martes, 6 de noviembre de 2012

De Córdoba al Conurbano (segunda parte)

Relato de la serie Montoneros silvestres 
(Publicado en http://www.marcha.org.ar)

Por Mariano Pacheco

Pepe y Lili llegaron a Buenos Aires con lo puesto, como parte de un traslado de la Juventud Universitaria Peronista. En Capital Federal, como en otros sitios del país, Montoneros también comenzó a recibir golpe tras golpe de la represión. Así fue como el cerco, que se estrechaba cada día, obligaba a los militantes a replegarse al Conurbano Bonaerense.


Para cuando Pepe abandono su suelo natal, la situación de Córdoba no era una excepción: como en tantos otros lugares del país, la estructura de Montoneros se venía cayendo a pedazos hacía rato. Hacía tiempo, además, que ya no tenía un sustento de masas. Por eso la retirada no era sólo geográfica. El repliegue se daba hacia otro sitio del país, pero también, hacia otro lugar dentro del mismo aparato de la organización. Los únicos lugares seguros, los únicos que realmente quedaban en pie, eran Rosario y Buenos Aires.
“La idea era ver cómo te salvabas, y después tomar la decisión si querías o no seguir luchando. Ya era una decisión bastante individual. Si querías desengancharte no ibas a la cita y listo. Muchos compañeros hicieron eso. No era una decisión fácil continuar militando en esas condiciones”, relata Pepe, para quien la sola idea de abandonar la lucha se le tornaba insoportable.
Al llegar a Capital –no recuerda si fue antes o después de la caída de la citas nacionales, pero supone que fue antes, por lo bastante bien que funcionaba todo–, en octubre de 1976, la organización tenía una estructura que ubicaba a los recién llegados en distintas pensiones de la ciudad. “El verso que me armé tenía que ver con hacerme pasar por un nadador cordobés que iba a tal club. Con otro compañero con quien compartíamos la pieza de la pensión –el Silvio– salíamos con el bolsito deportivo en la mano todas las mañanas”.
Fue por esa época cuando leyó esos libros donde aparecían tácticas y estrategia de guerra, sobre todo las que habían utilizado los rusos contra los alemanes durante la Gran Guerra. Esas lecturas eran parte de su nueva dinámica militante, junto con la participación en tareas de propaganda. “Estoy casi seguro de que mucha gente, al igual que nosotros, no había participado nunca en operativos milicianos. Al menos hasta ese momento”.
Para entonces él aun no participaba de la estructura de “La Orga”. “Éramos militantes de la JUP. Eso era un traslado de la JUP. Orgánicamente no estábamos estructurados en Montoneros. Nosotros éramos la última generación, la última camada que entró a militar antes del Golpe”.
En Capital Federal, además darles  documentos y dinero, los militantes que los recibieron –enganchados con la estructura federal de la organización– fueron quienes los atendieron políticamente. Pepe recuerda que, entre las discusiones que tenían, estaba la de la reinserción. Porque si bien la organización les daba plata para que se instalaran en las pensiones, la orden que tenían era buscar trabajo e insertarse dónde y cómo pudieran, pero insertarse socialmente. “Ese proceso era lento, pero era necesario hacerlo. Porque si no era como que estábamos haciendo turismo en Buenos Aires: los teatros, los cines, estábamos de joda”.
El desencadenante de ese proceso fue lo que pasó una tarde  en la Bombonera. Era la primera vez en su vida, encima, que Pepe iba a la cancha. Pero estaba junto con todos los cordobeses, que se iban a ver el partido Boca-Talleres. Y lo sumaron. Ni bien llegaron a la cancha todos se fueron a la bandeja del medio. Salvo Pepe, que junto con Silver y El Flaco Berti, se van a la bandeja más alta. Desde allí vieron lo que pasó. Como en otras oportunidades, la barra se entusiasma y comienza a cantar la marcha peronista. “Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos, y como siempre daremos, un grito de corazón…”. El problema fue que la muchachada montonera se entusiasmó demasiado, y enseguida largaron el estribillo incendiario: “Ayer fue la resistencia, hoy Montoneros y FAR, y mañana el pueblo entero, en la guerra popular”. El desencadenante fue que, a la salida del estadio, el Pulga y el Conejo –dos de los militantes cordobeses que habían iniciado el cantito de combate– fueron secuestrados. Y para acompañar los males, comienzan a colaborar con el enemigo. Se produce una crisis grande, porque la colaboración del Conejo provoca una serie de caídas, y todos se desparraman. “Nadie sabía cómo organizar el tema de las pensiones”.
Una de esas citas que el Conejo cantó en la tortura fue la que tenía con Lili. En ese momento Lili vivía con su responsable. “Ella tenía cita por un lado y yo cita por el otro. Vivíamos en oeste, bajábamos en Once y nos íbamos a trabajar. Después, cada una hacía sus cosas por su lado, y a la noche nos veíamos nuevamente en la casa”. Pero ese día, cuando su responsable va a cumplir con su cita, se entera de la caída del Conejo. “Sabiendo de mi cita con él, pero desconociendo por medidas de seguridad el lugar exacto donde trabajaba, se mandó a la zona, y estuvo caminando en redondo para ver si me encontraba por ahí. Y en un momento dado, cuando bajo al correo –porque era secretaria, aclara Lili– me la encuentro. Me dice con la cara desorbitada que hacía como dos horas que me estaba buscando, porque el Conejo había caído y estaba cantando todo. Era la segunda vez en la vida que salvaba mi vida”.
La primera vez –recuerda Lili– había sido en Córdoba, apenas unos meses atrás.
“Yo me había ido a vivir a la pensión con una compañera que era mi responsable. Ya éramos ilegales las dos, la cosa estaba jodida. Y ella estaba con otro compañero que hacia el control, que a su vez era su responsable. No hacía falta que yo cumpliera cita, porque lo hacia ella por las dos. Pero cuando este compañero cae, ella me dice que tenemos que levantar la pensión. Entonces embutimos materiales que teníamos y nos vamos para otro lado. Al tiempo, a las dos semanas ponele, recibo la orden de ir a levantar la casa porque el compañero no había cantado. Voy… Y cuando entro a la pensión, me encuentro con una mujer embarazada y dos tipos de civil. Me empezaron a preguntar inmediatamente por qué me había ausentado tanto tiempo, a donde me había ido, que estaba haciendo. Y ahí mismo entro a armar un verso, lo más prolijo que puedo. Les digo que había ido a la casa de mi abuela, y toda una serie de datos que eran ciertos, legales. La cuestión es que estuve como una hora y media, con ellos anotando todo. Y cuando me estoy rajando, la vieja de la pensión me agarra y me dice, mirándome fijamente a los ojos: `encontré cosas`. No sé por qué, pero la vieja me salvó la vida”.
Ahora Lili se salvaba nuevamente y, nuevamente, debía salir de raje. Pero: ¿dónde? El nuevo destino es la zona sur del Conurbano.


sábado, 3 de noviembre de 2012

Homenaje a Carlos Olmedo


Genealogía de una leyenda 

Por: Mariano Pacheco para revista Sudestada


A Carlos Enrique Olmedo, militante de las FAR, se lo recuerda por tres episodios: la toma de la ciudad bonaerense de Garín, la polémica que sostiene con Mario Roberto Santucho y su muerte, ocurrida en Córdoba el 3 de noviembre de 1971, en el “Combate de Ferreyra”. Pero su vida estuvo marcada por una cantidad de pequeños actos que hicieron de su figura una leyenda de la militancia revolucionaria en la Argentina.


A Carlos Enrique Olmedo se lo recuerda, fundamentalmente, por tres episodios: la toma de la ciudad bonaerense de Garín, ocurrida el 30 de julio de 1970 -acción a partir de la cual salen a la luz pública las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)-; la polémica que sostiene con Mario Roberto Santucho durante el primer semestre de 1971; y su muerte, ocurrida en Córdoba el 3 de noviembre de 1971, en el famoso “Combate de Ferreyra”. Pero su corta aunque intensa vida estuvo marcada por una gran cantidad de pequeños actos que hicieron de su figura una leyenda de la militancia revolucionaria en la Argentina.
Pero esos tres episodios no son lo único que realizó, aunque esa falta de datos se debe en parte a que durante esos breves años de militancia permaneció en la clandestinidad, y a que quienes compartieron sus días junto a él fueron asesinados en distintos momentos de la represión legal e ilegal que el Estado argentino perpetró contra aquella generación que apostaba por su disolución. El hecho es que no han llegado a nuestros días muchos testimonios de este Lenin de América Latina.
Se sabe, sí, que nació en un humilde hogar de la hermana República del Paraguay. También que fue una figura bastante atípica. Jose -como le decían sus compañeras y compañeros-, a pesar de haber tenido una infancia y una adolescencia que no le fueron nada fáciles, llegó a graduarse en Filosofía y Sociología en la Universidad de La Sorbona, Francia, siendo muy jovencito. Treinta años después, Jorge Omar Lewinger recordará con asombro que con tan sólo 23 años diera cursos de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es que para Olmedo, como para tantas mujeres y hombres de su generación, la acción y las palabras no estaban escindidas. Y por eso hablaba de los conceptos como herramientas, como armas en el combate por la emancipación de los trabajadores.
Con una sólida formación marxista, fue de quienes sostuvieron más enérgicamente la necesidad de acercarse al peronismo, hacia fines de los 60, sin renunciar por ello a una perspectiva de revolución socialista que tuviera como protagonista principal a los proletarios de este suelo nacional. En las discusiones políticas, comentan quienes compartieron un tramo del recorrido junto a él, era capaz de remontarse hasta la historia de Galileo para fundamentar una idea sobre la coyuntura. Y después, al finalizar una reunión, sentarse con tranquilidad a escuchar la música de Mozart.
Aunque la paradoja mayor, seguramente, haya sido aquella participación como invitado de los ya entonces clásicos almuerzos televisivos de Mirtha Legrand. Invitación que recibió por su desempeño como directivo de la empresa Gillette, donde trabajó hasta que se vio obligado a pasar a la clandestinidad, en 1970.
Promediando la década del sesenta, Jose fue uno de los integrantes más jóvenes del staff de la mítica revista La Rosa Blindada. Allí aprendió a mirar al peronismo de otro modo, y ayudó a que otros lo interpretaran también, desde la izquierda, de manera diferente. Y contribuyó como pocos a la formulación de la categoría de Nacionalismo Popular Revolucionario. Pero antes de eso, aun antes de fundar las FAR -que asumirían la identidad peronista y más tarde se fusionarían con Montoneros- Olmedo y varios integrantes de su grupo permanecieron un tiempo en Cuba. En la Isla recibieron entrenamiento militar, formación política, y claras instrucciones del comandante Ernesto Che Guevara para instalarse en Argentina, como grupo de apoyo a su inmensa apuesta por la Revolución Latinoamericana. La historia se conoce: Guevara fue capturado y ejecutado por la CIA en la selva boliviana, y todos aquellos que pensaban seguirlo en su recorrido reformularon sus propuestas, para desarrollar la lucha revolucionaria desde otras perspectivas, aunque siempre fieles al ideario de crear muchos Vietnam en el continente.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 114 - noviembre 2012)


viernes, 2 de noviembre de 2012

La concepción ética de la política


Breve aporte al debate sobre el pensamiento crítico

Por Mariano Pacheco para http://www.marcha.org.ar

La concepción moral y la concepción ética de la política. Dos miradas que dividen aguas respecto a cómo entender el mundo que habitamos. Dos caminos diferentes a la hora de actuar.


La separación tajante de las acciones a partir de un a-priori que divide entre lo que está bien y lo que está mal es uno de los presupuestos desde los cuales parte la concepción moral de la política. Dicho a priori desconoce que no hay política previa a su realización. Por el contrario, la concepción ética de la política, no evalúa si una generalidad se aplica bien o mal a cada caso particular. Ya que más que juzgar, la ética pregunta.
Retomando el conocido lema Spinoza (“No sabemos nunca lo que un cuerpo puede”), Gilles Deleuze plantea que, definiendo las experiencias a partir de la pregunta por lo que pueden, se abre la posibilidad de la experimentación. ¿De qué soy capaz? ¿Qué es lo que pueden nuestros pensamientos, nuestras pasiones y nuestras acciones? Por supuesto, de lo que somos capaces, no depende de un simple acto de voluntad, sino de una serie de combinatorias de las cuales, el tener en cuenta dónde y de qué modo estoy situado, se torna fundamental. De allí que Deleuze rescate que la mirada de Spinoza sobre la ética se centra más en las potencias (las acciones y las pasiones de las que es capaz un cuerpo) que en las esencias, como lo hace la moral (“qué puedo, más que qué debo”).
Entendida así, como experimentación, la política se torna fundamentalmente anti-jerárquica, desde el momento en que cuestiona la división entre los que saben y los que no. Es que la concepción ética de la política -a diferencia de la  concepción moral, que es absolutamente jerárquica- no se encuentra atada a una escala de valores. No procede juzgando (“esto se acerca más al bien, esto otro, se aleja”). Desde ya, esto no implica no diferenciar entre lo bueno y lo malo, pero dicha diferencia tiene que ver más con la autenticidad de las experiencias que con un deber-ser.
En esta anti-jerarquía fundamental pierde sentido el lugar privilegiado del sabio –aquel que dictamina que está bien y qué está mal, cual es el mejor tipo de sociedad y cuáles son los pasos que hay que dar para conquistarla– o, más bien, se torna prescindible. El lugar del sabio, por supuesto, adquiere distintas posturas de acuerdo a los lugares, las épocas y los contextos. Puede ser el sabio en términos de aquél que tiene más experiencias, el que más leyó, o simplemente, aquél que aprueba o desaprueba lo que hacen o dicen los demás. De allí su lugar reaccionario. Y de allí que, lecturas como las mencionadas, ayuden a pensar en conjurar su función. Y abrir el campo de posibilidades a experiencias impensadas desde las lógicas morales y moralizantes.




miércoles, 24 de octubre de 2012

El 22-f y el transporte público en Argentina


Tanto el asesinato de Mariano Ferreyra como los 51 muertos y más de 700 heridos de la tragedia de Once pusieron sobre el tapete temas estratégicos, centrales, que, pasado un tiempo, parecen haber caído en cierto olvido.

(Por Mariano Pacheco. Publicado en  http://www.marcha.org.ar)



Para empezar habría que señalar que la privatización de los ferrocarriles urbanos ha dado sobradas muestras de que fue una ecuación que cierra redonda para los empresarios y los burócratas sindicales (en muchos casos devenidos empresarios ellos mismos) y perjudica fatalmente tanto a los trabajadores (fundamentalmente a la fracción de “tercerizados”) como a los usuarios.
Esos trenes “de morondanga”, “latas de sardinas sin mantenimiento”, según calificó en su momento el secretario de redacción del diario Tiempo Argentino Roberto Caballero a las formaciones de la empresa Trenes de Buenos Aires (TBA), trasladan unos 300 mil pasajeros por día. Por eso resultaron desconcertantes, o indignantes para muchos, las declaraciones realizadas horas más tarde por el entonces secretario de Transporte Juan Pablo Schiavi –ex jefe de campaña de Macri–, quien al intentar explicar los hechos declaró que el problema más grave había sido que, al ser un día laboral y en horario pico, la formación venía con una alta carga de pasajeros. “Si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado, seguramente hubiera sido una cosa mucho menor y no de la gravedad que fue hoy, que lo constituyó en un accidente extremísimo”. De allí la importancia de las palabras de la familia de Lucas Menghini –el muerto número 51, que permaneció durante 57 horas sin que lo encontraran– quienes aseveraron de entrada que lo sucedido en Once “no fue un accidente sino una tragedia previsible”, y luego repudiaron la declaración emitida por el Ministerio de Seguridad de La Nación, conducido por Nilda Garré, quien declaró que “el cuerpo de Lucas estaba en la cabina del motorman, lugar vedado para los pasajeros”, dando a entender que la responsabilidad sobre lo sucedido era de la víctima.
Los posicionamientos de cada uno de los actores dan cuenta de toda la trama que teje estos negociados que, amparados por las políticas de Estado, tiene estas funestas consecuencias. Desde TBA, de entrada, sostuvieron distintas hipótesis, contradictorias entre sí muchas de ellas, pero que coincidían todas en autoeximirse de responsabilidades, cargando las tintas sobre el motorman que conducía el tren.
Por otra parte, el rol de los sindicatos –o al menos de sus conducciones– en lo que se refiere a garantías para los trabajadores y seguridad para los usuarios, es uno de los puntos que saltaron claramente a la vista de todos. Socios partícipes de las empresas durante el proceso de privatizaciones, han permanecidos mudos ante los reclamos de los trabajadores, cuando no actuando en complicidad con las patronales, contra sus propias bases. Pero no todo es así en el mundo de los rieles. Un mes antes de la tragedia –el mismo mes en que TBA recibió del Estado Nacional casi 77 millones de pesos en subsidio– los delegados vinculados al honesto y combativo dirigente Rubén “Pollo” Sobrero hicieron una denuncia sobre el mal funcionamiento del sistema eléctrico de las vías. Como desde hace varios años viene sucediendo con otras tantas denuncias que realizaron (acerca de la falta de mantenimiento de las formaciones, por ejemplo) poco o nada han sido escuchadas por los organismos competentes: la CNRT, la Subsecretaría de Transporte Ferroviario y la Secretaría de Transporte, entre otros. De allí que el gran interrogante que surge en este tema, es por qué, en casi una década de gobierno, el kirchnerismo no ha tomado como uno de los pilares del modelo, de su profundización, el tan mentado legado peronista de administrar los trenes desde el Estado. Propiedad del grupo Cometrans, TBA recibió la concesión de la ex línea Sarmiento en 1995, en épocas de auge del neoliberalismo. Pasadas casi dos décadas, cabe preguntarse si el neoliberalismo ferroviario –como se dijo en esos días– no ha llegado a su fin. Y cómo obrar en consecuencia.
El incendió de uno de los coches en la estación Castelar, como consecuencia de un desperfecto en el sistema eléctrico en marzo de 2005 (que provocara la furia de los pasajeros), los incidentes desatados en la estación Haedo, en noviembre del mismo año, luego de que se cancelara un servicio y los usuarios quemaran algunas formaciones y el más grave incidente aun, en septiembre de 2011, cuando un tren se llevó puesto un colectivo y luego chocó contra otra formación en Flores, provocando 11 muertos y 228 heridos, son algunos de los antecedentes más sobresalientes de un servicio de transporte que deja a las claras que la privatizaciones lejos están de haber generado algún tipo de mejora en el bien común de los usuarios que día a día se transportan por este medio.
Por eso, que se le quite la concesión a TBA está perfecto, aunque es difícil no preguntarse: ¿para dársela a quién? ¿A los mismos que vienen administrando, tan pésimamente como TBA, el resto de las líneas? El tema en debate es si no es hora de que se realice una reestatización, que tenga en cuenta la importancia social de que una Nación tenga en sus manos un servicio tan importante como el de traslado de pasajeros.
Porque hasta ahora, la consecuencia de la intervención a TBA fue que los trenes pasaron a ser administrados por el conglomerado de empresas que administra el resto de líneas ferroviarias, incluyendo al Grupo Roggio, que continúa con la concesión del subterráneo y la línea Urquiza. El grupo Cirigliano, por otra parte, sigue con sus ganancias a través de las líneas de colectivos de larga, media y corta distancia, como el grupo Plaza, por citar el más conocido (es dueño, además, de 21 de las 135 líneas de colectivos urbanos).
La cuestión del transporte debería –de una vez por todas– pasar a ser una “Cuestión Nacional”. Volver a un Sistema Integrado de Transporte, Comunicaciones e Industrias administrado por el Estado Nacional, que cumpla su función social como servicio público, debería ser no sólo una bandera de las demandas populares, sino una política de Estado. Que el Estado recupere allí soberanía es fundamental. Porque el transporte –y particularmente el ferrocarril– debería ser nuevamente una herramienta estratégica de la Nación. Si su rol dinamizador del desarrollo social, económico y geopolítico del país desapareció con el ferrocidio –como ha llamado el escritor-ferroviario Juan Carlos Cena a las privatizaciones de este sector–, debería hoy más que nunca retornar al Estado. Porque fin único de estas empresas fue, es y será el lucro. Recuperarlo para la Nación es una tarea de vital importancia para el presente y el futuro del pueblo argentino.

lunes, 22 de octubre de 2012

Montoneros silvestres en revista La pulseada

POR: Daniel Badenes (http://www.lapulseada.com.ar)


Por ahora es un blog, hace tiempo discontinuado, que cuenta historias de personas que integraron “pelotones autónomos” de Montoneros y durante la dictadura siguieron resistiendo como pudieron. Montoneros silvestres es una búsqueda. El ensayista, periodista y militante Mariano Pacheco (autor de De Cutral Có a Puente Pueyrredón y coautor de Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo) empezó en 2005 con entrevistas volcadas a textos recién en 2011, en 20 crónicas y algunas notas literarias publicadas por entregas. Quizá –ojalá- adopte la forma de un libro, aunque como “folletín” tuvo su atractivo, en sintonía con una memoria militante que se construye a retazos. Las historias de estos montoneros silvestres –como los llama Pacheco- transcurren en el Conurbano Sur de la provincia, aunque sus protagonistas hoy están dispersos en distintos lugares del país. Militantes en su mayoría incomunicados con las instancias orgánicas de Montoneros y sin recursos materiales, realizaron acciones a nivel barrial o sindical, actos fugaces de propaganda o sabotaje, interferencias y reuniones clandestinas para debatir una situación cada día más adversa.
Montoneros silvestres es un aporte más, novedoso y necesario, a una historia de las militancias revolucionarias, silenciadas en el período de reconstrucción democrática, restituidas en forma genérica a mediados de los ‘90, y luego indagadas a partir de lugares, personajes y hechos emblemáticos.Montoneros… suma al rompecabezas relatos de hombres y mujeres sin fama, experiencias con grises, aventuras con miedo, piezas que no encastran bien, historias reales.

martes, 16 de octubre de 2012

La mirada borgeana del peronismo

Desde el 17 de octubre de 1945, luego de que las masas de humillados y ofendidos ocuparan masivamente la Plaza de Mayo y sumergieran sus “patas en la fuente”, el peronismo, con mayor o menor intensidad, no dejó de estar nunca presente en la vida de los argentinos: pasó a ser el hecho maldito del país burgués, y también, el hecho maldito de la cultura nacional.

Por Mariano Pacheco


Una vez en el poder, como una mueca socarrona o una ironía cruel, el peronismo dispuso el traslado de Jorge Luis Borges de su puesto como bibliotecario de un típico barrio porteño, a supervisor de pollos y gallinas. Sin caer en una mirada psicologista, no podemos dejar de llamar la atención sobre este recorrido laberíntico que no arribó a buenos puertos. Como sea, el hecho es que Borges nunca se privó de tocar ningún objeto venerable de las culturas populares, como supo remarcar Horacio González (“Borges y el peronismo”). Sobre todo las del peronismo, “frente a las cuales hizo el papel de gran profanador”.
Nombrado director de la Biblioteca Nacional por el gobierno dictatorial de la Revolución Libertadora, Borges es recordado hoy, sin embargo, más por su labor literaria, por esa supuesta “abstracción universal”, que por sus posiciones políticas, abiertamente reaccionarias y claramente antiperonistas. Sin embargo, al menos tres de sus vastísimos textos fundamentales supieron dar cuenta del peronismo como pocos.
Alguna vez escuché decir al escritor y crítico argentino Aníbal Jarkowski que, desde un punto de vista político, la lectura que Borges hacía del peronismo parecía no tener ningún tipo de mérito, pero que al ser la lectura del escritor con mayor proyección estética sobre el movimiento político con mayor proyección social, la cosa cobraba otro relieve. Veamos entonces que plantea Borges en sus textos “Poema conjetural”, “La fiesta del monstruo” y “El simulacro”.
La mirada de Borges en 1943 (“Poema conjetural” se publica originalmente el 4 de julio en el diario La Nación) es terriblemente anticipatoria de las interpretaciones que tendrá años más tarde, cuando el peronismo sea un fenómeno ampliamente instalado en la política nacional. En el poema, tomando la voz del derrotado Francisco Laprida, sostiene que “la victoria es de los otros”. Esto es central, porque son “los bárbaros, los gauchos” quienes vencen, no a otros parias como ellos, sino a quienes han estudiado “las leyes y los cánones”. Lo que prima aquí, y es de vital importancia actual, es la mirada antiprogresista que Borges tiene de la historia. Porque la derrota de Laprida no quedó allí, en el pasado, sino que persiste, como aquel trauma que retorna bajo el modo de un síntoma. Dicho de otro modo: Borges construye en “Poema conjetural” una mirada en la cual esas lanzas y esos cuchillos de los sanguinarios carniceros, son enterrados en las gargantas del culto enemigo, en ese momento, pero no sólo: con ese acto cierran  el círculo del destino sudamericano, que no es más que el incesante triunfo de la barbarie sobre la civilización. Y este será, justamente, el gran tema de “La fiesta del monstruo”.
Relato escrito por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en 1947, bajo el pseudónimo jocoso de H. Bustos Domecq, “La fiesta del monstruo” fue publicado por la revista Marcha en Uruguay, recién tras la caída del peronismo, en septiembre de 1955. Resulta paradójico que la mirada borgeana haya calificado al peronismo de una manera tan categórica y temprana, y que no haya vuelto a revisar esa perspectiva. Como puede leerse, el texto está escrito desde un desprecio enorme hacia los otros que, en este caso, se transforman, son transformados, en el Otro absoluto.
En el relato, que pretende ser la descripción de un 17 de octubre por la boca de un grasa, “lo importante es la fiesta, el tumulto, el judío muerto a pedradas, los bajos instintos, la grosería”, según remarcó tempranamente Ismael Viñas, en el artículo (“De las obras y los hombres. La fiesta del monstruo”), que publicó en 1956 en el N° 7-8 de la revista Contorno, bajo el pseudónimo de V. Sanroman. El narrador es un militante peronista, quien le cuenta a su novia, Nelly, los avatares de una jornada en la que irán a la plaza a escuchar el discurso del Monstruo, es decir, de Perón. En el camino se cruzan con un judío de anteojos, que camina distraído, con un libro entre sus manos, y lo matan.
Como puede detectarse, “La fiesta…” está construido como una reescritura de los argumento de “El matadero”, de Esteban Echeverría, pero según el tono excesivo de “La refalosa”, de Hilario Ascasubi. De hecho, el cuento se inicia con un epígrafe de “La refalosa”, que dice así “Aquí empieza su aflición”. Recordemos que en el poema de Ascasubi aparece esta dicotomía incruenta entre una víctima, el unitario, y sus verdugos, los mazorqueros. Los salvajes –quienes no van a parar de acusar de salvaje al hombre culto, siempre desde la mirada del autor– van a divertirse y reírse ante las torturas –entre ellas la refalosa– que le infringen a su enemigo, con el único objetivo de domesticarlo, y hacerlo gritar “Viva la Federación”. Algo similar sucede en el relato de Borges-Bioy, cuando los seguidores del monstruo intentan hacer algo similar con el judío. No en vano, en su clásico libro El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, Josefina Ludmer se refiere a “La Refalosa” como la primera fiesta del monstruo, en la cual “se deja leer la construcción de una lengua asesina y brutal”. Una construcción que divide las voces entre baja, salvaje, o bárbara, y otra civilizada, introduciendo una diferencia jerárquica en la lengua del desafío, que baja una orilla y pasa de lo animal directamente al cuerpo del enemigo”. Esto es así, en gran medida, porque “el desafío y el mundo animal se implican mutuamente en el género”. Así, los bárbaros y salvajes federales no sólo degüellan animales, sino que son unos animales que degüellan y sacrifican hombres como si fueran animales, tal como sugiere Esteban Echeverría en “El matadero”. De este modo, la escritura –“las bellas letras”–, la palabra autorizada del escritor, aporta a la animalización del Otro iletrado, transformándolo en un monstruo, en alguien que –a decir de Michel Foucault– no es ni siquiera un animal, sino que es casi animal y casi hombre.
Por supuesto, no es nuevo el hecho de que existan letrados que con sus plumas aporten a la estigmatización de los sectores pobres de la población. Mucho más cuando estos sectores tienen el tupé de insubordinarse. Es que para entender un poco mejor el clima de época en que fue escrito “La fiesta…”, y las representaciones que estos escritores tenían respecto del peronismo, tal vez valga la pena rescatar las declaraciones que el propio Bioy hiciera años más tarde: “Este relato está escrito con un tremendo odio. Estábamos llenos de odio durante el peronismo”.
Tal vez haya sido ese odio el motor de “El simulacro”, relato de Borges incluido en su libro El hacedor, de 1960. Con este dos texto podemos complementar la visión borgeana del peronismo.
Ese odio que algunos de estos escritores sienten por el avance de las masas les ciega la mirada. Y desde esa ceguera desrealizan, en su literatura, todo aquello que no pueden aceptar como un dato de la realidad que los rodea. Así como el peronismo pudo significar el sueño de los humillados y ofendidos por la Argentina oligárquica, para otros, el peronismo se convirtió en una especie de reverso de ese sueño, es decir, fue vivido como una pesadilla. Por eso Borges, que comparte este juicio, narra su cuento como una alucinación: voluntad estética de realización que es el correlativo de su juicio político.
Y es esta caracterización del peronismo como irreal la que lleva a Borges a recrear en su texto un velatorio de Evita. Imitación, en un rincón remoto de la provincia de Chaco, del velatorio real que se sucedió en Buenos Aires. Tal vez por eso el narrador se pregunte: “¿Qué suerte de hombre ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro?”. La respuesta, como el lector se podrá imaginar, es más terrible que la pregunta: “La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”.
Es decir, el peronismo no es más que ese retorno de las lanzas y esos cuchillos que asesinaron a Laprida. La barbarie que regresa, para mostrar que a pesar de esa fachada de modernidad, de europeísmo, la culta Buenos Aires lleva en sus entrañas a los cabecitas negra, esos inmigrantes y provincianos incultos que ahora pueblan las fábricas, los barrios cercanos a la Gran Capital y que, para colmo, cuentan con poderosos sindicatos, y con el visto bueno de un Estado dirigido por otro bárbaro descendiente de esos gauchos.

lunes, 8 de octubre de 2012

Seremos como el Che. Literatura y política en torno a la figura de Guevara


 Artículo publicado en el Portal de Noticias Marcha (http://www.marcha.org.ar/), en el marco de la “Semana de homenaje a Ernesto Guevara, a 45 años de su asesinato”


Por Mariano Pacheco

Como suele ocurrir con tantos otros temas, reflexionar, escribir sobre la relación entre política y literatura nos llevan directamente a Ricardo Piglia, quien en su medio siglo de producción crítica y narrativa supo abordar con ingenio estas problemáticas. Tomando como punto de partida sus reflexiones sobre Guevara publicadas en “Rastros de lectura”, el cuarto capítulo de su libro El último lector, quisiéramos rescatar este costado del Che como escritor y como lector. Algo común, por otra parte, en la tradición de los grandes referentes del marxismo a nivel mundial. Y no estoy pensando sólo en los escritos de Marx y Engels sobre literatura, o en el clásico Literatura y revolución de León Trotsky, sino también en los distintos textos del “poeta” Mao Tsé Tung sobre arte y literatura, en los manuscritos de Antonio Gramsci (recopilados en un tomo entero de sus Cuadernos de la cárcel), en el capítulo más largo e importante del más importante libro del peruano José Carlos Mariátegui (Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana) por citar los casos más emblemáticos.
Si bien Guevara no se dedicó a la literatura, ni a la crítica literaria, resulta difícil afirmar que algunos de sus textos (sobre todo los diarios), no puedan ser leídos, además de como documentos históricos, también como literatura. Por otra parte, el Che nunca abandonó la lectura de textos literarios. Y es en esto en donde se detiene fuertemente Piglia. Porque aun en las condiciones en las que uno podría pensar que lo menos que haría sería leer (y escribir), Guevara lo hace. Por ejemplo, mientras él y su grupo son fuertemente perseguidos por el ejército boliviano y los rangers de la CIA en las selvas bolivianas.
Piglia destaca esta persistencia del acto de lectura en Guevara, desde que es un niño y hasta sus últimos días. De niño, en su casa, ya que debido a su asma aprendió a leer y escribir guiado por su madre (años más tarde su hermano Roberto recordará que “Ernestito” solía encerrarse en el baño para leer). De joven/adolescente, en una de las primeras cartas conocidas (fechada el 21 de enero de 1947), donde escribe a su padre: “Tengo doscientos de sueldo y casa, de modo que mis gastos son en comer y comprar libros con que distraerme”. Son sólo dos ejemplos tempranos, pero que grafican esa actitud que persiste con el paso del tiempo. Una década más tarde, en 1956, cuando Guevara es un hombre y ya lo han apodado Che, aparece nuevamente este “rastro de lectura”. Estando en Cuba, siendo parte del reducido grupo de guerrilleros que desembarcaron con el Granma para iniciar la revolución, se encuentra herido. Cree que va a morir, y entonces, recuerda un relato que ha leído: “Hacer un fuego”, un cuento de Jack London, tal como él mismo va a narrar en Pasajes de la guerra revolucionaria.
La voracidad por la lectura es algo que persiste en Guevara, decíamos. Tanto en el campo de batalla como en las tareas de construcción cotidiana del socialismo en Cuba. Tareas que, por cierto, lo consumen, lo agotan, sin dejarle tiempo, a veces, para sostener una dinámica biológica mínima: comer, dormir... y sin embargo, la literatura perdura. En la selva boliviana, finalmente, Guevara tampoco abandonará a la literatura. Al contrario: será su gran compañera de viaje. “Tiempo antes se había hecho una pequeña biblioteca, escondida en una gruta, al lado de las reservas de víveres y del puesto emisor”, recordará el intelectual francés Régis Debray. Ya detenido en Ñancahuazú, sin fuerzas, sin zapatos, entre lo que queda de su pantalón, Guevara tiene un cinto. En su costado derecho, colgando de él, un portafolios de cuero. Adentro, sus libros, y su diario de campaña.
“La vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en una ficción”, insiste Piglia, subrayando sin embargo que entre la lectura y la vida práctica se manifiesta una fuerte tensión. Y para graficarla, pone el ejemplo de la exigencia de movilidad como principio substancial de la guerrilla y el estacionamiento, la pausa que implica la lectura. “Esta oposición se hace todavía más visible si pensamos en la figura sedentaria del lector en contraste con la del guerrillero que marcha. La movilidad constante frente a la lectura como punto fijo en Guevara”. La experiencia de la lectura emergiendo como un lastre del pasado, una adicción: “mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura”, dirá el Che. Por eso Piglia hablará de la lectura como metáfora de la tensión entre la vida social, política y lo propio, lo privado. Ejemplo: esa foto en Bolivia, en la que Guevara está subido a un árbol, leyendo, alejado de los otros. Tensión entre el acto de leer y la acción política, es cierto. Tanto como que los libros (así como los cuadernos y los lápices o las lapiceras) se transforman en algo tan importante como su inhalador para el asma: ambos marcan su ritmo, su cotidianeidad.
Tal vez una apuesta actual sea la de pensar a la lectura y la escritura desde otro lugar. No como lastre. Tampoco como vicio, entendido en sentido negativo. Sino más bien a la literatura como alimento espiritual, o como religión profana. Porque si bien es cierto que la lectura implica cierta pausa, cierto reposo, también podríamos preguntarnos: ¿quién toma una decisión importante sin antes pensarla un poco? Y, ese acto de meditación, ¿no es una pausa? ¿Y esa pausa, no es parte constitutiva del movimiento incesante de la vida? Por otra parte, sobre todo en las grandes urbes, tenemos al acto de la lectura también incorporado como parte de nuestra acción cotidiana. ¿O no leemos gran parte de nuestros libros mientras viajamos, hacemos la cola para realizar un trámite o comemos algo a las apuradas? Son maneras de leer diferentes de las “clásicas”, pero que son cada vez más las formas de leer que encontramos. Además, esa contraposición acción-reposo, lectura-decisión no deja de tener algo que hace ruido. Es como si se contrapusiera la batalla al sueño, el comer y beber a la acción directa. El amor a la revolución. La risa a los horrores de la guerra.
En este sentido, rescato más esa otra idea de Piglia, quien en su libro Formas breves sostiene: “La literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es”.