jueves, 22 de enero de 2026

Acerca de la serie “Viudas negras: p*tas y chorras”



Pude ver en estos días “Viudas negras: p*tas y chorras”, la serie creada y coescrita por Malena Pichot, también co-protagonista (en su papel de Mica) junto a Pilar Gamboa (Maru), tras varios meses transcurridos desde su estreno.

Diría, en primer lugar, que es una ficción audiovisual en la que están muy bien construidas las duplas actorales: las de Mica y Maru, ex amigas, ex viudas negras que dejaron de verse y tomaron caminos de vida totalmente diferentes, la primera como esposa de un nuevo rico y la segunda como emprendedora estética en un barrio no-céntrico de la ciudad de Buenos Aires; la de las jóvenes Rocío (Minerva Casero) y Antonella (Agustina Tremari), la primera empleada de Maru en la peluquería y centro de uñas y la segunda maestra de un hijo de Mica, además víctima de la violencia de género, quienes las protagonistas buscan, en determinado momento, que ocupen su lugar de “viudas negras de estos tiempos” (es decir: jóvenes); la de marido (Pablo) y hermano (Cristian) del personaje de Gamboa –bastante más destacado el papel del primero–, interpretados por Alan Sabbagh y Julián Lucero.

 

Pierden brillo, en cambio, la “dupla veterana” de Marcos Giussi y Paola (el mafioso y la ex convicta), interpretados por Pachu Peña y “La Callejón”. El tridente de Marina Bellati (Mecha), Monna Antonópulos (Maggie) y Paula Grinszpan (Pía), directamente, me parecieron papeles por demás forzados en su intento de ironizar hasta el absurdo la vida de las nuevas ricas de los countries.

“Viudas negras” es, entre otras cuestiones, una serie sobre la amistad, sobre el paso del tiempo (y lo que ese pasaje hace en una vida), sobre los modelos familiares (los que se pretenden construir siguiendo ciertos parámetros impuestos socialmente y los que se quieren dejar atrás, porque hay tradiciones que es mejor perderlas que recrearlas), sobre la astucia buscavidas para quienes no les ha tocado una existencia venturosa con respaldo económico desde la cuna… Y con todo eso se arma una secuencia de 8 episodios (4 horas en total) en la que además te cagas de risa. No está mal. Sobre todo para ver en el verano.

Se anunció ya una segunda temporada

miércoles, 21 de enero de 2026

Las spinozistas “lecturas imaginarias” de Diego Tatián



En Lecturas imaginarias Diego Tatián logra entramar, desde el trabajo que viene realizando desde hace décadas en torno al filósofo Baruch Spinoza, una colección de relatos que transitan en un híbrido que va y viene entre la filosofía y la literatura, estableciendo conexiones inéditas entre libros, recorridos biográficos y escenas históricas.

 

Mariano Pacheco (La Tecl@ Eñe)

 

 

Si en su trabajo específico con el concepto la filosofía nos permite situarnos críticamente (políticamente) en el mundo. En su abordaje de las fabulaciones de las que los seres humanos somos capaces, la literatura propicia un ensanchamiento de la imaginación.

 

En este caso, a través de veintiún nombres, y fechas, y lugares, se estructuran veintiún relatos, publicados en formato libro en 2020 por la editorial platense EME en su colección madriguera. Algunos de esos nombres, que aparecen zurcidos por los hilos de Spinoza en este trabajo de escritura/ imaginación que realiza Diego Tatián, son los de John Berger, Romain Rolland, Paul Celan, George Eliot, Virginia Woolf, Clarice Lispector, Deodoro Roca, Wichy El Rojo (Luis Rogelio Nogueras), Elsa Morante, Malcon X, Roland Barthes, Zbigniew Herbert, Lu Andreas Salomé, Gustave Flaubert…

 

En tiempos de cerrazón de la mirada histórica, el autor de Lecturas imaginarias logra abordar la cuestión de la imaginación, no tanto desde una textualidad conceptual, sino desde la literatura. Así, el problema filosófico aparece trabajado desde un tipo de relato en el cual la imaginación es desplegada, puesta en juego en la escritura misma.

 

Un ejemplo: Nueva Delhi, 11 de agosto de 1926, Roman Roland. Tatián plantea que, aunque el texto mismo no lo diga así, nada veda imaginar que el joven bengalí de esa historia que está contando, preso por resistir la ocupación británica en su tierra, apela al “relámpago Spinoza” para nutrir de lucidez filosófica el combate por la liberación. Así, el filósofo “pulidor de lentes” aparece, se hace presente, en una “imprevista ofrenda a la insumisión” que un olvidado activista, en las horas solitarias de su encierro, encuentra a través de la palabra escrita la posibilidad de formar comunidad con un desconocido escritor francés llamado Romain Roland, que había narrado su experiencia con la lectura de la Ética en un texto traducido al bengalí, llegado a sus manos por azar, y acaso sin saberlo, formaba asimismo comunidad “con miles de rebeldes de muchos tiempos, ya muertos e incluso aún no nacidos”.

 

Otro ejemplo: Clarice Lispector, Virginia Woolf. Escribe Tatián: ese día, en un lugar alejado de allí, una joven de 20 años llamada Clarice comenzaba a vivir su vida y acababa de descubrir a Spinoza en un pequeño libro que leyó, como sucede con los libros que marcarán la vida para siempre, por casualidad. Virginia había leído el nombre del filósofo holandés en alguno de los libros que estaba presentes en la biblioteca de su padre, el escritor Leslie Stephan. De allí que entonces conjeture: “aunque las separaban 40 años, Clarice Lispector y Virginia Woolf se hubieran entendido, o al menos hubieran tratado de entender juntas la adversidad que se abate sobre criaturas tan delicadas como lo fueron ellas”.

 

Más cerca nuestro, al menos en la geografía, parece ser ese otro relato situado en Montevideo, el 3 de noviembre de 1943. “Aunque libros de ética hay muchos, nos gustaría imaginar que el volumen destacado en la biblioteca de esa obra, llamada Constructivo con Flores y Reloj, sea la Ética de Spinoza”, escribe Tatián, refiriéndose a una pintura de Joaquín Torres García, pintada sobre cartón, en Uruguay, luego de haber pasado un tiempo en Europa. “Que haya sido precisamente ese el libro descabalado traído de Madrid, que estaba en su taller al momento de componer esa pintura, no resultaría extraño y acaso se deba a un natural interés del pintor universalista, constructivo, en una filosofía escrita a la manera de los geómetras”, insiste Tatián, quien destaca que al filósofo y al pintor los unía cierta pasión por la geometría. “Si existe un spinozismo latinoamericano –remata– esta imagen debería estar albergada allí como conjetura de una inspiración”.

 

Por último, y más cerca aún de nuestras tradiciones nacionales, quisiera rescatar de esta colección de relatos ese que Tatián sitúa en su Córdoba natal, un 29 de mayo, pero no de 1969 –día en que la clase obrera protagoniza esa rebelión que pasó a la historia bajo el nombre de “Cordobazo”– sino de 1945. Para introducir esta historia da un salto hacia adelante, se sitúa en la tarde del 23 de abril de 2018, cuando la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba recibe una donación de 49 cajas con libros, que “por su significado simbólico y cultural constituían la biblioteca más importante de la ciudad”. Una parte de esa biblioteca que el doctor Deodoro Roca atesoraba en el sótano de la vieja casona de Rivera Indarte 544 había sido destruida el 24 de marzo de 1976, cuando comienza la última dictadura que, a través de un comando del temible Ejército entonces bajo el mando de Lucio Benjamín Menéndez, incendia el estudio jurídico de su hijo Gustavo. La otra mitad (unos 2.000 libros y folletos de arte, filosofía, historia, crítica cultural y humanidades) es la que va a parar a la mencionada Facultad. Entre esos libros se encuentra una edición francesa de la Ética de Spinoza. De allí que Tatián se pregunte si Deodoro habría leído alguna vez ese libro, y recuerde asimismo que el propio Gustavo mencionó que en algún momento de 1945, su amigo Guevara (aún adolescente), mientras estudiaba en el Colegio Nacional de Montserrat, recorría con fruición los libros de la biblioteca de su padre, que había muerto tres años antes. Según el relato de Gustavo, una particular atracción ejercían sobre Ernesto los 23 tomos de las Mil y Una Noches.

 

“La biblioteca de Deodoro fue una pequeña república de las letras que reunió de manera efímera, como dos astros que se cruzaron en ella sin encontrarse, a los que acaso sean los dos nombres más importantes que ha dado Córdoba en su historia intelectual y política. ¿Se habrá detenido Ernesto en este libro de Spinoza, escrito en francés, una lengua que le era esquiva? ¿Habrá sido atraído por el nombre de su autor? ¿Lo abrió siquiera por curiosidad?”.

 

Tatián se interroga mientras recupera esa historia que, en 1964, Eduardo Galeano contó en Cuba sobre quien pasó a la historia como El Che: resulta que a los 17 años Guevara había comenzado a construir una especie de “Diccionario de filosofía”, porque entendía que tanto él como sus amigos lo necesitaban. “Diecisiete años era la edad exacta de Ernesto cuando hurgaba en la biblioteca de Deodoro, invitado por su amigo Gustavo a la casona de Rivera Indarte”, puntualiza el autor de este libro, no sin destacar que, en ese proyecto de diccionario (cuyo original conserva el Centro de Estudios Che Guevara de La Habana), hay una entrada titulada “Spinoza, Benito Baruch”. Apenas una línea en Deodoro, una breve entrada en el Che y un libro, remata Diego Tatian: “el reformista y el revolucionario no alcanzaron a conocerse. Sin embargo, el materialismo aleatorio de lo real, otra manera de nombrar la magia de las cosas, a veces vincula a los seres de manera inesperada”.

 

Cuando terminamos de leer estos veintiún relatos, y cerramos el libro, algo de esa magia que produce la escritura nos asalta por completo. Casi en estado de ensoñación –podríamos pensar, en sintonía con ese otro materialismo filosófico, el “ensoñado” promovido por León Rozitchner– nos dan ganas de cerrar los ojos, y soñar que en estos tiempos oscuros también nosotres podemos hacer serie con esas historias rebeldes, insumisas… Es entonces cuando recuerdo el consejo de Lenin: “es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestro sueños”. 

domingo, 18 de enero de 2026

Domingo 18 de enero: Darío Santillán cumpliría 45 años


Este domingo 18 de enero Darío Santillán cumpliría 45 años si no hubiese sido asesinado por la policía, junto a Maxi Kosteki, aquél 26 de junio de 2002 en la denominada “Masacre de Avellaneda”, tras la movilización piquetera y corte del Puente Pueyrredón. Entonces formábamos parte de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús y Almirante Brown que, junto con nuestros pares de Solano y Varela, y las CTD de Lanús y La Plata, parimos la Coordinadora Aníbal Verón. 

Publiqué muchas veces esta foto, precisamente, en la que nos encontramos en su departamento en el barrio Don Orione (Claypole), donde Darío vivía con sus hermanxs Leo, Javier y Noelia, festejando uno de sus cumpleaños.

Debe ser el de 1999, estoy casi seguro, porque su cumple del año anterior aún no nos conocíamos (Darío se vinculó a La 11 de Julio, la agrupación juvenil que habíamos fundado en Quilmes a mediados de 1996, recién en marzo de 1998) y en el siguiente (en el del 2000), ya estábamos junto a Pablo, Flor, Darío y El negro Luis, a punto de producir la ruptura de nuestra organización, el Movimiento La Patria Vencerá (MPV), que en ese entonces estaba en proceso de fusión con Malón, espacio en el que queda “La Cristiana”, que es la compañera que aparece en la foto (y quien diseñó todos los volantes, afiches y las revistas-fanzines “Grito de estudiantes” y “La voz de los que no tienen voz”, con sus suplementos “Carlos Mujica” y “El Roña Beckerman”, que sacamos entre 1996 y 1999).

Si efectivamente esa imagen es de enero de 1999, entonces aún estaba con vida Mercedes, su madre, porque recuerdo que me avisaron de su muerte en el momento en que yo había ido a visitar a mi hermana Gabi y mi sobrinita Zoel, muy bebé (y ella nació en febrero de 2000).

Compartir festejos de cumpleaños, juntarnos en una casa o cualquier plaza o esquina un viernes o sábado por la noche a tocar la guitarra, escabiar y conversar hasta que se hiciera de día, era parte de una cotidianeidad que también incluía asambleas barriales, tomas de escuelas o edificios públicos, movilizaciones y cortes de ruta, aficheadas y volanteadas, reuniones, salidas a pintar paredes (con aerosol o cal y ferrite), lecturas, cursos de formación de cuadros, escritura de documentos políticos. Todxs soñábamos y actuábamos en función de reactualizar una perspectiva de revolución. En Argentina, en Nuestra América (no es casual el afiche del Che que aparece arriba de nuestras cabezas)

Todo eso en 1999/ 2000, otro siglo, queda claro. 


EN INSTAGRAM UNA GALERÍA DE FOTOS DE AQUELLOS AÑOS DE AMISTAD, COMPAÑERISMO Y LUCHA 

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jueves, 15 de enero de 2026

Sobre “Escritor fracasado” de Roberto Arlt (la obra de teatro)

 


“Escritor fracasado”, la adaptación del cuento de Roberto Arlt llevada a los escenarios porteños por Diego Velázquez bajo la dirección de la actriz Marilú Marini, me dejó una sensación agridulce al verla, ya que, por temática y autor, iba más preparado a procesar lo agrio (¡y no lo digo despectivamente!), que lo dulce, ya que éste a veces empalaga.

 

Bueno, dejando de lado la estúpida metáfora, diría, en primer lugar –¡sí, ya sé, ya sé!, que toda adaptación, cinematográfica o teatral, opera como una suerte de reescritura– que más allá de algunos momentos puntuales que me gustaron (sobre todo, las microescenas finales del devenir crítico del personaje), los tramos “musicales” y esa suerte de búsqueda permanente de llevar lo cínico hacia el humor, me provocaron cierto rechazo.

 

A veces, conocer la obra “original” (en este caso, el cuento del libro “El jorobadito”) juega en contra, pero es que con Arlt –ya sea en sus novelas, cuentos, aguafuertes, obras de teatro–, así como Dostoievski y Kafka, si uno tiende a reírse es por incomodidad, nerviosismo, y sólo lo hace en momentos puntuales. Aquí uno se ve rodeado de un público que parece haber asistido a una comedia (“nuestro deseo es compartir la sonrisa que intuimos en Arlt al momento de escribir este texto que desarticula y denuncia la mediocridad”, puede leerse en el programa).

 

Esto no quita el reconocimiento del maratónico monólogo de una hora y diez que sostiene el actor en el escenario, a quien ya habíamos visto como Remo en la adaptación de la saga novelística “Los siete locos/ Los lanzallamas” que en 2013 hiciera Ricardo Piglia para la TV Pública. 

 

Siguiendo el sarcasmo y la ironía de “Escritor fracasado” y la frustración que expresa el personaje-narrador, me quedo con esta frase del cuento:

 

“¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?”

 

La obra pueden verla el miércoles 21/01 y el jueves 29/01, 20 hs en Dumont 4040 (Chacarita). A las 19.45 abren puerta de sala y si llegas 20.05, ¡te quedas afuera!).

 

Vayan a verla… ¡así seguimos con la discusión!

 

 




 

domingo, 11 de enero de 2026

Acerca de “Parar la oreja. Notas para una política de la escucha” de Gabriel Giorgi- Lecturas de verano (I)

Estoy leyendo, con toda la atención que se merece y la admiración que suscita, este libro de Gabriel Giorgi publicado en diciembre de 2025, el mismo año en que leí cantidad de libros, escritos y publicados en una argentina en donde el campo político progresista y de izquierda parecen encontrarse arrasados.

Parece un síntoma de época: la cantidad de personas que encuentran (que encontramos) en la lectura y la escritura, en el arte, en los colectivos de estudio y la conversación en pequeños grupos, el oxígeno necesario para poder respirar un poco, y continuar con la marcha de una crítica que requiere auto-indagación rigurosa y relanzamiento estratégico en función de la mutación acelerada de los tiempos que corren. Encontré muchas resonancias entre este planteo y el de las “escrituras sintomáticas que vengo trabajando desde hace ya algunos años (“el sujeto de la escucha no es nunca un YO”, plantea su autor).

Giorgi sostiene que algo de la crítica contemporánea pasa por “desmalezar el ruido”, ese que desde la cúpula misma del Estado y de los aparatos de comunicación (TV, radio, streaming, redes) se promueve para captar la atención y extenuar los cuerpos. Así, meter ruido, agotar, saturar, desorientar, son piezas de una estrategia en la que lo inarticulado marca uno de los tonos de la época.

Frente a todo esto resulta fundamental la escucha de los social, el entrenamiento de la atención, concentración, escucha que siempre implica a un sujeto, en un campo relacional, capaz de hacer sentidos.

“Poner el cuerpo” asimismo poner el oído con una predisposición a la escucha, esa que lleva tiempo y habilita la hospitalidad, desaceleración, desobediencia, desvío, interferencia, fuga hacia una capacidad de habitar otros espacio-tiempos, zonas heterogéneas de encuentros donde se pueda explorar nuevamente un tipo de trama común “que interrogue lo público en momentos en que la vida pública se vuelve objeto de los ataques más brutales por parte de las ultraderechas”.

Espero terminar pronto el libro, para poder encontrarme con su autor a conversar, grabar, y armar una entrevista para Perfil Cultura




sábado, 10 de enero de 2026

Sobre Nouvelle Vague, el film que recrea la nueva ola del cine francés y la filamción de Sin aliento de Godard



¡Cómo me gustó "Nouvelle Vague"!, filmada 100% en blanco y negro, en París y casi en su totalidad en francés, con una gran apuesta por recrear ese mundo poblado por los jóvenes cerebritos que al calor de experiencias como “Cahiers du Cinéma”  (fundados, entre otros, por André Bazin) y la referencia de grandes titanes como quienes habían protagonizado el Neorrealismo en Italia, parieron aquella nueva ola del cine francés (mini spoyler: genial la aparición de Roberto Rossellini en la redacción de “Los cuadernos”).


Me cuesta dilucidar si es por el film en sí mismo o porque amo ese período del cine francés, que parió a directores como François Truffaut, Claude chabrol, Jacques Rivette y Jean Luc Godard, en quien está concentrada la mirada de esta película (Francia-EE.UU, 2025), escrita por Holly Gent, Vincent Palmo Jr., Michèle Pétin y Laetitia Masson, dirigida por Richard Linklater, que recupera los 23 días transcurridos entre mediados de agosto y principios de septiembre de 1959) en que se filmó “À bout de souffle” (1960), opera prima de Godard, protagonizada por la actriz norteamericana Jean Seberg y el actor francés Jean-Paul Belmondo


(IMPORTANTE: desde el 15/01 se restrena en “Sin aliento” en cines de Buenos Aires).


El film está interpretado por Guillaume Marbeck (interpretando a Godard), Zoey Deutch (como Jean Seberg) y Aubry Dullin (en el papel de Belmondo), los tres con un parecido asombroso a los protagonistas reales de esta historia.


Como sostiene el gran Roger Koza en un comentario de estos días, “la amistad en el cine y a través del cine es la verdadera luz de la película de Linklater. El resto es cinefilia y felicidad, y un repaso didáctico de cómo se podía (y se puede) filmar con mayor libertad y sin tanto dinero”.


La peli puede verse en Netflix, pero creo que vale la pena ir a verla al cine. En ciudad de Buenos Aires (al menos ahí fui yo), sigue en cartelera en Lorca de la calle Corrientes (casi esquina Uruguay)

 

 

jueves, 8 de enero de 2026

Sartre, "La República del Silencio"


Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos y en primer lugar el de hablar; nos insultaban a la cara cada día y era necesario callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; en todas partes, en los muros, en los periódicos, en las pantallas encontrábamos ese rostro inmundo que nuestros opresores nos querían dar de nosotros mismos: debido a todo eso éramos libres.

 Porque el veneno nazi se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento era, precisamente, una conquista; porque una policía todopoderosa procuraba obligarnos al silencio, cada palabra se volvía primordial como una declaración de principios; porque éramos perseguidos, cada uno de nuestros gestos tenía el peso de un compromiso. Las mismas circunstancias de nuestro combate, a menudo atroces, nos hacían vivir sin maquillaje y sin velos esta situación desgarrada e insoportable que llamamos la condición humana. El exilio, la cautividad, la muerte sobre todo, que enmascaramos hábilmente en las épocas felices, se nos hacían ahora el objeto perpetuo de nuestras preocupaciones; aprendimos que no son accidentes evitables, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores: era preciso ver en ellos lo que nos tocaba, nuestro destino, la fuente profunda de nuestra realidad de hombres; en cada segundo vivíamos en plenitud el sentido de esta pequeña frase banal: “Todos los hombres son mortales”. Y las elecciones que cada uno hacía de sí mismo eran auténticas porque se hacían en presencia de la muerte, porque siempre se podrían haber expresado bajo esta forma: “Antes la muerte que…”. Y no hablo aquí de esa elite que fueron los verdaderos Resistentes, sino de todos los franceses que, a cualquier hora del día y de la noche, durante cuatro años dijeron no. La crueldad misma del enemigo nos empujaba a los extremos de nuestra condición, obligándonos a hacernos estas preguntas que eludimos en la paz: todos aquellos de entre nosotros – ¿y qué franceses no estuvieron en una u otra ocasión en este caso?– que conocían algunos detalles interesantes de la Resistencia se preguntaban con angustia: “Si me torturan, ¿aguantaré el golpe?”. Así se planteaba la cuestión misma de la libertad, y nos encontrábamos a orillas del conocimiento más profundo que el hombre puede tener de sí mismo. Porque el secreto del hombre no es el complejo de Edipo ni el de inferioridad, es el límite mismo de su libertad, es su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte.


A aquéllos que tuvieron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha les aportaba una experiencia nueva: No combatían el pleno día, como soldados; perseguidos en la soledad, detenidos en la soledad, era en el abandono, en la privación más completa que ellos resistían a las torturas: Solos y desnudos delante de los verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poder social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Sin embargo, en lo más profundo de esta soledad, estaban los otros, todos los otros, todos los camaradas de resistencia que ellos defendían; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien detenciones. Esta responsabilidad total en la soledad total, ¿no es la revelación misma de nuestra libertad? Este desamparo, esta soledad, este riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los hombres; para aquellos que portaban mensajes cuyo contenido ignoraban como para aquellos que decidían por toda la Resistencia, una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo donde se encuentre semejante igualdad en los riesgos para el soldado y para el generalísimo. Y he ahí porque la Resistencia fue una verdadera democracia: para el soldado y para el jefe, el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma absoluta libertad en la disciplina. Así, en la sombra y en la sangre, se constituyó la más fuerte de las Repúblicas. Cada uno de sus ciudadanos sabía lo que debía a todos y que no podía contar más que consigo mismo; cada uno de ellos conocía, en el desamparo más absoluto, su rol histórico. Cada uno de ellos, contra los opresores, se arriesgaba a ser él mismo, irremediablemente, y eligiéndose a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos. Esta república sin instituciones, sin ejército, sin policía, hacía falta que cada francés la conquistara y la afirmara a cada instante contra el nazismo. Nosotros aquí nos vemos, a punto de otra República: No podemos sino desear que ella conserve en pleno día las austeras virtudes de la República del Silencio y de la Noche.


Lettres Fraçaises en 1944