lunes, 6 de enero de 2025

8 años sin Piglia (24/11/1941—6/01/2017): ¡Cómo te extrañamos Ricardo!



“Se trata de ver cómo un escritor inventa su tradición, cómo se construye a partir del lugar desde el cual escribe y cómo lee desde ahí. Esa lectura es, por lo tanto, una guerra….

 

Yo llamaría a esto una LECTURA ESTRATÉGICAS, es decir, una lectura que supone un campo de batalla, una lucha entre poéticas. En esa lucha, al escritor le están en juego la vida y la persistencia y permanencia de su propia obra. No es nada inocente ese tipo de enfrentamiento: se trata de ser leído desde el lugar desde el que se ha escrito….

 

Para nosotros la vanguardia es una posición, un lugar o un sitio en el campo minado de la literatura… Se entender, entonces, que la vanguardia sea un término militar que supone la avanzada de un ejército que viene detrás. Las metáforas bélicas son las que molestan a las bellas artes y, por eso, en esta época de consensos impuestos se mira con desconfianza la actitud combativa de los artistas. Se espera que sepan comportarse, especialmente en los mass media. Por lo tanto, hablamos más de un territorio que de un concepto….


Su lugar se define por su ruptura con las convenciones establecidas y por su fuerte interés en la experimentación narrativa…

 

LAS TRES VANGUARDIAS (Saer, Puig, Walsh)

 

***

Entonces, hay dos cosas sobre las que me he mantenido firme: el concepto de vanguardia, que redefino como una posición de lectura y no como una producción, porque no me considero un escritor de vanguardia. Y me considero un crítico que lee desde el efecto que la vanguardia produce en el nivel de la literatura. Y me parece que el lugar donde la vanguardia encuentra su postulación más sistemática es el lugar que está ligándose a la tradición del marxismo… no se trata sólo del marxismo como crítica del capitalismo, sino de la revolución como concepto que me permite también entender el pasado…

 

RICARDO PIGLIA. INTRODUCCIÓN GENERAL A LA CRÍTICA DE SÍ MISMO


***

 

 

Primera conclusión: para leer, hay que aprender a estar quieto… Para escribir es preciso no sentirse acomodado en el mundo, es un escudo para afrontar la vida (y hablar de eso)”

 

LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI, I: Los años de formación

 

jueves, 2 de enero de 2025

Deleuze para nuestro tiempo: Taller a 100 años de su nacimiento



¿Quién puede quedar indemne después de leer a Gilles Deleuze? ¿Cómo no leerlo por primera vez al enterarnos que Michel Foucault supo decir que el siglo XXI sería deleuziano?

 

En unos días el que es seguramente uno de los grandes filósofos de la segunda mitad del siglo XX, cumpliría 100 años y en tiempos oscuros como los actuales que mejor que recordarlo más por su natalicio que por su muerte. ¿Cómo hacerlo? Como se honra a los grandes pensadores: leyéndolos, discutiendo a partir de y con ellos desde nuestras inquietudes contemporáneas.

 

Gran desafío entonces el de no dejarnos seducir por la jerga, sino leer para pensarns, para poner a funcionar sus conceptos de modo análogo a cómo él mismo lo hizo al concebir el ejercicio filosófico siempre conectado con un afuera textual, con otras narrativas no-filosóficas, con otros modos de expresión no textual. Para crear conceptos, siempre nuevos –decía– siempre ligados a nuestros devenires, y a nuestra historia.

 

En este ciclo breve de tres encuentros nos proponemos realizar a partir de una breve selección de sus textos, una operación de lectura de triple dimensión:

 

1)                Recuperar la relación molecular por él propuesta para con los autores para vincularnos con la historia de la filosofía de modo que apostemos por desmomificarla, para encontrar en ella una reserva vital (arte del retrato como movimiento de reinvención del pasado).

 

2)                Retomar su apuesta de concebir la filosofía como “creación de conceptos” en tanto capacidad de resistir al presente y establecer una conjunción con su medio, como apuesta por abordar un campo de problemas, entre los que se encuentran la conquista (la creación) de una nueva tierra que no es más que la utopía inmanente de gestación de un pueblo, una raza mestiza y bastarda capaz de apostar por sustraerse de las normas mayoritarias que estructuran la existencia-para-el-mercado y devenir otros.

 

3)                Homenajear su obra y su trayectoria sustrayéndonos tanto del modo academicista y estereotipado de abordar la filosofía, como de su disolución anti-intelectualista por fuera de la invención de conceptos, para volver a reconectar filosofía y vida como apuesta creativa.

  

TALLER VIRTUAL ARANCELADO

Miércoles 15 y 22 de enero de 19 a 20.30

 

 

COODINACIÓN: Mariano Pacheco

 

CONSULTAS: 1140991554 o a: 

palabrasprofanas@gmail.com



Cromañón: la patria rockera y la política contemporánea

 


A veinte años de una de las peores tragedias que tuvo el país. Un repaso por los hechos, su contexto, y la cultura que el fuego nos dejó.

Por Mariano Pacheco 

 

Con el incendio en el boliche República Cromañón se regaron de sangre joven las calles de la patria. El recital de Callejeros esa noche en el barrio porteño de Once tuvo consecuencias fatales. En pocas horas murieron, en un mismo sitio, 194 personas de entre 14 y 24 años (e incluso varios niños y niñas). Desde ese día a hoy pasaron veinte años, y al dolor por la pérdida de tantas vidas se suman polémicas nunca saldadas.

 

JUVENTUD, DIVINO TESORO

A buena parte de la sociedad que venía de bancar por una década al menemato, le vino bien, desde el comienzo, la operación cumunicacional de estigmatizar y responsabilizar a la juventud rockera por lo sucedido. “Las bengalas prometen alegría, pero esconden desgracias”, tituló Pablo Sirven en una de sus notas en el diario La Nación (“La religiosa pasión por el fuego”, 02/01/2005).

 

Mucho del mundo del rock, como todo en esta vida capitalista, tuvo que ver con el espectáculo para un mercado privado, pero también –y este siempre fue un nervio que latió con fuerza en la escena rockera, sobre todo en el mundo del punk y del metal– hubo toda una corriente subterránea en la que primó la autogestión: desde sitios para ensayar (así fueran los garages de las casas), hasta la organización de recitales, pasando por la elaboración de sellos discográficos, fanzines y sus ferias para la distribución e, incluso, el desarrollo de fiestas y eventos en espacios culturales, en los que toda una política por otros medios se enlazaba con la bronca frente a un mundo que no prometía ningún futuro para la juventud.

 

En la serie Cromañón, estrenada recientemente en la plataforma Prime Video, puede verse al grupo de muchachos y de chicas protagonistas de la ficción cómo se juntan en un kiosquito o en la zona común de unos monoblocks de Villa Celina (aunque también podría ser la esquina de cualquier barrio popular del conurbano bonaerense o de la periferia del conglomerado urbano del país), que entre cervezas y conversas entretejen la hermandad de la amistad (como cantaba Hermética en una de sus canciones). Y también se muestra cómo uno de los pibes, que luego muere en Once, tiene en su habitación colgada una imagen de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, los jóvenes integrantes del movimiento piquetero asesinados en junio de 2002 (unos años antes de la tragedia de Once), tras una protesta en Puente Pueyrredón. Al evento se lo pasó a conocer como la “Masacre de Avellaneda”. A Maximiliano lo habían matado de un tiro en el pecho y a Darío de un balazo en la espalda luego de haber socorrido al primero, a quien no conocía.

 

En la serie de Prime Video, luego se puede ver al mismo joven participando activamente en la organización de actividades deportivas en el barrio (“trabajo territorial”, como se le dice en la jerga de la militancia “con los pies en el barro”) y, finalmente, se lo muestra nuevamente, luego de haber logrado salir de entre las llamas, ingresar al boliche Cromañón preocupado por su novia y sus amigos que habían quedado encerrados en el incendio, encontrando así la muerte, atravesado en sus últimos minutos de vida por ese gesto de solidaridad, de camaradería, de hermandad.

 

Este personaje de la ficción está inspirado en un pibe que tras la “Masacre de Avellaneda” le había escrito una carta de homenaje a Darío Santillán. Y ese no fue un caso aislado, si bien no es generalizable, tampoco puede decirse que no sea parte del ADN rockero de aquellos años en los que el rock funcionó como vector de politización de importantes franjas de la juventud, sobre todo de sectores populares castigados por las políticas neoliberales implementadas en Argentina por el menemato, en consonancia con el “Consenso de Washington” que desplegaba triunfante el Nuevo Orden Mundial.

 

Porque el rock implicó, para muchos, una suerte de contracultura suburbana que a la vez que congregaba y gestaba comunión, combatía los modos de homogeneización cultural que proponía ese sistema. Así, una juventud hija de las calles se amuchaba en esquinas y plazas para hacer manada y reunir a través de una pasión, un ritmo y una forma determinada de vestir a los parias del modelo neoliberal.

 

Fue todo esto lo que padeció un golpe tremendo tras Cromañón, que además de las 194 personas fallecidas, y los cientos de cuerpos que quedaron con vida pero con numerosas cicatrices visibles, invisibles y secuelas irreversibles, dejó también malherido al movimiento, porque las consecuencias de las iniciativas estatales de “mayores controles” no derivó en una política pública de “mayores cuidados” sino en un arrasamiento de los espacios de autogestión, y en una masiva proliferación de privatización de la noche, en consonancia con una tremenda restricción de la vida pública de la ciudad. Todo esto tiene que ver, no con los muchachos y las pibas que iban a los recitales, no con los pibes de las bandas como Callejeros, sino con la “ganancia de pescadores” que derivó del “río revuelto” que la crisis política de la “Tragedia de Cromañón” desató.

 

JUGAR CON FUEGO

La idea de “jóvenes inmolados”, “rituales rockeros de la muerte” y “corrupción generalizada del Estado” sirvieron como hilo conductor para la construcción de la noticia tras la tragedia, qué rápidamente sensibilizó a la sociedad y puso en movimiento a familiares de las víctimas y sobrevivientes para denunciar lo sucedido y buscar justicia.

 

De entrada apareció en el ojo de la tormenta Omar Chabán, quien gerenciaba el lugar (a quien incluso se lo señaló como propietario), como uno de los responsables, por permitir el ingreso de muchas más personas de lo legalmente establecido y por ordenar trabar las puertas de emergencia. Pero también rápidamente los señalamientos llegaron a la banda de rock Callejeros (por permitir el ingreso de tanta gente y por los “rituales” de bengalas, además de porque la banda contaba con su propia seguridad para los recitales), a quienes se llegó a colocar en el lugar de criminales, puesto que si Cromañón no era una tragedia sino una masacre y la banda también era responsable, ergo, no podían sino ser asesinos.

 

Pero, rápidamente, la línea de investigación sobre los controles oficiales al lugar derivó en denuncias de casos de corrupción, que no terminaban en las autoridades específicas, sino que llegaban a la mismísima gestión de la ciudad. Desde el espacio de la derecha que pronto derivaría en el PRO comenzaron a hablar de “incapacidad asesina” del jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, y con la entonces legisladora porteña Gabriela Michetti se comenzó a impulsar el juicio político para provocar su destitución. Clarín a la cabeza de los medios hegemónicos empezaba a presentar como “el líder de la oposición” a Mauricio Macri, quien buscaba capitalizar el desmoronamiento de la figura de Ibarra y la crisis del progresismo porteño, que incluyó una arremetida contra figuras que lo respaldaron (entre ellas Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo).

 

Ibarra finalmente es destituido el 13 de marzo de 2006 tras la resolución del juicio político y en su lugar asume su vicejefe de gobierno Jorge Telerman. En el medio se habían desarrollado en 2005 las elecciones legislativas nacionales, en las que Macri buscó presentarse no sólo como una alternativa frente al fracaso del progresismo de Ibarra, sino también como un ferviente opositor al naciente gobierno nacional de Néstor Kirchner.

 

El discurso macrista se centró entonces en cuestiones como la crisis en la atención de los hospitales públicos, la creciente inseguridad, la suciedad que dejaban las movilizaciones y la violencia que se expresaba en los cortes de calle, es decir, se ponía en marcha el plan de “criminalización de la protesta” (que luego extendió durante su gestión nacional del Estado desde 2015, y que hoy encarna la ministra Patricia Bullrich en el marco del gobierno de Javier Milei). Durante 2005 Macri utilizó en varias oportunidades el eslogan de los familiares de las víctimas de Cromañón, “La corrupción mata”, y reforzó su marketing de diferenciación respecto de la “vieja política”, aunque no sin la astucia de aliarse con Ricardo López Murphy (ex candidato a presidente en 2003), integrando así al espacio Recrear a Compromiso por el Cambio: era el nacimiento del PRO, y se paría así, en un mismo movimiento, la posibilidad de conquistar el ejecutivo en la ciudad y, de paso, poner en pie –desde allí– una fuerza política de oposición al naciente progresismo, que entonces había comenzado a tender alianzas con el peronismo en todo el país.

Nada de esto tiene que ver con el rock, por supuesto, aunque la arremetida reaccionaria tras el incendio en el recital sentó bases sobre las cuales comenzaron muy tempranamente a circular discursos que se expresaron primero con una derecha pretendidamente democrática y, más tarde, con este nuevo actual experimento reaccionario que tras el lema “libertad” no hace más que esconder el más contemporáneo fascismo.

 

Si podemos pensar algo de la historia reciente de la Argentina a partir de algunas fechas como la de la rebelión popular del 20 de diciembre de 2001, o la del 24 de marzo de 2004, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner da la  orden de bajar el cuadro del genocida Jorge Rafael Videla, como momentos que abren un ciclo progresista en Argentina, podemos decir que el 30 de diciembre de 2004, el día de la “Tragedia de Cromañón” condensa él mismo, como hecho trágico, el cierre de un período de política contestaria por otros medios y abre estos años de empobrecimiento de las capacidades creativas y de cierta pulsión de impugnación que marcaron al rock desde sus inicios.

 

Transcurridas dos décadas de la tragedia de Cromañón, con un presidente de derecha que hace cierta apología de una pose rockera, la digna trayectoria del rock ¿podrá funcionar como espectro de rebeldía? Para por fin, como dice la canción de Callejeros: “ser la revancha de todos aquellos, que la pelearon al lado de cerca o muy lejos y no pudieron reír sin llorar”.



jueves, 26 de diciembre de 2024

Pensar con Lewkowicz: Taller virtual de verano (enero)

 


¿Es posible abrir un espacio-tiempo para la invención en medio de la compulsión capitalista a la innovación? ¿Cómo intervenir sobre las nuevas situaciones si las categorías con las que leemos la realidad obstaculizan la comprensión, por tratarse de entramados conceptuales que responden a realidades agotadas?

 

Un conjunto de hipótesis estratégicas aparecen en el trabajo de Ignacio Lewkowicz compilado recientemente por Coloquio de perros editorial bajo el título de “Todo lo sólido se desvanece en la fluidez”. Frente a la fragmentación social y el desgarro subjetivo, la cultura de la imagen y el narcicismo solipsista ya presentes en nuestra sociedad en el entre-siglo –rasgos exacerbados con la virtualización generalizada que atraviesa nuestras existencias–, estos ensayos escritos en torno a 2001 cobran en la actualidad una vital importancia frente a la proliferación de las vidas de derecha.

 

Leer a Lewkowicz hoy requiere una doble operación: recuperar todo aquello que funciona en sus textos como una suerte de oráculo que anuncia nuestro presente; romper el hechizo de la fascinación que no nos permitiría visualizar que desde entonces (Ignacio muere en un trágico accidente en 2004), y hoy, demasiadas cosas han pasado en la Argentina, Latinoamérica y el mundo como para no dar cuenta de las dos décadas transcurridas.

 

En estos encuentros virtuales de verano nos proponemos realizar un recorrido por los conceptos fundamentales que estructuran el libro: catástrofe y mercado; instituciones y Estado; estrategias y situaciones; subjetividades de la crisis.

 

Poner a funcionar la “máquina Lewkowicz”, en un intento por pensar los desafíos que la escena contemporánea nos presenta, en la búsqueda por seguir apostando a los encuentros aleatorios que nos permitan intervenir críticamente en la realidad para introducir nuevos horizontes posibles.

 

Resingularizar, reagrupar, contraatacar: leer y conversar para comprender… y combatir es parte de la apuesta.

 

Martes 7, 14 y 21 de enero

De 20 a 21.30 horas

 Actividad virtual arancelada


Coordinación: Mariano Pacheco

Consultas:1140991554

palabrasprofanas@gmail.com

jueves, 19 de diciembre de 2024

El ruido de las cacerolas (diciembre de 2001)

 



I-

Las cacerolas que hicieron su aparición masiva el 19 de diciembre de 2001, jugaron un rol fundamental a la hora de quebrar el miedo impuesto por la declaración del estado de sitio. Por eso creo inoportuno reducir esta forma de protesta sólo a un factor coyuntural, centrado en lo económico (incautación de los depósitos bancarios). Hay algo de tipo ético-político en el rechazo al autoritarismo y la represión. No es que vea un soviet en cada esquina en la cual se juntan un grupo de vecinos. Tampoco es cuestión de depositar esperanzas exageradas en los vacilantes (cuando no reaccionarios) sectores medios porteños. Pero creo que es justo reconocer que durante el primer semestre de 2002, estos sectores se incorporaron de una u otra manera al proceso de resistencia contra el modelo neoliberal. En un proceso inédito de participación y movilización de estos sectores.

Por otra parte, los cacerolazos no se agotarán con la caída de De la Rúa. Una semana mas tarde aparecerán nuevamente para expulsar a Adolfo Rodríguez Saá; y unos días después volverán a las calles para advertir a El Otro que en Argentina algo había cambiado. Luego, al ruido de las cacerolas se le acoplará la palabra compartida en los distintos barrios. Es el surgimiento de las Asambleas Populares.

De manera muy distinta a lo que sucedió durante la década Menemista, el verano será, para los sectores medios, un período en el cual lo importante no serán las vacaciones, sino el proceso político que se vive en el país. Durante la primera quincena de enero, los cacerolazos de los asambleístas sumarán su ruido al de las luchas que se libraron a lo largo y a lo ancho del país: piquetes de los trabajadores desocupados, huelgas y movilizaciones de trabajadores ocupados, sobre todo del sector estatal, escraches...

La respuesta del gobierno y la corporación mediática los cacerolazosfue inmediata. Ante el segundo viernes de cacerolazos masivos en Plaza de Mayo, comenzó una campaña de desprestigio y cerco político sobre el nuevo protagonismo social.

Citemos un ejemplo: la cobertura de los principales diarios nacionales sobre el masivo cacerolazo del 11 de enero que culminó con represión.  Al otro día, éstos fueron algunos de los titulares: “Otra vez hubo violencia y los destrozos marcaron a la ciudad” (Clarín). “La SIDE califica a los que lanzaron ataques como un ‘engendro’ de izquierdistas, de marginales y de clase media ‘furiosa’” (La Nación). Ambos periódicos, más allá de los matices, coincidieron en realizar una minuciosa crónica de los destrozos, excluyendo todo comentario sobre el carácter masivo de la movilización.

Si bien ninguno tenía datos precisos, los dos tomaron como fuente a la SIDE, la Policía Federal y la Secretaría de Seguridad Interior para denunciar a los “posibles” responsables de las acciones. Estos organismos señalaban a “activistas de ultraizquierda”, como los autores de las acciones directas. “Se habla de los grupos ‘Teresa Rodríguez’, la CCC y ‘Quebracho’”, y “hasta afiliados al sindicato de mensajeros en moto, a quienes relacionaron con la entidad que nuclea a hijos de desaparecidos” (La Nación).

A partir de allí, la discusión no será “movilización sí, movilización no” (que polarizaría las posiciones y posibilitaría el agrupamiento de un amplio espectro “garantista”), sino que el eje central instalado por los medios pasará a ser “hay que aislar a los violentos”.

Toda esa discusión no fue más que un intento de las clases dominantes por recuperar el monopolio en el uso de la violencia. Es decir, abortar la posibilidad de que la violencia popular apareciera como “legítima”.

 

II-

Hay una imagen de la ciudad de Buenos Aires que grafica bastante el clima político de aquellos días. Se trata de una fotogtrafía en la cual puede verse a todos los bancos “blindados”: en vez de vidrios, tenían “chapones”. Un texto publicado en esos días (13 de enero de 2002) en el sitio La Haine (“Las sucursales bancarias como objetivos políticos”), Delgado, Roberto, da cuenta de esta imagen:

 

“La gente se cansó de poner la otra mejilla y de aguantar que la policía antidisturbios defienda a palos y matando los intereses de la clase dominante. La respuesta se transformó en rabia y en el destrozo casi sistemático de grandes comercios y sobre todo de sedes bancarias (...) Al día siguiente la gente caminaba por Avenida de Mayo ante un genuino panorama: el Banco Francés de Avenida de Mayo 1165 tenía la puerta trabada. Un policía custodiaba la entrada y los vidrios rotos todavía estaban en el piso. Sobre los cajeros automáticos unos carteles advertían: ‘No funcionan’; atrás estaban los monitores destrozados”. “En Diagonal Norte los pequeños comerciantes estaban tranquilos: nadie había tocado sus locales. Sin embargo hubo dos perjudicados: el Banco Ciudad y el Boston. El primero ya había perdido los vidrios en protestas anteriores. Por eso, esta vez los atacantes sólo pintaron consignas en el frente con aerosol”.

 

A pesar de toda la campaña de desprestigio, el proceso ascendente de los "caceroleros" no se detuvo, y las movilizaciones continuaron. La organización en los barrios de la Capital Federal se multiplicó rápidamente y las plazas y esquinas en donde los vecinos comenzaron a reunirse llevó a que se planteara la necesidad de coordinarse. Así, el tercer domingo de enero, se realizó un primer inetento: “Mil vecinos reunidos en Parque Centenario para coordinarse”. “Del cacerolazo a la interbarrial”. “Lo que empezó como cacerolazo está dando lugar a una coordinación entre barrios movilizados”, tituló Página/12 el  lunes 21 de enero de 2002.

A la semana siguiente, Laura Vales señaló: “La idea central de los participantes es crear una interbarrial que potencie los reclamos y sirva como un espacio donde detectar los objetivos comunes (...). Ayer fue el segundo domingo de asambleas en el parque. Los organizadores montaron un equipo de sonido y desplegaron sobre el césped dos parlantes y un micrófono; la gente se ubicó alrededor. La asamblea duró más de tres horas y llegó al final sin decaer en número... (Página/12, domingo 27 de enero de 2002). Una serie de puntos prácticos se aprobaron en aquel encuentro: participación en marchas a realizarse esa semana (una de ellas en apoyo a la movilización piquetera); la ratificación de realizar una nueva reunión ínter-barrial al domingo siguiente. Otras de tinte más político: fin del corralito; convocatoria a elecciones; no al pago de la deuda externa...  

Claro que, si bien no había sido tan difícil convocar a una coordinación de asambleas, eso no quería decir que fuera fácil ponerse de acuerdo en cómo continuar, cómo funcionar, qué objetivos perseguir.

En la nota recién citada, la periodista reproduce una serie de entrevistas realizadas a varios presentes en el Parque. Algunas de las opiniones escuchadas aquel día: “Vine el domingo pasado y había menos gente”; “Hay un crecimiento que a todos nos pone bien, pero a la vez vuelve más difícil ponernos de acuerdo”; “La regla es que el Parque sirva para coordinar y las asambleas barriales actúen como soberanas”. 

Mas allá de algunas trabas, los procesos de coordinación comenzaron a dar sus frutos, y el viernes 25 de enero se realizó el primer cacerolazo nacional. Bajo una intensa lluvia, miles de manifestantes bailaron, gritaron y saltaron en la Plaza de Mayo. En Puente Pueyrredón, el corte que La Verón mantuvo desde el mediodía hasta la noche y que confluyó con una columna de “caceroleros” de la zona Sur, no pudo llegar a la Plaza. Luego de la represión al cacerolazo y de que les impidieran a los piqueteros de La Verón avanzar desde la zona Sur del Gran Buenos Aires hacia la Capital Federal, los medios masivos de comunicación siguieron haciendo eje en que el problema central eran los “díscolos” que se “metían” en las  jornadas de protesta que “ciudadanos bien” desarrollaban en los marcos de la legalidad. La democrático-burguesa, claro está.

 

III-

Por esos días, amplios sectores medios, “progresistas”, que se habían entusiasmado primero, y desilusionado después con el gobierno de la Alianza, golpeaba sus cacerolas en la ciudad, concurrían a asambleas y hasta miraban con simpatía cuando una columna de los barrios bajos ingresaba a la ciudad a protestar. Lo que no toleraban era que las luchas se radicalizaran; que quienes habían sido violentados se violentaran. Reproduzco unas palabras del artículo titulado “Rebeldías”, que Pasquini Durán escribió por aquellos días. “Camus sostenía que ‘el movimiento de rebelión no es, en su esencia, egoísta. Puede haber, sin duda, determinaciones egoístas. Pero la rebelión se hace tanto contra la mentira como contra la opresión’. Desde aquellas jornadas del 19 y 20 de diciembre, buena parte de la ciudadanía nacional está en desobediencia. Dado que la rebeldía carece de liderazgo definido o de sentido predeterminado, por momentos las actitudes y los discursos hasta pierden racionalidad, aunque a la vez el desborde tumultuoso va encontrando cauces nuevos, como son, por ejemplo, las asambleas vecinales, las conexiones interbarriales, que podrían ser un inédito punto de partida hacia formas más complejas de organización”.

Luego de hacer toda una reivindicación democrática, “progresista”, el periodista asevera: “La violencia atemoriza a los más débiles o, si se prefiere, les hace el juego a los peores, no importa de dónde provenga la agresión o los motivos que se invoquen para cometerla. Es legítimo, por lo tanto, que los ciudadanos aíslen a los violentos”. “Siguiendo las observaciones de Camus, hoy también puede decirse aquí lo mismo que él decía en Francia hace medio siglo: con la rebelión ‘el mal que experimentaba un solo individuo se convierte en una peste colectiva’. En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo rol que el ‘cogito’ en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos”.

¡Claro que la rebelión es constitutiva de un nosotros como colectivo! Pero negar el aspecto de violencia contra el opresor es no comprender nada del sistema en cual vivimos. Y no creo que alguien como Durán desconociera las características intrínsecas del capitalismo. Pero si se trata de apelar a los franceses para justificar posiciones propias más vale citar a Jean Paul Sartre que Albert Camus. Dice el autor de La Náusea en el prólogo al libro Los condenados de la tierra de Frantz Fanon: “El arma de un combatiente es su humanidad. Porque, en los primeros tiempos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre”.

 

FUENTE: Mariano Pacheco, De Cutral Có a Puente Pueyrredón, una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (El colectivo, Buenos Aires, 2010).

miércoles, 18 de diciembre de 2024

“¿Por dónde pasa la disputa sensible actual?

 


 “La batalla cultural ha sido reducida por las derechas contemporáneas y ciertos progresismos a una cuestión discursiva, de redes sociales o intervenciones mediáticas, cuando en realidad lo central pasa por los cuerpos”

 

 

Por Mariano Pacheco*

 

 

Apaga el celular y todo vuelve a ser real. ¿Cómo es posible que condenemos nuestra sensibilidad a la mediación permanente de un dispositivo en el que, para mal de males, casi todo lo que consumimos lo hacemos en una calidad paupérrima, ya sea al observar imágenes o escuchar música, mirar una serie, video o incluso película, hasta leer un texto? ¡Todo se lo hace bajo un tamaño que empobrece nuestras percepciones!

 

Obviamente nuestras vidas urbanas contemporáneas ya no pueden prescindir del uso de tecnologías, sea para trabajar o buscar trabajo, para socializar en nuestra vida en planos de amistad, sexo-afectivos, vecindad, hasta escalas mayores y más complejas de intervención política o cultural. Pero de allí a sostener que no se puede operar algún tipo de corte con esa lógica que cada vez más estructura nuestras vidas hay un paso enorme.

 

Hoy, que a las usinas del poder político y la mediaticidad hegemónica les gusta tanto hablar de la libertad del individuo, cabe recordar aquello que Jean Paul Sartre planteaba hace ochenta años atrás, cuando desde sus postulados existencialistas sostenía que, en última instancia y más allá de todos los condicionamientos, era el hombre (cada quien, diríamos hoy, sin hacer distinciones de orientaciones identitarias) quien al fin y al cabo decide qué hacer con aquello que hicieron de él: “totalmente condicionado por su clase, su salario y la naturaleza de su trabajo, condicionado hasta por sus sentimientos, hasta en sus pensamientos, a él le toca decidir el sentido de su condición y de la de sus camaradas y es él quien, libremente, da al proletariado un porvenir de humillación sin tregua o de conquista y de victoria, según se elija resignado o revolucionario. Y es de esta elección de lo que es responsable. No es que tenga libertad de no elegir; está comprometido, es preciso apostar y la abstención es una elección”, planteaba en su emblemático libro ¿Qué es la literatura?

 

Ejercitar un cuestionamiento a las mutaciones subjetivas de nuestra época, entonces, se nos presenta hoy como un desafío político-existencial de primer orden. Impugnar el horizonte de zombis impersonales al que se nos pretende condenar resulta fundamental, ya que encima de que vampirizan nuestras vidas, se lo hace bajo el supuesto paradigma de que cada quien es libre de elegir su destino, como si esas elecciones enmarcadas en la perspectiva dominante no funcionaran todas bajo la tiranía de la compulsión al consumo, de la producción serial de subjetividad operada por la dupla massmediática y de las redes antisociales virtuales. ¿En verdad creemos que podemos elegir algo si no buscamos una línea de salida de esa lógica?

 

A casi un siglo de su publicación, cabe recordar aquello que escribió Martín Heidegger en su libro Ser y tiempo: en el cotidiano, vivimos en “estado de interpretado”. Porque lo hablado “por” el habla traza círculos cada vez más anchos y toma un carácter de autoridad. “La cosa es así porque así se dice”, señala el filósofo alemán. Creemos comprender todo cuando en realidad repetimos aquello que “oímos”, o que “leímos” … en alguna parte. O que “vimos”, podríamos agregar nosotros hoy, asediados no sólo por la televisión sino por las redes anti-sociales. Estas “habladurías” y “escribidurías”, como raramente las llama este pensador, nos determinan lo que se ve, y cómo se ve.

 

 

Cuerpo a cuerpo

 

¿Por dónde pasa la disputa sensible actual? ¿Cómo vincular la intervención político-cultural, el que-hacer crítico-intelectual con la batalla anímica que involucre nuestro cuerpo y nuestra subjetividad de manera directa? Implicarse de lleno en las formas de vida que vayan contra la época resulta hoy no sólo deseable, sino necesario, fundamental, vital.

 

La batalla cultural ha sido reducida por las derechas contemporáneas y ciertos progresismos a una cuestión discursiva, de redes sociales o intervenciones mediáticas, cuando en realidad lo central pasa por los cuerpos, por nuestra “corpo-subjetividad” (el término ha sido acuñado por el psicoanalista argentino Enrique Carpintero).

 

Sacar nuestros cuerpos del ensimismamiento hoy no resulta cosa sencilla. Falta que hagamos el amor mientras miramos el celular y… ¡cartón lleno! ¿Qué no hacemos con el aparatito en la mano?

 

De allí que haya una lucha actual que pase por los cuerpos, por recuperar la intervención de nuestros cuerpos en las distintas dimensiones de la vida: escuchar música en vivo, mirar una película en el cine, leer un libro, contemplar un cuadro o una fotografía impresa a escala, encontrarse con amigos, caminar, hacer el amor, mirar por la ventana de un transporte público o de un bar y, por supuesto, manifestarse en las calles como cuerpo colectivo, reinventar nuestras prácticas políticas en el ámbito sindical, partidario o de colectivo social, artístico, educativo, comunicacional…

 

Ya en los años ochenta, y sobre todo después de haber observado la importancia de lo “territorial” en la vida popular tras su visita a Chile (y Argentina), el pensador, analista y militante francés Félix Guattari planteaba la necesidad de “reconversión ecológica” de la acción sindical, en un contexto de crecimiento –asimismo– de los activismos ecologistas y feministas en Europa. Decía en trabajos teóricos, pero también en notas periodísticas publicadas en medios como Le Monde (textos luego compilados en argentina bajo el nombre de ¿Qué es la ecosofía?), que esta “reconversión” implicaba una “reinvención de la subjetividad obrera”, a través de nuevas prácticas, en una especie de llamada a “ampliar y enriquecer” su perspectiva desde la constitución de nuevas alianzas que le permitieran “asociar componentes heterogéneos”. Así, cuestiones tan inmediatas de nuestras elementales, pueden ligarse con otras más complejas de una estrategia popular de largo plazo: el peso que las opresiones tienen en la diferencia etaria o de orientación sexo-genérica, de raza y el vínculo que sostenemos con el ambiente natural no son meras cuestiones “personales”, pero tampoco, declaraciones públicas sin encarnadura.

 

Frente a derechas contemporáneas que abisman la experiencia humana y al planeta hacia la catástrofe económico-social, subjetiva y ecológica, producir un corte con la lógica del mundo tal como se nos presenta no puede ser nunca ni una cuestión individual, ni una cuestión política que nos involucre de cuerpo entero.

 

La disputa anímica atendiendo no sólo a cuestiones de “comunicación”, sino fundamentalmente a entramados ideológicos y sensibles puede permitirnos combatir el desánimo y el desgano para implicarnos de modo directo en una declaración de guerra hacia los modos de vida que quitan de la experiencia humana la fraternidad, el punto de vista de la igualdad y el amor por la diferencia que nos caracteriza como especie.

 

Quebrar las rutinas que nos envuelven e investigar formas de creatividad implica asumir una batalla desde lo más íntimo hasta lo más público, porque la imaginación colectiva que necesitamos no podrá efectuarse sin un activo despliegue de potencias singulares de reinvención. Como decían los vanguardistas surrealistas hace un siglo atrás, anhelamos “Cambiar la vida… y transformar la sociedad”.

 

 

*Nota publicada en Revista Zoom

martes, 17 de diciembre de 2024

Partió de este mundo Beatriz Sarlo, una de las grandes titanes

 


Partió de este mundo Beatriz Sarlo, una de las grandes titanes de una política cultural en nuestro país, de esas que valía la pena leer y escuchar (sobre todo leer), incluso para pelear, para discutir, para debatir, para polemizar. Una de esas con posición propia y que no se amilanaba.

 

¡Las veces que he discutido con amigues, compañeres de ruta al afirmar que era “Sarlista”! No tanto porque me guste decir que “soy” algo sino más bien para posicionar una reivindicación: la de su recorrido intelectual, que es parte de la historia cultural de la Argentina: la de las revistas Los Libros y Punto de vista; la de su labor editorial; la de sus clases en Letras de la UBA; la de sus libros sobre literatura argentina: la de su formación; la de su vocación de intervención... ¡Cuánto hemos aprendido a leer a partir de sus propias lecturas!

 

Recuerdo que hace poco, buscando videos de Sarlo y de Piglia en Youtube, encontré una entrevista en la que reivindicaba la formación clásica, y se reía de ella misma que, en años anteriores -decía- había sido tan bruta de promover que redujeran griego y latín de la carrera. También recuerdo ahora su intervención en 678, ella tan anti-K pero tan atenta al debate público, con su emblemático “Conmigo no, Barone”. Este año, en el Taller de “Escrituras sintomáticas” vimos su intervención sobre lenguaje inclusivo, en la que debate con Santiago Kaliwoski, que se nota que sabe más del tema, pero ella no se achica ni recula en sus posiciones.

 

Lamento su partida, lamento que la última vez que la escuché fue en una entrevista tan mala como la que le hizo Rebord y, también, que hace poco quise escribirle, cuando conseguí su email, para ver si podía entrevistarla y sumarla a un libro que estoy preparando con conversaciones que mantuve junto a Zito lema, Kohan y Gruner sobre marxismo y cultura, y me dije que, en este año de mierda, esa entrevista, podía esperar. Se la veía bien a La Sarlo, se decía que estaba escribiendo su autobiografía. Sé que hay quienes criticaban sus “aires de superioridad”, pero a mí me encantaba. Ojalá aparezcan pronto esas “memorias”, aunque sea incompletas, que leeremos con pasión como leímos las de Simone de Beauvoir.

 

MARIANO PACHECO (17- 12- 2024)