Santiago López Petit es un tipo encantador, un ser encantado me veo tentado a decir.
Nos dimos cita en un bar de Barcelona. Cuando llegamos, puntuales,
el filósofo catalán ya estaba ahí esperándonos.
La idea era conocernos personalmente, y conversar un rato. Le llevé de regalo un ejemplar de mi último libro, “Literatura y revolución”.
Hablamos de política, de filosofía, de libros y editoriales,
de luchas del pasado y del presente. Compartimos algunos pesares de dolores que
fastidian nuestros cuerpos.
En todo momento escuché una voz suave, tierna, fatigada más no cansada de vivir. Una voz que trasmitía sabiduría pero sin gestos autoritarios y que, de tanto en tanto, hacía una pausa, pregunta de por medio, para sostener luego una escucha atenta, que parecía realmente sincera.
--¿Hasta cuando se quedan?-- dice al momento de la despedida.
Cuando le dijimos que unos días más, inmediatamente después
sugirió:
--Podríamos vernos un rato más el jueves y seguir la
charla.
A los dos días la escena se repitió. Mismo horario, mismo
lugar. Esta vez fue él quien trajo, no uno sino dos de sus libros para
regalarnos: un ejemplar de “Tan cerca de la vida” y otro de la edición catalana
de “Hijos de la noche” (su “Marx, Artaud y la fuerza del dolor” ya lo había
recibido en mano de parte de su editor de Verso Libros). También nos recomendó
varios sitios para visitar en la ciudad antes de que nos fuéramos.
Una fiesta del pensamiento ese encuentro. Y una celebración
de la amistad político- intelectual, esas que se forjan muchas veces a través
del tiempo y otras, en esos momentos fugaces en donde las afinidades se dejan
ver con velocidad.
López Petit se despidió sin dejarnos ningún consejo, pero
me quedo con dos recomendaciones que pueden leerse en el inicio de su novela.
La primera dice así:
“Al que es capaz de producir sentido lo sostiene el
futuro”.
Y la segunda:
“Tenéis que alzaros contra la estandarización galopante”.
Seguimos con la lectura… ¡Hasta un próximo encuentro!

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