martes, 31 de marzo de 2015

Hoy, 31 de marzo, homenaje a La Turca Kornblihtt

Si una noche de invierno…
(Del libro Montoneros silvestres. Historias de resistencia a la dictadura en el Sur del Conurbano-
Texto leído en el"Memorias a Escena"-Escena y Memoria, Córdoba, marzo de 2015) 



Por Mariano Pacheco


En homenaje a Adriana Lidia Kornblihtt






Tiempo: 31 de marzo de 1977.

Escena: Una humilde casilla situada en la barriada popular de Monte Chingolo, en la Zona Sur del Conurbano Bonaerense. Beto y Adriana duermen abrazados. Afuera, en las calles y avenidas del distrito de Lanús, los oscuros Ford Falcon sin patente van y vienen en busca del enemigo de la patria.


Son las cuatro. Hace cuatro horas que Adriana Lidia Kornblihtt (La Turca, para sus compañeros; La Petisa Pelirroja, para su hermana Laura) dejó atrás sus dorados quince años. Es temprano. Tiene sueño y hace frío. Es su cumpleaños y le da fiaca levantarse. Mira a su compañero dormir y le dan ganas de quedarse. Pero se levanta. Sabe que ha elegido una vida que tiene, entre otros obstáculos, tener que levantarse cuando tiene ganas de quedarse haciendo fiaca. De acurrucarse. De no salir a la fría noche. Pero se viste, le da un beso a Beto y parte. Porque el país, como está —piensa— niega cualquier posibilidad de proyectarse, de proyectar la vida.
A las 4.30 Adriana sube a un automóvil en el que se traslada junto con dos muchachos. Son jóvenes, aunque no tanto como ella. Los tres son militantes, y juntos conforman un Pelotón de Combate del Ejército Montonero. Adriana está comenzando su cumpleaños número dieciséis, pero hace un año que es soldado. Antes estaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES. Era una militante de superficie. En cambio, ahora es parte de la Estructura Militar.
Alrededor de las cinco ya están cerca de la comisaría de Monte Chingolo. Afuera no hay nadie. La operación es sencilla: colocar un caño en el lugar, y luego partir.
Se hacían con frecuencia esas operaciones: era una forma de demostrar que los Montoneros estaban ahí, luchando. Adriana, Beto y sus compañeros —es claro— no se rendían. No aflojaban. No estaban dispuestos a bajar los brazos. Había que persistir —pensaban—. Soportar los golpes resistiendo. Como ya se había hecho durante la resistencia peronista.
De repente, tras una pesadilla, Beto se despierta. Asustado, se seca el sudor de la frente, mira el reloj e intenta en vano volverse a dormir. Adriana debería haber llegado ya, piensa. Trata de olvidar aquel sueño espantoso, pero no puede. Ha pasado el tiempo y nada. Adriana que no llega. Está desesperado, porque ella debió haber vuelto a la casa, para vestirse e irse a trabajar. Pero no ha regresado.
Beto comienza a angustiarse. Piensa lo peor. Está ansioso, y obsesivamente no puede dejar de mirar por la ventana. Cada tanto (sólo cada tanto) mira su reloj. Así se hacen las ocho, el tope horario. Debe dar por asumida la emergencia y retirarse.
La operación era sencilla, piensa, una y otra vez. Todo había quedado claramente planificado en la noche anterior, cuando realizaron la última reunión. Uno de ellos iría como chofer del automóvil; el responsable permanecería junto al auto, atento y preparado para disparar su pistola 9 milímetros si algún policía aparecía de improviso. Adriana colocaría el explosivo… Nada complicado. Entonces: ¿qué ha salido mal?
A las 5.30, como habían previsto, La Turca y los dos muchachos llegan a la comisaría. Afuera no hay nadie. El chofer mantiene el auto encendido, listo para escapar. El responsable da la orden. Adriana debe activar el caño y regresar al automóvil, para volver a su casa, darle un beso a Beto, cambiarse y entrar a la textil. Luego, ir a la casa de sus padres a cenar, a festejar sus 16 años y brindar por eso; por el laburo que está por empezar en unos días su compañero; por el hijo que desean tener; por sus hermanas Laura y Vicky, su cuñado Esteban y sus sobrinos Este y Pauli, que brindarán por ella desde el Viejo Continente; por sus padres, que esperan que pronto se concrete el casamiento; por los muertos, que ya no pueden brindar, y por los presos, que aguantan desde las cárceles el inhumano trato que reciben por parte de sus verdugos; por la victoria, por supuesto, que finalmente, más temprano que tarde, tiene que llegar. Pero algo, definitivamente, ha salido mal.
Ni bien el responsable de la operación escucha una explosión, comienza a disparar sobre la comisaría. Luego se acerca para ver qué es lo que ha pasado. Se da cuenta de que la bomba estalló en manos de Adriana, pero su cuerpo no está. Sólo los restos de su ropa.
Beto se entera a las nueve y no lo puede creer. Sigue esperando que Adriana llegue. Quiere decirle feliz cumpleaños y darle un abrazo. Quiere que pase el día y por fin llegue la noche, para marcharse con ella a la casa de sus suegros a cenar y festejar. No lo puede creer. Y sigue esperando que Adriana llegue.



POSDATA-
Los restos de Adriana fueron inhumados el viernes 18 de marzo de 2005 en el Cementerio de la Chacarita. Sus padres no llegaron a verlo. Muchos de sus antiguos compañeros de estudio y militancia, sí. Entre ellos estaba su amiga Laura Giussani, a quien —de repente— la asaltó el recuerdo de Adriana, lanzando uno de esos escupitajos impresionantes que largaba. Escupidas que nadie sabía en dónde las había aprendido, pero que iban más lejos que los de cualquiera. Habían pasado casi tres décadas y la cara de Adriana se le aparecía igual que antaño: frunciendo los labios, tomando aire y escupiendo a más de un metro de largo. Bruta, varonil y con una sonrisa amplia y divina.
Vicky, junto al cajón de su hermana, sintió que por fin Adriana podía descansar en paz. Lamentó que el cuerpo de Beto no pudiera descansar a su lado. Que nunca haya sido enterrado en algún lugar, en realidad. Y recordó entonces el final de la carta inconclusa de Adriana, que Beto les hizo llegar luego con un agregado de él, al final, que decía: «No la sientan como a una hermana, sino como a una compañera; así los sentimientos son mucho más integrales y sepan valorarlo. Sus 16 años son un ejemplo».

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