que por esa época, a partir de un inteligente uso de Internet, comenzó a establecer contacto con sectores en lucha de todo el mundo, compartiendo sus hazañas, sus reflexiones y su literatura, ya que Marcos comenzó a difundir sus propios cuentos, aguafuertes y relatos basados en la vida y la historia de las comunidades indígenas, muchos de ellos protagonizados por Durito, su alter ego.
Además, a partir del cuarto número, correspondiente a marzo-abril de 1997, la revista incorporó el suplemento El Roña, en homenaje a Eduardo Beckerman, un militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de Quilmes, a quien llamaban así porque siempre andaba con el uniforme del colegio arrugado y con la corbata desalineada. En su contratapa recordaban que el “Roña”, de diecinueve años, había sido asesinado en la madrugada del 22 de agosto de 1974 por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), la fuerza parapolicial del gobierno de Isabel Perón, cuando salía de una pizzería en Bernal después de coordinar las acciones de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que él integraba junto a otros sectores de la Tendencia Revolucionaria del peronismo, con motivo del segundo aniversario de los fusilamiento en Trelew.
En ese suplemento, tanto los integrantes de la agrupación como sus compañeros y amigos publicaban las poesías y los relatos que escribían, los dibujos que hacían, además de los dibujos de artistas reconocidos como Ricardo Carpani, y las poesías y extractos de ensayos, cuentos y novelas de autores de lo más variados, como Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Francisco “Paco” Urondo, Eduardo Galeano, Juan José Hernández Arregui, Jorge Amado, Federico García Lorca, Antonio Machado, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, Roberto Santoro, César Vallejo… entremezclados con letras de las bandas de rock del momento, como Almafuerte, viejas canciones de Quilapayún, y también textos de algunos mucho menos conocidos como Alberto Carmena o Eduardo “Carlom” Pereyra Rossi, entre otros. También rescataban la figura de Camilo Torres, el sacerdote y sociólogo colombiano que se integró a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional y murió en combate contra el ejército el 15 de febrero de 1966. Esto les servía a los pibes de la Agrupación 11 de Julio para instalar nuevamente, en una nueva generación, el debate sobre la relación entre fe y participación popular.
Toda esta actividad militante y cultural que, por cierto, contradecía abiertamente al paradigma consumista y conformista característico de los años noventa, iba a abrirle un mundo nuevo a Darío Santillán.
Pero bastante antes de que él tomara contacto con ellos, en julio de 1997, la agrupación había pasado de ser “estudiantil” a denominarse “juvenil”. En la editorial del N° VI de Grito… se explicaba que a partir de entonces pretendían darle un cauce organizativo a sus inquietudes no sólo como estudiantes sino también como jóvenes, ya que intervenían en otros espacio además de los Centros de Estudiantes, sobre todo en el ámbito de la cultura y de la coordinación con los sectores populares de las barridas más pobres. Algunos ejemplos de esas intervenciones fueron la realización del programa La patria rockera en la FM Compartiendo, que el sacerdote Luis Farinello había montado al lado de su iglesia, y donde se reunían militantes cristianos identificados con la Teología de la Liberación.
También comenzaron a hacer apoyo escolar y recreación para los chicos del barrio Trinidad, de Quilmes, y en la Villa Itatí, de Bernal. En esta última ya funcionaban la Biblioteca Solidaridad y el comedor De la Mano de un Niño, donde, junto con otros militantes y vecinos, apoyaron la creación de un grupo de base llamado José Tedeschi, en homenaje al sacerdote que no sólo realizaba sus tareas comunitarias, sociales, políticas y evangélicas en la Villa, sino que además se había mudado allí a vivir en una casa de chapa y madera. “Pepe”, como le decían, fue secuestrado en marzo de 1976, pero no desapareció: su cuerpo fue encontrado en La Plata, desfigurado por la tortura, los golpes y las balas.
De vez en cuando, además, participaban en actividades fuera del distrito de Quilmes, por ejemplo en Avellaneda, donde el pionero Movimiento de Trabajadores Desocupados de Villa Corina, impulsado por militantes del MPV, intentaba establecer conexiones con otros grupos de la zona. Así fue que participaron en la plaza Alsina, a pocas cuadras de la subida al puente Pueyrredón, de algunas jornadas por la derogación de la Ley Federal de Educación y la de “flexibilización laboral”. Los aglutinaban consignas como “Por salud, trabajo y educación” y “Basta de hambre, miseria y represión”. De esta forma, la Agrupación 11 de Julio funcionaba como un espacio de confluencia entre los estudiantes secundarios de las escuelas de Quilmes y la realidad de los sectores más marginados y sus organizaciones todavía incipientes.


martes, 23 de junio de 2020

VICENTÍN: "Para el pueblo (lo que es del pueblo")


 EL PRECARIADO EN ACCIÓN (Programa y Pensamiento)

 POR MARIANO PACHECO 
(Director del Instituto de Políticas Públicas 
para la Inclusión Social Generosa Frattasi)

Soberanía Alimentaria, pero también Soberanía Monetaria y Financiera, Productiva y Energética, Fiscal y Marítima, en fin, SOBERANÍA POPULAR SOBRE LA NACIÓN es aquello que un conjunto de organizaciones de todo el país han dejado sentado en el "Manifiesto nacional por la soberanía, el trabajo y la producción" que se le ha presentado hace unos días al presidente Alberto Fernández y que este MIÉRCOLES 24 DE JUNIO se presentará públicamente a través de una "Campaña Nacional de Difusión" que se llevará adelante en todo el país, con acciones de divulgación que prioricen el autocuidado colectivo del distanciamiento social necesario por razones sanitarias por sobre la masividad.
Si el poder es acción sobre la acción de otro, queda claro que el conflicto está en el centro, en el corazón mismo que eso que llamamos política. El punto de vista popular para pensar, sentir y llevar adelante la política en cada coyuntura nacional será entonces aquél que promueve la organización y el protagonismo del pueblo para avanzar en las transformaciones posibles y necesarias en cada momento.
Por "Acceso a la Vivienda Digna con Planificación Territorial" y un "Piso de Ingresos Garantizado", pero también en apoyo a medidas que garanticen mayor justicia social, las Trabajadoras y Trabajadores de la Economía Popular llevan adelante en estos días la triple tareas de garantizar su subsistencia, sostener actividades de ayuda mutua y cooperación para que siga en pie el tejido comunitario que desde hace años sostienen en los territorios y --como en tantos nobles momentos de la historia nacional lo hizo el movimiento obrero organizado-- discuten, proponen y hacen circular en la escena pública propuestas para que la salida de la actual crisis que atraviesa el mundo por la pandemia no se resuelva en Argentina perjudicando a quienes ya vienen siendo las y los más perjudicados por las políticas neoliberales sostenidas en armonía con los dictámenes del Nuevo Orden Mundial.


lunes, 22 de junio de 2020

Sobre “Spinoza,filosofía terrena”, de Diego Tatián


Reseña 
 
Por Mariano Pacheco*


Ya desde el prólogo de Spinoza. Filosofía terrena (Colihue, 2014) Diego Tatián deja planteadas muy claramente las líneas de trabajo filosófico y político que pretende desarrollar. Entre ellas, pensar, explorar y reinventar una “política democrática” y a la vez “realista” –sostiene– que Spinoza nos ha legado.

Este libro, según el juicio de este cronista, contiene al menos dos grandes virtudes. Por un lado, sirve como una introducción –al menos para los lectores legos, aquellos que no estamos ligados cotidianamente a la academia– al estudio no solo del autor tratado, sino de los problemas planteados y abordados históricamente por la filosofía política. Por otro lado, es una interesante herramienta teórica para problematizar los desafíos políticos contemporáneos, sobre todo aquellos que se nos presentan en suelo nuestramericano. Porque en la filosofía terrena de Spinoza –nos dice Tatián– siempre hay “algo por hacer”. Eso significa, ni más ni menos, que hay “una emancipación por consumar, un terror –visible o invisible– por desvanecer, una felicidad singular y colectiva por cumplir”. Y especifica más adelante: “el actual momento latinoamericano no cuenta con modelos sino con inspiraciones intelectuales e históricas subordinadas a la creación política”.

Siguiendo esta línea, el pensador cordobés se mete con la que parece ser una de sus grandes obsesiones teóricas: la cuestión democrática.


Democracias salvajes

Retomando el concepto de “democracia salvaje” (de Claude Lefort), como “continua irrupción de derechos”, Tatián esboza algunas definiciones al respecto. Plantea que la democracia es “la existencia colectiva que tiene su lugar de inscripción en una falla”, entre el derecho (como potencia) y la ley, que no es vista solo como limitativa del derecho, sino también como “expresión” y lugar de protección. Retomando a Spinoza, Tatián afirma que la democracia no es “un conjunto de formas definitivas presuntamente formadas en el orden del concepto”, sino el “desbloqueo, la desalienación y la liberación de una fuerza productiva de significados, de instituciones, de mediaciones por las que se mantiene e incrementa”. Así, la democracia spinocista –su “difícil” y “raro” legado– sería una suerte de “autoinstitución ininterrumpida”, nunca algo dado sino una creación, un descubrimiento, un “trabajo por lo común” (e incluso por el comunismo, arriesga Tatián).

Este legado, eso sí, se mantendría a distancia de, por ejemplo, las experiencias denominadas como “socialismos reales”, sencillamente, porque no pueden concebir a una hipotética sociedad futura como un “contractus racional” que, según la lógica trascendente, deberían ser de un modo y no de otro. En este sentido, la propuesta de Spinoza es doblemente realista. Porque no supone exigencias sacrificiales y porque debe “autoconstituirse en el modo de una potencia común ejercida como resistencia y como afirmación pública frente a los embates de poderes que acechan la vida humana”.

Ese realismo, a su vez, se encuentra a una distancia insoslayable del planteo hobbesiano. “La ciudad spinocista es una composición inmanente de potencias en una potentia democrática que produce amistad y lucidez”, sostiene Tatián en un pasaje del libro. Y complementa: “En la ciudad spinocista la ley despliega e incrementa la pluralidad de potencias que la componen: una lógica de la agregación sustituye la lógica del sacrificio cualquiera sea su forma”.

Atravesada por el deseo, la política democrática spinocista se cimenta sobre las bases de dos movimientos: la capacidad de conjurar la “superstición” (ese “dispositivo político”, esa “máquina de dominación” que separa a los hombres de lo que pueden, que inhibe su potencia política y capta su imaginación en la tristeza y la melancolía, que puede devenir en “melancolía social”) y de promover su contrario, la “hilaritas”, que no es más que la “alegría integral” que un cuerpo es capaz de alcanzar cuando “se halla en plena posesión de su potencia de afectar y de ser afectado”. “Hilaritas” que Tatián sugiere pensar en clave colectiva, como “ejercicio pleno y extenso de los derechos”, como “capacidad imprevista de derechos siempre nuevos”.


Intervalo maquiavélico

El ya mencionado Claude Lefort y su maestro Merlau-Ponty son los nombres a partir de los cuales Tatián piensa un cruce entre Spinoza y Maquiavelo (o entre el spinocismo y la “izquierda maquiaveliana”, según titula a uno de los capítulos). En resumidas cuentas, el actual decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba rescata cierto afán conflictivista para pensar la democracia en particular y la política en general. Siguiendo a Merlau-Ponty, acentúa la cuestión del conflicto como “constitutivo de la comunidad política”. Y con Lefort, pone en cuestión la posibilidad de que exista una “solución final” del conflicto social. “No hay una sociedad transparente y despojada de conflictos a recuperar”, sostiene, ni una “sociedad reconciliada por venir que sería la desembocadura del proceso revolucionario”.

Desde estas premisas, Tatián argumenta que es Maquiavelo quien permite cuestionar al capitalismo y –a su vez– al totalitarismo y afirma que América Latina atraviesa actualmente un “momento maquiaveliano”, a partir del cual, “un conjunto de antiguas luchas sociales organizan sus militancias y sus tareas en una conquista institucional, en una disputa por la ley” y por “el sentido compartido”, bajo una tácita “exhortación a la unidad Latinoamericana” por un “Príncipe colectivo” que ha adoptado un posicionamiento popular, y cuya frágil realidad no procede de ninguna “necesidad histórica”, sino de un “encuentro aleatorio” entre “movimientos sociales y políticas de Estado” en la región.

El desafío queda así planteado. Los procesos actuales deberán dar cuenta de si son o no capaces de producir esa “institucionalidad inmanente a los conflictos”, “medidas de reparación” y de “traccionar” derechos, como sostiene Tatián. En fin, si son capaces de dejar que irrumpan fenómenos no previstos por la ley o sí, por el contrario, la dinámica estatal, los procesos de burocratización, se irán devorando las novedades políticas que ha acontecido en el continente durante las dos últimas décadas.


Pensamiento situado

En este libro Tatián retoma un tópico clave ya presente en Spinoza, el don de la filosofía: el pensamiento situado. Así como en el texto anterior realiza “conjeturas sobre spinocismo de Lisandro de la Torre” y rastrea lecturas del “pulidor de lentes” en Argentina, e incluso en Córdoba, en Spinoza, filosofía terrena retoma la circulación –académica y no académica– de Spinoza en el campo cultural nacional, desde las lecciones jesuitas impartidas en la Universidad Nacional de Córdoba en 1766, hasta las más recientes reflexiones presentadas en los “Coloquios Spinoza” que el propio Tatián viene organizando en la UNC desde hace años, pasando por las tempranas recepciones de Spinoza en el pensamiento de la izquierda argentina. Por supuesto, este carácter situado (nacional/Latinoamericano), no lo hace dejar a un lado las agudas interpretaciones realizadas por pensadores europeos, entre quienes se destacan los franceses Gilles Deleuze y Étienne Balibar. Tal vez este esfuerzo por glosar las lecturas que otros han realizado de Spinoza tenga que ver con que –tal como sostiene en el capítulo en el que rescata los aportes de la brasileña Marilena Chaui– “hay libros escritos por un filósofo acerca de otro que son capaces de suscitar problemas donde antes no los había o no se los había percibido, que logran desestabilizar lo que se creía saber y abrir interrogantes nuevos”.


Mover el tablero

La pregunta por la militancia política que se realiza Tatián, en un contexto nacional donde parece haberse tornado sentido común la idea de que ha “vuelto la política” y que los jóvenes otra vez participan en política, parece muy atinada. En el fondo, como casi todas las cuestiones políticas contemporáneas, son interrogaciones de tipo continental, ya que los países de Latinoamérica vivimos, con des-tiempos, circunstancias similares.

Tatián insiste en que las razones que inducen al compromiso político son a la vez filosóficas y situadas. “¿Qué motiva a un militante para serlo? ¿Cuáles son las pasiones, manifiestas y secretas, de su actividad junto a otros en una organización?”, se pregunta, y destaca que si bien la palabra militancia tiene un origen religioso (los “militantes de Cristo” decían en la Iglesia temprana), su uso actual –y desde hace tiempo– está inspirado en la cuestión social, y su posible transformación, y por ende, a una pluralidad y a una “ruptura con las motivaciones puramente individuales”.

Con audacia, Tatián logra sortear las obviedades a la hora de reflexionar sobre estos temas. Basado en un “principio materialista”, desconfía de las purezas y los supuestos actos de desinterés. “Ni vocación de servicio, ni sacrificio por los otros, la militancia es el lugar del otro en su sentido más complejo”, sostiene, en un intento por tomar distancia de la “perspectiva moral”, que de alguna manera funciona como la otra cara de la perspectiva demonizadora, que tuvo su apogeo en los años 80 con la ya clásica “Teoría de los dos demonio”. “La acción militante –sostiene Tatián– es un trabajo sin fin contra las intrusiones de la fortuna en los territorios ganados por las, siempre amenazadas y frágiles, transformaciones políticas”.

A contrapelo de lo que sucedió en la década del 70 en la relación intergeneracional (“no es cuestión de tirar un viejo por la ventana”, solía decir Juan Domingo Perón, como advirtiendo a su “juventud maravillosa” los tiempos por venir), hoy parece ser la generación vieja, que recobró impulso tras la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003, la que ocupa el centro de la escena, por más que centenares de muchachos y de chicas jóvenes –incluso adolescentes– engrosen las mismas filas.

De allí la relevancia del debate en torno a los “viejos” y los “jóvenes” que, partiendo de Maquievelo, Diego Tatián aborda en este libro. “Maquiavelo insta a los jóvenes a desconfiar de los viejos, quienes travisten como sabiduría y experiencia lo que no es sino impotencia, extinción del deseo, cansancio”, subraya el cordobés, sin dejar de colocar un balde de arena (compensatorio) en la importancia maquiaveliana de la prudencia, el otro componente necesario para la ruptura revolucionaria.

Como sea, y más allá de que el lector comparta o no las posiciones del autor, lo interesante de este nuevo libro de Tatián sobre Spinoza son las reflexiones que despierta.
*Publicada en Lobo suelto! En 2014

Sobre de “Spinoza, el don de la filosofía”, de Diego Tatián


Reseña 
 
Por Mariano Pacheco*


A pesar de lo complejo de “método geométrico”, las ideas fundamentales de Baruch Spinoza “son muy fáciles de comprender, incluso por los iletrados, y tienen un amplio poder de seducción que no deja de inquietar”, puede leerse en las primeras páginas de este libro en el que, partiendo de la figura y el pensamiento de Spinoza, Diego Tatián ensaya algunas hipótesis y reflexiones en torno a la democracia, la política y el lenguaje, partiendo de la premisa de que su obra no es una “cosa del pasado” y que “continúa dando de pensar”.

¿Cómo, de qué, con cuál propósito, para quien se escribe filosofía?”. Partiendo de estos interrogantes Tatián recupera de Gilles Deleuze la idea de “comprensión analfabeta” –central para la difusión del spinocismo, sostiene– y recuerda que, tal como afirman los especialistas, en los círculos obreros de Amsterdam, aun hoy se invoca el nombre de Spinoza, para quien “las palabras solo tienen significado fijo en virtud de su uso, y por tanto el uso corriente del lenguaje es el punto de partida para una intervención filosófica sobre él”.

Para Tatián, la obra de Spinoza –o, al menos, ciertos pasajes– aporta a pensar una “política del lenguaje”, centrada en la “resistencia a una lengua única”, que promueve un “universalismo militante” concebido como consustancial al trabajo filosófico, en una perspectiva que implica promocionar una “democratización de la filosofía”. Es esta “causa” de Spinoza –“una militancia intelectual colectiva” cuyo centro es una “política del lenguaje” – la que lleva a Tatián a reivindicar algunas líneas de la obra en la que el “pulidor de lentes” recomienda hablar “según la capacidad del vulgo” y adaptar las palabras y los argumentos a la “capacidad de la plebe”.


Sin lugar para los débiles

El lugar del otro, la posibilidad de composición con los otros, es una de las claves de este libro. Tatián dedica uno de los capítulos finales a narrar los “protocolos de un encuentro” entre Spinoza y Marx, donde la potencia de lo común, del comunismo, es rescatada con todas sus fuerzas. Pero ya desde antes, desde las primeras páginas, esta cuestión aparece tematizada. “La filosofía redunda en el interés por los otros y por la construcción inmanente de una forma de vida compartida establecida no sobre el juicio sino sobre la lucidez”, sostiene en uno de los apartados. Lucidez que lleva a Spinoza a no proponer una “filosofía de la tolerancia” –“siempre contigua a pasiones tristes y melancólicas”, aclara Tatián– sino más bien a promover una “filosofía del reconocimiento”, que funciona como potencia o virtud (amor fati). “La vita activa spinocista no tiene nunca la forma de un hacer que toma a los demás como objetos, sino siempre como sujetos con los cuales operar una composición. En la filosofía de Spinoza no se trata de víctimas, sino de seres humanos capaces, cualquiera sea la condición en la que se encuentren”. Así, el cuerpo siempre es algo más que un mero cuerpo, explica Tatián. Y por lo tanto, no sabemos nunca lo que puede y de lo que es capaz. “En este aspecto –agrega– la filosofía y la política se revelan como formas del reconocimiento de sí, como recuperación del pensamiento y el poder de afectar”.

Siguiendo esta dirección, Tatián aborda un nudo central del spinocismo: la relación entre perseverancia (o conservación de sí) y generosidad (o donación). “La generosidad no es en Spinoza un mandamiento, tampoco un precepto trascendente ni una obligación heterónoma”, explica el pensador cordobés. Y complementa: “es un deseo activo y una inteligencia productiva que incumbe a la vida buena”. Desde estas reflexiones el pensador cordobés arriba a la conclusión de que la política misma puede ser pensada como “amor intelectual”, que combate los amores impotentes y tristes de la superstición”.

Así entendida, la política no es “hacer por otros” (el cuerpo víctima que sufre; el débil al que hay que ayudar), sino un hacer con otros. Muy cerca de la pedagogía popular propuesta por Paulo Freire, y seguida por numerosos movimientos sociales latinoamericanos actuales, y muy lejos de los preceptos religiosos e incluso de algunas versiones del marxismo, la filosofía política de Spinoza nos propone –según Tatián– salirnos de la despolitizadora compasión, para adentrarnos en un tránsito común con otros.

En este sentido, es el concepto de “utilidad común” es el que establece un dispositivo a partir del cual pensar y realizar una política no sacrificial. Esa alegría que se experimenta por el bien de otro, corroborada en un plano afectivo y sostenida en una inscripción política, es a lo que se llama “deseo de comunidad”. De allí el título del libro. Porque el don más alto de ese bien es la filosofía. Una utilidad común llevada al extremo, es decir, la filosofía como bien común. “Don de lo común que excede el paradigma del interés y del cálculo –entender con otros, intelecto general–. Establece un horizonte colectivo siempre abierto, democrático en sentido fuerte”, comenta Tatián, a la vez que destaca que allí se revela esa mutua implicancia entre filosofía y política, “pues el conocimiento y el entendimiento son tanto mayores cuanto más común”.

Siguiendo este sentido democrático fuerte es que Tatián lee en Spinoza, y rescata su filosofía para pensar la política contemporánea. Aunque tal vez es aquí en donde las conclusiones filosóficas del autor encuentran una suerte de “paredón” en relación con algunas de las lógicas que las democracias actuales del continente (las populares, en el mejor de los casos) sostienen. Al menos si es que prestamos atención, por ejemplo, a la preponderancia que los liderazgos unipersonales tienen en muchos procesos latinoamericanos a los que Tatián observa con atención y simpatía. Porque de la mano de esos procesos, el pensador cordobés rescata lo “inconsistente” (donde se atesora la novedad y la invención, dice), y destaca que Spinoza (en el Tratado político) piensa en una “multitud democrática” en un doble sentido: por un lado, una potencia inalienable e intransferible (que incluso aparece en este libro con el nombre de “poder popular”). Por otra parte, la “multitud democrática” es presentada como “preservación de las diferencias que la constituyen por naturaleza”, y por lo tanto, “resistencia a la uniformidad”, a la que Tatián denomina “autoinstitución ininterrumpida”. E incluso, muy cerca de las reflexiones que Gilles Deleuze sostiene en sus clases sobre Spinoza, Tatián explica: “multiplicidad sin centro que no admite nunca ser reducida a la unidad; conflicto irrepresentable que produce institucionalidad dándose a sí misma viva e inestable”.


Difícil y raro

Lo común aparece en estas reflexiones que Tatián realiza sobre Spinoza como lo “raro”, lo “difícil”, lo que falta y no lo que hay. En una realidad en la que la lógica del capital parece extenderse por todo el planeta, en cada rincón (incluso en aquellos inimaginables años atrás), el comunismo pregonado por Karl Marx seguramente aparezca más en los “intersticios” de nuestra sociedad, como supo plantear el viejo Louis Althusser, que en el desarrollo de las fuerzas productivas. Rescatando el spinocismo del fundador del comunismo moderno, Tatián intenta pensar algunas claves para un post-marxismo latinoamericano.

Su rescate comienza valorando la “opera filosófica” realizada por el joven Marx, quien en sus cuadernos manuscritos de 1841 considera a Spinoza, “por primera vez de manera explícita, como un filósofo político en sentido plano y un amigo de la democracia capaz de intervenir directamente en las disputas de la propia época”. Si bien a partir de los Manuscritos de 1844, y más notoriamente con La sagrada familia de 1845, Marx desplaza la pregunta política de la democracia por la interrogación social de la producción, el trabajo, en fin, la clase obrera capaz de construir el comunismo, Tatián –repasando algunas de las hipótesis Miguel Abensour sostiene en su libro La democracia contra el Estado, traducido por Eduardo Rinesi y publicado por Colihue en 1998– realiza un recorrido por los diferentes momentos en los que vuelve a aparecer esta cuestión en Marx, sobre todo en La guerra civil en Francia (1871), texto en el que –siempre siguiendo las reflexiones de Abensour glosadas por Tatián–, inspirado por el fenómeno de la “Comuna de París”, el autor de El Capital recupera la “cuestión democrática”, que había permanecido “latente y oscura” durante todos esos años. Esas reflexiones llevan al autor cordobés a indagar en los textos de Althusser en los que, para “despegar” a Marx de Hegel, rescata su spinocismo, e incluso el legado de Spinoza presente en Lenin.

Como puede verse, este libro es una invitación a revisitar o introducirse en el pensamiento de Spinoza, pero también en la filosofía, y por qué no, en los desafíos intelectuales que la época reclama.
*Publicada en Lobo suelto! En 2014

domingo, 21 de junio de 2020

Fue algo extraña la forma en que conocí a Darío Santillán

  Fue un 24 de marzo. 

Me encontraba entonces en plena organización de una radio abierta. La plaza que se encuentra frente a la estación de trenes de Quilmes comenzaba a decorarse con banderas. Observé a un muchacho barbado, con un buzo del grupo de heavy metal Hermética, dar vueltas por el lugar. Tras unos breves minutos se sentó, solo, en un costado de la plaza.
Tal vez porque era uno de los más grandes del grupo –aunque tenía apenas 17 años--, o quizá porque era el más caradura, el que asumía las tareas “públicas”, me acerqué hasta el muchacho y le tendí un volante. Al instante comencé a contarle: que éramos de la Agrupación 11 de Julio; que estaba por comenzar una actividad. En cuando me puse a comentarle el significado político que para nosotros tenía aquel día, él me cortó y me dijo:

Sí, ya sé. Yo vengo a la actividad.

Por supuesto, quedé perplejo: es que casi nunca alguien desconocido se acercaba a una actividad. Pero directamente duro quedé cuando agregó:

Lo estoy buscando a Mariano Pacheco.

Claro, me buscaba a mí. Pero, ¿por qué? ¿De dónde me conocía? Antes de que llegara a preguntarle algo, él se adelantó y aclaró el panorama:

Soy Darío Santillán, alumno de Andrea Gallegos.

Eso fue en 1998.
Años más tarde relacioné esa anécdota con La insoportable levedad del ser, la novela de Milan Kundera. Claro que cuando la leí, su “teoría de las casualidades” me pareció un poco exagerada. Sin embargo, al comenzar a recordar mis primeros encuentros con Darío –por cierto, esas actividades fueron las primeras en las que participó políticamente- ya no consideré de igual manera las posiciones del autor checo, debido, en gran parte, a la cadena de casualidades que me llevaron a conocerlo y compartir luego, con él, un camino común de militancia.

(Extracto del libro De Cutral Có a Puente Pueyrredón. Una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados, de Mariano Pacheco, editorial El Colectivo, 2010; 2016)

miércoles, 17 de junio de 2020

Recordando a Francisco Urondo


Paco: ¿el poesta de la Revolución?

Por Mariano Pacheco




Un día como hoy, pero en 1976, caía en combate Francisco Urondo, el poeta que dijo empuñar un arma porque buscaba la palabra justa. Era entonces un reconocido cuadro de la organización Montoneros.
"Paco" fue una de esas figuras clave que atravesaron el peronismo en los 70, siendo ya no tan jóvenes (según los parámetros de la época, ya que hoy sería un "pendeviejo"), proviniendo de las izquierdas, tensionados por sus pasiones literarias y sus compromisos políticos.
Urondo había escrito obras de teatro y guiones de televisión, notas periodísticas y poemasarengas, así, todo junto, como esa que salió publicada en la revista Crisis, y que veintipico de años después leímos con pasión en fotocopias que circulaban de mano en mano (“¿Soy el Poeta de la Revolución/ acaso, como dice/ por ahí –bromeando–/ un compañero de cárcel? No. El poeta/ de la Revolución es el Pueblo...”).
Se lo suele recordar por haber entrevistado, en la madrugada del 25 de mayo de 1973 y con el Penal de Devoto tomado por los presos y una multitud de manifestantes esperándolos afuera, a los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew, acontecida el 22 de agosto de 1972 (conversaciones que serán publicadas como libro con el título de LA PATRIA FUSILADA). Integró primero las FAR, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que oficiaron como grupo argentino que apoyó la expedición del Comandante Che Guevara en Bolivia, y que luego asumieron la estrategia de la guerrilla urbana bajo las banderas del peronismo como forma de transitar la revolución socialista en Argentina.
Moriste en Mendoza cuando aún faltaban años para que fuera engendrado, pero con Walsh, también podría decir: "Te lloramos, hombres y mujeres, quién podría no llorarte".
Hermosa semblanza de Rodolfo, quien mejor que él para que las nuevas generaciones de militancias te recordáramos leyendo sus palabras

Facebook live en Homaneje a Darío Santillán (lunes 22 de junio, 19 horas)


Muro de Mariano Pacheco- A 18 años de la Masacre de Avellaneda


Este lunes 22 de junio, a las 19 horas, estaré haciendo un Facebook Live desde mi cuenta personal para rescatar esta fecha emblemátia del 26 de junio de 2002, día en el que fueron asesinados nuestros compañeros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Éste año (como el 24 de marzo) estaremos por primera vez sin salir masivamente a las calles, así que con las limitaciones del caso (¡no cazo una de diseño!) anoche me puse a armar este flyer para difundir esta actividad enmarcada, como cada año, en la semana previa.
Rescaté para ilustrar algunas postales que ya he difundido años anteriores, en las que estamos con Darío y otros pibes y pibas que en los 90 y el 2001/2002 le pusieron todo de su juventud para agitar la militancia: en los barrios junto a los emergentes Movimientos Sociales Territoriales (los MTD que integraron el denominado "Movimiento Piquetero"), pero antes --también-- en los colegios secundarios, en las radios comunitarias, en las plazas, esquinas y casas de las que surgieron propuestas para recitales, revistas, pintadas, muraleadas, afichadas, sentadas y movilizaciones, cortes de calles y jornadas de formación, o radios abiertas, junto a simples (pero profundos) encuentros de amistad donde como jóvenes fuimos forjando la rebeldía, la insumisión y la voluntad de cambio que pretendíamos para nuestras vidas.
Quisiera compartir entonces este lunes, con ustedes, la lectura de algún breve extracto de mi libro "DE CUTRAL CÓ A PUENTE PUEYRREDÓN", y de "EL MILITANTE QUE PUSO EL CUERPO" (La Biografía de Darío que escribimos junto a Juan Rey y Ariel Hendler), pero sobre todo, una conversación (vía chat) en la que se puedan sumar preguntas, comentarios, para seguir tejiendo ese contrarelato tan necesario para que los procesos de lucha y organización de la posdictaura no queden absorbidos por el relato dominante que pretende negarlos, o ningunearlos.
Hubo 2001 porque existieron pujantes militancias en los 90, y existieron militancias en los 90, en gran medida, porque hubo setentistas que no se rindieron ante el menemismo, y quienes provenían de los activismos de los 80 supieron también hacer de nexo, y sostener la antorcha encendida en los más oscuro de la noche neoliberal.

martes, 16 de junio de 2020

Los bombardeos a Plaza de Mayo en la narrativa de Ricardo Piglia


Literatura argentina y realidad política  



Por Mariano Pacheco*



En 2015, saldrá a las calles “Los años de formación”, el primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, segundo nombre y segundo apellido de Ricardo Piglia, con los que solía firmar algunas de sus notas y trabajos como editor en los años setenta. Allí pueden leerse, como fragmentos del Diario, algunos relatos con los que el lector de Piglia ya se había topado en libros de cuentos, microensayos o microficciones (Formas breves), y también, las líneas en donde cuenta por qué dejó afuera de su primer libro el cuento “Desagravio”, incorporado en la reedición de La invasión que realiza Anagrama en 2006. En ella se agrega otro cuento inédito y otros tres publicados hace décadas en revistas (La invasión fue publicado en Argentina en 1967, y bajo el nombre de Jauría, obtuvo el mismo año el prestigioso Premio Casa de las Américas de Cuba).
Escrito en los primeros años sesenta, el cuento no tiene tantos años de distancia con los hechos históricos narrados. Pero Piglia entiende entonces que “desentona” con la original poética que intenta construir, con el fin de hacerse un lugar entre los cuentistas de su generación y lograr,  finalmente, un espacio destacado en el panorama literario argentino.
El hecho, y lo que nos interesa aquí, es que el cuento tiene ese toque policial que tanto promocionó Piglia desde joven. “Desagravio” parte del cruce de un episodio singular en la vida de Fabricio y el acontecimiento político de los bombardeos a Plaza de Mayo por parte de la Marina de Guerra, en un claro intento por desplazar a Perón del gobierno y asesinarlo. El protagonista iba al encuentro de reconciliación con su mujer, que lo había abandonado dos meses antes, el mismo día en que se realizaría un “desagravio a la bandera”. Sólo esperaba de ella un gesto de ternura y de arrepentimiento. Él también podía llamar desagravio a lo que estaba por suceder.
Elisa había abandonado a Fabricio de un día para otro, sin explicarle la razón: que sus celos lo estaban enloqueciendo. Él esperaba encontrarla en un bar del Bajo, en el microcentro porteño, cerca de donde ella daba clases de violín. En aquel lugar en donde la había visto tantas veces tomando su café con leche, mientras la espiaba. El contexto de amores y desamores se cruza con el contexto de la política nacional: una bandera argentina prendida fuego en el atrio de la catedral; el presidente Perón acusando a la Acción Católica. Fabricio, que ese día andaba armado, había imaginado innumerables veces que un suicida, un amante abandonado o cualquier hombre decidido y desesperado podía ser capaz de hacer lo que otros no podían hacer, como asesinar al presidente. Ahora iba armado, en medio de un complot contra Perón, pero para matarla a ella. En medio del caos la pierde de vista, y termina “murmurando y haciendo gestos”, caminando hacia el sur de la ciudad,  entre los cadáveres y las ruinas.
Cuarenta años después agrega el cuento en una reedición, cuando ya tiene su obra consolidada y reconocida en numerosos lugares del mundo.

*Extracto del libro Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo (Punto de encuentro, 2016)

sábado, 13 de junio de 2020

PALABRAS DE DELEUZE DEDICADAS A SARTRE


 "Fue mi maestro"


Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos. Sartre fue eso para nosotros (para la generación que tenía veinte años en el momento de la Liberación). Por entonces, ¿quién si no Sartre supo decir algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas maneras de pensar? Por brillante y profunda que fuera, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía en muchos aspectos de la de Sartre (a Sartre le gustaba asimilar la existencia del hombre al no-ser de un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de la nada, decía. Pero Merleau-Ponty las consideraba pliegues, simples pliegues y plegamientos. De ese modo se distinguían un existencialismo duro y penetrante y un existencialismo más tierno, más reservado). Camus, ¡ay!, era la virtud inflada o el absurdo de segunda mano; Camus reivindicaba a los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos remitía a Lalande y a Meyerson, autores que los bachilleres conocen muy bien. Los nuevos temas, un cierto estilo nuevo, una manera nueva, polémica y agresiva, de plantear los problemas, todo eso vino de Sartre. En medio del desorden y las esperanzas de la Liberación, lo descubríamos, lo redescubríamos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, los interminables ajustes de cuentas con el marxismo, el impulso hacia una nueva novela... Si todo pasó por Sartre, no fue sólo porque como filósofo tenía un sentido genial de la totalización sino porque sabía inventar lo nuevo. Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo fueron acontecimientos: en ellos aprendíamos, después de una larga noche, la identidad entre el pensamiento y la libertad.
Los “pensadores privados” se oponen de algún modo a los “profesores públicos”. Hasta la Sorbona necesita una anti-Sorbona, y los estudiantes sólo escuchan bien a sus profesores cuando tienen también otros maestros. En su momento, Nietzsche dejó de ser profesor para convertirse en un pensador privado. También lo hizo Sartre, en otro contexto, con otra salida. Los pensadores privados tienen dos características; una especie de soledad que les pertenece siempre, cualesquiera sean las circunstancias; pero también una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan. Y también sólo hablan en su propio nombre, sin “representar” nada; y lo que le reclaman al mundo son presencias brutas, potencias desnudas que tampoco son “representables”. Ya en ¿Qué es la literatura?, Sartre dibujaba el ideal del escritor: “El escritor retomará el mundo tal cual es, totalmente en crudo, sudoroso, maloliente, cotidiano, para presentarlo a los libertados sobre el cimiento de una libertad. No basta con concederle al escritor la libertad de decirlo todo. Es preciso que escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la renovación perpetua de los cuadros, la continua perturbación del orden tan pronto como tienda a fijarse. En una palabra, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”. Desde el principio, Sartre concibió el escritor bajo la forma de un hombre como todos, que se dirige a los demás desde un solo punto de vista: su libertad. Toda su filosofía se insertaba en un movimiento especulativo que impugnaba la noción de representación, el orden mismo de la representación: la filosofía cambiaba de lugar, abandonaba la esfera del juicio, para instalarse en el mundo más colorido de lo “prejudicativo”, de lo “sub-representativo”. Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel. Continuación práctica de la misma actitud, horror ante la idea de representar prácticamente algo, aunque sean valores espirituales o, como él dice, de institucionalizarse.
El pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grano de revolución permanente. En Sartre hay, en efecto, cierta fijación con la Liberación, con las esperanzas decepcionadas de esa época. Hizo falta la guerra de Argelia para reencontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora, y aun así en condiciones tanto más complejas cuanto que nosotros ya no éramos los oprimidos sino aquellos que debían alzarse contra sí mismos. ¡Ah, juventud! Ya no quedan más que Cuba y los maquis venezolanos. Pero, más grande aún que la soledad del pensador privado, está también la soledad de los que buscan un maestro, los que querrían un maestro y sólo podrían encontrarlo en un mundo agitado.
El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado sobre nosotros. Hasta el miedo atómico adoptó los aires de un miedo burgués. A los jóvenes, ahora, se les ofrece a Teilhard de Chardin como maestro de pensamiento. Tenemos lo que nos merecemos. Después de Sartre, no sólo Simone Weil sino la Simone Weil del simio. Y sin embargo no es que en la literatura actual no haya cosas profundamente nuevas. Citemos al voleo: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Lévi-Strauss, el teatro de Genet y de Gatti, la filosofía de la “sinrazón” que elabora Foucault... Pero lo que hoy falta es lo que Sartre supo reunir y encarnar para la generación anterior: las condiciones de una totalización: aquella en la que la política, lo imaginario, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen en los derechos de la totalidad humana. Hoy nos limitamos a subsistir, con los miembros dispersos.
Sartre decía de Kafka: “Su obra es una reacción libre y unitaria contra el mundo judeocristiano de Europa central; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etcétera”. Pero es el caso de Sartre mismo: su obra es una reacción contra el mundo burgués tal como lo pone en cuestión el comunismo. Expresa la superación de su propia situación de intelectual burgués, de ex alumno de la Escuela Normal, de novio libre, de hombre feo (puesto que Sartre a menudo se presentó de ese modo), etc.: todas cosas que se reflejan y resuenan en el movimiento de sus libros.
Hablamos de Sartre como si perteneciera a una época caduca. ¡Ay! Somos nosotros, más bien, los que hemos caducado en el orden moral y conformista de la actualidad. Sartre, al menos, nos permite la esperanza vaga de los momentos futuros, de las reanudaciones donde el pensamiento puede reformarse y rehacer sus totalidades como potencia a la vez colectiva y privada. Por eso Sartre sigue siendo nuestro maestro.
El último libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, es uno de los libros más bellos y más importantes que se hayan publicado en estos últimos años. Le da a El ser y la nada su complemento necesario, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a consumar la subjetividad de la persona. Y si volvemos a pensar en El ser y la nada, es para recuperar el asombro que supimos sentir ante esa renovación de la filosofía. Hoy sabemos aún mejor que las relaciones de Sartre con Heidegger, su dependencia de Heidegger, eran falsos problemas que descansaban en malentendidos. Lo que nos impactaba de El ser y la nada era únicamente sartreano y servía para medir el aporte de Sartre: la teoría de la mala fe, donde la conciencia, en el interior de sí misma, jugaba con su doble poder de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, donde la mirada del otro bastaba para hacer vacilar el mundo y para “robármelo”; la teoría de la libertad, donde ésta se limitaba a sí mismaconstituyéndose en situaciones; el psicoanálisis existencial, donde recuperábamos las elecciones básicas de un individuo en el seno de su vida concreta. Y, cada vez, la esencia y el ejemplo entraban en relaciones complejas que le daban un nuevo estilo a la filosofía. El mozo del bar, la chica enamorada, el hombre feo, y sobre todo mi amigo Pedro-que-nunca-estaba, formaban verdaderas novelas en la obra filosófica y hacían palpitar las esencias al ritmo de sus ejemplos existenciales. Por todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de rupturas y estiramientos, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser, las viscosidades de la materia.
El rechazo del Premio Nobel fue una buena noticia. Al fin alguien que no trata de explicar la clase de paradoja deliciosa que es para un escritor, para un pensador privado, aceptar honores y representaciones públicas. Ya hay muchos astutos que tratan de sorprender a Sartre contradiciéndose: le atribuyen sentimientos de despecho porque el premio llegó demasiado tarde; le objetan que algo, de todos modos, siempre representa; le recuerdan que sus logros, de todos modos, fueron y siguen siendo logros burgueses; se sugiere que su rechazo no es razonable ni adulto; se le propone el ejemplo de aquellos que lo aceptaron rechazándolo, sin perjuicio de destinar el dinero a buenas obras. No les conviene provocarlo demasiado; Sartre es un polemista temible. No hay genio que no se parodie a sí mismo. Pero, ¿cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un viejo adaptado, una coqueta autoridad espiritual? ¿O bien querer ser el retrasado de la Liberación? ¿Verse como un académico o bien soñarse como resistente venezolano? ¿Quién no ve la diferencia de calidad, la diferencia de genio, la diferencia vital entre esas dos opciones o esas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre al amigo Pedro-que-nunca-está. Ése es el destino de este autor: hacer correr aire puro cuando habla, aun si ese aire puro, el aire de las ausencias, es difícil de respirar. 5

Publicado originalmente en la revista Arts, el 28 de noviembre de 1964. Traducido al castellano por el crítico argentino Alan Pauls.

jueves, 11 de junio de 2020

Juan José Saer: literatura argentina y realidad política


Aproximaciones a la novela Nadie Nada Nunca


Por Mariano Pacheco*

A quince años de la partida de este gran escritor de nuestro país.


Publicada en México por Fondo de Cultura Económica, Nadie nada nunca (1979), puede ser considerada como una novela política, a pesar de que Juan José Saer nunca trabajó su obra narrativa desde un programa encuadrado en el realismo social.

En Nadie nada nunca los elementos de la realidad política nacional aparecen cifrados en medio de dos historias enigmáticas. Toda la trama está centra en la historia de un crimen, pero a diferencia de un relato policial, no hay en este caso investigación ni detective. Aunque sí un periodista que investiga y escribe sobre los hechos, pero con el único propósito de realizar su trabajo. De allí las filiaciones que pueden trazarse entre esta novela y la estructura de un cuento. En parte por la conexión entre dos historias: la del crimen uno (la serie de crímenes contra los caballos), que funciona como una suerte de efecto retardatorio del relato del crimen dos. Podríamos decir que en realidad toda la historia se desenvuelve entre estos dos crímenes, y sus formas de narrarlo.

La novela, que abarca el espacio temporal de tres días --viernes, sábado y domingo– comienza cuando Don Layo, un vecino de las islas donde se desarrollan los hechos, va a llevarle a El Gato Garay su caballo bayo amarillo, para que se lo cuide, ya que en la zona, un asesino viene matando sádicamente a los caballos. El Gato vive sólo, frente al río, alejado de la ciudad (dato que rodea de misterio los asesinatos). Pasa allí sus días y sus noches, trabajando (llenando unos sobres con datos de una guía telefónica para una oficina), leyendo un libro que su hermano Pichón le ha enviado desde Francia (¿un libro escrito por Pichón o un libro que Pichón tan sólo envió?, se pregunta Beatriz Sarlo en Escritos sobre literatura argentina); un libro que Elisa le acerca hasta la casa de la isla en su visita de fin de semana, en la cual –juntos– toman mucho vino blanco con hielo, comen salamín y tienen sexo como si fuera la última vez. Dinámica que se interrumpe sólo cuando su amigo Tomatis (periodista del diario La Región, encargado de escribir sobre los asesinatos de caballos), va a visitarlos el domingo, y se comen juntos un asado, se bañan en el río y charlan con el bañero (a través del cual, también, nos enteramos un poco más sobre los asesinatos de caballos).
Hasta que una noche de absoluta calma, la historia del segundo crimen irrumpe inesperadamente. Elisa se despierta, escucha un auto marchándose, tiros (“De revólver o de carabina y tableteos de ametralladora. Duran varios segundos…”). Al día siguiente se enteran que han ajusticiado al Caballo Leyva, el encargado de “hacer cantar” en la comisaría del pueblo a los detenidos que no quieren brindar información (“Esa mañana, los muchachos le habían encajado nueve chumbos, tres de los cuales en el melón”).
De una simple lectura de la novela se desprende que El Gato y Elisa están cercados por un peligro (real o alegórico), pero no mucho más. El Gato guarda un revólver y una caja de balas en uno de sus cajones: ¿un arma que ha heredado de la familia, que ha comprado para seguridad personal? No se sabe. Hay menciones a organizaciones revolucionarias que operan en el territorio nacional, y que logran el “ajusticiamiento” de un torturador, aunque no hay relación directa, aparente, entre los protagonistas y esos episodios. Tampoco entre ellos y El Caballo Leyva (“el protegido de los políticos”), clara figura de la represión. Recién en una novela posterior (Glosa, 1986), Saer nos hace saber que Elisa y el Gato eran militantes, que fueron secuestrados por el Ejército, en 1978, y que van a permanecer desaparecidos. Es un dato genérico, es cierto, que aparece comprimido en un párrafo. Pero a esa altura, el lector puede imaginar que ha sucedido...
Es en ese contexto (con el dato que aporta Glosa), que podemos releer toda la novela en clave política. Y sobre todo, un sueño -que según Sarlo, es la cifra de todo el texto- que tiene El Gato en el segundo capítulo.
Tomatis, el juego clandestino, el papá de El Gato (“un carnicero”), aparecen mencionados en el sueño, de manera mezclada –¿de qué otra manera podía ser?–. En el sueño El Gato le dice a Tomatis que, antes que al juego, irá a visitar a su madre. Llega a la ciudad en canoa. El viaje lo describe así: “…es angustioso, y tengo todo el tiempo una fuerte sensación de inseguridad”. Ya en la ciudad, El Gato comete –según sus propias palabras– “dos o tres torpezas”: se mete en una carnicería… ¡de caballos!; habla con un oficial de la policía para informarle –por si pasan a interrogarlo por el tema de los caballos– que no estará en su casa. Cuando visita a su madre, ésta le dice que su hermano ha escrito desde Francia, preocupado por el asunto de los caballos. Una vez en la casa de juego, se encuentra con Elisa, que le dice que no juegue al N° 3, que tiene el presentimiento de que “va a perder” (recordemos que, en la década del 70, los militantes llamaban “perder” a caer en manos de las fuerzas de represión). El Gato le recuerda a Elisa que, para Freud, el N° 3 representa los genitales (cuando “perdían”, los militantes eran torturados, frecuentemente, en los genitales). Otro dato del sueño, que podría vincularse con esto, es que la sala de juegos es, a su vez, un prostíbulo. Jean Paul Sartre, en “Situación del escritor en 1947” (¿Qué es la literatura? Situations II) tematizó el aspecto sexual de la tortura, poniendo énfasis en la relación íntima de la víctima y su verdugo.
También las fobias de Elisa, o los comentarios de El Gato pueden pensarse en una clave política: “El campo, dice, sobre todo de día, le produce pánico. Siempre tiene la impresión de que entre los yuyos se oculta algo, algo que no espera otra cosa que la llegada de algún caminante para ponerse en evidencia…. En el campo, entre los yuyos, muchas cosas… cuerpos en descomposición, de los que sube, de golpe, un rumor. Como si algo, no sé, dice, algo hubiese subido a la superficie desde las profundidades de la tierra”. Y líneas más adelante: “No sabe, dice Elisa. No sabe pero es así. Si un asesino, argumenta, quisiera desembarazarse de un cuerpo, ¿adónde se le ocurriría hacerlo desaparecer? En el campo”. El Gato replica que en el río es más eficiente, que un bloque de cemento en cada pie ya es suficiente para no volver a ver más a esa persona” (no podemos, hoy, al leer estas líneas, dejar de pensar en los “vuelos de la muerte”, o las fosas comunes en donde se apilaban los cadáveres de los militantes).
Hay otros indicios menores, pero que tal vez valga la pena repasar: en la novela se menciona a un Videla, al que maltratan para sacarle una confesión. También una noche de septiembre –de un 15 a un 16– (pensemos en “La noche de los lápices”, en 1976) un caballo aparece con un tiro en la cabeza y todo tajeado.
En cuanto a los crímenes de los caballos, asesinados de un tiro en la cabeza (luego “sádicamente” descuartizados), podríamos pensar en los desplazamientos y metamorfosis que se producen a lo largo del texto. Podríamos ver aquí ciertas analogías entre los crímenes de animales y los crímenes políticos de la dictadura, que mataba a los militantes como si fueran animales.
La historia termina (¿casualmente?) el día que se inicia la semana: lunes. Llueve, con lo cual se produce un alivio, luego del calor sofocante de esos días de febrero.
¿Alivio tras la ejecución de un torturador?
*Nota publicada en La luna con gatillo

martes, 9 de junio de 2020

Entrevista al escritor venezolano José Duque.


“La situación de Venezuela puso en su lugar a los revolucionarios de manual”


Por Mariano Pacheco


Estamos en un momento en que ya se hace urgente e inevitable hacer un recuento de lo que hemos hecho como pueblo y como sociedad”, subraya José Roberto Duque, periodista y escritor venezolano, en esta entrevista con revista Zoom.


Me interesa comenzar esta conversación poniendo el foco en una afirmación (“estamos en guerra y en revolución”), que aparece en tu libro, para relacionarla con la consigna chavista de “Socialismo del siglo XXI”, para desde allí proponerte pensar en aquello que, en su libro “Sobre la Revolución”, Hannah Arendt dice respecto del Siglo XX. A saber: que no puede pensarse el siglo XX sin tener en cuenta los conceptos (y las experiencias) de guerra y de revolución. El siglo XXI de algún modo se caracterizó por iniciarse con un discurso de fin de la historia, fin de las guerras y fin de las revoluciones. Pero el alzamiento zapatista en México (1994)y la emergencia del proceso bolivariano en Venezuela (triunfo de Chávez en 1999, a una década del “Caracazo”) dieron cuenta de lo efímero del discurso del fin de la historia, así como las agresiones desatadas por EE. UU contra Irak (1991) dieron cuenta de lo efímero del discurso del fin de las guerras. ¿Qué pasa con la revolución? Pocos o casi ninguno de los denominados “gobiernos progresistas Latinoamericanos se refirió a sí mismo como “Revolución”. Pero la Venezuela Bolivariana sí.
¿Qué hay de guerra, qué hay de revolución, entonces, en el proceso venezolano?


La guerra es la situación más obvia que tenemos acá ahora, y no sería honesto restringir esa conclusión a lo que ocurre en Venezuela, es una situación planetaria. En algunos países esa situación es más evidente y dramática que en otros, pero es obvio que esta generación asiste a un momento de confrontaciones bastante duras y con objetivos físicos y simbólicos muy claros: desde las simples movidas geopolíticas, que en ajedrez vendrían a llamarse “posicionales”, hasta el control efectivo y violento de territorios y recursos. El gobierno de Estados Unidos ha dicho que derrocará por cualquier vía al gobierno de Venezuela, ya eso es una declaración de guerra. Pero incluso ya sin esa declaración palmaria y directa tenemos noticias del despojo de recursos y entidades por parte de Estados Unidos y sus satélites, tenemos unos preparativos de intervención armada desde Colombia y media docena de planes invasores y magnicidas, descubiertos y derrotados: eso se llama estar en guerra.
Las evidencias de que en Venezuela existe una Revolución en marcha trascienden el ámbito de la acción gubernamental. Es decir, los países no necesitan que su gobierno declare que es revolucionario para comprobar que está ocurriendo una Revolución. Si forzamos un poco el análisis y lo emparentamos con el modo de acercarnos a la evidencia de la guerra, pudiera decir que en todo el planeta hay una Revolución en marcha, con distintos grados de desarrollo según los países y regiones. Al final, las revoluciones no las hacen los gobiernos sino los pueblos, y no las propicia una vanguardia sino un estado de cosas. Caso concreto de Venezuela: Estados Unidos quiere hacer colapsar el tipo de sociedad que el mismo Estados Unidos impuso acá, y esa misión coincide con la misión de los revolucionarios. Los dos bandos en pugna hacen esfuerzos para alcanzar el mismo objetivo: el colapso de un modo de vida. Es tan peligroso como fascinante. Es una situación de crisis revolucionaria.


En la gacetilla de prensa de la editorial Tinta limón, con la que se promociona tu libro en Argentina, puede leerse: “En el mapa político llamado Revolución Bolivariana el autor se define como un defensor del proceso que sostiene al chavismo en el poder pero no sujeto a líneas oficiales o partidistas”. Teniendo en cuenta cierto peso que el stalinismo tuvo en la intelectualidad de izquierda Latinoamericana y el camino recorrido por el chavismo en estas ya dos décadas de existencia: ¿Cómo caracterizarías la relación entre chavismo e intelectualidad crítica venezolana?


Como suele suceder cuando se producen situaciones de conmoción real y radical en el sistema de costumbres, cuando hay un estremecimiento en las zonas de confort y en la apacible cotidianidad o “normalidad”, la revolución que ocurre suele desbordar la paciencia y la capacidad de análisis y de resistencia de algunos sujetos. Muchos intelectuales de izquierda parecen muy radicales en el discurso, pero su modo de vida es más bien pequeñoburgués, acomodado o alejado del pueblo que sufre. Como la gente no es lo que dice sino lo que hace, la situación venezolana ha puesto en su lugar a muchas luminarias que invocaron y teorizaron sobre una revolución de manuales y libros durante décadas, y ahora se espantan ante la dureza de una Revolución de verdad.


En un mundo cada vez más tomado por la lógica de la instantaneidad (redes sociales, frases cortas, primacía de la imagen por sobre la palabra), me interesa conocer tu punto de vista respecto del trabajo que implica escribir un libro como el que recientemente publicaste.


Lo que seduce o invita a leer no es la frase corta, es el sabor y la magia con que la escribes. Estoy convencido de que el interés por las largas lecturas no ha desaparecido, al menos no por culpa de la pereza mental de los lectores. Creo más bien que hay demasiados autores pesados, discursos insufribles, análisis pretendidamente densos que, al diseccionarlos, no son profundos ni importantes sino simplemente aburridos. Hay autores capaces de hacerte bostezar incluso en una entrega o trino de Twitter. La captación de nuevos, interesados e interesantes lectores la logra el esfuerzo de quien escribe, no la capacidad o disposición de los lectores para seguirte. O escribes para una élite de momias, habitantes de catacumbas seudofilosóficas, o escribes para el pueblo que desea y entiende propuestas de lectura terrenales, callejeras y musicales. Esta generación no es floja ni propensa a las lecturas superficiales (y muchas lecturas cortas no lo son), sino que hay autores que, sencillamente, no provocan leer.


¿Cómo vivís este doble trabajo que implica escribir un libro y ponerlo a circular, pero también, escribir un libro en el que –como sucede en “Cómo fue que la historia nos trajo hasta aquí”-- se busca inscribir la actualidad en su historicidad?


Creo que es un solo trabajo, no dos: estás incrustado inevitablemente en un mundo actual, sobre el que tienes muchas cosas que decir, y no puedes decir nada interesante sobre esa actualidad si no volteas a ver qué te trajo a este momento.


Por último: el libro salió en un contexto de pandemia mundial. ¿Alguna reflexión que quieras compartir al respecto? Sobre el modo en que Venezuela enfrenta esta situación, o las implicancias que el virus trae a la realidad actual de la humanidad.


Al principio me invitaste a reflexionar sobre dos asuntos en marcha en Venezuela: guerra y revolución. Hay un tercer asunto que completa el panorama y el carácter de este tiempo, tal vez porque es la consecuencia lógica de los dos anteriores: el colapso. Con los síntomas del colapso hemos vivido varias veces los venezolanos durante este siglo, pero esos síntomas no se habían instalado en nuestra cotidianidad con la potencia con que los vivimos ahora mismo. La pandemia ha hecho que el proceso o la sensación de colapso sea más patente, más opresiva e incluso más dolorosa. Aunque en Venezuela no tenemos la situación dramática de otros países del entorno, respecto a los efectos o estragos del Covid 19 (altísima mortalidad, sensación de desamparo médico o sanitario, desinterés o negligencia de las autoridades respecto a la pandemia) estamos en un momento en que ya se hace urgente e inevitable hacer un recuento de lo que hemos hecho como pueblo y como sociedad. Es un buen momento para un libro que busca hacer precisamente ese ejercicio. Esto último parece una declaración un poco oportunista y cínica, y seguramente lo es. Porque no es hora de fiestas ni celebraciones, sino de ajustarnos el cinturón y saltar hacia otro tipo de relación de la especie humana con el planeta.