domingo, 17 de junio de 2018

2001: Un Día del padre muy particular (Homenaje a Oscar Barrios y Carlos Santillán)


Extracto del libro De Cutral Có a Puente Pueyrredón, una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados


Domingo 17 de junio de 2001, Día del Padre. En el departamento de General San Martín, provincia de Salta, el fantasma de la represión se transforma, otra vez, en cruenta realidad. Nuevamente el nosotros y ellos que dirime posiciones sociales y políticas. Es que las rutas provinciales “sólo pueden ser transitadas hasta una barrera que advierte que son las empresas petroleras las que deciden hasta qué punto son públicas las carreteras. Los barrios de altos funcionarios y técnicos de la desaparecida Yacimientos Petrolíficos Fiscales (YPF) se han convertido en espacios casi abandonados y reemplazados en sus funciones por faraónicos hoteles al costado de la ruta 34. En efecto, en esa ruta, entre las entradas a Mosconi y Tartagal, ciudades intermedias no turísticas del interior salteño, se erige un enorme edificio hotelero destinado a los nuevos jerarcas de las transnacionales petroleras, que lo habitan temporalmente sin familias ni arraigos lugareños”. Claro que las desigualdades no eran una novedad del neoliberalismo. La diferencia radica, tal vez, en que con el antiguo modelo todos se beneficiaban un poco de las desigualdades estructurales. De todos modos, no se puede dejar de destacar que en el “modelo inclusivo” cada cual debía conservar su lugar: los técnicos y gerentes en un barrio; los empleados y obreros en otro y más allá, mucho más allá de las jerarquías del bienestar, las comunidades indígenas. Como en la narrativa arltiana, cada cual dentro de las escaleras de verdugos que es la sociedad.
Pero estábamos en la mañana del 17 de junio. Luego de 18 días de corte de la ya legendaria ruta 34, los miembros de la UTD se preparan para realizar un encuentro nacional en apoyo al conflicto. Desde Buenos Aires, Roberto Martino, referente del MTR; Alberto Spagnolo, referente de los MTD autónomos; y Guillermo Cieza, de la revista Retruco y el Encuentro de Organizaciones Sociales, entre otros militantes y luchadores sociales, se hacen presentes, ponen el cuerpo ahí, en el escenario mismo del conflicto (expresando que la solidaridad no sólo se transmite por papel, o como se estila en los últimos años, por e-mail). Llevan las adhesiones de las organizaciones del Conurbano Bonaerense, de los que no han podido viajar, a pesar de las ganas.
En Mosconi, los acontecimientos se desenvuelven como de costumbre cuando hay conflicto: Pepino Fernández, Piquete Ruiz y otros referentes del lugar se mantienen en la ruta, junto a un centenar de pobladores que bancan el corte mientras se espera la respuesta del gobierno nacional. Aprovechando el domingo, el Día del Padre, la respuesta del gobierno “progre-aliancista” no se hace esperar. Su política de criminalización de los pobres que luchan lleva ya un tiempo, pero ahora, además, pondrá en marcha un plan represivo que continúa y profundiza el “modus operandi” puesto en práctica en la represión del Correntinazo, en diciembre de 1999.
Los reclamos de los salteños son similares a otros que se extienden a lo largo y a lo ancho del país: subsidios para los desocupados, 5.000 módulos alimentarios, incorporación de los obreros municipales despedidos y el esclarecimiento de las cuatro muertes provocadas en represiones anteriores. Y ahora, el clima en Salta está peor que en otras ocasiones. Durante la semana, por orden del juez Abel Cornejo, Reinieri, Barraza y Carlos Gil, tres militantes del Polo Obrero, son detenidos, acusados de sedición.
Así de caldeado venía el clima en el norte del país. Por eso, cuando se desató la represión y Félix dio aviso al pueblo mediante el sonido de la sirena, miles de habitantes de General Mosconi salieron de sus casas para defender la ruta. Como era costumbre. Hombres, mujeres, sobre todo jóvenes, muchos jóvenes, que no dudaron en responder al llamado del jefe de bomberos local.
La jornada culminó con 56 detenidos, de los cuales 55 sufrieron vejámenes por parte de las fuerzas de seguridad. Como en los años de represión de la dictadura, algunos de ellos fueron sacados directamente de sus casas. En este caso, la legitimidad de la Gendarmería, construida en base a presentarse como una fuerza compuesta por muchachos dedicados a cuidar las fronteras y a colaborar con la población en distintos menesteres, se vino a pique, sin excusas: durante la represión en Mosconi, actuaron como un verdadero ejército de ocupación, ensayando, con el pobrerío que reclamaba trabajo, modernos métodos de sofocación de insurrecciones urbanas, como bien les enseñaron los marines de EE.UU. en los cursos que, en los últimos tiempos, venían desarrollando en territorio nacional.
Mientras tanto, la ministra Bullrich continuaba recolectando elementos para su futura ofensiva. Reclamos como los de Mosconi, dijo entonces, no eran un problema social, sino de “seguridad”. En la misma línea, el gobernador Romero declaró que para él, los integrantes de la UTD, eran sencillamente “delincuentes”. Luego de las detenciones, 139 personas que habían participado del conflicto se vieron obligadas a estar prófugas, ya que pesaba sobre ellas el pedido de captura. Entre los prófugos se encontraban Pepino, Piquete y las demás caras visibles de los conflictos de los últimos tiempos.
A pesar del intenso anillo represivo que gendarmería tendió sobre el pueblo, no pudieron encontrarlos. Junto al cerco policial, comenzó a montarse el político y comunicacional: con excepción de TN, que se limitaba a reproducir las versiones del gobierno salteño, los medios masivos todavía no habían llegado desde Buenos Aires y los periodistas de los medios locales no se encontraban en las mejores condiciones para obrar: un camarógrafo fue golpeado y una periodista recibió un balazo en su bolso, que de milagro no la mató. Así de duras comenzaron a ponerse las cosas en General Mosconi.
Mientras tanto, en el resto del país los festejos por el Día del Padre continuaban con tranquilidad.
Cuando dijimos que el operativo tendido por Gendarmería hacía recordar a los años duros de la represión dictatorial, no lo decíamos por sensacionalismo, como muchas veces se suele hacer. En esta ocasión, a las acostumbradas palizas que toda represión conlleva, debemos sumarle el uso de picana eléctrica por parte de Gendarmería Nacional.
Entre los torturados se destacó un caso particular: el de un joven epiléptico y analfabeto al que sacaron a golpes de su domicilio y que sufrió rotura de costillas y corte de oreja. Las condiciones de la víctima no fueron tomadas en cuenta por la justicia, que avanzó con las causas judiciales, ¡valiéndose de su testimonio escrito! En sus declaraciones –bajo tormento– el joven analfabeto afirmó tener conocimiento de que “los cabecillas estaban armados”. Sedición, apología del delito, incitación a la violencia, fueron los cargos que le adjudicaron.
El odio con que actuaron los gendarmes recuerda verdaderamente al modus operandi de un ejército de ocupación. Tal vez el papel que jugaron los policías provinciales cuando el Correntinazo, puso en estado de alerta a los mandos de la represión estatal. En aquella oportunidad, cuando la policía tuvo que reprimir, se encontró en una doble situación: estaban desde hacía meses sin cobrar el sueldo, y veían en la protesta a sus familiares, a sus vecinos. Pero en esta oportunidad, al desplazar personal de otras provincias, los gendarmes tuvieron la oportunidad de actuar impunemente, sabiendo que a los pocos días se encontrarían en otro lugar.
Espinosa y Fernández, por ejemplo, dos camilleros del hospital, fueron golpeados por el comandante Víctor de la Colina, segundo jefe de gendarmería. El motivo: simplemente, haber socorrido heridos durante la represión. Durante la indagatoria, a uno de ellos le dijeron: “¡Así que vos sos el hijo de puta que no quiso socorrer a un gendarme!”.
Oscar Barrios, de 16 años y Carlos Santillán, de 23, fueron las dos victimas mortales de la jornada. Carlos fue alcanzado por una ráfaga mientras se dirigía al cementerio, a visitar la tumba de su padre. Como si fuera poco, la tríada gobierno-justicia-medios de comunicación, insistía en que “los piqueteros estaban armados” y que las muertes habían sido ocasionadas por éstos. Las autoridades nacionales apostaron fuerte a legitimar esta operación, a tornarla eficaz. Enrique Mathov, secretario de Seguridad, declaró: “Los francotiradores piqueteros disparaban desde el monte”.
Toda una estrategia que veremos desplegarse con mayor fuerza durante la Masacre de Avellaneda. Medios masivos, poder judicial y político cerrando filas con las fuerzas de represión en un mismo discurso: se mataron entre ellos. Las víctimas transformadas en victimarios.
En esta oportunidad no previeron algo fundamental: las declaraciones de los funcionarios se basaban en informes de gente que no era del lugar. Así, cometieron las torpezas típicas de quien habla, como se dice popularmente, por boca de ganzo. La estrategia gubernamental no pudo profundizarse fundamentalmente porque no había forma de mentirles a los pobladores del lugar. Hablaron de “francotiradores piqueteros apostados en el monte que tiraban hacia la ruta”, cuando entre la ruta y el monte existe una distancia tan grande que hacía imposible que cualquier bala pudiera llegar si era disparada desde allí. De esta forma, la versión oficial se volvía poco creíble.
Otro rasgo fundamental a tener en cuanta –seguramente el más importante, aunque lo mencionemos en segundo lugar–, es el protagonismo popular.
Fueron los propios pobladores quienes protegieron a los referentes perseguidos, “guardaron” a los prófugos y transformaron a Mosconi en una verdadera retaguardia de masas del conflicto piquetero. También el propio pueblo de Mosconi fue el que resistió al cerco informativo, puteando contra los canales nacionales, pidiendo al periodismo local e independiente que dijera lo que estaba viendo: que era la Gendarmería Nacional la que había actuado encapuchada, con francotiradores, utilizando fusiles FAL con silenciadores. Que habían sido ellos los que asesinaron a los chicos.
Ese pueblo, dolido por las balas que mataron e hirieron a sus pares (y que incluso llegaron hasta lo simbólico, hasta las creencias más arraigadas en la población: destruyendo la imagen de la Virgen que solía acompañar las manifestaciones), fue ese pueblo, decíamos, el que se rebeló, el que resistió heroicamente los embates del poder.
Guille, el Negro, el cura, los militantes de Buenos Aires que estaban en Salta, no pudieron participar activamente de la resistencia, ya que se encontraban, un poco lejos del lugar de los enfrentamientos. Pero aportaron lo que en ese momento estaba a su alcance: información. Pieza clave durante las primeras horas para poder romper el cerco. Los salteños estaban metidos en una difícil. Quedaba claro: la solidaridad ya no servía si era en papelitos. La consigna, entonces, era hacerse escuchar.

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