domingo, 30 de octubre de 2011

Revisitando la polémica Camus-Sartre

Publicado en la revista Sudestada, octubre de 2011
Por Mariano Pacheco




Como en la guerra, en la polémica también es necesario que el agredido responda para que se den por iniciados los enfrentamientos. Eso, precisamente eso, sucedió cuando Jean Paul Sartre decidió responder a los ataques de Albert Camus.
Para cuando se desató este verdadero duelo intelectual, en 1952, ambos autores estaban entre los más reconocidos escritores e intelectuales de Francia. Camus ya había publicado sus novelas El extranjero y La peste, y sus principales obras teatrales: Calígula y El malentendido, Estado de sitio y Los justos. Sartre, todas las novelas que publicaría en vida: La náusea y los tres tomos de Los caminos de la libertad, su primer y único libro de cuentos, El muro, y gran parte de sus más importantes obras de teatro, como Las moscas, A puerta cerrada, Muertos sin sepultura, La mujerzuela respetuosa, Las manos sucias y El diablo y el buen Dios. Por supuesto, también era ya un reconocido pensador, en parte por su libro El ser y la nada y el ensayo ¿Qué es la literatura? Pero por sobre todo, Sartre era quien había pronunciado la célebre conferencia “El existencialismo es un humanismo” apenas terminada la segunda guerra mundial, de la que Camus fue un actor destacado, debido a sus importantes tareas desarrolladas en la resistencia antifascista.

La polémica
La ruptura entre ambos se produjo luego de que el célebre periódico Les Temps Modernes publicara un artículo escrito por Francis Jeanson, donde le reprocha a Camus (que había publicado recientemente El hombre rebelde), que reduzca su rebeldía al plano estético. Camus le contesta a Sartre, que dirige el diario, y no al autor de la nota. Escribe: “empiezo a estar cansado de ver cómo yo, y sobre todo antiguos militantes que nunca eludieron la responsabilidad en los problemas de su tiempo, reciben clases de eficacia de censores que nunca colocaron más que su sillón en el sentido de la historia”.
Frase que lidiaba con lo patético, dice uno de los biógrafos de Sartre (Annie Cohen Solal), que coloca a Camus en un lugar torpe y ridículo, que lo deja con su orgullo apaleado y sus llagas al descubierto, mostrando así su mayor debilidad. Algo que aun recordará Simone de Beauvoir varios años después, cuando redacte uno de los tomos de sus memorias (Las fuerzas de las cosas), y escriba que, más allá del rencor que sentía por alguna de las cosas escritas por Camus, sin embargo, la había conmovido saber “hasta qué punto le habían dolido algunos de los ataques dirigidos contra El hombre rebelde”.
Todo el alboroto se produce, básicamente, porque Camus le reprocha a Sartre que no denuncie los campos de trabajo forzado que funcionan en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). “Ninguna crítica de mi libro puede prescindir de este hecho”, afirma Albert.
Entonces Sartre se enoja, puesto que ante la deshonra que siente frente a un tono tan injurioso –dice– se ve obligado a no callar. Y de allí la carta, también publicada en el legendario diario, con la que replica los dichos de Camus y explica que hubiese preferido que la discrepancia entre ambos se hubiera dado por una diferencia de fondo, y no contaminada por “no sé qué tufillo de vanidad herida”. Y dedica extensas páginas en atacar a Camus en tres frentes, de manera simultánea: en primer lugar, por el dispositivo utilizado (atacarlo a él en vez de a quien ha escrito el artículo). En segundo lugar, por la acusación que realiza (que los integrantes del diario están de acuerdo con “los campos”). Por último, con relación a la posición que cada uno ocupa, en ese momento, dentro del campo cultural francés.
Veamos, entonces, cómo Sartre aborda cada uno de estos tres frentes de batalla.
En cuanto al dispositivo, Sartre desmenuza el escrito desde las primeras dos palabras. “En esta carta resulta difícil distinguir el procedimiento a secas, del procedimiento de mala fe. Me llama usted Señor Director, cuando todo el mundo sabe que nos liga una amistad de diez años; se dirige a mí, con el evidente propósito de refutar a Jeanson; éste es ya un procedimiento de mala fe”. Y lanza allí toda su artillería. Afirma que al no hablarle nunca al autor de la nota, Camus pone a Jeanson al margen de lo humano. “Por momentos llega usted a aniquilarlo del todo, y escribe tranquilamente su artículo, refiriéndose a mí, como si yo fuera el autor… Pero yo me pregunto, Camus, ¿quién es usted para imponer semejantes distancias?”. Y finalmente remata: “porque en resumidas cuentas, ¿a qué viene semejante alboroto? A Jeanson  no le gustó su libro, lo dijo, y usted se disgustó”. Claro, luego Camus utiliza un “hábil empleo del plural”, colocando a Sartre en dos incómodos lugares: como un criminal que está de acuerdo con “los campos” y como aquel que encarga los trabajos sucios a otros (en este caso criticarlo a él a través de la pluma de otro).
En cuanto a la acusación, Sartre expresa, en primer lugar, su disgusto por la forma en que Camus ha abordado el tema. Le dice que, como en las películas, se comporta como el polizonte que camina haciendo crujir sus zapatos (“Vamos hombre, te digo que ya lo sabemos todo. Te estás haciendo más sospechoso con tu silencio. Confiesa de una vez tu complicidad. Conocías esos campos, ¿no es así?”). Luego retruca que así como es justo que él pueda decir que Jeanson no ha hablado en su artículo de “los campos”, también lo es que el otro respondiera planteando que es ridículo que el escritor decida lo que el crítico debe decir. Por otra parte –remata Sartre– usted no se ocupa tanto de los campos en su libro, y no se entiende muy bien por qué exige de pronto que se los ponga sobre el tapete, salvo que algún informante mal informado le hubiera hecho creer que de ese modo nos colocaría en un aprieto”. Y en seguida aclara que el colectivo de Les Temps Modernes planteó el asunto y tomó partido ni bien la opinión pública francesa se enteraba del tema. Y más tarde, nuevamente, tanto en editoriales como en notas y artículos. “La existencia de esos campos puede producirnos indignación, puede causarnos horror, hasta es posible que nos obsesione, pero ¿por qué habría de ponernos en un aprieto? ¿He retrocedido yo alguna vez cuando se trató de decir lo que pensaba de la actitud comunista?”. Escribe finalmente Sartre: “Sí, Camus: convengo con usted en que esos campos son inadmisibles; pero también me parece inadmisible el uso que hace de ellos diariamente la llamada prensa burguesa”.
Por último, y con relación a la posición de los intelectuales en la historia, Sartre acusará a Camus de haber utilizado el sufrimiento que padecen quienes fueron a parar a esos campos para aplastar a un crítico que no le cantó loas, cuestión que le parece inadmisible. “Mi posición personal es muy distinta –refuta–, pienso que el único modo de auxiliar a los esclavos de allá es tomar partido por los de aquí”. Y derriba, como de un mazazo, todo el capital simbólico de su adversario, poniéndolo en jaque con su galardón político más preciado: su rol durante la resistencia. Sartre toma una frase de Cartas a un amigo alemán, donde Camus escribió: “durante años han querido ustedes hacerme entrar en la historia”. Y toma esa frase para decir que si en 1941 Camus ingresó en la Historia, fue un poco forzado por las circunstancias, porque entonces se trataba de impedir “que la locura hitlerista destruyera un mundo en que la exaltación solitaria era todavía posible para algunos”. Pero una década más tarde, cuando ya no se trata de defender el statu quo sino de cambiarlo, ahí sí, Camus, que se cree fuera de la Historia, pone condiciones para reingresar en ella: pide que se le ofrezcan las más seguras garantías. 
Sartre, por el contrario, sostiene que se quiera o no se está dentro de la Historia y, por lo tanto, hay que ser digno de participar en ella. “Puesto que estamos metidos hasta el cuello debemos tratar de darle el sentido que nos parezca mejor, prestando nuestra colaboración, por pobre que sea, a todas las acciones concretas que la necesiten”. Y luego remata: “para merecer el derecho de influir sobre los hombres que luchan, primero hay que participar en su lucha; hay que aceptar muchas cosas, antes de hacer lo posible por modificar algunas”.
Al parecer, ese es el momento en que Sartre está dispuesto a aceptar algunas cosas para poder ser, al menos coyunturalmente, un compañero de ruta de los comunistas.

El largo adiós
“Ignoro lo que será de nosotros: quizá volveremos a encontrarnos en el mismo bando, quizá no… La revista está a su disposición si quiere contestarme, pero yo no lo haré otra vez”, escribe Sartre hacia el final de aquella carta-polémica de agosto de 1952. “Espero que nuestro silencio hará que se olvide esta polémica” es la última oración.
Hasta que Camus murió en un accidente automovilístico, el 4 de enero de 1960,  Sartre se mantuvo encerrado en un profundo silencio respecto del tema. Pero tres días más tarde, bajo el título “Albert Camus”, publica una pieza conmovedora en torno a esa extraña amistad hecha trizas por el debate y olvidada por el paso del tiempo. Allí dice que durante los últimos meses suponían que Camus, como muchos de ellos, estaría cambiando, junto con el mundo. “Esto bastaba para que su presencia siguiera viva”. Y aclara: “Nos habíamos distanciado, él y yo. Un distanciamiento no significa gran cosa, aunque vaya a ser definitivo”.
La muerte, para Sartre, es ante todo imposibilidad de ser. De allí que no pueda conjeturarse que habría hecho, dicho, pensado Camus respecto al mundo convulsionado que se avecinaba. Sabemos, sí, algunas de las cosas que hizo antes de morir. Por ejemplo, que en 1956, estando en Argel, había intentado mantener una posición intermedia, pacifista entre los combatientes del movimiento independentista argelino y el ejército francés –recordemos que Camus nació en el seno de una familia de colonos franceses instalados en Argel y  que allí realizó sus estudios–, lanzando su “Llamada a la tregua civil”, por la cual fue abucheado por una multitud que pedía a gritos su muerte, en un contexto en el cual estar en el medio era mucho más que no posicionarse junto a las víctimas del desastre realizado por las fuerzas de ocupación (véase, a modo de ejemplo, el brillante film de Gillo Pontecorvo, La batalla de Argel). Sabemos, también, que al año siguiente recibió el Premio Nobel de Literatura. Premio que Sartre rechazaría en 1964.
En fin, de alguna manera extraña la polémica entre ambos ha sido leída muchas veces en una clave moralista. Se ha dicho, creo que injustamente, que Sartre se negaba a condenar los campos en la URSS, a diferencia de Camus, para quien los principios éticos primaban por sobre las oportunidades políticas. Injustamente –digo– porque como ya se ha señalado, en Les Temps Modernes había sido denunciado el tema en más de una oportunidad. Fue la pluma de Merleau Ponty, por ejemplo, quien expresara que si bien Rusia seguía siendo “incomparable con las demás naciones” y que no estaba permitido “juzgar  sino aceptando su proyecto y en nombre de éste”, también será él quien afirmará, en relación con los campos de trabajo soviéticos, que eran más criminales que los otros, “puesto que traicionaban la revolución”.
¿No podríamos pensar, acaso, que el acercamiento de Sartre al Partido Comunista Francés tuvo que ver con esa coyuntura tan particular, que implicaba una ofensiva conservadora no sólo en el país sino también en Estados Unidos y otros sitios del mundo? Acercamiento, por otra parte, que duró sólo dos años y medios, y que funcionó como una suerte de paréntesis a partir del cual Sartre dejaría de ser para los comunistas ese enemigo acérrimo (el que finalmente nunca dejó de ser), para pasar a ser un compañero de viaje, al fin y al cabo siempre un camarada crítico. Dicho de otro modo, ¿no tuvo que ver esa actitud con realizar un aporte para impedir que el partido fuera silenciado y se terminaran las persecuciones y encarcelamientos a sus militantes?
Porque lo que estaba en juego en la polémica con Camus, no era solamente la condena de los campos en la URSS, sino también la necesidad de preservar, al menos por algún tiempo, la imagen de un país socialista ante un contexto de macartismo en ascenso. Y en ese punto, tanto Sartre como sus camaradas del periódico, no estaban dispuestos a condenar aisladamente a Rusia, es decir, si no era en el marco de una denuncia más general de la opresión realizada por occidente en todo el mundo. Es que no podían dejar de concebir la necesidad de no caer en un anticomunismo indiscriminado, como el que ellos le reprochan a Camus. Anticomunismo que pretendía cerrar las bocas de cualquiera que protestara contra cualquier abuso, simplemente con la pregunta: ¿y los campos?

Sartre y Camus, ayer y hoy
Han pasado casi seis décadas desde aquella polémica. ¿Tiene sentido, entonces, volver sobre aquellos asuntos? ¿No es mera nostalgia, o peor aún, una reaccionaria idealización del pasado? Sospecho que no, en la medida en que entendamos que importantes elementos de aquel debate continúan estando –tal vez a modo de huellas– presentes en muchos de los debates estético-políticos de hoy en día.
Cabe destacar, a modo de cierre, que 1960, además de ser el  año de la muerte de Camus, es el año en que Sartre publica su Crítica de la razón dialéctica. Para entonces, Sartre ya había roto con los comunistas, producto de la invasión a Hungría por parte de la URSS. En uno de los dos tomos de aquel libro ejemplar, Sartre dice, entre otras cuestiones, que “el marxismo, lejos de estar agotado, es aún muy joven, casi está en la infancia, apenas si ha llegado a desarrollarse. Sigue siendo, pues, la filosofía de nuestro tiempo; es insuperable porque aún no han sido superadas las circunstancias que lo engendraron”.
Frase que en este nuevo siglo parece no haber perdido actualidad.


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