Con una subjetividad tan modelada por ese territorio virtual en el que nos encontramos inmersxs, donde el ruido, la aceleración, la distracción, la irritación, la saturación, el aturdimiento, el agotamiento nos enredan en una dispersión que dificultad nuestra capacidad de atención, básica para poder atravesar la existencia con otres, que implica no sólo el registro fundamental de la escucha y la mirada sutil, sino también de la pausa necesaria para sostener silencios (propios y ajenos), captar entredichos, elipsis y poder conversar, ejercicio elemental para ejercitar el pensamiento, ese que leva a los cuerpos a moverse, ya no sólo a resistir los padecimientos sino también luchar por dejar de ser eso que hicieron de nosotres.
Como
sostenía Ignacio Lewkowicz, en tiempos de crisis donde las surgencias
proliferan no podemos darnos el lujo de No- Pensar. Y para ello es necesario
realizar la operación de interferir/ desacelerar/ inventar… O desaparecer,
tomados por la trituradora de esta maquinaria de las extremas derechas contemporáneas
que, como el actual cruel experimento libertariano en curso en Argentina,
pretende correr todos los límites para abismarnos en un neofascismo tanático en
el que ninguna posibilidad de vida digna para las mayorías populares sea
posible.
De allí la
importancia de ocupar la calle, de poner los cuerpos en movimiento para recrear
la ocupación del espacio público, no sólo para poner un freno a la ofensiva
reaccionaria en curso, sino para relanzar una imaginación política capaz de
desbloquear las capacidades creativas que, como pueblo, hemos demostrado tener
en otras desfavorables circunstancias.
Por eso
hoy, una vez más, ocupamos las calles de la ciudad.
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