jueves, 26 de octubre de 2017

SANTIAGO MALDONADO: EL PIBE QUE PUSO El CUERPO...

... Y SE PUSO EN EL LUGAR DEL OTRO 


Por Mariano Pacheco

De Kosteki y Santillán a Mariano Ferreyra, y ahora a Santiago Maldonado. La bronca popular ante los crímenes de Estado y también, la expansión horizontal de microfascismos promovidos verticalmente por los mass media.



En ese golpe bajo, en la bajez

de esa mofleta, en el disfraz

ambiguo de ese buitre, la zeta de

esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad

Hay Cadáveres

Néstor Perlongher, “Cadáveres”


Como Darío Santillán en junio de 2002, tendiendo una mano a Maximiliano Kosteki herido de muerte; como Mariano Ferreyra en octubre de 2010, tendiendo una mano solidaria a los trabajadores precarizados del ferrocarri Roca, también Santiago Maldonado se caracterizó por ejecutar en ese gesto que trasciende la solidaridad y se transforma en una actualización de lo más humano que tenemos como seres humanos: la capacidad de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier lugar del mundo, como supo remarcar el Comandante Nuestroamericano Ernesto Che Guevara hace poco más de medio siglo atrás. Santiago puso el cuerpo junto a la comunidad mapuche de Pu Lof, no sólo se solidarizó con ellos: se puso en su lugar. Sintió el lugar del otro transformado en Otro absoluto por el poder que domina las instituciones del país, y se expande horizontalmente con sus ideas y valores por el cuerpo social (el “micro-gatismo”, según supieron decir desde el colectivo Juguetes perdidos en un reciente posteo de Facebook); ese microfascismo que tanto hemos visto proliferar en los últimos años, incluso entre trabajadores y sectores populares, que miran con indiferencia la situación, o incluso se identifican con sus dominadores, aquellos que nos explotan y tratan a cada instante de des-humanizarnos.
“Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, entrando en murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo”. Como Erdosain, el personaje de Los siete locos de Roberto Arlt, muchos sentimos el jueves “las primeras náuseas de la pena” al enterarnos aquello que se sospechaba: que el cuerpo “plantado” en aquél río de Chubut era el de Santiago Maldonado. Pena porque otra vez sangre joven regaba los ríos de la patria (esta, nuestra patria, la que no tiene pruritos a la hora de afirmar que es la de quienes la habitamos y la construimos, y eso incluye Mapuches y tantos pueblos que precedieron a la Argentina, pero también bolivianos y peruanos, senegaleses y quien sea que se plante en estas tierras); pena porque otra vez, “en la provincia donde no se dice la verdad” (como supo señalar Néstor Perlongher en su poema citado a modo de epígrafe, y al que podríamos agregar, en “el país en el que no se dice la verdad”), hay cadáveres. Pero también bronca por otro asesinato perpetrado por el Estado contra un joven de nuestro pueblo (esta vez un joven trabajador de la economía popular). Bronca y furia además, por haber tenido que escuchar dichos asquerosos de personajes repugnantes como Elisa Carrió (que comparó el cadáver de Santiago con el de Walt Disney); furia por los operadores del periodismo canalla (“el terrorismo mediático”) que se apresuraron en deslindar responsabilidades del Estado y poner en el lugar de victimarios a las víctimas que se salieron de ese lugar en el momento mismo en que decidieron emprender la lucha (la que cultivó la amistad de Santiago Maldonado); furia por el oportunismo bien-pensante del progresismo ramplón, que se auto-adjudicó el lugar de representación de la bronca popular. Y tristeza nuevamente por ver cómo el dispositivo de la representación electoral (parlamentarismo que subordina la política al Estado y encuentra en el momento electoral la síntesis entre el pueblo y sus organizaciones partidarias) nos separa de lo que podemos, de nuestras potencias plebeyas para cuestionar lo dado. Tristeza conjurada por la bronca que se transforma en protesta y se ve atravesada por el deseo de resistencia, es decir, de revolución. Y alegría de sabernos, miles (aunque no tantos miles como nos gustaría, miles al fin y al cabo), miles de almas dispuestas a salir a las calles para honrar ese gesto que es ejemplo y reclama ser multiplicado: el de ponerse en el lugar del otro, el de poner el cuerpo (cuerpo que no es solo acción sino también pensamiento y sentimiento) para dejar de ser aquello que hicieron, que están haciendo de nosotros.

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