jueves, 8 de enero de 2026

Sartre, "La República del Silencio"


Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos y en primer lugar el de hablar; nos insultaban a la cara cada día y era necesario callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; en todas partes, en los muros, en los periódicos, en las pantallas encontrábamos ese rostro inmundo que nuestros opresores nos querían dar de nosotros mismos: debido a todo eso éramos libres.

 Porque el veneno nazi se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento era, precisamente, una conquista; porque una policía todopoderosa procuraba obligarnos al silencio, cada palabra se volvía primordial como una declaración de principios; porque éramos perseguidos, cada uno de nuestros gestos tenía el peso de un compromiso. Las mismas circunstancias de nuestro combate, a menudo atroces, nos hacían vivir sin maquillaje y sin velos esta situación desgarrada e insoportable que llamamos la condición humana. El exilio, la cautividad, la muerte sobre todo, que enmascaramos hábilmente en las épocas felices, se nos hacían ahora el objeto perpetuo de nuestras preocupaciones; aprendimos que no son accidentes evitables, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores: era preciso ver en ellos lo que nos tocaba, nuestro destino, la fuente profunda de nuestra realidad de hombres; en cada segundo vivíamos en plenitud el sentido de esta pequeña frase banal: “Todos los hombres son mortales”. Y las elecciones que cada uno hacía de sí mismo eran auténticas porque se hacían en presencia de la muerte, porque siempre se podrían haber expresado bajo esta forma: “Antes la muerte que…”. Y no hablo aquí de esa elite que fueron los verdaderos Resistentes, sino de todos los franceses que, a cualquier hora del día y de la noche, durante cuatro años dijeron no. La crueldad misma del enemigo nos empujaba a los extremos de nuestra condición, obligándonos a hacernos estas preguntas que eludimos en la paz: todos aquellos de entre nosotros – ¿y qué franceses no estuvieron en una u otra ocasión en este caso?– que conocían algunos detalles interesantes de la Resistencia se preguntaban con angustia: “Si me torturan, ¿aguantaré el golpe?”. Así se planteaba la cuestión misma de la libertad, y nos encontrábamos a orillas del conocimiento más profundo que el hombre puede tener de sí mismo. Porque el secreto del hombre no es el complejo de Edipo ni el de inferioridad, es el límite mismo de su libertad, es su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte.


A aquéllos que tuvieron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha les aportaba una experiencia nueva: No combatían el pleno día, como soldados; perseguidos en la soledad, detenidos en la soledad, era en el abandono, en la privación más completa que ellos resistían a las torturas: Solos y desnudos delante de los verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poder social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Sin embargo, en lo más profundo de esta soledad, estaban los otros, todos los otros, todos los camaradas de resistencia que ellos defendían; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien detenciones. Esta responsabilidad total en la soledad total, ¿no es la revelación misma de nuestra libertad? Este desamparo, esta soledad, este riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los hombres; para aquellos que portaban mensajes cuyo contenido ignoraban como para aquellos que decidían por toda la Resistencia, una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo donde se encuentre semejante igualdad en los riesgos para el soldado y para el generalísimo. Y he ahí porque la Resistencia fue una verdadera democracia: para el soldado y para el jefe, el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma absoluta libertad en la disciplina. Así, en la sombra y en la sangre, se constituyó la más fuerte de las Repúblicas. Cada uno de sus ciudadanos sabía lo que debía a todos y que no podía contar más que consigo mismo; cada uno de ellos conocía, en el desamparo más absoluto, su rol histórico. Cada uno de ellos, contra los opresores, se arriesgaba a ser él mismo, irremediablemente, y eligiéndose a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos. Esta república sin instituciones, sin ejército, sin policía, hacía falta que cada francés la conquistara y la afirmara a cada instante contra el nazismo. Nosotros aquí nos vemos, a punto de otra República: No podemos sino desear que ella conserve en pleno día las austeras virtudes de la República del Silencio y de la Noche.


Lettres Fraçaises en 1944

 

Sartre, "París bajo la ocupación"

 


 

Al llegar a París, muchos ingleses y norteamericanos quedaron asombrados al hallarnos menos flacos de lo que pensaban. Vieron vestidos elegantes que parecían nuevos, chaquetas que, de lejos, tenían buen aspecto; sólo en pocas ocasiones encontraron la palidez del rostro y la miseria fisiológica que ordinariamente atestiguan de la inanición. Cuando la solicitud se ve defraudada, se convierte en rencor, y me temo que interiormente nos hayan reprochado el que no correspondiéramos del todo a la imagen patética que de antemano se hacían de nosotros. Acaso algunos de ellos se hayan preguntado, en lo íntimo de su corazón, si la ocupación había sido tan terrible, si, después de todo, Francia no debía considerar como una suerte la derrota que la había puesto fuera de juego y que le permitiría recobrar su lugar de gran potencia sin haberlo merecido por grandes sacrificios; acaso hayan pensado con el “Daily Express” que los franceses, comparados con los ingleses, no vivieron tan mal durante aquellos cuatro años.


A tales personas querría dirigirme. Querría explicarles que se equivocan, que la ocupación fue una prueba terrible, que no es seguro que Francia pueda recobrarse de ella y que no hay ni un francés que no haya envidiado a veces la suerte de sus aliados ingleses. Pero, en el momento de comenzar, siento toda la dificultad de mí tarea. Otra vez conocí este embarazo. Volvía del cautiverio y me interrogaban acerca de la vida de los prisioneros: ¿cómo hacer sentir la atmósfera de los campos de concentración a quienes no habían vivido en ellos? Hubiera bastado un papirotazo para que todo aquello resultara negro y otro papirotazo para que todo pareciera risueño y alegre. La verdad no estaba tampoco en lo que se designa como “término medio”. Reclamaba mucha inventiva y arte para ser expresada y mucha buena voluntad e imaginación para ser comprendida. Hoy me hallo ante un problema análogo: ¿cómo dar una idea cabal de lo que fue la ocupación a los habitantes de los países que permanecieron libres? Hay un abismo entre nosotros que las palabras no podrían colmar. Los franceses que hablan entre sí de los alemanes, de la Gestapo, de la Resistencia, del mercado negro, se entienden sin dificultad; pero ello se debe a que han vivido los mismos acontecimientos y, por lo tanto, conservan los mismos recuerdos. Pero los ingleses y los franceses no tienen un recuerdo en común pues todo lo que Londres vivió en el orgullo, París lo vivió en la desesperación y la vergüenza. Será preciso que aprendamos a hablar de nosotros sin pasión, será preciso que ustedes aprendan a comprender nuestra voz y a percibir, más allá de las palabras, cuanto sólo puede sugerirse, cuanto pueden significar un gesto o un silencio.

Si no obstante intento hacer entrever la verdad, tropiezo con nuevas dificultades: la ocupación de Francia fue un inmenso fenómeno social que afectó a treinta y cinco millones de seres humanos. ¿Cómo hablar en nombre de todos ellos? Las ciudades pequeñas, los grandes centros industriales, las distintas zonas del campo conocieron suertes diferentes. Tal ciudad no vio jamás a los alemanes y en tal otra estuvieron acantonados cuatro años. Puesto que sobre todo viví en París, me limitaré a describir la ocupación en París. Dejaré de lado los sufrimientos físicos, el hambre, que fué real pero se mantuvo oculta, la disminución de nuestra vitalidad, los progresos de la tuberculosis; después de todo, estas desdichas cuya extensión las estadísticas revelarán un día, no dejan de tener equivalentes en Inglaterra. Sin duda el nivel de vida se mantuvo allí sensiblemente más elevado que el nuestro, pero ustedes padecieron los bombardeos, las V 1, las pérdidas militares, al paso que nosotros no combatíamos. Pero sufrimos otras pruebas y sobre éstas quiero escribir. Intentaré mostrar la manera en que los parisienses sintieron la ocupación.


Ante todo debemos desembarazarnos de las imágenes de Épinal; no, los alemanes no recorrían las calles empuñando las armas; no, no obligaban a los civiles a cederles el paso, a bajar ante ellos de las aceras. En el subterráneo ofrecían el asiento a las ancianas, se enternecían a menudo con los niños y les acariciaban las mejillas. Habían recibido la orden de mostrarse correctos y se mostraban correctos, aunque con timidez y aplicación, por disciplina; a veces hasta manifestaban una buena voluntad ingenua que no hallaba donde emplearse. Y no imaginen ustedes tampoco que los franceses adoptaban frente a los ocupantes una mirada aplastante de menosprecio. Por cierto, la inmensa mayoría de la población se abstuvo de todo contacto con el ejército alemán. Pero no ha de olvidarse que la ocupación fue cotidiana. Alguien a quien se le preguntó qué había hecho bajo el Terror, respondió: “Viví…”. Todos podríamos dar hoy esta respuesta. Durante cuatro años hemos vivido, y los alemanes también vivían en medio de nosotros, sumergidos, ahogados por la vicia unánime de la gran ciudad. No pude ver sin sonreír una foto de France Libre que me mostraron en los últimos días: representa a un oficial alemán de nuca brutal y anchas espaldas que registra los estantes de una tienda de los muelles, bajo la mirada fría y triste de un anciano librero de viejo que luce una perilla bien francesa. El alemán se pavonea, parece desalojar a su enjuto vecino del cuadro. Bajo la imagen, una leyenda nos explica: “El alemán profana los muelles del Sena, que antes pertenecían a los poetas y a los soñadores”. Admito que no se trata de un truco fotográfico; sólo que no es más que una foto, una selección arbitraria. El ojo abarca un campo más vasto: el fotógrafo veía centenares de franceses que hojeaban libros en decenas de tiendas y a un solo alemán, demasiado pequeño en aquel escenario amplio, a un solo alemán que hojeaba un viejo libro, a un soñador, quizá a un poeta… en todo caso un personaje inofensivo. Y este aspecto del todo inofensivo es el que nos ofrecían a cada instante los soldados que se paseaban por las calles. La multitud se abría para volver a cerrarse tras sus uniformes, cuyo color verde ponía una mancha pálida y modesta, casi esperada, en medio de las ropas oscuras de los civiles. Además, las mismas necesidades cotidianas nos hacían rozarnos con ellos, las mismas corrientes colectivas nos zarandeaban, nos arrastraban, nos hacían marchar juntos; nos apretábamos contra ellos en el subterráneo, chocábamos con ellos en las noches oscuras. Sin duda los habríamos matado sin piedad si hubiéramos recibido tal orden, sin duda conservábamos el recuerdo de nuestros rencores y de nuestro odio; pero tales sentimientos habían tomado un giro un tanto abstracto y a la larga se había establecido una suerte de solidaridad vergonzosa e indefinible entre los parisienses y aquellos soldados tan semejantes, en el fondo, a los soldados franceses. Una solidaridad que no iba acompañada de nada de simpatía y que estaba hecha, más bien, de una suerte de costumbre biológica. Al principio, su vista nos hacía mal y luego, poco a poco, fuimos olvidando que los veíamos: habían adquirido un carácter institucional. Lo que acababa de volverlos inofensivos era su ignorancia de nuestra lengua. Oí cien veces a parisienses, en el café, expresarse libremente sobre política a dos pasos de un alemán solitario, sentado a una mesa ante un vaso de limonada y con la mirada vaga perdida en el vacío. Más nos parecían muebles que hombres. Cuando nos detenían con extremada cortesía para pedirnos que les indicáramos su camino –y para la mayor parte de nosotros ésta fué la única ocasión de hablarles–, nos sentíamos más molestos que rencorosos; para decirlo todo, no éramos naturales. Recordábamos la consigna que nos habíamos dado de una vez por todas: no dirigirles nunca la palabra. Pero, al mismo tiempo, se despertaba en nosotros, ante aquellos soldados extraviados, una vieja servicialidad humanista, otra consigna que se remontaba a nuestra infancia y que nos ordenaba no dejarlos en apuros. Entonces, decidíamos según el estado de ánimo y la ocasión, decíamos: “No sé” o “Doble a la izquierda en la segunda calle”; en ambos casos, nos alejábamos descontentos de nosotros mismos. En una oportunidad, en la avenida Saint-Germain volcó un automóvil militar en que viajaba un coronel alemán. Vi a diez franceses que se precipitaban en su auxilio. Odiaban al coronel, desde luego; y entre ellos estoy seguro de que se contaban varios de los F.F.I. que, dos años más tarde, se tirotearon con los alemanes en esa misma avenida. Pero, ¿cómo? ¿Era un ocupante aquel hombre que yacía aplastado bajo su automóvil? ¿Y qué debía hacerse? El concepto de enemigo sólo aparece del todo firme y del todo claro cuando el enemigo está separado de nosotros por una barrera de fuego.


No obstante, había un enemigo –y el más aborrecible– pero no .tenía rostro. O por lo menos, de los que lo vieron pocos regresaron para describirlo. Lo compararía de buen grado con un pulpo que se apoderaba en la sombra de nuestros mejores hombres y los hacía desaparecer. Parecía que se produjeran en torno de nosotros engullimientos silenciosos. Un buen día telefoneábamos a un amigo y el teléfono sonaba largo tiempo en el departamento vacío; llamábamos a su puerta y no abría; si el portero forzaba la cerradura, hallábamos en el vestíbulo dos sillas, una junto a otra, y, entre sus patas, colillas de cigarrillos alemanes. Cuando habían asistido al arresto, las mujeres y las madres de los desaparecidos atestiguaban que se los habían llevado alemanes muy corteses, semejantes a los que en la calle nos pedían que les indicásemos su camino. Y cuando iban a inquirir por su suerte, en la avenida Foch o en la calle Saussaies, las recibían con cortesía y a veces se retiraban oyendo palabras alentadoras. Sin embargo, en la avenida Foch y en la calle Saussaies oíanse desde las casas vecinas, durante todo el día y hasta altas horas de la noche, alaridos de sufrimiento y de terror. En París no había nadie sin un amigo o un pariente arrestado, deportado o fusilado por los alemanes. Parecía que hubiera agujeros ocultos en la ciudad y que ésta se vaciara por esos agujeros, como presa de una hemorragia interna e indiscernible. Por lo demás, de esto se hablaba poco; se disimulaba más aún que el hambre esta sangría ininterrumpida, en parte por prudencia, en parte por dignidad. Decíase: “Ellos lo arrestaron” y ese “Ellos”, semejante al de que se valen a veces los locos para nombrar a sus perseguidores imaginarios, apenas designaba a hombres sino más bien una especie de pez viviente o impalpable que todo lo ennegrecía, hasta la luz. De noche, los oíamos. Hacia medianoche resonaban en la calzada los trotecitos aislados de los transeúntes rezagados que querían llegar a sus casas antes del toque de queda, y luego sobrevenía el silencio. Se sabía, entonces, que los únicos pasos que golpeteaban afuera eran sus pasos. Es difícil hacer sentir la impresión que podía producir aquella ciudad desierta, aquella no man’s land pegada a nuestras ventanas y que sólo ellos poblaban. Las casas no constituían en modo alguno una defensa. La Gestapo llevaba a cabo con frecuencia las detenciones entre medianoche y las cinco de la mañana. Parecía que a cada instante la puerta fuera a abrirse para dar paso a un soplo frío, a algo de noche y a tres alemanes afables que empuñaban revólveres. Hasta cuando no los nombrábamos, hasta cuando no pensábamos en ellos, su presencia estaba entre nosotros; la sentíamos por cierta faz que nos ofrecían los objetos, según la cual nos pertenecían menos, se nos aparecían más ajenos, más fríos, en cierto modo más públicos, como si la mirada de un desconocido violara la intimidad de nuestros hogares. De mañana encontrábamos en las calles a alemanes inocentes que se dirigían presurosos a sus oficinas con una cartera bajo el brazo y que más se asemejaban a abogados vestidos de uniforme que a militares. Intentábamos hallar en aquéllos rostros inexpresivos y familiares algo de la rencorosa ferocidad que habíamos imaginado durante la noche. En vano. No obstante, el horror no se disipaba y, acaso, lo más penoso fuera aquel horror abstracto que no llegaba a posarse sobre nadie. En todo caso, tal es el primer aspecto de la ocupación; imagínense, pues, lo que era aquella coexistencia perpetua de un odio fantasmal y de un enemigo demasiado familiar al que no llegábamos a odiar.


Pero aquel horror tenía muchas otras causas. Sin embargo, antes de seguir adelante, es preciso evitar una equivocación: no ha de imaginárselo como una emoción sobrecogedora y viva. Ya lo dije: vivimos. Esto significa que podíamos trabajar, comer, conversar, dormir, a veces hasta reír, si bien la risa era bastante rara. El horror parecía estar fuera, en las cosas. Podíamos olvidarnos de él por un momento, apasionarnos por una lectura, una conversación, un negocio, pero siempre volvíamos a él y advertíamos que no nos había abandonado. Calmo y estable, casi discreto, teñía tanto nuestros ensueños como nuestros pensamientos más prácticos. Constituía a la vez la trama de nuestras conciencias y el sentido del mundo. Hoy, que se ha disipado, sólo vemos en él un elemento de nuestra vida; pero, cuando estábamos sumergidos en el horror, se nos había hecho tan familiar que a veces lo considerábamos la tonalidad natural de nuestros estados de ánimo. ¿Se me comprenderá si digo que era a la vez intolerable y que nos adaptábamos muy bien a él?


Según se dice, algunos locos sienten intensamente que un acontecimiento atroz desquició sus vidas. Y cuando quieren comprender qué es lo que les provoca una impresión tan fuerte de ruptura entre su pasado y su presente, no hallan nada, nada se produjo. Tal era, poco más o menos, nuestro caso. A cada instante sentíamos que se había roto un lazo con el pasado. Las tradiciones estaban rotas, así como las costumbres. Y no percibíamos claramente el sentido de aquel cambio, que la misma derrota no explicaba por entero. Hoy veo cuál era: París estaba muerto. No más autos, no más transeúntes, salvo a determinadas horas y en ciertos barrios. Marchábamos entre piedras; parecía que fuéramos los hombres olvidados de un inmenso éxodo. Algo de vida provinciana se había instalado artificialmente en los ángulos de la capital; quedaba un esqueleto de ciudad, pomposo e inmóvil, demasiado largo y demasiado ancho para nosotros: demasiado anchas eran las calles que descubríamos hasta donde alcanzaba la vista, demasiado grandes eran las distancias, demasiado vastas las perspectivas. Uno se perdía allí y los parisienses se quedaban en sus casas o llevaban una vida de barrio, temerosos de circular entre aquellos grandes palacios severos que la noche hundía en las tinieblas absolutas. Pero en esto también hay que guardarse de exagerar. Muchos de nosotros gustaron de la tranquilidad burguesa, del encanto anticuado que aquella capital exangüe tomaba al claro de luna; pero su propio placer estaba teñido de amargura, pues nada hay más amargo que el que uno se pasee por su calle, alrededor de su iglesia, de su municipalidad, y sienta la misma alegría melancólica que si visitara el Coliseo o el Partenón bajo la luna. Todo era ruinas: casas deshabitadas del siglo XVI con los postigos cerrados, hoteles y cines confiscados y señalados con barreras blancas contra las cuales tropezábamos de golpe, bares y tiendas cerrados hasta que finalizara la guerra y cuyos propietarios habían sido deportados, habían muerto o desaparecido, pedestales sin estatuas, jardines cortados en dos o desfigurados por casamatas de hormigón armado, y todas aquellas gruesas letras polvorientas en lo alto de las casas, avisos luminosos que no se encendían. En los cristales de los escaparates se leían frases que parecían grabadas en piedras tumbales: chucrut a toda hora; pastelería vienesa; week-end en Touquet; todo para el automóvil. Hemos conocido eso, dirán ustedes. También en Londres padecimos el black-out y las restricciones. Lo sé muy bien, pero tales cambios de la vida de ustedes no tenían el mismo sentido que los nuestros. Londres, mutilada, velaba y seguía siendo la capital de Inglaterra, mientras que París ya no era la capital de Francia. Antes todas las rutas, todos los rieles llevaban a París; el parisiense estaba en su casa en medio de Francia, en medio del mundo. En el horizonte de todas sus ambiciones, de todos sus amores, se recortaban Nueva York, Madrid, Londres. Alimentada por Périgord, por Beauce, por Alsacia, por las pesqueras del Atlántico, la capital no era, como la Roma antigua, una ciudad parasitaria; regulaba los intercambios y la vida de la nación, elaboraba las materias primas, era la plataforma de Francia. Pero con el armisticio, todo cambió. La división de Francia en dos zonas separó a París del campo; las costas de Bretaña y de Normandía se convirtieron en zonas prohibidas. Un muro de hormigón separó a Francia de Inglaterra y de América. Quedaba Europa, pero Europa era una palabra que producía horror, pues significaba servidumbre. La ciudad de los reyes había perdido hasta su función política; de ella la había despojado el gobierno fantasma de Vichy. Francia, dividida por la ocupación en provincias encerradas en sí mismas, había olvidado a París. La Ciudad no era más que una gran aglomeración plana e inútil, habitada por los recuerdos de su grandeza y a la que se mantenía con inyecciones intermitentes. Debía su vida languideciente al número de vagones y camiones que los alemanes decidían dejar entrar cada semana. Apenas Vichy se hiciera algo la olvidadiza, apenas Laval demorara un par de días la entrega de trabajadores a Berlín, se suspendían inmediatamente las inyecciones. París se ajaba y bostezaba de hambre bajo el cielo vacío. Aislado del mundo, alimentado por piedad o por cálculo, sólo poseía una existencia abstracta y simbólica. En el curso de aquellos cuatro años, los franceses vieron mil veces, en los escaparates de las despensas, apretadas hileras de botellas de vino y coñac. Se acercaban, atraídos, pero sólo para leer en un cartel: escaparate ficticio. Y así era París, no era sino un escaparate ficticio. Todo era hueco, todo estaba vacío: el Louvre sin cuadros, la Cámara sin diputados, el Senado sin senadores, el liceo Montaigne sin estudiantes. La existencia artificial que los alemanes mantenían aún en París, las representaciones teatrales, las carreras, las fiestas miserables y lúgubres no se proponían sino mostrar al universo que Francia estaba salvada puesto que París aún vivía. Por su parte, los ingleses, que aplastaban con sus bombas a Lorient, Ruán o Nantes, habían decidido respetar a París. Y así disfrutábamos en aquella ciudad agonizante de una calma mortuoria y simbólica. En torno de aquel islote llovían el hierro y el fuego; pero, así como no se nos permitía compartir el trabajo de nuestras provincias, tampoco teníamos el derecho de compartir sus sufrimientos. Un símbolo: esta ciudad laboriosa no era más que un símbolo. Nos mirábamos unos a otros y nos preguntábamos si no nos habríamos convertido también nosotros en símbolos.


Ello es que, durante cuatro años, nos robaron nuestro futuro. Dependíamos de los otros. Y para los otros, no éramos más que un objeto. Sin duda la radio y la prensa de Inglaterra nos testimoniaban amistad. Pero habría sido preciso que fuésemos muy petulantes o muy ingenuos para creer que los ingleses proseguían aquella guerra sangrienta con el fin de liberarnos. Defendían sus intereses vitales, virilmente, con las armas en la mano, y sabíamos de sobra que sólo entrábamos en sus cálculos como un factor entre otros factores. En cuanto a los alemanes, pensaban en el mejor medio de reunir aquel pedazo de tierra al bloque “Europa”. Sentíamos que se nos escapaba nuestro destino; Francia se asemejaba a un tiesto de flores que se pone en el alféizar de la ventana cuando hace sol y que se retira por la noche, sin pedirle su opinión.


Todo el mundo conoce a esos enfermos llamados “despersonalizados” que, de pronto, caen en la cuenta de que “todos los hombres están muertos” porque dejaron de proyectar su futuro más allá de sí mismos y porque, al mismo tiempo, dejaron de sentir el futuro de los otros. Lo más penoso de todo era acaso el que todos los parisienses estuvieran despersonalizados. Antes de la guerra, si mirábamos con simpatía a un niño, a un joven, a una muchacha, lo hacíamos porque presentíamos su futuro, el cual adivinábamos oscuramente en sus gestos, en los pliegues de sus rostros. Pues un hombre viviente es ante todo un proyecto, una empresa. Pero la ocupación había despojado a los hombres de futuro. Nunca seguimos entonces a una pareja con la mirada, tratando de imaginar su destino, pues no teníamos más destino que un clavo o un picaporte. Todos nuestros actos eran provisionales y su sentido estaba limitado al mismo día en que los realizábamos. Los obreros trabajaban en las fábricas día tras día, pero la electricidad podía faltar el día siguiente, Alemania podía interrumpir sus envíos de materias primas, los alemanes podían decidir bruscamente deportaba a Baviera o al Palatinado; los estudiantes preparaban sus exámenes pero, ¿quién se hubiera atrevido a afirmar que podrían rendirlos? Nos mirábamos y nos parecía ver muertos. Aquella deshumanización, aquella petrificación del hombre resultaban tan intolerables, que muchos, para escapar a ella, para recobrar un futuro, abrazaron la Resistencia. Extraño futuro, cerrado por los suplicios, la prisión, la muerte, pero que por lo menos creábamos con nuestras propias manos.1 Pero la Resistencia no era más que una solución individual, y esto siempre lo supimos: sin ella los ingleses hubieran ganado la guerra, con ella la hubieran perdido si debían perderla. A nuestros ojos, poseía sobre todo un valor simbólico, y ésta es la razón por la cual muchos miembros de la Resistencia estaban desesperados: no eran sino símbolos. Una rebelión simbólica en una ciudad simbólica. Lo único verdadero eran las torturas.


De esta suerte nos sentíamos fuera del juego. Nos avergonzaba el no comprender aquella guerra que no hacíamos. Desde lejos veíamos cómo los ingleses y los rusos se adaptaban a la táctica alemana mientras nosotros continuábamos rumiando aún nuestra derrota de 1940. Ésta había sido demasiado rápida y nada nos había enseñado. Quienes nos felicitan irónicamente por haber escapado a la guerra no se imaginan con qué ardor los franceses hubieran deseado reanudar el combate. Día tras día veíamos nuestras ciudades destruidas, nuestras riquezas aniquiladas. Nuestra juventud se debilitaba en forma alarmante, tres millones de los nuestros se pudrían en Alemania, la natalidad francesa disminuía. ¿Qué batalla hubiera sido más destructora? Pero esos sacrificios que habríamos realizado de buena gana si hubieran apresurado nuestra victoria, carecían de todo sentido y no tenían utilidad alguna; en el peor de los casos hubieran servido a los alemanes. Esto acaso todos lo comprendan: lo terrible no es sufrir ni morir, sino sufrir, sino morir en vano.


En aquel desamparo absoluto en que nos hallábamos solíamos ver pasar por encima de nuestras cabezas aviones aliados. Nuestra situación era tan paradójica que la sirena nos los señalaba como enemigos. Las órdenes eran formales: había que abandonar las oficinas, cerrar las tiendas y bajar a los refugios. No obedecíamos jamás y permanecíamos en las calles mirando hacia arriba. No hay que ver en esta indisciplina una vana rebelión o una tonta afectación de valor, pues lo cierto es que mirábamos desesperadamente a los únicos amigos que nos quedaban. Aquel joven piloto que pasaba en su avión por encima de nuestras cabezas estaba unido a Inglaterra, a los Estados Unidos, por lazos invisibles, venía a constituir todo un mundo inmenso y libre que llenaba el cielo. Pero los únicos mensajes de que era portador eran mensajes de muerte. Jamás se sabrá qué fe en nuestros aliados hemos debido sentir para continuar amándolos, para desear con ellos aquellas destrucciones que llevaban a cabo en nuestro suelo, para saludar a pesar de todo a sus bombarderos como al rostro de Inglaterra. Si las bombas no daban en su objetivo y caían en un radio urbano, nos ingeniábamos para hallar excusas y a veces hasta acusábamos a los alemanes de haberlas lanzado para que nos alzáramos contra los ingleses, o de haber dado intencionadamente la alerta demasiado tarde. Pasé algunos días en El Havre, en casa de uno de mis camaradas de cautiverio, durante el período en que arreciaron los bombardeos. La primera noche nos reunimos en torno del aparato de radio cuyos botones el padre de familia maniobraba con una solemnidad ingenua y conmovedora; se hubiera dicho que celebraba misa. Cuando la B.B.C. nos daba las primeras informaciones, oímos un lejano rugido de aviones. Sabíamos muy bien que lanzarían sus bombas sobre nosotros. Durante mucho tiempo no olvidaré la mezcla de terror y de éxtasis con que una de las mujeres dijo en voz baja: “¡Son los ingleses!”. Y durante un cuarto de hora, sin moverse de sus sillas, entre el ruido cercano de las explosiones, escucharon la voz de Londres. Les parecía que ésta estuviera más presente y que las escuadrillas que volaban por encima de nosotros le dieran un cuerpo. Pero semejantes actos de fe exigían una tensión perpetua; exigían con frecuencia que hiciéramos callar en nosotros la indignación. Y la hicimos callar cuando Lorient quedó arrasado, cuando el centro de Nantes quedó destruido, cuando el corazón de Ruan fue alcanzado por las bombas. Acaso se adivinen los esfuerzos que debimos realizar. A veces la cólera nos cegaba pero sólo para que luego la analizáramos fríamente como una pasión. Me acuerdo que en julio de 1944 fué ametrallado el tren en que yo volvía de Chantilly. Era un tren suburbano por entero inofensivo. Lo sobrevolaron tres aviones y, en cosa de pocos segundos, había en el vagón delantero tres muertos y doce heridos. Los viajeros, de pie en las vías, miraban pasar las parihuelas y los bancos verdes que se habían ido a buscar a la estación vecina pues no había camillas para transportar los cuerpos. Estaban pálidos de emoción y de cólera. Los insultaban a ustedes, les reprochaban el ser inhumanos y bárbaros: “¿Acaso tienen necesidad de atacar un tren indefenso? ¿No hay acaso suficientes blancos industriales del otro lado del Rin? ¿Por qué no vuelan sobre Berlín? ¡Ah!, las defensas antiaéreas les inspiran miedo, etc.”. Luego alguien encontró de pronto la explicación: “Escuchen: ordinariamente apuntan a la locomotora y no hieren a nadie. Sólo que hoy la locomotora iba a la cola del tren. Dispararon sobre el vagón delantero. Piensen: a la velocidad que llevaban, no advirtieron el cambio”. Al punto todo el mundo calló; todos se consolaron porque el piloto no había cometido una falta imperdonable, porque podíamos continuar amándolos a ustedes. Pero no fué nuestra desdicha menor la tentación de odiarlos contra la cual debimos luchar con mucha frecuencia. Y puedo atestiguarles que los días en que, bajo las miradas irónicas de los alemanes, nuestros vencedores, observábamos el humo de los incendios que ustedes habían provocado a las puertas de la ciudad, nuestra soledad fué total.


No obstante, no nos atrevíamos a quejarnos, pues nos sentíamos culpables. En el cautiverio fué donde conocí por primera vez aquella vergüenza secreta que nos atormentaba. Los prisioneros se sentían desdichados pero no llegaban a compadecerse a sí mismos. “¡Pues bien! –decían–, ¿qué nos ocurrirá cuando volvamos allá?” Sus sufrimientos eran secos y agrios, desagradables, estaban emponzoñados por el sentimiento de que los habían merecido. Se avergonzaban ante Francia. Pero Francia se avergonzaba ante el mundo. Es dulce compadecerse algo a sí mismo. Pero, ¿cómo habríamos podido sentir piedad por nosotros mismos cuando nos rodeaba el desprecio de los demás? Los polacos de mi Stalag no nos ocultaban su desdén, los checoslovacos nos reprochaban el que los hubiéramos abandonado en 1938. Me contaron que un ruso evadido a quien escondió un gendarme anjovino, decía de nosotros, sonriendo de buena gana: “Los franceses, bah, ¡son conejos, conejos!”. Ustedes mismos no siempre se mostraron tiernos con nosotros, y me acuerdo de cierto discurso del mariscal Smuts que debimos escuchar en silencio. Después de eso, desde luego, sentíamos la tentación de revolcarnos en nuestra humillación, de alimentarla. Tal vez nos hubiera sido posible defendernos. Después de todo, las tres potencias más grandes del mundo tardaron cuatro años en abatir a Alemania. ¿No era natural que nosotros cediéramos al primer choque, nosotros que estábamos solos para soportarlo? Pero no pensábamos en defendernos, y los mejores de nosotros se incorporaron a la Resistencia porque sentían la necesidad de rescatar al país. Los otros permanecían vacilantes y se sentían incómodos; rumiaban su complejo de inferioridad. ¿No piensan ustedes que no hay pena peor que la que se padece sin poder juzgarla inmerecida ni tampoco considerarla una redención?


Pero en el momento mismo en que estábamos a punto de abandonarnos al remordimiento, los hombres de Vichy y los colaboradores, que intentaban empujarnos a él, nos hacían contener. La ocupación no era sólo la presencia constante de los vencedores en nuestras ciudades, sino que era también aquella inmunda imagen, que aparecía en todos los muros y en los diarios, que ellos querían ofrecernos de nosotros mismos. Los colaboradores comenzaban por apelar a nuestra buena fe. “Hemos sido vencidos –decían–; seamos buenos perdedores y reconozcamos nuestras faltas.” Y luego: “Convengamos en que los franceses son superficiales, aturdidos, jactanciosos, egoístas, que no comprenden a las naciones extranjeras y que la guerra sorprendió a nuestro país en plena descomposición”. Carteles humorísticos ridiculizaban nuestras últimas esperanzas. Ante tanta bajeza y ante artimañas tan groseras, nos erguíamos, ansiábamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Pero ay, apenas levantábamos la cabeza hallábamos en nosotros mismos los verdaderos motivos de remordimiento. Así vivíamos, en la peor de las confusiones, desdichados sin atrevernos a confesarlo, avergonzados y asqueados de la vergüenza sentida. Para colmo de desdichas, no podíamos dar un paso, no podíamos comer ni siquiera respirar sin hacernos cómplice del ocupante. Antes de la guerra los pacifistas nos habían explicado más de una vez que un país invadido debe negarse a combatir y debe oponer en cambio una resistencia pasiva. Fácil es decirlo, pero, para que tal resistencia sea eficaz, sería preciso que el maquinista se negara a conducir su tren, que el campesino se negara a trabajar su campo. Esto habría fastidiado acaso al vencedor, aun cuando pudiera avituallarse en su suelo, pero toda la nación ocupada habría perecido con seguridad en el más breve plazo. Era menester, pues, trabajar, mantener en el país una apariencia de organización económica, garantizarle, a pesar de las destrucciones y los saqueos, un mínimo vital. Sólo que la menor actividad servía al enemigo que se había abatido sobre nosotros, pegaba sus ventosas a nuestra piel y vivía en simbiosis con nosotros. No se formaba en nuestras venas una gota de sangre de la que no tomara una parte. Se habló mucho de “colaboradores” y ciertamente hubo entre nosotros traidores auténticos. Pero no nos avergonzamos de ellos, pues no hay nación que no tenga su hez, esa franja de fracasados y de amargados que se aprovechan durante un momento de los desastres y las revoluciones. La existencia de Quisling o de Laval en una agrupación nacional es un fenómeno normal, como el índice de suicidio o de criminalidad. Pero lo que nos parecía anormal era la situación del país, por entero colaborador. Los maquisards, nuestro orgullo, no trabajaban para el enemigo, pero los campesinos, si querían alimentarlos, debían continuar criando ganado, la mitad del cual partía para Alemania. Cada uno de nuestros actos era ambiguo, y nunca sabíamos si debíamos censurarnos acerbamente o aprobarnos a nosotros mismos. Un veneno sutil emponzoñaba las mejores empresas. Sólo daré un ejemplo: los maquinistas, chóferes y mecánicos se comportaron admirablemente. Su sangre fría, su coraje y a menudo su abnegación salvaron centenares de vidas, permitieron que los convoyes de víveres llegaran a París. La mayor parte de ellos eran patriotas y así lo probaron. Sin embargo, el celo que ponían en defender nuestro material servía a la causa alemana, pues aquellas locomotoras milagrosamente preservadas podían ser confiscadas de la noche a la mañana; entre las vidas humanas que ayudaron a conservar es preciso contar las de los militantes que luego partían para El Havre o Cherburgo; los trenes de víveres transportaban también material bélico. Así aquellos hombres, ansiosos únicamente de servir a sus compatriotas, estaban, por la fuerza de las cosas, del lado de nuestros enemigos, contra nuestros amigos, y, cuando Pétain les prendía una medalla al pecho, quien los condecoraba era Alemania. Durante toda la guerra no hemos reconocido nuestros actos, no hemos podido reivindicar sus consecuencias. El mal estaba en todas partes, toda elección era mala y sin embargo debíamos elegir y éramos responsables. Cada latido de nuestro corazón nos sumergía en una culpabilidad que nos horrorizaba.


Acaso habríamos soportado mejor la condición abyecta a que estábamos reducidos si hubiéramos podido lograr contra Vichy aquella unidad que Vichy reclamaba incesantemente. Pero no es cierto que la desgracia acerque. Desde el primer momento la ocupación dispersó a las familias por los cuatro puntos cardinales. Cierto industrial parisiense había dejado a su mujer y a su hija en la zona libre y no podía –por lo menos durante los dos primeros años– verlos ni escribirles más que tarjetas postales. Su hijo mayor estaba cautivo en un Oflag y su hijo menor se había unido a de Gaulle. París estaba poblado de ausentes y acaso no fuera uno de los aspectos menos salientes de nuestra situación el culto del recuerdo que practicamos durante cuatro años V que venía a dirigirse, a través de nuestros amigos lejanos, al de una dulzura de vivir, de un orgullo de vivir desaparecidos. A pesar de nuestros esfuerzos, los recuerdos palidecían cada día más, los rostros se apagaban uno tras otro. Hablamos primero mucho de los prisioneros, pero luego menos y cada vez menos. No es que dejáramos de pensar en ellos sino que, después de haber sido para nosotros figuras dolorosas y precisas, se habían convertido en espectros, se iban confundiendo poco a poco con nuestra sangre empobrecida, nos faltaban como la grasa, el azúcar o las vitaminas, del mismo modo total e indiferenciado. Parejamente se borraban el gusto del chocolate o del foie gras, el recuerdo de ciertos días radiantes, de un 14 de julio en la Bastilla, de un paseo sentimental, de una noche a orillas del mar, de la grandeza de Francia. Nuestras exigencias disminuían junto con nuestros recuerdos y, como uno se adapta a todo, sentíamos vergüenza de adaptarnos a nuestra miseria, de los rábanos con que estaba servida nuestra mesa, de las libertades ínfimas de que aún gozábamos, de nuestra sequedad interior. Nos íbamos simplificando cada día más y acabábamos por no hablar sino de alimentos, menos quizá a causa del hambre o del temor por el día siguiente como porque la búsqueda de “ocasiones” en materia de alimentación era la única empresa que había quedado a nuestro alcance.


Además, la ocupación despertaba viejas querellas, agravaba los disentimientos que separaban a los franceses. La división de Francia en las zonas Norte y Sur reavivaba la antigua rivalidad entre París y las provincias, entre el Norte y el Mediodía. Los habitantes de Clermont-Ferrand y de Niza acusaban a los parisienses de pactar con el enemigo. Por su parte, los parisienses reprochaban a los franceses de la zona libre el ser “blandos” y el ostentar insolentemente su egoísta satisfacción de no estar “ocupados”. Es preciso confesar que desde este punto de vista los alemanes, al violar las cláusulas del armisticio y al extender la ocupación a todo el país, nos prestaron un gran servicio: restauraron la unidad de la nación. Pero subsistieron muchos otros conflictos, como por ejemplo el de los campesinos y los ciudadanos. Heridos durante largo tiempo por el desprecio con que creían ser mirados, los campesinos se tomaban el desquite y hacían pagar caros los productos de la tierra a los habitantes de la ciudad; éstos, por su parte, los acusaban de alimentar el mercado negro y de matar de hambre a las poblaciones urbanas. El gobierno atizaba la querella con discursos que ya ensalzaban a los agricultores, ya les reprochaban el ocultar sus cosechas. La insolencia de los restaurantes de lujo alzaba a los obreros contra la burguesía. A decir verdad, frecuentaban sobre todo tales establecimientos los alemanes y un puñado de colaboradores. Pero su existencia hacía tocar con el dedo las desigualdades sociales. Del mismo modo, las clases laboriosas no podían ignorar que sobre todo se reclutaba entre ellas a los trabajadores de relevo, pues en este sentido la burguesía no fué prácticamente tocada. ¿Fue éste el resultado, según se dijo, de una maniobra alemana para sembrar la discordia, o se debía ello más bien a que los obreros le eran más útiles a Alemania? No lo sé. Pero, y éste es un signo de nuestra incertidumbre, no sabíamos si alegrarnos al ver a la mayor parte de los estudiantes escapar a la deportación, o desear, por espíritu de solidaridad, que ella se extendiera por igual a todas las capas sociales. Hay que mencionar, por último, que la derrota exacerbó el conflicto de las generaciones. Durante cuatro años, los combatientes del 14 reprocharon a los del 40 el haber perdido la guerra, y los del 40, en desquite, acusaron a aquéllos de haber perdido la paz.


Que nadie se imagine, empero, una Francia desgarrada. La verdad no es tan simple. Tales querellas se nos aparecen sobre todo como obstáculos opuestos a un inmenso y torpe deseo de unión. Quizá nunca haya habido tanta buena voluntad. Los jóvenes soñaban oscuramente en un nuevo orden, las patronales, en general, se inclinaban a hacer concesiones. En todas partes, cuando un breve atropello llevaba a reñir a dos viajeros del subterráneo, cuando una disputa ponía a un peatón frente a un ciclista, oíase el mismo murmullo de la multitud: “¡Qué desdicha! ¡Riñen entre franceses bajo los ojos de los alemanes!”. Pero las mismas circunstancias de la ocupación, las barreras que los alemanes alzaban entre nosotros, las necesidades de la lucha clandestina impedían, en la mayor parte de los casos, que aquellas buenas voluntades hallaran empleo. De tal modo, aquellos cuatro años fueron un largo sueño impotente de unidad. Y esto es lo que da angustiosa urgencia al momento presente, pues las barreras han caído y nuestra suerte está ahora en nuestras manos. ¿Quién triunfará? ¿Las viejas querellas despertadas o aquel gran deseo de solidaridad? Pero a todos ustedes, que nos miran desde Londres, hemos de pedirles un poco de paciencia, pues el recuerdo de la ocupación aún no se ha borrado y apenas comenzamos a despertarnos. En cuanto a mí, sé decir que cuando al doblar una calle me encuentro con un soldado norteamericano, me sobresalto brusca e instintivamente: creo que es un alemán. E inversamente, un militar alemán que se había escondido en un sótano y que, hambriento, deseaba rendirse, pudo, quince días después de la liberación, dirigirse en bicicleta hasta los Champs-EIysées sin que nadie le interceptara el paso. La costumbre de la gente era tal que nadie lo veía. Necesitaremos mucho tiempo para olvidar y la Francia de mañana no mostró aún su verdadero rostro.


Pero, ante todo, les pedimos que comprendan que la ocupación fué con frecuencia más terrible que la guerra, pues en la guerra cada cual puede vivir su vida de hombre al paso que, en aquella situación ambigua, no podíamos verdaderamente obrar y ni siquiera pensar. Indudablemente, durante ese período Francia no siempre –poniendo aparte la Resistencia– dió pruebas de grandeza. Empero, es preciso comprender que la Resistencia activa debía forzosamente limitarse a una minoría. Además, me parece que esa minoría, que se ofreció deliberadamente y sin esperanza al martirio, basta ampliamente para redimir nuestras flaquezas. Y por último, si estas páginas les ayudaron a medir la vergüenza, el horror y la cólera que nuestro país sufrió, pensarán conmigo, según creo, que tiene derecho al respeto hasta en sus errores.


France Libre, Londres, 1945

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Lecturas 2025


Empecé el 2025 siguiendo las pistas de estudio de 2024: terminé el “Seminario II” de Lacan, empecé el XI y continué con El ser y el acontecimiento de Badiou (¡interminable!).


Desde el verano comencé a sumergirme en una nueva (para mí) zona crítico- literaria de la literatura argentina: la pandilla de Literal (proceso que sigue).

Hacia mitad de año un conjunto de libros recientemente publicados, escritos por amigues, compañerxs de ruta, llegaron a mis manos. La “distracción” (que duró todo el segundo semestre), me permitió sumergirme en la producción literaria y de la ensayística argentina contemporánea (y latinoamericana). Disfruté mucho esas lecturas.

En el medio, entre los clásicos que venía estudiando y las novedades que me llegaron, abordé un conjunto de libros que hacía un tiempo tenía apuntados para comprar y otros que encontré revolviendo estantes en librerías.


Retomé la vieja práctica (maniática) de hacer listados. 

Estas fueron mis lecturas del año:

 

Condiciones (Badiou)

Sobre la desorientación del mundo (A.B)

El sujeto según Lacan (Guy Le Gaufet)

Un día de octubre en Santiago (Carmen Castillo)

Palestina sitiada (Rodrigo Karmy Bolton)

Palestina. Los ojos de Handala (Naji Al- Ali)

Poesía completa (Tamara Kamenzain)

Libros chiquitos (T.K)

La arquitectura del fantasma. Una autobiografía (Héctor Libertella)

No más tadeos. Entrevistas completas y textos desconocidos (Osvaldo Lamborghini)

Literatura amotinada. Leónidas Lamborghini, Héctor Libertella, Ricardo Piglia (Luis Gusman)

El temblor de las ideas (Diego Sztulwark)

Rengo yeta (César González)

Libertad y cuerpo (Cecilia Abdo Ferez)

Modernismo y latinoamericanismo (Horacio González)

El malestar de los varones en tiempos de oscuridad (Alejandro Vainer; Carlos Barzani)

La derecha de las derechas. La victoria del capitalismo globalizado” (Mario Hernández comp.)

Lanzallamas. Milei y el fascismo psicotizante (Rocco Carbone)

Vehemencias. Escrituras sobre los tonos y el volumen (Emiliano Scaricaciottoli)

Volumen IV. Frases metaleras del entorno mío (GIIHMA, E. Scaricaciottoli comp.)

Crítica anfibia. Métodos y espacios de acción de los estudios de la literatura en la contemporaneidad

(Lucia Tennina)

Presentación a El amor me cae más mal que la primavera- Poemas de Roque Dalton (Pablo Solana)

Pluriversalia, una poética neobarroca de los tiempos posmodernos (cibernéticos). Estudio sobre la obra de Héctor Piccoli (Roberto García)

Fábrica (Leandro Berneri)

El amante (Marguarite Duras)

Conversaciones sobre la escritura (Ursula Le Guin)

La teoría de la bolsa de la ficción (U. L. G)

El nervio óptico (María Gainza)

Ricardo Piglia a la intemperie (Mauro Libertella)

No entender. Memorias de una intelectual (Beatriz Sarlo)

Conversaciones con Enrique Pichón Riviere sobre el arte y la locura (Vicente Zito Lema)

Proceso creador, terapia y existencia (Eduardo Pavlovsky)

Historias marginales (Luis Sepúlveda)

Horacio González. Lenguaje y política (Cintia Córdoba)

 

Me quedan empezados para terminar en el verano:

Osvaldo Lamborghini: una biografía (Ricardo Strafacce)

Materialismo oscuro (Silvia Schwarzbock)


 


viernes, 26 de diciembre de 2025

Deleuze sobre Sartre ("Fue mi maestro")


Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. 

Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos. Sartre fue eso para nosotros (para la generación que tenía veinte años en el momento de la Liberación). Por entonces, ¿quién si no Sartre supo decir algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas maneras de pensar? Por brillante y profunda que fuera, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía en muchos aspectos de la de Sartre (a Sartre le gustaba asimilar la existencia del hombre al no-ser de un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de la nada, decía. Pero Merleau-Ponty las consideraba pliegues, simples pliegues y plegamientos. De ese modo se distinguían un existencialismo duro y penetrante y un existencialismo más tierno, más reservado). Camus, ¡ay!, era la virtud inflada o el absurdo de segunda mano; Camus reivindicaba a los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos remitía a Lalande y a Meyerson, autores que los bachilleres conocen muy bien. Los nuevos temas, un cierto estilo nuevo, una manera nueva, polémica y agresiva, de plantear los problemas, todo eso vino de Sartre. 

En medio del desorden y las esperanzas de la Liberación, lo descubríamos, lo redescubríamos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, los interminables ajustes de cuentas con el marxismo, el impulso hacia una nueva novela… Si todo pasó por Sartre, no fue sólo porque como filósofo tenía un sentido genial de la totalización sino porque sabía inventar lo nuevo. Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo fueron acontecimientos: en ellos aprendíamos, después de una larga noche, la identidad entre el pensamiento y la libertad.

 

Los “pensadores privados” se oponen de algún modo a los “profesores públicos”. Hasta la Sorbona necesita una anti-Sorbona, y los estudiantes sólo escuchan bien a sus profesores cuando tienen también otros maestros. En su momento, Nietzsche dejó de ser profesor para convertirse en un pensador privado. También lo hizo Sartre, en otro contexto, con otra salida. Los pensadores privados tienen dos características; una especie de soledad que les pertenece siempre, cualesquiera sean las circunstancias; pero también una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan. Y también sólo hablan en su propio nombre, sin “representar” nada; y lo que le reclaman al mundo son presencias brutas, potencias desnudas que tampoco son “representables”. Ya en ¿Qué es la literatura?, Sartre dibujaba el ideal del escritor: “El escritor retomará el mundo tal cual es, totalmente en crudo, sudoroso, maloliente, cotidiano, para presentarlo a los libertados sobre el cimiento de una libertad. No basta con concederle al escritor la libertad de decirlo todo. Es preciso que escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la renovación perpetua de los cuadros, la continua perturbación del orden tan pronto como tienda a fijarse. En una palabra, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”. Desde el principio, Sartre concibió el escritor bajo la forma de un hombre como todos, que se dirige a los demás desde un solo punto de vista: su libertad. Toda su filosofía se insertaba en un movimiento especulativo que impugnaba la noción de representación, el orden mismo de la representación: la filosofía cambiaba de lugar, abandonaba la esfera del juicio, para instalarse en el mundo más colorido de lo “prejudicativo”, de lo “sub-representativo”. Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel. Continuación práctica de la misma actitud, horror ante la idea de representar prácticamente algo, aunque sean valores espirituales o, como él dice, de institucionalizarse.

 

El pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grano de revolución permanente. En Sartre hay, en efecto, cierta fijación con la Liberación, con las esperanzas decepcionadas de esa época. Hizo falta la guerra de Argelia para reencontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora, y aun así en condiciones tanto más complejas cuanto que nosotros ya no éramos los oprimidos sino aquellos que debían alzarse contra sí mismos. ¡Ah, juventud! Ya no quedan más que Cuba y los maquis venezolanos. Pero, más grande aún que la soledad del pensador privado, está también la soledad de los que buscan un maestro, los que querrían un maestro y sólo podrían encontrarlo en un mundo agitado.

 

El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado sobre nosotros. Hasta el miedo atómico adoptó los aires de un miedo burgués. A los jóvenes, ahora, se les ofrece a Teilhard de Chardin como maestro de pensamiento. Tenemos lo que nos merecemos. Después de Sartre, no sólo Simone Weil sino la Simone Weil del simio. Y sin embargo no es que en la literatura actual no haya cosas profundamente nuevas. Citemos al voleo: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Lévi-Strauss, el teatro de Genet y de Gatti, la filosofía de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy falta es lo que Sartre supo reunir y encarnar para la generación anterior: las condiciones de una totalización: aquella en la que la política, lo imaginario, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen en los derechos de la totalidad humana. Hoy nos limitamos a subsistir, con los miembros dispersos.

 

Sartre decía de Kafka: “Su obra es una reacción libre y unitaria contra el mundo judeocristiano de Europa central; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etcétera”. Pero es el caso de Sartre mismo: su obra es una reacción contra el mundo burgués tal como lo pone en cuestión el comunismo. Expresa la superación de su propia situación de intelectual burgués, de ex alumno de la Escuela Normal, de novio libre, de hombre feo (puesto que Sartre a menudo se presentó de ese modo), etc.: todas cosas que se reflejan y resuenan en el movimiento de sus libros.

 

Hablamos de Sartre como si perteneciera a una época caduca. ¡Ay! Somos nosotros, más bien, los que hemos caducado en el orden moral y conformista de la actualidad. Sartre, al menos, nos permite la esperanza vaga de los momentos futuros, de las reanudaciones donde el pensamiento puede reformarse y rehacer sus totalidades como potencia a la vez colectiva y privada. Por eso Sartre sigue siendo nuestro maestro.

 

El último libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, es uno de los libros más bellos y más importantes que se hayan publicado en estos últimos años. Le da a El ser y la nada su complemento necesario, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a consumar la subjetividad de la persona. Y si volvemos a pensar en El ser y la nada, es para recuperar el asombro que supimos sentir ante esa renovación de la filosofía. Hoy sabemos aún mejor que las relaciones de Sartre con Heidegger, su dependencia de Heidegger, eran falsos problemas que descansaban en malentendidos. Lo que nos impactaba de El ser y la nada era únicamente sartreano y servía para medir el aporte de Sartre: la teoría de la mala fe, donde la conciencia, en el interior de sí misma, jugaba con su doble poder de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, donde la mirada del otro bastaba para hacer vacilar el mundo y para “robármelo”; la teoría de la libertad, donde ésta se limitaba a sí misma constituyéndose en situaciones; el psicoanálisis existencial, donde recuperábamos las elecciones básicas de un individuo en el seno de su vida concreta. Y, cada vez, la esencia y el ejemplo entraban en relaciones complejas que le daban un nuevo estilo a la filosofía. El mozo del bar, la chica enamorada, el hombre feo, y sobre todo mi amigo Pedro-que-nunca-estaba, formaban verdaderas novelas en la obra filosófica y hacían palpitar las esencias al ritmo de sus ejemplos existenciales. Por todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de rupturas y estiramientos, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser, las viscosidades de la materia.

 

El rechazo del Premio Nobel fue una buena noticia. Al fin alguien que no trata de explicar la clase de paradoja deliciosa que es para un escritor, para un pensador privado, aceptar honores y representaciones públicas. Ya hay muchos astutos que tratan de sorprender a Sartre contradiciéndose: le atribuyen sentimientos de despecho porque el premio llegó demasiado tarde; le objetan que algo, de todos modos, siempre representa; le recuerdan que sus logros, de todos modos, fueron y siguen siendo logros burgueses; se sugiere que su rechazo no es razonable ni adulto; se le propone el ejemplo de aquellos que lo aceptaron rechazándolo, sin perjuicio de destinar el dinero a buenas obras. No les conviene provocarlo demasiado; Sartre es un polemista temible. No hay genio que no se parodie a sí mismo. Pero, ¿cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un viejo adaptado, una coqueta autoridad espiritual? ¿O bien querer ser el retrasado de la Liberación? ¿Verse como un académico o bien soñarse como resistente venezolano? ¿Quién no ve la diferencia de calidad, la diferencia de genio, la diferencia vital entre esas dos opciones o esas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre al amigo Pedro-que-nunca-está. Ése es el destino de este autor: hacer correr aire puro cuando habla, aun si ese aire puro, el aire de las ausencias, es difícil de respirar.

 

 

Trad. Alan Pauls. Publicado originalmente en la revista Arts (28/11/1964).

 

Roberto Arlt, yo mismo- Por Oscar Masotta


 

Yo he escrito este libro, que ahora Jorge Álvarez publica bajo el título de Sexo y traición en Roberto Arlt (título comercialmente atractivo, elegido exprofeso; pero también el más sencillamente descriptivo de su contenido) hace ocho años atrás. Y cuando Álvarez me invitó a que presentara yo mismo a mi propio libro, me sentía ya lo suficientemente alejado de él y pensé que podría hacerlo. Pensé en ese tiempo transcurrido, esa distancia que tal vez me permitiría una cierta objetividad para juzgar (me); pensé que el tiempo transcurrido había convertido a mi propio libro en un “extraño” para mí mismo. No era totalmente así.

 

Pero en el hecho de tener que ser yo mismo quien ha de presentar a mi propio libro, hay una situación paradojal de la que debiera, al menos, sacar provecho. En primer lugar podría preguntarme por lo ocurrido entre 1958 y 1965; o bien, y ya que fui yo quien escribió aquel libro, ¿qué ha pasado en mí durante y a lo largo del transcurso de ese tiempo? En segundo lugar podría reflexionar sobre las causas que hicieron que durante ese tiempo yo escribiera bastante poco. Y en tercer lugar, y si es cierto que los productos de la actividad individual no se separan de la persona, podría hacerme esta pregunta: ¿quién era yo, entonces, cuando escribí ese libro?; y también: ¿qué pienso yo en el fondo y de verdad sobre ese libro?

 

Mi juicio sobre mi propio libro.: yo diría que se trata de un libro relativamente bueno. Relativamente: es decir, con respecto a los otros libros escritos sobre Arlt. Es que son malos. Pero los juicios de valor, a este nivel, no son interesantes…

 

¿Pero volvería yo a escribir ese libro, ahora, si no estuviera ya escrito?

 

Bien, creo que no podría hacerlo. Entre otras cosas, porque hoy soy un poco menos ignorante que entonces, más cauteloso. Y seguramente: una cierta indigencia cultural, de formación, con respecto a los instrumentos intelectuales que realmente manejaba, estoy seguro, fueron entonces el motor que no sólo me impulsó a planear el libro, sino que me permitió escribirlo. Pero no es que no esté de acuerdo con lo que hoy acepto publicar. Y además, también estoy seguro, de no haber escrito aquel libro, y de escribirlo hoy, no escribiría un libro mejor.

 

Pero me pongo en el lugar de ustedes que me están escuchando.

¿Sobre qué estoy hablando? O bien: ¿de qué me estoy confesando? Pues bien: de nada.

Si acepto publicar un libro que escribí hace varios años atrás es porque ese libro es bueno, para mí. Y lo es porque a mi entender cumple con el requisito sin el cual no hay crítica en literatura: acompaña las intuiciones del autor y trata de explicitarlas, a otro nivel y con otro lenguaje. Pero debo decirlo: cuando escribí el libro yo no era un apasionado de Arlt sino de Sartre. Y habiendo leído a Sartre no solamente no era difícil encontrar lo fundamental de las intuiciones de Arlt (o mejor: de esa única intuición que define y constituye su obra), sino que era imposible no hacerlo. Lean ustedes el Saint Genét de Sartre y lean después El juguete rabioso. El punto crítico, culminante, de esa novela que tengo por un gran libro, es el final. Después de leer a Sartre no era difícil encontrar el sentido de ese final, tan aparentemente sorprendente.

 

¿Por qué Astier se convertía tan repentinamente en un delator? En fin, yo diría, mi libro sobre Arlt ya estaba escrito. Y en un sentido yo no fui esencial a su escritura: cualquiera que hubiera leído a Sartre podría haber escrito ese libro.

 

Pero al revés, la factura del libro, su escritura, me depararía algunas sorpresas. Entre la programación del libro y el libro como resultado, no todo estaba en Sartre. Y lo que no estaba en Sartre estaba en mí.

 

No en mi “talento” (no hablo de eso): me refiero a las tensiones que viniendo de la sociedad operaban sobre mí a la vez que no se diferenciaban de mí, y de cuya conciencia (una cierta incompleta conciencia) extraje, creo, esa certeza que me acompaña desde hace más de quince años. Que efectivamente, tengo algo que decir. Escribir el libro me ayudó, textualmente, a descubrir el sentido de la existencia de la clase a la que pertenecía, la clase media. Una banalidad. Pero esa banalidad me había acompañado desde mi nacimiento. Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social. Y uso la palabra “determinación” en sentido restringido pero fuerte.

 

¿El “mensaje” de Arlt? Bien, y exactamente: que en el hombre de la clase media hay un delator en potencia, que en sus conductas late la posibilidad de la delación. Es decir: que desde el punto de vista de las exigencias lógicas de coherencia, que pesan sobre toda conducta, existe algo así como un tipo de conducta privilegiada, a la vez por su sentido y por ser la más coherente para cada grupo social, y que si ese grupo es la clase media, esa conducta no será sino la conducta de delación.

 

Actuar es vehicular ciertos sistemas inconscientes que actúan en uno, y que están inscriptos en uno al nivel del cuerpo y la conducta, sobre ciertos carriles fijados por la sociedad. Actuar es, a cada momento, a cada instante de nuestra vida, como tener que resolver un problema de lógica. En cuanto a los términos de ese problema: están dos veces a la vista (aunque no para quienes lo soportan), son dos “observables”.

 

Por un lado la sociedad nos enseña, y por otro lado estamos llamados, solicitados, constreñidos, todo a la vez, a resolver cuestiones que el medio social nos plantea. Solamente que esas cuestiones difícilmente pueden ser resueltas en la perspectiva de lo que se nos ha enseñado, de lo que ha sido sellado en nosotros por la sociedad: y la relación que va de uno a otro término, en sociedades enfermas como las nuestras, es una relación absurda (habría que precisar qué se entiende por esto) o directamente contradictoria. Pero como la capacidad lógica del hombre es infinita, siempre es posible resolver problemas imposibles: hay gente que lo hace. Son los enfermos mentales.

 

En este sentido la enfermedad mental es absolutamente lo contrario a lo que una literatura envejecida, burguesa, nos ha querido hacer entender.

 

Es exactamente lo opuesto a la incoherencia. Es más bien la puesta en práctica de la máxima exigencia de lógica y razón.

 

En este sentido digo, entonces, que la delación —y Arlt tiene razón— no constituye sino el tipo lógico de acto preferencial, en cuanto a la coherencia que arrastra, para conductas individuales determinadas por un preciso grupo social. Y solamente habría que hacer esta salvedad.

 

Que cuando hablamos de lógica y coherencia, aquí, nos referimos menos a una lógica pensada por el individuo que se enferma, que a una lógica que —no hay otro modo de decirlo— se piensa en el enfermo mental. Y en cuanto a la relación entre conducta mórbida y conducta de delación: la tesis es de Arlt. Y es profundamente verdadera.

 

Pero esto no significa moralizar; y lo que se quiere decir no es que un delator “no es más” que un enfermo mental. Sino exactamente al revés, contramoralizar, puesto que lo que Arlt denuncia es a la sociedad que produce delatores. En cuanto a la conexión entre lógica y coherencia por un lado, y enfermedad mental o delación por el otro, es cierto que necesitaría una larga explicación. Pero esa explicación existe, no es difícil, es cierta, y yo no hago metáforas. Pero relean ustedes a Arlt. Él, como novelista, tenía en cambio que usar metáforas.

 

¿No recuerdan ustedes aquellas que en sus novelas se refieren a esa necesidad “geométrica”, “matemática” o propia del “cálculo infinitesimal”, que el que humilla descubre como en negativo, y en el corazón del acto, en el momento mismo que lo planea, o un instante antes de su realización?

 

Después de estas breves reflexiones se justifica tal vez un poco más que hable de mí. ¿Quién era yo cuando escribí ese libro? O para forzar la sintaxis: ¿qué había de aparecer en aquel libro de lo que era yo?

Pueden ustedes reírse: pero ya entonces, en 1957, estaba yo un poco loco. Es decir, que pesaban sobre mí un conjunto de estructuras, un pasado, que se contradecían, las que yo intentaba estúpida e inconscientemente resolver. Es cierto, no lo sé todo sobre mí mismo, y no entiendo del todo el sentido de aquél modo de resolver mis contradicciones que fue para aquel entonces escribir sobre Arlt. Pero de cualquier modo no carezco de una cierta conciencia aguda de algunos de los términos contradictorios. Pensemos por ejemplo en el “estilo”, en la prosa de mi libro. Ya he dicho que al nivel de las ideas el libro estaba fuertemente influenciado por Sartre. Ahora bien, en lo que hace a la prosa, la influencia viene de Merleau–Ponty.

 

Yo había leído entonces todo lo que Merleau–Ponty había escrito, y me fascinaba ese estilo elegante, esa prosa consciente de su cadencia y de su ritmo, esa sobre o infra- consciencia del desenvolvimiento temporal de las palabras, ese gusto por el “tono” o por la “voz”, esas insistencias de un fraseo a veces monotemático que entiende investigar las ideas acariciando las palabras. Amaba entonces esa prosa. En mi libro sobre Arlt intentaba esa prosa, me esforzaba por establecerme en ella, o en que ella se estableciera en mí.

 

Quiero decir: que la imitaba. Y esto no es malo en sí mismo, ni me ocasiona hoy problemas de conciencia, puesto que imitar una prosa es la mejor manera de apresar desde adentro el pensamiento del autor, o como dice el mismo Merleau–Ponty, aprender a pensar lo informulado por el pensamiento, ese lugar todavía vacío hacia el que toda formulación tiende y que es el verdadero “objeto” del pensamiento. No, lo malo estaba en otra cosa.

 

Piensen: una prosa que, como la de Merleau–Ponty, se basa sobre todo en el

tono, en la “altura” de la voz, no es sino la prosa de un refinado.

Supone un alto grado de cultura, la inscripción en una tradición cultural precisa, es decir, otros tipos de prosa pertenecientes a escritores lejanos y cercanos en el tiempo, con los que ella misma forma sistema, oponiéndose y diferenciándose de unas, semejándose a otras.

 

Una prosa de refinado: una prosa de “tonos”. Y se podría pensar en una analogía con la lengua china. Efectivamente: en las lenguas chino- tibetanas los tonos de la frase no son usados como en las nuestras para expresar sentimientos, sino que sirven para nombrar objetos. Ahora bien, ese tipo de lengua aparece históricamente en sociedades muy jerarquizadas. La estructura propia de un orden social muy regimentado parece ser complementaria de la lengua de tonos. Una lengua de tonos, en una sociedad democrática, así, sería un impensable. Si se hiciera la experiencia de juntar una cosa con la otra el resultado tal vez sería alguna aberración: tal vez una sociedad de idiotas. Ahora bien, con mi libro pasaba algo parecido. Imagínense: emplear una prosa de “tonos” para hablar sobre Roberto Arlt. Claro que Merleau–Ponty había usado esa prosa para escribir sobre Hemingway. Pero yo no era Merleau–Ponty. Y la relación que va desde Merleau–Ponty a Hemingway no es homóloga a la que iba de mí a Arlt. Y no me refiero al valor de los autores ni me comparo a quien tengo por uno de los autores más importantes de nuestro tiempo. Quiero decir, que entre yo y las novelas de Arlt había una relación más estrecha, más igualitaria, que entre un alto profesor universitario parisino, y que hablaba por lo mismo, y con derecho, desde la cumbre de la cultura (y no ironizo) y un hombre con las características de Hemingway. Arlt y yo habíamos salido de la misma salsa, conocimos los mismos ruidos y los mismos olores de la misma ciudad, caminamos por las mismas calles, soportamos seguramente los mismos miedos económicos… Brevemente: apoyándome en Sartre y en Merleau–Ponty yo escribía entonces sobre Arlt. ¿Cómo decirlo?

 

Cuando escribía mi libro en verdad me sentía un poco exótico.

Y textualmente, puesto ¿qué es lo exótico sino el resultado de la unión de sistemas simbólicos que tienen poco que ver unos con otros? Pero aún aquí, y aunque con otra significación, aquél exotismo me colocaba en la línea de Arlt.

 

¿Esa imagen sobre mí mismo (prosa de “tonos” para escribir sobre Arlt) no tenía acaso mucho que ver con esa foto que se conserva de Arlt en África, vestido con ropas nativas pero calzado con unos enormes y evidentes botines?

 

Dicho de otra manera: un día me encontré con que ya el libro estaba escrito. Es decir, que me encontré con que ya algo había sido hecho en mí, o que se había hecho ya algo de mí, tal vez sin mí. ¿Quién era yo? En 1960 iba a comenzar a conocerme: de la noche a la mañana mi salud mental se quiebra y una insufrible enfermedad “cae” sobre mí. Me veo convertido entonces, y de la noche a la mañana, en un objeto social: hago la experiencia de lo que significa, en sociedades como las nuestras, ser un enfermo mental. Hago esa experiencia, como se dice, desde adentro. Enfermo, no puedo ya seguir escribiendo.

Tampoco puedo leer. Fue la miseria de aquella enfermedad, mezcla de histeria y de neurosis de angustia, y también la miseria real, los habitantes de una parte del espacio de tiempo que va desde el momento que escribí aquel libro a la fecha de su publicación.

Enfermo (aunque con el cuerpo sano) me veía obligado a pasarme las horas, los días, los meses, con la cara contra la almohada, oliendo el neutro y espantoso olor a las sábanas (me parecía espantoso: lo era) regando de saliva el género.

 

¿Cuánto tardaría en idiotizarme por completo? No podía leer, no podía trabajar, no podía estudiar, no podía escribir. No podía nada, salvo atender a ese pánico psicótico que me habitaba. Tenía miedo de todo, de cualquier cosa, de ver, por ejemplo, brotar el agua del agujero de una canilla. ¿Y los otros? Yo temía que se aburrieran pronto y que me mandaran al demonio. Temía, digo, puesto que quería curarme y necesitaba de ellos, “apoyarme” en ellos. Mi mujer (esto antes de mandarme al demonio) me explicaba, con la mejor voluntad, que puesto que yo quería curarme era seguro que me curaría. Pero yo entonces me acordaba de esas historias clínicas de esquizofrénicos que también se quieren curar y que no lo logran jamás.

 

Era seguro: yo era un esquizofrénico.

 

¿Pero tiene sentido que un autor hable de sus enfermedades, que las use para “racionalizar” sobre su vida, para justificarse? No sé bien, y sólo recuerdo ahora un escritor que a veces lo hace (y dejo de lado el exaltamiento pueril de la locura a lo Alex Guinsberg): es George Bataille. Recuerdo su tono, bajo y lento, en el prólogo de un libro en el que relata el tiempo real, el suyo, de la redacción del libro. Dice que una enfermedad, a la que no nombra, le dificulta las cosas, le obliga a escribir lentamente. Un tono quejoso: y no estaba mal, porque servía al menos para recordar al lector que un libro ha sido hecho con el tiempo real, cotidiano, del escritor. De cualquier modo, y tratándose de quejas: yo prefiero reservarme el derecho para mi vida privada. Pero mi enfermedad está ahí —estuvo ahí— y tal vez no es malo, ahora, reflexionar sobre ella. En ese sentido, la experiencia de la enfermedad —la mía— podría resumirse así: padecer algo que se hizo afuera de uno, la experiencia de “soportar” algo. Pero aun en el interior mismo de esa experiencia había un nido de víboras: ¿yo, que amaba a Sartre, cómo podía olvidar que uno “hace” su enfermedad? Recordaba entonces un párrafo de Merleau–Ponty sobre el Greco: las deformaciones de las figuras que pintaba, no podían ser explicadas a partir del astigmatismo que el artista padecía, sino al revés, las figuras explicaban su astigmatismo, revelaban el carácter “intencional” de la enfermedad. El Greco había hecho su astigmatismo para explorar el mundo a su manera. Su arte y su enfermedad no eran más que dos aspectos de una misma cosa, dos manifestaciones de un mismo “estilo” de vivir y de comprometerse en el mundo.

Pero en el momento mismo en que soportaba mi enfermedad, en que ella no se traducía más que en mi imposibilidad de vivir, en el momento en que me veía arrancado de mi trabajo, trabado y presa de la mirada de los otros, arrastrado por añadidura a la miseria económica, ¿cómo entender que yo “había hecho” (y por lo mismo, querido) todo eso? Uno hace su enfermedad, ¿pero qué podía sacar yo ahora de eso que yo había hecho de mí? No entendía nada. Era un infierno.

 

De vez en cuando, y en medio del tiempo de mis pánicos, de mis obsesiones, de mi aislamiento, me repetía una frase de Freud: “la enfermedad mental es inútil”. Fantaseaba que con el reconocimiento de su inutilidad tal vez me curaría. Como no podía leer, y encerrado, caminaba, incansablemente, caminaba. Tenía el mundo reducido a imágenes despedazadas metido dentro de los ojos.

 

Para comprender algo hay que pensarlo todo, ¿pero cómo pensar algo cuando no se comprendía nada? Poco a poco. Tenía que “darme tiempo”. Ante todo: ¿qué era lo que había ocasionado la enfermedad?

 

Eso estaba a la vista: la muerte de mi padre. Se lo podría decir así: cuando supe que él iba a morir, yo ya no pude vivir más. ¿Cómo dos amantes? Tal vez, pero nuestro amor había estado escondido (y no ironizo).

 

Mi padre no tuvo una muerte dura: fue una muerte como la que él siempre había deseado. En esto fue un hombre con suerte, murió en su cama. Y además tuvo otra ventaja, puesto que siempre había temido a la muerte: no darse cuenta que se moría. Estaba en la cama, conversando de cualquier cosa, enfermo de leucemia (pero él lo ignoraba) y sonriendo tal vez, cuando lo sorprendió la muerte.

 

Sonriendo digo, puesto que cuando lo vi en el cajón y envuelto en sus mortajas, tenía un ricto de tranquilidad y de alegría en la boca. Para entonces yo ya había enfermado, y habría preferido no acercarme al cajón: pero mis parientes me arrastraron a él. No puedo olvidar la impresión que me causó su rostro: por detrás de [94] la insobornable certeza de que yo amaba esa cara, una mezcla de indignación y repulsión… Ahora ya está, me decía, este hombre ha terminado y se ha llevado con él y de una buena vez al empleado bancario, sus “miedos de fin de mes” (como decía Arlt), los rasgos pusilánimes de su carácter, su ignorancia, su mala fe ideológica, su ceguera y su cobardía, su antisemitismo. Durante más de una interminable hora y media tuve que simular, ante la mirada vigilante de mis parientes, junto a la dura realidad de la carne muerta de mi padre. Yo no amo a los muertos, pero como me obligaban a simular respeto, sentí, además recuerdo, que tampoco respetaba ese cadáver, ya que me acordaba del hombre, y lo execraba. Pero las cosas estaban así: mi padre había muerto y yo había “hecho” una enfermedad, en “ocasión” de esa muerte. Y desde el día que “caí” enfermo (fue de la noche a la mañana) me tuve que olvidar de golpe de Merleau–Ponty y de Sartre, de las ideas y de la política, del “compromiso” y de las ideas que había forjado sobre mí mismo. Tuve entonces que buscarme un psicoanalista. Y me pasé un año discutiendo con él, sobre si mi enfermedad era una histeria o una esquizofrenia. Yo entonces confundía el aislamiento que padecía con el aislamiento como conducta de corte con lo real, y como no podía o no quería observarme desde afuera, afirmaba que estaba esquizofrénico. Al cabo acepté la opinión de mi analista. Aparté los índices somáticos, una sordera creciente, un horrible y continuo silbido que taladraba mis oídos desde el interior de mi cabeza, la perturbación de mi equilibrio: mi psicoanalista tenía razón. La tendencia a la seducción como rasgo constante de mi conducta, la representación, la teatralización del sufrimiento, la tendencia al chantaje. Yo aceptaba: era un pavo que debía tragarse todas las nueces. La discusión, sin embargo, no terminaba: se me ocurría que el analista observaba bien el lado representación de mis conductas, pero que extremaba el juicio sobre él. En el fondo yo sentía que me quería hacer creer lo que yo temía. Que yo no era más que un farsante. Pero entonces —en su presencia, o en la soledad— yo me rebelaba. Me decía entonces que no era del todo así, puesto que ahí estaba ese trabajo sobre Arlt, y que el trabajo no es farsa.

Después comprendí que lo que pasaba era que mi analista usaba conmigo la técnica neoanalista de la frustración. Pero cuando me frustraba yo me ponía de pronto intransigente, y en cambio de responder con una reacción regresiva (según el esquema técnico que seguramente usaba) me ponía lúcido con respecto a él, no le perdonaba lo que mis ojos veían, su ceguera con respecto a las determinantes de clase, de trabajo y de dinero, que pesaban tanto sobre él como sobre mí. Cuando me frustraba, yo en cambio de regresar hacia mis estructuras arcaicas, progresaba, hacia el marxismo. La situación no tenía salida, y en medio de un análisis en el que había puesto las esperanzas de la cura, me aburría. Es cierto que no se podía culpar al psicoanalista ni al psicoanálisis de mi imposibilidad de salir adelante. Pero en mis choques con ese hombre todo se ponía en juego. De pronto me encontraba despreciándolo tanto como a mi padre.

 

¿Pero no revelaba tal cosa la constitución de un lazo de transferencia? No sabía nada. Recuerdo que una vez le pregunté por quién votaba. Me contestó que por los socialistas de Ghioldi. Por favor, no me diga más, le dije. Era suficiente y ridículo. ¿Y yo esperaba la cura de ese hombre? Estaba solo. Finalmente mandé “vis à vis”, como dicen los franceses, al psicoanálisis y al psicoanalista, a la histeria y a mis discusiones de psiquiatría social con el analista. Iba aprendiendo y comenzaba a curarme. La enfermedad había puesto al descubierto la ligazón con mi padre, y la ligazón de esa ligazón con el dinero. Durante la enfermedad me había hecho adulto de un golpe, había hecho la experiencia de la dura realidad del dinero. El dinero existe y vale. Y esa prostituta, como le dice Marx, fue “el lugar” donde me hice adulto porque supe lo que era la vergüenza. Si uno no tiene dinero, o se muere de hambre o lo pide. Yo, como elegía vivir, a cada instante, lo pedía.

 

Después no podía devolverlo. Tenía entonces que explicarme ante quienes me lo habían prestado. A veces me creían, a veces se reían un poco paternalmente de mí, a veces se enfurecían. En una oportunidad alguien a quien yo quería bastante llega a mi casa y con violencia me comunica que quería el dinero que le debía, o se llevaría mi máquina de escribir: tuve que pagarle con libros. También tuve que pedir dinero al Fondo de las Artes: leyeron mis trabajos y me lo dieron. Era lamentable: yo sentía que era como pedir limosna. Entre mis amigos, algunos me juzgaban. Es que para pedir ese dinero, tenía que pedir antes “cartas de presentación”: una vez a Murena. Ese hombre, personalmente cortés y bueno, no me la niega, y yo uso entonces su prestigio, ideológicamente aceptable en los medios oficiales, para no morirme de hambre. Explico esto a mis amigos, pero ellos no dejan de juzgarme: la cortesía, y la bondad, incluso, la bondad que significaba en Murena el dejarse usar ideológicamente, no son más que virtudes individuales. Las que ama la derecha. Tenían razón. Pero en esos momentos yo estaba más cerca del cálculo infinitesimal que de la razón, me parecía más a un personaje de Arlt que a mí mismo. O a mí mismo más que a ninguna otra cosa.

 

¿Pero quién era yo? Según el entonces rector de la Universidad de Buenos Aires, Rizieri Frondizi, yo había muerto. Quiero decir: que había fallecido. Es que mientras se encontraba en sus funciones le pedí también a él una carta de presentación para el Fondo de las Artes. Cuando le hago llegar el pedido, a través de su secretaria, se niega, y dice que jamás había leído nada mío. Pero además, extrañado, le pregunta que cómo era, que si yo no había muerto. Tenía razón: es que yo había intentado suicidarme dos veces, y habrían llegado seguramente a él algunos rumores sobre la cuestión (y les ruego a ustedes que me excusen nuevamente: me refiero al impudor con que nombro la palabra suicidio cuando ella se refiere a intentos reales míos). Ante el relato de la secretaria del Rector, me quedé impávido. Pensé entonces esa frase conocida: “El relato de mi fallecimiento es considerablemente exagerado”. Pero no pude pronunciarla.

 

Pero no sé si se entiende: no estoy contando anécdotas. Sino mejor, contando algunas coordenadas reales de una situación concreta, la mía. La enfermedad, a raíz de la muerte de mi padre, la vergüenza, la vergüenza económica, la buena voluntad de mis intenciones intelectuales, mis influencias intelectuales, las mejores, Sartre, la relación de compromiso entre el sostenimiento de las ideas y la exigencia de coherencia con uno mismo cuando se trata de jugar los roles en el interior de la sociedad concreta, la relación personal al nivel más concreto cuando uno se relaciona con otros intelectuales. El desorden no es más que aparente.

 

Hay aquí pocas vías hacia las cuales todo converge, y desde donde brota, seguramente, todo lo que nos determina.

 

Y hay dos, fundamentales, que están en la base del hombre concreto: el sexo y la economía. O como decía Pavese: dinero, mujeres, prestigio. Yo no creo haber endurecido, ¿pero es que hay otras cosas?

 

Los marxistas en general y los comunistas en particular suelen tomar con ligereza la noción de alienación. Pero la alienación no es una noción. Por lo mismo hay que comenzar ya a entender de una buena vez la realidad que comenta esta vieja idea: la idea de destino. Hay que arrancarles a los escritores de derecha el uso exclusivo que hacen de ella. Quien ha comenzado esa empresa es Pavese. La muerte, la violencia, la locura, el hambre, el suicidio, existen en el mundo, y están presentes en todos lados, aun ahí donde aparentemente no. Por eso Rozitchner tiene razón cuando afirma con desprecio que hay más filosofía en su libro sobre los invasores de Playa Jirón que en toda la filosofía Universitaria.

 

A mi vuelta de los infiernos, mientras de modo paulatino iba reintegrándome a la vida y a mi trabajo, a medios que pagan mi trabajo y me permiten seguir escribiendo y leyendo, volvía a encontrarme con mis amigos. Tuve entonces la alegría de comprobar qué cosa es poder mirar a la gente en los ojos. Cuando estaba enfermo, no podía hacerlo.

 

Y cuando lo lograba, era sólo por esfuerzo: sostenía la mirada, que de por sí, tendía a bajar. ¿No se han fijado ustedes que la gente que adquiere una enfermedad mental adquiere al mismo tiempo una manera huidiza de mirar? A veces, cuando miro a ciertos ojos, me parece saber de qué se trata. Pero ya no es mi caso. Y dentro de poco mi caso no seta más que un cuento al que cualquiera tendrá derecho a poner en duda.

 

Me reencontraba con mis amigos: Correas, Sebreli, Lafforgue, Rozitchner, David Viñas, Ismael, Verón, Marín, León Sigal. Durante mi estadía en el infierno los había visto poco. Algunos, supe, me evitaban, tenían razón. Otros no pudieron acercarse a mí, aunque tal vez lo deseaban. Es que tenían miedo, no de mí, sino de la imagen de ellos mismos que tal vez podrían descubrir, como en espejo, en mí. También tenían razón. Otros respondían con la conducta inversa: se acercaban y con una mezcla de piedad y lucidez me decían lo que era cierto: que no había diferencia entre la enfermedad mía y la salud de ellos. También tenían razón. Cuando yo me puse tratable, pienso, todos respiramos, y fue bueno para todos volverse a tratar.

 

Reaparecían entonces para mí las cuestiones fundamentales que ciñen la vida del intelectual contemporáneo: la política y el Saber. No hablaré de ellas aquí. Con respecto a la primera, diré que el problema de la militancia, al menos en la Argentina, aparece intocado. La cuestión fundamental está en pie. ¿Debe o no un intelectual marxista afiliarse al Partido Comunista? Yo no me he afiliado: primero, porque los cuadros culturales del partido no resistirían mis objetivos intelectuales, mis intereses teóricos. El psicoanálisis, por ejemplo. Y en segundo lugar porque hasta la fecha disiento con los análisis y las posiciones concretas del P.C. Por estas razones no me he afiliado, y no sé si lo haré algún día. Pero respeto a quienes lo hacen o lo han hecho.

 

Pero, además, ¿dónde militar? ¿Con qué grupos trabajar? ¿Qué hacer?

 

En lo que se refiere al Saber: en estos años he “descubierto” a Lévi– Strauss, a la lingüística estructural, a Jacques Lacan. Pienso que hay en estos autores una veta para plantear, en sus términos profundos, el problema de la filosofía marxista. Lo que significa que ya no estoy tan seguro sobre la utilidad de las posiciones filosóficas, teóricas, sartreanas, como lo estaba hace ocho años atrás. Es que en esos ocho años, al nivel del saber, han pasado algunas cosas: entre otras, un cierto naufragio de la fenomenología. Recién hoy comienzo a comprender que el marxismo no es, en absoluto, una filosofía de la conciencia; y que, por lo mismo, y de manera radical, excluye a la fenomenología. La filosofía del marxismo debe ser reencontrada y precisada en las modernas doctrinas (o “ciencias”) de los lenguajes, de las estructuras y del inconsciente. En los modelos lingüísticos y en el inconsciente de los freudianos. A la alternativa: ¿o conciencia o estructura?, hay que contestar, pienso, optando por la estructura. Pero no es tan fácil, y es preciso al mismo tiempo no rescindir de la conciencia (esto es, del fundamento del acto moral y del compromiso histórico y político).

 

Cuando Álvarez me invitó a que presentara mi libro, me fue difícil atinar en el primer momento a darme un tema que no fuera banal.

 

Ante todo, porque lo que estoy estudiando en este momento es Freud, y no Arlt. Por otra parte, hace tiempo que no releo a Arlt. Además, lo que pienso sobre él lo he escrito en el libro. ¿De qué hablar? Creo que de alguna manera he disuelto el problema. Pero si he hablado de mí, es porque estoy seguro que esta manera de hacerlo me acerca a Arlt, me coloca en su línea. Solo que al principio había ideado hacerlo de otra manera. Pensé que muy bien podría aprovechar la ocasión para reordenar algunas notas de un trabajo autobiográfico que tal vez escriba. Tal vez, digo. Y les leeré a ustedes el comienzo de la redacción (y solo el comienzo) de un libro, que, de escribirse alguna vez, ustedes releerán, en algún sentido, puesto que habrán tenido una primera experiencia de su tono, de su estilo, y para hablar como Barthes, también de su “escritura”.

 

Leo:

¿Violencia o comunicación? Con mayor o menor conciencia siempre supe que ésa era la alternativa. Esos dos polos se hallan en todas partes, y si uno no los descubre a raíz de cada cuestión, corre el peligro de convertirse en un ángel. Pero yo quería ser histórico. O bien: sabía que lo era. ¿Pero cómo convertirse en eso que uno es? No había otra manera que ésta: darse una vocación. Lo hice a los veintiún años: sería escritor.

 

Salía del servicio militar, donde había perdido un año, como se dice, limpiando caballos; mientras leía en los momentos de descanso a Faulkner, a John Dos Passos, a Hemingway. Durante ese año rumiaba también una novela que al año siguiente escribí, y que resultó perfectamente mala. Mientras la escribía, recuerdo, pensaba en mi edad y me decía, fuertemente ansioso, que con un poco de suerte “publicaría antes de lo que lo habían hecho cualquiera de los norteamericanos (Faukner, Dos Passos, Hemingway). No imaginaba entonces que pasarían catorce años antes de poder publicar mi primer libro. Catorce años: durante ese entretiempo aprendí a rumiar otro tipo de libros.

Autobiografías. ¿Es que me sentía tan interesante para mí mismo?

 

En absoluto. Lo que ocurría era que mi fe en la literatura se iba deteriorando. Quiero decir: lo que se deterioraba era la aceptación de esa mala fe necesaria para creer en la palabra escrita, o para escribir ficción. Pero puesto que pensaba todavía en escribir una autobiografía, mi fe no se había terminado de quebrar. Es que me había salvado por la lectura. Si podía pensar en escribir no era a causa de la vida, sino de los libros. Dos ensayistas franceses me sugerían el camino: Maurice Blanchot y Michel Leyris. Sobre todo la lectura de un libro de este último: La edad del hombre. Aprendí de él que para defenderse de la gratuidad del acto de escribir había que escribir sobre temas que lo pusieran a uno en situación de peligro, que lo descolocaran ante los demás. Y hay entre otras (puesto que si se redacta un panfleto político el peligro es bastante inminente, policial y real) una manera de hacerlo.

 

Escribir sobre uno mismo. Para desnudarse o para confesarse. Pero quien se confiesa se confiesa de algo, y para hacerlo, es preciso un juicio retrospectivo, y negativo, sobre ese algo. Confesarse, así, es convertirse de alguna manera en un pasatista, y en un moralista. ¿Será éste mi caso? Y por otra parte, es difícil sortear el peligro de la falta de peligro. Es necesario decidirse entonces a sumarse en todos estos peligros para intentar sortearlos.

Habrá entonces que comenzar por el comienzo. Y si uno se quiere escritor el comienzo es su primer libro. “Todo” comienza entonces a los veintiún años. Yo llenaba entonces, y trabajosamente, las hojas de un grueso cuaderno “Avón” mientras que, manipuleando palabras, hacía una cierta experiencia del mundo, a cuyo sentido, o contenido, llamaré de esta manera: lo siniestro. Esto significa: que quería ser escritor y que cuando intentaba hacerlo encontraba que no conocía el nombre de las cosas. Que no conocía ninguna palabra, por ejemplo, que sirviera para distinguir el estilo a que pertenecía un mueble. Y tampoco conocía el nombre de las partes de un edificio. Si el personaje de mi novela bajaba por una escalera, y apoyaba la mano mientras lo hacía, ¿dónde la apoyaba? ¿En la “baranda” o en la “barandilla”? Y si el personaje miraba a través de un balcón, ¿Cómo nombrar a los “travesaños” del balcón? Travesaños, simplemente. O tal vez “barrotes”.

Pero me perdía entonces en el sonido material de las palabras y me parecía grotesco y desmesurado llamar, por ejemplo, “barrotes” a esos “travesaños”. Y si me decidía por la palabra “travesaños” me parecía de pronto pobremente descriptiva para contentarme con ella. Si mi personaje debía caminar por la calle, y creía imprescindible envolverlo en la atmósfera propia de un determinado momento del día, había que decir “que caminaba bajo los árboles”. ¿Pero qué árboles? ¿“Pitas” o “cipreses”? ¿Se dan cuenta de la locura? Lo siniestro era el descubrimiento de aquel idiotismo. Yo, seguramente un idiota mental, pretendía escribir. Tenía miedo.

 

Ese miedo nunca me ha abandonado. O mejor: el miedo nunca me ha abandonado. Es aquél ese miedo que se reflejaba en una más que sugestiva fotografía de la época. Se ve en ella una cara irregular y un poco mofletuda. La nariz levemente torcida. La frente, sin arrugas, pero con surcos, cae fláccidamente sobre las cejas, las que se juntan a la altura del comienzo de la nariz. La mirada, floja, como incapaz de penetrar nada. Y una mezcla de estupor y de disgusto (de disgusto concreto, como si estuviese frente a un plato de comida un poco repugnante) envuelve la zona de la boca, el labio inferior ancho y un poco caído, una comisura lateral empujando al labio superior hacia arriba. Y como todavía no había aprendido la ventaja que consiste en ocultar el tamaño de las orejas

llenando de cabello los costados de la cabeza, las orejas aparecían en su tamaño natural, largas y un poco separadas. Cuando vi por primera vez la foto me acuerdo, me asusté bastante. No era que temiese a mi fealdad: la conocía. Lo que me inquietaba era como la presencia en la foto de algún germen congénito de anormalidad…

 

Esa sensación me acompañó durante mucho tiempo. Aunque sospechaba que lo que temía congénito, no se originaba en la naturaleza ni en la biología, sino en la cultura y en la sociedad. Esa atmósfera vagamente mórbida de mi rostro de aquella fotografía tenía que ver conmigo y con el dinero, con el dinero y con el trabajo, con el trabajo y con el trabajo de mi padre, con el “status” de mi padre, con mi conciencia y con mis deseos. Me basta ahora mirar la parte inferior de la fotografía para cerciorarme de ciertos datos que tienen que ver con el origen de mis “rasgos de carácter” y también de mi temperamento. La ropa que llevaba: un traje cruzado, oscuro, de franela, a rayas blancas.

Además, una camisa blanca y una corbata oscura. Se dirá: un conjunto banal, en el cual es posible leer bastante poco. Pero si se mira la foto con cuidado se puede observar un cierto corte de las solapas, que el saco se estrechaba en el pecho, que “cruzaba” bastante más de lo normal. En verdad —como yo decía—: un saco de corte perfecto. Y lo era: lo había hecho Anselmo Spinelli. Pero ese sastre no lo había hecho para mí: habrían sido necesarios más de dos sueldos enteros de mi padre para pagarle la hechura. Ese traje, sobre mi cuerpo, era ya una locura sociológica, por decirlo así. Yo lo había comprado —después de rogarle para que me lo vendiera— a un compañero en el servicio militar.

 

El hijo de un juez de la Capital y de una familia dueña de algunos campos en la provincia de Buenos Aires. Pero yo sabía todo esto. Sin embargo, no podía dejar de despreciar a mi padre puesto que “carecía de gusto”. Y efectivamente: se vestía con el gusto mediocre de un bancario. El me contestaba que era cuestión de dinero. Pero yo sabía que no era así, o que era una cuestión de dinero pero no en el sentido que lo entendía mi padre: mi padre ignoraba los principios más generales de un dandismo a la inglesa que yo en cambio me sabía de memoria.

 

Los había aprendido mirando, fascinado, la ropa de Marcelo Sánchez Sorondo (lujo) que había sido mi profesor de historia en la escuela secundaria. Yo no sabía entonces quién era en verdad mi profesor de historia. Mientras despreciaba a mi padre. En cuanto a la ropa inglesa, “clásica”, todavía hoy me fascina. Y en cuanto a la época de la foto, es seguro que todo esto no podía no desfigurarme, no enfermarme, a la larga, o en aquel momento, ya, de algún modo…