
Al llegar a París, muchos ingleses y
norteamericanos quedaron asombrados al hallarnos menos flacos de lo que pensaban.
Vieron vestidos elegantes que parecían nuevos, chaquetas que, de lejos, tenían
buen aspecto; sólo en pocas ocasiones encontraron la palidez del rostro y la
miseria fisiológica que ordinariamente atestiguan de la inanición. Cuando la
solicitud se ve defraudada, se convierte en rencor, y me temo que interiormente
nos hayan reprochado el que no correspondiéramos del todo a la imagen patética
que de antemano se hacían de nosotros. Acaso algunos de ellos se hayan
preguntado, en lo íntimo de su corazón, si la ocupación había sido tan
terrible, si, después de todo, Francia no debía considerar como una suerte la
derrota que la había puesto fuera de juego y que le permitiría recobrar su
lugar de gran potencia sin haberlo merecido por grandes sacrificios; acaso hayan
pensado con el “Daily Express” que los franceses, comparados con los ingleses,
no vivieron tan mal durante aquellos cuatro años.
A tales personas querría dirigirme.
Querría explicarles que se equivocan, que la ocupación fue una prueba terrible,
que no es seguro que Francia pueda recobrarse de ella y que no hay ni un
francés que no haya envidiado a veces la suerte de sus aliados ingleses. Pero,
en el momento de comenzar, siento toda la dificultad de mí tarea. Otra vez
conocí este embarazo. Volvía del cautiverio y me interrogaban acerca de la vida
de los prisioneros: ¿cómo hacer sentir la atmósfera de los campos de
concentración a quienes no habían vivido en ellos? Hubiera bastado un
papirotazo para que todo aquello resultara negro y otro papirotazo para que
todo pareciera risueño y alegre. La verdad no estaba tampoco en lo que se
designa como “término medio”. Reclamaba mucha inventiva y arte para ser
expresada y mucha buena voluntad e imaginación para ser comprendida. Hoy me
hallo ante un problema análogo: ¿cómo dar una idea cabal de lo que fue la
ocupación a los habitantes de los países que permanecieron libres? Hay un
abismo entre nosotros que las palabras no podrían colmar. Los franceses que
hablan entre sí de los alemanes, de la Gestapo, de la Resistencia, del mercado
negro, se entienden sin dificultad; pero ello se debe a que han vivido los
mismos acontecimientos y, por lo tanto, conservan los mismos recuerdos. Pero
los ingleses y los franceses no tienen un recuerdo en común pues todo lo que
Londres vivió en el orgullo, París lo vivió en la desesperación y la vergüenza.
Será preciso que aprendamos a hablar de nosotros sin pasión, será preciso que
ustedes aprendan a comprender nuestra voz y a percibir, más allá de las
palabras, cuanto sólo puede sugerirse, cuanto pueden significar un gesto o un
silencio.
Si no obstante intento hacer entrever
la verdad, tropiezo con nuevas dificultades: la ocupación de Francia fue un
inmenso fenómeno social que afectó a treinta y cinco millones de seres humanos.
¿Cómo hablar en nombre de todos ellos? Las ciudades pequeñas, los grandes
centros industriales, las distintas zonas del campo conocieron suertes
diferentes. Tal ciudad no vio jamás a los alemanes y en tal otra estuvieron
acantonados cuatro años. Puesto que sobre todo viví en París, me limitaré a
describir la ocupación en París. Dejaré de lado los sufrimientos físicos, el
hambre, que fué real pero se mantuvo oculta, la disminución de nuestra
vitalidad, los progresos de la tuberculosis; después de todo, estas desdichas cuya
extensión las estadísticas revelarán un día, no dejan de tener equivalentes en
Inglaterra. Sin duda el nivel de vida se mantuvo allí sensiblemente más elevado
que el nuestro, pero ustedes padecieron los bombardeos, las V 1, las pérdidas
militares, al paso que nosotros no combatíamos. Pero sufrimos otras pruebas y
sobre éstas quiero escribir. Intentaré mostrar la manera en que los parisienses
sintieron la ocupación.
Ante todo debemos desembarazarnos de
las imágenes de Épinal; no, los alemanes no recorrían las calles empuñando las
armas; no, no obligaban a los civiles a cederles el paso, a bajar ante ellos de
las aceras. En el subterráneo ofrecían el asiento a las ancianas, se
enternecían a menudo con los niños y les acariciaban las mejillas. Habían recibido
la orden de mostrarse correctos y se mostraban correctos, aunque con timidez y
aplicación, por disciplina; a veces hasta manifestaban una buena voluntad
ingenua que no hallaba donde emplearse. Y no imaginen ustedes tampoco que los
franceses adoptaban frente a los ocupantes una mirada aplastante de
menosprecio. Por cierto, la inmensa mayoría de la población se abstuvo de todo
contacto con el ejército alemán. Pero no ha de olvidarse que la ocupación fue
cotidiana. Alguien a quien se le preguntó qué había hecho bajo el Terror,
respondió: “Viví…”. Todos podríamos dar hoy esta respuesta. Durante cuatro años
hemos vivido, y los alemanes también vivían en medio de nosotros, sumergidos,
ahogados por la vicia unánime de la gran ciudad. No pude ver sin sonreír una
foto de France Libre que me mostraron en los últimos días: representa a un
oficial alemán de nuca brutal y anchas espaldas que registra los estantes de
una tienda de los muelles, bajo la mirada fría y triste de un anciano librero
de viejo que luce una perilla bien francesa. El alemán se pavonea, parece
desalojar a su enjuto vecino del cuadro. Bajo la imagen, una leyenda nos
explica: “El alemán profana los muelles del Sena, que antes pertenecían a los
poetas y a los soñadores”. Admito que no se trata de un truco fotográfico; sólo
que no es más que una foto, una selección arbitraria. El ojo abarca un campo
más vasto: el fotógrafo veía centenares de franceses que hojeaban libros en
decenas de tiendas y a un solo alemán, demasiado pequeño en aquel escenario amplio,
a un solo alemán que hojeaba un viejo libro, a un soñador, quizá a un poeta… en
todo caso un personaje inofensivo. Y este aspecto del todo inofensivo es el que
nos ofrecían a cada instante los soldados que se paseaban por las calles. La
multitud se abría para volver a cerrarse tras sus uniformes, cuyo color verde
ponía una mancha pálida y modesta, casi esperada, en medio de las ropas oscuras
de los civiles. Además, las mismas necesidades cotidianas nos hacían rozarnos
con ellos, las mismas corrientes colectivas nos zarandeaban, nos arrastraban,
nos hacían marchar juntos; nos apretábamos contra ellos en el subterráneo,
chocábamos con ellos en las noches oscuras. Sin duda los habríamos matado sin
piedad si hubiéramos recibido tal orden, sin duda conservábamos el recuerdo de
nuestros rencores y de nuestro odio; pero tales sentimientos habían tomado un
giro un tanto abstracto y a la larga se había establecido una suerte de
solidaridad vergonzosa e indefinible entre los parisienses y aquellos soldados
tan semejantes, en el fondo, a los soldados franceses. Una solidaridad que no
iba acompañada de nada de simpatía y que estaba hecha, más bien, de una suerte
de costumbre biológica. Al principio, su vista nos hacía mal y luego, poco a
poco, fuimos olvidando que los veíamos: habían adquirido un carácter
institucional. Lo que acababa de volverlos inofensivos era su ignorancia de
nuestra lengua. Oí cien veces a parisienses, en el café, expresarse libremente
sobre política a dos pasos de un alemán solitario, sentado a una mesa ante un
vaso de limonada y con la mirada vaga perdida en el vacío. Más nos parecían
muebles que hombres. Cuando nos detenían con extremada cortesía para pedirnos
que les indicáramos su camino –y para la mayor parte de nosotros ésta fué la
única ocasión de hablarles–, nos sentíamos más molestos que rencorosos; para
decirlo todo, no éramos naturales. Recordábamos la consigna que nos habíamos
dado de una vez por todas: no dirigirles nunca la palabra. Pero, al mismo
tiempo, se despertaba en nosotros, ante aquellos soldados extraviados, una
vieja servicialidad humanista, otra consigna que se remontaba a nuestra
infancia y que nos ordenaba no dejarlos en apuros. Entonces, decidíamos según
el estado de ánimo y la ocasión, decíamos: “No sé” o “Doble a la izquierda en
la segunda calle”; en ambos casos, nos alejábamos descontentos de nosotros
mismos. En una oportunidad, en la avenida Saint-Germain volcó un automóvil
militar en que viajaba un coronel alemán. Vi a diez franceses que se
precipitaban en su auxilio. Odiaban al coronel, desde luego; y entre ellos
estoy seguro de que se contaban varios de los F.F.I. que, dos años más tarde,
se tirotearon con los alemanes en esa misma avenida. Pero, ¿cómo? ¿Era un
ocupante aquel hombre que yacía aplastado bajo su automóvil? ¿Y qué debía
hacerse? El concepto de enemigo sólo aparece del todo firme y del todo claro
cuando el enemigo está separado de nosotros por una barrera de fuego.
No obstante, había un enemigo –y el
más aborrecible– pero no .tenía rostro. O por lo menos, de los que lo vieron
pocos regresaron para describirlo. Lo compararía de buen grado con un pulpo que
se apoderaba en la sombra de nuestros mejores hombres y los hacía desaparecer.
Parecía que se produjeran en torno de nosotros engullimientos silenciosos. Un
buen día telefoneábamos a un amigo y el teléfono sonaba largo tiempo en el
departamento vacío; llamábamos a su puerta y no abría; si el portero forzaba la
cerradura, hallábamos en el vestíbulo dos sillas, una junto a otra, y, entre
sus patas, colillas de cigarrillos alemanes. Cuando habían asistido al arresto,
las mujeres y las madres de los desaparecidos atestiguaban que se los habían
llevado alemanes muy corteses, semejantes a los que en la calle nos pedían que
les indicásemos su camino. Y cuando iban a inquirir por su suerte, en la
avenida Foch o en la calle Saussaies, las recibían con cortesía y a veces se
retiraban oyendo palabras alentadoras. Sin embargo, en la avenida Foch y en la
calle Saussaies oíanse desde las casas vecinas, durante todo el día y hasta
altas horas de la noche, alaridos de sufrimiento y de terror. En París no había
nadie sin un amigo o un pariente arrestado, deportado o fusilado por los
alemanes. Parecía que hubiera agujeros ocultos en la ciudad y que ésta se
vaciara por esos agujeros, como presa de una hemorragia interna e
indiscernible. Por lo demás, de esto se hablaba poco; se disimulaba más aún que
el hambre esta sangría ininterrumpida, en parte por prudencia, en parte por
dignidad. Decíase: “Ellos lo arrestaron” y ese “Ellos”, semejante al de que se
valen a veces los locos para nombrar a sus perseguidores imaginarios, apenas
designaba a hombres sino más bien una especie de pez viviente o impalpable que
todo lo ennegrecía, hasta la luz. De noche, los oíamos. Hacia medianoche resonaban
en la calzada los trotecitos aislados de los transeúntes rezagados que querían
llegar a sus casas antes del toque de queda, y luego sobrevenía el silencio. Se
sabía, entonces, que los únicos pasos que golpeteaban afuera eran sus pasos. Es
difícil hacer sentir la impresión que podía producir aquella ciudad desierta,
aquella no man’s land pegada a nuestras ventanas y que sólo ellos poblaban. Las
casas no constituían en modo alguno una defensa. La Gestapo llevaba a cabo con
frecuencia las detenciones entre medianoche y las cinco de la mañana. Parecía
que a cada instante la puerta fuera a abrirse para dar paso a un soplo frío, a
algo de noche y a tres alemanes afables que empuñaban revólveres. Hasta cuando
no los nombrábamos, hasta cuando no pensábamos en ellos, su presencia estaba
entre nosotros; la sentíamos por cierta faz que nos ofrecían los objetos, según
la cual nos pertenecían menos, se nos aparecían más ajenos, más fríos, en
cierto modo más públicos, como si la mirada de un desconocido violara la intimidad
de nuestros hogares. De mañana encontrábamos en las calles a alemanes inocentes
que se dirigían presurosos a sus oficinas con una cartera bajo el brazo y que
más se asemejaban a abogados vestidos de uniforme que a militares. Intentábamos
hallar en aquéllos rostros inexpresivos y familiares algo de la rencorosa
ferocidad que habíamos imaginado durante la noche. En vano. No obstante, el
horror no se disipaba y, acaso, lo más penoso fuera aquel horror abstracto que
no llegaba a posarse sobre nadie. En todo caso, tal es el primer aspecto de la
ocupación; imagínense, pues, lo que era aquella coexistencia perpetua de un
odio fantasmal y de un enemigo demasiado familiar al que no llegábamos a odiar.
Pero aquel horror tenía muchas otras
causas. Sin embargo, antes de seguir adelante, es preciso evitar una
equivocación: no ha de imaginárselo como una emoción sobrecogedora y viva. Ya
lo dije: vivimos. Esto significa que podíamos trabajar, comer, conversar,
dormir, a veces hasta reír, si bien la risa era bastante rara. El horror
parecía estar fuera, en las cosas. Podíamos olvidarnos de él por un momento,
apasionarnos por una lectura, una conversación, un negocio, pero siempre
volvíamos a él y advertíamos que no nos había abandonado. Calmo y estable, casi
discreto, teñía tanto nuestros ensueños como nuestros pensamientos más
prácticos. Constituía a la vez la trama de nuestras conciencias y el sentido
del mundo. Hoy, que se ha disipado, sólo vemos en él un elemento de nuestra
vida; pero, cuando estábamos sumergidos en el horror, se nos había hecho tan
familiar que a veces lo considerábamos la tonalidad natural de nuestros estados
de ánimo. ¿Se me comprenderá si digo que era a la vez intolerable y que nos
adaptábamos muy bien a él?
Según se dice, algunos locos sienten
intensamente que un acontecimiento atroz desquició sus vidas. Y cuando quieren
comprender qué es lo que les provoca una impresión tan fuerte de ruptura entre
su pasado y su presente, no hallan nada, nada se produjo. Tal era, poco más o
menos, nuestro caso. A cada instante sentíamos que se había roto un lazo con el
pasado. Las tradiciones estaban rotas, así como las costumbres. Y no
percibíamos claramente el sentido de aquel cambio, que la misma derrota no
explicaba por entero. Hoy veo cuál era: París estaba muerto. No más autos, no
más transeúntes, salvo a determinadas horas y en ciertos barrios. Marchábamos
entre piedras; parecía que fuéramos los hombres olvidados de un inmenso éxodo.
Algo de vida provinciana se había instalado artificialmente en los ángulos de
la capital; quedaba un esqueleto de ciudad, pomposo e inmóvil, demasiado largo
y demasiado ancho para nosotros: demasiado anchas eran las calles que
descubríamos hasta donde alcanzaba la vista, demasiado grandes eran las
distancias, demasiado vastas las perspectivas. Uno se perdía allí y los
parisienses se quedaban en sus casas o llevaban una vida de barrio, temerosos
de circular entre aquellos grandes palacios severos que la noche hundía en las
tinieblas absolutas. Pero en esto también hay que guardarse de exagerar. Muchos
de nosotros gustaron de la tranquilidad burguesa, del encanto anticuado que
aquella capital exangüe tomaba al claro de luna; pero su propio placer estaba
teñido de amargura, pues nada hay más amargo que el que uno se pasee por su calle,
alrededor de su iglesia, de su municipalidad, y sienta la misma alegría
melancólica que si visitara el Coliseo o el Partenón bajo la luna. Todo era
ruinas: casas deshabitadas del siglo XVI con los postigos cerrados, hoteles y
cines confiscados y señalados con barreras blancas contra las cuales
tropezábamos de golpe, bares y tiendas cerrados hasta que finalizara la guerra
y cuyos propietarios habían sido deportados, habían muerto o desaparecido,
pedestales sin estatuas, jardines cortados en dos o desfigurados por casamatas
de hormigón armado, y todas aquellas gruesas letras polvorientas en lo alto de
las casas, avisos luminosos que no se encendían. En los cristales de los
escaparates se leían frases que parecían grabadas en piedras tumbales: chucrut
a toda hora; pastelería vienesa; week-end en Touquet; todo para el automóvil.
Hemos conocido eso, dirán ustedes. También en Londres padecimos el black-out y
las restricciones. Lo sé muy bien, pero tales cambios de la vida de ustedes no
tenían el mismo sentido que los nuestros. Londres, mutilada, velaba y seguía
siendo la capital de Inglaterra, mientras que París ya no era la capital de
Francia. Antes todas las rutas, todos los rieles llevaban a París; el
parisiense estaba en su casa en medio de Francia, en medio del mundo. En el
horizonte de todas sus ambiciones, de todos sus amores, se recortaban Nueva
York, Madrid, Londres. Alimentada por Périgord, por Beauce, por Alsacia, por
las pesqueras del Atlántico, la capital no era, como la Roma antigua, una
ciudad parasitaria; regulaba los intercambios y la vida de la nación, elaboraba
las materias primas, era la plataforma de Francia. Pero con el armisticio, todo
cambió. La división de Francia en dos zonas separó a París del campo; las
costas de Bretaña y de Normandía se convirtieron en zonas prohibidas. Un muro
de hormigón separó a Francia de Inglaterra y de América. Quedaba Europa, pero
Europa era una palabra que producía horror, pues significaba servidumbre. La
ciudad de los reyes había perdido hasta su función política; de ella la había
despojado el gobierno fantasma de Vichy. Francia, dividida por la ocupación en
provincias encerradas en sí mismas, había olvidado a París. La Ciudad no era
más que una gran aglomeración plana e inútil, habitada por los recuerdos de su
grandeza y a la que se mantenía con inyecciones intermitentes. Debía su vida
languideciente al número de vagones y camiones que los alemanes decidían dejar
entrar cada semana. Apenas Vichy se hiciera algo la olvidadiza, apenas Laval
demorara un par de días la entrega de trabajadores a Berlín, se suspendían
inmediatamente las inyecciones. París se ajaba y bostezaba de hambre bajo el
cielo vacío. Aislado del mundo, alimentado por piedad o por cálculo, sólo
poseía una existencia abstracta y simbólica. En el curso de aquellos cuatro
años, los franceses vieron mil veces, en los escaparates de las despensas,
apretadas hileras de botellas de vino y coñac. Se acercaban, atraídos, pero
sólo para leer en un cartel: escaparate ficticio. Y así era París, no era sino
un escaparate ficticio. Todo era hueco, todo estaba vacío: el Louvre sin
cuadros, la Cámara sin diputados, el Senado sin senadores, el liceo Montaigne
sin estudiantes. La existencia artificial que los alemanes mantenían aún en
París, las representaciones teatrales, las carreras, las fiestas miserables y
lúgubres no se proponían sino mostrar al universo que Francia estaba salvada
puesto que París aún vivía. Por su parte, los ingleses, que aplastaban con sus
bombas a Lorient, Ruán o Nantes, habían decidido respetar a París. Y así
disfrutábamos en aquella ciudad agonizante de una calma mortuoria y simbólica.
En torno de aquel islote llovían el hierro y el fuego; pero, así como no se nos
permitía compartir el trabajo de nuestras provincias, tampoco teníamos el derecho
de compartir sus sufrimientos. Un símbolo: esta ciudad laboriosa no era más que
un símbolo. Nos mirábamos unos a otros y nos preguntábamos si no nos habríamos
convertido también nosotros en símbolos.
Ello es que, durante cuatro años, nos
robaron nuestro futuro. Dependíamos de los otros. Y para los otros, no éramos
más que un objeto. Sin duda la radio y la prensa de Inglaterra nos
testimoniaban amistad. Pero habría sido preciso que fuésemos muy petulantes o
muy ingenuos para creer que los ingleses proseguían aquella guerra sangrienta
con el fin de liberarnos. Defendían sus intereses vitales, virilmente, con las
armas en la mano, y sabíamos de sobra que sólo entrábamos en sus cálculos como
un factor entre otros factores. En cuanto a los alemanes, pensaban en el mejor
medio de reunir aquel pedazo de tierra al bloque “Europa”. Sentíamos que se nos
escapaba nuestro destino; Francia se asemejaba a un tiesto de flores que se
pone en el alféizar de la ventana cuando hace sol y que se retira por la noche,
sin pedirle su opinión.
Todo el mundo conoce a esos enfermos
llamados “despersonalizados” que, de pronto, caen en la cuenta de que “todos
los hombres están muertos” porque dejaron de proyectar su futuro más allá de sí
mismos y porque, al mismo tiempo, dejaron de sentir el futuro de los otros. Lo
más penoso de todo era acaso el que todos los parisienses estuvieran
despersonalizados. Antes de la guerra, si mirábamos con simpatía a un niño, a
un joven, a una muchacha, lo hacíamos porque presentíamos su futuro, el cual
adivinábamos oscuramente en sus gestos, en los pliegues de sus rostros. Pues un
hombre viviente es ante todo un proyecto, una empresa. Pero la ocupación había
despojado a los hombres de futuro. Nunca seguimos entonces a una pareja con la
mirada, tratando de imaginar su destino, pues no teníamos más destino que un
clavo o un picaporte. Todos nuestros actos eran provisionales y su sentido
estaba limitado al mismo día en que los realizábamos. Los obreros trabajaban en
las fábricas día tras día, pero la electricidad podía faltar el día siguiente,
Alemania podía interrumpir sus envíos de materias primas, los alemanes podían
decidir bruscamente deportaba a Baviera o al Palatinado; los estudiantes
preparaban sus exámenes pero, ¿quién se hubiera atrevido a afirmar que podrían
rendirlos? Nos mirábamos y nos parecía ver muertos. Aquella deshumanización,
aquella petrificación del hombre resultaban tan intolerables, que muchos, para
escapar a ella, para recobrar un futuro, abrazaron la Resistencia. Extraño
futuro, cerrado por los suplicios, la prisión, la muerte, pero que por lo menos
creábamos con nuestras propias manos.1 Pero la Resistencia no era más que una
solución individual, y esto siempre lo supimos: sin ella los ingleses hubieran
ganado la guerra, con ella la hubieran perdido si debían perderla. A nuestros
ojos, poseía sobre todo un valor simbólico, y ésta es la razón por la cual
muchos miembros de la Resistencia estaban desesperados: no eran sino símbolos.
Una rebelión simbólica en una ciudad simbólica. Lo único verdadero eran las
torturas.
De esta suerte nos sentíamos fuera del
juego. Nos avergonzaba el no comprender aquella guerra que no hacíamos. Desde
lejos veíamos cómo los ingleses y los rusos se adaptaban a la táctica alemana
mientras nosotros continuábamos rumiando aún nuestra derrota de 1940. Ésta
había sido demasiado rápida y nada nos había enseñado. Quienes nos felicitan
irónicamente por haber escapado a la guerra no se imaginan con qué ardor los
franceses hubieran deseado reanudar el combate. Día tras día veíamos nuestras
ciudades destruidas, nuestras riquezas aniquiladas. Nuestra juventud se
debilitaba en forma alarmante, tres millones de los nuestros se pudrían en
Alemania, la natalidad francesa disminuía. ¿Qué batalla hubiera sido más
destructora? Pero esos sacrificios que habríamos realizado de buena gana si
hubieran apresurado nuestra victoria, carecían de todo sentido y no tenían
utilidad alguna; en el peor de los casos hubieran servido a los alemanes. Esto
acaso todos lo comprendan: lo terrible no es sufrir ni morir, sino sufrir, sino
morir en vano.
En aquel desamparo absoluto en que nos
hallábamos solíamos ver pasar por encima de nuestras cabezas aviones aliados.
Nuestra situación era tan paradójica que la sirena nos los señalaba como
enemigos. Las órdenes eran formales: había que abandonar las oficinas, cerrar
las tiendas y bajar a los refugios. No obedecíamos jamás y permanecíamos en las
calles mirando hacia arriba. No hay que ver en esta indisciplina una vana
rebelión o una tonta afectación de valor, pues lo cierto es que mirábamos
desesperadamente a los únicos amigos que nos quedaban. Aquel joven piloto que
pasaba en su avión por encima de nuestras cabezas estaba unido a Inglaterra, a
los Estados Unidos, por lazos invisibles, venía a constituir todo un mundo
inmenso y libre que llenaba el cielo. Pero los únicos mensajes de que era
portador eran mensajes de muerte. Jamás se sabrá qué fe en nuestros aliados
hemos debido sentir para continuar amándolos, para desear con ellos aquellas
destrucciones que llevaban a cabo en nuestro suelo, para saludar a pesar de
todo a sus bombarderos como al rostro de Inglaterra. Si las bombas no daban en
su objetivo y caían en un radio urbano, nos ingeniábamos para hallar excusas y
a veces hasta acusábamos a los alemanes de haberlas lanzado para que nos
alzáramos contra los ingleses, o de haber dado intencionadamente la alerta
demasiado tarde. Pasé algunos días en El Havre, en casa de uno de mis camaradas
de cautiverio, durante el período en que arreciaron los bombardeos. La primera
noche nos reunimos en torno del aparato de radio cuyos botones el padre de
familia maniobraba con una solemnidad ingenua y conmovedora; se hubiera dicho
que celebraba misa. Cuando la B.B.C. nos daba las primeras informaciones, oímos
un lejano rugido de aviones. Sabíamos muy bien que lanzarían sus bombas sobre
nosotros. Durante mucho tiempo no olvidaré la mezcla de terror y de éxtasis con
que una de las mujeres dijo en voz baja: “¡Son los ingleses!”. Y durante un
cuarto de hora, sin moverse de sus sillas, entre el ruido cercano de las
explosiones, escucharon la voz de Londres. Les parecía que ésta estuviera más
presente y que las escuadrillas que volaban por encima de nosotros le dieran un
cuerpo. Pero semejantes actos de fe exigían una tensión perpetua; exigían con
frecuencia que hiciéramos callar en nosotros la indignación. Y la hicimos
callar cuando Lorient quedó arrasado, cuando el centro de Nantes quedó
destruido, cuando el corazón de Ruan fue alcanzado por las bombas. Acaso se
adivinen los esfuerzos que debimos realizar. A veces la cólera nos cegaba pero
sólo para que luego la analizáramos fríamente como una pasión. Me acuerdo que
en julio de 1944 fué ametrallado el tren en que yo volvía de Chantilly. Era un
tren suburbano por entero inofensivo. Lo sobrevolaron tres aviones y, en cosa
de pocos segundos, había en el vagón delantero tres muertos y doce heridos. Los
viajeros, de pie en las vías, miraban pasar las parihuelas y los bancos verdes
que se habían ido a buscar a la estación vecina pues no había camillas para
transportar los cuerpos. Estaban pálidos de emoción y de cólera. Los insultaban
a ustedes, les reprochaban el ser inhumanos y bárbaros: “¿Acaso tienen
necesidad de atacar un tren indefenso? ¿No hay acaso suficientes blancos industriales
del otro lado del Rin? ¿Por qué no vuelan sobre Berlín? ¡Ah!, las defensas
antiaéreas les inspiran miedo, etc.”. Luego alguien encontró de pronto la
explicación: “Escuchen: ordinariamente apuntan a la locomotora y no hieren a
nadie. Sólo que hoy la locomotora iba a la cola del tren. Dispararon sobre el
vagón delantero. Piensen: a la velocidad que llevaban, no advirtieron el
cambio”. Al punto todo el mundo calló; todos se consolaron porque el piloto no
había cometido una falta imperdonable, porque podíamos continuar amándolos a
ustedes. Pero no fué nuestra desdicha menor la tentación de odiarlos contra la
cual debimos luchar con mucha frecuencia. Y puedo atestiguarles que los días en
que, bajo las miradas irónicas de los alemanes, nuestros vencedores,
observábamos el humo de los incendios que ustedes habían provocado a las
puertas de la ciudad, nuestra soledad fué total.
No obstante, no nos atrevíamos a
quejarnos, pues nos sentíamos culpables. En el cautiverio fué donde conocí por
primera vez aquella vergüenza secreta que nos atormentaba. Los prisioneros se
sentían desdichados pero no llegaban a compadecerse a sí mismos. “¡Pues bien!
–decían–, ¿qué nos ocurrirá cuando volvamos allá?” Sus sufrimientos eran secos
y agrios, desagradables, estaban emponzoñados por el sentimiento de que los
habían merecido. Se avergonzaban ante Francia. Pero Francia se avergonzaba ante
el mundo. Es dulce compadecerse algo a sí mismo. Pero, ¿cómo habríamos podido
sentir piedad por nosotros mismos cuando nos rodeaba el desprecio de los demás?
Los polacos de mi Stalag no nos ocultaban su desdén, los checoslovacos nos
reprochaban el que los hubiéramos abandonado en 1938. Me contaron que un ruso
evadido a quien escondió un gendarme anjovino, decía de nosotros, sonriendo de
buena gana: “Los franceses, bah, ¡son conejos, conejos!”. Ustedes mismos no
siempre se mostraron tiernos con nosotros, y me acuerdo de cierto discurso del
mariscal Smuts que debimos escuchar en silencio. Después de eso, desde luego,
sentíamos la tentación de revolcarnos en nuestra humillación, de alimentarla.
Tal vez nos hubiera sido posible defendernos. Después de todo, las tres
potencias más grandes del mundo tardaron cuatro años en abatir a Alemania. ¿No
era natural que nosotros cediéramos al primer choque, nosotros que estábamos
solos para soportarlo? Pero no pensábamos en defendernos, y los mejores de
nosotros se incorporaron a la Resistencia porque sentían la necesidad de
rescatar al país. Los otros permanecían vacilantes y se sentían incómodos;
rumiaban su complejo de inferioridad. ¿No piensan ustedes que no hay pena peor
que la que se padece sin poder juzgarla inmerecida ni tampoco considerarla una
redención?
Pero en el momento mismo en que
estábamos a punto de abandonarnos al remordimiento, los hombres de Vichy y los
colaboradores, que intentaban empujarnos a él, nos hacían contener. La
ocupación no era sólo la presencia constante de los vencedores en nuestras
ciudades, sino que era también aquella inmunda imagen, que aparecía en todos
los muros y en los diarios, que ellos querían ofrecernos de nosotros mismos.
Los colaboradores comenzaban por apelar a nuestra buena fe. “Hemos sido
vencidos –decían–; seamos buenos perdedores y reconozcamos nuestras faltas.” Y
luego: “Convengamos en que los franceses son superficiales, aturdidos,
jactanciosos, egoístas, que no comprenden a las naciones extranjeras y que la
guerra sorprendió a nuestro país en plena descomposición”. Carteles
humorísticos ridiculizaban nuestras últimas esperanzas. Ante tanta bajeza y
ante artimañas tan groseras, nos erguíamos, ansiábamos sentirnos orgullosos de
nosotros mismos. Pero ay, apenas levantábamos la cabeza hallábamos en nosotros
mismos los verdaderos motivos de remordimiento. Así vivíamos, en la peor de las
confusiones, desdichados sin atrevernos a confesarlo, avergonzados y asqueados
de la vergüenza sentida. Para colmo de desdichas, no podíamos dar un paso, no
podíamos comer ni siquiera respirar sin hacernos cómplice del ocupante. Antes
de la guerra los pacifistas nos habían explicado más de una vez que un país
invadido debe negarse a combatir y debe oponer en cambio una resistencia
pasiva. Fácil es decirlo, pero, para que tal resistencia sea eficaz, sería
preciso que el maquinista se negara a conducir su tren, que el campesino se
negara a trabajar su campo. Esto habría fastidiado acaso al vencedor, aun
cuando pudiera avituallarse en su suelo, pero toda la nación ocupada habría
perecido con seguridad en el más breve plazo. Era menester, pues, trabajar,
mantener en el país una apariencia de organización económica, garantizarle, a
pesar de las destrucciones y los saqueos, un mínimo vital. Sólo que la menor
actividad servía al enemigo que se había abatido sobre nosotros, pegaba sus
ventosas a nuestra piel y vivía en simbiosis con nosotros. No se formaba en
nuestras venas una gota de sangre de la que no tomara una parte. Se habló mucho
de “colaboradores” y ciertamente hubo entre nosotros traidores auténticos. Pero
no nos avergonzamos de ellos, pues no hay nación que no tenga su hez, esa
franja de fracasados y de amargados que se aprovechan durante un momento de los
desastres y las revoluciones. La existencia de Quisling o de Laval en una
agrupación nacional es un fenómeno normal, como el índice de suicidio o de
criminalidad. Pero lo que nos parecía anormal era la situación del país, por
entero colaborador. Los maquisards, nuestro orgullo, no trabajaban para el
enemigo, pero los campesinos, si querían alimentarlos, debían continuar criando
ganado, la mitad del cual partía para Alemania. Cada uno de nuestros actos era
ambiguo, y nunca sabíamos si debíamos censurarnos acerbamente o aprobarnos a
nosotros mismos. Un veneno sutil emponzoñaba las mejores empresas. Sólo daré un
ejemplo: los maquinistas, chóferes y mecánicos se comportaron admirablemente. Su
sangre fría, su coraje y a menudo su abnegación salvaron centenares de vidas,
permitieron que los convoyes de víveres llegaran a París. La mayor parte de
ellos eran patriotas y así lo probaron. Sin embargo, el celo que ponían en
defender nuestro material servía a la causa alemana, pues aquellas locomotoras
milagrosamente preservadas podían ser confiscadas de la noche a la mañana;
entre las vidas humanas que ayudaron a conservar es preciso contar las de los
militantes que luego partían para El Havre o Cherburgo; los trenes de víveres
transportaban también material bélico. Así aquellos hombres, ansiosos
únicamente de servir a sus compatriotas, estaban, por la fuerza de las cosas,
del lado de nuestros enemigos, contra nuestros amigos, y, cuando Pétain les prendía
una medalla al pecho, quien los condecoraba era Alemania. Durante toda la
guerra no hemos reconocido nuestros actos, no hemos podido reivindicar sus
consecuencias. El mal estaba en todas partes, toda elección era mala y sin
embargo debíamos elegir y éramos responsables. Cada latido de nuestro corazón
nos sumergía en una culpabilidad que nos horrorizaba.
Acaso habríamos soportado mejor la
condición abyecta a que estábamos reducidos si hubiéramos podido lograr contra
Vichy aquella unidad que Vichy reclamaba incesantemente. Pero no es cierto que
la desgracia acerque. Desde el primer momento la ocupación dispersó a las
familias por los cuatro puntos cardinales. Cierto industrial parisiense había
dejado a su mujer y a su hija en la zona libre y no podía –por lo menos durante
los dos primeros años– verlos ni escribirles más que tarjetas postales. Su hijo
mayor estaba cautivo en un Oflag y su hijo menor se había unido a de Gaulle.
París estaba poblado de ausentes y acaso no fuera uno de los aspectos menos
salientes de nuestra situación el culto del recuerdo que practicamos durante
cuatro años V que venía a dirigirse, a través de nuestros amigos lejanos, al de
una dulzura de vivir, de un orgullo de vivir desaparecidos. A pesar de nuestros
esfuerzos, los recuerdos palidecían cada día más, los rostros se apagaban uno
tras otro. Hablamos primero mucho de los prisioneros, pero luego menos y cada
vez menos. No es que dejáramos de pensar en ellos sino que, después de haber
sido para nosotros figuras dolorosas y precisas, se habían convertido en
espectros, se iban confundiendo poco a poco con nuestra sangre empobrecida, nos
faltaban como la grasa, el azúcar o las vitaminas, del mismo modo total e
indiferenciado. Parejamente se borraban el gusto del chocolate o del foie gras,
el recuerdo de ciertos días radiantes, de un 14 de julio en la Bastilla, de un
paseo sentimental, de una noche a orillas del mar, de la grandeza de Francia.
Nuestras exigencias disminuían junto con nuestros recuerdos y, como uno se
adapta a todo, sentíamos vergüenza de adaptarnos a nuestra miseria, de los
rábanos con que estaba servida nuestra mesa, de las libertades ínfimas de que
aún gozábamos, de nuestra sequedad interior. Nos íbamos simplificando cada día
más y acabábamos por no hablar sino de alimentos, menos quizá a causa del
hambre o del temor por el día siguiente como porque la búsqueda de “ocasiones”
en materia de alimentación era la única empresa que había quedado a nuestro
alcance.
Además, la ocupación despertaba viejas
querellas, agravaba los disentimientos que separaban a los franceses. La
división de Francia en las zonas Norte y Sur reavivaba la antigua rivalidad
entre París y las provincias, entre el Norte y el Mediodía. Los habitantes de
Clermont-Ferrand y de Niza acusaban a los parisienses de pactar con el enemigo.
Por su parte, los parisienses reprochaban a los franceses de la zona libre el
ser “blandos” y el ostentar insolentemente su egoísta satisfacción de no estar
“ocupados”. Es preciso confesar que desde este punto de vista los alemanes, al
violar las cláusulas del armisticio y al extender la ocupación a todo el país,
nos prestaron un gran servicio: restauraron la unidad de la nación. Pero
subsistieron muchos otros conflictos, como por ejemplo el de los campesinos y
los ciudadanos. Heridos durante largo tiempo por el desprecio con que creían
ser mirados, los campesinos se tomaban el desquite y hacían pagar caros los
productos de la tierra a los habitantes de la ciudad; éstos, por su parte, los
acusaban de alimentar el mercado negro y de matar de hambre a las poblaciones
urbanas. El gobierno atizaba la querella con discursos que ya ensalzaban a los
agricultores, ya les reprochaban el ocultar sus cosechas. La insolencia de los
restaurantes de lujo alzaba a los obreros contra la burguesía. A decir verdad,
frecuentaban sobre todo tales establecimientos los alemanes y un puñado de
colaboradores. Pero su existencia hacía tocar con el dedo las desigualdades
sociales. Del mismo modo, las clases laboriosas no podían ignorar que sobre
todo se reclutaba entre ellas a los trabajadores de relevo, pues en este
sentido la burguesía no fué prácticamente tocada. ¿Fue éste el resultado, según
se dijo, de una maniobra alemana para sembrar la discordia, o se debía ello más
bien a que los obreros le eran más útiles a Alemania? No lo sé. Pero, y éste es
un signo de nuestra incertidumbre, no sabíamos si alegrarnos al ver a la mayor
parte de los estudiantes escapar a la deportación, o desear, por espíritu de
solidaridad, que ella se extendiera por igual a todas las capas sociales. Hay
que mencionar, por último, que la derrota exacerbó el conflicto de las
generaciones. Durante cuatro años, los combatientes del 14 reprocharon a los
del 40 el haber perdido la guerra, y los del 40, en desquite, acusaron a
aquéllos de haber perdido la paz.
Que nadie se imagine, empero, una
Francia desgarrada. La verdad no es tan simple. Tales querellas se nos aparecen
sobre todo como obstáculos opuestos a un inmenso y torpe deseo de unión. Quizá
nunca haya habido tanta buena voluntad. Los jóvenes soñaban oscuramente en un
nuevo orden, las patronales, en general, se inclinaban a hacer concesiones. En
todas partes, cuando un breve atropello llevaba a reñir a dos viajeros del
subterráneo, cuando una disputa ponía a un peatón frente a un ciclista, oíase
el mismo murmullo de la multitud: “¡Qué desdicha! ¡Riñen entre franceses bajo
los ojos de los alemanes!”. Pero las mismas circunstancias de la ocupación, las
barreras que los alemanes alzaban entre nosotros, las necesidades de la lucha
clandestina impedían, en la mayor parte de los casos, que aquellas buenas
voluntades hallaran empleo. De tal modo, aquellos cuatro años fueron un largo
sueño impotente de unidad. Y esto es lo que da angustiosa urgencia al momento
presente, pues las barreras han caído y nuestra suerte está ahora en nuestras
manos. ¿Quién triunfará? ¿Las viejas querellas despertadas o aquel gran deseo
de solidaridad? Pero a todos ustedes, que nos miran desde Londres, hemos de
pedirles un poco de paciencia, pues el recuerdo de la ocupación aún no se ha
borrado y apenas comenzamos a despertarnos. En cuanto a mí, sé decir que cuando
al doblar una calle me encuentro con un soldado norteamericano, me sobresalto
brusca e instintivamente: creo que es un alemán. E inversamente, un militar alemán
que se había escondido en un sótano y que, hambriento, deseaba rendirse, pudo,
quince días después de la liberación, dirigirse en bicicleta hasta los
Champs-EIysées sin que nadie le interceptara el paso. La costumbre de la gente
era tal que nadie lo veía. Necesitaremos mucho tiempo para olvidar y la Francia
de mañana no mostró aún su verdadero rostro.
Pero, ante todo, les pedimos que
comprendan que la ocupación fué con frecuencia más terrible que la guerra, pues
en la guerra cada cual puede vivir su vida de hombre al paso que, en aquella
situación ambigua, no podíamos verdaderamente obrar y ni siquiera pensar.
Indudablemente, durante ese período Francia no siempre –poniendo aparte la
Resistencia– dió pruebas de grandeza. Empero, es preciso comprender que la
Resistencia activa debía forzosamente limitarse a una minoría. Además, me
parece que esa minoría, que se ofreció deliberadamente y sin esperanza al
martirio, basta ampliamente para redimir nuestras flaquezas. Y por último, si
estas páginas les ayudaron a medir la vergüenza, el horror y la cólera que
nuestro país sufrió, pensarán conmigo, según creo, que tiene derecho al respeto
hasta en sus errores.
France Libre, Londres, 1945