jueves, 16 de enero de 2020

Mark Fisher: el gurú distópico


Por Mariano Pacheco*

Mark Fisher es un crítico cultural británico que intenta pensar el malestar en el actual momento neoliberal del capitalismo. Sus obras fueron publicadas en castellano por la editorial argentina Caja negra ediciones entre 2017 y 2019, así que su difusión en estas tierras coincide con los años de malestar macrista. Hoy se cumple el tercer aniversario de su muerte.


El 13 de enero de 2017 partía de este mundo el crítico cultural Mark Fisher. ¿Otro suicidado por la sociedad? Sus libros, publicados en castellano por Caja negra ediciones (Realismo capitalista, ¿hay alternativas?, en 2016; Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hautología y futuros perdidos, en 2017; y el Volúmen I de K-punk, escritos reunidos e inéditos: libros, películas y televisión, en 2019) coincidieron con los años macristas en la Argentina, y sus reflexiones acompañaron a buena parte de los intentos teórico de buena parte de la intelectualidad crítica y el activismo progresista y de izquierdas de pensar el malestar presente en el neoliberalismo, es decir, en las condiciones internacionales actuales del capitalismo.


Politizar el malestar
“La depresión es, después de todo y sobre todo, una teoría sobre el mundo y sobre la vida”, escribe Fisher en el capítulo de su último libro Los fantasmas de mi vida… dedicado a la banda británica Joy division, aunque bien podrían leerse todos sus textos desde esa frase. “La depresión es el espectro más maligno que me ha acechado a lo largo de mi vida”, comenta asimismo hacia el final de “La lenta cancelación hacia el futuro”, primer capítulo de este trabajo. Paso seguido cuenta que comenzó a escribir sobre los temas de este libro en 2003, cuando publicó varios textos en su blog, mientras se encontraba sumergido en una depresión tal que hacía que su vida cotidiana apenas fuera soportable. Escribiendo pudo entender, nos cuenta, que el problema no era solamente él, sino también (sobre todo) de la cultura que lo rodeaba. “Es claro para mí ahora que el período que va de 2003 al presente será reconocido –no en un futuro distante, sino muy pronto– como el peor período para la cultura popular desde la década de 1950”. Aunque aclara: “decir que la cultura del período era desoladora no implica afirmar que no hubieran señales de otras posibilidades”. Y remata: “Los fantasmas de mi vida es un intento de hacerse cargo de algunas de esas señales”.
Los pensadores franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari intentaron pensar la filosofía como geofilosofía, y otorgaron al carácter situado del pensar una importancia fundamental. Así, la filosofía no tendría nada que ver con la contemplación abstracta y universal, sino que sería un modo de intervención siempre contemporánea, una creación de conceptos que están ligados materialmente tanto a los devenires como a los problemas propios, y la propia historia. Fisher, lector atento de ambos autores, parte del análisis de películas, discos, libros y otras producciones culturales para intentar pensar los malestares de nuestro tiempo.
Más allá de las diferencias geopolíticas desde las que él pensó y escribió durante décadas (que son las diferencias políticas, económicas, sociales y culturales que pueden existir entre cualquier pensador europeo y nuestra realidad Latinoamericana) sus aportes resultan hoy un insumo imprescindible para abordar cualquier tipo de crítica política de la cultura contemporánea, en cualquier lugar del mundo, ya que los modos de producción de la vida colectiva de la humanidad en la actualidad están tomados, como nunca, por el capitalismo, sistema que sólo es entendible por su carácter internacional. 
 

¿Hay alternativas?
Podríamos pensar todo Realismo capitalista a partir de dos pregunta que rondan dispersas por el texto y que solo por momentos se hacen explícitas. A saber: 1) ¿Qué pasa con una sociedad cuya juventud ya no es capaz de producir sorpresas?; y, 2) ¿Cuánto tiempo puede subsistir una cultura sin el aporte de lo nuevo?
Fisher acude al término “realismo capitalista” para designar el marco ideológico de la época, esta que transitamos –con sus idas y vueltas- desde la caída del muro de Berlín. El autor toma de Fedric Jameson una frase devastadora, a partir de la cual enhebra una serie de reflexiones: “hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, asegura. Marco teórico riguroso y reflexión sagaz se cruzan en este libro con una suerte de sociología de la vida cotidiana. Así, aparecen este texto rasgos que hacen a la precarización de la vida en la fase actual del capitalismo, tanto como la gerencialización de la vida política, la cultura del consumo desmedido, o la crisis de la educación (ir a al escuela para luego conseguir el mismo “McEmpleo” que se hubiese conseguido por igual al abandonar el camino escolar). También se reflexiona sobre el estrés y el consumo de psicofármacos (que Fisher saca todo el tiempo de la esfera individual para resituarla en la social, preguntándose cómo puede ser que tanta gente, y sobre todo tantos jóvenes, tengan este tipo de padecimientos), la pulsión por la sobreinformación y el instantaneismo que promueven las redes sociales virtuales (“los adolescentes tienen la capacidad de procesar los datos cargados de imágenes del capital sin ninguna necesidad de leer: el simple reconocimiento de slóganes es suficiente para navegar el plano informativo de la red, el celular y la tv”). Por todo esto, Fisher sostiene que el realismo capitalista no puede limitarse al arte o al modo casi propogandístico en el que funciona la publicidad. “Es algo más parecido a una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.
Lo interesante es que Fisher no solo piensa los problemas de su generación y los conecta con sus antecesores (nació en el 68, el año del Mayo Francés”, se hizo adulto cuando el “socialismo real” comenzó a caerse a pedazos), sino que intenta pensar la de los que llegaron después, y recién están dando sus pasos hacia la edad de la razón. “Para la mayor parte de los quienes tienen menos de veinte años en Europa o los Estados Unidos, la inexistencia de alternativas al capitalismo ya ni siquiera es un problema. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte d ellos pensable”. De allí que diferencia a los jóvenes de ahora de los de apenas hace unos años. “En su lasitud espantosa y su furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, todos rastreados, vendidos y comprados de ante mano”, sentencia al escribir sobre la experiencia de la banda Nirvana.
Pero Fisher no trata solamente de pensar la época, sino que hay una clara vocación de denunciarla para enfrentarla. A diferencia de muchos periodistas, cientistas sociales y críticos culturales de nuestros días, Fhister busca restituir cierta idea de totalidad en la cual conectar los efectos que se padecen en el día a día con sus causas estructurales, con la única causa sistémica en realidad: el capital. “Tal y como han afirmado muchísimos teóricos radicales, desde Brecht hasta Foucault y Badiou, la política emancipatoria nos pide que destruyamos la apariencia de todo ´orden natural´, que rebelemos que lo que se presenta como necesario e inevitable no es más que mera contingencia y, al mismo tiempo, que lo que se presenta como imposible se rebele accesible. Es bueno recordar que lo que hoy consideramos ´realista´ alguna vez fue ´imposible´”, sostiene.


Neoliberalismo y cultura
Fisher destaca que la era neoliberal ha privado a los artistas (gradual pero sistemáticamente) de los medios para crear lo nuevo, ya que se ha producido una declinación drástica del tiempo y la energía social necesarias para sumergirse en los productos culturales. De allí que insista en que, para producir lo nuevo, se necesiten momentos de retirada (de la sociabilidad, de las formas culturales pre-existentes), situación que se torna cada día más difícil en nuestro mundo contemporáneo.
Esta lenta cancelación del futuro tiene una característica fulminante: fue acompañada de una deflación de las expectativas. Si Fisher entiende que la expresión “la lenta cancelación del futuro” (que toma del pensador italiano Franco “Bifo” Berardi), es tan acertada, es porque logra capturar el gradual pero incesante modo en que el futuro se ha visto erosionado durante los últimos treinta años. Situación que nos arroja a un presente en el que estamos más exhaustos, pero a su vez, más estimulados (trabajo precario+comunicación digital). De allí que Fisher tome esto que Berardi escribió acerca del estado insomne, asfixiante y des-erotizado de la cultura contemporánea. A saber: el hecho de que el arte de la seducción tome mucho tiempo. Situación ante la cual aparecen “soluciones rápidas” como el viagra (déficit cultural y no biológico), que logra que los tiempos cortos y faltos de energía y atención encuentren un modo eficaz de ser sorteados.
Este estado actual de la cultura sólo es posible de entender si se tiene en cuenta el proceso de reestructuración transnacional de la economía política. Una transformación que cambió el modo en que se organizan el trabajo y el ocio, a la vez que la revolución científico-técnica ha vuelto irreconocible la experiencia de la vida cotidiana, si se la compara con décadas anteriores.
Ante esta situación Fisher reivindica la idea de fantasma: así, el del comunismo, que en tiempos de Karl Marx (1848) era un espectro que comenzó a recorrer el mundo, en las últimas décadas sólo fue captado en su cualidad de ausente, pero para Fisher, es un fantasma que no hay que dejar ir. “El espectro no nos permitirá acomodarnos en las mediocres satisfacciones que podemos cosechar en un mundo gobernado por el realismo capitalista”, sostiene, dando cuenta que, más allá de sus depresiones, sus textos no son pesimistas, sino una incitación a no acomodarnos a la vida que nos propone resignarnos a un modo injusto y opresivo, en y donde el hombre (y las mujer) sólo aparece como lobo del hombre (y la mujer). Rescatar a Fisher, entonces, es un convite a repensar qué entendemos por humanidad. 

*Nota publicada en Revista Zoom 

jueves, 9 de enero de 2020

Rodolfo Walsh x Rodolfo Walsh, breve autobiografía



Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.
Nací en Choele–Choel, que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba “Mar Negro”, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que laliteratura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

jueves, 2 de enero de 2020

La era Z

Con el cambio de década los Centenials dejan de representar el futuro para ser el presente. Cultura, agenda social y perspectiva política a ritmo de trap

Por Mariano Pacheco*


En 2020 cumplen 20 años. Son la generación que nació el mismo año que la televisión argentina estrenó la serie Okupas y Andrés Calamaro hizo que cada día tuviera una extensión de 72 horas de producción musical, lo que resultó en el maratónico disco El salmón, de cinco CDs, luego del doble Honestidad Brutal del año anterior. Los cambios tecnológicos son quizás el signo distintivo que atraviesa a esta generación posmilennials, los denominados centenials.
Estaban aún en las panzas de sus madres cuando en sus casas se encendían cada noche los televisores que sintonizaban series como Gasoleros y en las elecciones nacionales la fórmula Eduardo Duhalde/Ramón del Partido Justicialista era derrotada por la de Fernando De La Rúa/Carlos “Cacho” Álvarez de la Alianza UCR-FrePaSo, tras diez años de menemismo.
Apenas una camada anterior a la de sus nacimientos, sus hermanas y hermanos mayores, pongamos por caso, llegaron a presenciar lo que implicaba que cualquier familiar tuviera que caminar cuadras para encontrar un teléfono público, colocar monedas de 25 o 50 centavos, y así comunicarse con otras personas, o tuvieron la experiencia de viajar en colectivos esperando que el chofer les “cortara” boletos con un número capicúa. Sus primas o hermanos apenas unos años más grandes escucharon cassettes en un grabador, compraron películas en VHS para ver en una videocasetera, se fascinaron descubriendo los radio-llamados y los correos electrónicos alguna una vez que ingresaron a un locutorio para conectarse por 15 minutos a una computadora que tuviera conexión a internet. Parecen todas anécdotas de otro mundo, o de éste pero en tiempos pre-históricos. Sin embargo, estamos hablando de apenas veinte años atrás.
Es que en las dos primeras décadas del siglo XXI la humanidad ha asistido a una aceleración temporal inusitada, si bien la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX ya se habían caracterizado por transformaciones científico-técnicas asombrosas. Recuerdo el ejemplo que alguna vez citó el filósofo alemán Walter Benjamin, quien decía que durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), quienes habían crecido trasladándose en carreta, entonces veían desde las trincheras como aviones arrojaban bombas desde el cielo sobre sus cabezas.
A diferencia de los milenials, que fueron creciendo mientras la revolución tecnológica se desarrollaba (vivieron el pasaje del VHS a los DVDs; del walkman al mp3; de la cámara de fotos analógica a la digital; del fotolog al blog; de los mensajes en SMS a los de WS), los centenials (o generación Z) ya son “nativos digitales”: nacieron y crecieron en un mundo con internet, donde los teléfonos celulares no sólo eran moneda corrientes sino que además de usarse hablar servían para sacarse fotos, chatear por facebook, enviar e-mails y hacer búsquedas en google.
Según suelen ser caracterizados por los medios hegemónicos de comunicación (sobre todo europeos), los rasgos principales de los centenials son el emprendedorismo, el autodidactismo y la irreverencia. Lo que suelen olvidarse de mencionar estas empresas periodísticas, es que esa fisonomía está íntimamente relacionada con el contexto mundial de mutación del trabajo, y que es esa la base material de tales características: a mayor desarrollo tecnológico –paradójicamente-- mayor desocupación/precarización laboral, y menos posibilidades de empleo (en peores condiciones de trabajo, además). De allí que esa mayor plasticidad (para adaptarse a las distintas situaciones) y movilidad (para pensarse y habitar las vidas con menos ataduras que sus predecesores), estén íntimamente relacionadas con la lógica de la instantaneidad que toma las vidas contemporáneas. Si hubo algo así como una cultura obrera ligada a los Estados de Bienestar (y en Argentina fundamentalmente relacionado a la memoria peronista), el siglo XXI es el borramiento total de la posibilidad de anudar esa memoria a una proyección existencial concreta: ningún centennills piensa (para bien, o para mal) que trabajará en el mismo lugar que sus padres y abuelos, o que vivirá luego en el mismo barrio en que se crió y, mucho menos, que pasados sus veinte años de edad reproducirá el modelo de familia nuclear de sus antecesores, en línea de movilidad social ascendente tan gráficamente ejemplificada en el tridente “casita-automóvil-vacaciones con los hijos a fin de año”.
Ese mundo a quedado atrás, y el problema es que los análisis al respecto suelen oscilar entre la nostalgia que adora a un mundo ido como si hubiese sido el mejor de los que se podían habitar, y la adoración a-crítica a lógicas que las más de las veces parecen conquistadas cuando han sido impuestas para ampliar los márgenes de ganancias de las empresas que dominan el mundo.


La era del realismo capitalista
Durante los años macristas, entre cierta intelectualidad y activismo progresista de la clases medias urbanas de la Argentina, circuló bastante la corta pero potente obra del crítico cultural Mark Fisher. Sus libros, publicados en castellano por Caja negra ediciones –primero Realismo capitalista, ¿hay alternativas?, en 2016; luego Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hautología y futuros perdidos, en 2017; y finalmente, en 2019, el Volúmen I de K-punk, escritos reunidos e inéditos (libros, películas y televisión)-- fueron insumo para pensar cuestiones fundamentales de la cultura contemporánea. Más allá de las diferencias etáreas y geopolíticas (Fisher estaba por cumplir 50 años cuando se suicidó, el 13 de enero de 2017, en Inglaterra, desde donde pensó y escribió durante décadas), sus aportes son hoy insumo imprescindible para abordar cualquier tipo de crítica política de la cultura contemporánea.
Entre otras cuestiones, Fisher destacó que esa lógica de la instantaneidad en la que nos encontramos inmersos produce una falta de perspectiva de largo plazo, que puede verse tanto hacia adelante (falta de visualización de proyectos) como hacia atrás (dificultad por inscribir la propia existencia, singular y generacional, en la historicidad). Esta situación, según Fisher, produce la paradoja de que, mientras la vida social se acelera, la cultura se enlentece, viéndonos inmersos en una ausencia de novedad. Está claro: Fisher piensa sobre todo la producción cultural en el mundo británico thatcherista y posthatcherista.
Es sabido que cada generación debe crecer, en general, inmersa en un clima de incomprensión de quienes la antecedieron (así pasó en la Argentina de la “juventud maravillosa” respecto de quienes habían protagonizado la resistencia peronista; de la juventud rockera respecto de la militante setentista; de la kirchnerista respecto de la noventista/dosmilunera y así). Es cierto también que parece haber poca innovación en el campo de las producciones culturales que en otros momentos supieron ser vanguardia contestataria (el ejemplo más notorio parece ser el rock), pero cabe indagar en los modos de gestación o recreación de dinámicas culturales en sentido amplio, antropológico digamos.
Volviendo a la Generación Z, cabe subrayar que todos sus recuerdos están marcados por la década kirchnerista, a nivel nacional, y del denominado ciclo de gobiernos progresistas en la región. Y que sus momentos de politización y rebeldía se produjeron durante los recientes años de ofensiva neoliberal, de la mano de la gestión Cambiemos encabezada por Mauricio Macri, en Argentina, pero también, por el ascenso de Bolsonaro en Brasil, las dificultades de la Revolución Bolivariana en Venezuela y el viraje del proceso ecuaoriano tras la asunción de Lenin (“Kerenski”) Moreno en la presidencia de dicho país. Proceso –el de los últimos años-- en donde las politizaciones y producciones culturales circularon por otros ámbitos, diferentes a los de la década anterior, donde los centennills eran apenas criaturas (que crecieron a su vez en un mundo dominado por la era del realismo capitalista, donde no puede ni siquiera imaginarse una alternativa al capitalismo, y en el cual operó una gran incapacidad de gestarse “recuerdos de largo aliento”, como supo señalar Fisher).


El Nestornauta y la Marea Verde
Alguna vez, el ensayista Horacio González supo destacar que la originalidad del pensamiento argentino (y Latinoamericano) consistía en su capacidad de mezclar tradiciones. Él lo decía en relación a la filosofía, pero podría pensarse en todos los ámbitos de la producción cultural.
Pensando en la acepción reaccionaria que el filósofo francés Félix Guattari supo atribuir al concepto de cultura (en tanto proceso “modelizador”) y en su propuesta de “resingularización” (procesos de creación por fuera de la norma), cabe preguntarse si, por parte de aquellas y de aquellos que crecieron viendo y escuchando a sus alrededores imágenes y discursos progresistas mientras se producían formas de subjetivación neoliberal, no son los de la mezcla sus modos de gestar novedad.
El Trap, por ejemplo, que puede visualizarse como “penetración cultural imperialista” por parte de cierta franja etárea, puede ser asumida por otra (mucho más joven), como un equivalente a lo que el rock implicó durante las últimas décadas del siglo XX. Si se trata de pensar en novedades culturales, al menos en la Argentina contemporánea, quizás no son las formas clásicas del arte en donde haya que ir a husmear, sino en los movimientos sociales que han sacudido las formas de entender en el mundo y habitarlo. Por ejemplo –al menos en las amplias franjas de las clases medias urbanas-- los feminismos han operado una auténtica revolución molecular, que ha trastocado no sólo los vínculos entre hombres y mujeres, sino que ha introducido en las juventudes al menos dos elementos que podríamos caracterizar de “novedad cultural”: el lenguaje inclusivo, y la ruptura con la hetero-normatividad. Resulta inimaginable, para quienes tenemos más de treinta años, pensar que en nuestras adolescencias podríamos haber hablado con “E” (nosotres, les pibis) o en femenino trastocando las palabras (la colectiva, nuestras cuerpas), o que nuestras opciones sexuales no sólo no debían reducirse al género opuesto, sino incluso que podría no estar definido binariamente, o simplemente, que no había necesidad de encontrar una identidad.
*Publicada en revista Zoom

lunes, 30 de diciembre de 2019

DÍAS DE RADIO: UNA ETAPA CORDOBESA QUE QUEDA ATRÁS


(Que no suene a despedida, aunque un poco lo sea)

Este año pude conversar con 35 personas y sus voces fueron difundidas cada martes por Radio Eterogenia y luego en formato audio, en el canal de Youtube de “PROFANAS PALABRAS. Pasado y presente de la Argentina y El Mundo”, un proyecto en el que me embarqué a inicios de 2019, cuando La luna con gatillo –proyecto que fundé a mediados de 2015-- pasó a La quinta pata, radio comunitaria del barrio cordobés de San Vicente, y comenzó a ser trabajado colectivamente por todo el grupo que se fue conformando en los años anteriores, en el que además se fundó un Blog y luego un Portal (proyecto del que sigo participando, aunque no en la conducción radial). Varios de estos audios del programa PROFANAS PALABRAS son conversaciones y entrevistas que fueron publicadas (como notas), asimismo, en la revista Zoom, donde empecé a trabajar en 2016 y sigo en la actualidad, tras la interrupción de algunos meses durante 2018. No quisiera dejar de agradecer a Pablo Cervigni, por el riguroso trabajo con los audios, a Ignacio Fassi y Graciana Paz, por sumar sus voces para elaborar los separadores artísticos y al Pelado Rodríguez , que desde Alta Gracia y con su pasión radial, siempre contribuyó y alentó para que estos proyectos se llevaran adelante.
Llegué a Radio Eterogenia a través de mi amigo Omar Hefling, que me recomendó presentar un proyecto y hablar con su director, Guillermo Guerra, quien de entrada me recibió no sólo con amabilidad sino con una enorme generosidad (recuerdo que a esa primera reunión fui con “El Turco” Diego Abú Arab –oriundo de la Zona Sur del Conurbano, residente de Entre Ríos, quien ese día se encontraba de casualidad de visita en Córdoba--, que fue además quien realizó las primeras gráficas para difundir La luna con gatillo). Además de programa de radio (que se sostuvo 4 temporadas en la radio, con las voces presentadoras de Hefling, Jorge Villegas y Flor Gordillo), La luna pasó a conformarse como Colectivo Cultural y con varias personas que pasaron por esta experiencia (algunes permanecen) nos conocimos allí en Eterogenia: Mariela Díaz, Ludmila Ludueña, Andrés Nicotra Farías… Con otres nos fuimos encontrando en otros caminares y también sumaron sus aportes y pasaron por esos estudios: Germán Simón, María Florencia (con esas gráficas que ya son una marca inigualable del proyecto), Tomás Astelarra, Lea Ross, El Mati Magnano, Iván Garzón, Marisa Emilia Francia (también en sus inicios Carli, y Carla Lorenzo), además de quienes estuvieron ahí cada mes con sus columnas: Lisandro Barrionuevo, Santiago San Paulo, Anabe Lla y Mercedes Ferrero, Facu Parés, Nadya del Bosque Lucre Cuello, Damián Lobos, Sergio Fernando Job, Fer Vanoli y Noe Cejas, Carlos Bergliaffa (con quien compartimos la conducción del programa durante un año) e integrantes del FOCCOF y del COPENCE (Santi Buraschi, Lisandro Levstein, Pablo Díaz) y los aportes telefónicos de Jorje “Chiqui” Falcone, Carlos Aznárez, Gonzalo Aguilar y Diego Sztulwark).
Como decía, el proyecto de La luna con gatillo sigue, aunque desde fines de 2018 el programa de radio ya no se emite por Eterogenia ni yo sigo vinculado al programa.
Así que continúo con Eterogenia: no quisiera dejar de destacar que su estudio de radio ofició como un auténtico lugar de encuentro. Eso tiene de lindo el periodismo (en general), la radio (en particular): te permite conocer personas, conversar, establecer diálogos, polémicas, descubrir cosas nuevas en la vida.
Claro que estos proyectos radiales surgieron en un contexto muy específico: a mediados de 2015 se entreveía que podía, o bien seguir gobernando el peronismo pero con un presidente como Scioli o bien asumir Macri. En ambos casos entendí que iba ser necesario fortalecer “trincheras comunicacionales”, y en Córdoba, los pocos espacios en los que se podía intervenir comenzaban a achicarse aún más. De allí la importancia que para mí –como para muches otres, supongo--, tuvo Eterogenia durante estos cuatro años y medio (mi especial reconocimiento a “los becarios”, trabajadores precarizados por el Estado Municipal: el ya mencionado Nicotra, Dante De Noia, Facundo Iglsias, Ale y Juan… de quienes no recuerdo sus apellidos).
No sé que pasará con Eterogenia de ahora en más, pero por mi parte, considero cerrado mi ciclo de intervención radial, al menos en Córdoba.
Por eso, quisiera manifestar mi profunda gratitud para todas aquellas, para todos aquellos que hicieron posible llevar adelante estas iniciativas radiales, y atravesar de un modo más ameno los años macrista.
Porque como decía Deleuze, sin un posible... me ahogo. Y qué duda cabe que en estos años, las trincheras radiofónicas (tanto La luna con gatillo como Profanas Palabras) fueron un gran posible, un aquí y ahora de rebelión de las palabras.


sábado, 28 de diciembre de 2019

Reseña de Acerca del fin. Conversaciones de Alain Badiou con Giovanbattista Tusa


Una organización política para la revolución en el siglo XXI

Por Mariano Pacheco*


Desde que Raúl Cerdeiras comenzó a traducirlo y publicarlo en la revista que dirigía –Acontecimiento-- allá por los años noventa del siglo XX, a hoy, la obra de Alain Badiou ha tenido un enorme crecimiento respecto de su recepción en el país.
Acerca del fin, las conversaciones que Badiou sostiene con Giovanbattista Tusa, publicadas este año por la editorial Tinta limón, vienen a poner en conversación, también, dos “tradiciones” del pensamiento crítico contemporáneo: la que sostiene el propio filósofo enrolado en los setenta en el maoísmo, con quienes rescatan –rescatamos-- el espacio de reflexión abierto por Gilles Deleuze y Félix Guattari –como la editorial que lo publica--, que a su vez expresan genealogías filosóficas diferentes (el platonismo de Badiou resulta intolerable para el spinozismo/nietzscheanismo de los autores de Antiedipo).
La conversación en el centro de la escena es una escena, precisamente, que Badiou viene sosteniendo no sólo a través de las diversas charlas y seminarios que brinda en distintos lugares, sino también en este tipo de intervenciones, que ya había realizado junto a Peter Engelmann, y que fueron publicadas bajo el título de La filosofía frente al comunismo. De Sartre a hoy.
Conversación, diálogo, debate, polémica, discusión –entonces-- como modos de abordar el que-hacer filosófico que ligan la tradición con las ansias por intervenir en el hoy.


Desautomatizar la mirada
Tusa destaca la extrañeza que el compromiso filosófico produce en los sujetos, y pone de relieve la nueva manera de ser que nos convida el acontecimiento si le somos fieles, es decir, si somos capaces de sostener la fidelidad hacia aquella situación que el acontecimiento abrió. En este sentido, rescata el elemento de conmoción que implica el acto de filosofar, alejado de la vulgar noción de contemplación. También rescata la importancia “estratégica” --diríamos-- del análisis de la relación entre sujeto y verdad.
El libro deja entrever, en este sentido, una hipótesis de triple dimensión.
Por un lado, el individuo es pre-sujeto.
Por otro lado, el sujeto sólo adviene de una ruptura/acontecimiento.
Finalmente, sujeto y verdad son excepciones al estado de situación.
La ruptura, obviamente, debe ser interpretada en tanto “escisión” con el mundo tal como se nos presenta (“El mundo contemporáneo propone a los individuos todo salvo devenir sujetos”). Por supuesto, la verdad y el sujeto, como excepción del individuo y del saber, se producen en una excepción que no deja de ser inmanente. Y de allí la paradoja. “Entonces –dice Badiou-- se me podrá decir que toda mi filosofía apunta a explicar esta expresión y la paradoja que ella representa, ya que una excepción no puede ser inmanente, justamente porque ella es excepción a las leyes de la inmanencia, y a la inversa, lo que es inmanente no puede puede ser aprehendido en una relación inmediata con lo excepcional”.
 


Sustraerse a la norma
“Se puede continuar”. Con esta frase Badiou logra sintetizar una apuesta, que a su vez, funciona como hipótesis disruptiva del mundo actual. Se puede continuar quiere decir, de alguna manera, es posible “sustraerse de la dictadura de la catástrofe” (capitalismo liberal + democracia parlamentaria).
¿Es posible seguir pensando en estos términos? Al parecer, para Badiou –que vienen insistiendo en rescatar el concepto de comunismo-- sí, y al afirmarlo, vuelve a traer ante nosotros el concepto revolución. Obviamente, sostiene que hay que pensarlo en otros términos a como se lo hizo durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, más allá de que rescate la visión de Trotsky al hablar de revolución permanente y de Mao Tse Tung al referirse a la revolución cultural. “Se ve muy bien que lo que se busca es una reactivación de la palabra revolución en condiciones que ya no son simplemente las del derrocamiento violento de un poder hostil, y que apuntan a la construcción efectiva de una sociedad que va a superar al socialismo hacia el comunismo, o que se va a orientar hacia la soberanía del bien común, según la definición más original del comunismo”.
Y aquí, precisamente aquí, es donde aparece la cuestión de la política, y de la organización, anunciada por la editorial en la presentación del libro, y trabajada de distintos modos por Badiou a lo largo de los últimos años, pero que aquí se presenta con una gran claridad. A saber: la necesidad de salirse de la lógica, de la “figura del dos”, para adentrarse en un tríptico que no es el de la “caricatura de la dialéctica (tesis, antítesis y síntesis), sino tres términos en interrelación dialéctica”.
Para Badiou, el problema del dos no sólo se mantuvo en la tradición del partido bolchevique (“el partido se fusiona con el Estado contra todos sus enemigos”) sino también en el “movimientismo” al que caracteriza de anarquizante (“las masas rebeldes se levantan contra cualquier forma de poder y de organización”). Por eso va a rescatar la trinidad cristiana para pensar lo que considera la fundamental distinción de la cuestión trinitaria actual entre estado del capital, movimiento comunista y organización política. La organización política (de tipo partido), entonces, será la encargada de instituir los efectos normativos de la excepción comunista a distancia del Estado y más allá de la duración de los movimientos.
Insumo fundamental esta discusión –entonces-- para seguir pensando las potencialidades del movimiento, pero también sus limitaciones, así como los límites históricos que ya mostraron los modos más canónicos del leninismo. Badiou no lo dice, pero resulta fundamental leerlo entre líneas: este libro es también un convite (no a descartar sino) a releer a Lenin al compas de las luchas y los procesos del siglo XXI.

*Reseña publicada en revista Guay, de la Universidad Nacional de La Plata

martes, 24 de diciembre de 2019

Entrevista a Amador Fernández Savater


“Latinoamérica es un laboratorio político interesantísimo, mucho más que Europa”

Por Mariano Pacheco*


El 2001 argentino y el 15M español. Las resonancias del diciembre sudamericano en los indignados europeos una década después. El filósofo madrileño Amador Fernández Savater visitó la Argentina y, en este diálogo con Zoom, reflexiona sobre las coyunturas y las historias recientes a ambos lados del Atlántico.


En primer lugar te quería preguntar por cómo has visto la Argentina en esta coyuntura tan particular de cambio de gobierno

Llego en un momento muy especial. La última vez que vine fue justo cuando estaba por asumir la presidencia Mauricio Macri. Hoy noto que toda la situación argentina está muy en espejo, en las discusiones públicas, con lo que está pasando en Chile, y también en Bolivia. Curiosamente, hablando con Diego Sztulwark, él me decía que le llamaba la atención que atrajera más el espejo negativo boliviano que el espejo positivo chileno. Es decir: que pareciera haber más miedo por lo que sucede en un sitio que expectativas por lo que acontece en otro. Es una situación muy compleja: la tendencia fascistizante en Latinoamérica, con Bolsonaro en Brasil y lo que sucedió en Bolivia, por un lado, pero por otro lado una vitalidad popular irreprimible. Creo que Latinoamérica es un laboratorio político interesantísimo, mucho más que Europa, porque acá se mueven mucho más las cosas, la complejidad es mayor. La vitalidad popular se puede ver en las calles, difusa en las luchas, y organizada. Esos dos elementos en Europa no están tan presentes. Creo que es un lugar muy vivo, muy interesante para visitar, para entablar conversaciones. Y ahora Argentina con el cambio de gobierno, noto expectativas.


En España, en algún momento –sobre todo a través de Podemos y la figura de Pablo Iglesias-- se había generado toda una admiración, digamos, por los gobiernos progresistas Latinoamericanos. Incluso con un vínculo muy fluido con Bolivia. Pero en esa mirada progresista siempre se opacó un poco el ciclo de luchas previas del continente (Guerra del agua y Guerra del gas en Bolivia, por ejemplo), que puede fecharse en el período que va desde 1994 con el alzamiento zapatista hasta mediados de los dosmil con la asunción de estos gobiernos en diferentes países. ¿Vos que balance tenés de estos gobiernos?

Yo creo que en Europa nos hemos interesado, y mucho, por las dos cosas. Seguimos mucho el 2001 argentino, hemos viajado y leído mucha literatura argentina. Y se produjo ese fenómeno de inversión: si durante mucho tiempo, por sus faros intelectuales, Latinoamérica miró a Europa, en estos años desde Europa hemos mirado a Latinoamérica. Por supuesto: la emergencia del zapatismo en 1994 fue fundamental, así como en 1996 el “Encuentro por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo”, que se organiza en Madrid. Todo eso entronca con el movimiento antiglobalización, que para mucha gente implicó un cambio determinante en sus experiencias, que venían siendo todas muy locales, de recomposición de la autonomía y de la acción política desde abajo después de la derrota de la transición española (la insumisión al servicio militar y la ocupación) y el zapatismo le da a todo eso un sentido global. Como que hay de nuevo un despertar de otra política, que hace su propio balance de la crisis de las izquierdas autoritarias del siglo XX y creo que fue fundamental para nuestra generación: 1994, 2001 y todo lo que tuvo que ver con el movimiento antiglobalización (Foros sociales; Vía campesina; etcétera). A todo eso hemos estado muy atentos.
Y luego claro, cuando el 15 M entra en desorientación, cuando el ciclo cambia y el 15 M entra en impasse, y emerge la propuesta de asalto institucional como nueva posibilidad de atacar al sistema político español pero en otra clave (partido, líder, vía electoral en el centro), el foco se desplaza y a lo que se le pasa a prestar mas atención es a las experiencias de los gobiernos progresistas. Y a través de Podemos, toda la cuestión de la teoría del populismo de Laclau, que incluso murió en España (no sé si eso significa algo). Pero creo que fue una lectura bastante descontextualizada, porque Laclau piensa todo el tema de la hegemonía a partir del peronismo, una realidad que en Europa no existe. Y se transformó toda la teoría de la hegemonía en un discurso comunicativo, y se nota al ver cómo aquí todo eso prende en la vida cotidiana de otro modo: en los grupos, los lazos, los territorios, el peronismo activo en la vida cotidiana de la gente. En cambio en Europa parecía ser una cuestión de palabras: qué decir para sintonizar con los afectos sociales, casi rozando el marketing. Por último, sobre los gobiernos progresistas, no me atrevería a decir demasiado. Me quedo con algunas de las ideas de Diego Sztulwark: verlos como una variante débil del neoliberalismo, que ponen de relieve algo muy importante, que es el hecho de que los cambios macros deben ir acompañados de otros cambios, en los valores, en los imaginarios, en las formas de vida, o sino, tienen límites muy precisos. Es decir, que un gobierno que le diga a los cuerpos que estén quietos porque ya hay alguien que se encargará de luchar contra el neoliberalismo, no entiende esa articulación tan fuerte que el neoliberalismo hace de lo micro y lo macro y que lo hace tan hegemónico. Me interesa pensar eso: cómo se ha reeditado esta mirada de que las cosas se cambian por arriba, con leyes y formas de inclusión, con todo lo interesante que puedan tener a nivel de protección de los sectores mas desfavorecidos, pero que no toma en cuenta ese cambio subterráneo, sobre las maneras de estar en el mundo. Me quedo con eso: el desafío de pensar las relaciones entre lo macro y lo micropolítico.


¿Y cómo ves la situación actual del Estado Español? Digo: está todo el fenómeno de Podemos, las recientes coyunturas de Cataluña, por nombrar dos cuestiones a las que aquí, quizás, se les ha prestado más atención

Lo de Cataluña es muy complejo. Te voy a decir algo, para empezar, que tiene que ver con una experiencia muy personal: todos mis amigos, mi allegados, se hicieron independentistas. Quienes como yo, habían pensado siempre más cerca de la autonomía, y por lo tanto, consideramos que la identidad es un freno a las luchas por la emancipación individual y colectiva, que siempre hemos rehuido a la categoría de identidad, y mucho más si estaba ligada a una idea de Estado y de Nación, comienzan a decir: “somos independentistas, no nacionalistas”, o “independentistas puntuales”. Entonces empecé a pensar que había una distancia entre lo que se decía y lo que estaba pasando por abajo, y que en el resto de España teníamos una mirada muy distorsionada de lo que estaba pasando en Cataluña. Es decir: de alguna manera hay en el desafío independentistas catalán una manera de vehiculizar algo que del 15M quedó interrumpido, porque no supimos continuar, tuvimos un déficit de imaginación política para seguir desafiando el sistema político español, de esa democracia subordinada al neoliberalismo. Por supuesto, está el tema histórico catalán, de su lengua, de su cultura, pero creo que ahora hay un filón fundamental, que es la importancia que ha tenido el movimiento independentista catalán de los últimos tiempos como una parte de esa energía que implicaba apostar por la república para seguir desafiando el sistema político español. El problema, en todo caso, es que toda esa energía no ha sabido gestar un espacio, con su lenguaje, su simbología, su modo de pensar. Y al quedar codificada en la cuestión nacionalista, y gobernada por unas élites que tienen su propia agenda, eso ha generado que en el resto de España se produzca una indiferencia muy grande. El primero de octubre, en Madrid, salimos mil personas a la calle por lo que había pasado. Es una indiferencia que da miedo. Hay un malestar por ver que existe un sistema que parece que no se puede cambiar. Entonces, frente a eso, hacerlo estallar de la manera que sea. Porque en España, y creo que en el resto de Europa también, vivimos con una sensación de que salimos a las calles durante un montón de tiempo, y resulta imposible afectar el sistema de partidos. Esa desconexión entre las calles y el sistema de partidos, esa indiferencia del poder hacia los reclamos, esa ausencia de mediación que pudiera mover algo –como sucede aquí en Argentina-- puede conducir a una situación de asfixia. Y creo que algo de eso ha sucedido en 2019 en Cataluña. Diría que esa energía es muy similar a la que recorrió el 15 M, pero al estar enclaustrado en una cuestión nacionalista, le hacer perder fuerza de alianza, para plantear juntos algo del orden destituyente/constituyente al sistema político español.


Y de la experiencia de Podemos, ¿qué balance te queda de su actuación en estos años?

Me queda la pregunta, que le hago a todos mis amigos de Podemos, que es: ¿qué ha pasado? Porque hubo una autodestrucción caníbal. Porque incluso si llegaran al gobierno, la experiencia está muerta. Esa vitalidad, imaginación, energía, esas propuestas de nuevos liderazgos, todo eso está muerto. Como experiencia política, con capacidad de leer la situación, de crear, de vincular, de ir más allá de sí misma, murió muy rápidamente, a diferencia de lo que sucedió aquí, que el kirchnerismo pierde las elecciones después de doce años de gobierno, o el lulismo en Brasil que se mantuvo casi una década y media. En cambio en España, sin llegar al gobierno, la experiencia de Podemos muere al cabo de tres o cuatro años. Todos se echan las culpas entre sí pero nadie asume que hay algo de una cultura política que se creó que fue autodestructiva, autofagocitadora que terminó en esa lógica de creación/destrucción del enemigo interno y su difusión en redes sociales, porque es gente joven que sube todo a las redes sociales… En fin, me queda la pregunta en torno a qué ha pasado. Me parece que hay algo de esa cultura política que se creó, vinculada a todo eso de la frontera antagónica, de la designación de un adversario, de la línea amigo/enemigo, toda una cuestión guerrera que después se llevó hacia adentro y estalló las expectativas de muchísima gente. Expectativas tal vez un poco ingenuas de cambiar de ese modo las cosas en España, una vez que el camino del 15 M, más callejero y destituyente (más 2001 dirían acá), se encontró como con un muro. Me queda la sensación de que Podemos está muerto pero deja abiertas todas las preguntas: cómo puede ser la construcción de un partido poroso a la calle pero que no la fagocite; qué es, verdaderamente, cambiar algo desde adentro (que es introducir un tipo de cambio en instituciones neoliberales que no son neutrales); qué tipo de subjetividad se requiere para ingresar a un gobierno que pueda hacer, no todos pero sí algunos cambios, etcétera. Son todas preguntas que han quedado sin responder. 
*Publicada en revista Zoom 

jueves, 19 de diciembre de 2019

2001: Odisea en el Conurbano ("Honestidad brutal")*



Era tan nítida la imagen que parecía de verdad. Estábamos, ella y yo, abrazados en un banco del Parque Lezama. Desperté como a las seis de la mañana, apenas unas horas después de haberme dormido. Todavía era de noche.
Días antes había abierto un libro de Jean Paul Sartre leído veintipico de años atrás y, sorpresivamente, allí estaba la única fotografía impresa que conservaba de Natalia. En la imagen estamos con una nariz de payasos, disfrazados, quien sabe dónde. Supongo debe ser el barrio José Hernández, donde ella se había criado, y donde vivía entonces, en ese año en el que yo también pasé gran parte de mis días allí.
La foto es de 1998, tiene que ser agosto porque recuerdo que ese día festejamos el Día del niño, pero como entonces teníamos un trabajo territorial en más de un lugar, y como buscábamos que el activismo de un barrio entrara en contacto con el del otro, no puedo asegurar que ese festejo sea el de José Henández.
Entonces tenía diecisiete años, y ella, dieciocho.
Fue un año glorioso y lleno de cambios. Con la agrupación 11 de Julio hicimos el pasaje de la militancia de Quilmes a esa zona de frontera entre Quilmes y San Francisco Solano. Seguimos sosteniendo la revista Grito de Estudiantes, con el suplemento cultural “El Roña” (por Beckerman, militante de la UES asesinado en Quilmes por la Triple A, en agosto de 1974), pero le agregamos el “Carlos Mugica”, ya que vía María –que estudiaba conmigo en el Normal de Quilmes, pero vivía en José Hernández-- pasamos a tener un trabajo territorial más intenso allí, donde ella además tenía una inserción en la Parroquia del barrio. Parroquia y revista suena un poco despampanante en realidad: la revista eran unas hojas oficio dobladas y fotocopiadas, que confeccionábamos tipo fanzine entre un armado un poco artesanal a mano (recortando y pegando textos e imágenes con plasticola) y otro poco “industrial”, con las hojas escritas en computadora que nos tipeaba y diseñana “La cristiana”, hermana de un compañero de la agrupación que era la única persona que conocíamos que tenía una computadora, y se ofreció a darnos una mano --antes de sumarse ella también a la militancia--; y la parroquia, bueno, era una de las sedes de las Comunidades Eclesiales de Base, esos centros comunitarios de reunión de los vecinos (y, sobre todo, las vecinas), que ni cura tenían, sino que eran autoorganizadas por la propia comunidad barrial.
Antes de eso –los dos años anteriores, pongamos-- íbamos a un barrio cerca del río de Quilmes a dar apoyo escolar y hacer actividades recreativas con los niños, pero sólo los sábados a la mañana. Habíamos llegado a ese lugar a través de un contacto que teníamos con el curita Luis Farinello, que había abierto allí una Fundación, pero además, nos había abierto las puertas de su parroquia para que hiciéramos en su radio un programa de rock, juventud y política, que se llamaba “La era de la boludez”, hasta que me hice cargo y le cambié el nombre por el de “La patria rockera”. El cura Luis había “guardado” en plena dictadura a compañeros montoneros, que dos décadas después nos formaban políticamente a nosotros, en pleno menemismo, mientras hacíamos las primeras armas organizativas conversando con los vecinos y las vecinas del asentamiento, que mandaban a sus hijos al apoyo escolar. A ese barrio, creo, nunca fue Natalia, aunque sí venía María, de estoy seguro.
En 1998 la lucha docente-estudiantil contra la Ley Federal de Educación entró en un cierto reflujo, así que tanto en los Centros de Estudiantes que habíamos comenzado a conformar, como en la FEQ (Federación de Estudiantes de Quilmes), la actividad ese año fue menor. La agrupación 11 de Julio, de todos modos, seguía con su propio ritmo de actividades: mucha “agitación y propaganda” (pintadas, afichadas, volanteadas, radios abiertas), sea para “reconstruir la memoria histórica” o para intervenir en la coyuntura, en pleno intento por poner en pie una juventud en y para la resistencia.
En José Hernández activamos no sólo el grupo de jóvenes en la parroquia, sino también otras dinámicas ligadas a la realidad del lugar, que incluso ya funcionaban desde antes de que llegáramos. Así nos sumamos a la “Comisión de Medio Ambiente” de la que participaban madres y abuelas de nuestras compañeras, en la lucha contra la contaminación que generaba la fábrica Massú y en mi caso (que estaba bautizado por mis padres), comencé a cursar el ciclo de encuentros que me llevaron a tomar la confirmación. ¡Alto bardo se armó cuando me dijeron que no podía salir con la catequista! Pero no lo sabía, y para cuando me enteré, ya era demasiado tarde…
Así comenzó mi vínculo con Natalia.
Incluso ese año fantaseaba con ser sacerdote, pensando en que era una buena forma de tener más y mejor prédica entre los sectores populares (“¿Y el celibato?”, preguntó una vez mi hermana, pero yo por eso no me hacía problema, ya que todos los curas que conocía de la zona tenían mujer).
Incluso llegué a representar a Cristo en un Vía crucis…
Por suerte en esa época no había cámaras digitales, y aunque sé que hay registros de ese día, las fotos nunca circularon. Eso sí: el Negro Fabio --nuestro responsable-- dijo varias veces que iba a publicarlas, dando a entender que él sí las tenía, pero al fin y al cabo nunca nadie las vio.

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La relación con Natalia fue intensa y ambivalente: llena de momentos de gloria y de enormes frustraciones, pero no es de esas alegrías y tristezas de lo que quiero hablar ahora, sino de los pasadizos secretos que a veces se cuelan en nuestra memoria.
“Necesito/ escuchar tu vos/ volver a hacernos, el amor”. La canción de Andrés Calamaro sonaba dentro de mí cuando desperté, esa noche, dos décadas después de haber conocido a Natalia. Mientras intentaba volver a conciliar mi sueño, diversas imágenes se comenzaron a intercalar en mi cabeza: una de ellas fue la de Villa Corina, Avellaneda, donde viví un tiempo, y donde escuché por primera vez Honestidad brutal, cuando Pablo lo bajó y lo grabó en dos CDs, entre los tantos de cumbia villera que bajaba y grababa para que saliera a vender por el barrio. Entonces tenía 19 años y vivía con ellos (con Pablo, su compañera Flor, su pequeño hijo Juan, su perra Lola). Natalia tenía veinte, pero ese año ya no estábamos juntos, aunque hay canciones que más que por sus años de salida las registro por un determinado período, y qué duda cabe que todo eso aconteció en el ciclo inmediatamente previo a la insurrección de diciembre de 2001. De todos modos, después de que mi relación con Natalia se terminara y que dejáramos de militar en ese barrio, seguía pasando por José Hernández siempre: en ese tiempo solía ir desde Corina a Don Orione, desde la casa en la que vivía junto a Pablo y Flor hasta la de Darío, donde comenzamos a desplegar esa nueva aventura de ser parte de un Movimiento de Trabajadores Desocupados (José Hernández está situado justo entre Corina y Don Orione, y todos los colectivos que van por Camino General Belgrano recorren de una punta a otra el barrio); incluso cuando me quedaba en la casa de mi viejo, en Bernal, también tomaba un colectivo --el 263-- que para llegar a Orione pasaba por Hernández.

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La imagen de Natalia se presenta indisolublemente ligada a los rostros de Vero (“La Comandanta Cuca”, de quien aún conservo el ejemplar de El principito dedicado que me regaló en aquel tiempo) y de Nico (“El Compañero Willy”, de quien conservo en mi memoria cada instante compartido entonces), pero de ellos, de nosotros cuatro, de nuestra hermosa amistad, no voy a hablar ahora.
Con el sumergimiento de nuestro pequeño grupo en la dinámica del movimiento piquetero, entre el 2000 y el 2003, todos los contactos del período anterior se desvanecieron en el aire –como lo sólido descripto por Marx en el Manifiesto Comunista--. La ruptura de nuestra organización, a fines del 99, trajo consigo la ruptura de los vínculos con todos aquellos, con todas aquellas que habíamos transitado la militancia, desde la pueblada de Cutral Có hasta la derrota electoral de Menem. Así que a Vero y a Willy los dejé de ver. A Natalia, no; siempre nos cruzamos cada tanto, durante algunos años. Aunque durante el período del gobierno de la Alianza no la vi ni una sola vez, cuando asesinaron a Darío ella se acercó hasta Avellaneda, a una de las actividades que hicimos por esos días, y nos dimos un fuerte abrazo y cruzamos unas miradas al pasar. Creo que fue en la marcha del 3 de julio, cuando nos movilizamos bajo la lluvia desde el Puente Pueyrredón hasta la Plaza de Mayo. Estoy casi seguro que fue ese día, porque la siguiente vez que nos cruzamos ella me recordó que ese mismo día me había visto luego en el programa de Lanata, cuando fui junto a Néstor Pitrola (del Polo Obrero) a dar cuenta del proceso que estábamos atravesando. Y al programa del gordo fui en la noche de ese 3 de julio de 2002.
Después vinieron los años kirchneristas, y con nuestros antiguos compañeros casi ni nos cruzamos. Ellos en el gobierno, nosotros sin saber muy bien qué hacer, tomamos nuestras posiciones coyunturales como declaraciones de principios a partir de las cuales se nos hacía muy difícil conversar. Natalia, de todos modos, después del menemismo ya no volvió a militar. A Willy, por años, no lo volví a cruzar. Creo que la noche en que murió Néstor Kirchner, y que Pablo me pasó a buscar con su auto para ir juntos a Plaza de Mayo a ver qué pasaba, nos cruzamos todos en alguna esquina.
Después que dejamos de vernos con Natalia la sociabilidad comenzó a cambiar a ritmos acelerados: primero apareció messenger en las casillas de correo de hotmail, luego de yahoo y gmail, y más tarde, facebook; nuestras vidas comenzaron a tener nuevos vínculos, pero también, numerosos reencuentros. En 2011 comencé a publicar en un blog (¡otra novedad después del fotolog!) breves notas con la historia de los montoneros silvestres que había comenzado a investigar en 2003, retomando relatos que venía escuchando desde 1996; en 2013 me mudé a Córdoba, y en 2014, la historia de los montoneros silvestres fue publicada como libro. Entonces ya había dejado la organización que contribuí a formar en 2004 y mis antiguos compañeros de los noventa –entonces en el Movimiento Evita-- comenzaron a sostener posturas críticas frente al kirchnerismo y a decir que había que escribir el segundo tomo, que había muchas cosas por resolver, que el cristinismo sólo no podía. Así que la salida del libro, en ese contexto, fue una buena oportunidad para el reencuentro. De Natalia hacía años ya que no sabía nada. Mis últimos cruces por messenger con ella me habían dejado perplejo: siempre había sido de fabular, y de hacer cosas locas, pero sus comentarios de entonces me parecieron disparatados, y creyendo que me estaba tomando el pelo le dejé de contestar los mensajes. Que casi se quedaba ciega, que había contraído malaria en África, que andaba por no sé que remoto lugar del mundo... No le creí nada, y hasta me dio un poco de pena escucharla (leerla en realidad) decir esas cosas; y un poco de rabia también.
Nos habíamos amado tanto...

***
La historia de los montoneros silvestres nos permitió volver a reencontrarnos todos, después de tanto tiempo: la banda de Avellaneda y la Quilmes; Cacho, Beto y Lila…. El Comandante Tito, no (ya estaba mal para ese entonces, y moriría tiempo después).
Willy seguía siempre firme junto al Negro, nuestro responsable durante los primeros pasos en la militancia en Quilmes. El libro se presentaría en Avellaneda, pero los quilmeños también se había comprometido a asistir a la actividad.
Recuerdo que una noche de ese invierno de 2014 estaba en la redacción del diario El Argentino--donde trabaja en Córdoba, desde 2013-- cerrando la edición, cuando recibí un mensaje de Willy por facebook.
Hablamos trivialidades, de lo lindo que sería reencontrarse toda la banda otra vez y no sé que otras cosas más.
– ¡Che, vénganse a hacer el aguante he!
– Sí bolo, vamos. La semana pasada lo crucé a Facu justo, ahí cerca de la cancha de Quilmes. Le conté del libro, me dijo que iban a ir con los pibes de la banda del Comandante Tito, ¿te acordás?
– ¡Cómo no me voy a acordar! Ese hijo de puta aún me debe un sombrero de Tuqui, la loquilla de mi ex novia…
– ...
– ¡Qué lindo va a ser verte Willy!
– Si, hace mucho no nos cruzamos
– ¿Sabías que Natalia se murió?
– Creo que la última vez que te vi fue en Plaza de Mayo, con el quilombo de la 125
– ¿Qué?
– ¿Me estás jodiendo?
¿Natalia se murió?
--No, boludo.
Se murió de muerte súbita.
Yo me enteré el año pasado por Vero...
--Ahhhh
--Pobre mina, se había agarrado malaria en África, y no se que más.
Después se corto las venas en el tren, hace como 6 meses atrás.
Y a fin de año le agarro muerte súbita y palmo…
--¿Y ahora cómo está?
--Se murió, boludo, se murió.
--La concha de la lora, bolu, estoy en medio del laburo, haciendo varias cosas a la vez.
No te había entendido, no sé, o no quería entender, ¡no te puedo creer!
--Lamento darte la noticia loco.
Dale que se te haga leve.
Te mando un fuerte abrazo loco, y espero a que nos veamos pronto...


***
Desplazamiento y condensación.
El día y la noche que se cruzan junto con el sueño y la vigilia.
Estoy como drogado, pero sólo es el efecto del sueño (el sueño que tengo mientras estoy despierto, el sueño que tuve mientras dormía).
La imagen del sueño es muy similar a la última noche que pasamos juntos con Natalia. Fue en marzo de 1999. Estuvimos toda la madrugada en el Parque Lezama, intercalando caminatas con abrazos, parados y apoyados en algún árbol, o sentados en un banco, donde el amanecer nos sorprendió entre los últimos apasionados besos que nos dimos, antes de patear hasta Constitución, en esa odisea que implicaba tomar el primer 148 que partiera rumbo a Solano.
Ese año terminaría nuestra relación, el gobierno de Carlos Saúl Menem y la etapa “juvenil” de nuestra militancia. Transitábamos los pasadizos secretos de la historia previa a la insurrección de diciembre de 2001. Esperábamos el bondi fumando y conversando, por momentos, y abrazados en silencio por ratos. No había apuro, más allá del cansancio. Teníamos la vida por delante.
O eso, al menos, eso creíamos entonces.


*Adelanto del libro de relatos 2001: Odisea en el Conurbano, de Mariano Pacheco.