jueves, 8 de enero de 2026

Sartre, "La República del Silencio"


Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos y en primer lugar el de hablar; nos insultaban a la cara cada día y era necesario callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; en todas partes, en los muros, en los periódicos, en las pantallas encontrábamos ese rostro inmundo que nuestros opresores nos querían dar de nosotros mismos: debido a todo eso éramos libres.

 Porque el veneno nazi se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento era, precisamente, una conquista; porque una policía todopoderosa procuraba obligarnos al silencio, cada palabra se volvía primordial como una declaración de principios; porque éramos perseguidos, cada uno de nuestros gestos tenía el peso de un compromiso. Las mismas circunstancias de nuestro combate, a menudo atroces, nos hacían vivir sin maquillaje y sin velos esta situación desgarrada e insoportable que llamamos la condición humana. El exilio, la cautividad, la muerte sobre todo, que enmascaramos hábilmente en las épocas felices, se nos hacían ahora el objeto perpetuo de nuestras preocupaciones; aprendimos que no son accidentes evitables, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores: era preciso ver en ellos lo que nos tocaba, nuestro destino, la fuente profunda de nuestra realidad de hombres; en cada segundo vivíamos en plenitud el sentido de esta pequeña frase banal: “Todos los hombres son mortales”. Y las elecciones que cada uno hacía de sí mismo eran auténticas porque se hacían en presencia de la muerte, porque siempre se podrían haber expresado bajo esta forma: “Antes la muerte que…”. Y no hablo aquí de esa elite que fueron los verdaderos Resistentes, sino de todos los franceses que, a cualquier hora del día y de la noche, durante cuatro años dijeron no. La crueldad misma del enemigo nos empujaba a los extremos de nuestra condición, obligándonos a hacernos estas preguntas que eludimos en la paz: todos aquellos de entre nosotros – ¿y qué franceses no estuvieron en una u otra ocasión en este caso?– que conocían algunos detalles interesantes de la Resistencia se preguntaban con angustia: “Si me torturan, ¿aguantaré el golpe?”. Así se planteaba la cuestión misma de la libertad, y nos encontrábamos a orillas del conocimiento más profundo que el hombre puede tener de sí mismo. Porque el secreto del hombre no es el complejo de Edipo ni el de inferioridad, es el límite mismo de su libertad, es su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte.


A aquéllos que tuvieron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha les aportaba una experiencia nueva: No combatían el pleno día, como soldados; perseguidos en la soledad, detenidos en la soledad, era en el abandono, en la privación más completa que ellos resistían a las torturas: Solos y desnudos delante de los verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poder social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Sin embargo, en lo más profundo de esta soledad, estaban los otros, todos los otros, todos los camaradas de resistencia que ellos defendían; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien detenciones. Esta responsabilidad total en la soledad total, ¿no es la revelación misma de nuestra libertad? Este desamparo, esta soledad, este riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los hombres; para aquellos que portaban mensajes cuyo contenido ignoraban como para aquellos que decidían por toda la Resistencia, una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo donde se encuentre semejante igualdad en los riesgos para el soldado y para el generalísimo. Y he ahí porque la Resistencia fue una verdadera democracia: para el soldado y para el jefe, el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma absoluta libertad en la disciplina. Así, en la sombra y en la sangre, se constituyó la más fuerte de las Repúblicas. Cada uno de sus ciudadanos sabía lo que debía a todos y que no podía contar más que consigo mismo; cada uno de ellos conocía, en el desamparo más absoluto, su rol histórico. Cada uno de ellos, contra los opresores, se arriesgaba a ser él mismo, irremediablemente, y eligiéndose a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos. Esta república sin instituciones, sin ejército, sin policía, hacía falta que cada francés la conquistara y la afirmara a cada instante contra el nazismo. Nosotros aquí nos vemos, a punto de otra República: No podemos sino desear que ella conserve en pleno día las austeras virtudes de la República del Silencio y de la Noche.


Lettres Fraçaises en 1944

 

Sartre, "París bajo la ocupación"

 


 

Al llegar a París, muchos ingleses y norteamericanos quedaron asombrados al hallarnos menos flacos de lo que pensaban. Vieron vestidos elegantes que parecían nuevos, chaquetas que, de lejos, tenían buen aspecto; sólo en pocas ocasiones encontraron la palidez del rostro y la miseria fisiológica que ordinariamente atestiguan de la inanición. Cuando la solicitud se ve defraudada, se convierte en rencor, y me temo que interiormente nos hayan reprochado el que no correspondiéramos del todo a la imagen patética que de antemano se hacían de nosotros. Acaso algunos de ellos se hayan preguntado, en lo íntimo de su corazón, si la ocupación había sido tan terrible, si, después de todo, Francia no debía considerar como una suerte la derrota que la había puesto fuera de juego y que le permitiría recobrar su lugar de gran potencia sin haberlo merecido por grandes sacrificios; acaso hayan pensado con el “Daily Express” que los franceses, comparados con los ingleses, no vivieron tan mal durante aquellos cuatro años.


A tales personas querría dirigirme. Querría explicarles que se equivocan, que la ocupación fue una prueba terrible, que no es seguro que Francia pueda recobrarse de ella y que no hay ni un francés que no haya envidiado a veces la suerte de sus aliados ingleses. Pero, en el momento de comenzar, siento toda la dificultad de mí tarea. Otra vez conocí este embarazo. Volvía del cautiverio y me interrogaban acerca de la vida de los prisioneros: ¿cómo hacer sentir la atmósfera de los campos de concentración a quienes no habían vivido en ellos? Hubiera bastado un papirotazo para que todo aquello resultara negro y otro papirotazo para que todo pareciera risueño y alegre. La verdad no estaba tampoco en lo que se designa como “término medio”. Reclamaba mucha inventiva y arte para ser expresada y mucha buena voluntad e imaginación para ser comprendida. Hoy me hallo ante un problema análogo: ¿cómo dar una idea cabal de lo que fue la ocupación a los habitantes de los países que permanecieron libres? Hay un abismo entre nosotros que las palabras no podrían colmar. Los franceses que hablan entre sí de los alemanes, de la Gestapo, de la Resistencia, del mercado negro, se entienden sin dificultad; pero ello se debe a que han vivido los mismos acontecimientos y, por lo tanto, conservan los mismos recuerdos. Pero los ingleses y los franceses no tienen un recuerdo en común pues todo lo que Londres vivió en el orgullo, París lo vivió en la desesperación y la vergüenza. Será preciso que aprendamos a hablar de nosotros sin pasión, será preciso que ustedes aprendan a comprender nuestra voz y a percibir, más allá de las palabras, cuanto sólo puede sugerirse, cuanto pueden significar un gesto o un silencio.

Si no obstante intento hacer entrever la verdad, tropiezo con nuevas dificultades: la ocupación de Francia fue un inmenso fenómeno social que afectó a treinta y cinco millones de seres humanos. ¿Cómo hablar en nombre de todos ellos? Las ciudades pequeñas, los grandes centros industriales, las distintas zonas del campo conocieron suertes diferentes. Tal ciudad no vio jamás a los alemanes y en tal otra estuvieron acantonados cuatro años. Puesto que sobre todo viví en París, me limitaré a describir la ocupación en París. Dejaré de lado los sufrimientos físicos, el hambre, que fué real pero se mantuvo oculta, la disminución de nuestra vitalidad, los progresos de la tuberculosis; después de todo, estas desdichas cuya extensión las estadísticas revelarán un día, no dejan de tener equivalentes en Inglaterra. Sin duda el nivel de vida se mantuvo allí sensiblemente más elevado que el nuestro, pero ustedes padecieron los bombardeos, las V 1, las pérdidas militares, al paso que nosotros no combatíamos. Pero sufrimos otras pruebas y sobre éstas quiero escribir. Intentaré mostrar la manera en que los parisienses sintieron la ocupación.


Ante todo debemos desembarazarnos de las imágenes de Épinal; no, los alemanes no recorrían las calles empuñando las armas; no, no obligaban a los civiles a cederles el paso, a bajar ante ellos de las aceras. En el subterráneo ofrecían el asiento a las ancianas, se enternecían a menudo con los niños y les acariciaban las mejillas. Habían recibido la orden de mostrarse correctos y se mostraban correctos, aunque con timidez y aplicación, por disciplina; a veces hasta manifestaban una buena voluntad ingenua que no hallaba donde emplearse. Y no imaginen ustedes tampoco que los franceses adoptaban frente a los ocupantes una mirada aplastante de menosprecio. Por cierto, la inmensa mayoría de la población se abstuvo de todo contacto con el ejército alemán. Pero no ha de olvidarse que la ocupación fue cotidiana. Alguien a quien se le preguntó qué había hecho bajo el Terror, respondió: “Viví…”. Todos podríamos dar hoy esta respuesta. Durante cuatro años hemos vivido, y los alemanes también vivían en medio de nosotros, sumergidos, ahogados por la vicia unánime de la gran ciudad. No pude ver sin sonreír una foto de France Libre que me mostraron en los últimos días: representa a un oficial alemán de nuca brutal y anchas espaldas que registra los estantes de una tienda de los muelles, bajo la mirada fría y triste de un anciano librero de viejo que luce una perilla bien francesa. El alemán se pavonea, parece desalojar a su enjuto vecino del cuadro. Bajo la imagen, una leyenda nos explica: “El alemán profana los muelles del Sena, que antes pertenecían a los poetas y a los soñadores”. Admito que no se trata de un truco fotográfico; sólo que no es más que una foto, una selección arbitraria. El ojo abarca un campo más vasto: el fotógrafo veía centenares de franceses que hojeaban libros en decenas de tiendas y a un solo alemán, demasiado pequeño en aquel escenario amplio, a un solo alemán que hojeaba un viejo libro, a un soñador, quizá a un poeta… en todo caso un personaje inofensivo. Y este aspecto del todo inofensivo es el que nos ofrecían a cada instante los soldados que se paseaban por las calles. La multitud se abría para volver a cerrarse tras sus uniformes, cuyo color verde ponía una mancha pálida y modesta, casi esperada, en medio de las ropas oscuras de los civiles. Además, las mismas necesidades cotidianas nos hacían rozarnos con ellos, las mismas corrientes colectivas nos zarandeaban, nos arrastraban, nos hacían marchar juntos; nos apretábamos contra ellos en el subterráneo, chocábamos con ellos en las noches oscuras. Sin duda los habríamos matado sin piedad si hubiéramos recibido tal orden, sin duda conservábamos el recuerdo de nuestros rencores y de nuestro odio; pero tales sentimientos habían tomado un giro un tanto abstracto y a la larga se había establecido una suerte de solidaridad vergonzosa e indefinible entre los parisienses y aquellos soldados tan semejantes, en el fondo, a los soldados franceses. Una solidaridad que no iba acompañada de nada de simpatía y que estaba hecha, más bien, de una suerte de costumbre biológica. Al principio, su vista nos hacía mal y luego, poco a poco, fuimos olvidando que los veíamos: habían adquirido un carácter institucional. Lo que acababa de volverlos inofensivos era su ignorancia de nuestra lengua. Oí cien veces a parisienses, en el café, expresarse libremente sobre política a dos pasos de un alemán solitario, sentado a una mesa ante un vaso de limonada y con la mirada vaga perdida en el vacío. Más nos parecían muebles que hombres. Cuando nos detenían con extremada cortesía para pedirnos que les indicáramos su camino –y para la mayor parte de nosotros ésta fué la única ocasión de hablarles–, nos sentíamos más molestos que rencorosos; para decirlo todo, no éramos naturales. Recordábamos la consigna que nos habíamos dado de una vez por todas: no dirigirles nunca la palabra. Pero, al mismo tiempo, se despertaba en nosotros, ante aquellos soldados extraviados, una vieja servicialidad humanista, otra consigna que se remontaba a nuestra infancia y que nos ordenaba no dejarlos en apuros. Entonces, decidíamos según el estado de ánimo y la ocasión, decíamos: “No sé” o “Doble a la izquierda en la segunda calle”; en ambos casos, nos alejábamos descontentos de nosotros mismos. En una oportunidad, en la avenida Saint-Germain volcó un automóvil militar en que viajaba un coronel alemán. Vi a diez franceses que se precipitaban en su auxilio. Odiaban al coronel, desde luego; y entre ellos estoy seguro de que se contaban varios de los F.F.I. que, dos años más tarde, se tirotearon con los alemanes en esa misma avenida. Pero, ¿cómo? ¿Era un ocupante aquel hombre que yacía aplastado bajo su automóvil? ¿Y qué debía hacerse? El concepto de enemigo sólo aparece del todo firme y del todo claro cuando el enemigo está separado de nosotros por una barrera de fuego.


No obstante, había un enemigo –y el más aborrecible– pero no .tenía rostro. O por lo menos, de los que lo vieron pocos regresaron para describirlo. Lo compararía de buen grado con un pulpo que se apoderaba en la sombra de nuestros mejores hombres y los hacía desaparecer. Parecía que se produjeran en torno de nosotros engullimientos silenciosos. Un buen día telefoneábamos a un amigo y el teléfono sonaba largo tiempo en el departamento vacío; llamábamos a su puerta y no abría; si el portero forzaba la cerradura, hallábamos en el vestíbulo dos sillas, una junto a otra, y, entre sus patas, colillas de cigarrillos alemanes. Cuando habían asistido al arresto, las mujeres y las madres de los desaparecidos atestiguaban que se los habían llevado alemanes muy corteses, semejantes a los que en la calle nos pedían que les indicásemos su camino. Y cuando iban a inquirir por su suerte, en la avenida Foch o en la calle Saussaies, las recibían con cortesía y a veces se retiraban oyendo palabras alentadoras. Sin embargo, en la avenida Foch y en la calle Saussaies oíanse desde las casas vecinas, durante todo el día y hasta altas horas de la noche, alaridos de sufrimiento y de terror. En París no había nadie sin un amigo o un pariente arrestado, deportado o fusilado por los alemanes. Parecía que hubiera agujeros ocultos en la ciudad y que ésta se vaciara por esos agujeros, como presa de una hemorragia interna e indiscernible. Por lo demás, de esto se hablaba poco; se disimulaba más aún que el hambre esta sangría ininterrumpida, en parte por prudencia, en parte por dignidad. Decíase: “Ellos lo arrestaron” y ese “Ellos”, semejante al de que se valen a veces los locos para nombrar a sus perseguidores imaginarios, apenas designaba a hombres sino más bien una especie de pez viviente o impalpable que todo lo ennegrecía, hasta la luz. De noche, los oíamos. Hacia medianoche resonaban en la calzada los trotecitos aislados de los transeúntes rezagados que querían llegar a sus casas antes del toque de queda, y luego sobrevenía el silencio. Se sabía, entonces, que los únicos pasos que golpeteaban afuera eran sus pasos. Es difícil hacer sentir la impresión que podía producir aquella ciudad desierta, aquella no man’s land pegada a nuestras ventanas y que sólo ellos poblaban. Las casas no constituían en modo alguno una defensa. La Gestapo llevaba a cabo con frecuencia las detenciones entre medianoche y las cinco de la mañana. Parecía que a cada instante la puerta fuera a abrirse para dar paso a un soplo frío, a algo de noche y a tres alemanes afables que empuñaban revólveres. Hasta cuando no los nombrábamos, hasta cuando no pensábamos en ellos, su presencia estaba entre nosotros; la sentíamos por cierta faz que nos ofrecían los objetos, según la cual nos pertenecían menos, se nos aparecían más ajenos, más fríos, en cierto modo más públicos, como si la mirada de un desconocido violara la intimidad de nuestros hogares. De mañana encontrábamos en las calles a alemanes inocentes que se dirigían presurosos a sus oficinas con una cartera bajo el brazo y que más se asemejaban a abogados vestidos de uniforme que a militares. Intentábamos hallar en aquéllos rostros inexpresivos y familiares algo de la rencorosa ferocidad que habíamos imaginado durante la noche. En vano. No obstante, el horror no se disipaba y, acaso, lo más penoso fuera aquel horror abstracto que no llegaba a posarse sobre nadie. En todo caso, tal es el primer aspecto de la ocupación; imagínense, pues, lo que era aquella coexistencia perpetua de un odio fantasmal y de un enemigo demasiado familiar al que no llegábamos a odiar.


Pero aquel horror tenía muchas otras causas. Sin embargo, antes de seguir adelante, es preciso evitar una equivocación: no ha de imaginárselo como una emoción sobrecogedora y viva. Ya lo dije: vivimos. Esto significa que podíamos trabajar, comer, conversar, dormir, a veces hasta reír, si bien la risa era bastante rara. El horror parecía estar fuera, en las cosas. Podíamos olvidarnos de él por un momento, apasionarnos por una lectura, una conversación, un negocio, pero siempre volvíamos a él y advertíamos que no nos había abandonado. Calmo y estable, casi discreto, teñía tanto nuestros ensueños como nuestros pensamientos más prácticos. Constituía a la vez la trama de nuestras conciencias y el sentido del mundo. Hoy, que se ha disipado, sólo vemos en él un elemento de nuestra vida; pero, cuando estábamos sumergidos en el horror, se nos había hecho tan familiar que a veces lo considerábamos la tonalidad natural de nuestros estados de ánimo. ¿Se me comprenderá si digo que era a la vez intolerable y que nos adaptábamos muy bien a él?


Según se dice, algunos locos sienten intensamente que un acontecimiento atroz desquició sus vidas. Y cuando quieren comprender qué es lo que les provoca una impresión tan fuerte de ruptura entre su pasado y su presente, no hallan nada, nada se produjo. Tal era, poco más o menos, nuestro caso. A cada instante sentíamos que se había roto un lazo con el pasado. Las tradiciones estaban rotas, así como las costumbres. Y no percibíamos claramente el sentido de aquel cambio, que la misma derrota no explicaba por entero. Hoy veo cuál era: París estaba muerto. No más autos, no más transeúntes, salvo a determinadas horas y en ciertos barrios. Marchábamos entre piedras; parecía que fuéramos los hombres olvidados de un inmenso éxodo. Algo de vida provinciana se había instalado artificialmente en los ángulos de la capital; quedaba un esqueleto de ciudad, pomposo e inmóvil, demasiado largo y demasiado ancho para nosotros: demasiado anchas eran las calles que descubríamos hasta donde alcanzaba la vista, demasiado grandes eran las distancias, demasiado vastas las perspectivas. Uno se perdía allí y los parisienses se quedaban en sus casas o llevaban una vida de barrio, temerosos de circular entre aquellos grandes palacios severos que la noche hundía en las tinieblas absolutas. Pero en esto también hay que guardarse de exagerar. Muchos de nosotros gustaron de la tranquilidad burguesa, del encanto anticuado que aquella capital exangüe tomaba al claro de luna; pero su propio placer estaba teñido de amargura, pues nada hay más amargo que el que uno se pasee por su calle, alrededor de su iglesia, de su municipalidad, y sienta la misma alegría melancólica que si visitara el Coliseo o el Partenón bajo la luna. Todo era ruinas: casas deshabitadas del siglo XVI con los postigos cerrados, hoteles y cines confiscados y señalados con barreras blancas contra las cuales tropezábamos de golpe, bares y tiendas cerrados hasta que finalizara la guerra y cuyos propietarios habían sido deportados, habían muerto o desaparecido, pedestales sin estatuas, jardines cortados en dos o desfigurados por casamatas de hormigón armado, y todas aquellas gruesas letras polvorientas en lo alto de las casas, avisos luminosos que no se encendían. En los cristales de los escaparates se leían frases que parecían grabadas en piedras tumbales: chucrut a toda hora; pastelería vienesa; week-end en Touquet; todo para el automóvil. Hemos conocido eso, dirán ustedes. También en Londres padecimos el black-out y las restricciones. Lo sé muy bien, pero tales cambios de la vida de ustedes no tenían el mismo sentido que los nuestros. Londres, mutilada, velaba y seguía siendo la capital de Inglaterra, mientras que París ya no era la capital de Francia. Antes todas las rutas, todos los rieles llevaban a París; el parisiense estaba en su casa en medio de Francia, en medio del mundo. En el horizonte de todas sus ambiciones, de todos sus amores, se recortaban Nueva York, Madrid, Londres. Alimentada por Périgord, por Beauce, por Alsacia, por las pesqueras del Atlántico, la capital no era, como la Roma antigua, una ciudad parasitaria; regulaba los intercambios y la vida de la nación, elaboraba las materias primas, era la plataforma de Francia. Pero con el armisticio, todo cambió. La división de Francia en dos zonas separó a París del campo; las costas de Bretaña y de Normandía se convirtieron en zonas prohibidas. Un muro de hormigón separó a Francia de Inglaterra y de América. Quedaba Europa, pero Europa era una palabra que producía horror, pues significaba servidumbre. La ciudad de los reyes había perdido hasta su función política; de ella la había despojado el gobierno fantasma de Vichy. Francia, dividida por la ocupación en provincias encerradas en sí mismas, había olvidado a París. La Ciudad no era más que una gran aglomeración plana e inútil, habitada por los recuerdos de su grandeza y a la que se mantenía con inyecciones intermitentes. Debía su vida languideciente al número de vagones y camiones que los alemanes decidían dejar entrar cada semana. Apenas Vichy se hiciera algo la olvidadiza, apenas Laval demorara un par de días la entrega de trabajadores a Berlín, se suspendían inmediatamente las inyecciones. París se ajaba y bostezaba de hambre bajo el cielo vacío. Aislado del mundo, alimentado por piedad o por cálculo, sólo poseía una existencia abstracta y simbólica. En el curso de aquellos cuatro años, los franceses vieron mil veces, en los escaparates de las despensas, apretadas hileras de botellas de vino y coñac. Se acercaban, atraídos, pero sólo para leer en un cartel: escaparate ficticio. Y así era París, no era sino un escaparate ficticio. Todo era hueco, todo estaba vacío: el Louvre sin cuadros, la Cámara sin diputados, el Senado sin senadores, el liceo Montaigne sin estudiantes. La existencia artificial que los alemanes mantenían aún en París, las representaciones teatrales, las carreras, las fiestas miserables y lúgubres no se proponían sino mostrar al universo que Francia estaba salvada puesto que París aún vivía. Por su parte, los ingleses, que aplastaban con sus bombas a Lorient, Ruán o Nantes, habían decidido respetar a París. Y así disfrutábamos en aquella ciudad agonizante de una calma mortuoria y simbólica. En torno de aquel islote llovían el hierro y el fuego; pero, así como no se nos permitía compartir el trabajo de nuestras provincias, tampoco teníamos el derecho de compartir sus sufrimientos. Un símbolo: esta ciudad laboriosa no era más que un símbolo. Nos mirábamos unos a otros y nos preguntábamos si no nos habríamos convertido también nosotros en símbolos.


Ello es que, durante cuatro años, nos robaron nuestro futuro. Dependíamos de los otros. Y para los otros, no éramos más que un objeto. Sin duda la radio y la prensa de Inglaterra nos testimoniaban amistad. Pero habría sido preciso que fuésemos muy petulantes o muy ingenuos para creer que los ingleses proseguían aquella guerra sangrienta con el fin de liberarnos. Defendían sus intereses vitales, virilmente, con las armas en la mano, y sabíamos de sobra que sólo entrábamos en sus cálculos como un factor entre otros factores. En cuanto a los alemanes, pensaban en el mejor medio de reunir aquel pedazo de tierra al bloque “Europa”. Sentíamos que se nos escapaba nuestro destino; Francia se asemejaba a un tiesto de flores que se pone en el alféizar de la ventana cuando hace sol y que se retira por la noche, sin pedirle su opinión.


Todo el mundo conoce a esos enfermos llamados “despersonalizados” que, de pronto, caen en la cuenta de que “todos los hombres están muertos” porque dejaron de proyectar su futuro más allá de sí mismos y porque, al mismo tiempo, dejaron de sentir el futuro de los otros. Lo más penoso de todo era acaso el que todos los parisienses estuvieran despersonalizados. Antes de la guerra, si mirábamos con simpatía a un niño, a un joven, a una muchacha, lo hacíamos porque presentíamos su futuro, el cual adivinábamos oscuramente en sus gestos, en los pliegues de sus rostros. Pues un hombre viviente es ante todo un proyecto, una empresa. Pero la ocupación había despojado a los hombres de futuro. Nunca seguimos entonces a una pareja con la mirada, tratando de imaginar su destino, pues no teníamos más destino que un clavo o un picaporte. Todos nuestros actos eran provisionales y su sentido estaba limitado al mismo día en que los realizábamos. Los obreros trabajaban en las fábricas día tras día, pero la electricidad podía faltar el día siguiente, Alemania podía interrumpir sus envíos de materias primas, los alemanes podían decidir bruscamente deportaba a Baviera o al Palatinado; los estudiantes preparaban sus exámenes pero, ¿quién se hubiera atrevido a afirmar que podrían rendirlos? Nos mirábamos y nos parecía ver muertos. Aquella deshumanización, aquella petrificación del hombre resultaban tan intolerables, que muchos, para escapar a ella, para recobrar un futuro, abrazaron la Resistencia. Extraño futuro, cerrado por los suplicios, la prisión, la muerte, pero que por lo menos creábamos con nuestras propias manos.1 Pero la Resistencia no era más que una solución individual, y esto siempre lo supimos: sin ella los ingleses hubieran ganado la guerra, con ella la hubieran perdido si debían perderla. A nuestros ojos, poseía sobre todo un valor simbólico, y ésta es la razón por la cual muchos miembros de la Resistencia estaban desesperados: no eran sino símbolos. Una rebelión simbólica en una ciudad simbólica. Lo único verdadero eran las torturas.


De esta suerte nos sentíamos fuera del juego. Nos avergonzaba el no comprender aquella guerra que no hacíamos. Desde lejos veíamos cómo los ingleses y los rusos se adaptaban a la táctica alemana mientras nosotros continuábamos rumiando aún nuestra derrota de 1940. Ésta había sido demasiado rápida y nada nos había enseñado. Quienes nos felicitan irónicamente por haber escapado a la guerra no se imaginan con qué ardor los franceses hubieran deseado reanudar el combate. Día tras día veíamos nuestras ciudades destruidas, nuestras riquezas aniquiladas. Nuestra juventud se debilitaba en forma alarmante, tres millones de los nuestros se pudrían en Alemania, la natalidad francesa disminuía. ¿Qué batalla hubiera sido más destructora? Pero esos sacrificios que habríamos realizado de buena gana si hubieran apresurado nuestra victoria, carecían de todo sentido y no tenían utilidad alguna; en el peor de los casos hubieran servido a los alemanes. Esto acaso todos lo comprendan: lo terrible no es sufrir ni morir, sino sufrir, sino morir en vano.


En aquel desamparo absoluto en que nos hallábamos solíamos ver pasar por encima de nuestras cabezas aviones aliados. Nuestra situación era tan paradójica que la sirena nos los señalaba como enemigos. Las órdenes eran formales: había que abandonar las oficinas, cerrar las tiendas y bajar a los refugios. No obedecíamos jamás y permanecíamos en las calles mirando hacia arriba. No hay que ver en esta indisciplina una vana rebelión o una tonta afectación de valor, pues lo cierto es que mirábamos desesperadamente a los únicos amigos que nos quedaban. Aquel joven piloto que pasaba en su avión por encima de nuestras cabezas estaba unido a Inglaterra, a los Estados Unidos, por lazos invisibles, venía a constituir todo un mundo inmenso y libre que llenaba el cielo. Pero los únicos mensajes de que era portador eran mensajes de muerte. Jamás se sabrá qué fe en nuestros aliados hemos debido sentir para continuar amándolos, para desear con ellos aquellas destrucciones que llevaban a cabo en nuestro suelo, para saludar a pesar de todo a sus bombarderos como al rostro de Inglaterra. Si las bombas no daban en su objetivo y caían en un radio urbano, nos ingeniábamos para hallar excusas y a veces hasta acusábamos a los alemanes de haberlas lanzado para que nos alzáramos contra los ingleses, o de haber dado intencionadamente la alerta demasiado tarde. Pasé algunos días en El Havre, en casa de uno de mis camaradas de cautiverio, durante el período en que arreciaron los bombardeos. La primera noche nos reunimos en torno del aparato de radio cuyos botones el padre de familia maniobraba con una solemnidad ingenua y conmovedora; se hubiera dicho que celebraba misa. Cuando la B.B.C. nos daba las primeras informaciones, oímos un lejano rugido de aviones. Sabíamos muy bien que lanzarían sus bombas sobre nosotros. Durante mucho tiempo no olvidaré la mezcla de terror y de éxtasis con que una de las mujeres dijo en voz baja: “¡Son los ingleses!”. Y durante un cuarto de hora, sin moverse de sus sillas, entre el ruido cercano de las explosiones, escucharon la voz de Londres. Les parecía que ésta estuviera más presente y que las escuadrillas que volaban por encima de nosotros le dieran un cuerpo. Pero semejantes actos de fe exigían una tensión perpetua; exigían con frecuencia que hiciéramos callar en nosotros la indignación. Y la hicimos callar cuando Lorient quedó arrasado, cuando el centro de Nantes quedó destruido, cuando el corazón de Ruan fue alcanzado por las bombas. Acaso se adivinen los esfuerzos que debimos realizar. A veces la cólera nos cegaba pero sólo para que luego la analizáramos fríamente como una pasión. Me acuerdo que en julio de 1944 fué ametrallado el tren en que yo volvía de Chantilly. Era un tren suburbano por entero inofensivo. Lo sobrevolaron tres aviones y, en cosa de pocos segundos, había en el vagón delantero tres muertos y doce heridos. Los viajeros, de pie en las vías, miraban pasar las parihuelas y los bancos verdes que se habían ido a buscar a la estación vecina pues no había camillas para transportar los cuerpos. Estaban pálidos de emoción y de cólera. Los insultaban a ustedes, les reprochaban el ser inhumanos y bárbaros: “¿Acaso tienen necesidad de atacar un tren indefenso? ¿No hay acaso suficientes blancos industriales del otro lado del Rin? ¿Por qué no vuelan sobre Berlín? ¡Ah!, las defensas antiaéreas les inspiran miedo, etc.”. Luego alguien encontró de pronto la explicación: “Escuchen: ordinariamente apuntan a la locomotora y no hieren a nadie. Sólo que hoy la locomotora iba a la cola del tren. Dispararon sobre el vagón delantero. Piensen: a la velocidad que llevaban, no advirtieron el cambio”. Al punto todo el mundo calló; todos se consolaron porque el piloto no había cometido una falta imperdonable, porque podíamos continuar amándolos a ustedes. Pero no fué nuestra desdicha menor la tentación de odiarlos contra la cual debimos luchar con mucha frecuencia. Y puedo atestiguarles que los días en que, bajo las miradas irónicas de los alemanes, nuestros vencedores, observábamos el humo de los incendios que ustedes habían provocado a las puertas de la ciudad, nuestra soledad fué total.


No obstante, no nos atrevíamos a quejarnos, pues nos sentíamos culpables. En el cautiverio fué donde conocí por primera vez aquella vergüenza secreta que nos atormentaba. Los prisioneros se sentían desdichados pero no llegaban a compadecerse a sí mismos. “¡Pues bien! –decían–, ¿qué nos ocurrirá cuando volvamos allá?” Sus sufrimientos eran secos y agrios, desagradables, estaban emponzoñados por el sentimiento de que los habían merecido. Se avergonzaban ante Francia. Pero Francia se avergonzaba ante el mundo. Es dulce compadecerse algo a sí mismo. Pero, ¿cómo habríamos podido sentir piedad por nosotros mismos cuando nos rodeaba el desprecio de los demás? Los polacos de mi Stalag no nos ocultaban su desdén, los checoslovacos nos reprochaban el que los hubiéramos abandonado en 1938. Me contaron que un ruso evadido a quien escondió un gendarme anjovino, decía de nosotros, sonriendo de buena gana: “Los franceses, bah, ¡son conejos, conejos!”. Ustedes mismos no siempre se mostraron tiernos con nosotros, y me acuerdo de cierto discurso del mariscal Smuts que debimos escuchar en silencio. Después de eso, desde luego, sentíamos la tentación de revolcarnos en nuestra humillación, de alimentarla. Tal vez nos hubiera sido posible defendernos. Después de todo, las tres potencias más grandes del mundo tardaron cuatro años en abatir a Alemania. ¿No era natural que nosotros cediéramos al primer choque, nosotros que estábamos solos para soportarlo? Pero no pensábamos en defendernos, y los mejores de nosotros se incorporaron a la Resistencia porque sentían la necesidad de rescatar al país. Los otros permanecían vacilantes y se sentían incómodos; rumiaban su complejo de inferioridad. ¿No piensan ustedes que no hay pena peor que la que se padece sin poder juzgarla inmerecida ni tampoco considerarla una redención?


Pero en el momento mismo en que estábamos a punto de abandonarnos al remordimiento, los hombres de Vichy y los colaboradores, que intentaban empujarnos a él, nos hacían contener. La ocupación no era sólo la presencia constante de los vencedores en nuestras ciudades, sino que era también aquella inmunda imagen, que aparecía en todos los muros y en los diarios, que ellos querían ofrecernos de nosotros mismos. Los colaboradores comenzaban por apelar a nuestra buena fe. “Hemos sido vencidos –decían–; seamos buenos perdedores y reconozcamos nuestras faltas.” Y luego: “Convengamos en que los franceses son superficiales, aturdidos, jactanciosos, egoístas, que no comprenden a las naciones extranjeras y que la guerra sorprendió a nuestro país en plena descomposición”. Carteles humorísticos ridiculizaban nuestras últimas esperanzas. Ante tanta bajeza y ante artimañas tan groseras, nos erguíamos, ansiábamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Pero ay, apenas levantábamos la cabeza hallábamos en nosotros mismos los verdaderos motivos de remordimiento. Así vivíamos, en la peor de las confusiones, desdichados sin atrevernos a confesarlo, avergonzados y asqueados de la vergüenza sentida. Para colmo de desdichas, no podíamos dar un paso, no podíamos comer ni siquiera respirar sin hacernos cómplice del ocupante. Antes de la guerra los pacifistas nos habían explicado más de una vez que un país invadido debe negarse a combatir y debe oponer en cambio una resistencia pasiva. Fácil es decirlo, pero, para que tal resistencia sea eficaz, sería preciso que el maquinista se negara a conducir su tren, que el campesino se negara a trabajar su campo. Esto habría fastidiado acaso al vencedor, aun cuando pudiera avituallarse en su suelo, pero toda la nación ocupada habría perecido con seguridad en el más breve plazo. Era menester, pues, trabajar, mantener en el país una apariencia de organización económica, garantizarle, a pesar de las destrucciones y los saqueos, un mínimo vital. Sólo que la menor actividad servía al enemigo que se había abatido sobre nosotros, pegaba sus ventosas a nuestra piel y vivía en simbiosis con nosotros. No se formaba en nuestras venas una gota de sangre de la que no tomara una parte. Se habló mucho de “colaboradores” y ciertamente hubo entre nosotros traidores auténticos. Pero no nos avergonzamos de ellos, pues no hay nación que no tenga su hez, esa franja de fracasados y de amargados que se aprovechan durante un momento de los desastres y las revoluciones. La existencia de Quisling o de Laval en una agrupación nacional es un fenómeno normal, como el índice de suicidio o de criminalidad. Pero lo que nos parecía anormal era la situación del país, por entero colaborador. Los maquisards, nuestro orgullo, no trabajaban para el enemigo, pero los campesinos, si querían alimentarlos, debían continuar criando ganado, la mitad del cual partía para Alemania. Cada uno de nuestros actos era ambiguo, y nunca sabíamos si debíamos censurarnos acerbamente o aprobarnos a nosotros mismos. Un veneno sutil emponzoñaba las mejores empresas. Sólo daré un ejemplo: los maquinistas, chóferes y mecánicos se comportaron admirablemente. Su sangre fría, su coraje y a menudo su abnegación salvaron centenares de vidas, permitieron que los convoyes de víveres llegaran a París. La mayor parte de ellos eran patriotas y así lo probaron. Sin embargo, el celo que ponían en defender nuestro material servía a la causa alemana, pues aquellas locomotoras milagrosamente preservadas podían ser confiscadas de la noche a la mañana; entre las vidas humanas que ayudaron a conservar es preciso contar las de los militantes que luego partían para El Havre o Cherburgo; los trenes de víveres transportaban también material bélico. Así aquellos hombres, ansiosos únicamente de servir a sus compatriotas, estaban, por la fuerza de las cosas, del lado de nuestros enemigos, contra nuestros amigos, y, cuando Pétain les prendía una medalla al pecho, quien los condecoraba era Alemania. Durante toda la guerra no hemos reconocido nuestros actos, no hemos podido reivindicar sus consecuencias. El mal estaba en todas partes, toda elección era mala y sin embargo debíamos elegir y éramos responsables. Cada latido de nuestro corazón nos sumergía en una culpabilidad que nos horrorizaba.


Acaso habríamos soportado mejor la condición abyecta a que estábamos reducidos si hubiéramos podido lograr contra Vichy aquella unidad que Vichy reclamaba incesantemente. Pero no es cierto que la desgracia acerque. Desde el primer momento la ocupación dispersó a las familias por los cuatro puntos cardinales. Cierto industrial parisiense había dejado a su mujer y a su hija en la zona libre y no podía –por lo menos durante los dos primeros años– verlos ni escribirles más que tarjetas postales. Su hijo mayor estaba cautivo en un Oflag y su hijo menor se había unido a de Gaulle. París estaba poblado de ausentes y acaso no fuera uno de los aspectos menos salientes de nuestra situación el culto del recuerdo que practicamos durante cuatro años V que venía a dirigirse, a través de nuestros amigos lejanos, al de una dulzura de vivir, de un orgullo de vivir desaparecidos. A pesar de nuestros esfuerzos, los recuerdos palidecían cada día más, los rostros se apagaban uno tras otro. Hablamos primero mucho de los prisioneros, pero luego menos y cada vez menos. No es que dejáramos de pensar en ellos sino que, después de haber sido para nosotros figuras dolorosas y precisas, se habían convertido en espectros, se iban confundiendo poco a poco con nuestra sangre empobrecida, nos faltaban como la grasa, el azúcar o las vitaminas, del mismo modo total e indiferenciado. Parejamente se borraban el gusto del chocolate o del foie gras, el recuerdo de ciertos días radiantes, de un 14 de julio en la Bastilla, de un paseo sentimental, de una noche a orillas del mar, de la grandeza de Francia. Nuestras exigencias disminuían junto con nuestros recuerdos y, como uno se adapta a todo, sentíamos vergüenza de adaptarnos a nuestra miseria, de los rábanos con que estaba servida nuestra mesa, de las libertades ínfimas de que aún gozábamos, de nuestra sequedad interior. Nos íbamos simplificando cada día más y acabábamos por no hablar sino de alimentos, menos quizá a causa del hambre o del temor por el día siguiente como porque la búsqueda de “ocasiones” en materia de alimentación era la única empresa que había quedado a nuestro alcance.


Además, la ocupación despertaba viejas querellas, agravaba los disentimientos que separaban a los franceses. La división de Francia en las zonas Norte y Sur reavivaba la antigua rivalidad entre París y las provincias, entre el Norte y el Mediodía. Los habitantes de Clermont-Ferrand y de Niza acusaban a los parisienses de pactar con el enemigo. Por su parte, los parisienses reprochaban a los franceses de la zona libre el ser “blandos” y el ostentar insolentemente su egoísta satisfacción de no estar “ocupados”. Es preciso confesar que desde este punto de vista los alemanes, al violar las cláusulas del armisticio y al extender la ocupación a todo el país, nos prestaron un gran servicio: restauraron la unidad de la nación. Pero subsistieron muchos otros conflictos, como por ejemplo el de los campesinos y los ciudadanos. Heridos durante largo tiempo por el desprecio con que creían ser mirados, los campesinos se tomaban el desquite y hacían pagar caros los productos de la tierra a los habitantes de la ciudad; éstos, por su parte, los acusaban de alimentar el mercado negro y de matar de hambre a las poblaciones urbanas. El gobierno atizaba la querella con discursos que ya ensalzaban a los agricultores, ya les reprochaban el ocultar sus cosechas. La insolencia de los restaurantes de lujo alzaba a los obreros contra la burguesía. A decir verdad, frecuentaban sobre todo tales establecimientos los alemanes y un puñado de colaboradores. Pero su existencia hacía tocar con el dedo las desigualdades sociales. Del mismo modo, las clases laboriosas no podían ignorar que sobre todo se reclutaba entre ellas a los trabajadores de relevo, pues en este sentido la burguesía no fué prácticamente tocada. ¿Fue éste el resultado, según se dijo, de una maniobra alemana para sembrar la discordia, o se debía ello más bien a que los obreros le eran más útiles a Alemania? No lo sé. Pero, y éste es un signo de nuestra incertidumbre, no sabíamos si alegrarnos al ver a la mayor parte de los estudiantes escapar a la deportación, o desear, por espíritu de solidaridad, que ella se extendiera por igual a todas las capas sociales. Hay que mencionar, por último, que la derrota exacerbó el conflicto de las generaciones. Durante cuatro años, los combatientes del 14 reprocharon a los del 40 el haber perdido la guerra, y los del 40, en desquite, acusaron a aquéllos de haber perdido la paz.


Que nadie se imagine, empero, una Francia desgarrada. La verdad no es tan simple. Tales querellas se nos aparecen sobre todo como obstáculos opuestos a un inmenso y torpe deseo de unión. Quizá nunca haya habido tanta buena voluntad. Los jóvenes soñaban oscuramente en un nuevo orden, las patronales, en general, se inclinaban a hacer concesiones. En todas partes, cuando un breve atropello llevaba a reñir a dos viajeros del subterráneo, cuando una disputa ponía a un peatón frente a un ciclista, oíase el mismo murmullo de la multitud: “¡Qué desdicha! ¡Riñen entre franceses bajo los ojos de los alemanes!”. Pero las mismas circunstancias de la ocupación, las barreras que los alemanes alzaban entre nosotros, las necesidades de la lucha clandestina impedían, en la mayor parte de los casos, que aquellas buenas voluntades hallaran empleo. De tal modo, aquellos cuatro años fueron un largo sueño impotente de unidad. Y esto es lo que da angustiosa urgencia al momento presente, pues las barreras han caído y nuestra suerte está ahora en nuestras manos. ¿Quién triunfará? ¿Las viejas querellas despertadas o aquel gran deseo de solidaridad? Pero a todos ustedes, que nos miran desde Londres, hemos de pedirles un poco de paciencia, pues el recuerdo de la ocupación aún no se ha borrado y apenas comenzamos a despertarnos. En cuanto a mí, sé decir que cuando al doblar una calle me encuentro con un soldado norteamericano, me sobresalto brusca e instintivamente: creo que es un alemán. E inversamente, un militar alemán que se había escondido en un sótano y que, hambriento, deseaba rendirse, pudo, quince días después de la liberación, dirigirse en bicicleta hasta los Champs-EIysées sin que nadie le interceptara el paso. La costumbre de la gente era tal que nadie lo veía. Necesitaremos mucho tiempo para olvidar y la Francia de mañana no mostró aún su verdadero rostro.


Pero, ante todo, les pedimos que comprendan que la ocupación fué con frecuencia más terrible que la guerra, pues en la guerra cada cual puede vivir su vida de hombre al paso que, en aquella situación ambigua, no podíamos verdaderamente obrar y ni siquiera pensar. Indudablemente, durante ese período Francia no siempre –poniendo aparte la Resistencia– dió pruebas de grandeza. Empero, es preciso comprender que la Resistencia activa debía forzosamente limitarse a una minoría. Además, me parece que esa minoría, que se ofreció deliberadamente y sin esperanza al martirio, basta ampliamente para redimir nuestras flaquezas. Y por último, si estas páginas les ayudaron a medir la vergüenza, el horror y la cólera que nuestro país sufrió, pensarán conmigo, según creo, que tiene derecho al respeto hasta en sus errores.


France Libre, Londres, 1945